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martes, 7 de junio de 2016

CINE. LITERATURA. "Chandler en el cementerio de talentos"

   En "jotdown":

Chandler en el cementerio de talentos

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Raymond Chandler. Foto: Cordon Press.
Raymond Chandler. Foto: Cordon Press.
«Los guiones buenos y originales son tan raros en Hollywood como las vírgenes». Raymond Chandler lo sabía bien. En sus años como guionista pudo comprobar ambas cosas. Consideraba que la producción de películas en serie en nada difería de las cadenas de montaje industrial y pocas vírgenes debió de conocer en sus desesperadas farras feroces que se montó durante esa época. La experiencia del escritor en el mundo del cine no fue precisamente feliz, pero tampoco sería cierto afirmar que no le reportó algunas gratificaciones. Para empezar estaba el dinero. Chandler llegó a Hollywood como un escritor pulp con una cuenta corriente que obligaba a comparar precios en el supermercado. En 1941, su editor había conseguido vender a la RKO los derechos de las novelas protagonizadas por el detective Philip Marlowe en un momento en el que el cine estadounidense, mediante la preeminencia de personajes positivos, buscaba superar la etapa de ensalzamiento de la figura del gánster que había marcado el género negro de los años treinta. Nada mejor que el detective privado, imbuido de un aura romántica, para reconducir los valores morales que debían distinguir a una sociedad a la sazón enfrentada con el terror nazi. Y sin ningún lugar a dudas, Marlowe es el detective romántico por excelencia. De hecho, su construcción casi se diría que es la del añejo chevalier servant con Stetson, cigarrillo en la comisura de los labios y copa de whisky contundente en mano.
A pesar de que Chandler consideraba Hollywood «un cementerio de talentos» fue un acicate importante en su proyección literaria. Había pasado por un largo purgatorio de aprendizaje del oficio de novelista cuando ya tenía más de cuarenta años. Escogió un género popular y se lanzó de cabeza a escribir relatos luctuosos para las publicaciones Black Mask y Dime Detective, que pagaban miserablemente la palabra manchada de sangre. Pacientemente, imbricó su clásica educación british, su afiladísima observación, el sarcasmo acorazado del sentimental, la destreza para urdir diálogos de agilidad gimnástica y ese espíritu idealista que tantas veces chocó con la inmutable realidad. Tipo inteligente y culto, desentrañó el estilo de los mejores en el género, especialmente el de Dashiell Hammett, pero cuando tuvo que apostar por el trago largo de la novela, prefirió olvidar el hierático objetivismo de Hammett basado en la descripción externa (behaviorista) de los personajes apostándolo todo a la narración visceralmente subjetiva e impregnada de amargo lirismo. Así, con cincuenta años, logró terminar El sueño eterno, que inaugura la saga novelística del bueno de Philip Marlowe.
La entrada de Marlowe en Hollywood con los filmes The Falcon Takes Over, de Irving ReisHistoria de un detective, de Edward Dmytryk (ambos adaptaciones de Adiós, muñeca) y Time to Kill, dirigida por Herbert I. Leeds a partir de la novela La ventana siniestra, también supuso la de su creador, que fue contratado como guionista por la Paramount. El trabajo estaba bien pagado y carecía de estrés. Pese a su tendencia al aislamiento y la soledad, el neófito guionista hizo buenas migas con algunos compañeros y buscó la cálida compañía de secretarias. El productor John Houseman recuerda a un Chandler babeante y procaz cuando olía el perfume premeditado de las chicas del estudio, una actitud que chocaba con las atildadas maneras de las que normalmente hacía gala: «El sistema de la escuela pública inglesa, que tanto le gustaba, había dejado en él su marca sexualmente destructora. La presencia de mujeres jóvenes —secretarias y muchachas que entraban y salían de los estudios— le turbaba y excitaba. Su voz era normalmente baja, y hablaba en un ronco susurro al pronunciar esas obscenidades juveniles que él hubiera sido el primero en reprobar de haber sido pronunciadas por otro».
Perdición. Imagen: Paramount Pictures.
Perdición. Imagen: Paramount Pictures.
Para el novelista, Hollywood significó la vuelta al alcohol y las citas clandestinas. Había dejado de beber y vuelto a las faldas de su esposa Cissy —veinte años mayor que él— después de haber sido despedido de su empleo en una empresa petrolera por sus curdas y desapariciones misteriosas. Sobrio pasó años picando piedra y buscando un estilo literario original. Ahora volvía a ser un niño con barra libre en la tienda de chucherías.
Su primer encargó fue convertir la novela Double Indemnity de James M. Cain, de quien en correspondencia dijo que le parecía «un Proust con un mono de trabajo sucio de grasa», en libreto cinematográfico. Para ello se puso a trabajar con el guionista y director Billy Wilder. El odio entre el escritor educado y el cineasta desinhibido no tardó en empañar las horas de trabajo conjunto. Según explica Frank MacShane en La vida de Raymond Chandler, el autor de Adiós, muñeca envió un informe a los responsables de la Paramount detallando todo aquello que, a su criterio, eran ofensas de Wilder hacia su persona. No soportaba que el director deambulara por la habitación blandiendo una fusta o que le ordenara abrir y cerrar la ventana. Más allá de la enemistad fraguada, Perdición se convirtió en una de las mejores obras de Wilder y en referente del género negro.
