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miércoles, 8 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por 'En la orilla'"

  En "El País":

Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por ‘En la orilla’

El escritor valenciano suma otro premio, después del de la Crítica, a su gran novela sobre la crisis

"Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza"


El escritor Rafael Chirbes. / JESÚS CÍSCAR
Rafael Chirbes ha ganado por En la orilla (Anagrama) el Premio Nacional de Narrativa. El galardón, condedido cada año por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, distingue la mejor obra de dicho género en 2013, dotado con 20.000 euros. La novela ya obtuvo la primavera pasada el Premio de la Crítica. Según el jurado, se trata de "una novela de extraordinaria construcción literaria, que tratando de la realidad actual, no se limita al realismo, mostrando una riqueza formal y recursos poéticos que lo trascienden".
"Este es un premio que me da una sensación rara", ha reconocido el escritor (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949), porque, añade, "por un lado me siento orgulloso al tratarse de un premio que representa la narrativa de mi país; pero, por otro, me produce cierta desazón porque no me gusta nada la política que se está haciendo en este país, como lo referido a los presupuestos y el poco apoyo a la Cultura. Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza".
El escritor no sabe si habrá un acto para recoger el galardón. Pero, afirmó, "si tuviera ocasión de recogerlo, y hablar, diría al ministro Wert todas las cosas que pienso sobre su política cultural".

En la orilla relata el drama humano de la crisis económica a través de la vida de cinco desempleados y el jefe que los ha destituido. Una especie de continuación de Crematorio (2007, premio de la Crítica), sobre la burbuja inmobiliaria, el pelotazo y la corrupción alrededor del negocio.
Es la mirada de un diseccionador. Chirbes ha insistido mucho en que escribe sobre lo que ve. Y esa mirada es panorámica, con lupa, sobre la sociedad española en todo su espectro, desde el poder hasta la base. Sobre lo que se ve y no se ve. Ya hizo algo parecido en los años noventa y dos mil, sobre la posguerra y la Transición, con las novelas La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos. En 1988 publicó su primera novela: Mimoun, finalista del Premio Herralde.
“Si te pones del lado del personaje que más odias descubres tus propias contradicciones. ¿Contra quién escribo? Contra mí mismo”, reflexionaba en una entrevista a este diario el autor valenciano.“El escritor tiene que ser pulga y liebre para que no te atrapen. En cuanto te descuidas, te han trincado”, añadió, entonces, sobre una novela que fue elegida como la mejor del año 2013 por los críticos de Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS.
El Premio Nacional de Narrativa se entrega desde 1977, cuando lo obtuvo José Luis Acquaroni por Copa de sombras. Desde entonces lo han obtenido autores como Carmen Martín Gaite (El cuarto de atrás), Francisco Ayala (Recuerdos y olvidos), Camilo José Cela (Mazurca para dos muertos), Juan Marsé (Rabos de lagartija), Miguel Delibes (El hereje), Javier Cercas (Anatomía de un instante), en dos ocasiones Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa y El jinete polaco) y Luis Mateo Díez (La fuente de la edad y La ruina del cielo) y Javier Marías, por Los enamoramientos en 2012, aunque lo rechazó.
El jurado estuvo integrado por: Presidente: María Teresa Lizaranzu Perinat (Directora General de Política e Industrias Culturales y del Libro); Vicepresidenta: Mónica Fernández Muñoz (Subdirectora General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas); y como los vocales propuestos por las entidades correspondientes a la Real Academia Española: Carme Riera i Guilera; a la Real Academia Gallega / Real Academia Galega: María Dolores Sánchez Palomino; a la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia: Miren Karmele Azkarate Villar; del Instituto de Estudios Catalanes/ Institut d'Estudis Catalans: Vinyet Panyella i Balcells; de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE): José Luis Vicente Ferris (José Luis Ferris); de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE): Julia Elena Ochoa García (Julia Otxoa); de la Asociación Española de Críticos Literarios: Ángel Basanta Folgueira; de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE): María de Carmen del Riego de Lucas; del Centro de Estudios de Género de la UNED: María Magdalena García Lorenzo; del Ministro de Educación, Cultura y Deporte: Francisco Javier Rodríguez Marcos; y el último autor galardonado durante la edición de 2013: José María Merino Sánchez.

