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domingo, 21 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La vuelta al mundo de Julio Verne". Juan José Millás

   En "El País Semanal":

La vuelta al mundo de Julio Verne

Fue víctima de una capacidad de anticipación asombrosa. Su cabeza concibió, antes de que llegaran a la realidad, el submarino, el helicóptero, el rayo láser, los paneles solares… e incluso Internet. El escritor Juan José Millás evoca sus experiencias con los universos de Verne.

Julio Verne. He ahí un tipo que descubrió el siglo XX dentro del siglo XIX, lo que viene a ser como adivinar la edad de los metales en medio de la edad de piedra. Supongamos que estás cortando un pedazo de carne cruda de jabalí con una grosera hacha de sílex conociendo ya intelectualmente la posibilidad del hierro. Lo lógico es que te lleven los diablos. A mí me parece que a Julio Verne le llevaban los diablos porque el traje del XIX le venía pequeño. Podría haber acabado en el frenopático, pero canalizó a través de la escritura la mala sangre que le provocaba vivir dentro de una época con cuatro tallas mentales menos de las que le correspondían.
Aun así, y pese al éxito literario, su vida fue en muchos aspectos un desastre. No se pierdan este fragmento, tomado de la Wikipedia, de una carta en la que le habla de sí mismo a su madre: “Una vida que limita al norte con el estreñimiento, al sur con la descomposición, al este con las lavativas exageradas, al oeste con las lavativas astringentes (…). Es probable que estés enterada, mi querida madre, de que existe un hiato que separa ambas posaderas y no es sino el remate del intestino. Ahora bien, en mi caso, el recto, presa de una impaciencia muy natural, tiene tendencia a salirse y por consiguiente a no retener tan herméticamente como sería posible su gratísimo contenido (…), graves inconvenientes para un joven cuya intención es alternar en sociedad”.
Verne fue atacado también por fiebres de origen desconocido y sufrió una paralización facial de difícil diagnóstico. Somatizaciones, tal vez, de un desacuerdo emocional con el entorno, aunque él prefería atribuirlas a la deficiente alimentación provocada por sus penurias económicas, ya que su padre le había retirado el estipendio por no dedicarse a las leyes. En la nota citada más arriba trata de estimular la mala conciencia de su madre a la manera en que Van Gogh, en las célebres cartas, estimulaba las de Teo, su hermano y mecenas. En cualquier caso, llamar hiato al culo constituye un acierto literario que vale por las penalidades que describe.

En sus novelas, la máquina no está al servicio del hombre como mera herramienta, sino a modo de prótesis
De acuerdo, Verne padecía hemorroides, como indica delicadamente en su carta, pero las combatía con cocaína, una cosa por otra. Una producción literaria tan extensa como la suya se explica mal sin la ayuda de algún tipo de estimulante. La coca proporciona una excitación tranquila, o una tranquilidad excitante, que le viene muy bien a la actividad creadora. Cabe señalar, de otro lado, que esa “impaciencia muy natural” de salirse de su sitio que atribuye a su recto parece una metáfora de la que le consumía a él por salirse del siglo que le tocó vivir.
Nacido en 1828, año de la invención del hormigón, vivió hasta 1905, en que se descubrió el acero inoxidable. Tanto el primero como el segundo, debido a su potente presencia material, simbolizan el mundo del que venía, que era el de una racionalidad sin fisuras, una lógica de circuito cerrado, cuando él ya intuía que detrás de la electricidad vendría la electrónica. Eso le hacía vivir fuera de sí, obligándole a escribir como un poseso, pues en solo 13 años (de 1863 a 1876) publicaría, entre otros muchos, títulos tan definitivos como Cinco semanas en globoViaje al centro de la TierraDe la Tierra a la LunaVeinte mil leguas de viaje submarinoLos hijos del capitán GrantLa vuelta al mundo en 80 días y Miguel Strogoff.
En las novelas de Verne, la máquina no está al servicio del hombre como mera herramienta, sino a modo de prótesis; como si, más que un hallazgo para multiplicar sus posibilidades, se hubiera inventado para sustituir una amputación. De este modo, en su fantasía se configura ya el advenimiento del ciborg, esa criatura en la que la biología y la tecnología se confunden como los materiales en una amalgama. ¿Cómo se relacionan, si no, el Capitán Nemo y el Nautilus?
Julio Verne fue víctima de una capacidad de anticipación asombrosa. Por su cabeza, y antes de que llegaran a la realidad, pasaron el submarino, el helicóptero, el rayo láser, la videoconferencia, los paneles solares, incluso, como se verá más adelante, Internet. Exageraciones, dirán algunos. Bueno, basta observar las coincidencias entre su vuelo imaginario a la Luna y el del Apolo 11, llevado a cabo realmente cien años más tarde, para aceptar sin reservas el adjetivo de visionario que tantas veces se le atribuye. Tanto en la novela como en la realidad, por ejemplo, la tripulación se compone de tres personas. La nave de Verne y la de la NASA tenían ambas forma cónica y medían y pesaban prácticamente igual. Lo mismo podemos decir de la velocidad alcanzada por una y por otra nave, así como de la duración del viaje. Las dos cápsulas aterrizan en el llamado Mar de la Tranquilidad y amerizan, de regreso a la Tierra, a solo cuatro kilómetros la una de la otra. Por cierto que la de los americanos despegó de Cabo Kennedy, muy cerca de la del escritor, que salió de Tampa, Florida.

