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viernes, 6 de julio de 2012

PRENSA. "Hacer el café no es cocinar", entrevista a Ana María Moix

   En "blogs.elpais":

Hacer el café no es cocinar

Por:  03 de julio de 2012
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Una joven, no llega a los 30 años, le dice a otra amiga mientras toman un café en un receso del trabajo: “Yo tengo mucha suerte, mi marido me ayuda con la casa”. Esta frase, y que ha venido a impartir un curso sobre literatura a la Universidad Menéndez Pelayo en Santander, es la excusa para conversar sobre la situación actual de la mujer en la sociedad con Ana María Moix. La escritora, cuyo nombre va muchas veces acompañado en las crónicas con la indicación “hermana de Terenci Moix”, más que con un listado de sus obras, es feminista y lo dice. Durante años puso su pluma al servicio de la lucha feminista en una editorial y una publicación cuyo objeto no era más que ese. “En Vindicación Feminista queríamos concienciar a las mujeres”, dice.
Pitillo en la mano, fuma tabaco de liar y sin filtro, viste traje de chaqueta blanco y habla pausadamente. “Las cosas han cambiado; hay luchas que se ganaron como el divorcio, el uso de anticonceptivos… la situación antes era medieval”. “Pero no hay que dar las cosas por conseguidas”, advierte. “Muchos hombres dicen que en su casa cocinan los dos, pero en realidad lo que ellos hacen es el café. La mujer esta doblemente explotada, porque trabaja pero sigue encargándose de la casa. En este último aspecto no ha cambiado nada. Las mujeres de ahora no sé como lo hacen: tienen que estar guapas, llevar la casa, cuidar de los enfermos del hogar, los niños y trabajar. No sé de dónde sacan el tiempo”. Para Moix el gran reto feminista del siglo XXI es que el trabajo “doméstico sea de los dos”. De verdad y no de palabrilla.
Foto ANA MARIA MOIXHace 30 años mujeres como Moix lucharon en las calles, en el escenario público de la prensa y la literatura, por derechos que hoy están asumidos. “A veces las hijas de mis amigas me dicen que éramos unas locas que no llevábamos sujetador, pero éramos algo más que eso”, reivindica. “Les digo: queridas, gracias a aquello tú te has podido divorciar y abortar cuando has querido”. La igualdad hoy, sin embargo, tiene que inculcarse en la escuela, según Moix. La lucha feminista tal como la recuerda ya no existe, pero la que hay sigue estigmatizada. “Los hombres comprenden el problema, muchos van de progres, pero no lo tienen interiorizado y rechazan que se hable de estos temas”, dice Moix. Incluso teme que haya que retomar viejas reivindicaciones. “Con el PP la recesión en temas de igualdad se nota. En el aborto ya ha habido una regresión”, lamenta.

En su campo, Moix también reconoce machismo. ¿Tienen las mujeres intelectuales, las escritoras, el mismo reconocimiento que los hombres? “No, los jurados de los premios siempre son hombres. Mujeres que escriben hay. Y venden; pero que los hombres sean los que deciden viene de costumbre de siglos. Además, las mujeres cuando hablamos de intelectuales citamos a hombres. Los hombres no hablan de mujeres”, zanja. Moix piensa que es muy difícil cambiar ese dominio de los hombres que viene de muy atrás, pero tiene esperanza en la gente joven y la educación desde el colegio. Son las mujeres las que tienen que ir propiciando los cambios.
Los retos ahora son menos tangibles que hace 30 años, como la brecha salarial entre hombres y mujeres, la repartición de tareas en la casa o quién asume el cuidado de los hijos. “Ahora el machismo es más sutil, salvo la violencia de género”, afirma Moix. Insiste en que los malos tratos son una lacra, y en este caso, sí cree que son los hombres los que tienen que liderar la lucha para acabar con ella. “Si fuera al revés, que las mujeres mataran a sus maridos, el problema ya estaría resuelto, habrían hecho leyes. No quiero decir  que los jueces o las fuerzas policiales estén contentos con esto. Pero de ser hombres las víctimas, no existiría”. Para la escritora la erradicación de la violencia machista tiene que venir de los que, precisamente, tienen el poder en estos momentos: los hombres. Y añade: “Tendría que haber una manifestación diaria”.
Tras una hora de conversación disfrutando de la brisa del mar, Moix acaba su pitillo que ha fumado por etapas. Vuelve a clase en el curso que imparte. Hablará de Ana María Matute, quien menciona en casi todas sus conferencias. Ella sí que se acuerda de las mujeres literatas. Y de los hombres. No da clases de feminismo, pero es una feminista dando clases, y eso se nota. Quizá en las pequeñas conversaciones continúe el camino hacia la igualdad que empezó con la incorporación de la mujer al trabajo tras la II Guerra Mundial –“Siempre hay una motivación económica”- y concluirá el día en que las mujeres sean las que hacen el café después de la comida. Solo el café.

Foto de Ana María Moix: Universidad Menéndez Pelayo

jueves, 3 de marzo de 2011

PRENSA. 3 marzo 2011

   En "El País":

1. Necesitamos. Columna de Maruja Torres.

2. "Los lectores ya no aceptan detectives que solo investigan". Entrevista al novelista Harlan Coben. Por Carles Geli (enviado especial).

3. Del tedio a la querida ausencia. Por Vicente Verdú.

4. La ruina del hombre nos iguala. Reportaje de Carmen Sánchez-Silva. La brecha salarial entre sexos se acorta en 2010 por el mayor número de despidos o recortes de sueldo para ellos - Directivas y empleadas ganan entre un 12% y un 10% menos que sus colegas masculinos por el mismo trabajo.