Todos los premios de Narrativa

2014- Rafael Chirbes, por 'En la orilla'.
2013- José María Merino, por El río del Edén.
2012- Javier Marías, por Los enamoramientos (lo rechazó).
2011- Marcos Giralt Torrente, por Tiempo de vida.
2010- Javier Cercas, por Anatomía de un instante.
2009- Kirmen Uribe, por Bilbao-New York-Bilbao
2008- Juan José Millás, por El mundo.
2007- Vicente Molina Foix, por El abrecartas.
2006- Ramiro Pinilla, por Verdes valles, colinas rojas III. Las cenizas del hierro.
2005- Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos.
2004- Juan Manuel de Prada, por La vida invisible.
2003- Suso de Toro, por Trece baladas (Trece campanadas).
2002- Unai Elorriaga, por Sprako Tranvia.
2001- Juan Marsé, por Rabos de lagartija.
2000- Luis Mateo Díez, por La ruina del cielo.
1999- Miguel Delibes, por El hereje.
1998- Alfredo Bryce Echenique, por Reo de nocturnidad.
1997- Álvaro Pombo, por Donde las mujeres.
1996- Manuel Rivas, por ¿Qué me quieres, amor?
1995- Carme Riera, por Dins el darrer blau.
1994- Gustavo Martín Garzo, por El lenguaje de las fuentes.
1993- Luis Goytisolo, por Estatua con palomas.
1992- Antonio Muñoz Molina, por El jinete polaco.
1991- Manuel Vázquez Montalbán, por Galíndez.
1990- Luis Landero, por Juegos de la edad tardía.
1989- Bernardo Atxaga, por Obabakoak.
1988- Antonio Muñoz Molina, por El invierno en Lisboa.
1987- Luis Mateo Díez, por La fuente de la edad.
1986- Alfredo Conde, por Xa vai o Grifón no vento.
1985- No se otorgó.
1984- Camilo José Cela, por Mazurca para dos muertos.
1983- Francisco Ayala, por Recuerdos y olvidos.
1982- José Luis Castillo-Puche, por Conocerás el poso de la nada.
1981- Gonzalo Torrente Ballester, por La isla de los jacintos cortados: carta de amor con interpolaciones mágicas.
1980- Alonso Zamora Vicente, por Mesa, sobremesa.
1979- Jesús Fernández Santos, por Extramuros.
1978- Carmen Martín Gaite, por El cuarto de atrás.
1977- José Luis Acquaroni, por Copa de sombras.

PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA, 2014: "En la orilla", de Rafael Chirbes


   Así comienza la novela:

