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miércoles, 17 de febrero de 2016

LITERATURA. "Al rescate del escritor callado". Patricio Pron

   En "El País":

Al rescate del escritor callado

Varias editoriales recuperan autores olvidados tras décadas de silencio

La actualidad de una obra o su ingreso en el dominio público pueden devolverla a la fama


El alemán Hans Fallada, en una imagen de archivo.

William Blades, quien estudió por primera vez de manera sistemática los peligros a los que están expuestos los libros, sostuvo en 1881 que estos eran el fuego, el agua, el polvo, la negligencia, los insectos, los coleccionistas, los libreros y los niños. Algo más de cien años después, y aunque es evidente que cosas como el fuego y los libreros pueden todavía hacerle un daño considerable a un libro (y a su autor), los peligros a los que éstos están expuestos se han multiplicado en la misma medida en que aumentaban el número de títulos publicados cada mes y el de los autores.
En ese sentido, ¿qué determina, en el contexto de una oferta editorial superior a la demanda lectora, que un autor destaque y sea recordado, digamos, cinco semanas después de publicar su libro? Responder es una de las preocupaciones clave de aquellos editores que todavía tienen implicación emocional o intelectual con su trabajo, pero hacerlo en un momento histórico como el actual parece más dificultoso que en el pasado, cuando el público lector estaba restringido a una clase social (alta y media-alta), una raza (blanca) y un género (masculino). A esta diversificación del público y de los estímulos que recibe se deben atribuir algunas de las dificultades a las que se enfrentan autores y editores, pero también la recuperación de escritores y libros que, por estas u otras razones, no fueron comprendidos, no fueron apreciados, fueron dejados de lado por los lectores de su tiempo y los que vendrían.
Esto es lo que sucedió con Stefan Zweig, cuyo suicidio en Brasil en 1942 supuso el punto de partida para un lento pero persistente declive de su obra; también los del húngaro Sándor Márai y el alemán Hans Fallada. Antes de su recuperación (en español, gracias a Acantilado, Salamandra y Maeva, respectivamente), los tres autores permanecían en un cono de sombra del que ni su calidad literaria podía sacarlos; cuando fueron rescatados, la demanda de títulos por parte de los lectores los convirtió prácticamente en contemporáneos, como demuestra el caso de Fallada: hacía 36 años que no se publicaba un título suyo en español cuando Maeva editó Pequeño hombre, ¿y ahora qué? en 2009; desde entonces y hasta el 2015, han sido publicadas 12 obras suyas en español y catalán.
No es difícil comprender las razones por las que los tres autores regresaron del olvido en el que parecían definitivamente instalados: por una parte, sus libros narran el fin de un período, el de entreguerras, al que épocas posteriores y menos autorizadas para la ingenuidad como la nuestra tienden a añorar; por otra parte, sus obras pueden ser comercializadas como grand littérature europea en la línea de libros como La montaña mágica o La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori sin que el lector se vea confrontado con las dificultades que entraña leer esa grand littérature. (En mayor o menor medida, los tres eran autores de literatura popular en su época, y su lectura no era mucho más ambiciosa que la de Gillian Flynn o Suzanne Collins en nuestros días).


Frédéric Mistral, en abril de 1909. / RUE DES ARCHIVES / CORDON PRESS

Contra los prejuicios

La recuperación de autores olvidados parece más dificultosa si los prejuicios raciales, de clase o de género que los expulsaron del ámbito de lo que su época podía aceptar permanecen vigentes. Así, la recuperación por parte de Errata Naturae de la novela La muerte de la bien amada de Marc Bernard (de orígenes obreros, formación autodidacta y militancia antifascista durante la Guerra Civil, pero también Premio Goncourt en 1942) parece haber recibido una atención menor que la que obtuvo la de Jean Genet por parte de la misma editorial, en buena medida porque nuestra época parece más cómoda con las otras sexualidades que con el activismo político. Algo similar podría decirse de la recepción de Kallocaína, la novela distópica de Karin Boye rescatada por Gallo Nero, en oposición a las recuperaciones de Los amores de un bibliómano de Eugene Field y La librería encantada de Christopher Morley, más amables con el lector, por parte de la editorial Periférica.
Además de su ingreso al dominio público, que permite publicar una obra entre cincuenta y setenta años después de la muerte de su autor sin que sea necesario ningún desembolso en concepto de derechos (situación en la que están autores como Jane Austen, Charles Baudelaire, Vicente Blasco Ibáñez y Antón Chéjov), la recuperación de los escritores olvidados parece corresponderse, también, con la forma en que un puñado de actores relevantes del negocio editorial define el pasado literario, lo que implica una cierta idea de necesidad desvinculada de los méritos o reconocimientos del autor en cuestión. Piénsese por ejemplo en Frédéric Mistral, de quien no se publica una obra desde hace diez años, o en Rudolf Christof Eucken, de quien después de 1960 sólo se editaron una obra en 1985 y otra en 2002:ambos obtuvieron el Nobel de Literatura; el segundo, en reconocimiento a su “búsqueda fervorosa de la verdad, su poder penetrante de pensamiento, su amplio rango de visión y la calidez y la fuerza” de una obra que hoy en día está (como es evidente) olvidada, sin que insectos o niños tengan ninguna responsabilidad en ello.

jueves, 10 de diciembre de 2015

LITERATURA. "Alexiévich ve a Rusia como un país refractario a la libertad"

   En "El País":

Alexiévich ve a Rusia como un país refractario a la libertad

La Nobel de Literatura lee su discurso de aceptación del premio, en el que revisa la historia de la URSS en tono beligerante


