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domingo, 17 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La dignidad de la lectura". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

La dignidad de la lectura

No tiene sentido estigmatizar a quienes defienden las novelas “que te atrapan”


La lectura de un artículo de Luis Goytisolo este verano titulado El canon y la caspa me hizo pensar en dos cuestiones. La primera, que en dicho artículo había expresada una generalización en torno a la literatura de masas que no encajaba (o encajaba mal) con el sustrato del artículo que era, si mucho no me equivoco, hacer una legítima defensa de los progresos estéticos que supuso para la novela española los experimentos formales que se operaron durante los años sesenta y setenta. Nunca, según el autor de Las afueras, suficientemente reconocidas. Evidentemente, con toda justicia poética, de esos progresos formales fue sustancial el mismo Luis Goytisolo, al que creo que nunca nadie en este país osó ignorar. La segunda, su elitista consideración de la literatura de masas, y con ello, sin que a lo mejor el autor se percatara, la estigmatización de los lectores y la lectura en general.
Empecemos por la primera cuestión. Me veo obligado a transcribir el apartado en el que considero que se produce un malentendido. Escribe Goytisolo: “Por otra parte, en los años ochenta, se fue implantando con éxito un nuevo tipo de novela que, debido a su amplia acogida, despertó más respeto que rechazo: la novela de gran público , el best seller, un producto más relacionado con el éxito de ventas que con la calidad literaria”. En los años ochenta se produjeron dos fenómenos simultáneos: se vendían como rosquillas las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y se hicieron varias ediciones con unánime celebración crítica de El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. Y, además, le acompañaban nada más ni nada menos que Antonio Muñoz Molina, Jesús Ferrero, Manuel de Lope, Alejandro Gándara, Luis Landero, Soledad Puértolas, Almudena Grandes, Cristina Fernández Cubas, Adelaida Morales y un largo etcétera. Estos autores gozaron de un gran predicamento crítico y fueron paradigmas de lo que en esa década el editor Enrique Murillo denominó, muy acertadamente, la década de la narratividad, en contraposición a las décadas anteriores, que lo fueron de la experimentación. Con estos datos, mal puede casar la mala prensa de los best seller con los acreditados nombres que he enumerado. Dice también Luis Goytisolo que la principal característica de esa novela española de los ochenta, de la que curiosamente no da ningún nombre, es “que te atrapa”. Recuerdo que leí El invierno en Lisboa y me atrapó. Cuando uno es un lector exigente, para que un autor te “atrape” (es decir, para que no dejes la novela a los dos segundos de empezarla) debe utilizar todo el arsenal retórico a su disposición, toda la tramoya ilusionista con que cuenta la novela como género al servicio de la historia que se cuenta, del horizonte moral al que aspira y, sobre todo, al servicio del lector. Esa tendría que ser siempre su estética y su ética. A lo mejor habría que inaugurar una nueva catalogación novelística: por ejemplo, “Los libros que atrapan”. De la misma manera que me atraparon en su momento las novelas de Graham Greene y me atrapan ahora las de Emmanuel Carrère, también me atraparon las de Javier Cercas. O las de Vargas Llosa, autores innegablemente tan exitosos en el capítulo de las ventas como en los del reconocimiento crítico. (Conocí gente que me dijo que leyó de un tirón A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust y me aseguraron quedar enredados en esa madeja de hilos argumentales, de puntos de vistas, como atrapados en el mismísimo proteico misterio de la vida).
La segunda cuestión a la que aludía El canon y la caspa era la estigmatización del best seller como pernicioso para las sensibilidades sublimes de la literatura. Cuando se plantea esta cuestión, evoco al último pasajero de metro con un libro en la mano que se quedó grabado en mi retina. Lo veo leer apasionadamente un voluminoso best seller, un libro de esos que “atrapan”. Lo veo y me emociona.
Cuando uno lee, sea el que sea nuestro nivel de competencia y exigencia estéticas, lo que está haciendo es aceptar unas reglas que te invitan a entrar en un mundo que no es tu mundo, un mundo paralelo al que vivimos, con aristas emocionales, históricas, sociales y espirituales que no son como los que nosotros vivimos cotidianamente, pero que nos las recuerdan. Ese lector siempre debe merecer nuestro respeto. Porque cuando lee, sea lo que sea, lo que está haciendo esencialmente es ejercitar una dignidad ajena a toda esa rutina desespiritualizada a que el sistema lo aboca.
J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

sábado, 16 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La verdadera obra literaria no tiene prisa". Juan Goytisolo