Verne ejemplificó la idea de que el sueño y la vigilia forman un ‘continuum’ en el que no existe una línea de puntos donde meter la tijera
Aseguraba Verne que todo lo imaginable es realizable. Sabía, pues, que lo que llega a la vida pasa antes por la cabeza. Poseía una conciencia excepcional de que lo que llamamos realidad no es más que una pequeña parte de ella, pues también los sueños y las fantasías lo son. Más aún: no es que sean realidad, es que conforman lo que nombramos de este modo. No se puede fabricar un objeto que no haya sido antes un fantasma en la mente de alguien. No se puede llevar a cabo un viaje (como el de la Tierra a la Luna) que no se haya soñado previamente, ni escribir una novela sobre la que no se haya fantaseado, ni construir una nave de la que no existiera una visión previa. Pese a esta evidencia, todavía hoy se insiste en colocar entre la imaginación y la realidad una valla electrificada de tres metros. Es inútil, la imaginación atraviesa la valla por la noche y aparece como realidad al día siguiente. De ahí la importancia de una imaginación bien amueblada. Cuando, encontrándonos en el cine, las imágenes comienzan a salir distorsionadas, a nadie se le ocurre que el problema sea de la pantalla, que no es más que una sábana blanca, sino del proyector. Así, lo que llamamos realidad es una proyección de lo que sucede en nuestras cabezas. Cuando la realidad está mal, y está mal siempre, nos entretenemos sin embargo en ajustarle las cuentas a la pantalla en vez de analizar los problemas del proyector. Un plan educativo verdaderamente revolucionario consistiría en aceptar la premisa de que la fantasía conforma la realidad. Curiosamente, se combate desde todos los ámbitos. Por eso hablamos siempre de lo que nos ocurre en vez de hablar de lo que se nos ocurre. Lo que se nos ocurre, bueno o malo, llega tarde o temprano a la vida, a esa pequeña parte de la vida que llamamos realidad.
Todo esto era para señalar que Verne ejemplificó la idea de que el sueño y la vigilia (o el delirio y la vida) forman un continuum en el que no existe una línea de puntos donde meter la tijera. Si él fue capaz de inventar el siglo XX en la mitad del XIX, nosotros podemos reinventar (o volver a encontrar) a Verne en el XXI. Como en una relación especular, Verne se proyecta desde su época hacia la nuestra y la nuestra le devuelve la imagen gracias a los avances prefigurados por él. Uno de ellos es precisamente Internet. En 1863, y después del gran éxito de Cinco semanas en globo, escribió una novela titulada París en el siglo XX que su editor habitual, Pierre Jules Hetzel, le aconsejó guardar en el cajón, pues, además de no alcanzar el nivel de la anterior, se mostraba en ella muy pesimista respecto al futuro. La acción discurre en 1960, en un París en el que hay rascacielos de vidrio, automóviles, calculadoras y, ¡atención!, una red mundial de comunicaciones que se concreta en una especie de telégrafo global que evoca la idea de la Red. En ese París imaginado, las humanidades ya no forman parte de los planes de estudio y escritores de la talla de Victor Hugo han pasado al olvido. Las finanzas, en cambio, ocupan un espacio tal que el dinero ha dejado también de ser un instrumento del hombre para convertirse el hombre en un instrumento de él.
Bueno, profecía pesimista cumplida. La novela permaneció perdida hasta 1994, cuando el internet embrionario imaginado por Verne en esa novela ya funcionaba en la realidad. La Red, si uno lo desea, se vuelve hacia el siglo XIX y encuentra al autor de Miguel Strogoff.
Imagínense, si no, a un escritor actual de vacaciones, en medio del campo, a 500 kilómetros de su mesa de trabajo, de sus libros de consulta, de sus fetiches, prácticamente a 500 kilómetros de sí mismo. Supongamos que le llaman del periódico para encargarle unos folios sobre Julio Verne. Precisemos que solo cuenta, para comprobar fechas, títulos, argumentos, datos históricos, etcétera, con la memoria de las lecturas de las novelas del autor francés, ya demasiado antiguas, y con un ordenador portátil de apenas dos kilos de peso. Ese escritor soy yo. Ese escritor pone en el buscador de su portátil las palabras Julio Verne y en menos de 30 segundos le aparecen casi 500.000 entradas sobre el autor de El Chancellor. Significa que así como Verne navegó por nuestra época, nos radiografió en cierto modo antes de que naciéramos, nosotros podemos navegar por la suya con herramientas (o prótesis) que él intuyó, o con las que soñó. Esa es una parte del juego especular entre él y nosotros. Usted y yo estábamos en él y él, ahora, está en nosotros. Y de qué modo, pues no hay hallazgo de carácter técnico o científico que no nos lo recuerde. Somos los herederos de sus delirios y quienes los hemos llevado a la práctica. Esos delirios nos ayudaron, como lectores jóvenes, a sobrevivir a la realidad y, como personas adultas, a progresar técnicamente.
Es raro el lector cuyo encuentro con la obra de Verne no le haya movido los cimientos. Cada uno, si fuera posible preguntarle, tendría una historia propia que contar acerca de ese encuentro. Una historia sugestiva, queremos decir, de las que modifican la trayectoria de una vida, pues las novelas de Verne poseen muchos de los ingredientes de ese género que llamamos “de iniciación”. Son efecto, iniciáticas, tienen la capacidad de fundar un proyecto, de colocar las bases de una existencia.
