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domingo, 15 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor Jean Echenoz

   En "El País Semanal":

“Busco la precisión por puro placer”

Tímido pero afable, delicado, el escritor francés Jean Echenoz está entre lo más destacado de la literatura europea actual gracias a su escritura contraria al exceso.

Su último libro, ‘14’, ha reflejado su obsesión por la sencillez y nos ofrece una lección de estilo que engloba la I Guerra Mundial.




Echenoz: "Cada lector escribe dentro de sí su propio libro". / JORDI SOCÍAS
Jean Echenoz no mete ruido. Tampoco aparece y desaparece, como Michel Houellebecq. No se muestra altivo ni busca el foco permanente. Su trabajo de orfebre, maestro de la precisión, requiere de pocos aspavientos y escasas salidas. Vive en Pigalle, distrito nueve, París de aromas y escasos sobresaltos. Allí, en un piso tomado por papeles, trabaja sus complejas obras con tejidos sencillos. Aporta y elimina, recrea los detalles de lo esencial, como ha hecho en 14 (Anagrama), un artefacto de perfecta concisión en el que a lo largo de apenas cien páginas nos ofrece el panorama de la I Guerra Mundial. Igual que hizo antes con el comunismo a través del trasunto de un atleta como el checo Emil Zátopek en Correr o con la sensualidad de un músico como Ravel en la novela del mismo nombre. Escritor fundamental de la Francia presente, se deja caer con su cigarrillo liado y su gusto por la discreción en el Festival del Humor bilbaíno. El barroquismo del Guggenheim contrasta con su capacidad de síntesis.
¿Por qué necesitamos hoy más que nunca la sencillez? ¿Es esa la clave de su estilo? Yo intento escribir con imágenes, dentro de un método visual, pero construyo imágenes. Empleo un método que mezcla la imaginería con el lenguaje.
Para esa técnica, usted no se conforma con que la forma y el contenido converjan. Por ejemplo, se presta mucho más a su impronta un compositor como Eric Satie que Ravel y, sin embargo, le dedicó un libro a este último. Bueno, yo adoro a Satie y, quizá, es cierto, vaya más su música con mi forma de contar, puede que sea más ligero.
¿Minimalista…? Bueno, es que yo no estoy muy a favor de ese concepto, no sé qué significa en realidad. Tampoco es que me dedique al barroco, pero el minimalismo, yo lo identifico con una manera de hacer inútil. Quizá buscan una precisión ausente de detalles, por eso me resulta un tanto vacía. Yo intento siempre dirigirme a cualquier cosa que me pueda parecer importante evitando adverbios, pero prestando atención a los detalles.
El barroquismo es algo lleno de detalles y a usted no le veo ahí. Es que los barrocos emplean detalles decorativos, de ornamento.
Sin embargo, en usted, ¿son la clave, una especie de metáfora constante de la idea que desea transmitir? Sí, porque un detalle puede marcar la esencia. Una metonimia que viene de cualquier situación simple, una señal crucial que podemos encontrar en un vestido y que significa muchísimas cosas. La elección de un tipo de té concreto puede desvelarnos muchísimas cosas, puede definir un personaje mucho mejor que cualquier psicología, eso no me interesa nada por ejemplo.