Alexiévich, en la lectura de su discurso en Estocolmo. / FREDRIK SANDBERG (AFP)
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Miles de voces con sus anécdotas, quejas e historias de toda clase acompañaron ayer a Svetlana Alexiévich (Ivano-Frankovsk, URSS, hoy Ucrania, 1948) en la lectura en Estocolmo de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, que recibirá este jueves. Esas voces la acompañaron a reconstruir su vida desde su infancia en el campo, hasta llevarla, con sus lamentos y reflexiones, por los diferentes pasajes de la historia soviética hasta hoy. Un presente sobre el que la periodista y escritora dejó escuchar su voz con un tono firme, de reproche y sin contemplaciones, con frases como latigazos sobre el pueblo ruso recuperadas de la visión que tienen los propios rusos sobre su país:
—“Los rusos no entienden de libertad”.
—“Las dos palabras más importantes de Rusia son ‘guerra’ y ‘prisión”.
—“Nadie tiene energía para una nueva revolución”.
—“Nuestra vida se debate entre caos y cuarteles”.
—“El comunismo no ha muerto, su cadáver está vivo”.
—“Los rusos hacen la guerra a los ucranios. A sus hermanos. Mi padre es bielorruso y mi madre ucrania. Hay muchos en esta misma situación. Los aviones rusos están bombardeando Siria”.
Tras estas opiniones ajenas, Alexiévich describió el momento actual como “un tiempo de segunda mano”. Un tiempo de esperanza que “ha sido sustituido por el momento del miedo”, donde “es difícil hablar de amor”.
Con ese horizonte sombrío cerró su discurso leído en la lengua en que escribe: el ruso. Empezó evocando su infancia, y siguió con una procesión de voces recuperadas de sus diarios y reportajes de los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial o la catástrofe de Chernóbil, hasta desembocar en un mea culpa: “Perdimos la oportunidad que tuvimos en la década de 1990. La pregunta que surge es: ¿qué tipo de país deberíamos tener?, ¿un país fuerte, o uno digno donde la gente pueda vivir decentemente? Elegimos lo anterior, un país fuerte. Una vez más, estamos viviendo en una era de poder”.

Horizonte sombrío

Esta vez fue su testimonio, apoyado en voces ajenas. Empezó por el principio de su vida, que lo contenía todo: zozobras y soledades de la II Guerra Mundial, los amores esperados por las mujeres ante la partida de los hombres al combate, la angustia de vivir cada día: “Después de la guerra, los niños vivíamos en un mundo de mujeres. Lo que más recuerdo es que ellas hablaban sobre el amor, no sobre la muerte. Contaban historias sobre las despedidas de los hombres que amaban antes de que se fueran a la guerra, y hablaban de la espera. Pasaron los años y seguían esperando”. Por eso, cree que siempre ha sabido qué es el amor. Por eso, ahora se atreve a decir que no es un tiempo para el amor.
Hoy, recordó, la opinión pública en Rusia y Bielorrusia “se divide entre eslavófilos y occidentales, entre los traidores a la nación y los patriotas”.
Alexiévich, quien asegura que no puede renunciar a la gran cultura rusa, sin la cual no se puede imaginar, recibirá el Nobel en Estocolmo el jueves de manos del rey de Suecia, Carlos Gustavo. La ceremonia no será retransmitida por la televisión pública bielorrusa.
La escritora nació en Ucrania, de donde era su madre, pero se crió en Bielorrusia, donde su padre, militar, estaba destinado. Estudió periodismo en la Universidad de Minsk. Entre sus obras destacan La guerra no tiene rostro de mujer (Debate), Voces de Chernóbil (Debolsillo) y El fin del ‘Homo sovieticus’ (Acantilado).
Las cinco y media de la tarde de ayer fue el momento de Svetlana Alexiévich, distinguida por el Nobel por la academia sueca “por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.

domingo, 17 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska"

   En "El País":

Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska

La poeta y premio Nobel polaca ayudó a precisar datos de su biografía


Wislawa Szymborska, en su casa, antes del Premio Nobel de 1996. / EDITORIAL PRE-TEXTOS

El premio Nobel de 1996 descubrió para el mundo a una poeta que muy pocos conocían fuera de Polonia, reacia a las entrevistas y que consideraba que confesarse públicamente equivalía a perder el alma. Wislawa Szymborska escribía unos poemas transparentes que miraban el mundo desde un ángulo nuevo que se encontraba del lado de dentro de los seres y las cosas. Su resistencia a contar de su vida más de lo que aparecía en sus poemas no amilanó a Anna Bikont y Joanna Szczesna, autoras de la biografía Trastos, recuerdos (Pre-Textos, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós). Juntas destilaron cuanto de peripecia vital había en poemas, reseñas, conferencias y recitales; hablaron con amigos, reconstruyeron su árbol genealógico, recuperaron textos inéditos y organizaron un relato tan coherente que provocó la curiosidad de la propia Szymborska, quien acabó accediendo a reunirse con sus biógrafas diciendo: "Está bien, precisemos".
El resultado son 700 páginas repletas de descubrimientos, inteligencia, ternura y maravilla. Un libro que no es sólo una biografía (magnífica) sino también un acercamiento agudo a su obra, una antología de sus versos, un riquísimo álbum fotográfico, un catálogo de sus collages e incluso una novela sobre sus antepasados: "Todo empezó así. Unos vientos huracanados derribaron miles de abetos en las propiedades del conde Wladyslaw Zamoyski...".
Las autoras reconstruyen la infancia de una Szymborska que obligaba a todo el mundo a que leyese para ella, que besaba ranas y que junto a unas amigas ató a un árbol al niño que les gustaba y allí lo dejaron mientras dirimían quién de ellas lo quería más. Esas amigas conservaron algunos de sus primeros poemas, ahora recuperados: "Nada es nuevo, todo ha ocurrido antes, / igual que el sol salía, / ha vuelto a salir. / La gran guerra no es tampoco nueva; / Caín comenzó la escabechina por Abel. / Siempre alguien muere y alguien nace / y entre quejas se dirige a la escuela. / Y siempre por una mala redacción / se gana una zurra en el colegio y otra en casa”.