1. El hallazgo 

               26 de diciembre de 2010

   El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi.
   Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red. Le gusta pescar en el marjal, lejos de los mirones y de los guardias. Cuando cierran la cocina del restaurante —a las tres y media de la tarde—, Rachid lo busca y, sentados en el suelo a la sombra de las cañas, comen sobre un mantel tendido en la hierba. Los une la amistad, pero también se brindan un servicio mutuo. Pagan a medias la gasolina del viejo Ford Mondeo de Rachid, una ganga que consiguió por menos de mil euros y ha resultado ser una ruina porque, según dice, traga gasolina con la misma avidez con que un alemán bebe cerveza. Desde Misent al restaurante hay quince kilómetros, lo que quiere decir que, sumando ida y vuelta, el coche se chupa tres litros. A casi uno treinta el litro, suponen unos cuatro euros diarios sólo en combustible, ciento veinte al mes, a descontar de un sueldo que apenas llega a los mil, ése es el cálculo que le hace Rachid a Ahmed (seguramente, exagera un poco), por lo que Ahmed le abona a su amigo diez euros semanales por el transporte. Si encontrara trabajo, se sacaría el carnet y se compraría su propio vehículo. Con la crisis es fácil encontrar coches y furgonetas de segunda mano a precios irrisorios, otra cosa es el rendimiento que te proporcionen después: coches de los que la gente ha tenido que desprenderse antes de que se los llevara el banco, furgonas de empresas que han quebrado, autocaravanas, camionetas: es época de oportunidades para quien tenga algún euro que invertir comprando a la baja. Lo que no sabes nunca es el regalo envenenado que guardan dentro esas gangas. Consumo desmedido de combustible, piezas que hay que cambiar al poco tiempo, accesorios que se estropean con sólo mirarlos. Lo barato suele salir caro, refunfuña Rachid, mientras le pega un acelerón. Ahí nos hemos gastado medio litro. Vuelve a acelerar. Ahora, otro medio litro. Se ríen. La crisis impone su mandato por todas partes. No sólo en los de abajo. También las empresas están quebradas o a medio quebrar. El hermano de Rachid trabajaba en un almacén de materiales que tenía siete camiones y otros tantos chóferes, eso fue hace cuatro años. En la actualidad, los han despedido a todos y los camiones permanecen aparcados en la playa de asfalto que hay en las traseras del almacén. Cuando tienen que realizar un porte, contratan por horas a un chófer autónomo que les hace el trabajo en su propio camión, cobra al contado, a tanto la hora, a tanto el kilómetro, y vuelve a quedarse pegado al teléfono móvil, con los brazos cruzados hasta el siguiente encargo. Ahmed y Rachid charlan sobre las posibilidades de negocio que supondría comprar coches usados para revenderlos en Marruecos.
   El restaurante donde trabaja Rachid está al final de la avenida de La Marina, en realidad una carretera paralela a la playa que discurre a espaldas de la primera línea de apartamentos y se alarga entre las urbanizaciones una veintena de kilómetros desde Misent hasta el primer canal de desagüe del pantano. Ahmed camina por la cuneta poco más de un kilómetro para llegar al lugar en que pesca. Lleva la caña al hombro, la red atada a la cintura bajo la chaquetilla del chándal, y una cesta colgada a la espalda por un par de correas, a modo de mochila. Hace tres años, había infinidad de obras en este tramo de La Marina. A ambos lados de la carretera, se sucedían los montones de escombros y las edificaciones en distintas fases constructivas: solares sobre los que empezaba a concentrarse maquinaria; otros en los que la retroexcavadora abría el suelo, sacando de dentro un barro rojizo, o en los que las hormigoneras rellenaban los cimientos. Pilares de los que surgían varas de hierro, tirantes y planchas de mallazo, palés de ladrillos, montones de arena, sacos de morcem. Por todas partes se movían las cuadrillas de albañiles. Algunas fincas en las que las obras habían concluido estaban cubiertas de andamios donde hormigueaban los pintores, mientras en sus aledaños grupos de hombres removían la tierra, ajardinaban, plantaban árboles —viejos olivos, palmeras, pinos, algarrobos— y arbustos de esos que las guías definen como característicos de la flora ornamental mediterránea: baladres, jazmines, galanes de noche, claveles, rosales, y matas de hierbas aromáticas: tomillo, orégano, romero, salvia. La red de carreteras que cruza la zona soportaba un incesante tráfico de camiones que transportaban palmeras, olivos centenarios que apenas se acomodaban al hueco de las enormes macetas en que los trasladaban, o frondosos algarrobos. El aire se llenaba con el ruido metálico de los vehículos que acarreaban material de obra, contenedores para escombros, autocargantes, góndolas que trasladaban retroexcavadoras, hormigoneras. El conjunto transmitía sensación de activa colmena.

jueves, 13 de febrero de 2014

PRENSA. "Rafael Chirbes: una mirada clara hacia los rincones oscuros"

   En "cuartopoder.es":

