Mostrando entradas con la etiqueta telecomunicaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta telecomunicaciones. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de marzo de 2016

PRENSA. "Memorias de puño y letra"

   En "El País Semanal":

Memorias de puño y letra

La correspondencia particular se ha convertido en un objeto de museo, pero siguen siendo una de las principales fuentes de información de historiadores y biógrafos.

Un viaje a los últimos descubrimientos que los expertos han encontrado buceando en los epistolarios de personajes ilustres.

Correo
Simone, una francesa de los años veinte, le escribe a su amante Charles. / SEIX BARRAL


“El recuerdo de aquellas caricias me trastorna de forma extraña. (…) Quiero que me ames con todo el ardor de tu deseo, que me hagas gozar violentamente bajo tus abrazos perversos”. En una letra redonda, perfecta, Simone, una francesa de la década de los veinte, imploraba a su amante Charles poder verlo cuanto antes. Durante dos años de relación con él rompió los tabúes sociales y sexuales de la época; se entregó completamente para mantener satisfecho al hombre que amaba, casado y más joven que ella. Su historia quedó grabada en un fajo de cartas, hallado el año pasado por un diplomático francés en el sótano de la casa de un amigo al que estaba ayudando a limpiar. Un descubrimiento novelesco que seguramente no tenga equivalente el siglo que viene, porque ya casi nadie escribe cartas.
La nostalgia ha despertado el ánimo de conservación del periodista inglés Simon Garfield. Colaborador con medios como The GuardianThe Observer o la revista Intelligent Life de The Economist, ha escrito libros de documentación de todo tipo, desde el origen del tinte púrpura artificial hasta la evolución de la tipografía. Ahora se ha adentrado en la memoria histórica epistolar: se acaba de publicar en español su historia de la correspondencia, titulada Postdata (Taurus), y en inglés, una colección de misivas en las que dos trabajadores ingleses de correos se enamoraron durante la II Guerra Mundial. Esta última se titula My Dear Bessie (Mi querida Bessie; Canongate Books). Ambas obras son reivindicaciones de la carta tradicional, homenajes al acto de sentarse, pensar y escribir a mano.
“No me opongo en absoluto a la tecnología moderna”, explica Garfield. “Utilizo el e-mail, incluso tuiteo un poco. Con mi hijo, que vive en México, mantengo el contacto por Whats­App. Me encanta la inmediatez. Pero dentro de diez años no creo que conservemos ninguno de esos mensajes. Tendremos recuerdos vagos, no un registro concreto de dónde se ha estado y lo que se ha visto”. Su afán investigador, que le ha llevado a recopilar decenas de misivas históricas, nace de la idea de que el mundo del futuro está perdiendo parte de su historia: “Cuando trabajas en el archivo de una universidad grande o de un museo” –él es administrador del de la Universidad de Sussex (Inglaterra)–, “te das cuenta de que todo el mundo está muy preocupado con lo que va a ocurrir. ¿Cómo contaremos nuestra historia? ¿Cómo trabajarán los biógrafos?”.

Dentro de 10 años no conservaremos los correos electrónicos sobre determinados sucesos. ¿Cómo contaremos entonces nuestra historia?”
A principios de 2000 desembarcaron en los hogares los programas de mensajería instantánea y los blogs de MySpace, precursores de las redes sociales. Ahora Facebook y los mensajes del móvil han motivado un descenso en la utilización del e-mail entre jóvenes y adolescentes. De 2010 a 2011, el número de menores de edad en Estados Unidos que utilizaban el correo electrónico de forma habitual descendió un 31%, según publicó la empresa de marketing digital ComScore en 2012. El año anterior el uso había caído ya un 59%. Este cambio de hábito se traduce en una pérdida de la pura costumbre de escribir un mensaje largo. Un biógrafo del futuro tendrá que bucear por una hemeroteca infinita de pequeños textos instantáneos y superar contraseñas y cortafuegos de todo tipo para acceder al material. Encontrar un fajo de cartas en un sótano no será suficiente.
“El correo electrónico se está convirtiendo en una obligación; lo usamos prácticamente solo en el trabajo”, continúa Garfield. “Todavía registramos nuestras vidas de diversas formas, y es cierto que existen los blogs, pero ese contenido está escrito para que lo lea todo el mundo. Nos revelamos a un público de forma confesional; queremos que la gente piense lo mejor de nosotros”.
Jean-Yves Berthault, el diplomático francés que encontró las cartas eróticas de Simone en un sótano, decidió publicarlas como La pasión de la señorita S. (Seix Barral). La versión traducida llegará a España en otoño, aprovechando el revuelo mediático de la película Cincuenta sombras de Grey. Pero, a diferencia de las fantasías de bondage blando que ofrece la taquillera película, la correspondencia de Simone es la expresión del deseo de una mujer real, que vivió una época en la que la sexualidad femenina no solo era tabú, sino sencillamente invisible. “Una voz tan desinhibida y desafiante a su tiempo, que habla tan explícitamente desde el yo y no bajo la apariencia de un narrador, solo se consigue en epistolarios o diarios”, resume la editora del volumen en castellano, Mar García Puig. Simone nunca hubiera revelado su deseo en un blog; habría terminado proscrita, y a Charles seguramente no le hubiera hecho ninguna gracia.


