Mostrando entradas con la etiqueta violencia de género. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta violencia de género. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de febrero de 2015

PRENSA. "Tres de cada diez jóvenes justifican la violencia machista"

   En "publico.es":

Tres de cada diez jóvenes justifican la violencia machista

Expertos advierten de que la "socialización inconsciente" y el arraigo de ideas que son fruto de la sociedad patriarcal están en la base de las diferencia de género en los comportamientos y actitudes entre chicos y chicas.

Una niña sostiene un cartel con motivo del Día Internacional de la mujer en una foto de archivo - EFE / JEFFREY ARGUEDAS
Una niña sostiene un cartel con motivo del Día Internacional de la mujer en una foto de archivo - EFE / JEFFREY ARGUEDAS

La igualdad efectiva entre hombres y mujeres sigue siendo la gran meta a alcanzar en la sociedad del siglo XXI.

A pesar de que las nuevas generaciones muestran notables e innegables avances en esta materia, según el estudio Jóvenes y género. El estado de la cuestión, elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, las desigualdades en el ámbito laboral, el reparto de las tareas domésticas o cuidado de personas dependientes y la persistencia de estereotipos sexistas demuestran que la sociedad no es tan igualitaria como definen sus normas. La existencia de estas inequidades tiene su expresión más radical en los episodios de violencia de género y en el clima que los propicia.

En una época en la que viene siendo habitual recurrir a la herencia recibida para justificar las lacras del momento actual, la igualdad se convierte en una víctima de los comportamientos más tradicionales, que aún son considerados como normales por buena parte de la sociedad. 

“La cultura social no cambia fácilmente de un momento a otro. Venimos de una sociedad muy desigual. Hay mucho de socialización que es muy inconsciente, son ideas muy arraigadas, de cientos de años con ese pensamiento, que es muy difícil quitar de dentro de nosotros mismos”, declara a Público la catedrática de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Inés Alberdi.

En ese sentido, la catedrática de Igualdad en la Universidad Rey Juan Carlos advierte de la dificultad que todavía sigue suponiendo el paso a la igualdad. “El problema de la socialización es que tienen que participar todos los agentes de la sociedad: la escuela, familia, instituciones y medios de comunicación. Formamos parte de una cultura que es patriarcal, que entiende que la mujer tiene otros roles, hábitos y funciones y eso está inscrito a fuego en nuestra cultura”, asegura, al tiempo que establece esos estereotipos como la raíz del problema. “Los mensajes que lanzamos son que el hombre tiene un rol y la mujer otro. Hasta que no acabemos con eso, no habremos llegado a una igualdad”, afirma.

El estudio, cuyo objetivo es analizar los comportamientos y las actitudes de los jóvenes con una perspectiva de género, advierte de que la justificación de determinadas conductas machistas, sexistas o violentas suponen un caldo de cultivo para la violencia de género, cuyas víctimas crecen de forma progresiva en edades desde los 18 hasta los 29 años.

En opinión de Marisol Rojas, psicóloga experta en violencia de género, el mayor problema actualmente es no reconocer que están siendo víctimas de un tipo de violencia. “Ahora mismo se está dando un machismo mucho más sutil, más difícil de detectar. En otras generaciones hemos vivido un machismo y una violencia más visible, que podía reconocerse como un maltrato. Hoy la forma de expresarse, gracias también a las nuevas tecnologías con las que se ejerce una forma de control, hace que las chicas no sean conscientes de que esto forma también parte de un maltrato”.
Nuño: "Se corre el riesgo de aceptar la sumisión como un patrón generalizado"
Así, es preocupante el hecho de que el 30% de los chicos estén de acuerdo en que si una mujer es agredida por su marido, algo habrá hecho ella para provocarlo. Asimismo, resulta chocante que las mujeres, aunque en un porcentaje mucho menor (11%), opinen de la misma manera. “Con este tipo de pensamientos se corre el riesgo de aceptar la sumisión como un patrón generalizado y normalizado tal y como ha pasado en épocas anteriores”, apunta Nuño.

De igual manera, un 25,5% de los chicos opina que si una mujer es maltratada por su compañero y no le abandona será porque no le disgusta del todo esa situación, frente al 16% de las chicas que también lo piensan.

Comportamientos violentos

Tampoco son nada desdeñables los porcentajes de chicos que confiesan haber practicado algunos comportamientos violentos o de chicas que afirman haberlos sufrido. Un 22,4% de ellas afirma que han intentado aislarlas de amistades, casi un 29% reconoce que las controlaban, decidiendo ellos hasta el más mínimo detalle, y un 25% asegura haber sido controlada a través del móvil. Ellos se muestran más cautos a la hora de confesar haber llevado a cabo estas prácticas, no llegando al 20% en ninguno de los casos.

