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viernes, 27 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Fouché. Retrato de un hombre político", de Stefan Zweig

Stefan Zweig

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Fouché. Retrato de un hombre político

LUIS FERNANDO MORENO CLAROS 21/05/2011

   Biografía. El gran escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), además de ser autor de magníficos relatos y novelas con el trasfondo del conflictivo mundo psicológico de las primeras décadas del siglo XX europeo, publicó insuperables semblanzas biográficas de escritores y personajes históricos. Con su claro estilo, su ingenio y su moderada erudición nos legó maravillas literarias tales como los magníficos retratos de Hölderlin, Casanova, Nietzsche, Montaigne o Erasmo, así como biografías en toda regla, como las inolvidables de María Antonieta o María Estuardo. Cualquiera de estas obras logra encandilar a los lectores, envueltos de inmediato en torbellinos de acción y perspicacia psicológica.
   El Fouché que ahora publica Acantilado en la excelente traducción de Carlos Fortea es de absorbente lectura. Zweig narra con su acostumbrado vigor las vicisitudes de aquel homo politicus por excelencia que fue el maquiavélico y correoso Joseph Fouché (1759-1820). Según Zweig, la Historia ha sido injusta con este político francés, que lo ha tildado sin más de espía y traidor sin comprender la singularidad de su maligna relevancia. Balzac fue de los pocos que reconoció su genio, y como Zweig admiraba tanto al autor de la Comedia humana, también sospechó que Fouché tendría algo de admirable. Tras meticuloso estudio de testimonios y memorias, su Fouché apareció en 1929.
   El camaleónico personaje se las trae. De furibundo jacobino, regicida y "ultracomunista" (escribió un verdadero "manifiesto comunista" antes de Marx, asegura Stefan Zweig), pasaría a ser ministro de Policía de Napoleón y, luego, ennoblecido con el título de duque de Otranto, efímero ministro de Luis XVIII. Como todo lo que escribía Stefan Zweig (que exclamaba un ¡hurra! cuando era capaz de tachar alguna línea superflua en sus escritos), su Fouché está exento de retórica, y con su estilo conciso y exultante bien podría leerse de un tirón. El lector se sumerge en el apasionante periodo de la Convención y el Directorio, con la caída en desgracia de Dantón y Robespierre -orquestadas por Fouché- para adentrarse a continuación en la intrigante atmósfera cortesana del despótico Napoleón Bonaparte. La encarnizada lucha de voluntades que sostuvieron ambos hombres fue titánica. Al final fue Fouché el taimado quien venció al abrupto Napoleón. El ministro de Policía era correoso e infatigable: seco, callado y calculador. Servil cuando hacía falta, pero siempre independiente e imprevisible en su fuero interno. Trepa, espía, chaquetero..., pero de algún modo admirable en su ausencia de dignidad y carácter, en su entera falta de idealismo y cruel pragmatismo. Zweig, como digno sucesor de Plutarco, quiso recordar el mundo a través de su apasionante retrato del "más extraño de los políticos" esa parte imperecedera y negra del alma de la política.

Fouché. Retrato de un hombre político
Stefan Zweig
Traducción de Carlos Fortea Gil
Acantilado. Barcelona, 2011
280 páginas. 20 euros
Libro electrónico: 12,50 euros

jueves, 24 de junio de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): "Fouché", de Stefan Zweig (1881-1942)

Stefan Zweig
Fouché, el genio tenebroso
CAPÍTULO PRIMERO
ASCENSO
(1759‑1793)