Verso y crítica

POESÍA. Saltaré sobre el fuego (Nórdica). Antología ilustrada por Kike de la Rubia, con nueva traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán y prólogo de Juan Marqués (2015)
Hasta aquí (Bartleby). Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán (2014).
 Aquí. (Bartleby) Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, edición bilingüe (2009).
Instante (Igitur) trad. Gerardo Beltrán, Abel A. Murcia (2004).
El gran número, Fin y Principio y otros poemas. (Hiperión). Varios traductores (1997).
Paisaje con grano de arena(Lumen). Traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski (1997).
PROSA. Lecturas no obligatoriasMás lecturas no obligatorias y Siempre lecturas no obligatorias (Alfabia).
Szymborska estuvo, desde bien joven, en el centro de la vida intelectual de Cracovia. Abandonó sociología aburrida de que todo lo explicara el marxismo, pero acató las normas del partido. Cuando recibió el Nobel, hubo quien se tomó el premio como una afrenta a Zbignew Herbert y aireó su pasado comunista. Un pasado que esta biografía no esconde: poemas a Stalin («El Partido, la visión del hombre, / la fuerza popular y su conciencia, el Partido. / Nada de Su Vida pasará al olvido. / Su Partido despeja las tinieblas») y declaraciones del tipo «Al Partido le debo el pleno conocimiento de la verdad» o «Sólo pido morir siendo comunista». Tampoco lo escondió ella, pero sin ninguna necesidad de actos de contrición espectaculares à la Grass evolucionó hacia un individualismo compasivo que le impidió, llegado el momento, afiliarse al sindicado Solidaridad: «Carezco ya de sentimientos de grupo». Nunca perdió la timidez ante Czeslaw Milosz, el otro Nobel polaco de su generación, porque jamás quiso convertirse en el monumento que él estaba encantado de ser y porque mientras que él siempre pretendía conversaciones elevadas, Szymborska prefería entregarse al humor y a la improvisación de poemas liméricos.
En 1959 comenzó a dirigir la sección de poesía de Zycie Literackie, donde publicaría los primeros poemas de Adam Zagajewski. Para ahuyentar a los malos poetas organizaba números como clavar su zapato sobre un redactor tirado en el suelo que gritaba: “¡Se lo prometo! ¡Nunca más le traeré poemas!”. En la revista era también una de las redactoras del “Correo literario”, donde respondía a las cartas de los lectores con esa mezcla sólo suya de humor, inteligencia, ternura y acidez. Hay en ese correo (citado aquí abundantemente) todo eso pero también certeros ensayos concentrados sobre el verso libre o la tradición. En 1963 abandona la redacción pero sigue escribiendo reseñas: así comienzan las «Lecturas no obligatorias» de las que Alfabia ha publicado tres volúmenes. Szymborska elegía los libros que reseñaba del cajón de los descartes. Prefería aquello que no tuviera que ver con la literatura oficial. Cuando en 1993 retomó la escritura de reseñas eligió los libros del mismo modo: “La política sigue siendo un vampiro deseoso de sacarnos todos los jugos”.
Szymborska mantuvo junto a ella mucho tiempo a una de sus niñeras de infancia porque “todos necesitamos a alguien que nos grite de corazón”. Seamus Heaney le escribió tras el Nobel avisándole de lo que la esperaba: amigos que no recordaba, ignotos parientes, inesperados enemigos. “Pobre Wislawa”, resumió. Y tanto: la noticia del premio la sorprendió escribiendo un poema que, pese a su continuo rechazo a viajes y entrevistas, no pudo retomar hasta tres años después.


Wislawa Szymborska con un chimpacé en el zoológico. / EDITORIAL PRE-TEXTOS
Szymborska sentía una predilección por los animales que tenía más que ver con la curiosidad que con el amor. Nunca tuvo mascota, pero sentía una especial fascinación por los monos, una especie de espejo en el que interrogarse. Una vez se hizo una sesión de fotos en el zoo de Cracovia con una chimpancé. La sentaron junto a la poeta, intentó morderla cuando quiso abrazarla y al oírla gritar alargó la mano, arrancó unas hojas y le tapó la boca con ellas. “¿No quería que gritara o quería pedirme perdón?”, se preguntaba Szymborska, que había aprendido a asombrarse con una frase de Montaigne: “¡Mirad cuántos extremos tiene este palo!”.

Una gran generación

Una sola generación de la poesía polaca reunió a cuatro gigantes: Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz (ambos bendecidos por el premio Nobel), Zbigniew Herbert y Tadeusz Rózewicz, a los que habría que sumar al más joven Adam Zagajewski. Szymborska es la menos grandilocuente de todos ellos, y su poesía concilia todas las contradicciones: es irónicamente tierna, livianamente profunda. Abel Murcia y Gerardo Beltrán tradujeron su Poesía no completa (FCE), a la que seguirían Instante (Ígitur), Dos puntos y el póstumo Hasta aquí (Bartleby). Alfabia ha publicado tres tomos de sus Lecturas no obligatorias, comentarios de libros a los que es injusto llamar reseñas, pues están más cerca de los ensayos de Montaigne que de la crítica de urgencia.

lunes, 29 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Alice Munro, una vida inesperada". Soledad Puértolas

   En "Babelia":

Alice Munro, una vida inesperada

Los relatos de la Nobel de literatura de 2013 se caracteriza por las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición y reaparición de personas, espacios, tiempos