“Las nuevas tecnologías, que facilitan los mecanismos de control, están haciendo que afloren comportamientos sobre el amor de pareja como algo posesivo. Eso supone el riesgo de meterse en relaciones conflictivas y abusivas sin darse cuenta de que lo son por el hecho de que se confunden como muestras de amor y pasión”, argumenta Ianire Estébanez, psicóloga experta en violencia de género en jóvenes.
"En nombre del amor se justifican muchas conductas que son violentas"
Para Rojas, “el control, la posesión y el aislamiento son los primeros signos de que estás dentro de una relación tóxica y dentro de una relación de maltrato”. La psicóloga no duda en tachar a estas conductas de violencia psicológica, la más difícil de detectar. “En nombre del amor se justifican muchas conductas que son violentas. Cuando estás implicada en una relación emocionalmente hay muchas cosas que no ves y es bastante peligroso salir de ella. Para tenerlo contento a él van dejando de ser ellas y su autoestima se ve afectada”, cuenta Rojas, quien tiene claro lo qué es un maltrato por mucha sutilidad que lo disfrace. “Cuando una persona ya no es libre, que ya no hace lo que quiere sino lo que la otra persona quiere, eso es violencia”, sentencia.

El patriarcado de principios del siglo XX basaba la relación entre hombres y mujeres en la dominación de ellos sobre ellas por la pura convicción moral de fuerza versus debilidad. Un siglo después, los jóvenes españoles siguen concibiendo la sensibilidad como rasgo distintivo de la mujer y la autoridad como la insignia del hombre. Un 33,5% de los jóvenes, por ejemplo, creen que los chicos no deben llorar.

Las cualidades masculinas más valoradas tienen que ver con el poder, la fuerza, la valentía o la firmeza. De hecho, casi un 34% de ellos y un 28% de ellas consideran que el hombre que parece agresivo es más atractivo. Por el contrario, las mujeres valoran más la sensibilidad, la capacidad de perdón y la generosidad.

Cualidades de la pareja ideal

Con esas convicciones, no resultan extrañas las diferencias entre las características que hombres y mujeres buscan en sus parejas ideales. La escala de valores, totalmente opuesta para unos y otras, ofrece rasgos tradicionales en cuanto presupone capacidades de mando y dirección en el hombre ideal y capacidades de sumisión y abnegación en la mujer preferida, además del atractivo físico. Mientras que para los jóvenes las cualidades fundamentales en su pareja ideal serían el atractivo físico (24,4%), la simpatía (21,9%) y la sinceridad (19,9%), para ellas la principal cualidad de su pareja debe ser la sinceridad (30%), seguida de la simpatía (19,4%) y la bondad (14,7%).
El 33% de los jóvenes españoles están de acuerdo con la afirmación “está bien que los chicos salgan con muchas chicas pero no al revés”
Tampoco han desaparecido los estereotipos sexistas tradicionales, advirtiéndose en formas diferentes de valorar la conducta de hombres y mujeres en las relaciones de pareja. A pesar de que los comportamientos se han liberalizado enormemente, no han desaparecido del todo ideas tradicionales que ven de manera distinta la libertad sexual masculina y la femenina. Así, el 33% de los chicos adolescentes y jóvenes españoles de 12 a 24 años están de acuerdo con la afirmación “está bien que los chicos salgan con muchas chicas pero no al revés”. Tan sólo un 9% de las chicas opina lo mismo.

“El modelo sexual que aún tenemos en las creencias es el del joven triunfador en el ligue y malote como ganador y esto no ocurre en el caso de las chicas, que son etiquetadas negativamente cuando no cumplen con el papel de romántica. La cultura romántica sigue vendiendo la idea de la pasión, la conflictividad y el reto a conseguir al más difícil como objetivo”, sostiene Estébanez.

Por ello, “visibilizar relaciones de respeto y amor sano, y hacerles protagonistas de películas, series y noticias, también es un reto importante para dejar de creernos cuentos tradicionales y seguir buscando amores de película en nuestras vidas, que nunca llegan como nos vendieron”, afirma.

Para Alberdi, esta es una idea claramente machista. “Parece una creencia más propia de la sociedad española de hace varias décadas que de la actual. Se sigue con la convicción de que mucha actividad sexual favorece al chico y desvaloriza a la chica. Asombra encontrarnos con una juventud que no está liberada de esas ideas tradicionales y desiguales”, confiesa.