   En "El País":

La verdadera obra literaria no tiene prisa

Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos del glorioso relato histórico español y su correlato catalán. En ‘Recuento’, Luis Goytisolo consigue una de las más ambiciosas muestras del arte novelístico


EVA VÁZQUEZ

La belleza de una novela es inseparable de su arquitectura. Penetrar en ésta es como adentrarse en un conjunto armónico, en una mansión amueblada en la que, como el París de Balzac o el Madrid de Galdós, hallamos bien dispuestos, a nuestro alcance, los distintos elementos que la componen: comedor, dormitorios, salones con sus arañas, cortinas, alfombras, sillones, sofás, retratos, que parecen aguardarnos para cobrar vida, sin olvidar, claro está, sus dependencias sustraídas de ordinario o la mirada del visitante, la cocina, despensa, lavabos, trastero, cuartos de la servidumbre, cocheras, caballerizas. Los personajes se mueven en el conjunto con familiaridad y asistimos de espectadores a sus amores y desamores, ambiciones, envidias, celos, contradicciones, mentiras, disputas, arranques de sinceridad.
Este cuadro novelesco, prolongado y reiterado hasta hoy para el lector interesado ante todo por el argumento con gancho y por la psicología de los personajes, sufrió un brusco cambio en la pasada centuria con la aparición de obras compuestas de cuantos materiales y géneros literarios tenían a mano —poesía, diarios, documentos, digresiones, ensayos...— en las que el autor muestra velazquianamente su presencia en el acto de creación, ya diseminando sus temas y multiplicando sus formas, ya poniendo el acento en la intensidad del lenguaje o en la cadencia y belleza de la palabra. Opciones diversas pero cuyo objetivo común radica en la creación de un todo coherente en sus contradicciones y simétrico en sus asimetrías, aglutinante en su dispersión. Obras en las que las innovaciones arquitectónicas y las mutantes estructuras urbanas fraguan una nueva construcción novelesca que transforma la compleja topografía del espacio en una no menos compleja estructura narrativa.
Recuento, primer volumen de 'Antagonía' de Luis Goytisolo, es el centro geométrico o eje en el que convergen las demás novelas de la tetralogía. El astro en cuya órbita giran los otros tres satélites. La mansión o casa pairal, volviendo al símil arquitectónico, en torno a la cual se alzan los demás edificios del conjunto. Pues mientras se lee como una novela autosuficiente (aunque luego comprobemos que se integra en un macrorrelato), las restantes obras de 'Antagonía' no pueden entenderse sino en conexión con ella. Dicho eje, astro o mansión central narra con muy diferentes estilos la vida de Raúl Ferrer Gaminde, cuya infancia, adolescencia y juventud transcurren en Cataluña (Barcelona, Cadaqués, la finca de Vallfosca) después de la Guerra Civil: la familia burguesa gradualmente venida a menos, el colegio, la mili, la universidad, sus amores, la adhesión al partido comunista clandestino, viajes a París, detención, cárcel, pérdida de la fe en el credo ideológico. En Los verdes de mayo hasta el mar, el protagonista, convertido ya en escritor, nos brinda el proceso de creación de la novela que estamos leyendo y la que leeremos en el cuarto volumen de la obra. La cólera de Aquiles concede la palabra a la examante de Raúl, Matilde Moret, voluntariamente aislada en Cadaqués, en donde vive sus tempestuosos amores lésbicos mientras recapitula su vida y lee una novela escrita en su juventud, El edicto de Milán, novela dentro de otra novela en el interior de la tetralogía. El último satélite en órbita es la obra ya compuesta de Raúl Ferrer Gaminde, una reflexión totalizadora en la que, como en Las Meninas, de Velázquez, se refleja e incluye el propio autor.

