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viernes, 25 de marzo de 2016

LITERATURA. "La voz viva de Marcel Schwob". Enrique Vila-Matas

   En "El País":

La voz viva de Marcel Schwob

Hay escritores poco leídos pero de gran influencia en

otros creadores. Es el caso del autor de ‘Vidas imaginarias’, de quien ahora se editan sus ‘Cuentos completos’


Primeras páginas de 'Vidas imaginarias', de Marcel Schwob. / EL PAÍS

El caso de Marcel Schwob es bien curioso y divertido y seguramente le divertiría a él mismo, hombre de tanto humor que llegó a viajar a Samoa a ver la tumba de Stevenson y cuando llegó a la isla, después de un azaroso y largo trayecto en barco, dio una mínima vuelta por allí y, según él mismo relató en carta a Marguerite Moreno, vio gente desconcertante y, además, unos hermanos maristas muy sucios y acabó huyendo de allí, no viendo nunca la tumba.
Este escritor, que murió joven en 1905, es un autor cada día más influyente en la literatura contemporánea, aunque no tiene demasiados lectores. Sin embargo, su presencia tan visible en obras de grandes autores le permite seguir muy vivo en la obra de éstos.
Ha influido en Faulkner, Borges, Cunqueiro, Perec, Bolaño, Sophie Calle, Cristian Crusat o Pierre Michon, por hablar sólo de unos cuantos. De todos modos, no estaría mal que nos diéramos una vuelta por la fuente original y acudiéramos a sus textos, porque están llenos de iluminaciones, y se abren en ellos constantes caminos de imaginación para la literatura. Y no puede alegarse ahora que leer a Schwob es algo que nos lo hayan puesto difícil, puesto que, bajo el título de Cuentos completos (Páginas de Espuma) se acaban de reunir, editados y traducidos por Mauro Armiño, todos los libros de relatos que publicó en vida, escritos en el increíble breve periodo de tiempo que va de 1891 a 1896 —Corazón doble, El rey de la máscara de oro, Mimos, La cruzada de los niños, El libro de Monelle y Vidas imaginarias—, además de un conjunto de relatos que quedó disperso o inédito.
No tiene muchos lectores, pero en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob organizándose en pequeñas sociedades secretas. Existe incluso el rumor de que la más clandestina de las células de una de esas sociedades, celosa de que sea demasiado descubierto, viene trabajando en la sombra a lo largo de los años para evitarle una popularidad excesiva.

Diez voces, diez versiones

Su libro más influyente, el que más caminos abriera y sigue abriendo, es sin duda Vidas imaginarias, donde utiliza personajes reales de la historia como Eróstrato, Lucrecio o Petronio para componer unas biografías muy breves que mezclan erudición y anécdotas de tipo extraordinario. Borges las tomó como modelo para su Historia universal de la infamia, donde los protagonistas son reales, pero los hechos pueden ser fabulosos y en ocasiones fantásticos.
Sophie Calle adora la vida imaginaria de Petronio, contada por Schwob, y creo que motivos le han sobrado siempre. Ahí Schwob desmiente la leyenda oficial, según la cual Petronio habría sido asesinado y nos cuenta que Petronio escribió dieciséis libros de aventuras y, una noche, con su esclavo Siro escapó de la condena a muerte de Nerón y, cargando con un saquito de cuero que contenía sus ropas y sus denarios, se dedicó a vagabundear por el mundo y a vivir él mismo las aventuras que previamente había escrito. Y finaliza así el relato: “Petronio olvidó completamente el arte de escribir en cuanto vivió la vida que había imaginado”.
La sombra de Schwob es tan alargada que no sólo llegó a Borges, sino a Faulkner, que tomó buena nota de La cruzada de los niños,esa historia real tan fascinante, esa leyenda en la que belleza y horror se unen para contarnos una expedición infantil al Santo Sepulcro. Schwob la ficcionó con dramatismo breve y memorable, y también con originalidad en la forma de contarla, pues buscó escapar de los cánones narrativos de la época y, huyendo del realismo de Emile Zola que tanto predominaba en aquel momento en Francia, se adentró en una narración contada con una sencillez endiabladamente compleja, construida con diez informaciones muy subjetivas acerca de un solo hecho, realizadas por los implicados en él; diez versiones, diez voces, combinándose en la exposición del drama. Esa es la estructura de La cruzada de los niños, adoptada años más tarde por Faulkner para Luz de agosto, y que Bolaño tuvo en cuenta en Los detectives salvajes.
Cuando Schwob irrumpió en la escena literaria francesa de finales del XIX, nos cuenta Armiño en su prólogo que imperaba esa idea de Zola según la cual el autor de novelas debía borrarse tras un anonimato que le permitiera el análisis de la realidad, como si ésta se hallara tras una lente de aumento al otro lado del microscopio. Y en eso llegó Schwob y, ante todos aquellos que habían sentado con Zola las bases del naturalismo, propuso lo contrario: era el individuo lo que le interesaba, “una esencia única que flota por encima de los acontecimientos históricos, de las condiciones económicas”. Para Schwob, el arte era lo contrario de las ideas generales: “El arte sólo describe lo individual, no desea más que lo único”.
Schwob ha influido en grandes autores, pero no se le puede imitar porque él fue completamente único, alguien consciente de que cada hombre no posee realmente más que sus extravagancias y sus anomalías. Las de Schwob fueron su obra, una obra literaria —por mucho que no se viera en su tiempo— de choque, incluso de vanguardia si se quiere, una obra irrepetible. Su carácter de “única” es lo que hace que, en su viaje en soledad por el espacio y el tiempo, su obra parezca que tenga una luz muy antigua. Quizás por eso la leen poco, creyéndola vieja, cuando cada día está más viva, incluso en la obra de los otros.