Margaret Atwood, escritora canadiense, contesta peticiones de colegas y fans con cartas en formato 'collage'.
Es esa verdad la que engancha al lector, la que alimenta una fascinación por vidas ajenas auténticas, no de muro de Facebook. “El acceso a la esfera íntima no ha sido sustituido por nuevas formas de comunicación”, explica Joan Tarrida, director de Galaxia Gutenberg. Por eso los epistolarios clásicos mantienen un público fiel. “La correspondencia de Octavio Paz con intelectuales como Pere Gimferrer, o entre Nabokov y Edmund Wilson, en las que dos grandes hablan sobre la literatura y la creación… eso es una fuente de conocimiento”, añade. Garfield subraya el valor académico del género. “La carta sobre la erupción del Vesubio en el año 79 que escribió Plinio el Joven al historiador Tácito es la única descripción escrita que tenemos del acontecimiento”. La produjo años después; su tío Plinio el Viejo supuestamente había muerto a consecuencia del desastre, por inhalación de gases, tras acudir en barco para socorrer a las víctimas en la primera fase de la erupción. Plinio explica a Tácito que él pudo haber acompañado a su tío, pero que se quedó estudiando en casa, desde la que veía el humo que se elevaba sobre el volcán. “Al ser una retrospectiva, podemos dudar de su precisión. Y los hechos los conoceríamos igual, porque hay otro tipo de registros, pero es el aspecto personal lo que otorga peso al documento. Esa tensión, ‘¿deberíamos navegar para ponernos a salvo?’. Es algo único, totalmente inestimable. Traslada perfectamente el horror de la situación”. Garfield se pregunta si el mismo tipo de descripción hubiera sobrevivido como un e-mail. “Quizá sí, pero la cuestión es si se habría molestado en escribirlo Plinio”.
¿Y se habría molestado Simone en describirle a Charles con tanto detalle todo lo que anhelaba hacerle si hubiera tenido acceso a una comunicación directa? “Antes habría afirmado sin dudarlo que las cartas, frente al teléfono o el correo electrónico, proporcionaban un cierto sosiego temporal”, reflexiona Puig, de Seix Barral. “Cuando uno escribía una, sabía que esta no sería leída hasta días o semanas después, y la respuesta estaría mediada por el tiempo, que supuestamente lo templa todo. Pero al leer las misivas de la Señorita S., el lector se da cuenta de que la desesperación se mantiene intacta durante días. Tampoco parece que poner por escrito sus sentimientos le hiciera matizarlos, un tópico que se usa al valorar la pérdida de la correspondencia escrita a mano”.

Existe un renovado interés por la carta como objeto fetiche, un proceso nostálgico que algunos expertos comparan con el ‘revival’ del disco de vinilo
Mientras, la carta manuscrita da los coletazos que puede: existen revistas literarias que facilitan suscripciones de misivas de escritores, clubes de correspondencia que solo utilizan el papel y románticos que buscan amigos por carta a través de sus blogs. “Cualquier iniciativa es buena. Está muy bien que haya quien intenta preservar la costumbre. Pero es como querer volver al coche de caballos; resulta muy agradable, es un viaje más lento que te permite ver el paisaje, pero está superado. No solo por la velocidad, sino por el coste. ¿Por qué gastar un euro en un sello si puedo enviar lo mismo gratis?”, dice Garfield. Según el Sindicato Universal de Correos, en 2013 se enviaron 339,8 billones de artículos por correo en el mundo, un 2,9% menos que el año anterior, en muchos casos paquetes de compras por Internet. Una tendencia a la baja que se mantiene cada año. “Canadá, por ejemplo, va a dejar de repartir el correo personal en las casas”, prosigue Garfield. Quien quiera recibir una postal tendrá que ir a la oficina de correos o a su biblioteca local para recogerla. La decisión, anunciada en 2013, será implantada gradualmente y supondrá el despido de unos 8.000 trabajadores, según la televisión canadiense Cbc News.
El interés que resurge ahora por la correspondencia escrita tiene algo de fetichista. El papel nos resulta precioso: “Quizá ahora abunden más las antologías de cartas, que muestran un interés por ellas como objeto o concepto”, afirma Puig. El blog Letters of Note, en el que su autor, Shaun Usher, publica cartas históricas desde 2009, recibe millones de visitas diarias y dio origen a otro grueso libro recopilatorio hace dos años, que fue financiado por crowdfunding. Garfield compara el fenómeno con el revival del disco de vinilo. “Nos gusta porque suena distinto y trae las letras en la funda, pero la música en realidad la escuchamos en Spotify o iTunes. El teatro no perdió tanto con la llegada del cine”, opina, “porque es una experiencia única. El proceso de adaptación no es comparable a lo que le ha ocurrido a la correspondencia escrita con Internet”.