Por mi parte, quiso el azar (esa forma, según Borges, de causalidad cuyas leyes ignoramos) que la primera novela que leyera en mi vida fuera Cinco semanas en globo. Aclarémonos: yo no era lector. Yo era un niño que pasaba muchas horas en la calle y que en invierno, para combatir el frío, se metía a ratos en una biblioteca pública de su barrio en la que había calefacción, pero donde era obligatorio permanecer callado y quieto: tal era el precio del calor. Un día, por puro aburrimiento, ese niño se levantó de la mesa, se acercó a una de las estanterías, extrajo de ella un par de libros que devolvió a su lugar después de examinar sus portadas. Su dedo índice continuó recorriendo los lomos de los volúmenes, como la aguja de la ruleta recorre las casetas de los números, hasta que se detuvo en Cinco semanas en globo. La ilustración de cubierta mostraba un globo con la canasta medio desprendida y a cuyos restos se aferraban desesperadamente dos o tres personas. El niño regresó perezosamente con el libro a la mesa, lo abrió, leyó sus primeras líneas y se precipitó en el interior del relato como el que tropieza y cae por las escaleras que conducen al sótano. Un instante fundacional. Allí nació, sin duda, la idea del libro como sótano, como lugar simbólico en cuyo interior estás a salvo de todo excepto de ti mismo. El libro como salvación, la lectura como venganza.
El niño no era socio de la biblioteca, por lo que no podía tomar el libro prestado para llevárselo a casa. Cuando llegó la hora de cerrar, se desprendió de él como si se desprendiera de un brazo o una pierna. Regresó al hogar incompleto. Los libros, desde ese instante, se habían convertido para él, no en una herramienta, sino en una prótesis, es decir, en algo que venía a sustituir una amputación misteriosa de la que hasta ese momento no había sido consciente. Ya no podría vivir sin ellos. Al día siguiente, media hora antes de que abrieran la biblioteca, el niño ya estaba a sus puertas para ser el primero en entrar, no fuera a ser que alguien cogiera antes que él la novela comenzada el día anterior. No habría podido soportarlo. Durante los siguientes días viajó en aquel globo junto al Doctor Fergusson, su criado Joe y su amigo Dick Kennedy. Partieron de Zanzíbar y observaron África desde el cielo. El niño todavía no se ha bajado de ese globo.
Curiosamente, esta primera novela de mi vida fue la primera escrita por Verne y la que lo lanzó al éxito después de flirtear sin éxito con el teatro. Pero hay una coincidencia más, verdaderamente extraordinaria, y es que Cinco semanas en globo apareció el 31 de enero de 1863. El 31 de enero es mi cumpleaños, de modo que siempre la acepté como un regalo, el mejor de mi vida. A Verne, tan aficionado a la cabalística, le habrían encantado este cúmulo de casualidades. Pero hablando de viajes, en globo o en nave espacial, ¿acaso no resulta asombroso que una novela publicada en francés en 1863 sea leída un siglo después en español por un crío que vive en la periferia de Madrid?
Después de la lectura de Cinco semanas en globo vino inevitablemente la del Viaje al centro de la Tierra, y la de Veinte mil leguas de viaje submarino, y la de Miguel Strogoff, y la de De la Tierra a la Luna, y la de La vuelta al mundo en 80 días… Verne parecía un territorio inagotable, una comarca de la realidad tan vasta y turbulenta como nuestro propio mundo interior, que recorríamos sin darnos cuenta al descender a las profundidades del volcán Sneffels, o al precipitarnos en el espacio intentando hacer diana en la Luna, o al atravesar Siberia como correos del zar de Rusia… Cada lector tiene su propio mapa de las lecturas de Julio Verne. Ese mapa constituye una excelente representación de aquellas tardes muertas, de aquellas tardes consumidas en una esquina de la biblioteca pública del barrio; de aquellas tardes que luego resultaron las más vivas; aquellas tardes en las que la relación con Verne, al tiempo de enseñarnos a leer novelas, nos enseñó a leernos a nosotros mismos. Si aprender a leer es aprender a leerse, la deuda con este autor, tanto en el plano individual como en el colectivo, es impagable.
Como ya se ha dicho, murió en 1905, año de la publicación de la Teoría de la relatividad especial, de Einstein. Poco antes había aparecido la Interpretación de los sueños, de Freud. Verne rozó, pues, con la yema de los dedos, teorías científicas que modificaron la percepción de la realidad física y de la psíquica, previamente alteradas por su literatura. Pocos años después encontraríamos también sus huellas en el surrealismo. Verne no solo descubre el siglo XX, lo prologa, lo divide en capítulos, confecciona su índice…
Sus relaciones con la vida doméstica, para la que parecía poco dotado, no mejoraron con el paso del tiempo. A la mala relación de siempre con su hijo se añadió la agresión de que fue víctima por parte de un sobrino que una noche, regresando juntos a casa, le pegó dos tiros dejándolo cojo para siempre. Por cierto, que el hijo mencionado, Michel, publicó varias novelas póstumas de su padre, la mayor parte de ellas retocadas por él.
Dicen que durante sus últimos años se acentuó el pesimismo latente que algunos han visto a lo largo de su obra, y que vivió una vejez marcada por la depresión y el aislamiento. Quizá le amargaba la idea de no haber escrito todo lo que tenía en la cabeza. Aun así, su obra es oceánica. De sus novelas (más de medio centenar) se han hecho casi cien pe­lículas (solo de Miguel Strogoff se han rodado 16 versiones) y se encuentra entre los autores más traducidos de la historia. Es como para no creérselo.
La colección Biblioteca Julio Verne consta de 40 entregas con obras del escritor francés y se vende cada domingo con EL PAÍS a partir del próximo 21 de septiembre.