La educación como el pilar de la igualdad

En ese sentido, la catedrática ve en la asignatura Educación para la ciudadanía una ocasión perdida. “Era una manera de educación social en democracia y en igualdad. Se podría haber trabajado con las generaciones más jóvenes. No hay un ámbito concreto de que haya que aprender los valores de la igualdad”, lamenta.

Una visión que es compartida por Rojas. “Lo principal es fomentar la igualdad a los niños y niñas. Es mucho más importante en la vida estar educados en igualdad que saber que dos y dos son cuatro", asegura.
Casi un 32% de los chicos considera que “un buen padre debe hacer saber al resto de su familia quién es el que manda”
Pero la educación no es suficiente cuando los estereotipos se reproducen constantemente en los anuncios, el cine, la televisión y las novelas. En ese aspecto, la familia debe “tener cuidado y desmontar todo eso”, alerta Rojas. “Es muy importante que el padre se implique en las tareas de cuidado de los niños y las niñas”, defiende. “Si los niños ven que sus padres también son cuidadores, que sus padres también hacen las tareas del hogar, van a verlo como algo natural. Los niños aprenden por imitación, si los roles en su casa están muy marcados es lo que van a reproducir en su edad adulta”.

Casi un 32% de los chicos sometidos a estudio considera que “un buen padre debe hacer saber al resto de su familia quién es el que manda”.

Diferencias laborales

La investigación también se centra en la cuestión laboral. Los resultados reflejan que el 42% de los hombres y un 47% de las mujeres de 15 a 29 años creen que tener hijos puede ser un freno para la vida laboral de las mujeres, mientras que el 23% de los hombres y el 11% de las mujeres creen que puede ser un obstáculo para la vida del hombre.

“No es que lo piensen, es que lo saben. Ellas simplemente toman nota de lo que sucede a su alrededor. Saben que las oportunidades laborales no son iguales para ellos que para ellas. De hecho, dan mucha importancia a los estudios y la formación porque son conscientes de que es un tema clave para ellas y su futuro. Es clave para todos, pero hay mayor conciencia entre las mujeres porque saben que ellas tienen que demostrar mucho más”, advierte Alberdi.

“Si el permiso de paternidad fuera el mismo para el padre que para la madre, no pasarían estas cosas. Si desde las instituciones públicas lanzan que el cuidado es cosa de la madre, ¿por qué no van a pensar los jóvenes lo mismo?, se pregunta Nuño.

En ese sentido, el estudio da cuenta de que las mujeres dejan el empleo o pasan a un trabajo de tiempo parcial por cuidar a algún familiar con mayor frecuencia que los hombres jóvenes. Un hecho que vuelve a situar a la mujer en el papel histórico de cuidadora que tuvo hasta la democracia.

En términos salariales, el hombre también se sigue imponiendo a la mujer. El estudio refleja que en 2012 las jóvenes ganaban de media 100 euros menos que ellos, siendo el salario medio masculino de 889 euros y de 786 euros el femenino, con similares niveles de preparación y de experiencia.

A juzgar por los resultados y a pesar los avances, en el camino hacia la igualdad la meta sigue estando aún demasido lejos.

sábado, 14 de febrero de 2015

PRENSA. ANDALUCÍA. "Las otras violencias contra la mujer"

   En "El País":

Las otras violencias contra la mujer

La normativa tiene lagunas para afrontar el acoso en Internet o en el trabajo




Una adolescente revisa un mensaje de móvil. / PACO PUENTES
“Estabas en línea, te he escrito un whatsapp y no me has respondido. ¿Por qué, qué haces, con quién estás? Respóndeme. He visto que te has conectado por última vez de madrugada ¿Con quién hablabas? Como no me hagas caso cuelgo en Internet una foto tuya sin ropa. ¿Quién es ese que has agregado al Facebook? ¿Es verdad que estás con tus padres? Mándame una foto. Envíame tú ubicación”... Estas frases son algunos ejemplos de otras formas violencia contra la mujer. En este caso, ligadas a las nuevas tecnologías y de especial incidencia entre los más jóvenes. Pero hay más, como el acoso callejero, el laboral, la trata o las violaciones. Según la normativa estatal, si no se ejercen en ámbito afectivo no son consideradas como violencia de género y a todos los tipos de agresiones se les suma la dificultad para demostrarlas.