Extremadamente susceptible, suspicaz y temeroso de que se le tratara con condescendencia, Chandler pasó buena parte de su etapa hollywoodiense inmerso en polémicas con productores y directores. Admiraba a los grandes creadores, de ahí que respetara a Howard Hawks, que se encargó de dirigir El sueño eterno para la Warner. En el guion participó William Faulkner, otro de los novelistas que se embarcaron en la aventura del cine para esquivar estrecheces intrínsecas al arte de escribir. Es bien conocida la anécdota, y significativa de los problemas que siempre tuvo Chandler con las tramas de sus novelas, durante el rodaje de El sueño eterno según la cual Hawks envió un telegrama a Chandler para que le dijera quién había matado a Owen Taylor, el chófer de los Sternwood. La lacónica respuesta fue: «No tengo ni idea». Aunque no contribuyó en el guion, el autor quedó satisfecho con la adaptación de Hawks/Faulkner. Siempre se imaginó a Marlowe en la piel de Cary Grant, pero la presencia de Humphrey Bogart le pareció convincente. «Bogart sabe ser duro sin una pistola. Además tiene aquel sentido de humor que contiene un sutil matiz de desprecio. Bogart es un artículo genuino», escribió.
Alcohol e inyecciones
La dalia azul. Imagen: Paramount Pictures.
La dalia azul. Imagen: Paramount Pictures.
En 1945, Chandler convirtió un relato atragantado en guion de cine.La dalia azul supuso una experiencia angustiante. Para empezar, estaban los recelos por la capacidad artística de George Marshall, artesano de estudio al que se encargó la dirección del film. Y luego no faltaron los encontronazos con los gerifaltes de la Paramount. El guion avanzaba bien hasta las puertas del desenlace, momento en el cual empezaron las dudas y el encallamiento. En nada ayudó que los responsables del estudio ofrecieran una sustanciosa bonificación a Chandler si terminaba el libreto en el plazo estipulado. El inseguro novelista se lo tomó como un insulto y la puesta en duda de su profesionalidad. Por ello propuso al productor Houseman un plan demencial: acabar el guion completamente borracho. Necesitaba varios coches que fueran a su casa a recoger el material que escribía durante el día, la ayuda de seis secretarias que se irían turnando, alcohol a mansalva y un médico que le procurara las inyecciones de vitaminas necesarias para suplir la falta de alimentos. Así fue como el guionista terminó la escritura de La dalia azul. Sin ser una obra de calidades sobresalientes, La dalia azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake, funcionó bien en taquilla, salvaguardó el prestigio de Chandler y le valió una nominación al mejor guion original en los Óscar.
Cada vez más familiarizado con la técnica cinematográfica se atrevió a cuestionar la traslación de su narrativa en primera persona al lenguaje cinematográfico a través de la cámara subjetiva que Robert Montgomeryutilizó en La mujer del lago. Le molestó que, pese a mostrar sus reservas y haber abominado del proyecto, el film de Montgomery se convirtiera en objeto de alabanzas por parte de la crítica y cosechara un notable éxito de público.
En 1947 firmó contrato con la Universal para escribir un guion a cuatro mil dólares semanales. EntregóPlayback, guion que nunca se rodó pero que años más tarde utilizó para escribir la novela del mismo título. Chandler empezaba a estar harto de su trabajo alimenticio en el cine. Sin embargo todavía le esperaba una última colaboración en Hollywood. Esta vez con Alfred Hitchcock y partiendo de material literario de Patricia Highsmith. En principio, Chandler y Hitchcock se llevaron bien. El escritor admiraba el talento del cineasta y su destreza en la narrativa visual. Pronto, no obstante, aparecieron las diferencias y se fraguó el mal rollo. Chandler empezó a irritarse con las visitas a su casa y el control sobre su trabajo por parte de Hitch, así que se dedicó a burlarse del sobrepeso de este. No fue la mejor despedida del mundo del cine. El guionista se sentía incómodo con Extraños en un tren. La encontraba abrumadoramente inverosímil, un aspecto que nunca preocupó demasiado al cineasta. El guion que entregó Chandler fue, como de costumbre en la industria, modificado y maquillado por otros guionistas.
En el artículo «Escritores en Hollywood» el novelista dejó constancia de sus impresiones sobre la ingrata labor de los guionistas:
El arte básico del cine es el guion; es fundamental, sin él no hay nada… Pero en Hollywood el guion lo escribe un escritor asalariado bajo la supervisión de un productor; es decir, un empelado sin poder de decisión sobre el producto de su trabajo, sin derecho de propiedad sobre ello y que, por muy extravagante que sea su paga, apenas recibe honores por ello.
Desentrañó el arte del guion:
El truco de escribir para el cine está en decir mucho con poco, y después suprimir la mitad de ese poco y aun así seguir conservando un efecto de soltura y movimiento natural.
Y no se olvidó de repartir estopa a los ejecutivos de los estudios:
Algunos son humanos y capaces, y otros son individuos abyectos, con la moralidad de una cabra, la integridad artística de una máquina tragaperras y los modales de un jefe de plantilla con delirios de grandeza.
Como en los casos del citado Faulkner, Scott Fitzgerald (destacable Domingos locos. Scott Fitzgerald en Hollywood, de Aaron Lathman), SteinbeckGorki Huxley, la etapa hollywoodiense de Chandler no fue la más feliz de su vida, aunque probablemente fuera necesaria para emprender su etapa de madurez como novelista. Lejos del deslumbrante neón, apartado del trago fácil y las chicas predispuestas, volvió a la silenciosa rutina de la máquina de escribir, a cuidar a su Cissy («Durante treinta años, diez meses y dos días fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue para alimentar el fuego en el que ella pudiera calentarse las manos», escribió el cansado e incurable romántico) y a cultivar un herrumbroso pesimismo siempre al borde del vacío. Fue así como escribió El largo adiós. Su obra maestra. Una obra maestra.