sábado, 26 de septiembre de 2009

LECTURA. CLÁSICOS DE AVENTURAS. "Robinson Crusoe", de Daniel Defoe



Así comienza la novela de Daniel Defoe, publicada en 1719 -la traducción es de Julio Cortázar-:

ROBINSON CRUSOE

1. PRIMERAS AVENTURAS DE ROBINSON

Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de buena fa­milia aunque no del país, pues mi padre, oriundo de Bremen, se había dedicado al comercio en Hull, donde logró una buena posición. Desde entonces, y luego de abandonar su trabajo, se radicó en York, donde casó con mi madre; ésta pertenecía a los Robinson, una distinguida familia de la región, y de ahí que yo fuera llamado Robinson Kreutznaer, aunque por la habitual corrupción de voces en Inglaterra se nos llama Crusoe, nombre que nosotros mis­mos nos damos y escribimos y con el cual me han cono­cido siempre mis compañeros.
Siendo el tercero de los hijos, y no preparado para nin­guna carrera, mi cabeza empezó a llenarse temprano de de­sordenados pensamientos. Mi anciano padre me había dado la mejor educación que el hogar y una escuela común pueden proveer, y me destinaba a la abogacía; pero yo no ansiaba otra cosa que navegar y mi inclinación a los viajes me hizo resistir tan fuertemente la voluntad y las órdenes de mi padre, así como las persuasiones de mi madre y mis amigos, que se hubiera dicho que existía algo de fatal en esa tendencia que me arrastraba directamente hacia un destino miserable.
Mi padre, hombre prudente y serio, trató con sus exce­lentes consejos de hacerme abandonar el intento que había adivinado en mí. Una mañana me llamó a su habitación, donde lo retenía la gota, para hacerme cordiales advertencias sobre mis proyectos. Con su tono más afectuoso me rogó que no cometiera una chiquillada y me precipitara a desdichas que la naturaleza y mi posición en la vida pare­cían propicias a evitarme; no tenía yo necesidad de ga­narme el pan puesto que él me ayudaría con su impulso a obtener la situación acomodada que me había destinado; en fin, si no lograba una posición en el mundo sería sólo por culpa mía o del destino, sin que tuviera él que rendir cuentas de ello, ya que cumplía con su deber al prevenirme contra actitudes que sólo redundarían en mi desgracia; en una palabra, me aseguró que haría mucho por mí si me quedaba en casa, pero que no quería tener participación al­guna en mis desventuras alentándome a partir. Para termi­nar me señaló el ejemplo de mi hermano mayor, con el cual había empleado el mismo género de persuasiones a fin de evitar que fuera a las guerras de Flandes, no pudiendo sin embargo impedir que sus juveniles impulsos lo llevaran a la lucha donde encontró la muerte. Me aseguró que no dejaría de rogar por mí, pero que se aventuraba a decirme que si me dejaba arrastrar por mi impulso Dios no me acompaña­ría, quedándome sobrado tiempo para lamentar haber de­soído los consejos paternales, y ello cuando ya nadie pu­diera acompañarme en mi arrepentimiento.
Sus palabras me afectaron profundamente, como es na­tural, y resolví abandonar toda idea de viajes, estable­ciéndome en casa de acuerdo con la voluntad paterna. Mas, ¡ay!, muy pocos días disiparon los buenos propósitos, y unas semanas después me decidí a evitar lo que conside­raba importunidades de mi padre yéndome de su lado. Sin embargo, no permití que el calor de mi resolución me arrastrara. Y acudiendo a mi madre un día en que la creí de mejor humor que otras veces le confié que mis deseos de conocer el mundo eran tan irresistibles que jamás podría dedicarme a cosa alguna que me lo impidiera, y agregué que mi padre haría mejor en darme su consentimiento que obligarme a partir sin él. Ya tenía yo dieciocho años, edad demasiado avanzada para entrar de aprendiz en cualquier comercio o como pasante en un bufete, y si me forzaban a ello estaba seguro de escapar de mi amo a toda costa y lan­zarme al mar. Por fin le aseguré que, si convencía a mi pa­dre de que me dejara partir y a mi regreso encontraba yo que el viaje no me había gustado, le prometía no volver a intentarlo jamás y rescatar, con todo celo y diligencia, el tiempo perdido.
Todo esto sólo sirvió para encolerizar a mi madre. Me dijo que era vano hablar a mi padre del asunto, que lo sa­bía demasiado seguro de cuál era el camino provechoso para dar un consentimiento que sólo sería mi desgracia, y se maravilló de que pudiera insistir después de la conversa­ción que había tenido con él y las tiernas y bondadosas fra­ses que había empleado conmigo; en fin, si yo estaba dis­puesto a perderme, no había manera de impedirlo, pero ja­más mi intención lograría el consentimiento de ambos; por su parte no estaba dispuesta a colaborar en mi ruina y nunca podría decirse de ella que había obrado contra la vo­luntad de su esposo.
Aunque se cuidó de decir todo esto a mi padre, vine a sa­ber más tarde que le contó lo ocurrido y que el anciano, tras de mostrar gran preocupación, dijo suspirando:
—El muchacho sería dichoso si se quedara en casa, pero si se lanza a viajar será el hombre más infeliz que haya pi­sado la tierra. No puedo darle mi consentimiento.
Sólo un año después de todo esto dejé mi casa, aunque entretanto me mantuve sordo a toda proposición que se me hizo de dedicarme al comercio, y discutía frecuentemente con mis padres sobre lo que yo consideraba su empecina­miento contra mis más ardientes inclinaciones. Pero un día, hallándome casualmente en Hull y sin la menor intención de escaparme en esa oportunidad, encontré un amigo que se embarcaba para Londres en el barco de su padre y que me instó a que lo acompañara, valiéndose del cebo habitualmente empleado por los marinos, esto es, que el pasaje no me costaría nada. Sin consultar a mis padres ni comunicarles mi partida, dejándolos que se enteraran como pudie­sen; sin pedir la bendición de Dios ni la de mi padre y sin cuidado alguno de las circunstancias y las consecuencias de mi acción, en un día aciago como Dios sabe, el primero de septiembre de 1651 me embarqué en aquel navío rumbo a Londres. No creo que las desgracias de ningún mucha­cho aventurero hayan comenzado tan pronto y durado tanto. Apenas habíamos salido del Humber cuando se de­sató el viento y las olas empezaron a encresparse horrible­mente; yo, que jamás había estado en el mar, sufrí a la vez el padecimiento del cuerpo y el terror del alma. Me puse a pensar seriamente en lo que había hecho, y con qué justicia me castigaba el cielo por mi perversa conducta al abando­nar la casa de mi padre y mi deber.
