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miércoles, 4 de febrero de 2015

PRENSA. Entrevista al escritor griego Pétros Markaris

   En "El País":

Markaris: “Mi comisario no espera nada de la Grecia de Syriza”

El escritor griego analiza, en el Hay de Cartagena de Indias, el panorama que se ha abierto en su país con el nuevo gobierno y el destino de su personaje literario

 Cartagena de Indias 1 FEB 2015  

El escritor griego Pétros Markaris, fotografiado por Daniel Mordzinski, en Cartagena de Indias (Colombia).

Hay personajes que han necesitado el cine para llegar, no a la gloria literaria, donde ya campaban a sus anchas, sino al gran público. El Marlowe de Humphrey Bogart o el Ripley de Matt Damon no añadieron estrellas al firmamento de Raymond Chandler o Patricia Highsmith, que ya fulguraban con suficiente luz propia, pero sí una proyección masiva que les hizo masticables, adorables, temidos o queridos.
Hay otros personajes, sin embargo, que no necesitaron el cine. Solo una crisis.
El comisario Jaritos, el entrañable policía creado por Pétros Markaris, ha ganado ya más empatía por cómo se las arregla para llegar a fin de mes que por su forma de resolver los crímenes. El autor griego (Estambul, 1937) logró esa magia mediterránea que comparte con el Carvalho de Vázquez Montalbán o el Montalbano de Camilleri: la de saber crear un investigador cercano, humano, con la dosis suficiente de humor y de neurosis en su rutina como para convertirse en un tío adoptivo, muy lejos del tipo solitario colgado del whisky en una barra de los barrios bajos de Los Ángeles. Por eso nos puede interesar más preguntar a Jaritos que a su autor, que estos días está en el Hay Festival de Cartagena de Indias (Colombia). Para empezar.
Pregunta. ¿Qué espera Jaritos de la Grecia de Syriza?
Respuesta. Nada. Él es conservador y nunca está satisfecho con nada, siempre se está quejando de todo. Recordemos que viene de la región fronteriza con Albania, muy golpeada por la guerra y la pobreza, y la única forma que tenía de huir de allí era meterse en la academia de policía. Es lo que hizo, pero sigue siendo conservador. Él, su mujer y su hija han hecho muchos sacrificios para sobrevivir. Como los griegos. Por eso no esperan nada.
P. ¿Y Márkaris? ¿Qué espera Petros Márkaris de la Grecia de Syriza?

No soy entusiasta con el nuevo gobierno, nunca he apoyado a Syriza. No se acaba Jaritos, ni se acaba la crisis, se acaba el Jaritos de la crisis
R. No soy entusiasta con el nuevo gobierno, nunca he apoyado a Syriza. Lo primero por la confusión: es un partido confuso, cada líder te cuenta una historia y contradice a todos los demás, hay muchos grupos y tendencias distintas en él. Lo segundo, por pactar con la ultraderecha. Si eres de izquierdas no puedes pactar con la extrema derecha dejando de lado la ideología. Han demostrado que para ellos la prioridad es la política contra la troika, que une a los dos, y no todo en Grecia es economía. Cómo van a afrontar la educación con la extrema derecha, la política hacia Turquía, la inmigración. 
Eso es lo que preocupa a Márkaris, de izquierdas confeso, que fuma en pipa y bebe un café negro mientras espanta el calor húmedo de Cartagena de Indias, donde es una estrella del Hay festival. Cuando empezó la crisis, el escritor griego cambió de registro y decidió meterse en harina con una trilogía que ha estirado en una cuarta, Hasta aquí hemos llegado (Tusquets, en abril en España), y que se ha ganado el corazón del lector europeo.
P. ¿Por qué se acaba?
R. No se acaba Jaritos, ni se acaba la crisis, se acaba el Jaritos de la crisis. Nunca me había involucrado emocionalmente en mis novelas, con la excepción de Muerte en Estambul, y en esta serie lo he hecho. Ha sido difícil, estoy agotado. No hay familia que no tenga graves dificultades, la mía también. Y escuchar y escribir sobre ello no es fácil, estoy exhausto. He puesto mucho de mí. Se acabó.
P. ¿Y por qué lo alargó entonces? ¿Por qué la cuarta?
R. Me di cuenta de que había abordado la banca, la evasión fiscal y la generación de los políticos que nos metieron en esto. Me faltaba la gente. La cuarta es sobre la gente común. 
Gente común. Puro caviar en boca de un escritor que hizo bingo cuando quiso crear su personaje. ¿Dentista o policía? Ambas opciones encajaban en el protagonista terco que buscaba, pero el dentista no iba a generar simpatías, cuenta riendo. Le dio vueltas. Policía. Y no uno solitario, duro e irreal. No en el Mediterráneo, donde un poli es gente sencilla, quiere familia, hijos, odia estar solo. Y donde el lector quiere identificarse, no con un agente, sino con su familia entera. Para concebir a Jaritos, a su mujer y su hija miró hacia dentro, miró cerca, en busca del hombre común, y encontró a su propio padre. A su madre. A su hija. De ellos robó los trazos que han convertido a esa familia en la que todos pueden encontrarse al llegar a casa. La que ve recortarse el sueldo, perder empleos a su alrededor y estrecharse el margen de visibilidad en el futuro. La que sobrevive a ello con imaginación, con unidad y con cierto humor. La Grecia que hoy se ha despertado sin sueños.
P. ¿Qué ha pasado?
R. Los griegos siempre supieron sobrevivir en la pobreza, tienen una cultura de supervivencia en la pobreza y eso se había acabado. Los valores ya no estaban.
P. ¿Cuáles eran esos valores?
R. Ser decentes y saber ser felices con poco, se trataba de eso. Bastaba cantar rebetika, el folk de la gente común, y beberse un ouzo para ser los más felices del mundo. Sabíamos ser pobres y felices. Pero hicimos todo mal. Los griegos dejaron que dos familias nos gobernaran, se cometieron muchos errores, había dinero, se creó un sistema clientelar y eso es nuestra responsabilidad. Llegó el sueño del segundo piso. Todos querían una casa de dos pisos. Se endeudaron y cuando llegó la crisis hubo que recortar en comida y ropa para pagar la hipoteca. Con los valores perdidos. Hemos perdido cinco años porque la gente no estaba preparada.
P. ¿Han vuelto los valores?
R. Los jóvenes se han dado cuenta de que hay que luchar, empiezan a inventar sus posibilidades, a construir empresas, son excelentes en Internet, se ayudan, ayudarse es su nuevo valor. Y tienen algo en común: no creen en política. No quieren ni oír hablar de la política.
Armenio por parte de padre, miembro de la minoría griega de Estambul por parte de madre y educado en alemán, Márkaris lo tiene todo para afirmar que lo que hoy vive Grecia no es solo una crisis griega, sino europea. No es solo responsabilidad griega, sino europea. Y no se resuelve con división, sino entendiendo al diferente, buscando el consenso. Pero el optimismo ahora mismo en Grecia, dice parafraseando a Heiner Müller, es solo falta de información. ¿Y el pesismismo? Es ignorar la Biblia porque, ríe, “el universo se creó del caos”.