Jack Kerouac escribe a Ed White mientras redacta 'En el camino'. / TAURUS
No todos los expertos comparten su pesimismo. El calígrafo Ewan Clayton se resiste a una visión rupturista; él mismo se considera un símbolo de continuidad. De joven, en los ochenta, vivió cuatro años en un monasterio; fue un fraile copista del siglo XX. Tras dejar la vida religiosa se convirtió en asesor de Xerox PARC, el laboratorio californiano que inventó el ordenador personal en red, la idea de Windows, el Ethernet y la impresora láser, y donde Steve Jobs vio por primera vez una interfaz gráfica con la que el usuario interactuaba con la máquina. “La experiencia transformó mi visión de lo que es escribir”, explica en su Historia de la escritura (Siruela). Si no hubiera sido por su afición a la caligrafía clásica, sostiene Clayton, Jobs nunca habría revolucionado el diseño informático. Además, la generación digital escribe compulsivamente. Cada segundo se publican 6.000 tuits; 70.000 millones de caracteres por minuto. Clayton considera a su padre el mejor ejemplo de evolución: supera los 80 años y lleva 47 escribiendo una carta a sus hijos cada lunes. Al principio lo hacía con pluma y membrete; en los setenta las mecanografiaba y copiaba con papel carbón, y hoy envía un e-mail con copia desde su ordenador. Lo que no cambia es el contenido. “Cada generación tendrá que replantearse lo que significa leer y escribir”, sentencia Clayton; la responsabilidad no recae solo sobre los archivistas.
“Pego mis labios a los tuyos, en un beso profundo en el que pongo todo mi corazón…”. A pesar de su pasión incansable, la historia de Simone con Charles acabó en ruptura. Las demandas sexuales de ella, que culminaron en un intercambio de roles de género, terminaron por alejar a su amante definitivamente. Quizá volviera saciado a su vida de casado, o avergonzado por sus transgresiones morales. La lectura de su historia no se limita a la observación o al viaje en el tiempo; representa la oportunidad de meterse en otra piel.

miércoles, 2 de marzo de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "La ilusión de Silicon Valley". Nicholas Carr

   En "El País":

La ilusión de Silicon Valley

Ante el puñado de empresas californianas que están transformando el mundo a su antojo emerge un coro de voces que alerta del lado oscuro de la revolución digital


Sede central de Oracle en Silicon Valley, California. / JAVIER MARTÍN

Silicon Valley, conjunto monótono de centros comerciales, parques empresariales y complejos de comida rápida, no parece un núcleo cultural, y, sin embargo, en eso precisamente se ha convertido. En los últimos 20 años, desde el mismo momento en que la empresa tecnológica estadounidense Netscape comercializó el navegador inventado por el visionario inglés Tim Berners-Lee, el Valle del siliciose ha ocupado de remodelar Estados Unidos y gran parte del mundo a su imagen y semejanza. Ha dado un vuelco a la manera de trabajar de los medios de comunicación, ha cambiado la forma de conversar de las personas y ha reescrito las reglas de realización, venta y valoración de las obras de arte y otros trabajos relacionados con el intelecto.
De buen grado, la mayoría de la gente ha ido otorgando un creciente poder al sector tecnológico sobre sus mentes y sus vidas. Al fin y al cabo, los ordenadores e Internet son útiles y divertidos, y los empresarios y los ingenieros se han empleado a fondo en inventar nuevas maneras de hacer que disfrutemos de los placeres, beneficios y ventajas prácticas de la revolución tecnológica, por lo general sin tener que pagar por ese privilegio. Mil millones de habitantes del planeta usan Facebook cada día. Alrededor de 2.000 millones llevan consigo un teléfono inteligente a todas partes y suelen echar un vistazo al dispositivo cada pocos minutos durante el tiempo que pasan despiertos. Las cifras subrayan lo que ya sabemos: ansiamos las dádivas de Silicon Valley. Compramos en Amazon, viajamos con Uber, bailamos con Spotify y hablamos por WhatsApp y Twitter.

Una oleada de artículos recientes da a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa
Pero las dudas sobre la llamada revolución digital van en aumento. La luminosa visión que la gente tenía del famoso valle se ha ensombrecido incluso en Estados Unidos, un país de forofos de los aparatos tecnológicos. Una oleada de artículos recientes, aparecidos a raíz de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia en Internet por parte de los servicios secretos, ha empañado la imagen brillante y benévola que los consumidores tenían del sector informático. Dan a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa.
Las investigaciones periodísticas han encontrado pruebas de que en los almacenes y las oficinas de Amazon, así como en las fábricas asiáticas de ordenadores, se trabaja en condiciones abusivas. Han descubierto que Facebook lleva a cabo experimentos clandestinos para evaluar los efectos psiclógicos en sus usuarios manipulando el “contenido emocional” de los post y las noticias sugeridas. Los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan. Libros como el de Astra Taylor The People’s Platform [La plataforma del pueblo], publicado en 2014, muestran que seguramente Internet está agudizando las desigualdades económicas y sociales en vez de poniéndoles remedio.
Las incertidumbres políticas y económicas ligadas a los efectos del poder de Silicon Valley van a más, al tiempo que el impacto cultural de los medios de comunicación digitales se somete a una severa reevaluación. Prestigiosos literatos e intelectuales, entre ellos el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el novelista estado­unidense Jonathan Franzen, presentan a Internet como causa y síntoma de la homogeneización y la trivialización de la cultura. A principios de este año, el editor y crítico social Leon Wieseltier publicaba en The New York Times una enérgica condena del “tecnologicismo” en la que sostenía que los “gánsteres” empresariales y los filisteos tecnófilos han incautado la cultura. “A medida que aumenta la frecuencia de la expresión, su fuerza disminuye”, decía, y “el debate cultural está siendo absorbido sin cesar por el debate empresarial”.

Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente 
También en el plano personal se están multiplicando las inquietudes por nuestra obsesión con los artilugios suministradores de datos. En varios estudios recientes, los científicos han empezado a vincular algunas pérdidas de memoria y empatía con el uso de ordenadores y de Internet y están encontrando nuevas pruebas que corroboran descubrimientos anteriores según los cuales las distracciones del mundo digital pueden entorpecer nuestras percepciones y nuestros juicios. Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial. En Reclaiming Conversation [Recuperar la conversación], su controvertido nuevo libro, Sherry Turkle, catedrática del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), expone cómo una dependencia excesiva de las redes sociales y de los sistemas de mensajería electrónica puede empobrecer nuestras conversaciones e incluso nuestras relaciones. Sustituimos la intimidad real por la simulada.
Cuando examinamos más de cerca el credo de Silicon Valley, descubrimos su incoherencia básica. Es una filosofía quimérica que engloba una torpe amalgama de creencias, entre ellas la fe neoliberal en el libre mercado, la confianza maoísta en el colectivismo, la desconfianza libertaria en la sociedad y la creencia evangélica en un paraíso venidero. Ahora bien, lo que de verdad motiva a Silicon Valley tiene muy poco que ver con la ideología y casi todo con la forma de pensar de un adolescente. La veneración del sector tecnológico por la disrupción se asemeja a la afición de un adolescente por romper cosas, sin reparos incluso si ello tiene las peores consecuencias posibles.

Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde
Por tanto, no es de extrañar que cada vez más gente contemple con mirada crítica y escéptica el legado del sector. A pesar de proliferar, los detractores siguen, no obstante, constituyendo una minoría. La fe de la sociedad en la tecnología como panacea para los males sociales e individuales todavía es firme, y sigue habiendo una gran resistencia a cualquier cuestionamiento de Silicon Valley y de sus productos. Aun hoy se suele despachar a los detractores de la revolución digital calificándolos de nostálgicos retrógrados o de luditas y tachándolos de “antitecnológicos”.
Tales acusaciones muestran lo distorsionada que ha llegado a estar la visión predominante de la tecnología. Al confundir su avance con el progreso social, hemos sacrificado nuestra capacidad de ver la tecnología con claridad y de diferenciar sus efectos. En el mejor de los casos, la innovación tecnológica nos facilita nuevas herramientas para ampliar nuestras aptitudes, centrar nuestro pensamiento y ejercer nuestra creatividad; expande las posibilidades humanas y el poder de acción individual. Pero, con demasiada frecuencia, las tecnologías que promulga Silicon Valley tienen el efecto contrario. Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente en lugar de ensancharlos.
Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde. Visto retrospectivamente, nos equivocamos al ceder tanto poder sobre nuestra cultura y nuestra vida cotidiana a un puñado de grandes empresas de la Costa Oeste de Estados Unidos. Ha llegado el momento de enmendar el error.
Nicholas Carr escribe sobre tecnología y cultura. Es autor de Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? y, más recientemente, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes. Traducción de News Clips.

domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

sábado, 20 de febrero de 2016

PRENSA. "Aplicaciones que parecen de ciencia ficción"

   En "El País":

Aplicaciones que parecen de ciencia ficción

La investigación y el desarrollo en el campo de la telefonía móvil abre puertas infinitas. Aquí, ocho cosas que serán posibles con tu 'smartphone' en unos años


'Microfilmes', corto de homenaje al cine de ciencia ficción. / L.B.

¿Con quién o con qué pasas más horas al día? La respuesta, posiblemente, sea un qué. Y ese qué, probablemente, sea el teléfono móvil. En el bolsillo, en el bolso, incluso (todavía) hay quien lo lleva colgando del cuello. En 1995 los usuarios de este cada vez más pequeño aparato eran alrededor de 80 millones en todo el mundo; el pasado año superaron los 5.200 millones, según el informe de 2014 de KPCB, la sociedad de capital riesgo que rastrea nuevos negocios para apostar por los que creen que tendrán éxito. Algo que corroboran los datos de Xiaomi, la empresa china considerada la start-up más valiosa del mundo: pasó de vender 19 millones de smartphones en 2013 a 61 millones en 2014.
Incluso lo que se suele erigir como antepasado, véase cuadernos, se une al mundo digital mediante aplicaciones que permiten subir el bloc de notas al dispositivo. Todo es susceptible ya de ser adaptado. Empresas de casi todos los sectores desarrollan o investigan la forma de llegar más y mejor a sus clientes, y el teléfono, esa constante en la rutina, es la mejor forma. Hay quien intenta ir más allá del propio terminal. Tuenti publicaba en su blog el pasado 18 de junio que llega el phone sharing. No importa si te lo roban, se te cae a la piscina o te lo dejas en un taxi, puedes convertir cualquier móvil en tu móvil y llamar desde tu número entrando en su aplicación con tu usuario y contraseña.
Más allá del mundo de los operadores móviles, la salud. La mHealt fue término acuñado por Robert Istepanian en 2005: “El uso emergente de la comunicación móvil y la tecnología en red para la asistencia sanitaria”. Desde entonces, industria, gobiernos e investigadores han ido dando pasos en el desarrollo de este ámbito que cada vez amplía más las posibilidades en torno a la prevención y el control de enfermedades. El futuro se tejerá, en gran parte, a través de los dispositivos. Te presentamos ocho cosas, hoy imposibles, que podrás hacer con tu smartphone en unos años.