Entretanto la tormenta crecía y el mar, aún desconocido para mí, parecía levantarse, aunque nunca en la forma en que lo vi más adelante; no, nunca como lo vi unos días des­pués. Pero entonces bastaba para impresionar a un joven marino que no tenía noción alguna al respecto. Me parecía que cada ola iba a tragarnos, y que cada vez que el barco se hundía, en lo que a mí me daba la impresión de ser el fondo del mar, jamás volvería a surgir a la superficie. En tal estado de terror hice solemnes promesas y adopté la re­solución de que, si Dios llevaba su bondad a perdonarme la vida y me permitía desembarcar a salvo, iría directamente a la casa de mis padres para no volver a pisar la cubierta de una nave en lo que me quedara de vida. Prometí también que seguiría el consejo paterno sin precipitarme nunca más en tan miserables andanzas; veía claramente ahora la justeza de sus palabras acerca de una cómoda medianía en la vida, cuán fácil y confortable había transcurrido para él la existencia, lejos de toda tempestad en el mar y conflicto en la tierra; y decidí volver, como el hijo pródigo, a casa de mis padres.
Mis prudentes y sosegados pensamientos duraron lo que la tormenta y hasta un poco más; pero al día siguiente el viento había amainado, el mar estaba menos revuelto y yo comencé a habituarme a ambos. No obstante me mantuve serio todo el día, a lo que hay que sumar un resto de ma­reo, pero hacia la tarde el tiempo aclaró completamente, el viento cesó en absoluto y tuvimos un hermoso crepúsculo. Con igual claridad que al ponerse se levantó el sol a la si­guiente mañana; soplaba apenas una brisa, el mar estaba terso y el sol, brillando sobre las aguas, componía el más hermoso de los espectáculos que me fuera dado ver.
Habiendo dormido profundamente me sentía ya libre del mareo, y lleno de ánimo miraba maravillado el mar tan te­rrible el día anterior y capaz de mostrarse tan sereno y agradable muy poco después. Entonces, como para impe­dir que continuaran mis buenas resoluciones, el camarada que me había impulsado a embarcarme se me acercó y me dijo, palmeándome el hombro:
—Y bien, Bob... ¿cómo lo has pasado? Apuesto a que te diste un buen susto anoche, y eso que no sopló más que una ráfaga.
— ¿Le llamas ráfaga? —exclamé—. ¡Pero si fue una terri­ble tormenta!
— ¡Tormenta! —dijo mi amigo—. ¿Le llamas tormenta a eso, gran tonto? ¡Pero si no fue nada! Con un buen barco y mar abierto no nos preocupamos por un viento como ése. Es que tú eres marino de agua dulce, Bob. Ven, apuremos un jarro de ponche y nos olvidaremos de todo. ¿No ves qué hermoso tiempo hace ahora?
Para abreviar esta lamentable parte de mi relato, diré que seguimos el camino de todos los marinos; el ponche fue servido, yo me embriagué con él y en el desorden de aque­lla noche abandoné todo arrepentimiento, mis reflexiones sobre el pasado y mis resoluciones acerca del futuro. En al­gunos momentos de meditación, empero, aquellos pensa­mientos parecían esforzarse por retornar a mí, pero me apresuraba a rechazarlos y me salía de ellos como de una enfermedad. Así, dedicándome a beber y a alternar con los camaradas, pronto dominé aquellos ataques —como yo los llamaba— y en cinco o seis días logré la más completa victoria sobre la conciencia que pudiera desear un muchacho resuelto a no escucharla. Pero otra prueba me esperaba, y la Providencia, tal como lo hace en casos así, resolvió de­jarme esta vez sin la menor excusa en mi futura conducta; porque si el primer episodio podía no parecerme una adver­tencia, el siguiente fue tal que el peor y más empedernido miserable entre nosotros hubiera admitido a la vez el peli­gro y la gracia.
Al sexto día de navegación entramos en la rada de Yarmouth; con viento contrario y tiempo sereno, habíamos avanzado muy poco desde la tormenta. Nos vimos obligados a anclar en la rada y quedarnos allí, mientras el viento soplaba continuamente del sudoeste, por espacio de siete u ocho días, durante los cuales muchos barcos provenientes de Newcastle entraron en la rada, puerto común donde los navíos podían aguardar viento favorable para remontar el río.
Sin embargo, no hubiéramos permanecido tanto tiempo allí sin remontar el río de no levantarse un viento que, entre el cuarto y quinto día, empezó a soplar con furia. Con todo, aquellas radas eran consideradas tan seguras como un puerto y estábamos muy bien y sólidamente anclados, por lo cual nuestros hombres no se preocupaban, en un todo ajenos al peligro, y pasaban el tiempo en diversiones y descanso como todo marino. Pero en la mañana del octavo día el viento arreció, y fue necesario que toda la tripulación se lanzara a calar los masteleros y aligerar lo bastante para que el buque se mantuviera fondeado lo mejor posible. A mediodía creció el mar, y el castillo de proa se hundía mientras las olas barrían la cubierta, al extremo de que lle­gamos a creer que el ancla se había cortado y el capitán mandó echar el ancla de esperanza, con lo cual el barco se mantuvo con dos anclas y los cables tendidos hasta las bi­tas.
Esta vez era verdaderamente un terrible temporal, y yo comencé a ver señales de espanto hasta en el rostro de los marinos. El capitán atendía las maniobras para preservar el barco, pero mientras entraba y salía de su cabina y pa­saba cerca de mí le oí decir varias veces:
— ¡Dios se apiade de nosotros, nos ahogaremos todos, estamos perdidos!
Durante los primeros momentos, yo permanecí en mi ca­marote de proa como petrificado, y no podría describir lo que pasaba por mí. Me dolía recordar mi primer arrepenti­miento, del que aparentemente me había sido tan fácil li­brarme y contra el cual me había endurecido; pensaba que no había peligro de muerte y que el temporal amainaría como el otro. Pero cuando el capitán pasó cerca de mí y le oí decir que estábamos todos perdidos me espanté horrible­mente y levantándome de mi cucheta me asomé fuera. Ja­más había visto un espectáculo tan espantoso; el mar se hinchaba como si fueran montañas y nos barría a cada instante; cuanto veían mis ojos en torno era desolación. En dos barcos anclados cerca de nosotros habían cortado los mástiles por exceso de arboladura, y nuestros marineros gritaban que un navío fondeado a una milla del nuestro acababa de naufragar. Otros dos barcos que habían perdi­do sus anclas eran arrebatados de la rada hacia el mar, li­brados a su suerte. Los barcos livianos resistían mejor el embate, pero dos o tres de ellos pasaron desmantelados frente a nosotros, huyendo con sólo la botavara al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre pidieron al capitán que les dejara cortar el palo de trinquete. Aunque se negó al principio, las protestas del contramaestre que aseguraba que el buque se hundiría en caso contrario lo lle­varon a consentir; pero cuando cayó el mástil se vio que el palo mayor quedaba suelto y sacudía de tal manera el barco que fue necesario cortarlo a su vez y dejar la cu­bierta arrasada.
