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lunes, 21 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. CIENCIA. "Evolución para David". Francisco J. Ayala

   En "El País":

Evolución para David

'Materia' publica un adelanto del libro 'Evolución para David', del biólogo español Francisco J. Ayala, uno de los científicos españoles más prestigiosos del mundo




  • Recreación de la expansión de la materia oscura tras el Big Bang. / ILLUSTRIS (AP)

    Evolución significa cambio a través del tiempo. Hablamos a veces de la evolución de una persona; por ejemplo, la evolución de un niño a adulto o, con un sentido muy diferente, la evolución en la manera de pensar de un individuo que pasa de ser ateo a ser religioso. En el primer ejemplo, nos referimos a cambios biológicos, pero también a cambios de personalidad. Cuando hablamos de evolución en la manera de pensar nos referimos a cambios conductuales. Podemos usar el término evolución en muchos otros sentidos; por ejemplo, refiriéndonos a la evolución política de un país o a la evolución de los programas de estudios en las escuelas.
    En ciencia, David, el termino evolución se usa principalmente en biología para referirnos a la evolución de los organismos, es decir, a la historia de la vida sobre la Tierra. Pero se utiliza también en otros contextos, en particular en astronomía, refiriéndose al proceso por el cual las galaxias, estrellas y planetas se forman y cambian.
    Los astrónomos afirman que el universo se inició hace unos 15.000 millones de años en lo que llamamos el Big Bang o la Gran Explosión, estallido monumental que envió materia y energía en expansión en todas direcciones. A medida que el universo se expandía, la materia se distribuyó en galaxias, como nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. En dichas galaxias, la gravitación comprimió el material, que en muchos casos se condensó en estrellas, donde dieron lugar a reacciones nucleares. En el caso de nuestro Sol, gas y polvo se agregaron alrededor formando planetas muy pequeños, que en fases sucesivas se aglutinaron en los ocho planetas de nuestro sistema solar (o nueve, si incluimos a Plutón) y sus numerosos satélites.
    La edad de la Tierra se calcula en unos 4.540 millones de años. Las rocas más antiguas que se conocen, datadas hace 3.960 millones de años, se encuentran en el norte occidental de Canadá, aunque rocas encontradas en otros lugares, como Australia occidental, encierran cristales de circón de 4.300 millones de años, más antiguos que las propias rocas en que se encuentran. El origen de la vida en la Tierra ocurrió relativamente pronto, hace unos 4.000 millones de años. Se han encontrado organismos similares a las bacterias actuales que vivieron hace 3.500 millones de años.
    Piensa, David, que todas las especies que viven en la actualidad, cuyo número se calcula en más de 10 millones, proceden por evolución de aquellos primeros organismos. Las variaciones de organismos sobre la Tierra, prácticamente infinitas, son el fruto de la evolución. Todos los seres vivos estamos emparentados por descender de antepasados comunes. Los humanos y otros mamíferos descendemos de animales parecidos a las musarañas que vivieron hace más de 150 millones de años. Mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces compartimos ancestros con gusanos acuáticos que vivieron hace 600 millones de años; y todas las plantas y animales proceden de aquellos microorganismos parecidos a bacterias que se originaron hace unos 3.500 millones de años. Los linajes de los organismos cambian a lo largo de las generaciones.

    Todas las plantas y animales proceden de aquellos microorganismos parecidos a bacterias que se originaron hace unos 3.500 millones de años"
    La diversidad surge porque los linajes que descienden de antepasados comunes divergen con el tiempo a medida que se adaptan a diferentes ambientes. Durante más del 80% del tiempo trascurrido desde el origen de la vida, sólo existían sobre la Tierra organismos microscópicos unicelulares, es decir, consistentes en una sola célula. Hace 800 millones de años aparecieron los primeros  organismos multicelulares; y hace 700 millones, los primeros animales. Los vertebrados (animales con esqueleto) aparecieron hace cerca de 500 millones de años. Los mamíferos, hace 150 a 200 millones. Y el linaje de los primates, hace 60 millones. Los homínidos se separaron de los simios hace unos siete millones de años. Y nuestra especie, Homo sapiens, surgió en África tropical hace unos 150.000 años.
    Sí, es difícil pensar en miles de millones o cientos de millones de años y comparar su escala con cientos o miles de años. Para tener una idea aproximada, imagina la historia de la vida como si fuera la de un año. En esta simulación, la vida aparece sobre la Tierra el 1 de enero y hoy estamos a 31 de diciembre a las 24 horas. Los primeros organismos multicelulares aparecen sobre la Tierra el 4 de octubre. Los primeros vertebrados, el 29 de noviembre. Los mamíferos, el 15 de diciembre. Los primates, el 26 de diciembre. Los homínidos, el 31 de diciembre a mediodía. Homo sapiens, nuestra especie, aparece el 31 de diciembre a las 23:45. A esta escala, los humanos llevamos 15 minutos sobre la Tierra, Jesucristo vivió hace menos de 15 segundos y Colón descubrió América hace 4 segundos.

    ¿Y si resumimos la vida en la Tierra en un solo año?