Rafael Chirbes: una mirada clara hacia los rincones oscuros

AGUSTÍN MORENO | 9/2/2014
Rafael_Chirbes
El escritor Rafael Chirbes, en una imagen de archivo. / Efe
Si se tratara solo de calidad literaria, un día este país se despertaría preguntándose ¿quién diablos es ese Rafael Chirbes al que le han dado el Nobel? Esta idea, nada descabellada, se me ocurrió cuando a través de un amigo alemán supe que era más leído y reconocido en Alemania que aquí, donde es desconocido por muchos. Sirva de muestra que no encontré un ejemplar de su última novela en la Casa del Libro en Madrid las vísperas de Reyes. Pero poco a poco se va haciendo justicia, aunque no siempre se puede asimilar premios a calidad. Medio centenar de críticos literario de Babelia-El País eligieron “En la orilla” (Anagrama, 2013) como la  mejor novela del año, y el crítico literario de este periódico, Juan Ángel Juristo, la destacó en primer lugar al escribir sobre los libros del año “de marcada excelencia”. En 2007 recibió el Premio Nacional de la Crítica por “Crematorio”. Un centenar  de escritores, editores, agentes y personalidades de la cultura eligieron en 2013 a Vargas Llosa y “La fiesta del chivo” la mejor novela del siglo (XXI) en narrativa hispánica, en una disputa de tú a tú con “Crematorio”, que quedó segunda.
En este pasar desapercibido algo ha podido contribuir el propio Chirbes, centrado en su literatura y lejos de la pomada literaria que produce famosos, más que por la calidad de la obra, por los saraos en los que participan y otras actividades públicas no todas edificantes. Siempre viviendo en los márgenes, en Marruecos, en pequeños pueblos extremeños o valencianos. Como él mismo dice: intenta pasar desapercibido, “que no se acuerden de él ni para bien ni para mal”, que le dejen en paz, como objetivo.
Más parece que podemos estar ante la vieja tradición española de desprecio a la brillantez si esta no es sumisa, términos que resultan antitéticos. La mirada de Rafael sobre la realidad es muy dura, porque la realidad también lo es. Es un autor imprescindible para sentir lo que ha sido este país en sus últimos setenta años, desde la posguerra a la crisis de la actualidad, otra segunda derrota para la mayoría. Y lo hace sin ser nada complaciente con lo políticamente correcto, con ese modelo de transición de “trágala” que dejó muchos muertos tanto sin enterrar como sin desenterrar.
Su última novela En la orilla es una continuación de Crematorio. En aquella abordaba la España del ladrillo, la especulación en la costa levantina, la corrupción de los sueños y de las personas, a través del protagonismo de un constructor sin escrúpulos que alguna vez tuvo el deseo de cambiar el mundo. El protagonista de En la orilla es un carpintero arruinado que no pudo ser artista. Y utiliza el desolador paisaje de un marjal o humedal costero como metáfora que refleja la degradación a la que conduce un sistema depredador con las personas y la naturaleza. Donde se arrumban todos los desechos industriales y humanos, las basuras y los cadáveres de todo tipo. Donde confluyen los procesos de autodestrucción que el hombre emprende y es capaz de continuar insensatamente más allá del punto de no retorno.
Se trata del realismo. Con su prosa seca y precisa, de bisturí inclemente, refleja la evolución de la economía, de la sociedad y de los sueños. La dureza de la supervivencia cada día, desde la dignidad del trabajo bien hecho por los perdedores sin horizonte, al fuego fatuo de la burbuja inmobiliaria que finalmente no deja más que podredumbre, arcadas, mentiras y melancolía. La dureza del relato a veces solo es soportable por la brillantez de su prosa: Para resistir, para seguir vivo, hace falta una buena dosis de idealismo. Capacidad para mentirse. Sólo sobreviven quienes consiguen creerse que son lo que no son”.
Literatura químicamente pura y dura para reflejar la crisis económica, social y moral de una sociedad enferma. Narrador total, adopta todos los puntos de vista de una realidad poliédrica. Él es todas las voces, sus novelas son corales, de estructura compleja y exigencia de omnilateralidad.  Convierte en brillante lo sencillo y lo difícil. Parece mentira que con el sota-caballo-rey de sujeto, verbo y predicado puedan alcanzarse páginas tan perfectas, tan acabadas, tan sublimes donde no puede faltar ni  sobrar una coma. Es una literatura que fascina, aunque lo que busca el autor es que su gesto literario sea transparente para que el contacto entre el lector y el retrato de la realidad que hace sea lo más potente posible.
Los que no conozcan a Rafael Chirbes pueden empezar por donde quieran, pero yo les recomendaría hacerlo con La buena letra, seguir con La larga marcha, dar el salto a Crematorio y En la orilla. Luego seguirán buscando, una a una, todas sus novelas como si fueran joyas, tesoros escondidos en los fondos de las bibliotecas públicas y  de las librerías, preguntándose: ¿cómo no le he descubierto antes?
En-la-orilla
Cubierta de la última novela de Chirbes.