sábado, 30 de abril de 2016

LITERATURA. "Negra, 'black' y 'noir'". Berna González Harbour

   En "Babelia":

Negra, ‘black’ y ‘noir’

La novela criminal evoluciona para incorporar nuevos temas, geografías y tecnología y adaptarse al mundo global. No cambia su calidad, pero sí logra una mayor acogida

Ilustración de Fernando Vicente.
Ilustración de Fernando Vicente
Hubo una liga de primera división que no tuvo muchos laureles. Chandler, Hammett o después Patricia Highsmith —con permiso de Conan Doyle y Agatha Christie— se hicieron grandes con el aplauso del público, pero sin gran reconocimiento porque la novela criminal era un género menor. Hoy, está de moda y su reconocimiento desborda a veces la propia calidad de la obra publicada porque (tengan cuidado): además de la primera división hay segunda, tercera y hasta quinta, y no siempre están diferenciadas. Pero lo cierto es que lo negro/gris/intriga/thriller/policiaco/antipoliciaco y sus autores crecen al calor de premios (Leonardo Padura, Príncipe de Asturias; Jorge Zepeda y Alicia Giménez Bartlett, Planeta; Víctor del Árbol, Nadal), del éxito y de una renovación galopante al ritmo de la actualidad. Su contagio del cine y viceversa también ha jugado un papel, ya que ambos lenguajes se alimentan de una representación visual común, cercana al público, y de una sintonía que comparten intensamente con el espectador/lector.


¿Fue antes el Galveston de Pizzolatto o True Detective?¿Fue Bron antes serie o novela, o es que nunca fue novela? ¿Fue Boardwalk Empire antes una novela potente o su potencia cinematográfica atrajo después a un grande como Dennis Lehane? He aquí algunas respuestas:
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—Sí, Pizzolatto escribió Galveston antes de la serie, pero la mayoría lo leímos después.
—No, Bron no fue novela.
—Y sí, Boardwalk… fue una novela de Nelson Johnson que adquirió fama después de que la comprara HBO. Lehane se sumó luego como guionista en alguno de los capítulos.
El propio Quirke, el lúgubre y pesaroso personaje de Benjamin Black que suma éxitos en unos 30 países, fue una creación para televisión que descarriló y que John Banvilleconvirtió en materia de libros con una nueva firma negra para la ocasión: Black. Buena parte de los 14 autores internacionales entrevistados para este reportaje son guionistas, desde Peter May (el nuevo fichaje de Salamandra) a Lauren Beukes (Siruela) o Pierre Lemaitre (Alfaguara). Reservoir ha fichado a Noah Hawley (Bones, Fargo). Y la trilogía de Erik Axl Sund (Roja & Negra) pronto será una serie, como antes Chandler encontró aliados en Howard Hawks o Robert Altman, salvando las enormes distancias.
El trasvase entre ambos mundos, pues, está servido.
Género visual, de atmósferas y trazos claros, de personajes empáticos y tramas de tinte social, lo cierto es que lo negro crece, evoluciona, se adapta e incorpora temas, geografías, tecnología y recursos fantásticos o históricos a discreción.

Anik Lapointe, editora: “La calidad siempre ha estado presente en el género para el que ha querido prestar atención”

Que ha ampliado fronteras lo sugiere que la última apuesta de Siruela, la sudafricana Beukes, no siembra las páginas de cadáveres con un tiro en la mandíbula o un navajazo en el estómago. Eso, la rutina del crimen común, parece superado cuando agarras estas páginas sangrientas. La víctima de Monstruos rotos tiene tronco de niño y piernas de ciervo. Y me dirán ustedes: la primera víctima deBron ya fundía dos mitades de mujeres diferentes bajo la apariencia de un solo cadáver, y además lo hacía en la línea fronteriza en el puente que une Suecia y Dinamarca en una sobredosis de atmósfera nórdica como para tumbar a los más frágiles. Pero es que Beukes no nos habla de mezcla de humanos, sino de animal y humano que se unen como el Minotauro o las sirenas en la mitología griega, y lo hacen además en Detroit, la ciudad metáfora de las fracturas, el derrumbe que vivimos.
¿Son los niños-ciervo de Beukes, adornados con una prosa rápida, envolvente y eficaz, una muestra de que el género amplía fronteras y se atreve a penetrar en mundos más heterodoxos? “Hay un punto de fractura”, asegura Beukes. “Y hay más espacio para jugar con elementos sobrenaturales o de ciencia-ficción”.
Lo mágico no es exactamente nuevo: desde hace años hemos acompañado a John Connolly a la zona de sombras de forma tan natural que ni nos hemos dado cuenta de que aquello era sobrenatural. Tampoco es nueva la ciencia-ficción, la historia ni muchos otros caminos a los que nunca nos acostumbraron los clásicos. Lo que verdaderamente es nuevo, asegura la editora Anik Lapointe (Salamandra), es la receptividad que ahora ha encontrado el género entre el público.
“Lo que realmente ha cambiado es nuestra percepción de la novela negra, que ha dejado de ser considerada como un género menor y se ha ganado de lleno el favor de un público masivo”, afirma Lapointe. “Es difícil dictaminar si los autores contemporáneos han superado o no a escritores clásicos como Chandler, Hammett, Macdonald, Crumley, etcétera. Pero lo que sí está claro es que la calidad siempre ha estado presente en el género para el que ha querido prestar verdadera atención”.

Paco Camarasa, comisario de BCNegra: “La novela negra se ha hecho más global, pero también más local”

Paco Camarasa, al que el cierre de su librería barcelonesa, Negra y Criminal, no va a quitar su título tan informal como vitalicio de librero por antonomasia del género negro, cree que este ha ido progresando a medida que evoluciona la realidad, incorporando temas que antes no existían. “El alzhéimer, por ejemplo, hace 10 o 12 años no se sabía bien qué era y ahora ya hay 5 novelas donde esta enfermedad es un elemento clave”, asegura Camarasa. “Hoy tenemos novelas que transcurren desde Laponia y el mundo sami, de Olivier Truc, a países subsaharianos o los profundos bosques de Canadá”.
Camarasa es comisario de BCNegra, la gran cita del género que arranca estos días en la ciudad de Vázquez Montalbán y que junto a la Semana Negra de Gijón ha abierto el camino a una docena de festivales noir que salpican ya la geografía española (y Facebook), como antes salpicaron las ciudades de Francia. Un gran cambio en el panorama, en opinión de Camarasa: “La nueva novela negrocriminal se ha hecho más global pero también más local”.
Y es que la negra puede trufarse de elementos irreales como los de Connolly o Beukes o pegarse al polvo hasta hacértelo sentir en la garganta como el ya citado e irrebatible Galveston (Salamandra). Todo está abierto.