martes, 29 de octubre de 2013

PRENSA. "La incurable enfermedad de Atenas". Petros Márkaris

Petros Márkaris

   En "El País":

La incurable enfermedad de Atenas

La decadencia de la ciudad se ha ido larvando poco a poco, desde antes de la crisis. Se desvanece el recuerdo de lo que fue y en el camino pierde su sustancia y la belleza paradisíaca de sus noches

 27 OCT 2013

Atenas está en vías de convertirse en una sombra de sí misma. Los barrios parecen descuidados y abandonados y a menudo ofrecen estridentes contrastes sociales. Una gran parte del lustre que se obtuvo con los Juegos Olímpicos se apaga.
Atenas se muere. No de un ataque al corazón, sino de alzhéimer. La ciudad pierde su memoria, ya no reconoce su entorno y cada vez tiene menos contacto con la gente que vive en ella. La memoria de la ciudad se desvanece poco a poco; Atenas está perdiendo los cimientos de su existencia. Esta merma de los recuerdos afecta sobre todo a los barrios de clase media y de la pequeña burguesía. Quien circule por sus sombrías calles verá las hileras de tiendas y comercios cerrados, llenos de pintadas salvajes. El ejemplo más impresionante de este deterioro se observa en la avenida Patisíon, una de las más viejas y extensas. En ella, la clase media realizaba tradicionalmente sus compras. Hoy, uno de cada dos comercios está vacío. Los escaparates aparecen cubiertos de pegatinas y anuncios de viviendas desocupadas que aguardan inútilmente algún inquilino.
Los peatones caminan sin prestar atención ni mirar hacia esos espacios vacíos. Si se les preguntara qué clase de comercio había antes allí, responderían desconcertados: “¿Ropa, quizá?”, o “¿Zapatos?”, solo porque la mayoría de estas tiendas se dedicaban a la moda o eran zapaterías. ¿Quién puede comprar todavía hoy ropa o zapatos en Atenas? Según las estadísticas, el 80% de los atenienses ya no está en condiciones de costear su vida.
En casi todas las zonas residenciales del centro puede verse la misma imagen de desolación. El barrio de Kypseli, donde vivo, fue hasta los años ochenta la zona residencial de la clase media. Ahora se ha convertido en un barrio de inmigrantes, habitado sobre todo por africanos. En las aceras próximas a mi casa escucho con frecuencia hablar en francés, pero apenas veo a jóvenes de mi país. El griego lo hablan solo los jubilados.