Realizar un control médico 



Vista de la página web de OScan.
La democratización de los conocimientos médicos en la sociedad crece desde la llegada de Internet, y las aplicaciones de este ámbito son algunas de las que más se nutren de los beneficios tecnológicos. Tanto, que la FDA (Agencia Americana de Medicamentos, en sus siglas en español) y la Unión Europea llevan más de dos años avanzando en la regulación de estas apps. La agencia norteamericana publicó en 2013 un informe con ciertas pautas que se debían seguir y avisaba de que revisarían aquellas que pudieran poner en riesgo al paciente. La Unión Europea creó, también hace un par de años, una lista de aplicaciones que, según sus criterios, eran útiles para los pacientes. Hablamos de un océano digital en el que hay más de 100.000 apps de salud en la Apple Store y la Google Play Store, según el último informe de Research2guidance.
Pero no solo las empresas están detrás de aprovechar al máximo las capacidades que puede dar el software de un smartphone. Desde hace años, también investigadores de todo el mundo realizan proyectos como el del Instituto Avanzado de ciencia de Tecnología de Corea (KAIST) que, en 2012, auguraba en una publicación alemana, Angewandte Chemie, que la tecnología de las pantallas táctiles podría usarse para detectar materia biomolecular como el ADN. “El primer paso para que un día puedan usarse para pruebas médicas”, según especificó Hyun Gyu Park, uno de los profesores de Ingeniería Química y Biomolecular que dirigió el estudio. Ese mismo año, el profesor asistente de Bioingeniería en Standford Manu Prakash desarrolló una forma de usar el móvil para crear imágenes detalladas de la cavidad bucal en pacientes con lesiones sospechosas, con un dispositivo tan grande como un paquete de chicles, OScan. Y el pasado abril, el Journal of Mobile Technology in Medicine,publicaba la aparición de D-Eye, una aplicación creada por el doctor Andrea Russo que convierte el smartphone en un oftalmoscopio portátil capaz de grabar y transmitir imágenes y vídeos del ojo en alta definición.

Combatir la deforestación de las selvas tropicales



Uno de los aparatos de Rainforest Connect.
La deforestación, esa plaga mundial creada por el hombre, es también susceptible de frenarse gracias a un proyecto forestal que usa los teléfonos inteligentes como espías. Se trata de un proyecto de Rainforest Connection, una ONG con sede en San Francisco que emplea móviles reciclados para registrar e identificar los sonidos de las motosierras que se usan para la tala ilegal. Los dispositivos se colocan en los árboles y están equipados con paneles solares para recargar la batería; cada uno protege 3,14 kilómetros cuadrados y envía una alerta cada vez que detecta el sonido de las motosierras. Así, la app Rainforest Connection se convierte, según la propia organización, “en el primer sistema de detección en tiempo real en el mundo y proporciona los datos, abierta, libre y de forma inmediata, a cualquier persona”.

No cargarlo jamás (o tardar un minuto en hacerlo)


La batería. Esa pequeña parte que puede convertirse en la más odiada cuando la necesitas… y no está. El uso continuo del aparato, la cantidad de aplicaciones que funcionan (en primer o segundo plano) y la cantidad de recursos que necesitan algunas de ellas, provocan que la barra verde desaparezca cada pocas horas. Una búsqueda en Google ofrece millones de resultados: cómo alargar la batería del móvil, trucos para hacer que las aplicaciones no la consuman, etcétera. Aunque con el tiempo se han ido mejorando y adaptando a los nuevos usos, sigue siendo un problema si no se dispone de una de esas baterías portátiles a las que, obvio, el piloto también se les pone en rojo. Pero no todo está perdido, científicos de la Universidad de Standford han inventado la primera batería de aluminio de alto rendimiento: carga duradera, rápida y con un coste bajo. Hongjie Dai, profesor de Química en la universidad, y sus colegas la definen como “una batería de aluminio-litio recargable y ultrarrápida”. Mientras que la recarga actual de un smartphone puede durar un par de horas, esta nueva batería podría hacerlo en un minuto.

Ayudar a crear un páncreas artificial



El móvil con plataforma Android del proyecto de la Universidad de Virginia.
347 millones son las personas con diabetes en el mundo, según las cifras de 2014 de la OMS; organización que además, estima en 1,5 millones las muertes por esta afección en 2012 y señala que en 2030 será la séptima causa de mortalidad. Esta enfermedad crónica aparece cuando el páncreas no produce suficiente insulina o cuando el organismo no usa de forma eficaz esta hormona, que regula el azúcar en la sangre. Desde la Universidad de Virginia, Daniel Cherñavvsky contesta al teléfono. Es uno de los investigadores que trabaja en la tecnología para crear un páncreas artificial a través del software creado por el centro de diabetes tecnológica de la universidad incorporado a un móvil Android para pacientes con diabetes tipo 1 (la que suele desarrollarse en el inicio de la infancia).
"Este dispositivo regula la administración subcutánea de insulina de modo que siga la onda ascendente o descendente de glucosa en la sangre. Si el azúcar en la sangre sube, el sistema avisa a la bomba de que tiene que mandar más insulina y viceversa. La manera en que el sistema se informa del valor de glucosa es mediante un sensor colocado en el tejido subcutáneo que mide la glucosa del fluido intersticial del paciente cada cinco minutos, esa es la información que manda al teléfono. Nosotros lo monitoreamos de forma remota", explica Cherñavvsky, que sigue a 30 pacientes repartidos por todo el mundo. Por ahora, el sistema tiene valor predictivo pero no adaptativo: "Avisa media hora antes si el paciente va a estar en hipoglucemia o hiperglucemia. Nuestro próximo reto es que no solo funcione con valores predeterminados, sino que se adapte a los hábitos de conducta diaria del afectado".
Los resultados médicos avalan una mejora en la regulación de la glucemia manteniendo al paciente en normoglucemia, valores normales de azúcar en la sangre, por más tiempo durante el día, y evita riesgos de hipoglucemia, sobre todo durante la noche, que pueden generar complicaciones como convulsiones o, incluso, la muerte. Desde el punto de vista social, este sistema permite una rutina más fácil y más llevadera, "sobre todo en adolescentes", puntualiza el investigador. Pero, ¿cuánto queda para que esto sea una realidad? No mucho, según las previsiones del equipo: "No tengo una bola de cristal y no quiero aventurar nada, pero podría estar en el mercado en dos años o dos y medio".