Su universo narrativo es nuestra realidad, la que vivimos, la que vemos o intuimos en los demás. Sus referencias literarias, muchas, con especial reconocimiento a Max Aub y Galdós. Como él mismo reconoce, es síntoma de su tiempo y quiere ser testigo. Si Belén Gopegui, con metáfora afortunada, dice que la literatura revolucionaria debe ser una especie de caballo de Troya (Papeles de la FIM, 2007) que no levante sospechas en el mercado, el caballo de Chirbes no es de madera sino de cristal. No enmascara nada, va con la verdad por delante, con las únicas cartas de presentación de su fuerza narrativa y de su honestidad. Pocas veces un escritor alcanza este grado de coherencia entre lo que ve y piensa y lo que nos cuenta. No dulcifica nada, pero por ello se paga un tributo cuyo consuelo está en poder mantener la mirada a ese sujeto tan parecido que se asoma cada mañana al espejo.
Algunas voces señalan el supuesto nihilismo de sus obras. Pero parece que Chirbes cree en suficientes cosas y tiene muy clara su posición. Por ejemplo, que a él solo no le toca cambiar el mundo. Aunque la literatura persiguiera “un proyecto emancipador o de transformación  política y social, tiene que tratar de visibilizar los mecanismos ideológicos invisibles que determinan nuestras vidas, esto es, mostrar cómo se produce nuestra explotación y cómo la terminamos asumiendo. Porque solamente tomando conciencia de ella podremos afrontarla” (¿Qué hacemos con la literatura?, Akal, 2013). Chirbes cumple ampliamente con ello cuando se marca como primer objetivo de su literatura buscar la verdad, el sentido de la explotación, ayudarnos a ver.
Si la literatura es realmente una forma de reflejo de la realidad objetiva, entonces le importa mucho captar esa realidad tal y como realmente es y no limitarse a reproducir lo que aparece inmediatamente. Contar crudamente las cosas es no mirar para otro lado ni perder la capacidad de indignarse por ellas. Dice el propio Chirbes: “Los novelistas no son clérigos, ni psicólogos ni políticos. No debemos predicar, ni curar o sanar. Solamente desciframos el espíritu de nuestra época. Y mi novela intenta llevar a ojos del lector algo que posiblemente no quiera creer”.
Critica sin piedad a los que renuncian ideológicamente. No hace ninguna concesión a la versión edulcorada de la Transición ni al oportunismo. Ni al voluntarismo político del que hablaba Gramsci: hay pocos optimismos de la voluntad que valgan, cuando al carácter depredador y brutal del capitalismo se le une la corrupción y la incompetencia de la llamada izquierda. Pero lo anterior no significa que no tenga las cosas claras desde el punto de vista político.
Aunque lo más político en Chirbes es su particular manera de acercarse literariamente a la realidad. Sus opiniones y su posición ideológica son secundarias, pero tiene el valor de mostrarse como una persona siempre libre, que no se concilia con nadie, que no paga peajes. Por ejemplo, ha criticado la socialdemocracia como el mejor guardián del capitalismo, la practique Zapatero, “sentado a la mesa de los caníbales” Felipe González “el que a petición del inflexible capitalismo europeo llevó a cabo la dura reconversión de la industria, que multiplicó los despidos, domesticó a los sindicatos y metió al país en la OTAN“. O a sus paisanos del PP: “me entero de que la pandilla de indeseables que gobierna la Comunidad Valenciana acaba de dar un paso decisivo en su experiencia de ingeniería social, privándonos de las únicas emisoras de radio y televisión que hablan la lengua propia de este pueblo y que recogen todo el complejo entramado cultural de esta tierra y lo hacen visible y audible. Se trata de un acto que podríamos calificar de genocidio cultural, para el que no les importa dinamitar su propio aparato de propaganda: llevan a cabo su fechoría, un golpe de estado contra el país (incluso contra sus propios votantes, que son los primeros consumidores de esos canales y emisoras que han manipulado hasta el asco)”.
Así se expresa también el autor en Crematorio: “Ganamos la democracia, pero la política quedó eliminada. No hay ninguna implicación real de la gente en las decisiones significativas. Pasarte veinte, treinta años de franquismo exigiendo que llegara la democracia, y descubrir que llegaba para comunicarte que no le hacías ninguna falta, porque la democracia es la forma más perfecta de exterminio de la política”.
Se ha dicho, con razón, que la vanidad puede matar a los escritores. No es el caso de Rafael Chirbes. Al contrario, como demuestra su alejamiento buscado y necesario para la objetividad de su obra, que le lleva incluso a presentar a rastras las novelas, excepto cuando le invitan librerías o tertulias amigas. Es tal la implicación personal y la intensidad narrativa y de sentimientos que pone, que después de cada novela queda vacío, exhausto, con dudas sobre si volverá a escribir. Lo viene diciendo desde La Larga marcha, con Los viejos amigos, con Crematorio y ahora. Siempre parece que está escribiendo su última novela, y en realidad es así, y por ello se convierten en una especie de testamento. Afortunadamente para nosotros, no puede dejar de escribir porque para él la literatura forma parte de una conversación infinita con la realidad. Decía Marx sobre los economistas algo que es de aplicación más general: hay escritores cuya profundidad consiste exclusivamente en ver las nubes de polvo de la superficie y enunciar esa entidad polvorienta orgullosamente como algo misterioso e importante. Rafael Chirbes intenta entender lo que pasa, su esencia y causas, algo que solo los que poseen una mirada capaz de ver la espuma y la marea son capaces de lograrlo. Esperaremos su siguiente novela y, mientras, le releeremos.