En las aceras de mi
barrio apenas veo
jóvenes de mi país.
El griego solo lo
hablan los jubilados
No hay que buscar las raíces de este éxodo en la crisis actual, sino en la época de la riqueza ficticia. A mediados de los ochenta, los ciudadanos de clase media ya no querían seguir respirando el aire contaminado del centro urbano, y también estaban hartos de los ruidos y los permanentes atascos. Pero, ante todo, querían vivir como nuevos ricos, de modo que abandonaron sus zonas residenciales para mudarse a los barrios periféricos. Solo se quedaron en el centro los pensionistas y algunos artistas e intelectuales que no pudieron o no quisieron abandonar sus viviendas, por razones económicas, pero también por razones de fidelidad.
Más adelante se produjo la gran oleada de inmigración. Para los inmigrantes, esas zonas urbanas abandonadas fueron una bendición. Y no es cierto lo que decían los habitantes que seguían viviendo en esas zonas, sobre todo los pensionistas: que sus inmuebles habían perdido valor por culpa de la llegada de los inmigrantes. Los inmigrantes se trasladaron allí porque las viviendas permanecían vacías y los alquileres eran muy baratos.
Aquellos propietarios que no vendieron sus viejas casas ahora están haciendo un buen negocio. Las alquilan a la vez a varios inmigrantes que viven solos, y cada uno de ellos paga 30 euros al mes aproximadamente. Esos propietarios se embolsan de este modo un alquiler mensual claramente más elevado que la media. Mientras, los inmigrantes duermen por turno en esas casas. Se trata de dinero negro. Estos alquileres no se declaran a Hacienda y los propietarios no pagan ningún impuesto.
El predominio de la inmigración ha transformado estas zonas en enclaves de racismo. Y puesto que ni el Estado griego ni la ciudad de Atenas han sabido o podido desarrollar una política racional sobre la inmigración o sobre la ciudad, estos barrios se han convertido en bastiones del partido neonazi Aurora Dorada. Los ancianos y jubilados tienen miedo de los inmigrantes. Los neonazis los protegen. Los acompañan al banco para evitarles supuestos asaltos, y por las noches duermen cerca de ellos para que se crean seguros.
Suelo pasear por el casco viejo de mi ciudad. Es la zona más hermosa de Atenas, al menos del centro, no solo por la Acrópolis o el antiguo cementerio del Cerámico, sino porque es también la parte más vieja de la Atenas moderna. Fue erigido en los años treinta del siglo XIX, en parte por arquitectos alemanes, durante la época del dominio bávaro en Grecia. Por ejemplo, Ernst Ziller construyó el Teatro Nacional de Atenas y la Oficina Central de Correos; y el Palacio Real, hoy sede del Parlamento, es obra de Friedrich von Gärtner, el arquitecto de la corte del rey de Baviera.
Tras la marcha de los bávaros, la ciudad vieja perdió paulatinamente su encanto hasta quedar abandonada a su suerte. Pero en los años ochenta del pasado siglo fue sometida a una rehabilitación integral. En 2004, durante los Juegos Olímpicos, había recuperado todo su esplendor. No se reparó en gastos para renovar antiguos edificios. Se construyeron nuevos hoteles, que contaban con hacer un buen negocio con los espectadores de las pruebas deportivas. Las expectativas no se cumplieron y desde entonces todo ha ido cuesta abajo. Muchos hoteles del centro tuvieron que cerrar por falta de clientes.

La delincuencia,
el tráfico de drogas
y las prostitutas han
tomado los alrededores
de la plaza Omonia
El recuerdo más notable de esos años es la zona peatonal que arranca del templo de Hefesto y discurre a lo largo de la Acrópolis. A la derecha se halla la colina de las Ninfas, a la izquierda la Acrópolis y cuando se llega al final de este paseo aparecen las columnas del templo de Zeus. La crisis y la ruina han pasado de largo de esta zona turística. El paseante que camina hoy día por la ciudad vieja no ve ninguna diferencia apreciable. Es cierto que el número de inmigrantes ha aumentado en el centro, pero esto no tiene nada que ver con ninguna nueva oleada de inmigrantes, sino con el desempleo. Los emigrantes se desplazan de un lado a otro y buscan trabajo desesperadamente.
Esta zona, que apenas se ha visto afectada por la crisis, es el barrio de Plaka, situado al pie de la Acrópolis. Junto con el resto de la ciudad vieja, Plaka fue sometido a una costosa renovación. Las tabernuchas desiertas y los bares musicales más baratos cerraron y los propietarios de viviendas obtuvieron facilidades para rehabilitar sus casas. Los precios de los inmuebles aumentaron y hoy Plaka es un barrio elegante, habitado por empresarios ricos; sobre todo, armadores.
He tenido la fortuna de viajar mucho a lo largo de mi vida. No conozco ninguna otra ciudad que se transforme tanto durante la noche como Atenas. En realidad, los atenienses viven en dos ciudades: en una Atenas diurna y otra nocturna. Seguramente solo soportan el infierno de contaminación, ruido y atascos de tráfico porque por las noches se les conceden unas horas en el paraíso. La oscuridad logra esconder el desagradable rostro diurno de Atenas, levantado a base de bloques de cemento en la época del “crecimiento griego”, en los años cincuenta y sesenta.
La crisis ha terminado con esta Atenas nocturna. Desde las nueve de la noche, uno camina por calles vacías y ve colas de taxis que aguardan clientes inútilmente. Muchas tabernas y restaurantes ya solo abren los sábados; en muchos rincones de la ciudad vieja los sin techo se sientan para comer su escaso pan. Lo peor está en los alrededores de la plaza de Omonia, convertidos en una zona de delincuencia y ocupados por traficantes de droga y prostitutas extranjeras, controladas por la mafia rusa. Las calles que tienen locales para jóvenes también están llenas durante la semana. Con una botella de cerveza en la mano, estos se sientan en la acera delante de los bares y disfrutan de la música que sale del interior de aquellos.
Estas áreas urbanas que han perdido la tranquilidad nocturna son las antiguas zonas de la clase media y la pequeña burguesía del centro. Casi todas las noches se registra en ellas algún altercado callejero. A veces son culpa de los neonazis de Aurora Dorada, que van a la caza del inmigrante. Otras, de las bandas de inmigrantes, que se pelean entre ellas para asegurarse un rincón donde traficar con estupefacientes. A ello se suma la policía, que lucha inútilmente en ambos frentes para restablecer el orden. Mientras tanto, las reyertas urbanas se producen también en la ciudad vieja.
Tengo dos amigos que viven en Agios Panteleimon, el peor barrio de todos. Uno es músico; el otro, crítico de cine. Los dos dicen lo mismo: ya no se puede vivir allí. No obstante, allí siguen, como otros artistas y gentes de la cultura. Intentan hacer la vida un poco más soportable mediante centros culturales y otros proyectos. Es su manera de luchar contra el alzhéimer. Pero, como sabemos, el alzhéimer es una enfermedad incurable.
Petros Márkaris (Estambul, 1937) es el autor de las novelas policiacas protagonizadas por el inspector Kostas Jaritos. Pan, educación, libertad (Tusquets) es la más reciente.
© Neue Zürcher Zeitung.