Reducir la contaminación



El sensor creado por los investigadores del MIT. / MELANIE GONICK
“Cómo se nota cuando llueve”. Es una frase bastante común en Madrid, y se refiere a la calidad del aire que se respira. No muy buena, como en casi cualquier gran ciudad del mundo. El último informe de la OMS, publicado el pasado abril, sobre el coste económico que produce la polución del aire en la salud, dio como resultado que la contaminación le pasa una factura a Europa de 1,4 billones de euros en enfermedades y muertes cada año. Contra estas cifras trabajan organizaciones internacionales, asociaciones, gobiernos y ahora, incluso el papa Francisco.
En el MIT, un equipo de investigadores químicos, ha creado un sensor que puede ser leído por un móvil y que detecta gases y contaminantes ambientales (amoníaco gaseoso, ciclohexanona y peróxido de hidrógeno, entre otros). Los dispositivos no son caros de fabricar, una de las razones por las que podrían extenderse fácilmente y que desde el propio equipo ponen en valor.

Colaborar en la lucha contra alzhéimer, el cáncer o el párkinson



Vista de la página web de Folding@Home.
“Ayuda a los científicos de la Universidad de Standford a estudiar el alzhéimer, el párkinson y muchos tipos de cáncer simplemente instalando un programa en su ordenador”. Es la primera frase que puede leerse en la página dedicada al proyecto Folding@home. Una colaboración a la que cualquiera puede unirse y que consiste en permitir que el equipo de la investigación use tu ordenador para hacer simulaciones mientras duermes. Ya tiene más de 139.000 personas que se han unido a su causa, lo que significa que procesan los datos en 139.000 equipos alrededor del mundo. Ahora han desarrollado ese concepto para móviles con el mismo nombre y ya está disponible en la Google Play Store.
“Hay mucha gente con teléfonos muy poderosos, si podemos usarlos de manera eficiente, se prepara el escenario para algo realmente grande”, explicó Vijay Pande, el director del laboratorio que ha creado este proyecto de software. El estudio pretende conocer más a fondo el proceso de plegamiento de proteínas, ya que un error en esa cinta lineal de moléculas que se estira y se enrolla como un ovillo puede causar enfermedades. El equipo explicó que, por ejemplo, en pacientes con cáncer, los doctores disponen de varios medicamentos para prescribir, y necesitan hacer el mejor diagnóstico posible para elegir qué droga dar primero. Si fallan, tienen que volver a decidir. En enfermedades tan sensibles al tiempo como el cáncer, el proceso se dificulta. Conocer el funcionamiento de las proteínas, aseguran, ayudaría a decidir mejor ese primer medicamento. Algo que podría salvar muchas vidas.

Imprimirlo desde casa


En los últimos años las impresoras 3D hasta han cocinado. Casi cualquier cosa parece posible con estos aparatos. ¿Por qué no un smartphone? Ya puede imprimirse la carcasa de un móvil, incluso personalizada, en esta página web. ¿Cuánto tiene que pasar para que puedan imprimirse los distintos componentes? No mucho si las empresas que los fabrican decidieran dejar volar los diseños.

Vivir en una ciudad inteligente



Un sensor en un contenedor de basura en Barcelona. / DAVID RAMOS (BLOOMBERG)
Tal vez sea en un laboratorio de la Universidad de Washington donde esté la clave para hacer factible una ciudad inteligente. Los múltiples sensores que hacen posibles estos lugares requieren de una fuente de energía continua para trabajar. Investigadores de la universidad estadounidense están probando un nuevo método que recoge energía a través del aire, usando las señales de radiofrecuencia que envían los routers y canalizándolos a otro router estándar. Ya han sido capaces de cargar pequeños dispositivos sin que eso perjudicara la velocidad de navegación del lugar de donde provenía la señal. El equipo del Sensor Systems Laboratory es consciente de que, en este momento, la energía que pueden producir se limita a la carga de aparatos de reducido tamaño. Pero este es solo un primer paso.
Esta información, patrocinada por Tuenti, ha sido elaborada por una colaboradora de EL PAÍS.