Élmer Mendoza, autor: “Es un género que crece en el arte de la posibilidad. Y amplía fronteras al ritmo de los delincuentes”

Pero lo que sobre todo ha conseguido es dibujar un nuevo mapa del mundo en el que sin Wikipedia, sin lecciones de geografía, ni de política, ni periódicos a mano, uno puede estar al día de la truculencia a la que se exponen las mexicanas que emprenden rumbo a Estados Unidos a través de una frontera siniestra (Yuri Herrera); de la penuria en la que sobreviven estáticamente los ciudadanos griegos (Petros Markaris); de la crueldad de la Operación Cóndor, que fulminó a miles de jóvenes izquierdistas en el Cono Sur de la mano del terrorismo de Estado (Santiago Roncagliolo); de los trapicheos y las corruptelas de Sicilia (Andrea Camilleri); de la burda destreza de funcionarios chinos corruptos (Qiu Xiaolong); de la perfidia vital que ha supuesto el modelo de familia numerosa con altas dosis de alcoholismo, abuso y precariedad en Irlanda (Tana French, Benjamin Black); de los agujeros del aparentemente perfecto Estado de bienestar de los países nórdicos (Henning Mankell, Stieg Larsson); de los bajos fondos de Los Ángeles (Michael Connelly); y de la ríspida hostilidad del clima y la naturaleza de Islandia (Arnaldur Indridason). Hemos podido palpar, oler, imaginar, recrear y sentir desiertos, pueblos devastados por el abandono y ciudades deshumanizadas, como antes se nos pegó el barro de los caminos de Devon y saboreamos el té inglés con Agatha Christie y alucinamos con las drogas de Conan Doyle.
“Se ha hecho más sociológica y cultural y por eso es más atractiva para los lectores de todo el mundo”, afirma el chino Qiu Xiaolong (Tusquets). “Los novelistas negros se han convertido en novelistas nacionales. Los autores cruzan fronteras a base de no cruzarlas, de mantenerse fieles a las preocupaciones de sus países”, dice el peruano Santiago Roncagliolo (Alfaguara). “Estamos en la era posmoderna, en el sentido de que se ha eliminado la jerarquía entre cultura popular y alta cultura”, afirma el francés Bernard Minier (Salamandra). “La novela negra se ha convertido en un género social”, dice el polaco Zygmunt Miloszewski (Alfaguara).
El mexicano Élmer Mendoza explica así la evolución del género: “Se desarrolla según los delincuentes afinan sus métodos. Los delitos que resolvía Marlowenada tienen que ver con los de Filiberto García de El complot mongol [Rafael Bernal] o los que resuelven Bevilacqua y Chamorro [Lorenzo Silva]. Los temas se han ampliado, del delito tipo tragedia griega al narcotráfico, la corrupción o el espionaje industrial”. La calidad, precisa, también ha evolucionado pero con un requisito imprescindible: “Los modelos de calidad los establecen los escritores que no tienen prisa. Deciden un estilo y lo consiguen”.

Claudia Piñeiro: “El género es eterno y se reinventa. Ya no importa quién mató y por qué, sino un estado de cosas”

La calidad no siempre acompaña la cantidad que hoy llega a las librerías, como recuerda Camarasa: “Hay más calidad, pero al haber más cantidad también hay más mediocridad”.
La eclosión, no obstante, es realidad, y tiene una causa mayor que apunta la editora Anik Lapointe: “Es un género extremadamente dúctil, dotado al mismo tiempo de unas bases estructurales muy definidas y una gran flexibilidad. Es capaz de absorber e incorporar elementos de diversos géneros sin perder su identidad”. Y este carácter de esponja, afirma, lo enriquece sin que pierda su carácter.
En el género, pues, hay partido. Y campeonato mundial.
Barcelona Negra. Del 28 de enero al 6 de febrero. Palau de la Virreina (La Rambla, 99), Barcelona

lunes, 4 de abril de 2016

NOVELA NEGRA. "¡Ave, Fred Vargas!"

   En "librujula.com":
 ¡Ave, Fred Vargas!