    1 de enero. Empieza la vida en la Tierra.
    4 de octubre. Los primeros organismos multicelulares aparecen sobre la Tierra.
    29 de noviembre. Aparecen los primeros vertebrados.
    15 de diciembre. Aparecen los mamíferos.
    26 de diciembre. Aparecen los primates.
    31 de diciembre a mediodía. Aparecen los homínidos.
    31 de diciembre a las 23:45. Homo sapiens, nuestra especie, aparece
    El objetivo de este libro, querido David, es describir la evolución biológica y llamar tu atención hacia los fascinantes procesos que ocurren, las cuestiones que se plantean y las respuestas, más o menos definitivas, que podemos encontrar. Esbozaré nuestra naturaleza biológica, de dónde venimos y a dónde vamos; es decir, quiénes son nuestros antepasados animales y cuál es el futuro que nos espera como especie. A lo largo del libro nos enfrentaremos a cuestiones importantes, como por ejemplo: ¿hay contradicción entre la Biblia y la teoría de la evolución?, ¿de dónde vienen los valores morales: de la religión o de la evolución?, ¿cuál es el futuro biológico de la humanidad?, ¿es cierto que los científicos y médicos están prolongando la duración de la vida de las personas a pasos agigantados, de manera que quienes han nacido en los últimos 20 a 30 años vivirán hasta 100 años y más?
    La evolución biológica se refiere a la relación genealógica que existe entre los organismos, es decir, la idea de que todos los seres vivos descienden de antepasados comunes, y se distinguen cada vez más de sus antepasados cuanto más tiempo ha pasado entre unos y otros. Así, nuestros antecesores de hace 10 millones de años eran unos primates no muy diferentes a un chimpancé o un gorila, mientras que nuestros antepasados de hace 100 millones de años eran unos pequeños mamíferos remotamente semejantes a una ardilla o una rata, y los de hace 400 millones eran peces. Los científicos denominan anagénesis al proceso de cambio evolutivo a través de un linaje de descendencia.
    La evolución biológica implica, además de la anagénesis, el origen de nuevas especies, la cladogénesis o especiación, el proceso por el que una especie da lugar entre sus descendientes a dos especies diferentes. Los procesos de anagénesis y cladogénesis conducen a la diversificación creciente de las especies a través del tiempo, de manera que podemos suponer que las especies más semejantes entre sí descienden de un antepasado común más reciente que el antepasado común de especies que tienen mayores diferencias. De esta manera, los humanos y los chimpancés descienden de un antepasado común que vivió hace menos de 10 millones de años, mientras que para encontrar al último antepasado común de los humanos, los gatos y los elefantes hay que remontarse hasta hace más de 50 millones de años.
    La otra cara del proceso de diversificación es la extinción de las especies. Se calcula que más del 99,99% de todas las especies que existieron en el pasado han desaparecido sin dejar descendientes. Las especies actuales, que se calculan en unos 10 millones (aunque las descritas por los biólogos son menos de dos millones), son la diferencia que existe, a manera de saldo, entre la diversificación y la extinción.

    Durante más del 80% del tiempo trascurrido desde el origen de la vida, sólo existían sobre la Tierra organismos microscópicos unicelulares"
    En los capítulos de este libro, David, vamos a explorar cuestiones importantes sobre la evolución de la vida en la Tierra. Algunos capítulos tratarán cuestiones históricas. Otros presentarán datos que demuestran que la evolución ha ocurrido y cómo lo ha hecho. Habrá capítulos dedicados a las explicaciones teóricas que dan cuenta de los procesos evolutivos, profundizando en detalles particularmente importantes. Y habrá otros dedicados a cuestiones fundamentales de la vida humana, como el origen de los valores morales y si el cristianismo, o la religión en general, es compatible con la teoría de la evolución, que explica la existencia de los seres vivos, incluidos los humanos, como el resultado de procesos naturales. Los capítulos del libro se pueden leer, naturalmente, en el orden en que aparecen en el libro, pero están escritos de manera que puedan leerse de manera independiente.
    Francisco J. Ayala (Madrid, 1934) es profesor de Ciencias Biológicas en la Universidad de California en Irvine. Ha sido presidente de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, recibió en 2002 la Medalla Nacional de Ciencias y es doctor honoris causa por más de 20 universidades en diez país.
    Evolución para David está publicado por editorial Laetoli en colaboración con la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Próximamente estará en las librerías.

    jueves, 10 de diciembre de 2015

    PRENSA. ANTROPOLOGÍA. Entrevista al codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva

       En "El País":
    MICHAEL TOMASELLO | INVESTIGADOR DE LA NATURALEZA HUMANA

    “Para mejorar la sociedad no podemos obviar lo negativo de nuestra biología”

    El codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva señala que rasgos como la desconfianza en los extranjeros son fruto de nuestra historia evolutiva


    Michael Tomasello, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid /CARLOS ROSILLO

    Desde que existimos, los humanos nos hemos sentido especiales. Durante milenios mantuvimos la ilusión de que éramos el centro de la creación, de que la Tierra se encontraba en el centro del universo, de que nuestra naturaleza no tenía nada que ver con el resto de los animales. Casi siempre, nos separamos incluso del resto de los de nuestra especie, llegando a inventar dioses omnipotentes que habían elegido nuestro pueblo entre todos los de la Tierra. Los científicos, sin embargo, aguaron la fiesta. Los astrónomos nos colocaron en los suburbios de una galaxia entre millones y los biólogos nos enseñaron lo mucho que nos parecemos a los otros animales.
    El hecho es que, pese a la cura de humildad de los últimos tiempos, los humanos somos unos animales diferentes, capaces de colonizar en pocos milenios todos los rincones del planeta y con un talento inédito en bichos de nuestro tamaño para crecer y multiplicarnos. Esta semana, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, se reunieron los principales investigadores del mundo sobre cognición y cultura en el contexto evolutivo. Puesto de una manera más simple, científicos que indagan sobre qué nos hace humanos.