El 31 de mayo de 1759 nace José Fouché ‑¡todavía le falta mucho para ser Duque de Otranto!‑ en el puerto de Nantes. Marineros y mercaderes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero bien pronto se vio que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba. ¿Qué hacer, pues, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendas sustanciosas se quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército, un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al más humilde en su reino invisible. Como el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y profesor. A los veinte años adquiere en esta Orden ‑que desde la expulsión de los jesuitas prevalece en toda Francia‑ la educación católica, honores y cargo. Un cargo pobre, sin mucha esperanza de ascenso; pero siempre una escuela en la que él mismo aprende a la vez que enseña. Podría llegar más alto: ser fraile un día, tal vez obispo o Eminencia, si profesara. Pero, cosa típica en José Fouché: ya en el escalón inicial, en el primero y más bajo de su carrera, resalta un rasgo característico de su personalidad: la antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo. Viste el habito de clérigo, está tonsurado, comparte la vida monacal de los demás Padres espirituales, y durante diez años de oratoriano en nada se diferencia, ni exterior ni interiormente, de un sacerdote. Pero no toma las órdenes mayores, no hace voto; como en todas las situaciones de su vida, déjase abierta la retirada, la posibilidad de variación y cambio. A la Iglesia se da temporalmente y no por entero, lo mismo que más tarde al Consulado, al Imperio o al Reino. Ni siquiera con Dios se compromete José Fouché a ser fiel para siempre.
Durante diez años, de los veinte a los treinta, anda este pálido y reservado semisacerdote por claustros y refectorios silenciosos. Da clase en Niort, Saumur, Vendôme, París, pero casi no siente el cambio de lugar, pues la vida de un profesor de seminario se desarrolla igual en todas partes: pobre, silenciosa e insignificante, lo mismo en una ciudad que en otra, siempre tras muros callados, siempre apartado de la vida. Veinte, treinta, cuarenta discípulos, a los que enseña latín, matemáticas y física; muchachos pálidos, vestidos de negro, a los que lleva a misa y a los que vigila en el dormitorio. Lectura solitaria en libros científicos, comidas pobres y sueldos mezquinos. Una existencia conventual, humilde. Anquilosados, irreales, al margen del tiempo y del espacio, estériles y humillantes, parecen estos diez años silenciosos y sombríos de la vida de Fouché. Sin embargo, aprende durante ellos lo que ha de ser, más tarde, infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano. Si este hombre, aun en los momentos de mayor pasión de su vida, llega a dominar hasta el último músculo de su cara; si es imposible percibir una agitación de ira, de amargura, de emoción en su faz inmóvil, como emparedada en silencio; si con la misma voz apagada sabe pronunciar lo cotidiano y lo terrible, y si puede cruzar con el mismo paso sigiloso los aposentos del Emperador y la frenética Asamblea Popular, ello se debe a la disciplina incomparable de dominio sobre sí mismo aprendida en los años de religión; a su voluntad domada en los ejercicios de Loyola, y a su expresión educada en las discusiones de la retórica eclesiástica secular. Tal es el aprendizaje de Fouché antes de poner el pie sobre el podio de la escena mundial. Quizá no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la revolución francesa: Talleyrand, Sieyes y Fouché, salieran de la escuela de la Iglesia, maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo lastre religioso pone un sello especial a sus caracteres ‑por lo demás contradictorios‑, dándoles en los minutos decisivos cierto parecido. A esto reúne Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia interior extraordinaria contra el lujo, la fastuosidad y el arte sutil de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.
Tras muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica. Durante años enteros sólo puede actuar invisiblemente en el círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa tempestad social que inunda hasta los muros mismos del convento. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones. Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la época: las primeras aeronaves ‑los montgolfiers‑ y los grandiosos inventos en el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo extraño llamado de los "Rosatis", una especie de "Schlaraffia", en la que los intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos. José Fouché, el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, pues sabe mucho sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión, escucha, por ejemplo, cómo recita un capitán de ingenieros llamado Lázaro Carnot versos satíricos, compuestos por él mismo, o atiende al florido discurso que pronuncia el pálido abogado, de delgados labios, Maximiliano de Robespierre (entonces aún daba importancia a su nobleza) en honor de los "Rosatis". Aún disfruta la provincia de los últimos soplos del Dixhuitième filosofante. Reposadamente escribe el señor de Robespierre, en vez de sentencias de muerte, graciosos versos; el médico suizo Marat, en vez de crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en algún rincón de provincia se afana el pequeño teniente Bonaparte por imitar al Werther con una novela. Las tempestades están todavía invisibles tras el horizonte.
Parece un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de trocarse en parentesco, pues Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura de este noviazgo en todas las mesas. Por qué se deshacen al fin estas relaciones no se ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que más tarde lucharon a vida o muerte. Entonces nada saben aún de jacobinismo y de rencor, al contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado José Fouché quien presta al anémico abogado las monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un traje nuevo. Es simbólico el que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para luego ser él también quien en el momento decisivo traicione y derribe por la espalda al amigo de antaño.

martes, 22 de junio de 2010

PRENSA. "Malos de la historia": Fouché, por Nicolás Casariego

Joseph Fouché
Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos. (El primero estaba dedicado a Medea, escrito por Clara Sánchez. Para leerlo, buscar en las etiquetas -Malos de la historia, Medea, Sánchez Clara-. El segundo, a Elizabeth Bathory -buscar en etiquetas Malos de la historia, Condesa sangrienta, Bathory Elizabeth-. El tercero, al conde Drácula -buscar en Roncagliolo, Malos de la historia, Drácula).

La serpiente enroscada
Joseph Fouché. Su biografía marcó dos décadas de la historia de Francia. Maestro de la doblez, sirvió con ahínco a la monarquía y a la república; a Napoleón y a Luis XVIII. Eterno ministro de Policía, cargo al que dio forma y contenido, hombre feo y funcionarial, fusiló a enemigos y opositores sin inmutarse. Murió humillado en el destierro.