Cualquiera puede inferir en qué estado de ánimo estaría yo a todo esto, siendo un novato en el mar y habiendo pa­sado poco antes tanto miedo por una simple ráfaga. Pero —sí me es posible describir ahora los pensamientos que me asaltaban entonces— recuerdo que sentía diez veces más miedo por haber abominado de mis anteriores resoluciones y recaído en los malos designios que por la idea de la muerte. Eso, agregado al espanto de la tormenta, me oca­sionó un estado de ánimo que jamás podría narrar. Y sin embargo lo peor no había sobrevenido aún; el temporal continuaba con tal furia que los mismos marineros asegu­raban no haber visto jamás uno semejante. Teníamos un buen barco, pero excesivamente cargado y calaba tanto que los marineros esperaban verlo irse a pique a cada mo­mento. El único alivio que se me brindó entonces fue igno­rar el sentido de la expresión «irse a pique», hasta que lo supe más tarde. Pude entonces ver en medio de la furia de la tormenta algo que no es frecuente: al capitán, al contra­maestre y algunos otros más cuerdos que el resto, elevando sus ruegos mientras el navío parecía zozobrar a cada instante. A mitad de la noche, y para colmo de nuestras desventuras, uno de los marineros que descendiera de in­tento para observar la cala volvió gritando que el barco ha­cía agua; otro hombre aseguró que ya había cuatro pies en la bodega. De inmediato se llamó a todos a las bombas, y cuando oí esa palabra el corazón pareció dejar de latirme en el pecho y caí de espaldas sobre la cucheta donde había estado sentado. Pronto, sin embargo, los marineros vinie­ron a decirme que si hasta entonces no había sido capaz de ayudar en nada, bien podía hacerlo en una bomba como cualquier otro. Me levanté y obedecí poniendo todas mis fuerzas en el trabajo. Entretanto el capitán había divisado algunos barcos carboneros que, incapaces de resistir ancla­dos la tormenta, se veían obligados a salir de la rada y lan­zarse al mar; como habían de pasar cerca de nosotros, or­denó el capitán disparar un cañonazo en demanda de soco­rro. Yo no sabía lo que eso significaba y me sorprendí tanto que me pareció que el barco se había partido en dos o que acababa de ocurrir alguna otra cosa tremenda. Para decirlo en una palabra, me desmayé. En aquella hora cada uno tenía su propia vida que cuidar, y naturalmente nadie se preocupó por lo que pudiera haberme ocurrido; otro marinero que vino a la bomba me hizo a un costado con el pie, creyendo seguramente que había muerto, y pasó un largo rato antes de que recobrara el sentido.
Trabajábamos más y más, pero el agua crecía en la bo­dega y era evidente que terminaríamos por hundirnos; aun­que la tormenta había decrecido un poco no parecía proba­ble que pudiéramos sostenernos a flote hasta entrar en puerto, por lo cual el capitán siguió disparando cañonazos. Un barco pequeño que estaba anclado justamente delante de nosotros osó enviar un bote en nuestro auxilio. Fue harto afortunado que el bote pudiera acercarse, pero nos resultaba imposible transbordar a él así como al bote man­tenerse al costado, hasta que los remeros, con un supremo esfuerzo en el que exponían sus vidas para salvar las nuestras, consiguieron alcanzar el cable que por la popa les tiramos con una boya al extremo, y después de infinitas difi­cultades los remolcamos hasta nuestra popa y pudimos así transbordar. No era su propósito volver al navío de donde partieran, de modo que estuvimos de acuerdo en dejarnos llevar por el viento y solamente encaminar en lo posible el bote hacia tierra firme; nuestro capitán, por su parte, ase­guró que si la embarcación se averiaba al tocar la costa, él indemnizaría a su dueño y con eso, remando algunos y otros dirigiendo el rumbo, fuimos hacia el norte sesgando la costa casi a la altura de Winterton Ness.
Mientras los hombres se inclinaban sobre los remos tra­tando de acercar el bote a tierra, y en los momentos en que éste, al montar sobre una ola, nos permitía la visión de la costa, podíamos distinguir una gran cantidad de gentes co­rriendo por ella con intención de ayudarnos. Pero avan­zábamos con gran lentitud y no pudimos alcanzar la costa hasta más allá del faro de Winterton, donde hace una entrada hacia el oeste en dirección a Cromer y, por tanto, la misma tierra protege al mar contra la violencia del viento. Allí desembarcamos no sin bastantes dificultades, y fuimos a pie hacia Yarmouth donde nuestra desgracia fue aliviada por la generosidad de todos, desde los magistrados de la ciudad que nos dieron buen alojamiento hasta los co­merciantes y propietarios de barcos, que nos facilitaron su­ficiente dinero para ir a Londres o retornar a Hull, según nuestra voluntad.
Si hubiera tenido entonces bastante sensatez para volver a Hull y a mi hogar, habría encontrado allí la felicidad, y mi padre, como un emblema de la parábola de Nuestro Se­ñor, habría matado para mí el ternero cebado; en verdad, al enterarse de la desgracia ocurrida en la rada de Yarmouth al barco en el cual yo había huido, pasó largo tiempo inquieto hasta asegurarse de que no me había aho­gado.
Pero mi mala estrella seguía impulsándome con una fuerza que nada podía resistir, y aunque muchas veces me sentí agobiado por el pensamiento y la voluntad de volver a casa, no encontré fuerza suficiente para hacerlo. Ignoro qué nombre debo dar a esto, ni pretendo que se trate de una secreta predestinación que nos lleva a ser instrumentos de nuestra propia ruina, aun cuando la estemos viendo y corramos hacia ella con los ojos abiertos. Por cierto que sólo una desdicha inevitablemente destinada a mí, y de la cual me era imposible escapar, podía haberme arrastrado contra todo sensato razonamiento y las persuasiones de mi propia meditación, máxime teniendo en cuenta las dos evi­dentes advertencias que acababa de recibir en mi primera tentativa.