jueves, 20 de septiembre de 2012

PRENSA. "Las luces se apagan en Atenas", por Petros Márkaris

Una mujer, en su tienda de muebles en Atenas. / ANGELOS TZORTZINIS (BLOOMBERG) ("El país")

   En "El País":

Las luces se apagan en Atenas

En su último ensayo, una recopilación de artículos publicados entre 2009 y 2012, el escritor griego ofrece un desolador retrato de su país inmerso en la ruina y el desánimo

 27 AGO 2012

En Grecia, además de nuestro Parlamento con sus siete partidos políticos, existe un sistema no parlamentario que forman cuatro partidos: son los cuatro pedazos en los que se ha quedado dividida nuestra sociedad después de 18 meses de crisis económica. El creciente agravamiento de la crisis y la lucha diaria por la supervivencia no han logrado acortar las distancias entre estas partes. Muy al contrario, la brecha que las separa es cada vez mayor. Y, aunque se crean coaliciones entre ellas, hay también guerra en las trincheras.
» En primer lugar, encontramos el 'partido de los beneficiarios', al que pertenecen todos esos empresarios que se han beneficiado del mercantilismo político durante los últimos treinta años, especialmente las empresas de construcción. Éstas vivieron su apogeo en el preludio de los Juegos Olímpicos de 2004, cuando se aprovecharon de un Estado que se veía obligado a pagar a un precio inusitado cualquier encargo urbanístico. También pertenecen al partido de los beneficiarios las empresas que abastecían a los servicios públicos, por ejemplo, aquellas que suministraban productos farmacéuticos y equipos médicos a los hospitales estatales. Hasta hace muy poco tiempo los griegos no eran conscientes del volumen de dinero que se ha despilfarrado en este sentido. Hasta ahora eran los hospitales los encargados de comprar las medicinas y los equipos médicos. Ahora el Ministerio de Sanidad ha establecido que la adquisición de productos se realice a través de Internet y ha puesto a disposición de las instituciones 9.937.480 euros, una suma que se adecua al volumen de gasto que se había venido generando hasta el momento. Sin embargo, esta operación ha revelado que el precio real de los medicamentos solo asciende a 616.505 euros, es decir, un 6,2% de la cantidad que se había invertido anteriormente. Sin las nuevas medidas de contención del gasto todo habría continuado como antes, puesto que precisamente estos beneficiarios, las empresas de construcción y los proveedores de las clínicas, formaban una coalición con el partido del Gobierno y con sus ministros que no funcionaba nada mal.
Todos en el aparato del Estado sabían de la existencia de estos contactos y del coste que suponían para la sociedad, pero todos callaban. No solo porque los partidos se embolsaban así enormes donativos, sino porque estos sectores corruptos financiaban campañas electorales a los diputados, quienes a su vez se aseguraban buenos puestos de trabajo para sus familiares.