jueves, 30 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Arte incontestable, o sea, Chirbes". Carlos Boyero

Pep Tosar, José Sancho y Vicente Romero, en una escena de la serie Crematorio, basada en la obra de Rafael Chirbes. ("El País")

   En "Babelia" ("El País"):

Arte incontestable, o sea, Chirbes

Mejor en papel que en libro electrónico y siempre literatura con mayúsculas, como la de 'En la orilla'

 28 DIC 2013

Aducen los apóstoles del libro electrónico que entre las infinitas ventajas de invento tan milagroso y practico está no tener que cargar en los viajes con el peso de los libros de papel, que alguien para el que la lectura continua fuera cuestión de supervivencia mental podría naufragar en una isla solitaria, pasar allí incluso años y siempre dispondría de lectura ya que en un e-book ligeramente sofisticado pueden almacenarse más de mil libros. Imagino que dentro de un tiempo esa cifra será ridícula, que el invento todavía es un bebé e infinita la evolución de su crecimiento. O sea, que en unos años, es posible que puedan estar contenidos en ese aparato diminuto todos los libros que se han escrito en la historia de la humanidad. No tendrán olor ni tacto, pero eso al parecer le da igual a los lectores contumaces que han sabido adaptarse con naturalidad a los nuevos y maravillosos tiempos.
Como todavía no he sido tocado por la luz de la conversión almaceno libros en mi sufrida maleta (tiene ruedas, tampoco te exige un proteico esfuerzo físico) cada vez que paso semanas fuera de España. Y, por supuesto, no me importa el grosor de estos, a condición de que me apasionen, o al menos, que me entretengan. No me hubiera importado que las 1.120 paginas de Vida y destino en su traducción al castellano fueran muchas más. Pero recuerdo con sensaciones relacionadas con el estupor y el hastío que debido a la curiosidad, el suntuoso espacio que le dedicaban los suplementos literarios de los periodicos, las reseñas no ya condescendientes sino cercanas al entusiasmo, la desmesurada campaña de marketing, intenté zambullirme durante un viaje en un best seller (no tengo nada en contra de los best seller con encanto, me gusta mucho Stephen King y la trilogía de Stieg Larsson), de setecientas páginas titulado La verdad sobre el caso Harry Quebert. Ignoro si fue la tenacidad sin causa, la necesidad de conocer para poder opinar o simplemente el masoquismo lo que influyó en mi demencial propósito de llegar al final de ese voluminoso engendro, pero puedo asegurar que al acabarlo, el libro sufría notables magulladuras y estaba deshojado. Ocurría que más de una vez lo lanzaba al suelo o contra la pared. Enfurecido contra el monstruoso timo que supone vender al tal Joel Dicker como el nuevo maestro del thriller literario. Esa prosa tan cursi como ramplona, esa intriga que pretende ser retorcida pero solo es idiota, esos personajes vacuos, esos diálogos entre convencionales y cochambrosos, esos giros de la trama aún más bobos que tramposos eran la representación modélica de la literatura basura. No me indignaba la incapacidad literaria del autor, sino que la abrumadora plataforma publicitaria de esa insufrible novela hubiera conseguido que la comprara y la leyera. O sea, me sentía fatal conmigo mismo, constatar que podía ser tan vulnerable ante el marketing, sabiendo que cualquiera puede consumir la mayor memez si su promoción te la sabe vender.