Me interesan los detalles, pero la psicología de los personajes, nada”
Pues yo encuentro bastante psicología en sus libros. En Al piano, concretamente. Ese músico que se rebota cuando se topa con una estatua de Chopin, por ejemplo. Bueno, ahí sí. Porque la novela está construida a partir de la estructura mental de un artista, de su locura, su perfeccionismo, su pavor. Pero desde un punto de vista orgánico, físico. Los pianistas, o los intérpretes, en su amplio sentido, teatral y musical, a diferencia de los pintores o los escritores, exponen sus sentimientos en público. Los reparten ante un auditorio y eso es muy singular. Pero la psicología no la encontrará hurgando en la cabeza de quienes aparecen en mis historias, sino en lo que les circunda, en sus propios objetos, incluso.
Nada de realismo a la antigua usanza, aunque usted reconoce a muchos maestros en ese campo. Sí, claro. Escritores como Gustave Flaubert, que puede no resultar muy original, pero que para mí y para muchos, aún es la referencia, incluso hoy, en el presente.
Cuando nos referimos a la importancia de las imágenes en su caso, ¿hablamos de quietud o de movimiento? Soy incapaz de contar nada si no me he construido mentalmente una imagen. Y en esa fabricación prima la retórica del cine. Es como si me dominara un empeño en fundir ambas artes. El cine responde a una gramática, a un montaje de iluminación y sombra. Me empeño en traspasar todo eso a la novela.
Correr, su libro sobre el gran atleta Emil Zátopek, busca constantemente el movimiento. La carrera. En 14, para describir la I Guerra Mundial, elige un paseo en bicicleta, un travelling. Eso es, exactamente. Pero son imágenes que se yuxtaponen, se mezclan entre sí. Y me gusta que ocurra con palabras, en una narración.
¿Empieza con imágenes pero continúa y acaba con una preponderancia de palabras? ¿Cómo se acopla ese maridaje a su creación? Hay una medida que no responde a proporciones concretas. Los principios de mis libros nunca resisten cuando los termino, los cambio. El capítulo uno, cuando comienzo, suele pasar a ser el segundo cuando he terminado.
He ahí la clave de la yuxtaposición. ¿Planifica obsesivamente? Pues no sé, quizá sí. Las líneas no son fijas, pueden volar en función de que se me aparezca una situación nueva, un personaje que se cuele, construyo de manera progresiva. Improviso, pero organizadamente, no sé si me explico.
Improvisa pero luego mete la tijera, ¿mucho? Sí, sí, sí. En esos trances espontáneos no dejan de aparecer inutilidades.
¿Es como escribir al revés? Escribir y aniquilar al tiempo. Obsesivamente, porque la espontaneidad te engaña. De repente se te ocurren cosas que te pueden parecer acertadas, incluso placenteras por impulso, pero que al final no encuentras manera de encajar. Cuando tratas de describir una situación intentas plasmar los máximos elementos posibles, pero al releer te das cuenta de que sobran varios: lo que flota, hay que hacerlo desaparecer.

Para mí la precisión es la verdadera fiesta, un cristal”
Un exterminador de frases. Un SS del lenguaje. Bueno, no aplico siempre esa solución, pero desconfío de esos arrebatos, de esas excitaciones.
¿No le asusta el fracaso de la precisión? No, para mí la precisión es la verdadera fiesta. Con ella podemos dar idea exacta de la tristeza y la felicidad. Es un cristal.
¿Por qué le obsesiona hallarla? ¿Encuentra demasiada confusión? Porque me encanta, por puro placer.
¿También como una forma de ver el mundo? ¿Una convicción estética, moral? Pues sí, es una especie de moral, de obligación también.
¿Puede llegar a torturarle? Cualquier placer puede tornarse fácilmente en dolor, lleva su parte.
¿Por qué le dio por escribir un libro sobre la guerra de 1914 cuando iban a aparecer toneladas de ellos? Por azar, fue un accidente. Un día me encontré con unos papeles de familia, el testimonio de un soldado, pariente de mis padres, que leí por curiosidad. A través de ellos comprendí mucho mejor un buen número de cosas complejas. Empecé a interesarme por el asunto, pero sin la intención de acabar escribiendo un libro. Me adentré en el tema con lecturas de historia y novelas, memorias y partes de combatientes, cartas… Pero se trataba de una obsesión personal, no un proyecto. Un buen día, comencé a escribir algo y justamente me di cuenta de que se trataba de un gran acontecimiento sobre el que yo podía intentar algo sencillo a base de detalles pertinentes.
Es que al ver que no llega ni a cien páginas, es fácil pensar de entrada: aquí llega el señor Echenoz a mostrarnos que los asuntos más descomunales pueden resumirse en algo fundamental. Pues, sí. Un texto breve que se aleja de la óptica de un historiador para darle voz a un soldado raso.
¿En qué aspectos no hemos progresado nada en Europa desde aquella época? La guerra de 1914 es la primera guerra industrial, la primera barbarie de masas y técnica. Por más que nos sofistiquemos, el salvajismo siempre nos va a circundar.
Dice Ken Follet en su trilogía sobre el siglo XX de más de 3.500 páginas que algo hemos mejorado. Ah, ¿sí? Pues yo no estoy seguro. No lo creo, de verdad. No es que deba meterme en debates históricos ni filosóficos, pero es que no creo que estemos mejor, en absoluto. El nacionalismo persiste, por ejemplo.
Tampoco hemos aniquilado algunos de los virus que dieron lugar a la II Guerra Mundial, con el ascenso del populismo en Europa. Es que, aunque muchos traten de sugerir que no tiene que ver, la historia se repite de la misma manera.
Y en Francia, concretamente, ¿cómo es posible que la historia pueda repetirse con un personaje como Marine Le Pen? Eso requiere ser un experto en sociología francesa, y yo no me siento capaz de entenderlo.
Pues pasemos a la precisión, en eso sí que es un experto.Deprimente. Una depresión que llega del miedo, pero tampoco es algo específicamente francés. Me aburre hablar de la Francia actual, no le veo sentido a hacerlo porque no encuentro que pueda aportar nada útil. Pero no creo que debamos aislarlo del resto de Europa. El ascenso de esos extremismos ocurre en todo el continente, menos en España.