    Nuestra capacidad para cooperar surgió en pequeños grupos y por eso desconfiamos de los extraños
    Michael Tomasello (1950, Bartow, Florida, EE UU) es uno de estos investigadores. Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, ha trabajando con chimpancés, nuestros parientes animales vivos más cercanos, y bebés, en busca de algunos rasgos que hacen especiales a los sapiens y ha llegado a la conclusión de que es nuestra capacidad para cooperar y conectar nuestras mentes lo que nos separa de otros animales. Algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros de nuestra casa o compartir valores.
    Pregunta. Dice que una de las particularidades que nos hace humanos es nuestra capacidad para cooperar poniendo juntas nuestras cabezas. ¿Cuándo sucedió y por qué?
    Respuesta. Nuestra hipótesis es que, hace alrededor de medio millón de años, hubo una gran explosión de poblaciones de monos que les estaban robando la comida a los humanos. En esa situación, tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para conseguir alimentos, como los antílopes, fuera del alcance de los monos. En esa situación, si no podías colaborar, no podías sobrevivir, así que había presión para colaborar.

    Todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos
    Ese es el paso uno. Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo: tú haces una actividad y yo hago otra, y ahora dependemos mutuamente, especialmente cuando hay competición con otros grupos o guerras. A partir de ahí necesario que unamos nuestras cabezas para sobrevivir. Este proceso comienza hace medio millón de años y avanza hasta la aparición de la cultura hace 150.000 años.
    P. ¿Somo altruistas o egoístas por naturaleza?
    R. A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación. Pero hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad. Esto se puede ver en las relaciones europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Algunas herramientas como el euro han hecho interdependientes a diferentes naciones y eso lleva a que se traten entre ellas con mayor justicia.
    P. Muchas de las personas con más éxito de la sociedad son muy buenas organizando a los demás para que cooperen en su propio beneficio, pero no se preocupan demasiado por tratarlos con justicia
    R. Eso puede suceder, sí, pero creo que otra forma de pensar sobre ello es fijarte en como tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia. Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no.
    P. ¿Por qué hay gente encantadora con su familia o incluso con la gente de su país, pero despiadada con los que están fuera de ese círculo?
    R. Puedes considerarlo un hecho desafortunado, pero nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro del grupo. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos, y no confiábamos en otros grupos, no podíamos entender su idioma... Es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología, las diferencias de trato a los miembros del grupo y a los que no lo son. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, puede que no nos guste, pero lo es, y no tienes que ir muy lejos para encontrar pruebas de que es así. Si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.
    Las normas sociales pueden cambiar muy rápido. Yo crecí en el sur de EE UU, en lo que básicamente era una situación de apartheid, donde los afroamericanos tenían peores casas o peores escuelas. Todo el mundo vivía con ello, pero de repente, los negros empezaron a protestar y a decir que no iban a aceptar más esa situación. Los blancos, que no habían sido racistas, pero sí complacientes, aceptando la situación como si fuese normal, vieron que no estaba bien. Y las normas sociales cambiaron muy rápido. Por supuesto aún hay vestigios de racismo, pero no puedes utilizar determinadas palabras en público, no puedes discriminar a la hora de ofrecer oportunidades de alojamiento o trabajos... Creo que incluso en casos en los que tenemos un sesgo evolutivo, trabajando en otra dirección se pueden cambiar las normas sociales relativamente rápido.
    P. ¿Ha cambiado la forma de relacionarse con los otros desde la aparición de la agricultura y de la civilización?
    R. Sí. Lo que sucede es que antes de la agricultura solo existían grupos de cazadores recolectores. Eran bastante igualitarios, no había muchas posesiones privadas, se compartía todo. Con la agricultura, y Marx fue el gran analista de esta situación, se produce una acumulación de recursos que no existía antes. En un grupo de cazadores recolectores, una de las razones por las que todo el mundo comparte es porque no puedes guardar, no hay frigoríficos. Cuando hay un animal muerto te lo tienes que comer en 48 horas o se echará a perder. Cuando llega la agricultura, puedes acumular grano y lo tienes que proteger con armas. En el análisis de Marx se dice que si tengo mucho grano, ese grano va a estar ahí durante un largo periodo de tiempo, y tú que no tienes grano, lo único que tienes es tu trabajo, así que digo, bueno, abrillanta mis zapatos y te daré algo de grano. Se construyen estas relaciones de poder sobre el hecho de que algunas personas controlan los recursos que aparecen con la agricultura y se complica la situación.
    P. ¿Cómo podemos mejorar la cooperación después de esos cambios?
    R. Nuestras capacidades de cooperación evolucionaron para una vida en pequeños grupos. Con la agricultura, mucha gente llegó a por comida a las ciudades y se crearon entornos multiculturales. Adaptarse a la nueva situación es duro. Podría decir que todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos. Muchos de los grandes problemas en el mundo hoy son fruto del colonialismo, en el que los europeos dibujaron círculos en los que introdujeron a gente dentro de un mismo país que tenían un gran historial de odio mutuo.
    P. ¿Les preguntan los políticos sobre cómo resolver este tipo de conflictos?
    R. No hacemos eso en mi instituto, pero si hemos averiguado cosas que pueden ayudar. Sabemos que si trabajamos juntos para producir los recursos, tenemos la tendencia a repartirlos con justicia. Esto es algo que incluso los niños de tres años lo tienen muy integrado.
    Que biológicamente seamos de una forma no significa que no podamos cambiar, solo que tenemos que trabajar duro para cambiarlo y que es necesario cambiar normas sociales y percepciones. Si vas a construir una sociedad mejor, tienes que tener en cuenta que hay mucha gente que no confía en los extranjeros o los de fuera del grupo, y no puedes descartar sin más ese hecho. Es un fenómeno real y lo tienes que tener en cuenta, poniendo un esfuerzo extra para que la gente se conozca mejor, que trabajen juntos...
    Yo crecí en los sesenta en EE UU, y había muchas comunas de jipis y era una gran idea. Yo no participé en ellas durante mucho tiempo, pero las conocí de cerca. La mayor parte de ellas fracasaron, y esto se puede aplicar al comunismo en general, porque tenían una visión demasiado optimista de la naturaleza humana, sobre la posibilidad de que todos trabajemos duro y compartamos nuestros recursos. Cuando el tipo de al lado no hace nada y tiene lo mismo que nosotros, nos molesta. Es un hecho sobre la naturaleza humana que muchas comunas no tuvieron en cuenta: que hay que hacer algo sobre los aprovechados. Ellos tienen que sufrir alguna desventaja o la gente no seguirá trabajando. Hay diferencias individuales, también tenemos santos y los santos no piensan así, pero la gente normal sí, y lo vemos desde un momento muy temprano de la infancia, así que cualquier planificación social que hagamos tiene que tomar eso en cuenta. Mejorar la sociedad implica no obviar los aspectos negativos de nuestra biología.