El camarada que me había empujado en mi decisión, y que era el hijo del capitán, parecía ahora mucho menos animoso que yo. La primera vez que me habló en Yarmouth, es decir, dos o tres días más tarde, porque nos alo­jábamos en lugares distintos, me dio la impresión de que estaba cambiado, y luego de preguntarme con aire melan­cólico y moviendo la cabeza cómo estaba mi salud, se vol­vió hacia su padre y le dijo quién era yo y cómo había in­tentado ese viaje a manera de prueba para más distantes expediciones. Su padre se volvió a mí con un aire a la vez grave y afectuoso, para decirme:
—Joven, no os embarquéis nunca más. Lo que ha ocu­rrido debe bastaros como indudable signo de que no estáis destinado a ser marino. Estad seguro de que, si no volvéis al hogar, en cualquier sitio adonde vayáis encontraréis de­sastres y decepciones, hasta que las palabras de vuestro pa­dre se hayan cumplido en vos.
Nos separamos al rato, sin que yo le hubiera contestado gran cosa, y no sé qué fue más tarde de él. Por lo que a mí respecta, dueño de algún dinero, me fui por tierra a Londres y allí, lo mismo que en el curso del viaje, sostuve duras luchas conmigo mismo para decidir cuál debería ser mi camino, si volvería a casa o al mar. De ir a casa me de­tenía la vergüenza, opuesta a mis mejores impulsos; se me ocurría que todos iban a reírse de mí, que no sólo me humi­llaría presentarme ante mis padres sino a los vecinos y ami­gos; y puedo decir que desde entonces he observado cuán absurdo e irracional es el carácter de los hombres, en espe­cial en los jóvenes, que los lleva a no avergonzarse de sus faltas y sí de su arrepentimiento, que no se reprochan los actos por los cuales merecen el nombre de insensatos mientras que los humilla el retorno a la verdad que les valdría en cambio la reputación de hombres prudentes.
Tuve suerte al hallarme a poco de mi llegada a Londres en muy buena compañía, cosa no muy frecuente en jóvenes tan libres y mal encaminados como lo era yo entonces, ya que el diablo no tarda en prepararles sus trampas. En pri­mer lugar conocí al capitán de un barco que venía de Gui­nea y que, habiendo tenido allá muy buena fortuna, estaba resuelto a volver. Mi conversación, que en aquel entonces no era del todo torpe, le agradó mucho y oyéndome decir que ansiaba conocer el mundo me propuso hacer el viaje con él sin que me costara nada; sería su compañero de mesa y su camarada, sin contar que, llevando alguna cosa conmigo para comerciar, tendría todas las ventajas del in­tercambio y tal vez eso acrecentara mi decisión.
Acepté la propuesta y habiéndome hecho muy amigo del capitán, que era hombre simple y honesto, emprendí viaje con él llevando conmigo una modesta pacotilla que, gra­cias a la desinteresada probidad de mi compañero aumentó considerablemente. Había comprado por valor de cuarenta libras las baratijas y chucherías que el capitán me aconse­jaba llevar, y ese dinero fue el producto de la ayuda de al­gunos parientes con los cuales me mantenía en contacto, de donde infiero que mi padre, o por lo menos mi madre, contribuyeron con ello a mi primera aventura.
Aquél fue el único viaje que puedo llamar excelente entre todas mis andanzas, y lo debo a la honesta integridad de mi amigo el capitán, junto al cual adquirí además un discreto conocimiento de las matemáticas y las reglas de navega­ción, aprendí a llevar un diario de ruta, calcular la longitud y latitud para determinar la posición del buque y, en resu­men, comprender aquellas cosas que deben ser conocidas r por un marino. Es verdad que así como él tenía placer en enseñarme yo lo tenía en aprender; y en realidad aquel viaje hizo de mí a la vez un comerciante y un marino. Traje de regreso cinco libras y nueve onzas de oro en polvo a cambio de mi pacotilla, y ello me reportó en Londres no menos de trescientas libras, terminando de llenarme de am­biciosos proyectos que desde entonces me han traído a la ruina.
Y con todo, aun en aquel viaje tuve inconvenientes, por ejemplo, una continua enfermedad, producto de la elevada temperatura del clima que me producía calenturas; comer­ciábamos en la costa, desde los 15° hasta el mismo ecua­dor.
Podía considerarme ya un comerciante de Guinea, y cuando para desdicha mía a poco de desembarcar falleció mi amigo, me resolví a emprender nuevamente el viaje y embarqué en el mismo barco capitaneado ahora por el que había sido piloto en la anterior travesía. Nadie hizo nunca un viaje menos afortunado, pues aunque sólo llevé conmigo cien libras de mi nueva fortuna, dejando las doscientas res­tantes en manos de la viuda de mi amigo, que las guardó celosamente, las desgracias llovieron sobre mí. La primera ocurrió cuando nuestro barco navegaba hacia las islas Ca­narias o, mejor, entre aquéllas y la costa africana, pues fui­mos sorprendidos una mañana por un corsario turco de Sallee que empezó a perseguirnos con todas las velas desplegadas. De inmediato soltamos cuanto trapo eran ca­paces de soportar los mástiles, pero nuestra esperanza de ganar distancia se vio pronto desmentida por el avance de los piratas, por lo cual nos dispusimos a la lucha contando con doce cañones contra los dieciocho que tenía el buque pirata. A las tres de la tarde se puso a tiro, pero en vez de soltarnos su andanada por la popa como parecía dispuesto vino sesgando para alcanzarnos más de lleno, permitiéndo­nos asestarle ocho cañones de ese lado y enviarle una an­danada que lo obligó a alejarse, no sin antes responder a nuestro fuego agregando a los cañones una nutrida fusile­ría de los doscientos hombres que tenía a bordo. Por suerte no habían herido a nadie y nuestros hombres se mantenían a cubierto. Vimos que se preparaba a atacar nuevamente, pero esta vez se aproximó por la otra borda lanzándose al abordaje contra el castillo de proa, donde unos sesenta pi­ratas que consiguieron saltar se precipitaron con hachas y cuchillos a cortar los mástiles y aparejos. Los recibimos con fusilería, atacándolos también con bayonetas y grana­das de mano, hasta conseguir despejar por dos veces la cu­bierta. Pero, resumiendo esta triste parte de mi relato, des­pués que nuestro barco quedó desmantelado, con tres mari­neros muertos y ocho heridos, no tuvimos otro remedio que rendirnos y los piratas nos condujeron prisioneros a Sallee, puerto que pertenecía a los moros.