Alice Munro, premio Nobel de literatura en 2013, en la cocina de su casa en Clinton (Ontario, Canadá). / CONTACT
Me he permitido titular este breve comentario sobre Alice Munro con el título de una novela mía, publicada en 1997, precisamente la época de mi descubrimiento de la escritora canadiense. La frase -Una vida inesperada- refleja con fidelidad lo que representó Munro para mí. Esa era la sensación que transmitía mejor que nadie y que en aquel momento, cuando accedí a sus libros, era exactamente lo que necesitaba yo. Leer y expresar eso, las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición de personas, espacios, tiempos, su extraña reaparición. Lo inesperado. Lo lleno de vida. De desconcierto, de dolor, de pesadumbre, de súbitas alegrías, de fugaces éxitos. La magia, la gracia, la redención de la vida está en lo inesperado, en el constante fluir.
Los versos de Quevedo:
Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura”.
Lo fugitivo nos trae lo inesperado. Solo lo que huye, lo que se escapa, lo que se va, lo que crece, lo que cambia, permanece vivo. Lo firme muere, es tragado por las aguas.
Fue mi amiga la hispanista Francisca González Arias quien me mostró a Munro, quien me la descubrió. En una de sus visitas anuales a España, en 1994, me trajo un libro, como solía hacer. Te va a gustar mucho, dijo, tendiéndomelo, con una sonrisa de complicidad, perfectamente segura de sus palabras. Es de una escritora canadiense, añadió.
Open Secrets. Ese era el título. No se trataba de una novela sino deStories, lo cual, por cierto, podía facilitar mi lectura.
A ese regalo le siguieron otros: The love of a good woman, en 1998,Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage, en 2001, y The view from Castle Rock, en 2006. Pero, entre tanto, yo ya había podido acceder a Munro en mi propia lengua. En 1996, la editorial Debate publicó Secretos a voces, la traducción del primer libro de Alice Munro que tuve en mis manos. En 2001, RBA publicó Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. En 2002, en Siglo Veintiuno de España, apareció El amor de una mujer generosa. En 2005, en RBA, Escapada. En 2008, en RBA, La vista desde Castle Rock. En 2009, en RBA, El progreso del amor. A estos volúmenes, todos ellos de relatos, han seguido, ya lo saben ustedes, Demasiada felicidad y Mi vida querida. Y el Nobel.
La predicción que mi amiga FGA había hecho -Te va a gustar mucho-se quedó corta. Los libros de Alice Munro han sido para mí los mejores amigos que he tenido desde entonces. En inglés, solo había leído páginas sueltas, dos, quizá tres, relatos enteros, pero, curiosamente, eso me bastó. Los leía y releía, maravillada. Esa era la literatura que buscaba. La aparición, en castellano, de un nuevo libro de Munro era un acontecimiento para mí.

Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafo
Cuando, en cuatro casos, tenía las dos versiones, en inglés y en español, me desplazaba por la casa con ellas en las manos, porque muchas veces me apetecía comprobar qué había escrito exactamente la autora. Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafos. He leído y comentado con otros lectores muchos relatos de Munro. Son más enigmáticos de lo que puede parece a simple vista. De hecho, son muy enigmáticos. Tanto, que en ocasiones, rozan, incluso, el mismo misterio criminal. Hay relatos que, en un sentido amplio, podrían calificarse de policiacos.
Creo que todos los relatos de Munro son un poco policiacos. El lector lee y, de forma más o menos consciente, va recopilando datos en su mente. Pero siempre hay algo que no encaja, algo que nos desconcierta. Muchas veces, volvemos sobre nuestros pasos, releemos, algo se nos ha debido de escapar. De pronto, todo ha cambiado, ¿qué ha sucedido? Las señales estaban ahí, pero no nos habíamos dado cuenta. Todo está ahí.
A Munro hay que leerla muy despacio. Todo cuenta. Cada frase, cada personaje, por mínima que sea su intervención, todo parece estar medido y calculado. Esa es su maestría, porque nos transmite la sensación de que todo fluye de forma natural, casi espontánea. En eso consiste, efectivamente, la maestría: en la naturalidad del resultado, en el extraordinario fluir de las palabras, tan plenas de sentido y, a la vez, tan enigmáticas. Son historias intensas, pobladas de grandes emociones, salpicadas de casi insignificantes gestos. Pequeñas emociones, también.
El primer libro de Munro que leí con otras personas con el objeto de comentarlo y compartir nuestros puntos de vista fue Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. He vuelto a él hace unos días y me ha impresionado lo vivo que se mantenía en mi memoria. La razón, sin duda, es esa lectura compartida, esa discusión pública que siguió a la lectura privada de cada uno de los relatos contenidos en el libro. Creo que a Munro no solo hay que leerla despacio sino que hay que leerla en público. Con dos o tres personas basta. Dos o tres puntos de vistas distintos. Es entonces cuando los relatos de Munro penetran y fructifican.
Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Nos relata vidas -vidas inesperadas- y, casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida. Porque los relatos de nuestras vidas se rehacen continuamente. La literatura de Munro es una confirmación de esa sospecha, de esa intuición.
Una mujer enamorada, cuya obstinación hace cambiar el curso de la vida de los otros, que jamás hubieran apostado por su felicidad. Una mujer enferma, repentinamente envuelta en una evanescente historia de amor adolescente y descarado. Una joven que desea escapar del sórdido ambiente familiar y comete errores de bulto, pequeñas injusticias de las que más adelante se arrepentirá con un poco de nostalgia. Una viuda desconcertada ante las últimas palabras de su marido y ciertos recuerdos inquietantes. Unos jóvenes que protagonizaron un amor de infancia y que se reencuentran al cabo de los años, con sus vidas hechas y sus posos de dolor y algo de su antigua complicidad intacto. La amiga de una mujer casada que se instala a pasar una temporada en su casa, removiendo los frágiles cimientos de la relación matrimonial. Amigos que se mueren y se llevan con ellos para siempre parte de nuestras vidas. Una historia de amor que termina de forma más abrupta de lo que se hubiera querido y de lo que se desea recordar. Una amiga íntima, casi una hermana, que huye de la casa, y la chica que también se quisiera escapar, búsquedas y huidas diferentes con significativos momentos compartidos. Los amores de la senectud, con nuevos recuerdos y nuevas inocencias. La piedad. Lo inesperado, siempre. El fluir. Las leves sorpresas, los papeles nuevos.
Estos son los personajes que pueblan los relatos de Alice Munro. Sus esperanzas y sueños, sus inquietudes. Mirar hacia fuera, esperar algo todavía, descubrir a los otros.
Todo eso lo he aprendido leyendo a Munro. Leyéndola a solas y leyéndola, comentándola, con otras personas.
En un taller literario, escogí el relato Silencio, del volumen Escapada, para ser analizado y debatido. Pocas veces se ha tratado un asunto como el de la relación de las madres con las hijas, desde el punto de vista de la madre. Aunque es el hilo conductor del relato, la mano de Munro nos guía por un laberinto de relaciones sentimentales, que lo abarcan todo. Inevitable rememorar el título de otro de sus relatos magistrales: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Todas las categorías están representadas aquí. Más el amor filial. Más el duelo. Más la perplejidad de la ausencia y la reacción, siempre imprevista, ante el dolor. La contención, la negación, la suplantación del dolor por la risa, por el olvido fácil. Por capas y capas de silencio.
La infancia feliz de la hija, Penélope, con Juliet, la madre, la mujer que protagoniza el relato. La relación de la hija con el padre, tan prometedora, basada en cosas materiales que se compartían con naturalidad, los ratos de navegación en el barco del padre evocados, al cabo de los años, como una rareza, ¿por qué la vida no siguió por ahí?

Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida
La muerte del padre, acaecida en verano, mientras la hija está ausente, lo trunca todo. Es el primer giro inesperado. La vida, a partir de aquí, deja de tener pautas. Pero la relación entre la madre y la hija va superando los obstáculos. Nada hace prever que Penélope huya de la casa y se refugie en una extraña comunidad religiosa en busca de la espiritualidad que, según la interpetación de un odioso personaje, siempre le ha faltado a su vida. El gran fallo de Juliet, su culpa: la falta de espiritualidad.
El relato va transitando por la red de relaciones que se forma en torno a Juliet. Las amigas, las amantes o ex amantes de su marido, los vecinos, el hijo del anterior matrimonio del marido. Las amistades de Penélope.
Como sucede siempre en Munro, hay momentos clave, momentos reveladores. Y profundos extrañamientos. La escena de la incineración del cuerpo del marido en la playa es dantesca. Se guarda en la memoria de la viuda como algo incómodo, casi un secreto que cuesta desvelar. Pero cuando al fin la madre se abre a su hija, la hija dije: Te perdono.
 De manera que su desaparición no se debe, en principio, a la venganza. Todo hubiera podido encauzarse a partir del perdón. Pero existen los enigmas, la hija es una enigma para la madre. Existen las cosas para las que no encontramos razones. La vida no solo es inesperada, es enigmática.
Finalmente, al cabo de los años, tenemos noticias indirectas de la hija. Juliet, la madre, vive en otra ciudad, ya no trabaja como entrevistadora en un programa de televisión, vive modestamente, tiene unos pocos amigos, lee, sirve cafés, toma cafés. El encuentro casual con una antigua amiga de la hija es el cauce de la noticia largamente esperada. La existencia de Penélope. No era como había imaginado. Según los pocos datos que la amiga le da, rápidamente, en medio de la calle, Penélope es una mujer con aspecto de matrona, madre, efectivamente, de cinco hijos, vive en una pequeña ciudad, no le va mal. No parece que le vaya mal.
Desapareció. Aunque sabe que ella, la madre, vive en Vancouver. Lo sabe. Eso se desprende de las palabras apresuradas de la amiga.
Munro pone fin al relato con la descripción del estado de ánimo de Juliet. Sigue esperando, pero no hasta la extenuación. Sobrevive, pero con cierta esperanza. Ha entrado en otra fase de la vida. Existen los enigmas, existe lo que se nos escapa.
Juliet tiene amigos. No muchos…, pero amigos. Larry sigue vistándola y le hace bromas. Continúa con sus estudios. La palabra “estudios” no parece cuadrar bien con lo que hace… Sería mejor decir “investigación”.
Escasa de dinero, trabaja algunas horas a la semana en el café donde pasaba tanto tiempo en las mesas de la terraza. Cree que ese trabajo equilibra sus enredos con los griegos antiguos… Tanto que cree no lo dejaría aunque no lo necesitara.
Sigue esperando una palabra de Penélope, pero no hasta quedar extenuada. Espera como las personas que saben que es mejor la esperanza de bendiciones no merecidas, de remisiones espontáneas, cosas por el estilo”. 
(Párrafos finales de “Escapada”. Pág 137 del volumen Silencio.)
El hilo del relato ha dado muchas vueltas, ha ido hacia adelante y hacia atrás, se ha perdido en breves historias secundarias, se ha anudado con otros hilos. Recorre el tiempo. Vemos cómo cambia el curso de las historias particulares, como el dibujo de trazan las vidas se va complicando. Pero hay cierta nitidez en la maraña. Aunque haya cosas que siempre se nos escapan, cosas que nunca conoceremos, hay nitidez. Mientras la mirada busque nitidez, hay nitidez.
O, lo que es lo mismo, belleza. Estremecimiento. Emoción. De eso tratan los relatos de Munro. Una hija que se va de casa y que se pierde para siempre, aunque exista. La madre, que se acostumbra a la espera. Grandes distancias, desapariciones, huidas, búsquedas, fugaces y trascendentales encuentros, momentos decisivos, deseos cumplidos, sueños realizados, muertes, despedidas.
Sin embargo, cada libro de Munro sorprende, parece completamente novedoso. No, los temas no estaban agotados, ni mucho menos. Hay nuevos matices, historias pobladas de asombro, vueltas de tuerca que nunca hubiéramos previsto y ante las que nos rendimos. Sí, esto sucede, esto puede suceder.
 Su último libro, antes de que le concedieran el Nobel, Mi vida querida, fue objeto de un taller de lectura que dirigí el pasado verano en Menorca. En la solana de la casa de campo donde nos pasábamos las horas, los relatos fueron leídos despacio y minuciosamente analizados. ¡Qué de cosas se me revelaron en aquellas largas sesiones! Creía que casi me los sabía de memoria, pero, uno a uno, enriquecidos con los comentarios de los asistentes al taller, me fueron mostrando nuevos aspectos. Eran otros, con nuevos momentos decisivos, nuevas elipsis, nuevos misterios.
De todos ellos, mi memoria se queda con Corrie. En todos los libros de Munro siempre hay uno o dos relatos que la memoria escoge. Una historia que parece decirte algo a ti, que el lector reconoce como suya, aunque, aparentemente, el fragmento de vida atrapada allí no tenga nada que ver con nuestra vida.