    viernes, 22 de mayo de 2015

    PRENSA CULTURAL. "Las herramientas de piedra más antiguas no son humanas"

       En "El País":

    Las herramientas de piedra más antiguas no son humanas

    Unos 150 artefactos de piedra han sido datados en 3,3 millones de años atrás, unos 700.000 años antes de la aparición de nuestro género


    Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra. / MPK-WTAP


    Una de las teorías clave sobre el pasado de nuestra especie, la que atribuye la primera cultura de la piedra a la evolución del género Homo, necesita una revisión a fondo. Unos 150 artefactos de piedra recién descubiertos en Kenia han sido datados en 3,3 millones de años atrás, unos 700.000 años antes de la aparición de nuestro género. Como las herramientas no han aparecido junto a restos fósiles, la identidad de su autor se desconoce, pero el único homínido que andaba por allí en la época era el horrísono Kenyanthropus platyops, una enigmática mezcla con rasgos de australopiteco y humano moderno.
    El cuadro de la evolución humana es bastante simple a grandes rasgos: nuestro linaje y el de los chimpancés se separaron hace seis millones de años; luego se suceden, coexisten y se extinguen varias especies de australopitecos; y finalmente, hace unos 2,5 millones de años, aparecen los nuestros, el género Homo, con un cráneo más grande y unos fósiles asociados a las primeras herramientas de piedra tallada. O eso se creía.
    Las arqueólogas Sonia Harmand, Hélène Roche y sus colegas de Francia, Kenia y Estados Unidos presentan en el artículo principal de Nature los hallazgos del Proyecto Arqueológico del Oeste de Turkana(WTAP en sus siglas inglesas), que comenzó en 2011 a explorar y excavar el Lomekwi de la formación de Nachukui, al oeste del lago Turkana, norte de Kenia, en busca de evidencias de las primeras industrias líticas de nuestros ancestros. Allí han encontrado lo que denominan Lomekwi 3, un sitio arqueológico datado en 3,3 millones de años con 150 artefactos de piedra. El fósil de Homo más antiguo está datado en 2,3 millones de años.
    Los desconocidos fabricantes de las herramientas de Lomekwi 3 no tenían un estilo tan depurado como el de los posteriores Homo. Según Harmand y sus colegas, tenían un “entendimiento en desarrollo de las propiedades de fractura de la piedra”. Estas herramientas aportan así un cierto alivio gradualista a lo que parecía hasta ahora un suceso algo brusco en las escalas de los paleontólogos. De modo similar a la forma en que Kenyanthropus platyops, con rasgos intermedios entre austrolopiteco y Homo, aporta un respiro parsimonioso a la de otro modo súbita aparición del género Homo.

    Los autores de las herramientas tenían un “entendimiento en desarrollo de las propiedades de fractura de la piedra”
    “La premisa”, dicen Harmand y sus colegas, “era que solo nuestro linaje, el género Homo, había dado el salto cognitivo de golpear una piedra contra otra para desprender lascas, y que ese había sido el fundamento de nuestro éxito evolutivo”. Ese modelo se acababa de redondear con el cambio climático que, hace unos 2,5 millones de años, extendió por el este de África las praderas de la sabana. Los nuevos hallazgos restan simplicidad y rotundidad a esa teoría, porque el “salto cognitivo” llegó 700.000 años antes que las sabanas y el género Homo.
    El repertorio lítico prehumano (o pre-Homo) hallado en Lomekwi 3 incluye 83 núcleos líticos (la piedra de la que se extraen las lascas), 35 lascas, siete posibles yunques (la piedra de superficie plana que sirve de apoyo para el trabajo), siete percutores (o martillos para golpear el núcleo lítico) y otras piezas de interpretación más ambigua. No hay signos de la técnica más refinada de los posteriores Homo, que sujetaban el núcleo lítico con una mano mientras la golpeaban con la otra. El control de la muñeca de los prehumanos de Lomekwi 3 era solo relativo.
    Pero incluso esa técnica lítica limitada debió exigir, según Harmand, “un control sustancial del control motor de la mano, y por tanto la expansión o reorganización de varias regiones del córtex cerebral”. Entre ellas, por todo lo que saben los neurólogos, el córtex somatosensorial (que procesa las señales táctiles que le llegan de los dedos), el visual, el promotor (que planea las acciones de la mano) y el motor (que las ejecuta), además del cerebelo, ocupado de aprender los procedimientos que requieren ejecutar unas acciones en un orden determinado.
    El Homo ha perdido la exclusiva del diseño de herramientas. Quizá esto sea malo para nuestro orgullo de género, pero seguramente fue bueno para la industria lítica, que pudo así perfeccionar lo anterior en lugar de inventarse todo de golpe.

