Mostrando entradas con la etiqueta Guerriero Leila. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerriero Leila. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de mayo de 2016

PERIODISMO. "¿Crónicas para qué?". Leila Guerriero

   En "revistamercurio":


¿Crónicas para qué?

LEILA GUERRIERO  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 181 - MAYO 2016

© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Yo me acuerdo. Me acuerdo de cómo era antes. Me acuerdo de cuando todos los libros de Ryszard Kapu´sci´nski o los primeros de Martín Caparrós (¡Dios mío!, Larga distancia) eran inconseguibles y los teníamos que leer en fotocopias. Me acuerdo de cuando muy pocos sabían quiénes eran Gay Talese o Joan Didion. Me acuerdo de que nos llamábamos a nosotros mismos periodistas, no cronistas, y de que lo que hacíamos eran artículos, no crónicas. Me acuerdo de eso.
Ahora pasaron años y nos habituamos a decir crónica sí, crónica claro, cronistas cómo no, como si la crónica hubiera estado desde siempre entre nosotros, clara, prístina, indubitable. Para que se entienda, la crónica es un texto periodístico que, para ser contado, utiliza recursos estilísticos de la literatura de ficción, y hoy “Quiero escribir crónicas” es una frase que se multiplica como virus en escuelas de periodismo, universidades, seminarios de escritura, talleres.
Hace poco, el periodista venezolano Boris Muñoz decía: “Hay cierto hip en torno a la crónica. La onda es la crónica, la vía más expedita para los estudiantes de comunicación y periodismo de adquirir prestigio instantáneo, sin pasar por el vía crucis de una formación como reporteros. La otra cara de la moneda es que esta onda pasa más rápido que las estaciones y del súbito contingente de nuevos cronistas quedarán menos de los que se puede contar con los dedos de una mano. Para lograr una buena crónica hace falta no sólo talento y buena pluma, sino también capacidad de observación de la realidad y cierta disciplina de la mirada. Diría que también hace falta una buena dosis de un tipo de entusiasmo especial, porque se trata de un entusiasmo riguroso y crítico —a veces hasta escéptico— ante lo que se ve. Pero esa suma de elementos solo aparece de vez en cuando. En buena medida está —o tal vez estuvo— de moda ser cronista. Los cronistas deberían pedir que los libraran de la moda. Estar de moda o a la moda es la mejor garantía de pasar de moda”.
Tiempo atrás, el periodista peruano Daniel Titinger me decía, ironizando, que, en su país, muchos periodistas jóvenes quieren hacer crónica y suelen creer que eso consiste en conseguirse al tipo más loco de la ciudad y escribir sobre él de la forma más parecida a un poema posible.
La moda, si es que la hay, parece tener los límites incestuosos de la endogamia: aunque el género está, ahora, más difundido entre periodistas, es difícil que un abogado, un carnicero, un filósofo o un taxista entiendan en qué consiste el oficio de alguien que se declara, sin más, cronista. Sin ir muy lejos, el pasado mes de diciembre, en Buenos Aires, un novelista que presentaba un libro de no ficción que se anunciaba como tal desde la portada, desde la solapa, desde la contraportada y desde la colección de crónicas en la que había sido publicado, insistía en mentarle a la autora “tu novela” y se refería a “tus personajes” cuando hablaba de los sujetos reales que aparecían en el relato. Pero, sea como fuere, la crónica parece ser un género aspiracional: en la Argentina los periodistas que dictan talleres del género tienen listas de espera de decenas de personas y, para poner un ejemplo más oficial, para el último taller de Jon Lee Anderson en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano se anotaron ciento cinco personas, para un total de doce vacantes.
“Quiero escribir crónicas”, dicen, y eso está bien, pero lo que permanece ausente es la pregunta: “¿Para qué?”. Que no haya respuesta no sería grave (no por falta de respuesta la filosofía ha dejado de preguntarse acerca del sentido de la existencia) pero sí que pocos, o muy pocos, se lo pregunten: como si no hubiera necesidad.
La crónica es, desde siempre, una forma de mirar el mundo, un intento de entender algo complejo, una manera de decir “me parece” o “esto vi”. No es, no debería ser, el último modelo de ipod o el frozen yogurth o la cupcake del periodismo: esa cosa que queda bien, que se usa, de las que todos quieren tener una.

lunes, 20 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre García Márquez. "El periodismo como literatura". Leila Guerriero


   En "El País":