La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados
Corrie avanza poco a poco, mezcla tiempos, pero cuidadosamente, no busca la confusión, sino los datos perdidos, los datos relevantes para la historia, lo que el lector tiene que saber para una interpretación más completa, más amplia, más justa. Vemos a Corrie con su padre y la leve cojera que marca su destino. Una chica que no se va a casar, que se ampara en la cojera para ser distinta, para ser ella. El enredo amoroso con el hombre casado, que quizá hubiéramos debido prever, nos coge por sorpresa.
¡Siempre la sorpresa en Munro! Pero aún nos aguardan otras, que tampoco imaginamos. Porque estamos dentro del relato y no vemos el futuro. Ni siquiera vemos bien el pasado, a pesar de los datos que rescata, para nosotros, la mano que nos guía. Es una mano que no hace el menor ruido, que no anuncia nada. Sigilosa y firme a la vez. Cautelosa y provocativa. Omite, pero no escamotea.
Llegamos al centro, al corazón del relato, el chantaje de la criada y el procedimiento que permite seguir adelante con la infidelidad matrimonial. Se paga el precio del chantaje poco a poco, una forma de pago que aceptamos como algo natural, sin la menor sospecha.
Pero estamos leyendo un relato policiaco, eso sí podríamos haberlo sospechado. Munro escribe novelas de misterio, eso lo sabemos. Lo que no sabemos es dónde está el misterio, qué dato se nos ha pasado por alto.
Llega la revelación final, esa terrible y lúcida intuición de la trampa, de la sucesión de engaños, una cadena que de pronto se revela frágil, a punto de romperse. Llega el momento de decidir qué hacer con eso, cómo convivir con el dato que lo transforma todo, con la nueva visión de las cosas.
Corrie se va a la cama con la carta todavía inacabada.
Y se despierta temprano, cuando el cielo clarea pero aún no ha salido el sol.
Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.
Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía.
No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo.
No hay noticias de Lillian porque Lillian no importa y nunca ha importado. No hay ningún buzón de correos, porque el dinero va directamente a una cuenta, o quizá simplemente se queda en una cartera. Gastos generales. O unos ahorros modestos. Un viaje a España. ¿Qué más da? Gente con familia, casa de verano, hijos a los que educar, facturas que pagar: no hay que devanarse los sesos para gastarse una suma como esa. Ni siquiera puede decirse que sea un dinero caído del cielo. No hay necesidad de explicar nada.
Corrie se levanta, se viste rápido y recorre todas las habitaciones de la casa, presentándoles a las paredes y a los muebles esta nueva idea. Hay una cavidad en todas partes, sobre todo en su pecho. Prepara café y no se lo toma. Acaba de nuevo en su cuarto, y descubre que para exponer la realidad en ese momento hay que rehacerlo todo. 
(“Corrie”. Pág. 184 del volumen Mi Vida Querida)
A partir de ahora, Corrie se separa del mundo, aunque se aferre a la vida. Se queda sola, aislada para siempre con una verdad no buscada, no deseada, no esperada. Es una forma de vivir. Esa era, a fin de cuentas, la vida que la esperaba. Miramos hacia atrás, y lo entendemos todo a la nueva luz. La cojera le proporcionó la primera coartada para la soledad, todo fue encajando ahí, como parte del cuadro que solo al final podemos contemplar. Se fue trazando poco a poco, día a día. La desconfianza hacia los otros y su necesidad de amar, de intervenir en el mundo. Así seguirá porque así fue siempre. Corrie, al desvelar el misterio, al encararse con el dato nuevo, se descubre a sí misma.
La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados. Nosotros envejecemos, morimos y resucitamos, buceamos dentro de la vida en busca de señales de los otros y de la identidad que a veces se nos pierde. Buceamos y salimos a la superficie, nuevos.
Munro nos ofrece tantas cosas que cualquier resumen resulta una simplificación. ¿Cómo ha llegado a ser tan sabia?, ¿nos habla de sí misma o de la gente que conoce?, ¿qué son sus relatos, fragmentos de su vida o de la vida de los otros?
