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lunes, 11 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "La Casa Verde", de Vargas Llosa. Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

Amazonia verbal

Navegar por el río de palabra de 'La Casa Verde', de Vargas Llosa, es una incitante aventura

 2 MAR 2013

Durante la pasada década de los sesenta, la asombrosa creatividad juvenil de Mario Vargas Llosa nos deslumbró con tres obras maestras —La ciudad y los perros, La Casa Verde y Conversación en la Catedral—, cuyo impulso seminal hallamos ya en su anterior libro de relatos, Los jefes. Desde la fecha de su publicación no había vuelto a ellas y en un reciente repaso a mi biblioteca, al sostenerlas entre las manos, comprobé que mientras el argumento y personajes de la primera y tercera permanecían en mi memoria, los de La Casa Verde, debido sin duda a una precipitada y resbaladiza lectura, se habían desdibujado y apenas subsistía de ellos un puñado de imágenes. Dicho olvido me indujo a volcarme en sus páginas y, gracias a mi vocación de relector, he permanecido aferrado a ellas, con dosis de dos horas diarias, por espacio de tres semanas. Mi curiosidad retrospectiva se transformó en adicción.
Sería interesante repasar las reseñas de la novela aparecidas en la prensa en 1965 dejando de lado la magnífica carta de Cortázar tras su lectura del manuscrito. ¿Cómo despachar una obra de tal envergadura y exigencia en un par de cuartillas apresuradas, a sobrevuelo del libro? El universo mundo de La Casa Verde exige un sondeo profundo de su estructura concéntrica, organizada en torno a un conjunto de motivos circulares, llenos de antelaciones y saltos atrás. Como una piedra arrojada a la lumbre del agua, sus ondas se amplían y extienden en un radio cada vez mayor. El lector convertido en relector debe permanecer con los ojos bien abiertos: una ocasional distracción puede hacerle perder el enmarañado hilo narrativo. Tiempos y lugares se mezclan, y retrazar el argumento —un verdadero ovillo— requiere el incentivo y voluntad de, evocando a Borges, aunar el laberinto y el círculo. Con astucia sagaz, el autor pasa del presente de la acción al comentario posterior de lo acaecido interpolando diálogos correspondientes a tiempos distintos. Cambios de tiempo no de un capítulo a otro ni en las secuencias internas de un mismo capítulo, sino entre línea y línea. ¿Quién habla en el presente y quién lo rememora y apostilla? Si, como dijo Genet, la dificultad es la cortesía del autor con el lector, Vargas Llosa invita cortésmente a este a volver sobre sus pasos a fin de seguir la historia y recuperar el hilo perdido.

Nos sentimos desamparados ante el rico venero idiomático que fluye del libro
A los incesantes cambios de plano y enfoque que nos desestabilizan, La Casa Verde añade un reto aún mayor: el exótico festín de palabras, un auténtico torrente verbal que desborda y se expande como la voraz vegetación circundante del territorio descrito. La Amazonia de Vargas Llosa enfrenta al lector a docenas de voces y términos de las comunidades indígenas avasalladas por el progreso y fe religiosa del hombre blanco y cuyo significado deberá buscar, a menudo sin éxito, en un diccionario de americanismos. Los guardianes de la pureza castiza se verán desbordados por dicha exuberancia. A la lengua “cristiana” impuesta a los no bautizados de Santa María la Nieva y de los márgenes del río Marañón da cumplida réplica la riqueza expresiva de vocablos aguarunas denominativos de plantas, animales, objetos... De golpe, nos sentimos desamparados e indigentes ante el rico venero idiomático que fluye del libro y, melancólicamente, nos escurre entre los dedos.
La trama argumental de La Casa Verde oscila entre dos polos: el ya mencionado de Santa María de Nieva, y Piura. Entre el territorio selvático de la Misión y la ciudad polvorienta al pie de la cordillera andina en la que durante su adolescencia vivió el autor. Entre monjas, soldados y toda una gama de aventureros imantados por el comercio lucrativo del caucho, y los músicos, asiduos y “habitantas” del prostíbulo que da el título al libro. Si la novela se abre con la llegada de un grupo de niñas indígenas arrancadas de sus aldeas para ser catequizadas por las Madres, se cerrará con el regreso del sargento a Piura y su reencuentro con su ex mujer y sus camaradas, los inconquistables, en una serie de secuencias fragmentadas cuya clave debemos descifrar.
El lector-relector tiene que recomponer por su cuenta las vicisitudes de la construcción, al otro lado del río piurano, de la mítica Casa Verde, con su bar, gran salón de baile y torre con las habitaciones destinadas a las pupilas, y las de su controvertido incendio purificador tras las soflamas del Padre García contra aquel antro de perdición, mil veces merecedor del castigo divino. Los personajes —el arpista, el trío azotacalles de los inconquistables, la Chunga o Chunguita— aparecen, se esfuman y reaparecen conforme a una bien calculada acronía. Lituma, don Anselmo, Lalita, Fushía, don Aquilino, no nos son descritos como en las novelas convencionales (el vendaval de Faulkner ha pasado por allí). Descubrimos cómo y quiénes son de forma indirecta, por boca de sus pares. El prostíbulo, ya sea el anterior o posterior a la quema, es su punto de anclaje, y su silueta, desdibujada por el polvo, presidirá como un símbolo sus destinos a lo largo de las apretadas páginas del libro.