martes, 1 de diciembre de 2015

LITERATURA. Entrevista a Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Vila-Matas: “No soy nada raro, soy normal; mi yo narrativo es inventado”

El escritor reivindicará su canon literario el sábado en la entrega del premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México


El escritor Enrique Vila-Matas, retratado la pasada semana en una librería de Barcelona. / CONSUELO BAUTISTA

Camino de la casa de Enrique Vila-Matas en la barcelonesa calle de Travesera de Dalt —la famosa Travesía del Mal de sus escritos— caigo en la cuenta de que ya no vive allí. “Hace cinco años que me cambié”, me riñe benevolentemente cuando trato de justificar el retraso con mucha jeta aduciendo que no encontrarle es un inicio muy vilamatiano. En el nuevo barrio está muy cómodo. “Es un barrio que conocía y frecuentaba ya antes; me resulta muy familiar”.
¿Pero no era la Travesía del Mal su Yoknapatawpha particular? “El nuevo barrio ya está entrando en mis novelas. No tiene nombre, como tantos de Barcelona; es una zona incierta, pero yo lo denomino el barrio del Coyote”. Como suele suceder con las cosas de Vila-Matas, la realidad se abre a una concatenación de casualidades cuya ley, como diría su sosias el doctor Pasavento, se nos escapa. “En este mismo edificio vivía el autor de las novelas de El Coyote, José Mallorquí, y abajo se encontraba la editorial Molino, donde trabajaba. Un amigo me reveló que había estado en el despacho de Mallorquí en su casa y que sobre la mesa tenía desplegado un gran mapa del Far West. Así que tengo la sensación de escribir encima de ese mapa”.
El escritorio de Vila-Matas está muy ordenado como lo están las numerosas librerías en las que por fin ha podido colocar dignamente sus libros después de tantos años de amontonarlos, aunque su biblioteca “crece como un monstruo otra vez”. Reflexiona que hoy mucha gente se extraña de ver librerías, que les parecen, dice, una absurda acumulación de papel. “Impresiona más, por lo visto, tener grifos de oro en la bañera como Escobar que toda La Pléiade”, deplora.

Contra lo previsible

El sábado, le entregan a Vila-Matas en Guadalajara (México) el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2015, “el Cervantes americano”. Es en Guadalajara, aunque la lógica vilamatiana habría pedido que fuera en el barrio del Coyote, que existe en el municipio mexicano de Amealco de Bonfil, en el Estado de Querétaro Arteaga.
La laudatio, explica, se la hará el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, su descubridor en esas tierras, y él contestará con un discurso de dos mil palabras, “la misma extensión que el de Magris el año pasado”, en el que hablará del futuro, “el futuro del propio discurso, de la novela y de la humanidad”.
Abordará lo que es y lo que le gustaría que fuera la literatura de nuestra época. Ha ido descartando, dice, lo que no le interesa, en su búsqueda de cosas nuevas que nutren su mundo narrativo. “Lo mío ha sido una huida del aburrimiento, una estampida del aburrimiento. Me hace feliz lo que es distinto. No me gustan los tópicos, las frases hechas, la literatura previsible”.
La cultura es la gran obsesión de Vila-Matas, “consumido y habitado por el mal de la literatura”, como lo ha descrito Roberto Brodsky. “La cultura intensifica el sentimiento de estar vivo, te permite encontrar algo interesante en cualquier lugar, incluso en un grano de arena del desierto”.
¿Qué relación hay entre el Yo de sus novelas —su verdadero protagonista— y la realidad? Parece que últimamente marca distancias. “Entiendo que interese el autor. Alguien dijo que el autor sería el único personaje interesante. Muchas veces me preguntan cuánto de auténtico hay en mis escritos. Yo me dedico a la ficción; siempre construyo una ficción. Lo autobiográfico está muy deformado en mis obras. Aunque hay un yo narrativo, es inventado. No cuento mi vida, sería un aburrimiento absoluto. En ese sentido suscribo lo que decía Nabokov: ‘Lo que importa en un escritor no son los datos autobiográficos de su vida, sino la historia de su estilo”.
Vila-Matas se declara muy conectado con la realidad: “No vivo nada aislado. Otra cosa es que tenga un mundo propio. No soy nada raro, soy una persona muy normal, aunque a veces haya quienes se empeñen en verme como alguien extraño, lo que no deja de sorprenderme”.
Bueno, pero no negará que existe una cierta fenomenología vilamatiana. “A veces, cuando cuento algo que me ha sucedido parece increíble, quizá es la manera de contarlo. Juan Marsé dice: ‘Son las cosas de Enrique’. Como la vez que un hombre en el semáforo me preguntó: ‘¿Usted comprende la filosofía?’. O cuando un joven argentino me dijo que si estaba cansado de escribir él podía sustituirme un tiempo. En cambio, hay gente a la que le pasan cosas extraordinarias. pero no lo ve material narrativo".
En fin, próxima parada México. “Me gusta muchísimo. ¿Peligroso? No lo dirás en serio tal y como está Europa ahora. Es un país surrealista, deslumbrante. Recuerdo que una vez para un festival literario me alojaron en un hotel en el Zócalo y pasé dos días emborrachándome con unos mexicanos en la terraza. Al tercero manifesté mi extrañeza porque no hubiera aparecido aún nadie del festival. ‘¿Bromeas, Enrique?’, me contestaron los compañeros de copas, ‘¡Somos nosotros!”.