Muchas de las veces que Munro utiliza la primera persona para narrar la historia se refiere, ella misma lo confiesa, a su propia vida. Son recuerdos revisitados -como diría Pessoa-, recuerdos que, en cierto modo, quedan finalmente zanjados, fijados. En Mi vida querida hay cuatro de estos relatos y la autora declara que esto es ya lo último que escribirá sobre su vida. Nos habla de sus padres, de su familia, de las casas en las que ha vivido. Da la impresión de que ha enfocado la luz de la linterna en la noche de su infancia, que ha vivido un viaje en el tiempo, ha contemplado e iluminado escenas confusas, turbias, dolorosas, y luego se ha dado la vuelta. Ha apagado la luz, ha cerrado la puerta.
Pero esas historias están ahí, en todas las otras. Esas historias han hecho de Munro lo que es, como la revelación del dato ignorado hace a Corrie una mujer distinta, esa mujer para la que se había estado preparando toda la vida.
En el relato Los muebles de la familia, del volumen titulado Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, hay también uno de esos relatos autobiográficos. El personaje principal, si prescindimos de la narradora, es Alfrida, prima del padre de la autora. Tras su muerte, el padre le dice a la hija que Alfrida estaba molesta con ella por un relato que había publicado hacía unos años. La narradora se queda muy asombrada y explica a su padre: “No era Alfrida en absoluto. Lo cambié todo, ni siquiera pensaba en ella. Era un personaje. Cualquiera podía darse cuenta”. (p.93)
Estas palabras nos dan la clave. ¡Claro que aquel personaje no era Alfrida, aunque esta Alfrira que, en este relato, acaba de morir, sí es Alfrira! Aquí, quizá, no hay nada cambiado.
Y, sin embargo, bien lo sabe Munro, todos son personajes. Alfrida es personaje, el padre es personaje, la narradora es personaje.
La literatura trata de personajes. Las personas reales dejan de ser reales. Entran en la literatura y se convierten, inevitablemente, en personajes.
Cuando Munro habla de sí misma -lo que ha anunciado que ya no volverá a hacer- hace, problablemente, más literatura que nunca. En todo caso, es, creo, lo hace con un grado distinto de consciencia. Coger la linterna y enfocarla hacia el pasado no es algo que se pueda hacer siempre. Hay que tener decisión, fuerzas, inspiración. Hay que estar dispuesta a sumergirse en el riesgo y en la oscuridad.
Pero ese pasado, esas escenas, esos fragmentos de la propia vida están en todas partes. “Lo cambié todo”, le dice la autora a su padre. Ese es el ejercicio constante, continuo, del escritor. Cambiarlo todo. Disolverse encada página, en cada párrafo, en cada personaje. Para llegar al fondo del personaje, para descubrir quién es.
Munro pertenece a esa clase de escritores. Los que se ocultan en su literatura en la misma medida en que se muestran. La literatura es su casa, su verdadera identidad.
La famosa frase de Flaubert, “Emma Bovary soy yo”, expresa la literatura de Munro. Pero, a la vez, hay mucha distancia entre Munro y sus personajes. Incluso un punto de frialdad. Porque Munro no solo es sus personajes. Munro les observa. En realidad, como podría observarse a sí misma, ya que ese es uno de los retos de la vida: conocerse. Una de las mayores dificultades, sin duda. Para conocerse, hay que salirse de uno mismo de vez en cuando, verse desde fuera. Convertirse en otros personajes, recibir sobre uno mismo la mirada de los otros, la versión de los otros, la construcción de los otros.
Leer a Munro es adentrarse en el mundo original y distinto que cada persona construye. Y descubrir que hay muchas cosas que se nos habían pasado por alto, que merece la pena seguir indagando, seguir viviendo. Nosotros estamos incluidos en el universo de los cambios. Lo inesperado nos aguarda siempre, porque, por muy atentos que estemos, no podemos adivinar qué sucederá en el siguiente momento, el tiempo aún está por hacer, por existir. Y toda vida, en suma, es inesperada.
Texto de la conferencia de Soledad Puértolas, escritora y miembro de la Real Academia, dictada en la Residencia de Estudiantes el 7 de mayo de 2014 con motivo del Encuentro en torno a Alice Munro.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La muchacha indecible". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La muchacha indecible