La visión panorámica de Barcelona se fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados
La visión panorámica de Barcelona en Recuento, ya sea desde Montjuïc, Tibidabo o el parque Güell, se descompone y fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados, en una abigarrada combinación de elementos orográficos y urbanos, históricos, políticos y sociales. En primer lugar del casco antiguo, la catedral, el Museo Histórico de la ciudad y los vestigios superpuestos de civilizaciones extintas, pero también de las cuadrículas del plan Cerdà de ese Eixample creado por una burguesía laboriosa y emprendedora, burguesía hostigada pronto por unas clases bajas levantiscas que del antiguo Barrio Chino y el puerto se extenderían por las barriadas míseras de la periferia hasta cercarla de monte a mar y de río a río. El lenguaje propio de las guías turísticas (por ejemplo, de la obra genial de Gaudí) se transforma así en un flujo narrativo de frases largas, envolventes, que engarzan un símil con otro: espirales cada vez más amplias, de ondas que se extienden con poderosa fuerza centrífuga, dibujando círculos evolutivos como los de una piedra arrojada a la lumbre quieta de un agua estancada. Si, como dice el autor, “la Barcelona modernista no acertó a encontrar su Marcel Proust”, la de la opresiva posguerra y del tardofranquismo lo halla a su modo en Recuento.
Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos, pero complementarios del glorioso relato histórico español, con la retórica evocadora de sus grandes gestas imperiales, cuando en nuestros dominios no se ponía el sol, y su correlato catalán, con el recordatorio de los sueños frustrados, secesiones aplastadas por la fuerza de las armas, odiosa dependencia identitaria respecto a una entidad estatal opresora o, en palabras del autor, “residuos del pretérito convertidos en pretexto de impotencia presente, en contemplaciones ensoñadoras de futuro”. Forcejeo que se prolonga al hilo del tiempo con nuevos argumentos y disfraces, arrogancia frente a victimismo, épica frente a lirismo herido, convertido éste en instrumento negociador cuando el Estado entra en crisis y se busca una solución pragmática al estéril enfrentamiento de esencias perennes y sentimientos nacionales ofendidos, a la confrontación entre las ilusiones dulcemente acariciadas y los límites avariciosos de la realidad.

Con ironía demoledora, trata del partido comunista antes de la fallida huelga nacional
La parodia narrativa de los distintos discursos políticos, nacionales, religiosos e ideológicos no tiene desperdicio. Junto a la del españolismo y catalanismo más rancios, el autor se entrega con ironía demoledora a la del partido comunista en vísperas de la fallida huelga nacional pacífica destinada a derribar el castillo de naipes en el que se asentaba la dictadura franquista: disquisiciones presuntamente científicas sobre las contradicciones del capitalismo, el distanciamiento paulatino de éste por la burguesía no monopolista, la toma de conciencia de las clases medias y el campesinado hasta el salto cualitativo final, la agrupación de todos los elementos dispares en un frente único encabezado por el Partido. Con singular destreza el novelista enlaza un discurso con otro —el del españolista al catalanista, el del “salto cualitativo” a la transustanciación de Cristo en la eucaristía— mediante un fundido encadenado que nos traslada del ámbito ideológico al religioso, pero con idéntica convicción doctrinal, propia de quien se cree en posesión de la verdad. Lo mismo la de la Biblia enseñada a niños y adolescentes que el manual de divulgación marxista, ese Politzer que circulaba de mano en mano en las aulas del Alma Mater.
La tetralogía que cierra magistralmente Teoría del conocimiento con la inserción de la novela escrita por el protagonista, incluye así lo creado y el proceso de creación del artista. Releída con calma al cabo de 30 años se nos revela como una de las más ambiciosas y logradas muestras del arte novelístico del siglo que dejamos atrás. Las prisas del consumidor de efímeros productos editoriales y la miopía de un buen sector de la crítica pasaron de largo por ella sin advertir su valía. Pero a diferencia de los éxitos de venta, la gran obra literaria no tiene prisas. Con premio o sin él, la historia se encarga de poner a cada autor en el lugar que le corresponde.
Juan Goytisolo es escritor.

miércoles, 24 de junio de 2015

PRENSA. "Lo reciente queda antiguo". Luis Goytisolo

   En "El País":

Lo reciente queda antiguo

En los hábitos cotidianos, Internet y las redes sociales suponen un cambio de mayor transcendencia del que en su día representó la máquina de vapor. Equivale al tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna en poco más de dos décadas