    sábado, 16 de mayo de 2015

    PRENSA CULTURAL. CIENCIA. "El alucinante hombre de Altamura"

       En "El País":

    El alucinante hombre de Altamura

    Tras 20 años de olvido, un equipo científico recupera para la ciencia uno de los restos neandertales más espectaculares del mundo


    Imagen invertida del hombre de Altamura. En la cueva, el cráneo está boca arriba /MINISTERO DEI BENI E DELLE ATTIVITÀ CULTURALI E DEL TURISMO-SOPRINTENDENZA ARCHEOLOGIA DELLA PUGLIA


    Sólo un puñado de personas en todo el mundo ha tenido el privilegio de mirarle cara a cara. En 1993, un equipo de espeleólogos buscaba nuevas cuevas cerca de Altamura, una ciudad de unos 70.000 habitantes en el sur de Italia, muy cerca del tacón de la bota que forma la península. Tras bajar por una chimenea vertical de unos 15 metros encontraron tres pasillos. El del centro tenía unos 20 metros de largo. Cuando entraron, las lámparas de carburo iluminaron las paredes cubiertas de huesos de animales atrapados entre estalactitas y estalagmitas. Al final del pasillo había una pequeña cámara donde, desde una columna de material calcáreo, los exploradores descubrieron la alucinante calavera del hombre de Altamura, uno de los fósiles humanos más espectaculares del mundo.
    Los científicos que bajaron a la cueva siguiendo a los espeleólogos tomaron algunas fotografías, vídeos y describieron sucintamente el hallazgo. Probablemente, dijeron, se trataba de un hombre adulto que cayó a un pozo en el que había multitud de animales muertos. Sobrevivió a la caída, pero quedó paralizado y acabó muriéndose de hambre. No sabían de qué especie era ni tampoco cuándo vivió. Sí comprobaron que bajo el cráneo, también sepultados en una tumba de mineral, había muchos otros huesos del mismo individuo, imposibles de sacar sin dañar el extrañísimo conjunto.

    Creemos que es el esqueleto más completo y antiguo de un neandertal
    Poco después el hombre de Altamura se convirtió en un “monumento intocable”. Las autoridades locales y regionales decidieron restringir la entrada a la cueva de Lamalunga y el excepcional hallazgo cayó en el más injusto de los olvidos, recuerda Giorgio Manzi, investigador de la Universidad de Roma La Sapienza. Ahora, más de 20 años después del descubrimiento, este paleoantropólogo italiano lidera un nuevo proyecto científico para intentar averiguar quién era el hombre de Altamura.
    Manzi y otros investigadores han vuelto a bajar a la cueva y, con la ayuda de un brazo robótico, han extraído un pequeño fragmento del omóplato del homínido. David Caramelli, experto en genética de la Universidad de Florencia y colaborador de Manzi, perforó el hueso con un taladro y envió un poco de polvo a su amigo Carles Lalueza-Fox. Este paleoantropólogo español había sido uno de los expertos capaces de secuenciar el genoma del neandertal y ahora debía intentar extraer algo de ADN de este fósil. Era un más difícil todavía pues, a juzgar por las pocas fotos y vídeos grabados del cráneo, este humano podía tener hasta 400.000 años, una eternidad que suele aniquilar todo rastro de material genético. Mientras, otro equipo de Australia analizó una de las pequeñas formaciones calcáreas que había encima del hueso para intentar datarlo.


    Extracción del fragmento de omóplato /MINISTERO DEI BENI E DELLE ATTIVITÀ CULTURALI E DEL TURISMO-SOPRINTENDENZA ARCHEOLOGIA DELLA PUGLIA
    Los resultados, publicados recientemente en el Journal of Human Evolution, arrojan unos resultados espectaculares. El hombre de Altamura vivió hace entre 130.000 y 172.000 años y su ADN demuestra que sin duda era un neandertal. “Creemos que es el esqueleto más completo y antiguo de un neandertal y además se trata del ADN más antiguo de esta especie que se ha obtenido nunca”, resalta Caramelli. La cueva ha actuado como una cápsula del tiempo, aunque aún no se sabe si podrá rescatarse suficiente ADN como para responder todas las preguntas que quedan abiertas.
    La resurrección científica del hombre de Altamura también ha removido la cuestión de qué hacer con este tipo de hallazgos. Un océano de tiempo y el goteo lento del agua han cubierto parte del cráneo y el resto del esqueleto con pequeñas formaciones calcáreas en forma de coral hasta convertirlo en un ejemplar único. Los científicos creen que si se sacan los restos pueden responder muchas más preguntas sobre los neandertales, una especie tan cercana a la nuestra que llegamos a tener hijos fértiles con ellos antes de que se extinguieran, hace unos 30.000 años. Pero para hacerlo deben destruir parte del conjunto.

