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martes, 29 de marzo de 2016

BIOGRAFÍA. Sobre "Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía", de Jordi Gracia

   En "El País":

Viaje a la mente de Cervantes

Jordi Gracia narra la experiencia vital y el proceso intelectual del creador de ‘El Quijote' en una biografía

Jordi Gracia, fotografiado en Barcelona.
Jordi Gracia, fotografiado en Barcelona. 
Ni solo botarate, ni solo autor de una obra cómica popular; también el “raro inventor” que ambicionó ser con novelas extravagantes, sin argumento, como Rinconete y Cortadillo, o como en El coloquio de los perros... Así se defiende Cervantes del menosprecio del mundo de la academia y de la nobleza con el que despacha su rompedor El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Pero la voz no es la del escritor sino la del profesor de la Universidad de Barcelona y ensayista Jordi Gracia (1965), quien, en un pasmoso ejercicio biográfico como si de una cámara subjetiva se tratara, se mete en la mente del inventor de la novela moderna y primer gran escritor español en Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus).
“Se trataba de comprender en directo qué experiencia vital y qué proceso mental llevó a alguien a imaginar una obra tan revolucionaria, respetando la maduración del sujeto”, dice Gracia sobre su particular contribución a los 400 años de la muerte del escritor para explicar, por ejemplo, por qué El Quijote no aparece hasta la página 250 de las 468 de la biografía. Una obra donde sorprende intuir los raciocinios que igual realizó el escritor, como en un monólogo interior se tratara a pesar de ser, en forma y fondo, una biografía interpretativa. Pero tan riguroso como el particular tríptico que ya ha compuesto, con la biografía del primer gran pensador del siglo XX español, José Ortega y Gasset (2014), o la de Dionisio Ridruejo (2009).
La pasión del biógrafo (tras leer la integridad de lo que escribió Cervantes, que ha traducido en 15 libretas a rebosar de anotaciones; para Ortega requirió 23) va pareja a la de un Cervantes soldado de los tercios a los 20 años, que a pesar de temblar como una hoja por un estado febril que arrastra desde hace días, pide que se le coloque en el esquife del barco cuando la batalla de Lepanto, con las sabidas consecuencias: tres balazos, seis meses sangrándole la herida y una mano izquierda inútil para siempre.




EPISODIOS E IDEAS CLAVE DE UNA OBRA


Miguel de Cervantes, a pesar de la repetitiva imagen que se ha dado de él como taciturno y desafortunado, fue un hombre feliz: las adversidades no arruinaron nunca su jovialidad y alegría vital.
Sin las armas y la fe dogmática que le caracterizaron de joven, sin la convicción, voluntad de liderazgo y de rebeldía, como demostró en la batalla de Lepanto o durante su cautiverio en Argel pero que mantendría anímicamente después, no habría existido la voluntad de crear una obra transgresora como El Quijote.
Tanto en El Quijote como en buena parte de sus Novelas ejemplares, el escritor se muestra como el mayor defensor, en las letras españolas, de la autonomía de las mujeres.
La muerte de sus mejores amigos, del propio Felipe II y el sentirse “un semidifunto”, junto a la aparición de Guzmán de Alfarache (que le servirá de contrapunto) explican que Cervantes se planteara una obra como El Quijote.
Cervantes y El Quijote profetizan uno de los aspectos claves de la modernidad: la ironía.
Su obra más universal iba a ser una de sus Novelas ejemplares, que Cervantes debía estar preparando en 1598. Lo hizo crecer con Sancho Panza, le cambió el final y decidió, incluso, acabar inventándose los preliminares encomiásticos porque sabía que nadie se los haría.