NICOLÁS CASARIEGO
EL PAIS SEMANAL - 28-08-2005

El 15 de enero de 1793 es la víspera de la votación de la Convención en la que se decidirá si el depuesto rey francés Luis XVI morirá o salvará la vida. Joseph Fouché (1759-1820), diputado por Nantes, asegura a sus correligionarios, los moderados girondinos, representantes del clero y la burguesía, que votará no a la ejecución. Desde que pisó la Asamblea, Fouché ha sido muy discreto y se ha dejado notar lo menos posible. Pero esta vez la votación no es secreta, y Europa entera espera el resultado, ansiosa por ver hasta dónde son capaces de llegar los republicanos franceses en el establecimiento de un nuevo orden. En las calles, los agitadores instigados por los radicales del partido de la “montaña”, liderado por Robespierre, movilizan a los parisienses a pedir la cabeza del ahora ciudadano Luis Capeto, prisionero en el Temple. El 16 de enero de 1793, cuando Fouché sube al estrado para otorgar su voto, todavía no está claro el triunfo del no. Pero ante la sorpresa de sus amigos, los girondinos, Fouché les traiciona y vota a favor de la ejecución del rey. Fouché, que sabe ver como nadie el derrotero que van a tomar los acontecimientos, ha llegado a la conclusión de que los radicales se impondrán, y a partir de ese día y durante un tiempo será uno de los más exaltados de entre ellos. El resultado final de la votación es bien conocido: Luis XVI y María Antonieta serán decapitados en la guillotina, entre los vítores del pueblo.
El 1 de agosto de 1815, Joseph Fouché entra en la iglesia para casarse con la joven condesa de Castellane, exponente de la más rancia aristocracia. Fouché no es ahora un furibundo diputado republicano, azote de ricos y curas. Es el duque de Otranto, ministro de Policía del rey. Y como primer testigo del contrato de desposorios del regicida y la condesa firma… el propio rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. ¿Cómo es posible?, se dirán. ¿Quién fue ese hombre, capaz de cambiar de bando de un modo tan hipócrita, y de mantenerse en la escena política? ¿Por qué el rey Luis XVIII se avino a ser testigo de la boda de uno de los asesinos de su hermano? Y lo increíble es que las dos escenas descritas, al principio y al final de su carrera política, no son más que dos ejemplos de una trayectoria vital, la de Joseph Fouché, tan despreciable como fascinante.
Durante más de veinte años, en una de las épocas más convulsas y determinantes de la Historia, Fouché, manejando los hilos tras el escenario, cambiando de partido y haciéndose imprescindible para sus superiores, fue uno de los hombres más poderosos de Francia. Sobrevivió a la Convención, al Directorio, al Consulado, al Imperio, a la corta Restauración, a la vuelta de Napoleón en los célebres Cien Días y al segundo Directorio, y mordió el polvo definitivamente cuando Luis XVIII, testigo de su boda, le humilló, desterrándole.
Imperturbable, educado en el seno de la Iglesia, dejó a sus espaldas miles de cadáveres reales y cientos de cadáveres políticos, algunos de la talla de Danton, Robespierre, Barras, Carnot, o el mismísimo Napoleón. Para ello se valió primero de su habilidad política en la sombra, y más tarde, del manejo de la ingente información de la que dispuso como ministro de Policía para sucesivos Gobiernos en un periodo de 16 años. Llegó a tener a Josefina en nómina, y se dice que no había conversación de tres o más personas sobre cualquier asunto relevante que no llegara a sus oídos.
Sobre Fouché se han vertido muchas opiniones, o más bien meros insultos, ya sea por parte de sus contemporáneos, o de quienes posteriormente se han interesado en su figura. Amoral, demoníaco, taimado, maquiavélico, reptil, artero, frío, cínico, cruel, siniestro, intrigante, feo, traidor, asesino. Chateaubriand definió la escena de su escandalosa boda, en la que el cojo Luis XVIII se ayudaba de su ministro para caminar, como “el vicio apoyado en la traición”. Para Robespierre, amigo de juventud y, después, encarnizado enemigo, Fouché era “un bajo y despreciable impostor… un hombre cuyas manos están llenas de botín y crímenes”. Según Heinrich Heine, poeta romántico alemán del siglo XIX, fue “un hombre que ha llevado su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, unas memorias falsas”. Talleyrand, aristócrata y gran diplomático, enemigo de Fouché, dijo de él que “desprecia tanto a la humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo”. Pero a veces la crítica esconde una admiración poco disimulada. Napoleón, de quien fue ministro de Policía, escribió: “Sólo he conocido a un traidor verdadero, perfecto: Fouché”. Balzac, que le dedicó más de una página en su novela Un asunto tenebroso, le define como “un genio singular, la cabeza más brillante que he conocido”. Y Stefan Zweig, autor de la magnífica biografía Fouché: un genio tenebroso, acaba la obra con las palabras: “… fue el más excepcional de los hombres políticos”.