Los atentados de París y "el monotema catalán"

Para el autor de París no se acaba nunca, el 13-N tiene especial significación: “Ha sido un golpe brutal; me ha afectado mucho. En París descubrí la libertad y que había otros mundos posibles fuera de la España franquista. Es como si tocaran algo muy tuyo. Además, los ataques se han producido en una zona a la que voy mucho con Paula, mi mujer”.
Los atentados han provocado una pausa en lo que Vila-Matas denomina “el monotema catalán”. “Ha sido reconfortante ver caras nuevas en televisión y escuchar a auténticos especialistas hablando de las cosas verdaderamente importantes. Aunque luego han vuelto los tertulianos y el repunte de lo local”.
Desde el punto de vista novelístico, en el procés catalán ve a “una serie de personas que tratan de mantener su puesto de trabajo”. Y añade: “Cuando Mas dijo lo de un sol poble, alguien entendió un sol moble. Y ese mueble es la poltrona”.

Lo que hay que leer, en palabras del autor

¿Tiene un canon Vila-Matas? “Sí, pero no quisiera dar la impresión de ser intransigente. Es un canon de 10 o 12 nombres que he ido construyendo, a la manera del que creó Borges con Stevenson, Wells o Chesterton. Ahí están Robert Walser, mi héroe moral; Marcel Schwob, Borges, Alejandro Rossi, Raymond Roussel, Perec... Mi manera de hacer crítica literaria es proponer un canon no ortodoxo desde la narración. Es lo que he estado haciendo desde hace tiempo”.
“Mi rechazo a según qué no significa que no pueda leer, y con mucho gusto, cosas como la novela del XIX”, matiza el novelista. “Simplemente, pienso que eso está ya hecho y que lo que toca es buscar cosas nuevas. Madame Bovary ya está escrita, y de manera perfecta. Lo que no me gusta es lo que viene años después copiando su estructura”, remata.

domingo, 5 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Imitadores y originales". Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":
No oímos alguna vez que “todo está escrito”? A mí, desde tiempo inmemorial, han tratado de convencerme de esto. “La imposibilidad de ser original”, repetía el primero que intentó desengañarme; me acuerdo muy bien de él: un tipejo que carecía de talento literario y ajustaba cuentas con todo el mundo que escribía en lugar de ajustarlas consigo mismo, lo que tanto le habría convenido. Cansaba tanto que un día hallé un fragmento de Macedonio Fernández y se lo leí y pude ver que le causaba los mismos problemas que una estaca a un vampiro: “Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo habían dicho, repuso. Y comenzó”.
Salió por piernas, y su fuga fue liberadora, porque me permitió adentrarme en el estudio de la originalidad. Quizá por eso me atraen las reflexiones de Adam Thirlwell en su ensayo La novela múltiple (traducción de Aleix Montoto, Anagrama). Me gusta cómo organiza sus comentarios sobre la originalidad a partir de un Kundera impresionado por el hecho de que un libro como Tristram Shandy, de Laurence Sterne, siga siendo excepcional en la historia de la novela: “Nadie lo siguió. Nadie salvo Diderot”.
Basada en la extraña relación entre Sterne y Diderot, Kundera desarrolló su teoría de la originalidad: Diderot fue receptivo en Jacques el fatalista a la invitación sterneiana a recorrer nuevos caminos, y, por mucho que pueda parecer lo contrario, fue un escritor inmensamente original. Al hilo de esta certeza, el joven Thirlwell observa que la historia del arte de la novela está basada en una paradoja: una obra nueva sólo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero sólo tiene valor en esa tradición si —como ocurre con Diderot con respecto a Sterne— ofrece algo nuevo. Esto vendría a decirnos que toda forma artística supone una confrontación directa con esta cuestión: ¿qué diferencia hay entre repetición y variación? ¿A partir de qué momento una imitación es original?
Dentro de la línea sin duda más feliz de la literatura universal, Sterne aportó algo nuevo al mundo de Cervantes y Diderot a su vez lo aportó al de Sterne, al que imitó, pero uno diría que para parodiarle; empleó para ello la ambigüedad del propio Sterne y lo hizo, claro está, de forma ambigua, lo que precisamente imposibilita saber si le imitaba o se reía. Y es que un ambiguo homenaje a la ambigüedad recorre esa también excepcional novela que es Jacques el fatalista.
Frente a las acusaciones de copia o de imitación insulsa, Diderot debió de experimentar un orgullo secreto, porque, en un mundo como el literario tan lleno de imitadores, él se sabía original. Porque no hay duda de que, inscrito en la franja más feliz de la historia de la novela, contribuyó a extender el lado más genial de ésta; un lado para el que Sterne y Diderot abrieron caminos de grandes posibilidades, que asombra ver que tan pocos han seguido. Pero las posibilidades están ahí. Y luego aún hay quien dice que el género está agotado.