No me hubiera importado que las 1.120 páginas de 'Vida y destino' en su traducción al castellano fueran muchas más
Posteriormente, algún amigo con paladar para la literatura me confesó en tono vergonzante que también había picado el anzuelo ante esa novela infame. Y quieres pensar que tu certidumbre está compartida por muchos lectores normales que se han sentido estafados con este publicitado horror. Pero leo un artículo en este periódico sobre los libros más destacados del año en el que informa de que en la votación en Internet de los lectores de EL PAÍS estos han designado La verdad sobre el caso Harry Quebert como el mejor libro del año. Y flipo. Aunque desde niño me hayan repetido hasta la saciedad esas racionales y tolerantes sentencias de que para los gustos se inventaron los colores y que cada uno se divierte como quiere.
Me recupero del susto al ver cuáles son las preferencias de los críticos literarios de Babelia sobre los libros que se han publicado este año. Como me reconozco dogmático, estoy seguro de que en esa clasificación ha ganado lo evidente, lo que dicta el sentido común, lo incontestable, la literatura con mayúsculas. Ha ganado la votación Rafael Chirbes con su novela En la orilla. Y le sigue Emmanuel Carrère con ese libro extraordinario e inclasificable (parece una biografía, pero también un reportaje, una novela, un libro de historia) titulado Limónov.
Para mi pesar, llegué imperdonablemente tarde a la escritura de Chirbes, pero sospecho que es de esos autores que vas a seguir a perpetuidad, o a releer en el temible caso de que decidiera no escribir más. Leí la impresionante Crematorio en estado de shock, aterrado por el análisis que hace de la capacidad del ser humano para corromperse, por la fuerza y la complejidad de esos monólogos interiores en los que los personajes utilizan el bisturí consigo mismo y con los demás, por una prosa dura, torrencial, conmovedora y soterradamente lírica, por frases que te remueven como un puñetazo en el hígado y se quedan grabadas en la memoria, por el sarcasmo utilizado como una de las bellas artes. Chirbes retorna a Misent en En la orilla, a ese territorio imaginario que nos resulta terroríficamente familiar, para consumar su viaje al fin de la noche. En ese mural de la podredumbre ya no se salva ni dios. Ganadores y perdedores están inmersos en la misma miseria moral. Los recuerdos tampoco ayudan. Todo estaba podrido en el aparente esplendor de otras épocas, antes de que llegara la peste. Hay algún momento exaltante (la descripción de las esencias de la artesanía) y personajes (la asistenta sudamericana) en los que le suplicas a su creador que tenga piedad con ellos, que aparezca un rayo de luz en medio de tanta asfixia, pero supondría hacer trampas. La ciénaga se ha apoderado de todos, de verdugos y víctimas. Te sientes noqueado al acabar este retrato tan negro, tan profundo, tan desolador, tan cruel, tan hermoso.

miércoles, 6 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. Crítica de 'En la orilla', novela de Rafael Chirbes


   En "El País":

La podredumbre según Chirbes

En 'En la orilla' Rafael Chirbes aborda la actual crisis, que no ha resultado ser solo económica, sino también social y ética. Nos muestra cómo se fue gestando la debacle y cómo ha ido afectándonos.