Porque este hombre, además de malo, fue astuto, osado, inteligente, meticuloso, prudente, y un fenomenal analista político. Nos guste o no, como ministro de Policía estableció una organización tan perfecta en el mantenimiento del orden, mediante espías y gendarmes, que fue tomada como modelo de los ministerios del Interior décadas más tarde. Firmaba sentencias de muerte si lo consideraba necesario para continuar en su puesto, pero en privado abogaba por el terror sin sangre. Humillaba y perseguía a los curas en público, pero les avisaba con tiempo para que huyeran. Sabía que se estaba representando en un teatro parisiense de barrio La veleta de Saint-Cloud, una comedia en la que se mofaban de su facilidad para cambiar de chaqueta y arrimarse al poder, pero no la prohibía. Se convirtió en el primer terrateniente del país, pero compensaba a quienes había robado. Conspiraba contra todos los Gobiernos para los que trabajaba, pero sólo cuando se daba cuenta de que tenían los días contados.
Como animal político era un depredador, con el único objetivo de su propia supervivencia, pero infinitamente más hábil que muchos de los políticos que vemos hoy en las portadas de los periódicos: además de cambiar cromos y disfrutar del poder, era capaz de reducir los daños de las decisiones tomadas por el Gobierno en situaciones que sólo él leía de un solo vistazo. Cuando Napoleón mandó secuestrar en terreno neutral al duque de Engen y fusilarlo, Fouché comentó: “Fue peor que un crimen: fue una equivocación”. Y tras traicionar al emperador, dijo: “No he sido yo quien traicionó a Napoleón: fue Waterloo”. No era un psicópata, ni una bestia, ni un torturador, ni un asesino al uso. Este mago de la doblez era quizá algo peor. No era nada. En él la idea de que el mal, en contra de lo que piensa mucha gente, es sencillamente banal y aburrido, se tambalea. Su contradictoria y escurridiza figura da miedo porque atrae y se hace difícil que, leyendo alguna de sus frases crueles o el relato de sus fechorías, no se nos escape una incómoda sonrisa.
Tampoco nos podemos apoyar en una infancia terrible, como se suele hacer, para explicar su carácter. Nació el 31 de mayo de 1759 en el puerto de Nantes, hijo de un capitán de la marina mercante, y si sus padres le maltrataban, no ha quedado constancia. Y fue un marido y padre ejemplar. Adoraba a su primera mujer, dicen que feísima, y a sus hijos, pelirrojos, malsanos y todavía más feos que su mujer. Como él era también desagradable físicamente –esmirriado, ojos de pez, pálido, seco–, podemos convenir que todos ellos formaban una familia de aspecto horrible pero bien avenida. La muerte de sus hijos y de su mujer supusieron para Fouché los golpes más terribles que recibió. De su segunda mujer, la joven condesa, ya pasada la cincuentena, apenas disfrutó. Había caído en desgracia, vivía en el destierro, y ella le ponía los cuernos, para mayor escarnio, con el hijo de un republicano exiliado. A veces, también a Fouché la vida le devolvió algún golpe.
Entre los crímenes más terribles que cometió está el que le confirió el sobrenombre del mitrailleur de Lyón. En 1792 es enviado como procónsul a Lyon, ciudad que se había levantado contra la Convención, y había sido derrotada. En tres meses, junto a sus colegas, se ocupa de la demolición de los más bellos palacios y casas de Lyon, y en sucesivas matanzas, de la ejecución de dos mil habitantes. Así, ganándose a pulso la fama de duro, salva su cabeza frente al sanguinario Comité de Salud Pública, que exigía una represión ejemplar. Y aunque en principio logre más tarde echar la culpa a otro, el recuerdo de estos crímenes y de otros muchos le acompañó hasta la tumba, allí en Trieste, lejos de Francia.
Para despedir a Joseph Fouché, quizá sirva el diálogo que mantuvo con el honesto Carnot, viejo militar republicano, cuando éste se enteró de que su compañero jacobino de tantos años había vendido la República a Luis XVIII, y que eso suponía para él la muerte o el exilio. Carnot le pregunta: “¿Y adónde voy ahora?”. Y Fouché, despiadado, responde: “Adonde quieras, majadero”. No es un diálogo en el que Fouché derroche ingenio, como en otras ocasiones. Mejor. Así le vemos tal como fue para quienes se interpusieron en su camino. No en vano el blasón de su ducado mostraba una columna áurea con una serpiente enroscada.