El periodismo como literatura

Trabajó en diarios, escribió artículos y creo una fundación para periodistas


Quizás uno de los mayores aportes de Gabriel García Márquez al oficio periodístico, más allá de los valores de su obra de no ficción, haya sido el de sostener, a lo largo de su vida, que él era, sobre todo, un periodista, y en dar muestras —con hechos concretos, con declaraciones en las que decía cosas como “Aprendí a escribir cuentos escribiendo crónicas y reportajes” o “El periodismo me ayudó a escribir”— de que lo decía en serio. Empezó a ejercer el oficio cuando tenía 20 años, en El Universal, de Cartagena de Indias, y desde entonces y hasta su último emprendimiento periodístico, cuando en 1998 compró la revista colombiana Cambio,todos sus actos indicaron que para él el periodismo no era un ganapán ni un oficio bastardo, sino una forma de la literatura a la que valía la pena entregarle la vocación y la vida.
Si se hace un paralelo entre su obra periodística y su obra de ficción se ve que, por ejemplo, mientras trabajaba en El Espectador, de Bogotá (y daba forma en 1955 a las veinte entregas consecutivas de lo que sería después el libro Relato de un náufrago), o era corresponsal de Prensa Latina, escribía El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora. Aún después de Cien años de soledad, la novela de 1967 que lo puso bajo los reflectores, siguió publicando artículos en El tiempo, de Colombia, y después en EL PAÍS, de España. A un año de la aparición de El amor en los tiempos del cólera, en 1985, publicó un libro de no ficción: Miguel Littin, clandestino en Chile. Y, cuando ya no necesitaba demostrarle a nadie lo que podía hacer, investigó y escribió Noticia de un secuestro, en 1996. Fue uno de los pocos autores latinoamericanos de su generación —otro, insoslayable, es Mario Vargas Llosa—, que creyó que el periodismo bien hecho podía llegar a ser un arte, y que actuó en consecuencia. Cuando ganó el Nobel, en 1982, convocó al argentino Tomás Eloy Martínez para hacer, con el dinero del premio, un periódico que iba a llamarse El Otro, y que no llegó a existir. En 1992 formó parte de QAP, un noticiero televisivo de mucho éxito en Colombia. Finalmente, en 1994, cuando hacía doce años que había ganado el premio Nobel y veintisiete que había escrito Cien años de soledad, creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Llevaba casi tres décadas en el centro del escenario, recibiendo todo tipo de honores como escritor de ficción y, sin embargo, decidió apoyar un proyecto destinado a gente que vive de contar historias reales para estimular “las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo”. Desde entonces, la Fundación trabaja de diversas formas —sobre todo, aunque no sólo, organizando talleres para periodistas— en torno a ese mandato. Hoy, el panorama de la crónica en habla hispana no es idílico, pero tampoco el peor de todos los posibles. El premio que otorga la Fundación —reeditado en 2013 bajo el nombre de Gabriel García Márquez—, se transformó en uno de los más prestigiosos y mejor dotados del oficio. En los últimos años, casi todas las casas editoriales tienen una colección de crónica y varias revistas del continente americano —El Malpensante, Etiqueta Negra, Soho, Anfibia, Gatopardo—, cultivan el género. Para las nuevas generaciones, los referentes del oficio ya no son sólo Tom Wolfe o Truman Capote, sino también —quizás sobre todo- periodistas de habla hispana, muchos de los cuales han sido sus maestros en talleres de la Fundación: Alma Guillermoprieto, Martin Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Villoro. Es difícil pensar el estado de la no ficción en América Latina sin tener en cuenta ese gesto de García Márquez que, veinte años atrás, decidió crear esta fundación para periodistas cuando, con todo su nombre, con todo su poder, pudo haber hecho otra cosa: un festival de cine, un premio de novela, o nada. Si hoy muchos periodistas de nuevas generaciones se dedican a su oficio sin sentir que necesitan validar su trabajo con, además, una potente obra de ficción, es, en buena parte, gracias a ese gesto.

martes, 27 de enero de 2015

PRENSA. "Dos mundos". Leila Guerriero

Leila Guerriero

   En "El País":

Dos mundos

Boko Haram está haciendo uso de niñas y mujeres en sus atentados debido a que elevan “la conmoción de la comunidad internacional”