EULOGIA MERLE


La gente, según va entrando en años, tiende a comparar el mundo presente con el de su propia juventud. “Cuando yo era joven…”. Por lo general, una realidad más positiva que la conocida por la juventud actual: antes había más seriedad, más conciencia, más educación, etcétera. Y cuando la evocación es negativa —la guerra, la posguerra, los rigores del sistema educativo de entonces—, el hecho de haberla superado la convierte en un triunfo personal. El resto, curiosidades para amenizar la tarde, tanto más chocantes cuanto más remotas: apenas había coches, el Atlántico solo se cruzaba en barco, etcétera. Curiosidades que han ido cambiando de generación en generación a lo largo de los últimos 200 años.
Claro que a veces los cambios son más bruscos, y a eso responde la tradicional división de la Historia en Edades.
Con todo, en el curso del pasado siglo, esa sucesión de cambios, esa constante evolución perfeccionista así en lo bueno como en lo malo, era más de lo mismo. Había un progreso social y económico interrumpido de vez en cuando por una revolución o una guerra, y la técnica no dejaba de incrementar sus aplicaciones, desde el avión a reacción hasta el aire acondicionado o el frigorífico. Y esa progresión en los ámbitos más diversos era lo que recogían los abuelos al destacar ante sus nietos las diferencias entre el ayer y el ahora. Cosas que hoy a los menores de 20 años les parecen poco menos que irrelevantes, simples aspectos de ese más de lo mismo antes mencionado. Y es que, en poco más de dos décadas la realidad circundante parece haberse diluido en sus contornos. Las crisis económicas y financieras se producen casi sin saber cómo por más que se les busque un referente concreto. A las guerras entre bloques han sucedido los enfrentamientos entre milicias de difícil identificación. La clase obrera ha sido sustituida por simples trabajadores y los títulos universitarios no han hecho más que perder relieve. Los Estados semejan cada vez más una empresa y las empresas, un Estado. Vamos, un mundo fluido, de consistencia desdibujada, en contraposición a la firmeza de los bloques enfrentados hace tan solo poco más de dos décadas. Una realidad en la que la única referencia válida acaba por ser Internet. Solo que la Red, y en especial las redes sociales que propicia, no es el espejo en el que se reflejan y visualizan esos cambios, sino una realidad estrechamente ligada al origen de tales cambios.

A diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario
En efecto, la consolidación totalizadora de Internet y las redes sociales supone, en la vida y hábitos cotidianos, un cambio de mayor trascendencia que el que en su día supuso la máquina de vapor o el motor de explosión, en la medida en que afecta directamente a la sociedad considerada en su conjunto, individuo por individuo; en la medida en que ese individuo interioriza su uso de forma similar a como se pueda asumir una ideología o una creencia religiosa. Algo no comparable, por ejemplo, a tener un coche o a viajar en tren, en avión o en barco; ni siquiera al acto de darle a un interruptor y que se encienda una luz, una luz que ilumina el entorno más inmediato de quien la ha encendido. Lo propio de la Red es su capacidad de introducirse en todos los órdenes de la vida del individuo, de cada individuo. Y ese cambio, que por su carácter generalizado produce en los hábitos sociales creando así un antes y un después, da pie a empezar a pensar que tal vez nos encontremos ante un cambio de Edad similar al que se creó en el Renacimiento, en el tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna.
La importancia de los hábitos sociales, de un cambio en esos hábitos es, a este respecto, decisiva: cuando se produce, la vida de los ciudadanos es otra. Y es que, a diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario puesto que, a la vez que este entra en ella, sea para resolver un problema o una duda, sea por puro placer adictivo, en justa reciprocidad, la Red entra en el usuario tocando o afectando sus puntos más sensibles, trazándole o configurándole un carácter, un perfil —como suele decirse—, al tiempo que ofreciendo a los otros, al mundo entero, la posibilidad de que le conozcan tal cual es o como quisiera ser. Algo que no le sucede, como decíamos, a quien se compra un nuevo coche, por ilusión que le haga conducir un ejemplar de tal o cual marca; ni emprender un vuelo intercontinental, por no hablar ya del tren o el metro. Para el usuario —y aunque no sea consciente de ello— más estimulante que utilizar la Red es la posibilidad de ser él quien se vuelque en ella.
El epicentro de ese volcarse es el selfie o, mejor dicho, el intercambio de selfies. Una adicción que si comienza con el propósito de dar a conocer su actividad cotidiana al tiempo que recibe la de los otros, termina impulsándole a hacer tal o cual cosa sin otro objetivo que introducir sus ocurrencias en ese intercambio de selfies.
Así, cuando las vacaciones, al emprender un viaje, lo de menos es ya el viaje en sí, las peculiaridades de los lugares que se visita. Lo importante es poder ir mandando imágenes de esas peculiaridades o curiosidades a las que se va accediendo, a la vez que a las ideas ingeniosas que tales peculiaridades puedan suscitar aunque poco o nada tengan que ver con el viaje. Lugares o monumentos famosos junto a los que fotografiarse. O las vicisitudes de un crucero marítimo. O de un hotel de ensueño en una isla paradisiaca. O de un imprevisto cualquiera de lo más chocante. Más que el disfrute de la cosa en sí lo que interesa es el resultante proceso de integración propio de un chat. El resto es lo que a una obra de teatro el decorado.