 28 FEB 2013

Los lectores más exigentes se quejan a veces de que apenas se escriban relatos sobre el presente, ocupándose de la conflictiva realidad social. Rafael Chirbes, tras la excelente Crematorio (2007), aborda en su nueva novela la actual crisis, que no ha resultado ser solo económica, sino también social y ética. Así, nos muestra cómo se fue gestando la debacle y de qué forma ha ido afectándonos. La acción transcurre en Olba, un pequeño pueblo cercano a Benidorm, durante 2010. Sirviéndose de la primera y la tercera persona, el estilo indirecto libre y el monólogo, además de diversas voces que van tomando la palabra, nos ofrece un fresco variado y completo: un microcosmos representativo del conjunto del país.
A pesar de que la narración tenga mucho de coral, el peso recae sobre Esteban, un hombre de 70 años cuya ebanistería y negocios inmobiliarios acaban de irse al garete, dejando en el paro a los trabajadores. La novela está compuesta por las reflexiones del protagonista, aunque se presenten contrastadas por los puntos de vista de diversos allegados. Esteban rememora un pasado común, para comprender la historia personal, familiar y social; los fantasmas que componen una existencia. Y no está mal recordar aquí que para el autor “la historia es pura carnicería”. A lo largo de estas cavilaciones hacen su aparición las distintas edades del hombre, aunque se ocupe sobre todo de la muerte, de los numerosos contratiempos que acarrea la vejez, la degradación del cuerpo (“como los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan”, se lee) y del poder destructor del dinero.

El protagonista es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto de que en un momento dado afirma: “Soy un esclavo en busca de amo”.
El protagonista, al igual que algunos personajes de Robert Musil o Álvaro Pombo, es un hombre sin atributos ni sustancia, hasta el punto de que en un momento dado afirma: “Soy un esclavo en busca de amo”. Ni quiso ser escultor de joven, ni ha sentido interés alguno, a diferencia de su padre, por el oficio de carpintero, solo quería vivir... Y en el terreno de los sentimientos, a pesar de que nunca ha llegado a sentir aprecio por su progenitor, a quien tacha de “oscuro murciélago”, han terminado compartiendo sus vidas, y él cuidándolo. Ni siquiera tuvo fortuna con las mujeres, pues las más cercanas se alejaron de él: ni con Leonor, que triunfa como cocinera Michelin, tras casarse con Francisco, periodista y escritor, su mejor amigo, pero a quien no estima (en algunos aspectos, álter ego del autor); ni tampoco con Liliana, la criada colombiana que atiende a Esteban y a su padre, a la que tiene que despedir porque ya no puede pagarle, y cuya voz, a veces zumbona, aporta los únicos toques de humor que aparecen en la narración.
Pero, aunque no sea necesario buscarle antecedentes nobles, sí me gustaría recordar que el lector avezado que es Chirbes reutiliza con sagacidad nuestra tradición literaria, haciéndola suya, sobre todo el motivo calderoniano de la existencia como representación teatral; y en el logrado desenlace, el tema del ubi sunt, remedando las coplas de Jorge Manrique. La obra, por lo que se refiere al tratamiento del cuerpo, a su envejecimiento y podredumbre, se nutre también de la pintura de Francis Bacon y Lucian Freud, como en su anterior obra.

En la orilla es una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos
Chirbes nos proporciona una visión crítica, pesimista, incluso corrosiva, pero también lúcida, de la condición humana, como antes lo hicieron Miguel Espinosa o Thomas Bernhard: de los perversos mecanismos que rigen el funcionamiento de la sociedad, del triunfo y del fracaso; y de las relaciones personales: de la lucha que mantenemos con la familia, los amigos y los subordinados. O de cómo el mundo aparece gobernado por los pecados capitales: la avaricia, la ira, la lujuria y la gula sobre todo. Por ello, podría emparentarse la narración con la pintura de El Bosco o con algunas obras de Brecht y Kurt Weill. No sorprende, por tanto, que el texto aparezca salpimentado con frases entre lapidarias y sentenciosas, del tipo: “La vida es sucia, el placer y el dolor sudan, excretan, huelen”, “No hay hombre que no sea un malcosido saco de porquería”...
Esta obra es una buena muestra de las infinitas y todavía inexploradas posibilidades del realismo, aquí una estética con ribetes expresionistas que echa mano de lo simbólico cuando lo considera adecuado, tal y como ocurre en el tratamiento que se le da al pantano fangoso próximo a Olba. Además, Chirbes, como casi todos los grandes escritores, cuestiona los usos espurios del idioma, la lucha entre “el lenguaje ideológico que oculta y el enunciativo que desnuda”. En la orilla es una gran novela que no deberían dejar de leer quienes quieran entender mejor el terrorífico arranque del siglo XXI, un tiempo sin dioses, plagado de trepas y seres corruptos, en el que el capitalismo financiero, con la complicidad de los Gobiernos conservadores y la pasividad de los socialdemócratas, ha ido acabando con el Estado de bienestar.