Jean Echenoz


El escritor Jean Echenoz. / ANTONIO ESPEJO
Orange, 1947. Hijo de un psiquiatra, criado en un ambiente cultural rico, con abuelos aficionados al piano y sociólogo de formación, comenzó a colaborar con el diario L’Humanité antes de lanzarse a su carrera literaria. Su primer libro, El meridiano de Greenwich, apareció en 1979. Desde entonces, ha publicado 15 novelas, entre las que destacan Me voy, Premio Goncourt en 1999, así como Cherokee, LagoAl pianoCorrerRavel Relámpagos. Estas tres últimas son novelas construidas en torno a tres biografías, la del músico francés, la del atleta checo Zátopek y la del ingeniero Nicola Tesla, y componen una trilogía. 14 es su última obra y aborda la I Guerra Mundial.
En España crece, pero al contrario. Lo que nos ocurre en Francia nos parece escalofriante porque no hemos vivido esa presencia directa de la extrema derecha tan cerca del poder, pero ahí los tenemos, en el país de los valores igualitarios, de la revolución. Muy deprimente.
Seguro que de ahí le pueden surgir muchos detalles nada ornamentales para simbolizar algo. ¿Buscaba eso en Emil Zátopek cuando escribió Correr, un símbolo algo inconsciente en contra del totalitarismo? No, tampoco. En ese libro quise involucrarme en un asunto que tenía que ver con un tema nada dominado por mí: el deporte. Y él me fascinó. No hay grandes libros sobre el atleta checo. Tuve que adentrarme en la prensa deportiva de la época.
¿No lo vio competir en YouTube? Hay vídeos. Pues no, pero lo vi en fotos, lo aprecié por crónicas. Él era un héroe deportivo, pero, además, me di cuenta de que fue un emblema político en la antigua Checoslovaquia, y eso me parecía que debía afectarle profundamente.
Pero también encarna la metáfora perfecta de quien huye de algo sin ser consciente exactamente de qué. También. Pero las metáforas van adhiriéndose después a la idea inicial de lo que trabajo. Son un efecto posterior que, sin duda, enriquece todo.
¿Le despistan mucho las reacciones de sus lectores? Bueno, son consecuencias que no puedo controlar. Las ideas crecen. De la forma o de un contenido aparentemente extraño se derivan conclusiones políticas o artísticas o sociológicas muchas veces imprevistas, de las que puedes quizá sospechar, pero no siempre.
Algunas respuestas le parecerán cómicas, imprevistas…Cada lector es un mundo y escribe dentro de sí su propio libro. A mí me interesa eso. Tiene todo el derecho de hacerlo suyo, me resulta algo genial. Lo malo es cuando cambian detalles objetivos, hasta el sexo de los personajes, aunque me fascina que los libros puedan convertirse o adaptarse o transmutarse en lecturas imprevisibles dependiendo de la experiencia que les aplican quienes los leen.
¿Lo artesanal precede en gran medida a lo creativo en su caso? Desde luego, y me encanta preparar bien mis historias previamente, como un mismo proceso de la escritura. La preparación es fascinante. Aunque sea incluso inconsciente de partida, como me ocurrió con 14.
Los procesos de la escritura se diferencian claramente. ¿La preparación puede resultar tan apasionantemente creativa como la redacción misma? Sí, por qué no. Aunque hay veces que he comenzado directamente a redactar los libros. Para Ravel, siempre tuve en mente la primera escena. Me parecía evidente que debía comenzar de una determinada manera. Sabes qué quieres decir, además, pero no cómo. Después empecé a prepararla.
Insisto en que encuentro más propios de usted a músicos como Eric Satie o Debussy, si quiere, que a Ravel. Viene de infancia. Lo admiro desde niño. Sobre todo su obra para piano, también me fascina Stravinski.
¿Qué une la estructura musical a la literaria? ¿Encuentra conexiones pese a tratarse de lenguajes diferentes? Bueno, yo trabajo mucho el sonido de los textos. No puedo controlar eso demasiado en el proceso de las traducciones, aunque en algunos idiomas sé que suenan igualmente bien. Encuentro muchas equivalencias, pero ante todo trabajo profundamente esa faceta.
¿Sigue mucho el panorama literario francés del presente?Sí, sí. Lo encuentro muy vivo.
¿Y arriesgado? Puede ser, en referencia a otros países europeos, puede ser, pero no con respecto a otros momentos. Nos ocurre de manera cíclica, pero no permanente. En cuanto a las preocupaciones de forma, el ciclo se da cada 30 años, más o menos. A finales de los sesenta, principios de los setenta, comenzó una corriente más teórica, más reflexiva que descriptiva. Ahora nos deslizamos en varias corrientes.
Sí, pero incluso las más atrevidas buscan el reconocimiento de un público amplio. ¿Puede que sea eso lo que marca hoy la diferencia con generaciones precedentes? ¿Un riesgo que no espante al público, sino que lo integre? En mí siempre ha primado el deseo de ser legible y de provocar un amplio entendimiento y acogida. No me gustan las posiciones cerradas en ese sentido. En la literatura debe primar ante todo el placer del lector.