lunes, 2 de febrero de 2009

BIBLIOTECA. "No soy un libro", de José María Merino



Tres jóvenes amigos inician durante las vacaciones de verano lo que esperan que sea un largo y divertido viaje en tren por Europa, pero, sin embargo, no será como ellos esperaban... Muy pronto, en el tren que va de Madrid a París, un suceso extraño irrumpe en sus vidas. A partir de ese instante, como en los mejores relatos de ciencia ficción, José María Merino nos envuelve en una situación totalmente sorprendente e inesperada: hay un libro que no es un libro, pero que necesita ayuda y que lanza a los personajes a otro mundo, muy parecido y muy distinto al de todos los días, en donde éstos se sienten perdidos y amenazados, aunque irán superando esas dificultades, sacando lo mejor que llevan dentro y demostrando que siempre existe la posibilidad de ser los protagonistas de nuestras propias vidas.
(Texto de la contracubierta).

Publicado por SIRUELA, en la COLECCIÓN ESCOLAR DE LITERATURA, comienza con una INVITACIÓN A LA LECTURA, y finaliza con unas ACTIVIDADES TRAS LA LECTURA, todas realizadas por Antonio Rodríguez Gómez.

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL 1993

LO ENCUENTRAS EN LA BIBLIOTECA.
(En la fotografía, el autor).

viernes, 30 de enero de 2009

BIBLIOTECA. "La historiadora", de Elizabeth Kostova.



A lo largo de los siglos, se le ha considerado un mito, una leyenda terrorífica, pero, ¿y si existiera realmente? Paul, un historiador británico, ha dedicado su vida a seguir la huella de Vlad Tepes, el legendario ser que dio origen a la leyenda de los vampiros. Tras su pista, recorrió antiguas bibliotecas en Estambul, monasterios en ruinas en Rumanía, remotas aldeas en Bulgaria..., acercándose a un misterio que había aterrorizado incluso a los poderosos sultanes otomanos. Cuando el propio Paul desaparece, su hija se suma a esta búsqueda. Para ambos, llegar al final de la aventura puede significar un destino mucho peor que la muerte. Porque a cada paso que dan se convencen más de que él les está esperando.
(Texto de la contracubierta)
Editado en bolsillo por "books4pocket", lo tienes en la BIBLIOTECA

miércoles, 28 de enero de 2009

BIBLIOTECA. "El gran laberinto", de Fernando Savater




Algo terrible está ocurriendo en el Estadio. La gente que acude a presenciar el llamado "partido del siglo" no vuelve a salir, a pesar de que ya llevan más de una semana encerrados. Y unas figuras monstruosas ocupan el terreno de juego... Fisco, Jaiko, Sara y Arno tienen que intentar rescatar a sus aparentemente embrujados familiares. Para ello deben reunir las ocho letras de una palabra clave que ignoran y viajarán para conseguirlas por mar y tierra, incluso por el mundo subterráneo... Tendrán ocasión de conocer a don Quijote y a Sherlock Holmes, visitarán Praga, Venecia y París, navegarán con Simbad y discutirán sobre el amor y la muerte con un fantasma en su palacio hechizado. Después volverán para librar la batalla definitiva con su enemigo implacable, que se alimenta de almas descuidadas...
(Texto de la contracubierta)

Editada por Ariel, en la biblioteca hay dos ejemplares.

martes, 27 de enero de 2009

BIBLIOTECA. "El escarabajo de Horus", de Rocío Rueda.




Carla ve cómo su vida da un giro inesperado cuando ella y su hermano penetran en una extraña sala del museo del Louvre. Allí descubren un valioso y mágico amuleto egipcio que lleva siglos oculto. Este enigmático objeto los conduce hacia una peligrosa aventura que los llevará a conocer un maravilloso país, Egipto. Juntos tendrán que intentar no sólo regresar de una época que no les pertenece, sino salvar sus vidas, amenazadas por los planes de un faraón que obedece los deseos de la fuerza más siniestra y poderosa que jamás hubieran imaginado.


(Publicado por Oxford&Planeta, en su colección "Nautilus").

Lo tienes en la biblioteca.

BIBLIOTECA. "Marcabrú y la hoguera de hielo", de Emili Teixidor




A principios del siglo XIII, cuando el rey Jaime I, todavía niño, es educado por los Templarios en el castillo de Monzón, un valeroso juglar parte con su laúd en busca de respuestas. Entre peregrinos, bandoleros, frailes nobles y también innobles, el joven Marcabrú seguirá la pista de un secreto celosamente guardado: su verdadera identidad.
(Publicada por Planeta&Oxford, en su colección "Nautilus").
Lo tienes en la biblioteca.

martes, 23 de diciembre de 2008

LAS AVENTURAS DE ARTHUR GORDON PYM, de Edgar Allan Poe


La única narración larga de Poe. Es una novela donde se mezclan los registros realista y fantástico: publicada en 1838, ha suscitado gran controversia en torno a sus intenciones y a sus cualidades. Sin embargo, grandes autores la han apoyado, como Lovecraft, que la homenajeó en su relato En las montañas de la locura.