El desolador paisaje de negocios vacíos comienza a ser un elemento común
Al partido de los beneficiarios también se le podría denominar partido de los defraudadores, pues todos ellos lo son sin excepción, especialmente los trabajadores autónomos con ingresos elevados, como médicos o abogados. Cuando un griego va a la consulta de un médico, éste le informa: “La visita son 80 euros, si quiere factura, entonces serán 110”. Y así, la mayoría de los pacientes renuncian a la factura y se ahorran treinta euros. Debido al acuerdo entre estos profesionales y el partido del Gobierno, las autoridades callan y hacen la vista gorda.
Mientras tanto, el conjunto de los ciudadanos sin recursos no deja de crecer. Muchos de ellos no pueden ni siquiera costearse sus medicamentos. ¿Qué hacen entonces? Recurren a la organización Médicos sin Fronteras, que proporciona de forma gratuita algunas medicinas. Las dos clínicas de Médicos sin Fronteras que existen en Atenas están pensadas para asistir a inmigrantes sin recursos, que llegan a Grecia desde África en barcas de remos. Pero cada vez son más los griegos que piden ayuda. Algunos días hay casi mil personas haciendo cola en Médicos sin Fronteras.
Entre ellos, por ejemplo, diabéticos que ya no pueden permitirse comprar insulina. La miseria de los inmigrantes se extiende a los griegos. Hasta hace apenas medio año, cuando me asomaba a la calle desde el balcón de mi casa, veía a inmigrantes que revolvían entre los cubos de basura, en busca de algo para comer. En las últimas semanas, se han unido a ellos cada vez más griegos. No quieren revelar su miseria, por eso hacen su ronda a primera hora de la mañana, cuando las calles están casi desiertas.

Algunos días hay casi mil personas haciendo cola en Médicos sin Fronteras
Está claro que los beneficiarios y los defraudadores no tienen tales preocupaciones. Apenas sienten que el país está en crisis. Antes de que Grecia entrase en esta situación, ya habían trasladado su dinero al extranjero. Mientras que los bancos griegos han perdido en los últimos 18 meses alrededor de 6.000 millones de euros, los bancos extranjeros —especialmente los suizos— se frotan las manos.
Y también son los beneficiarios quienes, en evidente sintonía con el Partido Comunista, abogan por el retorno del dracma. Cuentan con multiplicar su riqueza y poder así comprar, con toda tranquilidad, una importante parte del patrimonio del Estado, que —ya sea con euros o con dracmas— deberá ser privatizado forzosamente, pues el Estado carece de recursos.
Una tercera —y fatal— coalición la forman el Gobierno griego y los agricultores, que también son a su vez miembros del partido de los beneficiarios. Desde la entrada de Grecia en la Comunidad Económica Europea (CEE) en el año 1981 todos los gobiernos griegos se han quejado del destino de sus “pobres campesinos” y han proclamado que éstos merecían una vida mejor. Hace tiempo que estos agricultores se han asegurado una vida mucho mejor, gracias a las subvenciones agrícolas de la Unión Europea.

En muchos bloques de viviendas ya no se enciende la calefacción
Dichas subvenciones se repartían de forma arbitraria, sin revisar y sin comprobar si los subsidios solicitados se correspondían con la producción real. Los agricultores enterraban sus productos, proporcionaban cifras falsas y se llevaban el dinero. Además, el Banco Agrícola Griego les otorgaba generosos créditos que, a día de hoy, todavía no han sido devueltos.
Mientras, en el Gobierno, los amigos de los agricultores no ejercían presión alguna, porque los votos del campo eran muy valiosos. En la actualidad el Banco Agrícola está en quiebra y estos campesinos se pasean por su pueblo en sus Jeep Cherokee.
» El segundo de los cuatro partidos en los que Grecia se divideen la actualidad podría denominarse el partido de los honrados, aunque yo prefiero llamarlo el partido de los mártires. A este partido pertenecen los dueños de pequeñas y medianas empresas, sus trabajadores y los pequeños autónomos, por ejemplo los taxistas o los técnicos. Ellos rebaten la opinión, tan extendida en Europa, de que los griegos son unos comodones y se zafan del trabajo. Trabajan duro y pagan religiosamente sus impuestos. Sin embargo, aunque el partido de los mártires es el mayor de los grupos no parlamentarios, no es lo suficientemente fuerte para aliarse con nadie. Por eso lo explotan por todas partes. Son los que mayores sacrificios realizan a causa de la crisis, por eso me gusta llamarlos mártires.