    Un caso complejo

    Manzi reconoce que hay políticos regionales y locales y también parte de la sociedad que siguen viendo al hombre de Altamura como un monumento y apoyan dejarlo tal y como está. A su equipo le interesa sobre todo el cráneo, que, por su antigüedad y conservación, es único en Europa. Pero para estudiarlo habría que extraerlo de la gran columna de calcita en la que está sepultado y después eliminar los bultos que lo recubren con un vibroincisor, un martillo hidráulico en miniatura que hay que manejar con destreza para no dañar el fósil y que no limpia del todo las impurezas, explica Antonio Rosas, experto en neandertales del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC). Para este experto, que también ha participado en el rescate de fósiles de neandertales asturianos para la secuenciación del genoma neandertal, “si se saca este fósil dejará de ser único” para convertirse en “un neandertal más”.
    Los coordinadores científicos del proyecto no tienen dudas. “El único modo de conocer bien los restos es estudiarlos y para hacerlo hay que sacarlos”, resume Manzi. “Es posible extraer los huesos sin destruirlos, si no nos arriesgamos a pasar otros 20 años sin que la comunidad científica pueda estudiar estos restos y, peor aún, la cueva podría quedar cerrada por movimientos de tierra y los perderíamos para siempre”, expone Caramelli. La opción de convertir el yacimiento en un museo es imposible, dada su inaccesibilidad, por eso quieren sacar parte de los huesos y exhibirlos en un centro especializado en la misma Altamura.
    Manzi y Caramelli ya tienen un plan detallado para estudiar el estado de conservación y microclima de la cueva y después extraer parte de los fósiles, siempre con el permiso de las autoridades locales y de la región de Puglia. No será antes de un año y quizás se tarden dos o más, pero es viable, dice Manzi. Al fin y al cabo, señala, el trabajo no es tan difícil como el que ya se ha hecho en Sudáfrica para rescatar a Little Foot, un fósil engastado en roca más dura que hace apenas unas semanas puso patas arriba el árbol genealógico de todos los humanos.

    Un tesoro difícil de rescatar

    "Sin duda este es el fósil más difícil de sacar de su tumba", opina Carles Lalueza-Fox, investigador de la Universidad Pompeu Fabra y el CSIC. Este experto consiguió recuperar un pequeño fragmento de ADN mitocondrial del hombre de Altamura. Este tipo de ADN lo legan las madres a los hijos, por lo que permite aclarar solo la mitad del linaje de este individuo. Por ahora, lo poco que muestra es que es un ADN "característico de los neandertales", dice Lalueza-Fox. El hombre de Altamura se ha convertido gracias a este estudio en un importante punto medio entre los pobladores de Atapuerca (Burgos) de hace unos 400.000 años, los homínidos más antiguos de los que se ha podido rescatar ADN, y las poblaciones posteriores que vivieron hace unos 50.000 en Asia y Europa. Para saber más detalles, hace falta más ADN, a ser posible del núcleo de la célula, donde se encuentra el grueso del genoma. Caramelli asegura que ya han rescatado otros dos fragmentos de hueso y que intentarán extraer de ellos más material genético.

    jueves, 26 de marzo de 2015

    PRENSA. CIENCIA. "El cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas

       En "El País":

    El cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas

    La evolución ha reutilizado capacidades surgidas en la sabana africana para adaptarse a actividades modernas como la lectura


    El cerebro es capaz de reutilizar para usos modernos circuitos cerebrales surgidos por motivaciones antiguas. / MUSEO DEL NEANDERTAL.

    La evolución actúa como MacGyver, un tipo capaz de construir artefactos con los que derrotar a un ejército aprovechando los adminículos que se pueden encontrar en una ferretería de pueblo. Como el agente especial que protagonizaba la serie de los ochenta, la selección natural toma las herramientas que tiene a mano y les da nuevos usos. Un ejemplo son las plumas, que funcionaban como un sistema de climatización para los dinosaurios y acabaron sirviendo para volar. Otra muestra de la forma de operar de la naturaleza son las manos humanas. Con un pulgar enfrentado al resto de dedos, permiten manejar con precisión desde puntas de lanza hasta pinceles y se consideran un paso fundamental en el proceso de humanización. Sin embargo, como mostraba un estudio reciente, nuestros ancestros tenían manos modernas mucho antes de que sus cerebros fuesen capaces de utilizarlas para crear tecnología. Es posible que aquellas herramientas resultasen ya útiles para hurgar en el tronco de los árboles en busca de comida o recolectar raíces, y después, cuando la aparición de una mente más compleja lo hizo posible, se acabasen empleando para tareas más sofisticadas.
    Nuestro cerebro, como otras partes del cuerpo, también es un collage de piezas heterogéneas que resultaron útiles en algún momento de la historia evolutiva o, al menos, no fueron tan nocivas como para ser descartadas. Ese gusto por el reciclaje ha tomado un nuevo significado cuando se trata del cerebro de una especie como la humana, que a través de la cultura ha reformulado las reglas de la evolución.
    En un artículo publicado esta semana en la revista Trends in Cognitive Sciences, investigadores de Dartmouth College revisan lo que se conoce sobre la materia y explican que nuestra habilidad para responder a rápidos cambios culturales es posible porque el cerebro es capaz de reutilizar para usos modernos circuitos cerebrales surgidos por motivaciones antiguas. Ese sería el caso de la lectura, una actividad que los humanos solo han practicado de forma habitual en el último siglo de sus 150.000 años de existencia como especie. “No evolucionamos para leer, pero la investigación muestra que leemos reciclando un engranaje neuronal que evolucionó para procesar caras y objetos”, afirma Carolyn Parkinson, una de las autoras del artículo.

    La alfabetización aprovecha circuitos surgidos para reconocer rostros y objetos
    Entre estos peculiares animales que son los Homo sapiens, inventos culturales como el lenguaje pueden incluso modificar el uso de circuitos antiguos. “Se ha observado que, a la hora de percibir rostros invertidos, como en el reflejo de un espejo, las personas analfabetas son mejores que las alfabetizadas”, señala Fernando Moya, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante (UMH-CSIC). Aunque esa nueva forma de percepción haga perder habilidad para reconocer caras y formas desde diferentes ángulos, algo útil en la naturaleza, “cuando nos alfabetizamos, tenemos que identificar como diferente una imagen de su reflejo, como en b y d y esa evolución social modifica nuestros circuitos”, añade. Frente a los sistemas puramente biológicos de otros animales, los humanos cuentan con la cultura como sistema de transmisión de habilidades con las que enfrentarse al mundo, y la cultura se convierte en una fuerza que también puede modificar su fisiología.