El epicentro es el intercambio de ‘selfies’, esa adicción a dar a conocer la actividad cotidiana
La repercusión de ese cambio radical en los hábitos sociales terminará afectando a todos los aspectos de la vida cotidiana. Por el momento, los más perceptibles se revelan en los ámbitos más mediáticos de la realidad circundante. La prensa, los libros, las salas de cine. Y es que, ¿por qué ir al cine, por ejemplo? Trasladarse hasta él, hacer cola, comprar entrada, conseguir un asiento aceptable… ¿No es mucho más sencillo bajarse la película? Y en cuanto a la prensa y los libros, ¿por qué someterse a esa tarea de ir pasando páginas y más páginas? O sea que si cierran cines y librerías, ¡pues que cierren!
Por suerte, desde la época de los papiros al libro actual, la lectura, acompañada a veces de la imagen, ha traspasado todas las Edades, adaptándose siempre su formato a las características del momento. Y el que no haya sido nunca una afición mayoritaria permite pensar que va a seguir subsistiendo, al margen de su siempre más evanescente versión digital. Por algo es una afición minoritaria. Como la caza o la pesca. O el ajedrez. Eso sí: cuando se le cuente a un niño cómo era el mundo hace poco más de dos décadas no acabará de entender que la gente pudiese apañárselas sin la Red.
Luis Goytisolo es escritor.

domingo, 1 de marzo de 2015

PRENSA. "El auge de la crueldad". Luis Goytisolo

   En "El País":

El auge de la crueldad

Visualizar la barbarie en directo siempre ha gozado de gran predicamento; lo nuevo es que ahora se ofrece estés donde estés y al momento. Quemar a un rehén y las degollinas del Califato intensifican el efecto contagio

 

  • EULOGIA MERLE

    Casi podría decirse que la crueldad está ya en el principio. Es decir: como por encima de los orígenes de la humanidad, en ese tiempo anterior al que se refieren la mayor parte de las creencias religiosas: dioses que devoran a sus hijos, o que destruyen ciudades por la conducta lasciva de sus habitantes, o que castigan a toda la especie humana porque alguien se comió una manzana. De ahí que la imagen que tenemos de las antiguas civilizaciones esté indefectiblemente teñida asimismo de crueldad: sus guerras, sus conquistas, la propia vida cotidiana. Una imagen siempre vinculada, a modo de inevitable contrapartida, a la expansión y el esplendor de absolutamente todos los imperios.
    Su brusca reaparición, tras varias décadas de buenismo que la daba poco menos que por extinguida, no supone de hecho una novedad ni a nivel individual ni colectivo, trátese de la ejecución de prisioneros, rehenes o como se quiera llamarles, o del típico crimen pasional fruto de los celos o el despecho. Lo que sí ha cambiado, lo único que ha cambiado, es su percepción por parte de la sociedad. Y es que desde los asesinatos cometidos por miembros del Califato o por las milicias enfrentadas del ámbito islámico hasta la reconstrucción del asesinato de una mujer a manos de alguien que por lo general tenía ya antecedentes, la televisión y demás pantallas grandes y pequeñas hoy nos informan de los hechos al momento. Esto es lo realmente nuevo: estés donde estés y al momento.
    Visualizar la crueldad lo más en directo posible es algo que siempre ha gozado de gran predicamento. Si en la Antigüedad constituía un espectáculo de circo, a lo largo de los 1.000 años de Edad Media la quema de brujas y herejes y demás suplicios públicos fueron un espectáculo de lo más reconfortante por lo que tenían de acatamiento a las leyes divinas y humanas. Una práctica que se prolongó desde el Renacimiento hasta el Siglo de las Luces, cuando la posesión de un libro prohibido podía conducir a su portador directamente a la hoguera. Las principales plazas públicas de ciudades como París, Londres o Madrid se convertían entonces en atestados anfiteatros de un ritual que convocaba tanto al bajo pueblo como a nobles y miembros de la realeza.