Expectativas brutales

Manuel Pérez-Alonso es profesor en la universidad de Valencia, investigador y director del Instituto de Medicina Genómica de Valencia.
P. ¿En qué contexto se están produciendo los avances?
R. Casi todo lo que se hace hoy en genética es para el diagnóstico y el cuidado de personas con una enfermedad. Pero la evolución a la que vamos, y de forma bastante rápida, es que todo el conocimiento del genoma va a permitir atender y cuidar también a las personas sanas. En Europa va más lento, y en España es muy minoritario (casi en la frontera de lo creíble) pero en Estados Unidos es una realidad más cotidiana; algunas empresas ya hacen estudios genómicos a personas sanas y les ofrecen hábitos y pautas de vida.
P. ¿Cuál es la “foto” hoy?
R. De todo el genoma humano, solo conocemos el funcionamiento con bastante detalle de 3.000 del total. En el resto, cuando se produce un cambio o una mutación, aunque los veamos, no sabemos qué consecuencias tendrá para esa persona. Pero eso está cambiando cada vez más rápido, casi cada semana se van descubriendo nuevas funciones biológicas de esos genes que siguen en la nebulosa.
P. ¿Cómo encajan las aplicaciones móviles en este desarrollo?
R. Llegó Internet, luego la nube, el big data y las aplicaciones móviles, que van va a tener una utilidad dentro de este campo. Se está visionando una situación en la que las personas van a tener su genoma completo. Esa información tendrá que ser, no solo almacenada, sino reanalizada periódicamente en función de la nueva información que vayamos consiguiendo. El almacenamiento es la parte más sencilla, y ahí están ya Google, Amazon y Apple compitiendo por dar ese servicio.
P. ¿Cómo ve el futuro?
Es difícil plantear un futuro a largo plazo, pero en 20 años, por ejemplo, creo que es una certeza que, si siguen existiendo las apps, será ahí donde saltará la notificación de que hay una nueva versión en el conocimiento del genoma humano, lo que significará que podrán volverse a reinterpretar esos datos y saber más sobre la propia constitución biológica. Las expectativas sobre lo que se puede hacer son brutales.

domingo, 24 de enero de 2016

PRENSA. "La tiranía de la imagen"

   En "El País":

La tiranía de la imagen

Los recuerdos son más traicioneros que las imágenes, pero también más dinámicos e interesantes. La fiebre por retratar todo con el móvil obedece a algo más que a la necesidad de registrar nuestras vivencias. Es un nuevo lenguaje


Soldados estadounidenses fotografían al presidente Barack Obama con sus móviles en una base militar en Seúl (Corea del Sur). / REUTERS

La semana pasada subí al Teide por primera vez y tuve la suerte del novato. Lo que había dejado allí abajo como un cielo nublado era desde aquí un borbotón de nubes con todos los matices de la luz, una marea como un catálogo de formas compilado por la bruja artista, y entre las estribaciones de aquella cordillera blanca pude ver las otras tres islas occidentales, sacando la cabeza para respirar un aire anóxico más cercano a la Luna que a la vida diaria. Mi primera reacción, como parece natural, fue echarme la mano a la cartuchera y sacar el móvil para fotografiar aquel espectáculo majestuoso. De pronto, sin embargo, algo detuvo mi mano.
¿Se han fijado en la publicidad del iPhone6? No vende megas ni decibelios: vende píxeles, como si el aparato no fuera un teléfono que hace fotos, sino una cámara que hace llamadas. El publicista hizo bien. Toda persona es un fotógrafo en nuestros días. Desde la invención de la fotografía siempre ha habido unos cuantos fotógrafos muy buenos, pero es sabido que no hay venenos sino dosis. La facilidad con que la tecnología actual nos permite disparar ha generado una pesadilla irritante de imágenes anodinas y sopor que casi nos hace añorar a los cuñados y sus sesiones de diapositivas al volver de la playa. Una sobredosis que aburre y no dice nada, que nos reduce a todos al grado cero de las artes plásticas.
Los cuñados, loado sea Dios, están de capa caída: la mayoría de la gente (55%) prefiere ya compartir fotos en formato digital en vez de ponérselas en diapositiva a los invitados de la fiesta; más allá de Facebook hay redes dedicadas exclusivamente a enseñar fotografías, como Flickr y la rabiosamente moderna Instagram; el 35% de los usuarios de smartphones hace una foto de los artículos que va a comprar y se la manda a los amigos para pedir consejo antes de comprarlos; el 63% utiliza solo el formato digital para las fotos.
Ni siquiera hay ya que preocuparse de disparar en el mejor momento: la nueva minicámara Narrative Clip lo hace por ti tomando una foto cada medio minuto. Según los datos de Digital Marketing Stats, la web para guardar y compartir fotos Instagram tiene 400 millones de usuarios activos al mes, incluyendo al 28% de la población estadounidense: está barriendo, sobre todo entre los menores de 35, y es solo el último grito de este tipo de webs fotográficas, después de Flickr, PhotoBucket y Picasa.