La Francia de hoy con la extrema derecha
es deprimente”
O al menos no mostrar soberbia. Estar en el mundo y sentir que comunicas ese deseo de reflejarlo, sin que ello haga desmerecer a las vanguardias que emprenden búsquedas insólitas.
¿Qué lee? De todo, aunque poca poesía.
¿Qué busca en el cine? Voy ya muy poco, me conformo o me sirve la formación clásica que he tenido durante años. El cine de hoy no me produce la ansiedad devoradora que tenía hace 30 años. Quizá entonces, además de placer, buscaba en él verdades reveladoras. Ahora sólo me conformo con lo primero, noto mucho la diferencia en ese sentido.
¿Qué escucha? Schubert.
¿Sólo? A Schubert y al resto, pero son eso, el resto.
¿Cómo es su vida? ¿Ermitaña? Bueno, no tanto. Aunque salgo poco. No es que me aleje de mi barrio, el distrito nueve, por Pigalle, y huyo de los círculos literarios.
¿Le da alergia el París más alejado del aroma antiguo? ¿Cómo definiría su barrio? Un barrio normal, con su mercado, sus puestos de siempre, previsible. Para quienes no viven ahí alienta una imagen romántica que quienes residimos allí no sentimos. Tiene una arquitectura…
Ya, ya, la arquitectura podemos conocerla, pero lo que interesa es la vida, perdone. Normal, previsible, me sienta bien orgánicamente.
¿Es usted lo que podríamos definir como un parisiense medio? Ni idea, tampoco me veo tópico. Me guío por impulsos sencillos. Disfruto de mi vida con mi mujer, de mis nietos, ahora. La previsibilidad en el aspecto personal me lleva a escribir con calma de temas ardientes como el amor, también, algo que por más que lo quieras esquivar, aparece en todas las novelas del mundo. Se presenta ahí, sin discusión, y debes explorarlo aunque sea manido.
¿Busca incesantemente la originalidad? ¿Le da miedo no llegar a ella o prefiere mostrarse auténtico antes que original? Para mí, es lo mismo. Cada forma específica tratamos de que parezca auténtica, se unen indefectiblemente, y eso conforma la voz personal.
¿Cree haber encontrado una voz insólita? Es el trabajo el que la va perfilando, un cometido que no termina jamás en ese sentido, que va armándose por eliminación de ciertos elementos, por conveniencia de otros. No es algo evidente, que te llega dado, debes ir buscándola cada día.