Amenazas en el ámbito económico

La violencia económica incluye la privación intencionada de recursos para el bienestar físico o psicológico de la mujer y de sus hijos o la discriminación en la disposición de los recursos compartidos en la pareja. “Puede estar vinculado a los casos en los que las mujeres no pueden llegar a ser independientes, aunque trabajen o hayan trabajado, porque los hombres controlan los recursos de ambos”, explica la profesora especializada en género Belén Zurbano.
Este tipo de violencia, que se ha visto agravada con la crisis, trasciende al ámbito laboral. Eli García, secretaria regional de la mujer en CC OO, detalla que llevan mucho tiempo atendiendo situaciones de acoso en el trabajo, pero que el paro, la crisis y la persistencia del machismo extienden las conductas discriminatorias.
García explica que el observatorio de su formación lleva años denunciando discriminación tanto en los criterios de selección, donde se excluyen a mujeres que quieran tener hijos, como en las ofertas, donde se establecen condiciones que fomentan la desigualdad.
No les llegan denuncias de una práctica que admite como posible y sobre la que considera “interesante” que se piense en generar “mecanismos de alarma” o de “prevención”. Se trata del acoso que se registra durante las entrevistas de trabajo aprovechando la situación de necesidad de la demandante de empleo. Al registrarse cuando aún no hay una relación laboral, entra en una categoría distinta, pero se da. “Es fácil que las personas con perfiles machistas se muestren así en estas situaciones, que no se han identificado como un problema laboral”, advierte.
Una vez en el trabajo, la situación puede llegar a niveles espeluznantes. En octubre, la Audiencia de Huelva condenó a 58 años y ocho meses de prisión a un exdirector de una aseguradora por acosar, abusar y atentar contra seis de sus empleadas durante años.
“Hay mucha más violencia además de la física. Ahora hemos perfeccionado lo que miramos. Identificamos más fenómenos que antes estaban normalizados, y algunos de ellos siguen viéndose así. Son otras violencias contra la mujer no consideradas dentro del concepto ni de las leyes de violencia de género”, explica Belén Zurbano, profesora e investigadora de la Universidad de Sevilla en este ámbito. “Prácticamente los únicos indicadores que hay para medir la violencia son las muertes, las denuncias y la morbilidad hospitalaria, así que hay mucha información de agresiones que se pierde y que no está ni en el paradigma social ni en la ley”, explica Zurbano.
Las más novedosas de estas formas de acoso o agresión son las vinculadas a las nuevas tecnologías. “La violencia en las redes sociales está presente 24 horas al día y siete días a la semana y su detección es casi imperceptible para los profesores o los padres de los jóvenes”, considera la psicóloga especializada en género Laura Ocaña. "Existen problemas de control, persecución y acoso entre jóvenes a través de las redes que no tienen diferencia con la violencia de género”, añade Encarnación Aguilar, directora general de Violencia de Género de la Junta. Según los datos que manejan, un 7,9% de chicas admite ser víctima de ciberacoso, en cambio, solo un 2,9 de ellos reconoce ser acosador. En este sentido, la investigadora Zurbano advierte que las nuevas tecnologías se han convertido en una “herramienta más de control y dominación en la pareja, generalmente contra las mujeres”.
Pese a la constancia de la existencia de estas otras formas de violencia, es complicado que se tengan en cuenta desde el punto de vista legislativo. De entrada, la norma estatal solo considera la que se da en el ámbito afectivo, aunque la ley andaluza (2007) es más abierta. Añade la violencia económica a las amenazas, coacciones, privación de libertad y agresiones físicas, sexuales y psicológicas. También amplía la consideración de actores violentos. Además de los cónyuges, excónyuges o personas ligadas por relaciones de afectividad, incluye a los hombres del entorno familiar, social o laboral.

Las tecnologías se usan como herramientas de control y dominio
Y si la incorporación de nuevas definiciones de actores y otros tipos de violencia en la norma ya es difícil, también lo es la demostración de los daños psicológicos o del sufrimiento a través de amenazas, humillaciones, vejaciones, aislamiento, culpabilización o limitación de su libertad. “En este aspecto hay menos índices de estudios y herramientas de detección. Es difícil conocer sus cuadros clínicos y los procesos de traumas. Además, los testimonios de las víctimas suelen ser inconexos o incoherentes, pero no por eso es sintomático de que no haya violencia”, alerta Zurbano.
Desde Justicia reconocen que la violencia psicológica está muy silenciada, que es la primera en aparecer y que es más difícil de demostrar que la física. “Tenemos una unidad de valoración que analiza las evidencias de la víctima. En lo que va de año se han abierto más de 800 procedimientos por violencia psicológica con órdenes de protección. 600 de los ellos por amenazas”, matiza Aguilar. "En la violencia a través de las nuevas tecnologías, los fiscales de delitos tecnológicos indican que los actos dejan rastro en el teléfono o en el ordenador y pueden ser perseguibles", añade.