Por todas partes es posible ver largas colas de taxis a la espera de clientes
El mayor golpe para la pequeña y mediana empresa es la recesión. El desolador paisaje de las tiendas o negocios vacíos comienza a ser un elemento común en todos los barrios de Atenas, incluso en las zonas comerciales más elegantes. Por ejemplo, la calle Patission. La Patission, como la llaman los atenienses, es la más antigua de las tres calles en las que se divide el centro de la capital y se considera el bulevar de la clase media. Como vivo por esa zona, conozco muy bien la calle. La Patission estaba siempre muy mal iluminada, pero no importaba porque los escaparates brillaban con luz propia. Estos días, por la noche la calle está oscura como boca de lobo: uno de cada dos comercios ha cerrado y los que todavía siguen abiertos, intentan sobrevivir a golpe de ofertas especiales.
En la calle Aiolous, una vía también situada en el centro y que siempre había constituido un destino comercial para aquellos con menos ingresos, la situación es aún más terrible. Quedan todavía algunas tiendas, pero están vacías, los clientes no acuden a comprar. Así que la calle Aiolous se ha convertido en una zona peatonal sin peatones. “¿Cuánto tiempo podré aguantar?”, me preguntaba la dueña de una pequeña tienda de ropa de caballero en la que entré a comprar calcetines. “Pueden pasar días hasta que aparece un cliente”. En los últimos tiempos, uno vacila mucho antes de entrar en un comercio, porque, tan pronto como se ha cruzado el umbral, el dueño o los dependientes le bombardean a uno con lúgubres noticias.
La dueña de la tienda de ropa de caballero no aguantó mucho: cuando el sábado pasado regresé a la calle Aiolous, su negocio también había cerrado. Una amiga de mi hermana trabaja en una pequeña empresa especializada en la construcción de viviendas. Es la única empleada: el dueño se ha visto obligado a despedir al resto del personal. ¿Quién quiere construir casas cuando por todas partes hay viviendas en venta que tampoco compra nadie? Hace siete meses que la amiga de mi hermana no cobra su sueldo, sin embargo, está feliz porque, al menos, conserva su puesto de trabajo.

Un sistema basado en su nepotismo tóxico ha destrozado al pueblo
Lo peor para los miembros del partido de los mártires es el desánimo. Han perdido la esperanza. Para ellos, tras la crisis no se esconde perspectiva alguna de alcanzar un futuro mejor. Cuando uno habla con ellos, no es posible dejar de pensar que solo están esperando a que llegue el final. Cuando una gran parte de la sociedad no logra reunir el optimismo necesario, significa que la vida es en verdad agobiante. En muchos de los bloques de viviendas en los que viven ciudadanos con ingresos escasos o moderados ya no se enciende la calefacción. Las familias carecen de dinero para gasóleo, o prefieren utilizarlo para otras cosas. Yo no conduzco. Tengo un taxista que me lleva o me recoge del aeropuerto. Su nombre es Thodoros, no está casado y vive solo. (...) “Mire yo pago por el alquiler de este taxi 350 euros a la semana. Trabajo los siete días, pero solo me llega para pagar el alquiler. Muchas veces tengo que poner yo mismo dinero”.
A los griegos les gusta ir en taxi, porque es muy barato. Por 3,20 euros se puede llegar a cualquier lugar en el centro de Atenas y una carrera un poco más larga nunca cuesta más de seis euros. Hasta hace medio año, en las horas centrales del día era casi imposible encontrar un taxi libre. Ahora por todas partes es posible ver largas colas de taxis a la espera de clientes, no solo al mediodía, sino también por la noche y durante el fin de semana. Y esto no es lo peor.
La recesión no es la única preocupación de los mártires. A pesar de que sus negocios ya no rinden, están obligados a pagar sus tributos por partida triple: primero, el Impuesto sobre la Renta, después diferentes impuestos adicionales y, por último, un complemento de solidaridad. Un impuesto este, el de solidaridad, que el año próximo deberán abonar en dos ocasiones, mientras que otro impuesto indirecto, el IVA, se incrementó dos veces durante el año pasado. Mientras que los defraudadores no pagan nada o casi nada de estos impuestos adicionales o del complemento de solidaridad, porque muchos no presentan la declaración de Hacienda o disfrazan una gran parte de sus ingresos, los ciudadanos honrados no pueden casi ni respirar.

Vamos a sacrificar a tres generaciones en nombre de la crisis
Al grupo de los mártires pertenecen también los empleados y los trabajadores en paro del sector privado. En la actualidad, son muy pocos los trabajadores griegos a los que se les paga puntualmente su sueldo. La mayoría lo cobra en pequeñas cantidades y con un retraso de varios meses. Y todos pasan grandes dificultades y, sobre todo, viven angustiados, con el temor de que la empresa donde trabajan se vaya a pique de un día para otro.
La contención del consumo y la falta de créditos ha frenado el crecimiento económico del país y, por este motivo, son muchas las pequeñas empresas que se hunden estos días. Desaparecen, pero no se llevan consigo las numerosas deudas contraídas. Mi cuñado, representante de moda infantil, me contaba entristecido que solo la pasada semana había vivido tres casos semejantes. Es desesperante. Ahora, delante de las oficinas de empleo, se ven largas colas de parados que cada mes aguardan pacientemente la orden de pago con la que el banco debe transferirles su subsidio. Sin embargo, nunca pueden tener la certeza de que el pago llegue a principios de mes. A veces, tienen que esperar algo más para cobrar sus 416,50 euros, pues el número de parados no deja de crecer y a las oficinas de empleo se les termina el dinero.
Tras el colapso del aparato estatal y, sobre todo, del sistema fiscal, el Ministerio de Hacienda tuvo la brillante idea de cobrar impuestos a través de la factura de la luz. A quien no paga sus impuestos, se le corta la luz. He visto imágenes en la televisión griega de personas mayores que hacían cola en las oficinas de la compañía eléctrica para pagar el primer tramo de sus impuestos. Me entraban ganas de llorar. “El primer tramo asciende a 250 euros”, decía un hombre de unos sesenta y tantos años a la cámara. “A mí me dan una pensión de 400 euros, ¿cómo voy a vivir durante todo un mes con los restantes 150?”.