viernes, 11 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Echenoz en familia". Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":
 8 OCT 2013

Es posible que de todos los libros de Emmanuel Bove —tan reivindicado estos días por jóvenes críticos franceses— el mejor sea Mis amigos,novela tocada por la aniquilación del sentido de la vida que siguió a la Gran Guerra del 14.
Como toda su generación —la del primer gran conflicto bélico moderno, léase masificado, industrial—, Emmanuel Bove (1898-1945) vio a los seres humanos convertidos en piezas, objetos, trozos de carne. Y experimentó un tipo de soledad nueva —digamos que contemporánea—, no conocida hasta entonces. Quizás eso hizo más memorable al héroe de Mis amigos: el joven Bâton, un insolvente que nos va mostrando con insistencia minuciosa y detallada (esa minuciosidad la heredaría después Peter Handke) la miseria de su vida.
La historia de fondo del libro de Bove es la de una Europa destruida que no solo no atisba un proceso de reconstrucción, sino que vive a la espera del golpe de gracia.
“Mi propio nombre, en mi boca, me produce siempre una impresión extraña”, dice Bâton. Y hoy percibimos que este joven perdido era heredero del héroe de Hambre, de Knut Hamsun, y prefiguraba a los vagabundos de Beckett.
Es raro el destino de algunos autores. A Bove le ocurre como a Marcel Schwob, o como a Walser, con los que está unido por lazos literarios de familia: son escritores que cambian la historia de la narrativa contemporánea, pero no se habla mucho de ellos; alcanzan mayor renombre aquellos que vinieron después y supieron captar sus lecciones.
Tal vez por eso, nos gustaría algún día poder leer un Diccionario razonado de los escritores ocultos que modificaron la historia de la literatura.
He pensado en Bove mientras leía 14 (Anagrama), la novela en 15 breves capítulos de un Jean Echenoz en estado de gran plenitud creativa. Como también pensé en Bove cuando creí descubrir la herencia de su sobrio estilo nada menos que en la contracubierta de la novela de Echenoz en Éditions de Minuit: “Cinco hombres se van a la guerra, una mujer espera el regreso de dos de ellos. Falta saber si volverán. Cuándo. Y en qué estado”.
14 contiene una breve pero densa meditación sobre el destino de las generaciones. Si otros novelistas necesitan centenares de páginas para contarnos cómo se destruye el mundo, a Echenoz le han bastado 15 breves capítulos para dejarnos dolorosamente alucinados ante la gran carnicería del 14.
Al terminar el libro elegante y brutal, angustiado todavía por “la guerra leída”, se apoderó de mí una comprensible ansia de huir de mi terror y viajar a tierras felices. Y fue curioso entonces ver cómo poco después descubría que Robert Walser rechazó en Berlín una oferta para trabajar en la administración colonial de la feliz Samoa; la rechazó por temor a que, una vez en la rada de Apia, alguien le nombrara al plomizo aventurero Otto von Kotzebue.
Qué divertido era Walser. No fue a Samoa para esquivar el recuerdo del descubridor alemán de los Mares del Sur. Y es que Von Kotzebue era un ultraplasta escritor que legó a la posteridad sus obras completas, todas encuadernadas en piel de becerro, a cual más vomitiva y espesa, y con cuya lectura Walser palidecía siempre.
Creo que si uno se vuelve insistente y minucioso, ve que en novelas de Walser como El bandido hay fragmentos que parecen directamente extraídos de 14 de Echenoz: “Fue poco antes de que estallara nuestra Gran Guerra, que aún no hemos olvidado, y esos jóvenes caballeros…”.
Y también creo que, de existir ese Diccionario razonado de los escritores ocultos que modificaron la historia de la literatura, este no pasaría por alto el aire de familia que, salvo con el monstruoso Kotzebue, enlaza a Echenoz con los autores nombrados en este artículo, incluido desde luego Walser, el “bonachón suizo” cuya escritura siempre nos han dicho que no modificó nada, aunque seguro que lo dicen para ocultarnos que lo cambió todo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor Jean Echenoz, sobre su novela "14"