El daño psicológico es el primero que se ejerce, pero apenas se conoce
Para erradicar cualquier forma de violencia, la solución reside en la educación. El respeto, la libertad, la igualdad y la confianza son cuatro de los pilares sobre los que trabaja Ocaña en sus cursos de formación para jóvenes, para modificar la realidad: el 24% de los jóvenes andaluces considera que el lugar de una mujer está en su casa, con su familia, y el 10% cree que el hombre es el que debe tomar las decisiones.
“Las relaciones de pareja son para hacernos más felices de lo que podemos ser estando solos. Hay que trabajar en eso, cada uno de los cuatro pilares son básicos para una relación sana”, declara Ocaña. “Parte del problema es que no se nos ha enseñado a querernos ni a desarrollarnos bien, parece que la mujer solo se siente válida cuando alguien la quiere, y parece que el hombre no debe mostrar más sentimientos que los de rabia. Hay que trabajar mucho la autoestima y la inteligencia emocional para saber relacionarnos de forma sana”, propone.
El Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ya ha puesto en marcha una investigación sobre los riesgos y consecuencias de la violencia de género a través de las “tecnologías de las relaciones, la información y la comunicación (TRICs)”. El trabajo incluirá un protocolo de intervención profesional para actuar en estos casos, una guía de orientación a familias, cursos de formación y asistencia psicológica a jóvenes. Además, ha creado una aplicación llamada Detecta amor, para identificar el machismo y aprender a relacionarse en parejas.

sábado, 7 de febrero de 2015

PRENSA. "Las armas del maltrato"

   En "elmundo.es":

SOCIEDAD Violencia de género

Las armas del maltrato



SANTIAGO SEQUEIROS


Cenicero. Móvil. Cable. Tenedor. Cigarro. Las querellas de comisaría, las sentencias de la Justicia y las palabras íntimas de las terapias están llenas de sustantivos aparentemente inocentes. Cinturón. Bandeja. Zapato. Sartén. Paraguas. Fregona. Sin embargo, son obuses de maltratador, instrumentos de su poder volando contra las mujeres, cosas culpables. ELMUNDO ha rastreado con psicólogas y abogadas de centros de recuperación un centenar de denuncias, autos judiciales y casos en los que los agresores han usado como armas los objetos cotidianos de nuestras vidas, lo que demuestra el pegamento de la violencia machista en la sociedad. Portafotos. Libro. Mesa. Mano. Llavero. Agenda. Todo es material doméstico convertido en fuego enemigo, el colmo de la indefensión de las víctimas, que pisan un territorio de minas donde creían tener un hogar.
«La casa deja de ser un lugar de seguridad», dicen las expertas que trabajan en la rehabilitación de las mujeres azotadas por fuera y por dentro. En medio de la costumbre de su ira, los violentos tiran de lo que tienen a mano o de lo que han planeado, látigos tan básicos como los dedos en la garganta o tan sofisticados como el agua fría que hiela sin dejar huella.
Percha. Toalla. Bolígrafo. Mando de la tele. Manzana. Taza. Cordón. Varios de los nombres y los lugares citados en esta investigación están cambiados por motivos de seguridad, ya que determinados casos permanecen sub júdice y en la mayoría de ellos los agresores siguen en libertad, hombres buscando venganza contra las mujeres a las que dicen haber amado.
Algunas identidades son falsas, pero todas las historias son tan ciertas como las cosas que se tocan. Vaso. Cuchillo. Jarrón. Silla. Plancha. Bote de Coca-Cola...

Arantxa, Sara, Paula, María, Sonia...

El hombre se enfadó, escupió algunos insultos y de repente vio el paraguas apoyado en la pared. Lo cogió y empezó a azotar a su mujer mientras ella se protegía la cabeza de aquel granizo de golpes. En medio de la tortura, el paraguas se rompió. «Ella recuerda que a partir de ahí fue más doloroso aun, porque del paraguas sólo quedaban las varillas...».
La memoria histórica de Arantxa es una cicatriz en el brazo, un surco en su carne como de cuneta, el recuerdo de las fosas del maltrato. El día que huyó de su verdugo salvó el pellejo y hoy es una mujer sobrevivida, equipada con la fortaleza de sus compañeras y de las profesionales de uno de los centros de recuperación de mujeres víctimas de violencia de género salpicados por España.
La denuncia de Sara narra que en el atardecer del 3 de mayo de este año, Luis llegó a su casa de Madrid y se la encontró acostada en la cama. Le ordenó que se levantara para que le hiciera la cena, ella se negó y él empezó a insultarla. Como Sara insistía en desobedecerle, Luis amplió la agresión a los golpes, los tirones y los puñetazos. Y en el fragor de su poder cogió la plancha apoyada en la tabla de la habitación y se la lanzó a Sara apuntándole a la cabeza. El parte de lesiones desvela la abrasión y la herida de Sara cerca de la frente, pero no la erosión de su ánimo y su autoestima, ese planchazo final a seis años de palizas que algún día la habían llevado hasta el oxígeno de La Paz.
Igual Sara no se siente tan sola cuando sepa lo que le pasó a Paula aquel día de 2012 en que a su novio le pareció mal que fumara. El hombre, miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado, le arrancó el pitillo de los dedos y se lo estampó en la boca arrasándole los labios y la lengua ante el espanto de los niños en su casa de Sevilla. Unido a un pasado de años de bofetadas y humillaciones, aquel incendio le valió al servidor del Estado una orden de alejamiento.