¿Un punto de fanatismo? “Cervantes vive un momento heroico, que su paso como alumno en la escuela pública de Madrid acentúa al contactar con la periferia de la corte... De alguna manera, participa activamente de la ideología católica y antimusulmana, aquello del ‘perro moro”, enmarca el biógrafo. Algo que Cervantes traducirá hasta en su obra literaria: “La Galatea,novela pastoril, no deja de ser una apología de la literatura española, donde inventaría y elogia hasta un centenar de poetas, buenos y malos, un escáner con voluntad patriótica para demostrar que la española es homologable a la literatura italiana que, como buen lector compulsivo, ha devorado en sus muchísimas horas muertas como soldado”.
Armas y letras son indisociables en Cervantes. “Las letras van con las armas: para ser caballero completo debe ser así. Su pensamiento es que sin ejército no se puede imponer el bien y la cristiandad; él nunca se arrepentirá ni olvidará las armas, ni a sus compañeros: pocos días antes de morir aún pedirá que no se abandone a los 20.000 cristianos cautivos en Argel”, apunta Gracia. Cervantes sabía bien de qué hablaba, pues estuvo allí preso cinco años (tantos como fue fiero soldado), protagonizando cuatro espectaculares intentos de fuga, todos fallidos, pero que en cambio no le comportaron la muerte, hecho que ha permitido la especulación sobre si gozaba del favor de algún mandatario turco por temas de cama. “Esa teoría es bastante ridícula: ¿por qué no pensar que es un personaje singular capaz de inventarse luego otro tan singular como el Quijote? En Cervantes hay una ética de la convicción, del coraje; en Argelia está cerca del héroe o así lo relatan sus compañeros de presidio…”. Y reflexiona Gracia: “Es curioso: ejerce de líder subversivo pero después intenta cumplir todos los requisitos que pide la Corte para poder ingresar en el sistema, por eso su teatro será propaganda política; todo es muy raro en la vida de Cervantes, quizá porque fue muy larga”.
Esa larga vida dio para ser soldado, cautivo y una década más como recaudador de trigo y aceite y de impuestos atrasados con los que fabricar los apestosos bizcochos y el material con el que se alimentará y pertrechará a la Armada que ha de invadir al “vicioso luterano” inglés en 1588. Eso deja poso: “Esos años descubre la rutina de la adversidad y la desigualdad, sintiéndose a la vez responsable de la expoliación: cree en su función recaudadora pero a la vez es consciente de la inutilidad de esa función, por el fracaso de la Armada y la visión de las víctimas de sus sacas; experimenta un proceso de desideologización de su perspectiva vital”, resume Gracia.




El autor Jordi Gracia. Joan Sánchez


Sólo faltaba el paso por presidio por unos desajustes contables confusos ("no creo que metiera mano en la caja, pero hay un lío con deudas personales y el juez confunde partidas", fija Gracia). Se acerca, en cualquier caso, el subtítulo de la biografía: La conquista de la ironía. “Descubre que las cosas son y no son a la vez, que el bien puede ser mal al mismo tiempo, que hay verdades que son simultáneas e incompatibles... En definitiva, que un botarate ridículo puede ser a la vez inteligente y ecuánime… El Quijote, vamos”.
Se une a todo ello lo biológico: el escritor ronda los 50 años (“como unos 70 de hoy”, equipara Gracia) y han muerto todos sus amigos, hasta Felipe II, y con él cae el velo que tapaba la hipertrofia del poder. Él mismo se tildará de “semidifunto”, de alguien que quizá empieza a estar en tiempo de descuento. Pero en su madurez descubrirá que “disfruta como nunca como escritor”, incorporando a sus textos (las futuras Novelas ejemplares) el habla o las inquietudes de la nueva turbamulta de la “tan viscosa como cosmopolita” Sevilla de la época.
La aparición del exitoso Guzmán de Alfarache, en 1599, de Mateo Alemán, ratifica al escritor en sus intuiciones. “Sin Guzmán de Alfarache no habría habido Quijote. Mateo Alemán y Cervantes tienen la misma edad, pero la obra del primero tiene un punto de predicador moral, de sermoneador, y Cervantes ya sabe que no ha de ser así, ya ha aprendido que la máscara de la literatura como instrucción moral puede servir a los niños pero no es la razón por la que uno escribe o lee”, sostiene el biógrafo. Y lo remacha: “Alemán es revolucionario y conservador; Cervantes, más revolucionario; en el fondo, Cervantes es un Flaubert de los libros de caballerías: no prejuzga, no sermonea como el francés tampoco lo hace en Madame Bovary; él ya está en otra era, la era moderna”.
Gracia defiende una vieja hipótesis nunca ratificada: El Quijote nació como cuento. “Iba a ser una de sus Novelas ejemplares que fue creciendo, el personaje de una historia pergeñada en 1598 y que cautiva al autor: al cuento le da un final distinto con el escrutinio de los libros de caballerías, alarga la historia con la entrada de Sancho Panza y los preliminares encomiásticos se los acabará inventando él porque sabe que nadie se los hará y no tanto por lo que malintencionadamente dice Lope de Vega de que nadie quiere elogiar una obra como esa… Cervantes es un tipo muy excepcional”. Sí, un genio. Y ahora ya se puede saber qué tenía en mente.