Jean Echenoz, fotografiado en una lavandería cercana a su casa, en el distrito IX de París. /DANIEL MORDZINSKI ("El país")

   En "El País":

Jean Echenoz: “Hay que evitar a toda costa ser tu propia parodia”

Con la breve pero estremecedora novela ‘14’, llena de su habitual prosa minimalista e incisiva, el autor francés ganador del premio Goncourt regresa al pasado y bucea en la gran carnicería de la Primera Guerra Mundial

 París 20 SEP 2013

Escritor exquisito y eremita, Jean Echenoz (Orange, 1947) es quizá uno de los últimos artesanos de la novela contemporánea. Aunque se instaló en París en 1970, nunca ha frecuentado los salones literarios ni los estudios de televisión, apenas pontifica en tertulias o periódicos, se declara un “pésimo pensador político”, y pasa la vida en un piso modesto y ordenado, lleno de libros y fotos, y más bohemio que burgués, situado en el distrito nueve de París, a tiro de piedra de los locales falsamente canallas de Pigalle, barrio mestizo y borrachín que vio tiempos mejores.
El sello de Echenoz es su escritura: minimalista, incisiva y delicada, tiene la virtud de la brevedad, y esconde tras una capa de descuidada ligereza un gusto por el fogonazo insólito que recuerda a Augusto Monterroso y una fibra de melancolía decimonónica —Flaubert es su pasión— punteada por una irresistible ironía, por un humor sombrío y gamberro y por unas certeras descripciones.
Desde la incómoda silla de madera en la que escribe —“¡por eso mis libros son tan cortos!”, bromea—, Echenoz va decantando palabra por palabra sus novelas, marcadas por su obsesiva devoción por la documentación y por una imaginación de viajero romántico, y tal vez por pura envidia o por necesidad vital suele colocar a sus personajes en momentos de cambio, o hacerlos vagar por el mundo sin una meta clara.
Tras ganar el Goncourt en 1999 con Me voy —“el premio me vino de lujo, porque estaba completamente tieso”, recuerda mientras enciende un pitillo inglés—, Echenoz fue abandonando poco a poco la exploración geográfica del presente para bucear en algunas vidas ejemplares del pasado y escribió tres celebradas ficciones sobre el músico Maurice Ravel (Ravel), el atleta checo Émil Zatopek (Correr) y el inventor Nikola Tesla (Relámpagos).
Lo último que ha escrito y publicado es lo que él llama su “aproximación a la gran carnicería”, a la I Guerra Mundial. Titulada 14, por el año en que empezó el conflicto, aunque algún crítico ha apuntado que este es también su libro número 14, la novela, que publica ahora Anagrama en español, cuenta en apenas 100 páginas el estupor, el dolor y la transformación que genera en cinco amigos de provincias la repentina llegada a Francia, el sábado 1 de agosto de 1914, de “la primera guerra industrial”, o como dice la novela, de “aquella sórdida y apestosa ópera”.