jueves, 2 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Bioy Casares, año 101". Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Bioy Casares, año 101

El escritor creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante


Le preguntaron un día a Adolfo Bioy Casares cuál era el sentido de su obra. Y él acusó el golpe (que diría un cronista de boxeo) y salió del paso alegando que tales aclaraciones no incumbían a un narrador. Pero por la noche volvió a la pregunta y se dijo que un posible sentido para sus escritos sería el de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre”.
Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles. “Cuando soy muy feliz escribo novelas”, declaró en cierta ocasión. Quizás Bioy, como dice Rodrigo Fresán, es más completo que Borges, pues en él hay una felicidad que no se halla en su gran amigo. Es una alegría que sólo conocen las mentes que, con la ayuda del tiempo, saben transformar la ira, el rencor o la angustia en humorismo. Aunque a veces ese humorismo en Bioy es el causante de no siempre comunicar el encanto de las cosas, porque su afán de lucidez le lleva a descubrir el lado absurdo del mundo, y el afán de veracidad le impide silenciarlo.
Le gustaba citar el caso de Svevo que, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. En esta anécdota solía condensar su idea de que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Pero tanto el humorismo como “el encanto de las cosas” iban a borrarse la última vez que Borges le llamó desde Ginebra. Bioy le dijo que estaba deseando verle y abrazarle y Borges, con una voz extraña, le contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Días después, Bioy supo que se había producido un equívoco: Borges estaba llorando, había llamado para despedirse.
En sus textos más admirables el centro secreto lo construye un equívoco. Eso sucede en El sueño de los héroes, en el cuento En memoria de Paulina, en la elegancia de Una magia modesta, en La aventura de un fotógrafo en La Plata, en ese genial pero todavía increíblemente poco valorado libro que es Borges, en el muy contemporáneo La invención de Morel. Inventor de tramas que profundizan en la ambigüedad de la realidad, Bioy creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante. Y ese centro oculto es precisamente el que hoy le distancia de los clásicos del “género fantástico” y le hace tan vigente y actual.
¿También es una broma infinita que, situados ya más allá del centenario de Bioy, siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra? ¿Llegaremos a ver cómo finalmente se produce este acto de absoluta justicia literaria?
Impacientes en una reunión porque Bioy no llegaba a tiempo, Borges les dijo a los nerviosos: “Hay dos cosas seguras: una que Adolfo llegará; otra, que llegará tarde. Cuanto más tarde sea, más segura es su llegada; si llegara ahora, quizá no llegue”.
Es probable que siga por mucho tiempo sin llegarle a Bioy el reconocimiento que merece su inmodesta magia elegante. Pero uno también adivina que, cuanto más tarde llegue, más segura será su llegada.

sábado, 11 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Modianesca". Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Modianesca

El autor francés investiga sobre la luz incierta de sus orígenes, allí donde todo se derrumba.