El escritor peruano pone al desnudo la misoginia y la brutalidad de la violencia machista
Bonifacia, la chiquilla aguaruna catequizada por las Madres, es la figura más bella y conmovedora de la novela. Su amarga historia cifra la pérdida de la inocencia, desde su salida de la Misión por haber devuelto a la libertad a las “paganitas” apriscadas en ella a su boda amañada con el sargento Lituma, al traslado con éste a Piura, su separación forzada por el encarcelamiento del marido, la violación por el trío de los inconquistables y su reaparición en el burdel con el apodo de la Selvática. Sin ninguna moraleja ni didactismo, Vargas Llosa pone al desnudo la misoginia y brutalidad de la violencia machista en un universo sin ley, sometido a la voluntad del más canalla o más fuerte.
Navegar por el río de palabra de La Casa Verde es una incitante aventura. El relector va de sorpresa en sorpresa, arrimándose a sus orillas para tomar aliento y recapitular acerca de lo leído antes de emprender una nueva etapa de su periplo. La ambición creadora del autor, difícilmente aprehensible en una somera lectura, se nos desvela entonces con nitidez. La reconstrucción del rompecabezas es tarea ardua pero cuya recompensa aguarda a quienes no se arredran ante la dificultad y apuestan por el triunfo final de la literatura.
 Juan Goytisolo es escritor

miércoles, 27 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los espejismos del Apocalipsis", por Jordi Gracia

Jordi Gracia
   En "El País":
Los espejismos del Apocalipsis
Jordi Gracia. 6 junio 2012