La exarqueóloga Fred Vargas nos sigue seduciendo con sus 'Tiempos de hielo' (Siruela)
“Bueno, supongo que hay cosas que hacen que la vida merezca la pena vivirse. Por ejemplo, Groucho Marx y Willie Mays; y el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter; y la grabación de Potatohead Blues por Louis Armstrong; y las películas suecas; y La educación sentimental de Flaubert; y Marlon Brando, Frank Sinatra, las fabulosas manzanas y peras de Cézanne, los cangrejos de Sam Wo, y el rostro de Tracy…”. Recostado en el sofá, dictáfono en mano, el guionista televisivo Isaac (Woody Allen) listaba motivos por los que aferrarse a la existencia en el período de marcada confusión y deriva sentimental retratado en la película Manhattan (1979). De haberme encontrado en su piel, donde citaba el clásico de Flaubert yo hubiese introducido las novelas de Fred Vargas. No escasean los escritores soberbios, son menos, aunque tampoco excepcionales, los que poseen un estilo propio, ya mengua el número de los señalados que realizan contribuciones que amplían los horizontes del terreno literario que pisan, pero la auténtica rara avis, la mutación que pone patas arriba a todo el ecosistema, es aquella que podríamos decir que constituye un género en sí misma, forjadora de una identidad tan poderosa, sugerente y renovadora que ha experimentado algo parecido a la apoteosis en sentido trágico: el salto de la heroicidad a la condición divina. La arqueóloga Vargas solía trabajar hacia atrás y con las rodillas hincadas en la tierra, entre restos, ruinas y despojos, pero fue ponerse a escribir y apuntar en sentido contrario, hacia el cielo, hacia un futuro llamado a coronarla como la más grande.
La magistral El ejército furioso (Siruela), y su leyenda medieval normanda con una horda de no muertos impartiendo justicia sanguinaria por los bosques, contenía una involuntaria sensación a testamento: aquello no podía superarse, su autora tocaba techo y, quizás sin ser consciente ni quererlo, abandonaba el ruedo entre vítores y pañuelos de rendición. Hace poco nos llegó una nueva entrega del comisario Adamsberg, Tiempos de hielo (Siruela), y el párrafo anterior suena a bobada suprema: la obra de Vargas solo puede crecer, pensar lo contrario es incurrir en ese fatalismo de superchería que tantas cabezas ha hecho rodar en sus libros. Nos encontramos apenas en la página 74. Adamsberg ha dormido poco y prepara café en la cocina. Mientras, su hijo Zerk corta unas rebanadas de pan que dan lástima y le pregunta si tuvo una noche complicada. “Un muerto, en el valle de Chevreuse. Interrogatorios, un hijo nervioso tan guapo que parece la hija, secretario dotado de una memoria extraña, caballerizas, un bruto al mando, una mujer viviendo en una cabaña forestal, un jabalí, el restaurante local, la guillotina de Luis XVI, una torre maldita llena de excrementos de córvidos… Todo esto en un sitio llamado el Creux y que no figura en el mapa”.
La clave inmediata en el momento de loar la obra de Vargas puede ser su capacidad de introducir pretextos de índole sobrenatural o fantástica, cuya verdadera naturaleza nunca acaba de cruzar el puente que separa la mera superstición humana de la existencia de aspectos que escapan a nuestra comprensión, como si, en efecto, el mal estuviera compuesto de elementos diabólicos imposibles de ser catalogados racionalmente. Otro argumento laudatorio sería su brillantez a la hora de establecer convergencias entre líneas de investigación en apariencia completamente disímiles, revelar superposiciones chocantes allá donde en apariencia solo había fuerzas centrífugas. Pese a sus múltiples imperfecciones, Adamsberg es el superhombre de esa idea de inteligencia expresada por Scott Fitzgerald en El crack up: alguien capaz de sostener dos ideas contradictorias de forma simultánea en la cabeza.    
Sin restar méritos a estas cualidades, sospecho que el genio del ciclo radica, en última instancia, en una musicalidad muy buscada, que se manifiesta en la viveza e ingenio de los diálogos, en el ritmo y el humor de las réplicas, en los ecos que taladran los pensamientos del comisario, en la recapitulación briosa de lo ocurrido (caso del anterior extracto), en las metáforas y símiles con las que decodificar las zonas más umbrías de los casos. Acérquense a la librería, abran un ejemplar de Tiempos de hielo por la página 177 y asistan a la conversación sobre los picores figurados de Adamsberg. Si luego no pasan por caja, es que tienen un problema.
(Lee aquí la crítica que dedicamos también a Tiempos de hielo.)

miércoles, 23 de diciembre de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE Y TV. "Cuando el detective se volvió gótico"

   En "jotdown":