Descubrimos que París siempre fue para él algo interior

Me recuerda al pintor Hammeshøi, que pintó una y otra vez habitaciones desocupadas, todas muy distintas. Me gusta mucho que sea tan obsesivo y que simule que escribe siempre el mismo libro. En Patrick Modiano todo sucede en el pasado, lo que nos confirma que el pasado no está muerto, y ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar. ¿Y el presente? En Modiano el presente es un punto de vista impasible, más bien un estilo imperturbable.
Todo sucede en ese pasado que no acaba de pasar y donde uno puede perderse fácilmente mientras busca algún mínimo atisbo de su verdadera identidad. A nadie se le escapa que no hay una sola familia en el mundo que, por poco que pueda remontarse a cuatro generaciones, no pretenda tener derecho sobre algún título en desuso, o sobre alguna propiedad de sus antepasados. Son derechos improbables que halagan la imaginación. Y sin embargo —decía Stevenson, citado por Modiano al comienzo de Remise de peine—, los derechos que un hombre tiene sobre su propio pasado son aún más precarios. Es precisamente esa precariedad la espina dorsal de toda la obra de Modiano: la obra de alguien que, aun consciente de la precariedad de sus derechos sobre el pasado, investiga sobre la luz incierta de sus orígenes, allí donde todo se derrumba, donde todo vacila… Eso hace de este autor un artista muy potente pero a la vez frágil, alguien que se mueve en un perpetuo muelle de brumas y que gira siempre sobre el vacío. De ahí que a veces quedemos hechizados, sin saber en qué punto exacto del muelle nos encontramos. En todos sus libros lo que nos anima a seguir es el misterio de su estilo, mientras lo tenebroso parece definirse de un modo lento, lo que puede producir momentos de desaliento en nuestra percepción de lo que sucede, como si condujéramos un bólido muy parsimonioso y sin ninguna visibilidad y sin saber si estamos al borde de una barranco o de una autopista. Pero eso le da a todo un toque incierto y atractivo, como si fuéramos por el callejón de La Croix-Jarry, ese lugar terrible que le señaló su amigo Queneau, uno de sus primeros protectores: un callejón sin salida que casi nadie conocía en París, situado en lo más recóndito del distrito XIII, entre el muelle de la Gare y las vías de Austerlitz.
Al acordarme del callejón, he recordado de inmediato el día en que discutimos con José Carlos Llop y otros amigos sobre si leer a Modiano era de izquierdas o de derechas.
—Señor Modiano —le asaltamos finalmente una mañana en París—, no habla usted mucho de política.
—Es que es peligrosa para un escritor. La política no es más que una torpe simplificación de las cosas. El escritor trabaja justamente de la forma opuesta; trata de mostrar lo oculto, la complejidad.
Cuando se fue, imaginamos que volvía a su callejón de La Croix-Jarry, a seguir buscando el rastro de la luz incierta de sus orígenes. Y sólo entonces descubrimos que se movía por un París intemporal, que París había sido siempre para él siempre algo interior, el horror y la compasión que cruzan por sus historias, el vacío, la ausencia del padre, el enigma de las películas dobladas, el mundo de la traición, la voz de Arletty, la infinita extrañeza de la luz del mediodía, el amor. Y llorar toda la noche en Carroll’s, ¿no?

jueves, 11 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Un Beckett destructor". Enrique Vila-Matas

    En "El País":

Un Beckett destructor

Podrán algunos aprender de sus cartas porque asistimos a la creación de una poética radical Pensamos: eso sí que en verdad es un escritor joven


Samuel Beckett. / CORDON PRESS
En París, Gallimard ha editado el primero de los cuatro volúmenes que han de acoger una quinta parte de las más de quince mil cartas que Samuel Beckett escribiera y que inicialmente él prohibió publicar, aunque más tarde flexibilizó su decisión.
En Reino Unido, la editorial es Cambridge University Press, y ahí llevan ya dos volúmenes. El segundo, según me dijera este verano Daniel Gunn, especialista en esa correspondencia, es aún mejor que el primero, porque ahí está ya presente el Beckett que camina en una noche de tormenta hasta un último muelle y tiene una revelación que va a cambiar el curso de su escritura.
El primer tomo de Gallimard lo he ido leyendo a lo largo de estos últimos días y me ha convertido en sereno testigo alucinado de un violento y complejo proceso de extirpación de toda tiranía matriarcal, familiar, nacional, estatal, con el consiguiente abandono de la plomiza lengua nativa, también de la patria somnífera, de los grandes maestros espesos, de Irlanda misma en su totalidad, y de todo lo demás, incluida cualquier esperanza.
Ese primer tomo, que podría haberse llamado Inicio de partida, en guiño a Fin de partida (su famosa obra teatral), presenta las dudas de un artista incipiente que se va desembarazando de los dogmas más manoseados, y lo hace con su atracción por el silencio, pero también con su tendencia a ir hacia la palabra, aún sabiendo que “no hay narración, todo es falso, no hay nadie, no hay nada”.
Podrán algunos aprender de estas páginas porque asistimos a la creación de una poética radical por parte del primer Beckett. Pensamos: eso sí que en verdad es un escritor joven.

En el primer tomo están las dudas
de un artista incipiente,
atraído por el silencio
Sus destructoras cartas, que tumban con destreza todo tipo de estupideces solemnes, van revelando la formación de una voz propia. Asistimos en ellas a los sucesivos golpes que representaron los primeros rechazos editoriales de sus libros (“Estaría dispuesto a mutilar el texto, e incluso a cambiar el título”), al tiempo que nos impregnamos de su inagotable pasión por la lectura (“leo como un verdadero loco”), sus exasperadas visitas al Louvre o a la National Gallery, su amistad con los hermanos Van Velde, o con el pintor Jack B. Yeats y, esencialmente, con Thomas McGreevy (“Tom”), su principal confidente.
Leer estas cartas es ver a Beckett cruzar por diferentes escenarios culturales (Dublín, Londres, París, y hasta Kassel, donde vive su prima Maggie Sinclair, de la que se ha enamorado) y por pasajes y callejones extraños, hasta salir de ellos siempre rebotado hacia los más distintos exilios:
“Todos los grupos son horribles”.
“Que no. Que hay que huir de la provincia”
“Soy raro, no quiero a nadie”.
“No sabes cómo detesto Londres”.
En ocasiones aparece un Beckett con dudas excesivas sobre su penúltimo poema o su último amor, pero no es algo que angustie especialmente, porque le intuimos ya próximo a aquella epifanía que le alcanzó en el último muelle de una noche decisiva: aquella revelación que (continuará en el segundo tomo) transformaría radicalmente su vida.