La contención del consumo y la falta de créditos han frenado el crecimiento del país
En ese momento, recordé mi regreso a Grecia en los años sesenta. Entonces me recibió una de las más curiosas estampas que uno pueda imaginar: de los tejados de alquitrán de muchas de las casas de una planta que poblaban los barrios obreros sobresalían llamativas varas de hierro. Eran horribles, pero representaban una promesa: el sueño de la segunda planta. El sueño del apartamento para el hijo o la hija en el piso de arriba. Durante toda su vida esa gente había ahorrado dinero para hacer realidad ese sueño, sacrificando cada céntimo. Y ahora se lo están quitando. Un sistema político en ruinas basado en su nepotismo tóxico y su falsa riqueza ha destrozado la dignidad de un pueblo.
» Otro partido es el partido de los Moloch, cuyos miembros han sido reclutados entre las filas del aparato estatal griego y sus empresas. El partido se divide en dos grupos. Al primero de ellos pertenecen los funcionarios y los empleados de los servicios públicos y las empresas estatales. En el segundo grupo se encuentran los sindicatos. El partido de los Moloch es el brazo no parlamentario del gobierno y el garante del sistema mercantil, pues está compuesto principalmente por cuadros y funcionarios del partido. (...)
El sistema tiene una historia muy larga, que se remonta al final de la guerra civil, en los años cincuenta. Fue entonces cuando los nacionalistas, ganadores en la contienda, llenaron la Administración de compañeros de trinchera y fieles correligionarios. Era el premio por su lealtad a los ideales nacionalistas.

Todos los Gobiernos griegos han comulgado con la política de enchufes
Después, en 1981 —poco después de la entrada de Grecia en la CEE— llegó al poder el primer gobierno del partido socialista, el Pasok. (...) Según este partido, tras el largo dominio de los partidos de derechas, el aparato estatal estaba condicionado para rechazar las fuerzas liberales y resultaba imposible gobernar si su gente de confianza no ocupaba los puestos clave en la Administración. Sin embargo, no se conformaron solo con los puestos clave, y muy pronto todo el aparato estaba en manos de miembros del Pasok y sus contactos. Casi uno de cada dos militantes del partido obtuvo durante estos años un puesto en la Administración.
Desde entonces, todos los gobiernos han comulgado con esta política de enchufes, hasta los primeros meses de la crisis. Hasta entonces había suficiente dinero, gracias a las subvenciones de la CEE y más tarde de la Unión Europea. Cuando el dinero escaseaba, se cubrían los agujeros a golpe de crédito.
La mayoría de los miembros del partido en la Administración no trabajan o hacen solo lo indispensable. Una amiga, ingeniera en un organismo estatal, me contaba su experiencia: hace un año llegó un nuevo compañero a la oficina. El primer día anunció: “Queridos compañeros y compañeras, he olvidado todo lo que aprendí en la universidad”. No trabajó ni un solo día y aquello no pareció contrariar a ningún superior.

La mayoría de los miembros del partido en la Administración no trabajan, o hacen solo lo indispensable
Pero el partido de los Moloch está dividido. Una parte se sentiría mucho más cómoda en el partido de los mártires. Se trata de esos funcionarios que no accedieron a sus puestos a través de contactos en el partido, sino que tuvieron que realizar una oposición. Son los únicos funcionarios que trabajan de verdad, en ocasiones llevando la carga de dos o tres compañeros que son miembros del partido. Son las víctimas del sistema. (...)
» El cuarto y último partido de la sociedad griega es el que más me preocupa. Es el partido de los desesperanzados: los jóvenes griegos, sentados todo el día frente al ordenador, buscando en internet, desesperados, un trabajo, sea donde sea. No son emigrantes como sus abuelos, que en los años sesenta llegaron a Alemania desde Macedonia y Tracia para buscar trabajo. Estos jóvenes han ido a la universidad, algunos incluso tienen un doctorado. Sin embargo, cuando terminan la carrera se van directos al paro. (...)
Ya sea a causa de la recesión, de las medidas de contención del gasto, del recorte de la deuda o de las reformas, el caso es que vamos a sacrificar a tres generaciones en nombre de la crisis. Hoy son los jóvenes los que más pierden; mañana lo seremos nosotros, porque en algunos años nos faltarán las fuerzas para seguir luchando. (...)
Las generaciones nacidas después de 1981 no han crecido en una época de verdadera miseria, sino de falsa riqueza y les entra un ataque de pánico cuando tan solo se insinúa la palabra “renuncia”. La pobreza les resulta tan ajena como el desierto.
La espada de Damocles se publica en septiembre en español y está editado por Tusquets.