Cuando el detective se volvió gótico

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Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.
1. True Detective
Tal vez el detective en sus inicios portaba en una mano una lupa, pero la otra tenía, como en la canción de Nick Cave, un sospechoso color rojizo: la mano del pacto con el diablo. Y de este no se escapa fácilmente, por mucha lógica, métodos deductivos y rigor científico que se utilice. La última prueba de gran resonancia de esa alianza es True Detective. Con ese título tan pomposo como poco fiable (traducible como «El detective detective», o «El mero, mero»), True Detective es una narración detectivesca clásica en su arranque, con el hallazgo del cadáver y el inicio de la investigación, que pronto se contagia con magia negra, paganismo y rituales: la mujer muerta lleva en la cabeza una cornamenta de ciervo, tiene tatuada una enigmática espiral en la espalda y ha sido encontrada cerca de la escena del crimen una especie de escultura hecha de ramitas de árbol. Todo muy oscuro, muy extraño. Muy gótico. Encima, la historia transcurre en Luisiana, en el sur profundo faulkneriano, una zona de humedales y de humedad opresiva, territorios inmensos despoblados y soledad profunda. El lugar propicio para contar una historia de extraños ritos o, como decía Rust Cole, el detective-filósofo interpretado por Mathew McConaughey, «la psicoesfera» que le corresponde a un lugar así.
De esa manera, True Detective arrastraba dentro un género, el gótico, donde al final este acababa fagocitando al relato policíaco, con la culminación de la serie en uno de los capítulos más soberbios del teledrama reciente, en el cual, tras el último giro a la izquierda para llegar a la casa maldita del asesino, anegada de recuerdos y parafilias, Carcosa (el homenaje explícito de Pizzolatto a Ambrose Bierce) cristaliza en un laberinto que es a la vez templo de sacrificios, lugar de culto y ojo del tiempo.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Una maravilla plástica (fruto del artista Joshua Walsh) que traducía arquetipos de nuestro imaginario colectivo, que retornan una y otra vez para intentar arrojar, como en la última página de La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, más cosquillas a nuestro cerebro reptiliano que respuestas trascendentes. Y como siempre pasa en el género del gótico, tal vez olvidamos la trama, pero jamás la atmósfera. Y desde luego de la primera temporada de True Detective la recordaremos mucho tiempo.
Lo que no se nos está pasando por alto es lo que tiene esa primera temporada de True Detective de zeitgeist, de espejo cóncavo de nuestro tiempo, de síntoma de un malestar cultural, por lo que quizá su éxito no obedece no solo a una trama perfectamente ejecutada, sino también al acierto de su iconografía de raíz junguiana. No hay secreto detrás del enigma de la espiral tatuada en la espalda del cadáver del primer capítulo; el gran secreto es el enigma en sí: su fuerza sugestiva, su poder para conectar con arquetipos que nuestro propio subsconciente genera.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.
True Detective es, siguiendo las tesis del Jung de Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y la ciencia, menos un drama de televisión que un tratado de alquimia, y su imbriación con el gótico es menos un accidente que una afortunada colisión con el subconsciente del espectador. Ya lo decía Zizek, parafraseando a su vez a Lacan: el terror es una forma de saltarnos el estado simbólico del individuo (el lenguaje, la sociabilidad, el superyo) y entrar en el estado real, previo al lenguaje, ese magma donde las sensaciones esquizoides, las puras impresiones y los significantes (libres de su atadura del significado) campan a sus anchas. El susto viene a ser, como la música, una manera de puentear el intelecto y pulsar directamente las carnosidades blandas del miedo, esa emoción y esa palabra que usamos para nombrar lo que más tememos según Elias Canetti: ser tocados por lo desconocido.
Por esa razón, sorprende cuando críticos y espectadores varios quisieron encontrar una génesis común entre True Detective y La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), como si la idea principal de la película española procediera de la serie de Pizzolatto porque era demasiada casualidad que ambas trataran de detectives en busca de un extraño asesino y las dos mostraran una preocupación tan notable por el espacio gótico y la atmósfera. A nadie se le ocurrió (o yo no leí en ninguna parte) que ambas estuvieran traduciendo, sin que sus propios creadores se dieran cuenta (a la manera del médium), un relato que el subconsciente colectivo estaba demandando. Y ese es el de la vieja historia (esencial en nuestros tiempos de violencia política y económica, ese es mi punto) en la que el detective retrocede porque se da cuenta de que su intelecto no puede contra el poder irracional. Es la guerra de la lógica positivista contra el loco romántico, el cual, aparentemente, va perdiendo y se refugia, sedado y asustado, en centros de día (antes llamados manicomios). Pero de vez en cuando el loco se rebela, se adueña de la trama, nubla el espacio y arranca los ojos del visionario. Todo con un cierto aroma esotérico, lo sé, pero con una larga tradición cultural, de las que True Detective La isla mínima serían sus últimos modelos.
2. Kill list
Kill list. Imagen: Warp X.
Kill list. Imagen: Warp X.
Recientemente, por ejemplo, Ben Whetley, cuyo nombre sonó en el último festival de Sitges por su adaptación del High-Rise de Ballard, había rodado en 2011 Kill list, una película oscura, turbadora y ultraviolenta, que guarda curiosas similitudes con la obra maestra de Pizzolatto. En Kill List hay una pareja de sicarios amigos que descubren por azar una extraña conspiración en la que están implicados, entre otros, un cura y un militar; hay también una cinta de vídeo, de la que nunca vemos ni una sola imagen, que perturba al protagonista sádico de la historia; hay finalmente (y esta es la analogía más llamativa) un extraño rito pagano de sexo y muerte de orígenes desconocidos, con personajes que ocultan sus rostros detrás de máscaras de mimbre, y un raro símbolo (trazado a cuchillo detrás de uno de los espejos de la casa del protagonista) que remite a una suerte de club oscuro y selecto. Un club para iniciados.
Escena de Kill list. Imagen: Warp X.
Escena de Kill list. Imagen: Warp X.
Resaltemos lo obvio: la transformación del género. Kill list pasa de ser un drama familiar, con una puesta en escena realista y desnuda, de cámara al hombro y luz natural, a convertirse en una historia de sicarios ingleses y en su final, en un último giro alucinatorio, a convertirse en una extraña historia gótica, con los ingredientes de rito pagano, persecución por guaridas subterráneas y duelo a muerte. No hay detective por ningún sitio, es cierto, pero la historia avanza en busca de la resolución de un secreto, como cualquier trama policíaca, y se transforma en su conclusión en una apoteosis siniestra de la celebración de la muerte. Como pasaba en True Detective, la investigación es secundaria después de todo. Lo importante no es la resolución del caso y la lectura de pistas; lo importante, tal como decía Rust Cole, nuestro amado detective-filósofo, es que al final del sueño hay un monstruo.