Estamos en la Francia ocupada donde no se concede a los judíos otro estatus que el de apestados y en la que se ven obligados a obrar como forajidos para sobrevivir. Y Patrick Modiano los ama precisamente por eso


NICOLÁS AZNÁREZ
Tiene La dolce vita, la película de Federico Fellini, uno de los finales más extraordinarios de la historia del cine. Marcelo, alter ego del director, tras deambular por la noche romana en busca de aventuras eróticas y noticias para la revista de cotilleo en que trabaja, termina en una de esas fiestas interminables en que un grupo de burgueses se entrega a todo tipo de previsibles excesos. Abandonan la casa al amanecer para acercarse a la orilla del mar, atraídos por un grupo de pescadores que sacan sus redes del agua. Han atrapado a un pez monstruoso y todos lo miran con sorpresa y repulsión. Marcelo se aparta un momento de ellos atraído por una chica muy joven, casi una niña, que le hace señas desde la distancia. Se conocen, pues unas escenas antes han coincidido en un pequeño bar de la zona, en el que ella trabaja de camarera. La chica está lejos, separada del grupo por una lengua de agua, y trata de decirle a Marcelo algo con sus gestos. Insiste varias veces, pero este, que no la entiende, se encoge de hombros y se aleja siguiendo el rastro de tedio, quejas e infelicidad del grupo de trasnochadores.
Giorgio Agamben, en su libro La muchacha indecible, habla de una muchacha así. Es la Kore griega (korai son las muñequitas que en las proximidades de un templo eran colgadas en las ramas). Kore está jugando con otras jóvenes cuando Hades la rapta. “Que una joven muchacha que juega se vuelva cifra perfecta de la iniciación suprema y de la consumación de la filosofía (...) he ahí el misterio”. Ella era la figura esencial de los misterios de Eleusis. Sus actos y gestos representaban, como afirma Agamben, “un tipo de conocimiento que hemos perdido, un conocimiento que permite a los iniciados mirar su propia existencia de un modo completamente nuevo y más feliz”. Un conocimiento que hemos perdido... por eso, en la película de Fellini, Marcelo no entiende lo que le dice la muchacha y se aparta de ella (como hace José Sacristán al final de Magical Girl, la película de Carlos Vermut, cuando dispara contra la niña mágica al no soportar su mirada).
En su novela Dora Bruder, Patrick Modiano se enfrenta al enigma de una muchacha como estas. Todo empieza porque un día el novelista lee en un viejo periódico de 1941 este anuncio: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Patrick Modiano conoce bien esa calle, pues la ha recorrido muchas veces con su madre cuando iban a un mercado de pulgas que había cerca. Más tarde, en su juventud, una amiga suya vivió en esa misma calle. Había allí un par de cafés y un cine que frecuentaban y Patrick Modiano pasó numerosas veces frente al portal donde había vivido Dora Bruder con sus padres.
Es esta misteriosa proximidad la que le hace iniciar una investigación tras las huellas de la muchacha. Quiere saber cómo vivía, la forma en que veía cada mañana las mismas calles y lugares que él recorrió en su propia infancia. Y va descubriendo cosas: que ha estado en un internado, de donde se fugó, y que más tarde regresa con sus padres para volver a fugarse; que es judía y que su pista se pierde en el campo de concentración de Auschwitz un día de julio de 1942.

Descubre cartas donde se preguntan por gente que ha desaparecido en los campos de concentración
Modiano se pregunta si lo que la impulsó a fugarse es la misma decepción que él mismo sufrió respecto a sus padres, que no le supieron querer. Y se da cuenta de que al tratar de seguir su rastro no está haciendo sino levantar el acta de su propia memoria y de su propia vida. “Por entonces era ya igual de sensible que ahora en lo tocante a las personas y las cosas a punto de desaparecer”, escribe. Eso es la muchacha indecible, alguien, en quien presencia y ausencia, pensamiento y visión se confunden. ¿Símbolo tal vez de ese sentido, de esa verdad que se esconde cuando tratamos de alcanzarla?
Cuando Dora Bruder se fuga del internado París es una ciudad hostil, patrullada por soldados y policías, con constantes toques de queda, y arbitrarias detenciones. Estamos en la Francia ocupada. Un país donde las ordenanzas alemanas, las leyes de Vichy y los artículos de los periódicos no conceden a los judíos otro estatus que el de apestados y de delincuentes comunes, y en que estos se veían obligados a obrar como forajidos para sobrevivir. Y Modiano los ama precisamente por eso.
Descubre cartas de padres y familiares que preguntan por sus hijos, maridos y mujeres desaparecidas en los campos de concentración. Se pregunta por otra joven, Hena, que había nacido en Polonia en 1922, a la que se detiene por su deseo de casarse con un ario, y que vivía en una calle cuya cuesta también él ha subido muchas veces. Se pregunta por aquellas mujeres que los alemanes llamaban las amigas de los judíos, que tuvieron el valor de llevar la estrella amarilla en solidaridad con los perseguidos. Una se la colgó desafiante al cuello de su perro, el primer día que los alemanes impusieron a los judíos la obligación de llevarla.

“Nunca sabré cómo pasaba los días, dónde se escondía”, escribe en ‘Dora Bruder’. “Es su secreto”
Patrick Modiano anota los nombres de todas ellas, los nombres de las calles y de los lugares que recorrieron, toma nota de los cambios climatológicos que entonces tuvieron lugar, en su afán de no perder por completo el contacto con esa muchacha lejana. “Vuelven las palabras, intactas —escribe—, como los cuerpos de aquellos dos novios que encontraron en la montaña atrapados en el hielo, y que llevaban cientos de años sin envejecer”.
En la obra de Modiano se repite una y otra vez la imagen de esas ventanas iluminadas en la noche de las que no podemos apartar la mirada. “Nos decimos que detrás de ellas alguien a quien hemos olvidado espera nuestro regreso desde hace años, o bien que ya no hay nadie. Salvo una lámpara que se ha quedado encendida en el piso vacío”. La muchacha indecible ha estado en una habitación así y la lámpara que queda encendida es su último gesto antes de marcharse. Giorgio Agamben nos recuerda que originalmente misterio significa solo una praxis: “gestos, actos y palabras a través de los cuales una acción divina se realizaba eficazmente en el tiempo y en el mundo para la salvación de lo humano”. No hay en esa salvación ninguna certeza, solo titubeo, precariedad, porque tiene lugar en esa zona de indefinición donde lo alto y lo bajo, la luz y la sombra, el sueño y la vigilia se comunican.
La Kore de los misterios de Eleusis, la Dora Bruder de Modiano, la muchacha de la última escena de La dolce vita permanecen en umbrales así. Son pocos los escritores o los cineastas actuales que las prestan atención y se inclinan a seguirlas. Patrick Modiano siempre lo ha hecho. Dora Bruder, La hierba de las noches, El café de la juventud perdida son algunas de las novelas en las que nos habla del misterioso regreso de esas muchachas del mundo de los muertos. “Nunca sabré cómo pasaba los días —escribe al final de su libro Dora Bruder—, dónde se escondía, en compañía de quién estuvo durante los primeros meses de su primera fuga y durante las semanas de primavera en que se escapó de nuevo. Es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la historia —todo lo que nos ensucia y destruye—, no pudieron robarle”. Modiano no escribe para desvelar ese misterio, pues ¿cómo podría hacer algo así?, sino para protegerlo.
Gustavo Martín Garzo es escritor.