“La secta radical Boko Haram no da descanso en su campaña de violencia indiscriminada en Suecia. Ayer, una carga explosiva que llevaba una niña sueca de 10 años explotó a la entrada de un supermercado en Estocolmo, la capital y uno de los enclaves fundamentales en la agenda de esta milicia terrorista. Al menos 19 personas perdieron la vida y otra veintena resultaron heridas. La milicia, que ansía la instauración en el país de una suerte de califato donde rija la sharía (ley islámica) con puño de hierro, extendió su arremetida contra otras localidades de los alrededores. Según la información, a pesar de que las fuerzas de seguridad no han sido capaces de cerrar un balance final de víctimas, los ciudadanos suecos muertos podrían rondar los 2.000 en estos siete días”. Todo eso es mentira. A medias. Porque allí donde dice “Suecia”, debe leerse “Nigeria”; donde dice “supermercado de Estocolmo”, debe leerse “un mercado de Maiduguri, capital del Estado de Borno”; donde dice “ciudadanos suecos” debe leerse “ciudadanos nigerianos”, y así. La noticia real de esta niña-bomba, que estalló realmente en un mercado de Nigeria matando a 19 personas reales, fue publicada por este diario el domingo 11 de enero, el mismo día en que cuatro millones de personas, bajo la atenta mirada del mundo, marchaban en Francia para recordar —muy necesariamente— a las víctimas de la revista Charlie Hebdo. La noticia ocupaba dos columnas y recogía la opinión del analista camerunés Martin Ewi, que decía que Boko Haram está haciendo uso de niñas y mujeres en sus atentados debido a que elevan “la conmoción de la comunidad internacional”. Pero quizás la comunidad internacional necesite más que una niña-bomba, 19 nigerianos muertos y 2.000 víctimas en siete días. Porque no parecía, ni entonces ni ahora, muy conmocionada. ¿O sí?

jueves, 15 de enero de 2015

PRENSA. "Hipocresías". Leila Guerriero

Leila Guerriero

   En "El País":

Hipocresías

Tampoco puedo dejar de pensar en que no hay nada tan ponzoñoso como el miedo

Yo no soy filósofa ni analista internacional ni politóloga y no sé qué puedo decir por estos días en los que ya se ha dicho todo se ha pensado todo se han barajado todas las hipótesis pero sí sé que no les creo mucho a muchos de los que dicen yo soy charlie porque me parece que algunos de ellos se hubieran enojado terriblemente con charlie (aunque sinceramente creo que jamás lo hubieran hecho de esta forma infame siniestra sanguinaria) si charlie se hubiera metido con ellos de la manera en la que charlie se mete con todo el mundo y tampoco creo que sean tan comprensivos y tolerantes y amables y receptivos como parecen serlo ahora y sé –sé- que en pocas semanas más se olvidarán de tanta tolerancia amabilidad y receptividad para volver a ser los mismos intolerantes de toda la vida y aunque no soy filósofa ni analista internacional ni politóloga sí sé que si a uno no le gusta una revista simplemente no la compra pero no dispara contra quienes la hacen ni usa el asesinato para combatir una idea ni mata a un solo hombre en nombre de ninguna –ninguna ninguna ninguna- cosa (y también pienso en el paradójico efecto colateral que hace que ya no quede ningún periódico revista blog que no haya reproducido al infinito los dibujos de charlie con lo cual si antes de esta masacre espantosa sólo los franceses y pocos más sabíamos de su existencia ahora ya no queda alma que no se haya inoculado una buena dosis de la irreverente irreverencia de esta publicación) y tampoco puedo dejar de pensar en que no hay nada tan ponzoñoso como el miedo –tan efectivo como el miedo- y en aquella frase de Bertold Brecht que decía que un fascista no es otra cosa que un burgués asustado. O algo así.

jueves, 18 de diciembre de 2014

PRENSA. "Era la vida". Leila Guerriero

Leila Guerriero

   En "El País":

Era la vida

Debería invitarla a cenar, invitarlo a un bar, decirles que soy gay. Debería parar con la cocaína. Debería probar alguna vez un trago, debería beber menos, debería dejar de beber

Debería, por ejemplo, empezar por viajar más, por viajar menos, por no viajar en absoluto. Debería hacer las paces con mi padre, debería depender menos de mi padre, debería ver a mi padre más seguido. Debería salir de esta casa en la que paso tanto tiempo sola, debería quedarme en casa y no salir a aturdirme con gente que no me importa en absoluto. Debería terminar mi novela. Debería renunciar a este trabajo que detesto. Debería ir a bailar antes de ser el más viejo de la discoteca. Debería divorciarme. Debería empezar a usar toda esa ropa que hace años que no uso. Debería ir a recitales. Debería invitarla a cenar, invitarlo a un bar, decirles que soy gay. Debería parar con la cocaína. Debería probar alguna vez un trago, debería beber menos, debería dejar de beber. Debería aprender a tocar la guitarra. Debería ir a África mientras todavía puedo caminar. Debería cambiar de analista, conseguir un analista, dejar de ir al analista. Abandonar las pastillas. Ceder. No ceder. Arrojarme en paracaídas, tomar un curso de buceo, poner un hotel en la montaña, un bar en una playa de Brasil. Ir más despacio, ponerme en marcha, no mirar atrás. A fin de año, más que nunca, la vida no es la vida sino una patética declamación de buenas intenciones, una renovación del permiso de postergarlo todo, una fe idiota en que nunca será demasiado tarde para nada. “Toda la inmortalidad que puedes desear está presente / aquí y ahora”, escribió el poeta chileno Gonzalo Millán en Veneno de escorpión azul, su diario de vida y de muerte, y esa bestia terrible de la poesía, la uruguaya Idea Vilariño, dijo, mejor que nadie, peor que nunca: “Alguno de estos días / se acabarán las bromas y todo eso / esa farsa / esa juguetería / las marionetas sucias / los payasos / habrán sido la vida”.