Bibliogr

El relato de Echenoz, siempre sobrio, a ratos burlón y nada complaciente, arranca con un bucólico paseo en bicicleta del protagonista, Anthime, y enumera los gestos y las rutinas que la guerra cambiará de un día para otro.
Pregunta. ¿Qué le empujó a escribir sobre la I Guerra Mundial?
Respuesta. Como me pasa a menudo, un azar. Nunca pensé escribir sobre esa guerra. Pero un día se murió un pariente de mi mujer y apareció el diario de su tío abuelo, que estuvo movilizado desde el primer día hasta 1919, un año después del final de la guerra. Era un diario muy púdico, parecía escrito para el censor. Lo leí y lo transcribí, aunque sin intención de escribir sobre él. Poco a poco empecé a interesarme por la guerra, me puse a investigar, leí a varios autores alemanes y franceses que habían combatido, y decidí reconstruirla mezclando lo que aprendí y lo que imaginé.
P. ¿Por qué Nantes?
R. Esa región fue una de las más tocadas, y además una parte de mi familia nació allí. Durante mi infancia, los excombatientes hablaban muy poco de aquella guerra. Yo nací en el 47, y la guerra del 14 siempre me pareció muy lejana. Se hablaba mucho de la Segunda pero muy poco de la Primera. Eso fue cambiando, y ahora la presencia del horror de la Primera se siente mucho más. Nos damos cuenta de su verdadera dimensión, sabemos que fue la primera guerra industrial, la peor carnicería de la historia, el momento en el que irrumpe el armamento moderno, la aviación, el gas… Es la guerra que cambió la historia de las guerras.
P. ¿El hecho de escribir sobre hechos ocurridos hace un siglo le obligó a modificar su escritura, su lenguaje, su estilo?
R. No lo hice intencionadamente, pero una vez la terminé me di cuenta de que había cambiado. Muchas veces la manera de escribir la decide el tema que eliges. Y curiosamente este libro tiene frases más largas que los libros anteriores, hay más adjetivos y está construido de otra forma, seguramente porque para contar una historia así tienes que asumir una forma de ceguera… Sobre el lenguaje, hay palabras que no se pueden utilizar, y cometí un error que detecté al acabar: al citar la fábrica de zapatos, hablé de los tacones de aguja, que nacieron mucho más tarde.
P. La novela está llena de pequeños detalles sobre la rutina de la época. ¿De dónde los sacó?
R. De las lecturas y de las películas, sobre todo. Pero también de entrevistas. Como no sé hacer otra cosa que escribir, y es una actividad bastante solitaria, me gusta documentarme, buscar fotos, sonidos, papeles... En realidad es la fase que prefiero, es fantástica y estimulante. Trabajas pero no escribes, lo cual ayuda mucho a limpiar la conciencia. Así que salgo de casa y voy a bibliotecas, o a hablar con gente. Lo grabo y transcribo todo, aunque al final solo utilizo un dato, o dos adjetivos que alguien ha dicho...
P. Un trabajo artesanal…
R. Se parece mucho al trabajo del artesano, sí. No sé si escribir es un oficio, creo que es sobre todo un estado. O quizá sea un oficio especial. Cada vez que empiezo un libro es como si no hubiera escrito nada, se ve que no aprendo de lo que he hecho antes. Lo que intento es no repetirme, no utilizar frases que suenen demasiado como yo; hay que evitar a toda costa ser tu propia parodia.
P. Lleva varios años escribiendo sobre el pasado, pero siempre de cosas reales.
R. Todos mis libros parten de lo real porque me paso la vida mirando lo que pasa alrededor. Llevo varios años en el pasado, con Ravel, Zátopek y ahora la guerra. La sensación es que soy un ladrón que roba cosas aquí y allá y luego reconstruye. No tengo motivos para escribir de mi vida porque no tiene un interés especial.
P. ¿Forma parte de una generación determinada? ¿Lee a sus coetáneos?
R. Bueno, indudablemente hay escritores franceses de mi edad (risas). Aunque no los frecuento. Sí leo lo que se edita, sobre todo lo mi editor (Minuit), pero cada vez leo más clásicos y releo más. Flaubert, Proust, Joyce… A Flaubert lo podría releer indefinidamente.
P. Lleva en París más de 40 años. ¿Le gusta?
R. Siempre es dura y poco hospitalaria. Pero tengo una vida social muy limitada. Paso la mayor parte de mi vida aquí metido…
P. ¿Ha cambiado mucho Francia en este tiempo?
R. La miseria es cada vez más perceptible, y eso resulta muy inquietante. Manifiestamente, el estado social francés ha fracasado.

Bibliografía

  • 14 (2013)
  • Relámpagos (2011)
  • Correr (2010)
  • Ravel (2006)
  • Al piano (2003)
  • Me voy (1999)
  • Un año (1997)
  • Rubias peligrosas (1995)
  • Nosotros tres (1992)
  • Lago (1989)
  • La aventura malaya (1986)
  • Cherokee (1983)
  • El meridiano de Greenwich (1979)