El martillo y los dedos

O la desventura sorda de María una tarde de noviembre de 2013 en Galicia. Sin venir a cuento, Antonio la acusó de tener sexo con otros hombres y le dio igual las veces que ella lo negara. La cogió por el cuello, la tiró al suelo y la golpeó sujetándole la cara con su rodilla. Antonio había estado haciendo unas chapuzas y tenía cerca la caja de herramientas. Se apartó un instante de María, cogió el martillo, volvió a su presa y le golpeó los dedos como si cada impacto fuera un clavo de su poder.
«Todo tiene que ver con la dominación. Los objetos son sólo los instrumentos del poder, la manifestación física de lo que los maltratadores piensan. Se sienten dueños de las mujeres y cuando ellas les discuten esa estructura mental, reaccionan. Y usan lo que tienen a mano o lo que saben que les causa miedo, como los cuchillos, uno de los clásicos».
Habla una psicóloga especializada en violencia de género que trabaja en un centro de rehabilitación integral instalado en un lugar oculto de una comunidad autónoma española. Desde hace dos décadas, por allí han pasado miles de víctimas, y las psicólogas que las ayudan saben de qué está hecho el arsenal casero de la violencia. «Ellos usan cables para ahogarlas o azotarlas, les tiran móviles, mandos de la tele, perchas, bandejas, vasos, sillas... Todo lo que está encima de la mesa es susceptible de serles arrojado. Les golpean o aprisionan la cabeza contra la pared. Les acercan la cara a la sartén con aceite hirviendo. Usan los propios collares de las mujeres para apretarles el cuello... La lista es interminable».
En ese centro volvió a la vida Manoli, que fue valiente para contar un historial de años llenos de torturas. Por ejemplo, la de una tarde en que Juan llegó a casa y al saber que ella había estado unas horas fuera la acusó de haberse acostado con otro. O, para ser exactos, con otros: «¡Puta, que te tiras a todo el barrio. Te voy a matar!». La empezó a golpear y la arrastró por el pelo hasta la cocina. Allí, entre insultos y zarandeos, el tipo arrancó el alargador del cable de la tostadora, se lo anudó a su propia mano y comenzó a azotar a la mujer por el lado del enchufe. Ella se acurrucó para proteger su cabeza, pero no pudo evitar las heridas y los moratones de los brazos y la espalda. Las amenazas de él y el miedo de ella completaron la violencia para que los días fueran borrando las huellas de su hazaña.