En un estudio, los niños recordaban más detalles de los cuadros que observaban que los que fotografiaban
“El mayor número de selfies tomados en una hora es de 1.449 y fue alcanzado por Patrick Peterson”, informaba hace poco una web asociada de algún modo a los récord Guinness. Hay también premios para imágenes tomadas con el móvil, y a algunos los saca la mujer del tiempo en el telediario. Los Homo sapiens hemos caído gradualmente en la fiebre de la instantánea, y solo nos queda preguntarnos: ¿cuándo empezó todo a ir mal?
Y ahora: ¿qué paró mi mano en el Teide? Bien, aquella puesta de sol asombrosa iba a durar solo 10 minutos, y créanme, pensé que sería mejor aprovecharlos mirándola que fotografiándola, grabándola en mi memoria y no en la de mi teléfono. En la semana y pico que ha pasado, no me he arrepentido de ello. La memoria es más traicionera que la fotografía, pero también más dinámica e interesante. Seguro que esto cambiará algún día, pero ese día no ha llegado.
La psicóloga Linda Henkel, de la Universidad de Fairfield en Connecticut, publicó el año pasado una investigación que resulta iluminadora. A los estudiantes que se presentaron voluntarios —basta ofrecerles unos créditos para que lo hagan por docenas— se les pidió que fotografiaran ciertos cuadros de un museo de artes plásticas, y que se limitaran a observar otros. El resultado se midió al día siguiente: los estudiantes recordaban menos objetos, y menos detalles de cada objeto, entre los que habían fotografiado que entre los que se habían limitado a observar. El mero hecho de tomar una foto de un cuadro parece, por tanto, una buena receta para olvidarse de él.

Enviar una foto, por ejemplo, del Teide a un amigo significa “estoy aquí” con un “te fastidias” implícito
“Los resultados”, dice Henkel, “destacan que hay diferencias clave entre la memoria de la gente y la memoria de la cámara”. Curiosamente, este efecto negativo de la fotografía se revierte si, en vez del cuadro entero, lo que se pide fotografiar es algún detalle de él. Esto ya no puede resolverse con el piloto automático —requiere fijarse en la obra y tomar la decisión consciente de cuál de sus partes merece la pena— y el sujeto recuerda el objeto igual de bien que si solo lo hubiera observado. No hay, pues, ningún efecto maligno de la cámara sobre el cerebro de quien la usa: es sustituir el cerebro por la máquina, delegar en ella el registro de las experiencias, lo que estropea las cosas, como parece lógico, si se mira bien.
Estos fenómenos de interferencia con la memoria no son tan específicos de la fotografía como se podría suponer, ni en el fondo tan nuevos. Hace 30 años, cuando yo era un estudiante de doctorado, una parte regular del trabajo era ir a la biblioteca a buscar las últimas publicaciones científicas que tocaran tu tema. Pero la mayoría no íbamos allí a leer, sino a fotocopiar los artículos. De alguna manera, el mero hecho de tener una copia en tu mesa venía a eximirte de la penalidad de leerlo. Los científicos de hoy ya no tienen que ir a la biblioteca, porque los papers llegan directamente a su ordenador. Pero, dejando aparte el cambio de la fotocopia por la impresora, sospecho que siguen haciendo lo mismo.

Recarga el carrete

  • La película fotográfica, el carrete de toda la vida, está siendo rescatado por una generación de fotógrafos jóvenes, algunos nacidos cuando la imagen digital ya era una realidad insoslayable. La resurrección reviste los ecos de la obrada por ciertos amantes de la música con el vinilo, frente al mp3.
  • La tendencia ya tiene hasta su propio día; el 11 de abril es desde este año, paradojas de la vida digital, el día de la película fotográfica. Sus defensores la ven como un signo de distinción, pues consideran que los móviles además de democratizar la fotografía, la han vulgarizado.
  • La primera imagen virtual data de 1975, cuando Steve Sasson, de Kodak, construyó la primera cámara digital en un eureka que acabaría siendo una condena para la marca.
  • El 11 de enero de 2012, la firma, acosada por la generalización del uso de los teléfonos inteligentes, se declaró en bancarrota, anunció “la reorganización de su negocio y la presentación de una demanda contra Apple y HTC por violar cuatro de sus patentes por tratamiento de imágenes”.
  • La compañía resucitó en 2013. Hoy, cuenta con 8.000 trabajadores en todo el mundo, frente a los 145.000 que llegaron a emplear en los buenos y analógicos tiempos. En 2014, la empresa perdió 114 millones de dólares.
El experimento puede recordar, siquiera vagamente, a una realidad cotidiana; el aluvión de mensajes de correo y WhatsApp que nos sepultan un minuto tras otro bajo estratos de ingenio ajeno y actividad aparente, hasta casi no dejarnos hacer otra cosa en todo el día. De forma análoga a las fotos, tampoco es que estos mensajes sean un problema en sí mismos —al menos no necesariamente—, sino que nos impiden concentrarnos en una lectura sostenida, o sustituyen la reflexión profunda por un chisporroteo superficial de ocurrencias no solicitadas. La atención es una sustancia demasiado valiosa para desperdigarla de esa forma sin ganar nada a cambio.
Pero con la fotografía ocurre algo peculiar. Algo que no tienen las lecturas pendientes. La gente, sobre todo el público joven, la utiliza no ya como registro gráfico, o como sustituto de la memoria —que también— sino como un lenguaje de comunicación. La foto del Teide (esa que yo no hice) significa “estoy aquí”, con un “te fastidias” implícito, y el primer plano del chuletón es un “te fastidias” explícito, redondo, que no se lo salta un poeta. Y es verdad que hay cosas que se dicen más pronto con una imagen que con un mensaje, sobre todo si el corrector automático tiene uno de esos días didácticos.
Este es un cuento del que es difícil extraer una moraleja, pero intentemos cocinar una. ¿Hacemos demasiadas fotos? No: pensamos demasiado poco.