sábado, 6 de diciembre de 2014

PRENSA. "Cuidado". Leila Guerriero

Leila Guerriero

   En "El País":

Cuidado

A veces, cuando camino por la calle y veo caras sumergidas en la indiferencia, en la resignación o el miedo, me digo: cuidado

Leo, hacia el final de Un hombre enamorado (Anagrama, 2014), la temible y fabulosa novela del noruego Karl Ove Knausgard, esta frase: “Mis rabias eran mezquinas, me enfadaba por detalles tontos, ¿a quién le importa quién fregó qué a la hora de mirar hacia atrás al resumir una vida? (...) ¿Cómo se podía echar a perder la vida enfadándose por el trabajo de la casa? ¿Cómo era eso posible?”. Sí. ¿Cómo es eso posible? Y, sin embargo, la pila de platos sucios, la pelea en torno a quién le toca hacer la compra, transforma nuestro corazón, alguna vez en llamas, en un pantano ciego. Y lo hace con una eficacia sibilina, más tóxica e irreversible que una catástrofe mayor. A veces, cuando camino por la calle y veo caras sumergidas en la indiferencia, en la resignación o el miedo, me digo: cuidado. Porque ¿cómo es que sucede? ¿Cuándo la fruición de la carne empieza a deslizarse, anestesiada, entre las páginas de un libro, los anteojos para la presbicia, el beso de las buenas noches? ¿Cuándo dejamos de reírnos como lobos? ¿En qué momento la prudencia empieza a ser más importante que todo lo demás, el crédito hipotecario que todo lo demás, la compra en el supermercado que todo lo demás? ¿Cómo, en qué momento los domingos de almuerzo con los suegros reemplazan para siempre el desayuno a las cuatro de la tarde, el amasijo, los tiernos bordes de la noche licuándose en un amanecer de pájaros ardientes? ¿Dónde está aquel sueño imposible, tan enloquecido: a qué pila de escombros hay que ir a buscar? Cada vez que veo en las caras la prudencia, la resignación, el miedo, me digo: cuidado. Me miro la sangre y los tendones. Me entreno para estar despierta. Dicen: “Les sucede a todos: el tiempo pasa”. Me dirán loca. Yo siempre estaré buscando, bajo los adoquines, la arena de la playa.

lunes, 13 de octubre de 2014

PRENSA. "Sangre y verdura". Leila Guerriero

Leila Guerriero

   En "El País":

Sangre y verdura

Le pregunté qué había pasado, aunque sabía: un hombre que la muele a golpes un día sí y otro también

Ayer fue un buen día. Trabajé, corrí, adobé una carne, bajé al supermercado chino a comprar cebollas. Estaba en eso cuando escuché gritos en la calle y apareció una mujer joven, empujando un carro y un bebé, gritando: "¡Hijo de puta, no te importa que tenés un hijo!". Se dejó caer en un sillón de cuerina blanca —que uno de los dueños del supermercado, un chino alto y amable, puso afuera para sentarse a fumar—, y el sillón empezó a llenarse de la sangre que manaba de su nariz y su mejilla. En un impulso idiota me asomé a la vereda, pero no vi a nadie. Me acerqué a la mujer, pedí un pañuelo. Ella empezó a llorar un llanto quedo. Era como ver un vidrio rompiéndose de a poco. Le pregunté qué había pasado, aunque sabía: un hombre que la muele a golpes un día sí y otro también. Lo había denunciado, varias veces, pero no sabía dónde ir (tienen cuatro hijos, la familia de ella vive en Paraguay). Él no la deja trabajar (por celos) y los mantiene a todos (es conductor de taxi). "Un día me va a matar, pero qué quiere que haga". Después se limpió la cara con un papel y se fue, empujando el carro. Yo no hice nada: no supe qué hacer. Volví a mi casa, puse la carne en el horno. Cuando era chica me costaba pensar que, mientras yo vivía en un pueblo de la pampa, existían Madrid, París o Tokio, y que allí, a esa misma hora, había gente duchándose o teniendo sexo. Era un pensamiento feliz: el mundo era un sitio repleto de ciudades fascinantes, de gente sin lastimar. Ayer, mientras cenaba con el hombre con quien vivo —una cena más en mi vida de mujer a la que nadie le ha tocado un pelo—, pensé que, en ese mismo momento, la mujer sangrante podía estar hundiéndose bajo una lluvia de golpes o viviendo sus últimos minutos. Que esa noche fuera la misma noche para las dos (la misma luna, el mismo país, el mismo cielo) me pareció, de pronto, inmoral. Insoportable.