    El atentado de las Torres Gemelas cambió la percepción de la violencia a principios de este siglo
    Sólo en el curso del siglo XIX la reiterada argumentación de pensadores e ideólogos consiguió erradicar paulatinamente tales hábitos, según se imponía en las conciencias su carácter inhumano. De ahí que en el curso de la primera mitad del siglo XX, probablemente el periodo más sangriento de la historia de la humanidad, las atrocidades cometidas durante las dos guerras mundiales, no menos que durante las revoluciones de diverso signo, fueran en lo posible silenciadas. Y, alcanzada la paz, el mundo entero pareció al fin decidido a iniciar una nueva era, protagonizada por los derechos humanos tanto individuales como colectivos. Claro que entretanto, a modo de réplicas de un terremoto, siguieron produciéndose guerras y revoluciones de lo más sangrientas en lugares remotos, pero el progreso en todos los órdenes llegó a parecer una realidad incuestionable, pasando la consideración de la crueldad de castigo ejemplar a la de delito, la ejerciera quien la ejerciera, no menos repudiable el abuso de poder que el maltrato machista. Y esas guerras y revoluciones, en la medida en que lejanas para Occidente —Camboya es el mejor ejemplo— tenían más de mera noticia, de cuento de terror, que de algo susceptible de repercutir de algún modo en nuestra vida cotidiana.
    La apreciación de este tipo de hechos, como tantas otras cosas, cambió a comienzos del presente siglo. Y el hito o punto de referencia indiscutible del cambio fue el atentado de las Torres Gemelas, un espectáculo de muerte y destrucción sin equivalencia histórica en la medida en que el mundo entero pudo contemplarlo desde su propia casa a los pocos momentos, cuando no mientras estaba sucediendo. El atentado y sus repercusiones, Afganistán, Irak de nuevo… No en vano, políticos como Cheney o Rumsfeld —como agobiado éste último— habían anunciado que se iban a ver obligados a realizar cosas terribles… Es decir: pagar con la misma moneda. La mejor ilustración de tal enunciado, más que Guantánamo, sería la difusión de las imágenes que se filtraron de la prisión de Abu Ghraib, cerca de Bagdad, que hubieran hecho las delicias del marqués de Sade.
    Claro que, como viéndolas venir, el cine, la televisión, los juegos de consola, etcétera, llevaban ya un tiempo ofreciendo imágenes de situaciones hasta entonces poco menos que inéditas. El cine tradicional, por ejemplo, podía contener escenas de una gran dureza, pero no recuerdo una sola película de relieve de la que brotaran imágenes como de casquería. Mientras que ahora, según se van cerrando cines y los productores adaptan sus productos a los gustos del mercado, la recreación en el horror se repite hasta la saciedad a modo de variantes de unos pocos modelos temáticos: asesinos seriales, ajustes de cuentas, crímenes relacionados con policías corruptos, mafias, droga y —no faltaría más— atentados terroristas. Dicho en imágenes: cuerpos destrozados, sangre, fuego, fogonazos, llamaradas en expansión… Razón por la que palabras como final, letal, mortal, total, etcétera, acostumbren a formar parte del título. Películas y series temáticamente intercambiables: una avalancha de más de lo mismo sólo explicable por su éxito, engañosamente dignificado por alguna que otra excepción de verdadera calidad. Y todo ello en paralelo a una rápida expansión de la violencia real que, promovida por actividades criminales relacionadas con la droga y la explotación sexual, especialmente en Latinoamérica, y con enfrentamientos étnicos o religiosos en África, ha hecho peligrosos, cuando no invivibles, una serie de países que tan sólo hace unos pocos años podían ser visitados sin problemas.