martes, 19 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. Nueva novela de Petros Márkaris: "Suicidio perfecto"

   En "blogs.elpais":

Markaris se sumerge en el germen del desastre griego

Por:Juan Carlos Galindo09/06/2012
"El griego que no piensa que el Estado le roba y no se cree en el deber de desquitarse o está loco o no es griego". Contundente, aideológico y sincero, radical y provocador desde su simpleza de hombre normal, así es Kostas Jaritos, el autor de la frase, el comisario creado por Petros Markaris. Imbuido de su peculiar punto de vista y de una tozudez a prueba de bomba, Jaritos trata de resolver en Suicidio perfecto, novela de la que EL PAÍS adelanta un capítulo en exclusiva, un crimen inquietante en una Atenas agobiante y maravillosa.
CA 650-3Lea el capítulo 3 de Suicidio perfecto, la última obra de Markaris publicada en España por Tusquets.
Markaris sitúa a Jaritos en la Grecia de antes de los Juegos Olímpicos de 2004, un país subido a lomos de la burbuja, en la que la corrupción urbanística, el ascenso imparable de los precios de las viviendas y la compra de electrodomésticos a crédito son habituales. Un país en el que la televisión y la sociedad del espectáculo sientan las bases del debate. Igual les suena. Un país sacudido por el espectacular suicidio televisado del empresario más prominente y acaudalado en una Grecia que sin saberlo estaba sentando las bases del desastre. Añádase al escenario el uso intensivo de paraísos fiscales en connivencia con los poderes políticos y la conversión al capitalismo más brutal de quienes enarbolaron la bandera de la solidaridad y se tiene un panorama inquietantemente familiar.
Con estos ingredientes, Tusquets recupera una de las seis novelas de la serie de Jaritos, un policía peculiar, fuera de su tiempo pero con una sabiduría especial. Para los no iniciados, unas palabras del autor sobre su personaje pronunciadas en 2001: "Es un hombre de lo más corriente, que gana un mal sueldo, que tiene una familia a la que quiere y a la que tiene que alimentar y un jefe que le impone respeto y al que teme". Amante de los diccionarios, venerador de los tomates rellenos que le prepara su mujer, la extraña y entrañable Adrianí, Jaritos escruta la realidad desde otro punto de vista pero siempre en busca de la verdad. (Foto: © Iván Giménez / Tusquets)
016 colorEn esta entrega, este particular comisario de Homicidios se encuentra de baja por un disparo en el pecho recibido en un caso anterior, pero es reclutado en la sombra por su jefe para investigar un caso que tiene todos los ingredientes de la novela negra con trasfondo social, algo esencial en la obra de Markaris; una historia que profundiza en el germen de la crisis que ahoga a Grecia, que la ha dejado al borde de la quiebra y que no es muy distinta en otros países: corrupción, ambición desmedida, egoísmo, falta de responsabilidad individual y gusto por vivir por encima de las posibilidades. Sin olvidar el ingrediente exterior. Una mezcla perfecta para una novela adictiva, con una trama bien resuelta que roza lo imposible y publicada coincidiendo con una Feria del Libro en la que Marx ha resucitado
Escrito en 2003, Suicidio perfecto tiene todos los factores necesarios para meternos de lleno en un drama que vivimos a diario en vivo, incluido el auge de una extrema derecha racista, xenófoba, demagoga y paleta que recoge los frutos sembrados en el caldo de cultivo de la crisis, la miseria y la decepción.
En este caso, los fascistas al uso, no menos brutos y no menos ineptos que los señores de Amanecer Dorado que van pegando a otras diputadas de izquierdas por los platós de televisión en la Grecia real, son los responsables de la organización Filipo de Macedonia, de retórica rancia y a los que unas autoridades desorientadas por unos crímenes que no comprenden o que prefieren no comprender usarán sin problemas como chivos expiatorios.
El escritor griego, que fue la estrella de la última edición de la Barcelona Negra, colaborador habitual en los guiones del director Theo Angelopoulus, busca siempre un enfoque que empuje al lector a la solidaridad, a la crítica y a la reflexión. Por eso no esconde ciertas opiniones sobre lo que ha pasado y lo que está pasando en su país. Su obra tiene un título evocador: suicidio perfecto.

miércoles, 23 de mayo de 2012

NOVELA NEGRA. Recomendación de lectura: Petros Márkaris y su serie del comisario Kostas Jaritos

Petros Márkaris -a la derecha- en Córdoba

   El pasado lunes 21 de mayo, el escritor de novela negra Petros Márkaris estuvo en la "Fundación Gala", presentando su nueva novela del comisario Kostas Jaritos, Con el agua al cuello.

   Esta es su sinopsis:
   Un caluroso domingo del verano de 2010, el comisario Jaritos asiste a la boda de su hija Katerina, esta vez por la Iglesia y con fanfarria musical. Al día siguiente, poco después de llegar a Jefatura, le informan del asesinato de Nikitas Zisimópulos, antiguo director de banco, degollado con un arma cortante. El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones. Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.
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De lectura muy recomendable toda la serie.