EN LA PIEL DE LAS MUJERES PARA DEFENDERLAS DE LAS AGRESIONES


El Quijote, cree Jordi Gracia, ha acabado devorando el resto de la obra cervantina, de la que el miembro 100 de la Asociación Internacional de Cervantistas destaca “al menos cinco” de sus Novelas ejemplares, con las que el escritor, sostiene el biógrafo, “envía un recado envenenado y socarrón a la comunidad literaria: su lugar es la literatura seria, además de copar el ranking popular”.
De entre aquellas, amén de El licenciado Vidriera, Rinconete y Cortadillo El coloquio de los perros, cita La gitanilla, “una provocación al elogiar el mundo gitano, pero que hace porque está bien seguro de su pulso literario”.
Gracia también refleja una virtud semioculta del escritor: la defensa de la mujer. “Nadie combatió la vejación de las mujeres como Cervantes. No hay violaciones tan dolorosas en las letras españolas como las que describe él, poniéndose en la piel de la mujer en una sociedad donde raptar, violar, hacerles un hijo, degradarlas en suma, era parte de la rutina tolerada”. Hay una explicación biográfica: Cervantes vive con sus hermanas y con su hija y sabe de esos tratos, “pero hay también la pulsión que prefigura a un sujeto moderno…”.

miércoles, 27 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los espejismos del Apocalipsis", por Jordi Gracia

Jordi Gracia
   En "El País":
Los espejismos del Apocalipsis
Jordi Gracia. 6 junio 2012