La lista de películas y relatos con ese oscuro turning point que transforma el género policíaco en gótico es larga, pero discutible según sus atributos. Por citar casos fuera de duda, películas como Seven (David Fincher, 1995), en la que una historia de serial killer de calculada metodología se vuelve una fantasmagoría gótica, incluida la imprescindible casa tomada y maléfica, o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), que cuenta el viaje de un detective a un Nueva Orleans de carne sudorosa, vudú y satanismo, entrarían dentro de ese catálogo.
3. The wicker man
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Quizá la madre de todas esas metamorfosis del género policíaco al gótico es la clásica The wicker man (Robert Hardy, 1973), de la que existe un remake dirigido por el irregular Neil Labute, con Nicolas Cage como protagonista (2006). La original, con un guion basado (sin mención alguna en los títulos de crédito) en la novela Ritual, de David Pinner (editada en castellano por Alpha Decay), comienza con un investigador (en este caso, un policía) que llega a una apartada isla en Escocia en busca de una niña, en cuya desaparición parece haber conspirado y participado el pueblo entero. Al final, en el día de la ceremonia sagrada, el policía descubre que él es el principal protagonista del acto ritual. Ya conocen la imagen: una escultura de mimbre gigante, que se llena de cerdos, ovejas, gallinas y, a la postre, con un ejemplar humano, es quemada en una celebración del solsticio de verano (Midsummer´s night dream, ¿se acuerdan?) durante la puesta de sol. Una ceremonia que, curiosamente, es semejante al festival artístico anual de Burning Man en el desierto de Black Rock, aunque los primeros que lo iniciaron en 1986 (un grupo de amigos en Baker Beach en San Francisco) aseguran que no habían visto la película hasta muchos años después, lo que hace este rito festivo mucho más interesante. Debe de ser una hermosa experiencia la de todos esos miles de asistentes al festival, que dura varios días y que culmina con la pira de una inmensa escultura en mitad del desierto sin límites. Previo pago de cuatrocientos dólares para la admisión, eso sí.
Christopher Lee, que participaba en la película de 1973, de algún modo debió de prever lo que tenía esta de parábola para tiempos desesperanzados. Sin happy ending, y con una trama que recuerda a «La muerte y la brújula» de BorgesThe wicker man es la que tiene un desenlace más radical de todas estas versiones en las que acecha un giro de tuerca gótico en su parte final. El sol se pone, la escultura sigue ardiendo y el héroe es sacrificado. Y aunque narrativamente la película de Hardy ha envejecido mal (con una puesta en escena que se nos antoja torpe, algo acartonada), sus hallazgos estéticos, incluida esa fabulosa colección de máscaras de animales que los habitantes del pueblo usan para la celebración final, siguen intactos. El año de su estreno, 1973, es el mismo en que se exhibió El exorcista de William Friedkin, que vino a transformar por completo el género del terror. Otra coincidencia extraña de los tiempos.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
4. El espacio gótico
Ya han apuntado muchas voces la deuda de True Detective con símbolos y escenarios acuñados por escritores del gótico sureño como Ambrose Bierce o Robert W. Chambers, recursos narrativos que van más allá de las referencias explícitas al Rey Amarillo o Carcosa, sino que se extienden a una manera particular de percibir la atmósfera sureña, un territorio inhóspito (en su sentido estricto), reacio al asentamiento humano. Una atmósfera ideal para la ensoñación de espacios sobrenaturales. De hecho, lo que comparten todos estos autores con Edgar Allan Poe, el padre de la narrativa policíaca por «Los crímenes de la calle Morgue», es, como exigen las reglas del género gótico, un gusto exacerbado por el espacio decadente y orgánico, casi tratado como material vivo, que encarna, como en el clásico «La caída de la casa Usher», una maldición familiar, un estigma o una huella traumática, casi de la misma forma que lo hace el caserón sangrante e hinchado de símbolos visuales de la reciente La cumbre escarlata (2015) de Guillermo del Toro. Paroxismo descriptivo del entorno, con meticulosidad neurótica, que en la estética romántica traduce síntomas propios de quien padece agorofobia y pánico a los cambios, como le sucedió a la poetisa Emily Dickinson, quien se recluyó en su casa durante décadas, hasta terminar confinada en su cuarto, del que no salió en sus últimos años de vida.
Las imágenes son conocidas: ruinas, espacios desolados, cementerios, bosques decrépitos y oscuros, naturaleza intempestiva y salvaje, como en los cuadros de Caspar David Friedrich o los de Arnold Böcklin, cuyo cuadro más famoso, La isla de los muertos (cuya primera versión es de 1880), fue reinterpretada por H. R. Giger un siglo después.
La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).
La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).
En fin, el relato gótico que, ya desde su texto fundacional El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, muestra esta inclinación enfermiza hacia el espacio como eje radical de la narración: el castillo como escenario (desde su mismo título), el encerramiento opresivo y sus efectos sobre los personajes, a la manera de un estudio de psicología ambiental, y por si quedaba alguna duda, se añadió el subtítulo de «A gothic story» en la cubierta de la segunda edición del libro, un término, «gothic», que procede de la arquitectura medieval, pero que solo se comienza a aplicar a ciertos textos literarios a partir de ese portal de la percepción que fue la novela de Matthew Lewis.
La literatura gótica requiere así el espacio como la épica un héroe («en persecución del honor a través del riesgo», que decía Bowra) y si no se se construye, si no se logra cimentar la atmósfera a través de él, entonces el género fracasa. Curiosamente, y aquí retomamos la alianza genética entre el relato policíaco y el gótico, en «Los crímenes de la calle Morgue» de Edgar Allan Poe, el texto que inaugura la narrativa detectivesca segúnHovayda y otros, el espacio es el detonante esencial de la trama. Por un lado, la casa burguesa, que ha sido invadida por un elemento extraño y donde se ha cometido el crimen; por otro, la ciudad de París y la calle Morgue, el territorio urbano consultancial al género policíaco. París, tomado aquí como modelo de gran urbe, quizá porque en ella desarrolló su trabajo uno de los primeros detectives, en quien parece haberse inspirado Poe para escribir su cuento: Vidocq, un antiguo delincuente reformado, aficionado a los disfraces y a las dobles identidades, que, con la ayuda de varios ghost writers empleados por su editor, escribió unas memorias de gran éxito.