    En las ejecuciones terroristas el verdadero protagonista es el verdugo, no la víctima
    Lo realmente decisivo, no obstante, ha sido el contagio, el paso de todo ello a las redes sociales y demás fórmulas de difusión que ofrece Internet. Un buen ejemplo lo tenemos, a escala menor, en las innovaciones detectables en el comportamiento de niños y adolescentes. Romper cosas, experimentar la crueldad con animales, por ejemplo, ha sido siempre algo consustancial al comportamiento del niño, a su toma de contacto con la realidad, progresivamente encauzada y diluida por la educación. Pero fenómenos como el bullying, o las con frecuencia temibles novatadas ahora tan de moda, sólo son explicables por el contagio y la imitación de conductas similares difundidas en la Red, al igual que otras prácticas en auge como la violación en grupo, la pedofilia, la llamada violencia de género, con frecuencia crímenes pasionales de amantes despechados.
    Ni más ni menos que lo que está sucediendo con la imagen del terrorismo islámico desarrollado en los escenarios más diversos —de Nueva York a París, de Pakistán a Nigeria—, de efecto directamente proporcional a su detallismo. El quemar vivo a un rehén y las degollinas que organiza el Califato en los territorios bajo su control, sin ir más lejos, y que, por mucho que las cadenas televisivas eviten ofrecerlas en toda su crudeza, su difusión en las redes es determinante con el consiguiente efecto contagio o llamada. Contemplar al encapuchado que, cuchillo en mano, acaricia el cuello que se dispone a cercenar ante las cámaras, despierta la vocación de hacer lo propio en los más diversos rincones del mundo. Es decir: lograr establecer el contacto adecuado, ser puesto a prueba, recibir la preparación y los medios necesarios para hacer algo parecido en alguna parte. Y si no se era creyente, se hace creyente, y si hay que autoinmolarse, se autoinmola. Lo esencial es aparecer en las redes igualmente encapuchado, igualmente protagonista de un acto que será contemplado en el mundo entero. Un triunfo personal a la vez que anónimo, algo que quienes lo contemplen ansíen a su vez imitar. Una ejecución en la que el verdadero protagonista es el verdugo, no la víctima.
    El influjo de tal éxito de público lo podemos percibir hasta en la moda, en el vestir. De unos años a esta parte, la moda masculina está experimentando un retorno a los modelos románticos: barbas puntiagudas, abrigos como levitas, pantalones estrechos, estrecha la silueta considerada en su conjunto. Pero si se ensaya otro tipo de barba —abierta en abanico bajo un cráneo pelado— el personaje en cuestión se asemejará a un ayatolá, del mismo modo que si se afila no ya la barba sino el rostro entero, el cuerpo entero como adelgazándose en enérgicos movimientos, todo él como un cuchillo, su estampa será muy similar a la de un miembro de alguna de esas milicias yihadistas. Vamos, lo que se entiende por un peligro potencial, lo que el bueno de Lombroso no hubiera dudado de calificar de “criminal nato”.
    Luis Goytisolo es escritor.

    viernes, 27 de julio de 2012

    PRENSA CULTURAL. Sobre "Antagonía", de Luis Goytisolo. Por Mario Vargas Llosa

    Mario Vargas Llosa

       En "El País":

    Un fuego de artificio

    PIEDRA DE TOQUE. No hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir "Antagonía" estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo que rompiera moldes

     15 JUL 2012
    En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía,la tetralogía novelesca a la que dedicó 20 años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
    La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
    En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior —descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera— a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
    Para mí, las mejores páginas son aquellas que describen la atmósfera claustral de la dictadura
    Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron —sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese—, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
    Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
    En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política —no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura— y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
    Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
    Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible
    Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…”. Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo esta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
    Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
    Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
    © Mario Vargas Llosa, 2012.
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