Le acercó la cara a la sartén incandescente

La psicóloga de otro centro especializado en violencia machista, también oculto, en una provincia del sur de España explica por qué ser víctima de las cosas cotidianas es tan devastador. «La casa deja de ser el lugar de seguridad para convertirse en otro lleno de objetos que antes eran nuestros y ahora son armas en manos del maltratador. A veces, ante la inminencia de una nueva agresión, las mujeres miran de reojo a su alrededor y algunas esconden cosas como ceniceros o figuras de adorno. O, como están acostumbradas a que las empujen y las tiren, llegan a colocarse en el lugar de la agresión procurando que no haya nada al lado contra lo que chocar, como mesas, sillas o incluso estufas, que son objetos contra los que han sido lanzadas otras veces y les han hecho daño».
En abril de 2013, en una ciudad de Aragón, el juez ordenó protección para Sonia y alejamiento para Pedro después de oír cómo eran sus vidas. Él no la dejaba salir si no era con él, oteaba su móvil cada día, la llamaba desde donde fuera y le demostraba, puertas adentro, quién mandaba en casa. Los golpes de un día llegaron con fotos hasta la comisaría, pero lo que no tenía imágenes eran las violaciones de cada noche ni la mañana en que el hombre, con ese amor que demuestran los celos, agarró a Sonia por la cabeza, se la llevó hasta la cocina y le acercó la cara a la sartén incandescente hasta que ella sintió venir la muerte o el espanto de una vida desfigurada para los restos. Por fortuna, se pudo escabullir y hoy a Sonia sólo le arde dentro el volcán de la memoria.
En marzo de este año, la denuncia de Laura describe cómo su marido eligió un machete de cortar carne para completar sus minutos de agresión en la casa de Logroño y en octubre del año pasado, la de Carmen relata una vida llena de objetos voladores bien identificados contra ella: teléfonos móviles, bolsos... y botes de Coca- Cola.
La violencia de género es tan machista que hasta el cubo de fregar es una agresión dentro de la agresión. Debió ser la culminación de las ideas de Fernando la tarde en que tras un puñado de insultos y empujones cogió el cubo que Alicia había usado para fregar la casa y se lo vació entero sobre el cuerpo. La denuncia vomita que el hombre tiró al suelo a la mujer y la tuvo allí, empapada y triste, «hasta que le pidió perdón al agresor».
A veces las mujeres poseen cosas que se vuelven contra ellas, el colmo de la indefensión y el miedo. «Los maltratadores suelen utilizar los colgantes o las gargantillas de las mujeres para apretarles el cuello. Cuando nosotras estamos en contacto con ellas antes de que ingresen en el centro, les solemos decir que se los quiten, que no los lleven puestos», dice una psicóloga. Pero hay objetos que no se pueden quitar, que sirven para ir por la vida. «Es habitual que los agresores azoten o golpeen a la mujer con los zapatos de tacón. Les parece mal cómo van vestidas, las tachan de putas, las obligan a cambiarse de ropa y cuando ellas se quitan los zapatos, ellos los usan como instrumento de agresión».
Los cuchillos y los cinturones son unos «clásicos» del maltrato, según las psicólogas y abogadas que han participado con ELMUNDO en este rastreo. «Cuando ellos las azotan con el cinturón se aseguran de darles con la parte de la hebilla. Eso es muy típico. Los cuchillos pueden ser una agresión o una amenaza. En nuestro centro, al comienzo del programa de recuperación, algunas mujeres no entran en la cocina porque les impresiona la visión del cajón de los cuchillos. Y algunas de ellas nos cuentan que en su casa llegaban a esconderlos».

Privación de sueño y conducción temeraria

Hay otras violencias sin cosas pero tan cotidianas que sólo se entienden desde la víctima. «La conducción temeraria y la privación de sueño son habituales. Ellos se enfadan y empiezan a correr. Por supuesto, conducen ellos. Aceleran, frenan bruscamente y vuelven a correr mientras ellas les ruegan que paren, muchas veces con los niños detrás. Y hay muchos casos de tortura durante la noche. Ellas se niegan a mantener relaciones sexuales y ellos golpean la pared durante horas, pum, pum, pum. Hacen ruidos, se mueven en la cama... '¿Te estás durmiendo? Pues jódete'. Y pasan horas evitando que la mujer descanse».
Eso le pasó a Olga, según la denuncia que interpuso el año pasado en un juzgado de Madrid. Tras una vida de maltrato, relató cómo las noches que ella no accedía a tener sexo con su marido, él «golpeaba la pared y la mesita de noche encendía las luces y la zarandeaba» cuando advertía que ella abrazaba un instante de sueño. Violencia sin cosas.O sí: coches y camas.
Y el arma por excelencia:la palabra. «La humillación, el insulto, el menosprecio, la ridiculización, la acusación, la duda y la amenaza son las heridas que más tardan en curar», dicen las psicólogas que tanto saben de las inocentes. «Aquí, en terapia, está la verdad desnuda, la que sale mucho después de la prisa y los nervios de la denuncia, la más completa. Quienes dicen que las víctimas de violencia machista denuncian para obtener algo deberían saber que la verdad que sale aquí, en la terapia, es mucho más dura aun que la que se denunció».
Cuando llevaba un rato de paliza, Antonio empujó a Lucía a la ducha y la empapó de chorros helados y fuertes, ajeno a las súplicas y el pavor. Luego la sacó de la bañera y la cogió por la melena arrastrándola camino de la cocina. Y allí, entre golpes y gritos, abrió la parte inferior de la nevera y le metió la cabeza en el congelador hasta que el pelo de Lucía, tintineado de escarcha, empezó a endurecerse...

jueves, 22 de enero de 2015

PRENSA. "Nunca olvidaré los gritos de mi hija envuelta en llamas". Violencia contra la mujer en la India

   En "El Pais":

“Nunca olvidaré los gritos de mi hija envuelta en llamas”