Ciudad y crimen: el cronotopo imprescindible de todo cuento policíaco, que Poe acuñó en 1841 en el seminal «Los crímenes de la calle Morgue» (elementos que estaban ya en germen en su cuento inmediatamente anterior, «El hombre en la multitud», de diciembre de 1840, tal como olfateó con acierto Piglia en El último lector) y que después derivó en múltiples y fértiles variantes.
Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)
Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)
Lo que quizá no se ha dicho lo suficiente, sin embargo, es lo que lo tienen los relatos detectivescos de Poe (a los que hay que sumar «La carta robada» y «El misterio de Marie Roget») de refugio analítico contra las turbadoras ensoñaciones del gótico y del terror, de quien Poe era un consumado maestro: Auguste Dupin, mediante las herramientas de su ingenio, sin salir siquiera de casa, con el simple examen de las evidencias expuestas en las noticias del periódico, es capaz de resolver el crimen. Acertijos descifrados con un método cartesiano. Así, casi como una terapia de desintoxicación, para Poe sus textos detectivescos, los científicos (como el famoso ensayo Eureka) y otros de puro juego matemático (como el formidable «El escarabajo de oro») aparecen como una suerte de orden contra su sensibilidad romántica y su inclinación por lo grotesco y macabro. De hecho, en el mismo número de Graham´s Magazine de abril de 1841 en que Poe publica «Los crímenes de la calle Morgue», publica también «Descenso al Maëlstrom». Para él no hay ruptura alguna ni cambio de ciclo tras su primer cuento detectivesco. De hecho, algunos de sus cuentos más logrados de temática gótica, como «El pozo y el péndulo», aún están por escribirse, así que Auguste Dupin aparece como un remanso de paz, como un apacible balneario para enfermos, capaz de exorcizar el terror por sus capacidades analíticas (tal como hará Sherlock Holmes, quien en Estudio en escarlata, su primera aparición, cita expresamente a Dupin para mostrar la deuda contraída con su precursor).
De alguna manera, Poe no estaba haciendo más que sublimar en su famoso Auguste Dupin (a quien jamás se le llama detective en el cuento, por cierto) los inicios de la investigación criminalística científica, quien tiene en Vidocq, ya lo habíamos dicho, a uno de sus principales pioneros. El uso del registro de huellas dactilares, el nacimiento de la policía científica de Scotland Yard en Londres (que en 1875, por cierto, mudó su sede a un famoso edificio gótico junto al Palacio de Westminster) y la irrupción de la masiva penny press, que tenía en el crimen su principal fuente de contenidos y por tanto, el gran faro de los miedos burgueses, hicieron el resto.
El detective había llegado para quedarse en el imaginario colectivo, así que cuando hizo su entrada en escena en 1888 el famoso asesino Jack el Destripador (un término acuñado por la prensa, por supuesto), muchos apuntaron entonces y después que el asesino de Whitechapel tenía querencia por ciertas zonas descontroladas, peligrosas y oscuras, fuera del ámbito iluminado por las lámparas de gas de otras zonas más seguras de Londres. El espacio gótico vuelve una y otra vez, inherente al género criminal. La lectura esotérica de los asesinatos de Jack el Destripador se la dejamos a autores como Alan Moore, quien en From Hell (1989-1996), y haciendo una lectura muy avezada de Iain Sinclair (quien había publicado White Chapel, Scarlet Tracings en 1987), ha hecho una propuesta con elementos arcanos, magia negra y masonería. Otro caso más de relato policíaco vencido por el gótico.
Además, el más famoso detective de Londres, Sherlock Holmes, tiene decenas de casos donde la imaginería gótica es vital. ¿Se acuerdan de El sabueso de los Baskerville? Si quitan al detective, tenemos una historia gótica clásica, con el espacio opresivo como principal protagonista.
En fin, aquí viene la paradoja (y la neurosis): quizá Poe quería alejar sus miedos con sus meticulosos ejercicios detectivescos, pero el tiro le salió por la culata, y sin darse cuenta había dejado en su creación un rastro imborrable de su propia querencia por el gótico.
Luego, décadas después, en la novela negra que popularizó HammettBurnettCainChandler y otros, la verdadera protagonista, más que el detective armado y sagaz, es la ciudad corrupta, la ciudad y sus males (la Poisonville de Cosecha Roja, publicada por primera vez en Black Mask en 1928), así que la alianza prosigue y muestra cuál es la verdadera venganza del relato gótico: que el espacio tenga un peso fundamental en toda historia policíaca que se precie. Que el lugar pese tanto como el culpable, que tan importante sea el detective como las calles por las que se pierde, como en la famosa cita de Chandler escrita en The simple art of murder (1944): «Down these mean streets a man must go who is not himself mean, neither tarnished nor afraid. He´s the hero». El héroe es el detective, ya lo sabemos, pero ahí están las calles malignas colándose casi en un traspiés.
5. De Quincey
Imagen: Photoplay.
Imagen: Photoplay.
Al final, no hay ningún relato policíaco que no esté en deuda, de una manera o de otra, con el género gótico, aunque solo sea porque este inició la fascinación estética que ejerce sobre nuestro subconsciente el crimen y sus espacios. El crimen y sus lugares de culto. El primero que tal vez se dio cuenta fue Thomas de Quincey quien, no solo en El asesinato como una de las bellas artes (1827), sino incluso ya en Confesiones de un inglés comedor de opio (1822), escribe sobre la psicogeografía maldita de las calles de Londres, y el narrador, convertido en una especie de flâneur forzoso, obligado a mirar (un protodetective), las recorre registrando minuciosamente las huellas que encuentra. Muy distinto no es al ejercicio literario que practica Iain Sinclair en su obra, recientemente traducido en España por Javier Calvo en la antología La ciudad de las desapariciones. Aquí el paseante es el detective y la ciudad, el crimen.
Lo que parecía una delirante revitalización del género gótico en la obra maestra de Pizzolatto se ha demostrado un signo de una herencia de larga tradición. Desveladas las pistas, falta un cabo suelto: ¿por qué el detective acaba devorado por el espacio gótico? ¿Por qué el espectador o el lector son conducidos a las sombrías resonancias del laberinto oscuro? Y no me den la narcotizante respuesta de que todo es una lucha entre la luz y la oscuridad: nuestro subconsciente sabe cosas ante las que el detective —como el protagonista de La isla mínima ante una fotografía de su compañero, antiguo torturador de la policía— prefiere callar.