domingo, 11 de mayo de 2014

PRENSA. "Propuesta de cambio". Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Propuesta de cambio

La historia de Alemania, sin ir más lejos, enseña lo peligroso que es hacer con las verdades de los poetas y filósofos una política que embauque a las masas y acabe siendo desaforada

 18 NOV 2013

La clase política ocupa las pantallas de sus televisiones a todas horas con declaraciones banales que luego por la noche sesudos comentaristas analizan con ridícula profundidad. De vez en cuando, las palabras de nuestros políticos nos dejan hasta consternados porque descubrimos que no tienen ni idea de la asignatura en la que se les supone, como mínimo, licenciados.
Ayer, viendo un informativo que resumía las gestas más recientes de sus señorías (uno quería prohibir los billetes de quinientos euros; otro decretar un parón de una semana de la economía catalana…), caí en una leve ensoñación mientras pensaba en “las grandes verdades” que tantos de ellos esgrimen para obtener el poder (que en realidad es lo único que les mueve porque, una vez alcanzado, les permitirá ocuparse solo de sus propios intereses).
Me acordé de filósofos y poetas que buscaron afirmar las grandes verdades de su yo frente al resto del mundo, sólo que ellos por fortuna no salían, por lo general, del ámbito de sus interiores; no se lanzaban a manipular masas y llevarlo todo a la práctica. Los políticos, en cambio, se lanzan y se sabe de muchos que han acabado mal. Y es que en cuanto se entromete por ahí “nuestra verdad”, puede acabar sucediendo lo peor, suponiendo que lo más execrable no haya ocurrido ya: Hitler y Goebbels, escenificando sus teorías, buscando destruir el mundo “aparente” para traer a la realidad ese otro mundo que concebían como su “tierra natal”.
La historia de Alemania, sin ir más lejos, enseña lo peligroso que es hacer con las verdades de los poetas y filósofos una política que embauque a las masas y acabe siendo desaforada y cause estragos. ¡Con lo útiles que son las modestas verdades que sirven para encontrar las condiciones de posibilidad de una convivencia libre y pacífica!
El caso es que ayer, junto al televisor, caí en una ligera ensoñación y acabé imaginando que todo el abrumador protagonismo dramático que en las pantallas tienen nuestros políticos era sustituido por repentinos y gentiles atisbos de cultura; sustituido por informativos que no paraban de exponer, con infinita variedad de registros, todo tipo de pensamientos, invenciones y creaciones artísticas, y mostraban el gran mundo que se asomaba tras los discursos de anónimos creadores y tras el que están también las metafísicas perdidas por los rincones de los cafés de todas partes, las ideas casuales de tanto casual, las intuiciones de tanto don nadie…
Y también imaginé que los mayores consumidores de los informativos (los propios políticos) se quejaban de haber sido borrados de las pantallas hasta que comprendían que todo había cambiado. El mundo se había vuelto distinto, tal vez mejor organizado. Había una Central creativa, una máquina de arte en continuo movimiento, puntuada por la sigilosa eficacia de políticos discretos y altruistas. Y en Educación, también había cambios: las nuevas generaciones se dedicaban a adquirir las destrezas suficientes para lograr que no volviéramos a padecer jamás una política desaforada o una cultura insípida, y menos aún las dos cosas a la vez.
Después de este vértigo, me preparé para salir y difundir la propuesta de cambio. Pero al final me quedé aquí. Volví a leer el libro de Rüdiger Safranski, ¿Cuánta verdad necesita el hombre? (Tusquets), donde, entre otras cosas, se dice que quizás necesitemos una política de verdades insípidas que no ambicione o simule dar sentido a la existencia y que, además, no tenga miedo de llegar a ser aburrida, insignificante, incluso; tan insignificante y corriente como nuestros cicateros intereses cotidianos. Me acordé de esas palabras. Y luego la primera tormenta de noviembre hizo el resto. Era tan potente el temporal que obligaba a que las cosas tuvieran que literalmente quedarse dentro. Muy dentro. Sin olvidar que a nadie le gusta salir de Elsinor con tanto viento fuera.
www.enriquevilamatas.com

viernes, 18 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Melville y su chimenea", por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":
Melville y su chimenea