     El asunto no es nuevo pero en los últimos tiempos casi parece un trending topic mediático. Numerosos intelectuales, y entre ellos algunos de los mejores, han detectado la disolución galopante de la cultura humanística en los fuegos fatuos de un mercado cultural acrítico. ¿Qué está pasando para que crean honradamente y denuncien sin tapujos la “banalización de la cultura” y, sobre todo, la suplantación de la alta cultura por la cultura trivializada del espectáculo? Me lo pregunté en clave vagamente humorística en un librito de hace unos meses, El intelectual melancólico, y me vuelve a agobiar ahora la pregunta que animó aquel panfleto.
     Los argumentos de los apocalípticos no son triviales ni desde luego faltan razones para el alarmismo. Pero el diagnóstico sobre la extinción de la alta cultura me parece un tanto unívoco o unidimensional, y no descarto que la tentación de aceptarlo delate sobre todo la dificultad de muchos de nosotros para adaptarnos a las transformaciones actuales. Hoy nos las vemos con la red de estímulos culturales más ingobernable, rica y socializada que haya tenido Occidente en su historia. En esa nube proliferan sin tasa productos culturales, eventos, exposiciones o películas inmisericordemente toscos y literalmente estupidizadores. Es verdad también que hoy resulta más difícil discriminar el puñado de obras y creadores que verdaderamente fertilizan el presente, quizá porque tanto en los circuitos de las élites como en los más comerciales han intervenido nuevos criterios y a veces han ensanchado o incluso rebajado las antiguas exigencias de calidad.
     El carácter mutante e invasivo de la cultura del espectáculo ha promovido una suerte de espejismo que impide reconocer no sólo la subsistencia de la alta cultura (o la cultura en el sentido clásico), sino su continuidad fecunda y lógicamente irregular. Es verdad que no como antes, no en los mismos medios, no por los mismos circuitos ni con las mismas élites, no con los mismos lenguajes ni desde luego bajo las mismas especies de prestigio social o de exclusividad intelectual. El efecto orientador que la alta cultura generaba antes en las élites intelectuales de Europa, y que hoy Vargas Llosa echa de menos expresamente, se ha visto suplantado por una nueva coyuntura más abierta, menos exclusiva, más imprevisible y necesariamente, por tanto, también más incierta. No discutimos ya en torno a proyectos unitarios o a una gran idea sino sobre múltiples propuestas, ideas blandas y alguna dura, emplazadas en múltiples estratos, con motivaciones muy dispares y una atomización cierta. Es una crisis de éxito más que de fracaso, porque esa multiplicación desorientadora exige mayor cautela analítica y, en todo caso, no basta ya, por fortuna, con acudir a una docena de referentes internacionales para saber qué pasa (como tanto le gustaba pensar a Ortega). Es decir: ninguno de estos cambios significa a mi modo de ver la terminante disolución de la exigencia, la calidad o la seriedad de la cultura en Occidente.
     Los tres primeros capítulos de La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, contienen sin embargo el augurio de la extinción de esa alta cultura tal como se ha entendido hasta hoy. Pero me pregunto si no estamos más bien ante un cambio de modulación y de funcionamiento de la alta cultura forzado por la misma transformación social y educativa de Occidente, y quizá también por el empuje de la civilización del espectáculo, al hilo de otros innumerables cambios, incluidos los tecnológicos. La cultura vive en estado permanente de transformación, tanto la más alta como la más popular. Si la alta cultura obviase los cambios o subsistiese al margen de ellos, sería en efecto un puro fósil sin el menor interés. Pero la alta cultura es alta porque se adapta a todo y su gracia consiste justamente en su maleabilidad en cualquier circunstancia (con libertad y sin ella, con mercado y sin él). Es clásica por esa capacidad de hablar a muchos y en muchas épocas, incluido el presente inasible e ingobernable. Y trivializaría su función si estuviese ausente de esos cambios o si considerase que son el enemigo a batir: de hecho, la trivialización que nos incumbe o debería incumbirnos no atañe a la opinión del ama de casa o el administrativo de banca que emite un juicio sobre Macbeth en su blog o cree equiparable a Bach y Leonard Cohen (la trivialización grave no juega en esos estratos culturales: simplemente les es inherente), sino a la que radica en el incumplimiento de la exigencia intelectual de quienes tienen el deber y la solvencia para encarnar la alta cultura.
     La confesada relectura reciente de Ortega ha dramatizado en Vargas Llosa intuiciones antiguas que no formuló con el carácter taxativo de hoy. Su argumento central estriba en detectar la suplantación en la sociedad actual del criterio de valor por el del precio, el de la calidad por la cantidad. Sin embargo, la cultura del espectáculo actual está poniendo en el mercado no únicamente productos banales y masivos sino también aquellos otros que encarnan los niveles más altos de exigencia. La simultaneidad de canales publicitarios o mercantiles induce a pensar en un igualitarismo que me parece que es sólo otro espejismo más. Las distinciones entre mejor y peor se han hecho más borrosas y confusas pero eso no significa que sean invisibles o inoperantes. Del mismo modo, puede debatirse la calidad en los últimos 20 años en la alta cultura, por supuesto, pero esa misma ponderación debería descartar su supuesto exterminio. Diría incluso que sus condiciones de posibilidad son cuando menos no inferiores a otros tiempos, ni en calidad ni en cantidad, aun cuando aproveche los mismos canales de la cultura banal y haya modificado buena parte de sus formas de expresión, actuación y difusión, y aun cuando sea también mucho más difícil jerarquizarla.
     Está, como siempre y como todo lo demás, en proceso de cambio, pero no de extinción sino de adaptación casi antropológicamente inteligente. La alta cultura es solo diferente de los tiempos en que era mucho más elitista que ahora, no por mejor y más excelente, sino por muchísimo más reducida a un puñado de nombres. No creo por tanto que estemos asistiendo al final de la cultura humanística sino a una nueva transformación de su legado, y no veo tampoco la facilidad o la permisividad tontorrona como ley general de los mejores novelistas, los mejores ensayistas o los mejores estudios universitarios (ni creo que estén condenados a la catacumbas o al fracaso comercial, o en todo caso no más que antes). Han cambiado muchas cosas, y ha cambiado, por ejemplo, el papel de la élite de intelectuales cualificados. Han perdido la exclusividad de los órganos reguladores del poder de opinar y juzgar, pero no tiene por qué ser una catástrofe: lo que ha ocurrido es quizá que la élite ha tenido que renovar esfuerzos para disputar el espacio público y combatir, en esas nuevas condiciones, con una variedad ingente de opinantes, columnistas o autores que interpretan, juzgan y construyen discurso intelectual (y no siempre ni todos desde la pura indigencia). Esa nueva situación no comporta necesariamente que la élite no sea escuchada, ni que la cultura seria esté en falta si aspira a entretener a la gente. Al fin y al cabo, la seriedad no está reñida con el entretenimiento, y el mismo público que se entretiene con tontadas es candidato a entretenerse con tontadas menos tontas. De hecho, la civilización actual incluye la obra de un buen puñado de autores que son al mismo tiempo cultura del espectáculo y alta cultura, porque ambas pueden o incluso deben ser capaces de fecundarse, sacando partido de lo mejor de sí mismas. Y en el ámbito hispánico el primer nombre de aquel puñado de nombres es precisamente Mario Vargas Llosa.

     Jordi Gracia es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona.

lunes, 29 de diciembre de 2008

LA AVENTURA COLONIAL

Mario Vargas LLosa escribe contra el colonialismo y contra una de sus manifestaciones más genocidas e increíbles: la del rey belga Leopoldo II, en el Congo. ¿Por qué las naciones no se han pronunciado contra este rey y lo que hizo en ese país africano?
LEOPOLDOIIYELCONGO