    Nuestro cerebro ha evolucionado para reconocer como propio lo cercano y como ajeno lo lejano"
    Carolyn Parkinson y Thalia Wheatley, la autora principal del trabajo, relatan el conocimiento acumulado sobre cómo el reciclaje de instrumentos biológicos pudo dar origen a nuestra cultura. Algunas hormonas, como la oxitocina o la vasopresina, han servido durante millones de años para regular el comportamiento reproductivo de los mamíferos, afianzando a través del placer las relaciones entre las parejas y de los padres con las crías. En los humanos y en otras especies de primates, sin embargo, estas hormonas han podido servir para fortalecer relaciones sociales y facilitar una capacidad de cooperación extraordinaria en el mundo animal. Algunos estudios han mostrado que la oxitocina, además de incentivar los cuidados maternales, reduce los recelos hacia miembros desconocidos de la misma especie en primates y favorece la colaboración entre humanos sin lazos de sangre, rasgos de comportamiento que posibilitan la creación de sociedades tan complejas como las actuales.
    En este continuo proceso de reutilización de piezas y reconexión del cableado neuronal, los simios se vieron, hace unos tres millones de años, en una tesitura que puede estar en la génesis de un nuevo tipo de animal, distinto de los que hasta entonces habían luchado por su vida en la Tierra. “Se sabe que el humano tiene una plasticidad cerebral anómala”, explica Marina Mosquera, investigadora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) de Tarragona. Esta plasticidad puede tener su origen en la revolución que protagonizaron los homínidos cuando, debido a cambios en el clima, el bosque tropical africano en el que vivían se convirtió paulatinamente en una región de sabana. “Con esos cambios, en lugar de tener los recursos alimenticios en los mismos sitios, porque un bosque tropical es mucho más homogéneo y además no tiene estaciones, tuvieron que adaptarse y ser mucho más flexibles. Es posible que ahí esté el origen de la plasticidad que vemos hoy en los humanos”, plantea Mosquera.

    Hormonas como la oxitocina facilitan la cooperación en grandes grupos humanos
    Conociendo las circunstancias en las que, poco a poco, fue surgiendo la humanidad, también puede servir para tratar de explicar las limitaciones de la mente. El antropólogo británico Robin Dunbar, padre de la hipótesis del cerebro social, observó que, en primates, existía una correlación entre el tamaño del cerebro y el del grupo social en el que viven. En el caso de los humanos, que tienen un cráneo de unos 1.500 centímetros cúbicos, el límite superior para sus grupos es de 150 individuos. Esta cifra se corresponde con las dimensiones de los grupos de cazadores recolectores, con el de las comunidades agrícolas e incluso con la cantidad de amigos que realmente podemos gestionar en Facebook.

    El peligro de los cambios

    “Los cambios culturales son muy rápidos, y cuando la biología y la cultura no se encuentran a gusto entre sí, el choque puede ser bastante contundente”, advierte Emiliano Bruner, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos. “Esto vale tanto para la bioquímica de la sangre como para las capacidades cognitivas, y saber cómo funciona todo esto, debilidades y posibilidades, es fundamental para saber cómo optimizar recursos y minimizar problemas”, continúa. “Internet ha conllevado un cambio increíble en nuestra estructura social y cultural, habrá que estar atentos para no tener sorpresas desagradables”, añade.
    Parkinson y Wheatley hablan también de las posibilidades que ofrece el conocimiento, implícito o explícito, de nuestros viejos botones evolutivos. Que el cerebro humano haya evolucionado en pequeñas tribus de individuos que se conocían a la perfección tiene consecuencias en un mundo donde nuestra vida diaria depende de millones de desconocidos. Cuando se quiere animar a la gente a ayudar a las víctimas de hambrunas, epidemias o desastres naturales, es más eficaz presentar a una víctima que sirva para identificar el sufrimiento que mostrar datos y razonamientos objetivos, por atroces que sean. Esta parte de la naturaleza humana explica en parte la dificultad para movilizar frente a problemas globales como el cambio climático. “Nuestro cerebro ha evolucionado con unos condicionamientos sociales que tienen mucho que ver con la tribu, con lo cercano, con lo familiar, y ahora estamos en una situación en la que el destino de la humanidad es global. Nuestro cerebro ha evolucionado para reconocer como propio lo cercano y como ajeno lo lejano, y ahora nos enfrentamos a una situación en la que el destino es igual para lo cercano y lo lejano”, resume Moya.
    El mecanismo evolutivo para adaptarse mejor a las circunstancias a través del reciclaje de herramientas ya disponibles no solo ha tenido efectos secundarios desde el punto de vista social. “Cuando se habla de evolución y selección, no estamos hablando de rasgos individuales, sino de un paquete, que la selección acepta o rechaza. Genes, caracteres anatómicos, procesos fisiológicos, moléculas, son componentes que van todos enlazados. Con lo cual, si cambia una cosa, otras cambiarán como consecuencias secundarias”, recuerda Bruner. “Algunos son hasta negativos, pero no tan negativos como para rechazar otras ventajas que conllevan”, continúa.
    Desde el punto de vista médico, este conocimiento sobre la evolución empuja a preguntarse “cuántas enfermedades se deben a inconvenientes de la evolución, y parece que la lista puede ser bastante larga, sobre todo para simios como nosotros que hemos desarrollado a través de la evolución un cerebro tres veces más grande de lo que sería normal para el tamaño de nuestro cuerpo”, indica Bruner. “Aumenta el volumen, el calor, los vasos sanguíneos, y las peleas por el espacio dentro del cráneo. Como resultado tenemos un cerebro muy potente, pero con una serie de problemas que pueden incluir la miopía o hasta la enfermedad de Alzheimer”, remacha.
    Tras millones de años de evolución, la cultura humana ha acelerado el ritmo de transformación del entorno en el que viven los propios humanos. "La plasticidad que tenemos nos ha permitido adaptarnos relativamente bien hasta ahora, pero ya no tenemos capacidad para absorber los cambios con tanta rapidez", opina Mosquera, aunque "cuando se podría estudiar como estamos asimilando ese cambio acelerado es a partir de los últimos veinte años", añade. En las próximas décadas se podrá comprobar si la maquinaria de reciclaje evolutiva sigue funcionando sin preparar demasiadas chapuzas.