Enrique Vila-Matas 17 ABR 2012

   Tras su muerte, dejó esposa, hijos, nietos, ninguna aventura fuera del matrimonio, ninguna carta de amor. A lo que con más intensidad dedicó Herman Melville su vida fue a viajar, huir, escribir, escribir y escribir, incluso durante el último periodo, conocido como la retirada de Melville (Melville’s withdrawal). Tiene mucha fama su relato Bartleby el escribiente, pero hay otro que nada tiene que envidiarle: Yo y mi chimenea (Barataria), buena traducción de Adrià Edo. En ese cuento tenemos a un viejo granjero, aficionado a fumar en pipa ante la descomunal y desproporcionada chimenea de su casa, y poco amigo de los cambios y de las modernidades. Su mujer, hijos y vecindario le acosan para que derribe la inmensa chimenea y remodele la casa con un sentido práctico y económico. Pero él no está por la labor: “A partir de esta habitual primacía de mi chimenea sobre mí, algunos incluso piensan que he entrado en un triste camino de retroceso; en resumen, que de tanto permanecer detrás de mi antigua chimenea, me he acostumbrado a situarme también por detrás de la actualidad, y que debo de andar atrasado en todo lo demás”.
   Supuestamente anticuado, se opone a la destrucción de lo más esencial de su finca, porque para él sin ese gran fuego la casa perdería su espíritu. Al final del relato, le veremos montando guardia ante su vieja chimenea cubierta de musgo: “Porque eso es algo decidido entre yo y mi chimenea: que yo y ella nunca nos rendiremos”.
   Para cuantos se sienten desconcertados ante quienes día tras día se obstinan en repetir y repetir que no cuajan entre nosotros los e-books pero ya lo harán y nos cuentan que las ventas de libros electrónicos tarde o temprano generarán miles de millones de dólares al año, el fuego del hogar del cuento de Melville tiene una carga metafórica muy actual y, es más, abre un frente de guerra contra los que trabajan para el derribo de las viejas chimeneas del espíritu.
   Así que Yo y mi biblioteca podría ser también buen título para este artículo. Y que nadie se extrañe ahora si digo que, a pesar de tanta promoción del rancio kindle, algo en el ambiente está pidiendo que nos decidamos de una vez por todas a apoyar a los viejos granjeros que fuman en pipa al calor de las historias que inventa el fuego: historias como Yo y mi chimenea, escrita por su autor en una atmósfera de desaliento parecida a la que actualmente sobrellevamos, sólo que en este caso el desánimo que padecía Melville hacia 1855 —comenzó a escribir su relato poco después de que le recomendaran acudir a un psiquiatra— desembocó en un repentino quiebro a la resignación y a la fatalidad y en un guiño al humor, presente hasta en el título. Hoy sabemos que le sobraban los motivos para el desaliento. Porque entre otras cosas ¿cómo comprender que historias como Bartleby, Billy Budd, Benito Cereno y, sobre todo, Moby Dick, pasaran inadvertidas cuando no rechazadas por el público y la crítica de la época?
   En contrapartida, Yo y mi chimenea resurge ahora con fuerza, a modo de inesperado símbolo de la resistencia de los que deseamos seguir creyendo en un trastorno lampedusiano del mundo del libro. Porque a veces algunos aún confiamos en que todo esté cambiando para que a la larga las cosas vuelvan más o menos al punto de partida y un día ese potente invento de la humanidad que es el libro impreso sea valorado como merece y regrese al centro de la escena. Nunca nos vamos a rendir. Con nuestras bibliotecas nunca podrán. Por eso en ocasiones aún se nos ve situarnos “detrás de la actualidad” y, en medio de la sombría indiferencia del entorno, oponernos con una suave sonrisa a la revolución del libro electrónico, plantar cara a la “tremenda necesidad de mejoras”, ese eufemismo con el que el retrógrado granjero comenta la destrucción que acecha al centro de su mundo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Vila-Matas, dinamita del realismo"

Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Vila-Matas, dinamita del realismo

El escritor desvela conexiones entre su vida y su obra en 'Fuera de aquí'

Se lamenta de la incomprensión que han tenido algunas de su obras

 Barcelona 8 NOV 2013

“Ahora que no me dedico a ser un personaje, que he dejado de ser el justiciero de la noche que fui, que alejé los escándalos y soy un señor serio y no salgo, resulta que soy un arquetipo”, constata alegremente sorprendido Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), que cuantifica hoy en una treintena los libros en los que aparece ya como personaje literario. Quizá porque está en ese periodo más serio (nada que ver con que haya cumplido 65 años, dice) o porque cree que tras la aparición de Exploradores del abismo(2007) ha superado sus etapas de “indagación sobre el sinsentido y la de la automitografía” y ahora se halla en “la búsqueda del difícil brillo de lo auténtico, aproximándome a la verdad a través de la ficción”, la cuestión es que nunca antes un lector de Vila-Matas ha podido estar más cerca de la persona y saber de sus claves autoficcionales.
La brisa que disipa algunas de las brumas tras las que durante casi 40 años se ha agazapado la acaba de publicar Galaxia Gutenberg y se llama Fuera de aquí (Galaxia Gutenberg). Son conversaciones mantenidas con quien ha traducido 15 de sus obras al francés, André Gabastou.