5. Israel: idéntica cartografía, geografía variable. Artículo de Ilan Pappé, profesor de Historia y Director del 'Centro Europeo de Estudios sobre Palestina' de la Universidad de Exeter. Out of Frame: The Struggle for Academic Freedom in Israel (Pluto Press 2010) es su último libro. Traducción de Pilar Salamanca.

6. La debilidad actual del español. Artículo de Fanny Rubio, catedrática de la Universidad Complutense; fue directora del 'Instituto Cervantes' en Roma. Y de Jorge Urrutia, catedrático de la Universidad 'Carlos III' de Madrid; fue director académico del 'Instituto Cervantes'.

7. El espejo libio. Por Lluís Bassets.

   En "El Día de Córdoba":

8. García Montero busca respuestas a la crisis social en su nuevo poemario. Por Ana Mendoza (EFE). El autor granadino publica en Visor 'Un invierno propio', una "autobiografía ética" de todo lo que le ha enseñado la poesía y "un equipaje para mirar al futuro".

lunes, 28 de septiembre de 2009

PRENSA. 28 septiembre 2009. "Por qué no decir basta", de Salvador Gutiérrez Solís


Reproducimos el artículo POR QUÉ NO DECIR BASTA, del escritor cordobés Salvador Gutiérrez Solís, aparecido hoy en "El Día de Córdoba":

Negar que en los últimos años se ha avanzado en la igualdad entre los géneros sería negar lo evidente. También es cierto que ha sido mayor el avance legislativo o normativo que el social, donde la desigualdad sigue siendo un asunto desdichadamente rutinario. Me temo que habrán de pasar algunas generaciones hasta que la igualdad real, en todos los aspectos y ámbitos de nuestras vidas, constituya el cotidiano, y la desigualdad una excepción. Aún queda mucho, mucho por recorrer, mucho por rectificar, mucho por naturalizar. En demasiadas ocasiones el machismo se gesta en el mundo de la empresa, no es necesario recordar la brutal diferencia de salarios, se gesta en las organizaciones, ya sean políticas, sindicales o culturales, y se gesta, sobre todo, en la familia. Inconsciente o conscientemente, desde la naturalidad de una tradición tan excluyente como perversa, a los hombres y a las mujeres se nos educa de manera muy diferente en multitud de ocasiones, adjudicándole a uno y otra roles completamente diferentes. Mi hijo Israel juega con príncipes y princesas, Aurora, Felipe, Cenicienta o Michael, que componen el imaginario de su infantil mundo de cuento. Cuando salimos a pasear, mi hijo gusta acompañarse de alguno de sus muñecos o muñecas. Si lleva entre sus manos un príncipe, no pasa nada, todo es normal, es lo natural; pero como sea una princesa la cosa cambia, radicalmente. Les puedo asegurar que en un simple trayecto de cien metros son varios los comentarios que escuchamos, las risas que contemplamos alrededor, y no sólo de gente mayor, de personas de mi generación y, lo que más me preocupa, de niños de su propia edad. Tengamos en cuenta que mi hijo tiene cuatro años.
Curiosamente, a un amplio número de amigos de mi hijo les encantan las muñecas, pasear un carrito de bebé o hacer comiditas, y me he topado con reacciones paternas de todo tipo. Hay quien consiente que juegue con muñecas, pero sólo en casa, les prohíben exhibirlas en el exterior. Hay quien se niega a que las tengan, a pesar del deseo manifiesto de sus hijos. Hay quien lo vive como una absoluta pesadilla y te muestran dudas sobre la sexualidad de sus retoños. A mí mismo, lo reconozco, criado en el machismo de un franquismo que devoraba todo y a todos, me ha costado entender que a mi hijo le gusten por igual los muñecos y las muñecas, que le encante cambiarles de vestido, que las peine, que organice bodas entre ellos, y hasta me he obstinado en ponerle una pelota entre las piernas o en aficionarlo a la bicicleta. Y todo, trágica y sencillamente, porque no soportaba las risitas, las miradas de soslayo y los comentarios de los que me rodeaban, hasta que comprendí que la felicidad de mi hijo, su desarrollo personal, su libertad, estaban muy por encima de estos arcaicos efectos colaterales de una sociedad en la que el machismo y la desigualdad siguen siendo santo y seña.
Seamos sinceros, no nos escondamos detrás de una máscara de idealismo que no existe; tal vez más de un lector esté sonriendo al leer este artículo, y hasta puede que se esté sorprendiendo, y fabrique esas coletillas que empleamos para explicarlo todo. Porque la desigualdad, la falta de respeto por la personalidad y libertad de cada cual, se construye sobre un discurso facilón, plano, tan sencillo como cruel. Porque en este país se nos ha educado a formar parte de la "moral oficial", a respetarla, acatarla y transmitirla aunque no la compartamos, aunque nos duela, aunque nos reduzca como personas y frene expresiones muy íntimas de nuestra propia naturaleza. Y todo, en una gran mayoría de las ocasiones, por el qué dirán, que ha sido la liturgia permanente que ha repicado en nuestros oídos. Basta, ha llegado el momento de decir basta.
Las muñecas de mi hijo son un mero ejemplo de un amplísimo catálogo donde caben, desgraciadamente, mil y un ejemplos más. Seguimos manteniendo un mundo donde los hombres y las mujeres, desde pequeños, han de adoptar papeles absolutamente diferentes. Seguimos manteniendo modelos sociales, familiares, morales, que no hacen otra cosa que mermar el natural crecimiento de nuestras personalidades. Podrán cambiar las leyes, las normas, los tantos por ciento, que son necesarios, indiscutiblemente, pero mientras no lo haga la sociedad, todos y cada uno de nosotros, siempre contemplaremos la deseada meta desde el comienzo de un camino que nos da miedo recorrer. Tendremos que comenzar a decir basta.