    martes, 3 de marzo de 2015

    PRENSA CULTURAL. "Los neandertales dividían el trabajo por sexos"

      En "El País":

    Los neandertales dividían el trabajo por sexos

    Un estudio encuentra pruebas de que hombres y mujeres de aquella especie realizaban tareas distintas, algo que aún hacen las sociedades de cazadores y recolectores actuales


    Una niña observa una reconstrucción de un neandertal / NEANDERTHAL MUSEUM/H. NEUMANN

    Desde hace años, los neandertales le han dado al Homo sapiens un importante baño de humildad. Esa especie que tachábamos de primitiva y bruta fue, sin embargo, tan parecida a la nuestra que hace miles de años los convertimos en nuestros compañeros sexuales y en padres y madres de nuestros propios hijos. Hallazgos recientes han mostrado que los neandertales también tenían cultura, hacían dibujos y usaban adornos y símbolos que apuntan a un pensamiento complejo. Ahora, un nuevo trabajo desvela otra similitud más entre nuestra especie y la de aquellos primos que se extinguieron hace unos 35.000 años: también ellos dividían el trabajo por sexos.
    Hasta ahora se habían encontrado pruebas de que las sociedades de cazadores y recolectores de Homo sapiens separan el trabajo por sexos, algo que aún siguen haciendo pueblos como los Hadza de Tanzania. Una de las pruebas de esta división del trabajo se puede encontrar en los dientes. La boca se convierte en una tercera mano y los incisivos se usan, por ejemplo, para sujetar un trozo de piel o de carne y, mientras se sujeta con una mano, se corta con la otra ayudados de una herramienta de piedra. En ocasiones la herramienta choca con los dientes y deja unas marcas características que les sirven a los paleoantropólogos para estudiar los usos “culturales” de esa tercera mano. Varios estudios con Homo sapiens primitivos y también de los que actualmente viven como cazadores y recolectores en África han encontrado evidencias de que las marcas de este tipo son diferentes en hombres y en mujeres, lo que evidencia una especialización de las tareas.
    Un equipo formado por Antonio Rosas y Almudena Estalrrich, investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), han encontrado ahora marcas similares en dientes de neandertales que vivieron hace hasta unos 49.000 años en Asturias, Francia y Bélgica. En un estudio publicado en el Journal of Human Evolution describen el análisis de 99 incisivos y caninos de 19 neandertales de edades y sexos diferentes. La muestra más nutrida proviene de la cueva de El Sidrón, en Asturias, donde se ha podido confirmar el sexo de los individuos con análisis de su ADN. Restos de las cuevas de l’Hortus (Francia) y Spy (Bélgica) completan la muestra.

    El trabajo aporta “un nuevo giro sobre el comportamiento moderno” de esta especie, concluyen los autores del estudio
    Los resultados desvelan que, en general, las mujeres presentan más estrías en sus dientes y que, además, estas son más largas de las que se encuentran en hombres. También se han encontrado diferencias por sexos en otro tipo de lesiones en el esmalte y la dentina relacionadas con el uso de la dentadura para sujetar objetos.
    Según el trabajo “todos los individuos usaban probablemente el mismo tipo de herramientas, pero el tipo de tareas, el tipo de material que cortaban (por ejemplo carne fibrosa o blanda) y el número de repeticiones, variaban según el sexo”. Esto “podría significar que había una separación por sexos”, similar, dicen los autores, a la que se observa en los cazadores recolectores de hoy en día. En estas comunidades, añaden, las diferencias observadas en los dientes pueden explicarse por diferentes actividades en “la preparación de pieles, el hilado o la manufactura de productos de piel o ropa, que son atribuidas con más frecuencia a las mujeres”. Después de que estudios anteriores hayan demostrado que los neandertales tenían un comportamiento mucho más complejo del que se pensaba, que manejaban símbolos y cultura, que usaban plantas medicinales e incluso se aparearon con los Homo sapiens, este trabajo aporta “un nuevo giro” sobre el “comportamiento moderno” de esta especie, concluyen los autores del estudio.


    Vista al microscopio de las estrías dentales estudiadas / JOURNAL OF HUMAN EVOLUTION
    María Martínón-Torres, experta en dentición de homínidos en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, valora el nuevo trabajo. “Se trata de un estudio muy estimulante”, opina, sobre todo porque no habría sido posible sin la excepcional muestra de dientes de El Sidrón y el ADN extraído de ellos. "Lo más complicado ahora es explicar el mecanismo que hace que las mujeres presenten marcas diferentes”, añade. “Una posibilidad es que se explique por la destreza o la fuerza y que las mujeres, al ser menos fuertes, necesitasen hacer más cortes y por eso tienen más marcas”. Es difícil asegurarlo en base a la muestra existente, por lo que la experta, que no ha participado en el actual estudio, sugiere estudiar las lesiones dentales de los cazadores y recolectores actuales para aclarar el asunto.