Algunas de mis obras más arriesgadas no se han comprendido mucho, especialmente entre la crítica local madrileña, suestablishment literario, para la que he sido una rara avis
“No hablo de mi vida sino de mis libros y de dónde salen”, explica Vila-Matas, que debe admitir que “es otro espacio y aquí he hablado normal”. Viniendo de él, esa normalidad es mucho. Por eso se sabe ahora que de la infancia poco ha quedado en su memoria literaria. “No tengo grandes recuerdos y los que tengo son de una felicidad sin problemas y que yo sepa no hay narrativa sin conflicto; no, no tengo recuerdos y los que tengo son inventados; como decía el verso de Larkin, aquello es un aburrimiento olvidado”.
Mientras el lector va escuchando cómo Impostura (1984) es el libro donde nace toda su obra, —“me marcó, sin yo saberlo, las directrices futuras de lo que haría después, mezclando de forma muy ambigua realidad y ficción”—, o de que siempre hay en sus libros un escritor que hace de eje tácito (Kafka en Hijos sin hijos; Melville en Bartleby y compañía; Blanchot en Doctor Pasavento; Pessoa en Extraña forma de vida…), también uno se percata de que la “incomprensión” que han recibido Una casa para siempre (1988), El mal de Montano (de 2002, “mi libro más ambicioso y mucho mejor que Bartleby y compañía”) o Doctor Pasavento (2005) han dejado cicatrices más profundas de lo que parece. “Algunas de mis obras más arriesgadas no se han comprendido mucho, especialmente entre la crítica local madrileña, su establishment literario, para la que he sido una rara avis. Madrid mira poco hacia afuera, se cree autosuficiente y por eso se ha cerrado tanto a los cambios generados en la literatura”. Una situación que se ha trasladado a otros ámbitos: “Muchos escritores españoles durante tiempo se han creído superiores a los mexicanos, por ejemplo”.
Quizá resulta que el lector no quiere que Vila-Matas se salga de un determinado guion... “No sé qué personaje se han creado de mí incluso los lectores más jóvenes. Nuestra sociedad ha perdido la memoria del intento de poder hacer siempre otra cosa distinta. Es justo lo que he querido hacer con mi obra: provocarme a mí mismo no tener salida”.

¡Y cuánta vanidad y estupidez hay en esos movimientos que nos obligan a presenciar en sus televisiones! No consigo comprender por qué he de ser yo propiedad de un lugar y adecuarme a su supuesta forma de ser
“Cada vez que me aproximo al realismo me acuerdo de que voy a jugar con dinamita”, confiesa en Fuera de aquí a cuento de El viaje vertical (1999), parcial autorretrato de joven y un intento, admite, de hacer una novela más tradicional. Con dinamita juega diversas veces al definir España como “un país aún con ramalazos franquistas”. Las relaciones Cataluña-España no hacen más que ahondar la sensación. “Hace tiempo que perdí la inocencia y sé que nuestros políticos sólo defienden sus propios intereses económicos. ¡Y cuánta vanidad y estupidez hay en esos movimientos que nos obligan a presenciar en sus televisiones! No consigo comprender por qué he de ser yo propiedad de un lugar y adecuarme a su supuesta forma de ser”.
También define el escritor el país como una tierra “baldía y yerma”: “Lo que más me carga de todo es esa colección de agoreros nacionales, especialmente en el campo cultural, que van lanzando que todo está acabado: la novela, el arte…, y lo único que reflejan con ese discurso derrotista es su incapacidad para adaptarse a lo nuevo. El arte siempre ha sido una sucesión de nubes que pasan deprisa; y las grandes obras, también… Siempre todo ha pasado deprisa; todo lo nuevo no ha de ser malo”. De esa filosofía se impregnará su nuevo libro, Kassel no invita a la lógica, y donde aprovecha su reciente estancia en la Documenta de 2012 (fue invitado a escribir en público desde un restaurante chino).

Lo que más me carga de todo es esa colección de agoreros nacionales, especialmente en el campo cultural, que van lanzando que todo está acabado
La mirada de Vila-Matas es hoy optimista. En los próximos cinco años aparecerán siete novelas suyas en Suecia y en el off-off Brodway la compañía Martin Segal Theater prepara para mayo próximo una adaptación de su París no se acaba nunca… Él parece que tampoco: está ahora con esa “búsqueda suprema de la autenticidad”. Lo argumenta: “Es un poco lo que decía Foster Wallace en su artículo sobre volver a Dostoievski: hay que volver la literatura a la vida, a lo humano; ahora estoy entre el intelectualismo que trata al lector de tonto y el best-seller que también lo trata así; hemos de hacer una literatura que piense en los lectores”. O sea, igual Vila-Matas no ha cambiado tanto.