     El asunto no es nuevo pero en los últimos tiempos casi parece un trending topic mediático. Numerosos intelectuales, y entre ellos algunos de los mejores, han detectado la disolución galopante de la cultura humanística en los fuegos fatuos de un mercado cultural acrítico. ¿Qué está pasando para que crean honradamente y denuncien sin tapujos la “banalización de la cultura” y, sobre todo, la suplantación de la alta cultura por la cultura trivializada del espectáculo? Me lo pregunté en clave vagamente humorística en un librito de hace unos meses, El intelectual melancólico, y me vuelve a agobiar ahora la pregunta que animó aquel panfleto.
     Los argumentos de los apocalípticos no son triviales ni desde luego faltan razones para el alarmismo. Pero el diagnóstico sobre la extinción de la alta cultura me parece un tanto unívoco o unidimensional, y no descarto que la tentación de aceptarlo delate sobre todo la dificultad de muchos de nosotros para adaptarnos a las transformaciones actuales. Hoy nos las vemos con la red de estímulos culturales más ingobernable, rica y socializada que haya tenido Occidente en su historia. En esa nube proliferan sin tasa productos culturales, eventos, exposiciones o películas inmisericordemente toscos y literalmente estupidizadores. Es verdad también que hoy resulta más difícil discriminar el puñado de obras y creadores que verdaderamente fertilizan el presente, quizá porque tanto en los circuitos de las élites como en los más comerciales han intervenido nuevos criterios y a veces han ensanchado o incluso rebajado las antiguas exigencias de calidad.
     El carácter mutante e invasivo de la cultura del espectáculo ha promovido una suerte de espejismo que impide reconocer no sólo la subsistencia de la alta cultura (o la cultura en el sentido clásico), sino su continuidad fecunda y lógicamente irregular. Es verdad que no como antes, no en los mismos medios, no por los mismos circuitos ni con las mismas élites, no con los mismos lenguajes ni desde luego bajo las mismas especies de prestigio social o de exclusividad intelectual. El efecto orientador que la alta cultura generaba antes en las élites intelectuales de Europa, y que hoy Vargas Llosa echa de menos expresamente, se ha visto suplantado por una nueva coyuntura más abierta, menos exclusiva, más imprevisible y necesariamente, por tanto, también más incierta. No discutimos ya en torno a proyectos unitarios o a una gran idea sino sobre múltiples propuestas, ideas blandas y alguna dura, emplazadas en múltiples estratos, con motivaciones muy dispares y una atomización cierta. Es una crisis de éxito más que de fracaso, porque esa multiplicación desorientadora exige mayor cautela analítica y, en todo caso, no basta ya, por fortuna, con acudir a una docena de referentes internacionales para saber qué pasa (como tanto le gustaba pensar a Ortega). Es decir: ninguno de estos cambios significa a mi modo de ver la terminante disolución de la exigencia, la calidad o la seriedad de la cultura en Occidente.
     Los tres primeros capítulos de La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, contienen sin embargo el augurio de la extinción de esa alta cultura tal como se ha entendido hasta hoy. Pero me pregunto si no estamos más bien ante un cambio de modulación y de funcionamiento de la alta cultura forzado por la misma transformación social y educativa de Occidente, y quizá también por el empuje de la civilización del espectáculo, al hilo de otros innumerables cambios, incluidos los tecnológicos. La cultura vive en estado permanente de transformación, tanto la más alta como la más popular. Si la alta cultura obviase los cambios o subsistiese al margen de ellos, sería en efecto un puro fósil sin el menor interés. Pero la alta cultura es alta porque se adapta a todo y su gracia consiste justamente en su maleabilidad en cualquier circunstancia (con libertad y sin ella, con mercado y sin él). Es clásica por esa capacidad de hablar a muchos y en muchas épocas, incluido el presente inasible e ingobernable. Y trivializaría su función si estuviese ausente de esos cambios o si considerase que son el enemigo a batir: de hecho, la trivialización que nos incumbe o debería incumbirnos no atañe a la opinión del ama de casa o el administrativo de banca que emite un juicio sobre Macbeth en su blog o cree equiparable a Bach y Leonard Cohen (la trivialización grave no juega en esos estratos culturales: simplemente les es inherente), sino a la que radica en el incumplimiento de la exigencia intelectual de quienes tienen el deber y la solvencia para encarnar la alta cultura.
     La confesada relectura reciente de Ortega ha dramatizado en Vargas Llosa intuiciones antiguas que no formuló con el carácter taxativo de hoy. Su argumento central estriba en detectar la suplantación en la sociedad actual del criterio de valor por el del precio, el de la calidad por la cantidad. Sin embargo, la cultura del espectáculo actual está poniendo en el mercado no únicamente productos banales y masivos sino también aquellos otros que encarnan los niveles más altos de exigencia. La simultaneidad de canales publicitarios o mercantiles induce a pensar en un igualitarismo que me parece que es sólo otro espejismo más. Las distinciones entre mejor y peor se han hecho más borrosas y confusas pero eso no significa que sean invisibles o inoperantes. Del mismo modo, puede debatirse la calidad en los últimos 20 años en la alta cultura, por supuesto, pero esa misma ponderación debería descartar su supuesto exterminio. Diría incluso que sus condiciones de posibilidad son cuando menos no inferiores a otros tiempos, ni en calidad ni en cantidad, aun cuando aproveche los mismos canales de la cultura banal y haya modificado buena parte de sus formas de expresión, actuación y difusión, y aun cuando sea también mucho más difícil jerarquizarla.
     Está, como siempre y como todo lo demás, en proceso de cambio, pero no de extinción sino de adaptación casi antropológicamente inteligente. La alta cultura es solo diferente de los tiempos en que era mucho más elitista que ahora, no por mejor y más excelente, sino por muchísimo más reducida a un puñado de nombres. No creo por tanto que estemos asistiendo al final de la cultura humanística sino a una nueva transformación de su legado, y no veo tampoco la facilidad o la permisividad tontorrona como ley general de los mejores novelistas, los mejores ensayistas o los mejores estudios universitarios (ni creo que estén condenados a la catacumbas o al fracaso comercial, o en todo caso no más que antes). Han cambiado muchas cosas, y ha cambiado, por ejemplo, el papel de la élite de intelectuales cualificados. Han perdido la exclusividad de los órganos reguladores del poder de opinar y juzgar, pero no tiene por qué ser una catástrofe: lo que ha ocurrido es quizá que la élite ha tenido que renovar esfuerzos para disputar el espacio público y combatir, en esas nuevas condiciones, con una variedad ingente de opinantes, columnistas o autores que interpretan, juzgan y construyen discurso intelectual (y no siempre ni todos desde la pura indigencia). Esa nueva situación no comporta necesariamente que la élite no sea escuchada, ni que la cultura seria esté en falta si aspira a entretener a la gente. Al fin y al cabo, la seriedad no está reñida con el entretenimiento, y el mismo público que se entretiene con tontadas es candidato a entretenerse con tontadas menos tontas. De hecho, la civilización actual incluye la obra de un buen puñado de autores que son al mismo tiempo cultura del espectáculo y alta cultura, porque ambas pueden o incluso deben ser capaces de fecundarse, sacando partido de lo mejor de sí mismas. Y en el ámbito hispánico el primer nombre de aquel puñado de nombres es precisamente Mario Vargas Llosa.