La madre de una joven de de 20 años rociada con queroseno relata su muerte


Kurasan Bibi madre de unla joven que murió tras ser rociada con queroseno en Varanasi. / A. G. R.
“Nunca olvidaré esos gritos de dolor. Eran de mi hija pidiéndome ayuda. Yo estaba poniendo la ropa a secar en la terraza y bajé tan rápido como pude. La vi completamente envuelta en llamas. Tras un tiempo que me pareció eterno logré apagar el fuego con agua”, cuenta llorando Kurasan Bibi, mientras enseña sus manos quemadas. Su hija, Shama (nombre ficticio), de 20 años, murió el pasado 26 de diciembre tras ocho días luchando por su vida en el hospital a donde fue llevada en Varanasi, en el norte de la India, después de que tres hombres que llevaban tiempo acosándola la rociaran con queroseno y le lanzaran un fósforo. Su muerte ha vuelto a sacudir las conciencias en India sobre la violencia contra la mujer.
El padre de Sabina, Mohammad Amin Baba, un santón musulmán, volvía de recoger plantas para alimentar a sus cabras cuando vio a los tres agresores salir corriendo de su casa. La familia llevó a Shama al hospital más cercano, a dos kilómetros. Allí, la víctima declaró ante la policía. “Por unos días parecía que mejoraba, pero después murió. Las quemaduras le cubrían todo el cuerpo, salvo la cara y el torso”, explica su padre, con la mirada perdida. En los tres días siguientes al crimen los agresores fueron arrestados.
Shama iba muy bien en el colegio, explica Amin Baba. “Pero tuvimos que sacarla y ponerla en una escuela de costura porque la suya estaba lejos y en el camino de ida y vuelta empezó a ser acosada por tres hombres de entre 30 y 45 años. Se sentían impunes porque les protegían los policías del puesto más cercano, a unos 100 metros de la casa”, asegura.
La familia de Shama y grupos de derechos humanos aseguran que denunciaron el acoso varias veces a la policía. En un comunicado de una ONG de vigilancia de los derechos humanos se asegura que el 13 de junio de 2014 la joven escribió al superintendente de policía de Varanasi para relatarle uno de los ataques. “Me arrancaron la dupatta (pañuelo que usan las mujeres en India) y empecé a gritar para salvar mi dignidad. Me rompieron la ropa y logré escapar hasta mi casa. Informé a mis padres y fuimos a la estación de policía de Sigra, donde pusimos una queja, pero no pasó nada porque los culpables son muy próximos a los oficiales de allí”.
La madre de Shama no deja de mirar el lugar donde dormía su hija. La única fotografía que tienen de ella es su carné de la escuela, donde aparece con una sonrisa inocente y dos largas trenzas.
La familia vive en un barrio musulmán pobre en Varanasi. Los ingresos del padre se limitan a las donaciones que recibe a cambio de las bendiciones que da en su pequeño cuarto, en el que apenas caben dos personas sentadas. Sólo una bombilla interrumpe la oscuridad de la casa, de tres habitaciones. Sobre una pila de ladrillos calientan un poco de leche. En el pequeño patio central juguetean las cabras. Toda la familia, compuesta por los padres y tres hermanos, dos de ellos casados con hijos, duerme en esterillas, en el suelo.
“Demandamos que las autoridades pongan remedio inmediato a los problemas de acoso de las mujeres y que los hospitales sean más eficientes en tratar estos casos”, reclama Dhananjay Tripathi, miembro del grupo de unos 40 ciudadanos que se ha movilizado en apoyo de esta familia y que durante esta semana protestará por ella en las calles de Varanasi, la ciudad más sagrada del hinduismo.
La activista Laxmi Saa, la cara más visible de las víctimas por ataques con ácido, asegura que las mujeres siguen siendo muy vulnerables a estos crímenes en India, aunque las leyes han cambiado. En 2013 por una iniciativa de su ONG, se reguló la venta de ácido, pero no de otros químicos, entre ellos el queroseno con el que rociaron a Shama. “Estas sustancias siguen siendo muy accesibles y los hombres atacan a las mujeres como venganza por rechazarlos o por problemas entre familias. Su intención es desfigurarlas para arruinar sus vidas”. La activista asegura que su organización denuncia unos 500 ataques de este tipo al año, pero que el Gobierno solo reconoce cerca de 200.
En India la violación en grupo de una estudiante en Nueva Delhi despertó la indignación y una ola de protestas desencadenaron en leyes más estrictas contra la violencia de género. En 2013, se denunciaron 309.546 casos de violación, acoso, asesinato y secuestros de mujeres. Solo el 22% de los culpables fueron condenados.