     Jordi Gracia es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona.

martes, 13 de diciembre de 2011

PRENSA. Sobre "El intelectual melancólico", de Jordi Gracia

Jordi Gracia

   En "El País":
Intelectuales de melancolía irritante

   El catedrático Jordi Gracia ataca en un panfleto a los apocalípticos de la cultura.

CARLES GELI - Barcelona - 12/12/2011

   El nivel de los estudiantes es bajísimo; las editoriales solo publican lo que les pide el mercado; el arte no es más que pura broma sin ton ni son; los niños no cogen un libro ni que los torturen y se pasan el día con los ordenadores... En definitiva, la cultura occidental está al borde de la extinción; los tiempos pasados sí fueron los buenos... Desesperado, "irritado", dice, de escuchar este estribillo que va in crescendo desde hace 25 años, el catedrático de Literatura española de la Universidad de Barcelona Jordi Gracia ha decidido denunciar "esta senectud moral o ideológica" que sufren quienes defienden ese discurso en El intelectual melancólico (Anagrama).
   El libro está subtitulado Un panfleto, pero fuera de lo de opúsculo, no responde a ello: el volumen tiene más de vehemente que de agresivo y más de provocador que de denigrante. "Pretendo atrapar una actitud de algunos grandes intelectuales que se sienten hostigados por lo nuevo", apunta Gracia, que desmiente que el libro sea una respuesta a Adiós a la universidad, de su colega Jordi Llovet, donde este lamenta la degradación del sistema educativo español. "No es una batalla entre catedráticos, si bien su escrito me llevó al mío. También se dice que si retrato a personajes como Rafael Argulloll, Arcadi Espada y Fernando Sánchez Dragó... Pero esa lista no es mía: solo hablo de una tipología de intelectuales".
   En verdad, en el opúsculo no hay ni un solo nombre propio. Gracia apunta a lo absoluto: "Nunca en la historia de España hubo un momento cultural, social e institucional tan dulce como el presente", afirma el autor de ensayos como A la intemperie. Exilio y cultura en España y, junto a Domingo Ródenas, Derrota y restitución de la modernidad. Y pone como ejemplo las nuevas tecnologías: "La digitalización favorece la difusión de los mejores trabajos; las revistas científicas estarían muertas por problemas de costes y difusión en otros momentos de la Historia... De que los niños se enganchen a Internet, como antes a una pelota, ¿culparemos al Estado? No, los problemas de esos intelectuales melancólicos provienen de sus dificultades para adaptarse a los cambios", sentencia Gracia.
   Le preocupa "el impacto mediático de este discurso, la atracción morbosa de los medios que potencian ese concepto que de sí mismo tienen ciertos intelectuales que creen serlo por visionarios, que auguran ese final de la cultura occidental que no es más que una fantasía morbosa". Alarmas que, para él, tienen "efectos terroríficos en la universidad, en las escuelas y en la literatura". Y en los propios intelectuales: "Su visión negativa les hace perder reflejos para analizar la sociedad y no salir a la búsqueda de lo bueno".
   Al final, Gracia defiende la socialdemocracia, objeto de las iras de muchos intelectuales melancólicos por "extender una formación que ha vulgarizado la cultura; sí, quizá haciéndola insuficiente pero la alternativa era y es peor".