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sábado, 2 de abril de 2016

PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

   En "El País":

El último Azaña

Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


NICOLÁS AZNÁREZ


No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
Santos Juliá es historiador.

martes, 9 de febrero de 2016

HISTORIA. "El lado oscuro del pasado". Santos Juliá

   En "El País":

El lado oscuro del pasado

La Europa de la posguerra se construyó sobre una memoria selectiva que silenció capítulos vergonzantes. Una generación de historiadores se ha enfrentado a la verdad


Memorial del Holocausto en París. / NUR PHOTO

Fue Walter Benjamin quien, en El narrador, llamó la atención sobre el hecho de que al término de la Gran Guerra había comenzado un proceso que cuando él escribía (1936) aún no se había detenido: que la gente volvía enmudecida del campo de batalla; que en lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. Y fue Primo Levi en el apéndice a Si esto es un hombre quien, cuarenta años después (1976), escribió que en los tiempos de posguerra la gente no tenía muchas ganas de regresar con la memoria a los dolorosos años que acababan de pasar.
Testigos cuya capacidad de recordar había quedado interrumpida o que funcionaba como compensación arbitraria, escribirá W. G. Sebald al romper con su gran alegato Sobre la historia natural de la destrucción el tabú que había impedido hablar a los alemanes —mientras los ingleses levantaban las cejas o celebraban el resultado— de las tormentas de fuego provocadas por los bombardeos de la Royal Air Force en cumplimiento de un plan fríamente calculado por estrategas británicos, con Winston Churchill entre sus primeros inspiradores. Si quienes regresaban del Lager, para sentirse vivos, no podían recordar, quienes se habían salvado de los grandes incendios de ciudades devastadas vagaban entre escombros y cenizas, en Alemania o en Japón, con la memoria perdida.

Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann que hubiera rechazado incluir en 'Shoah' la imagen de algún convoy saliendo de París
Sobre esta memoria suspendida o definitivamente arrasada se construyó la nueva Europa. Tal vez no haya podido ocurrir de otra manera; tal vez fue necesario que los franceses tardaran tres décadas en superar el síndrome de Vichy y enfrentarse al hecho de que no toda Francia corrió a engrosar las filas de la Resistencia, que sus intelectuales continuaron la fiesta sin percatarse de que eran alemanes uniformados quienes paseaban por Saint Germain y se sentaban en el café de Flore, o que eran niños judíos los que, de la noche a la mañana, desaparecían de sus aulas. Tal vez los alemanes, para recuperar las energías necesarias a la obra de reconstrucción de sus ciudades devastadas, no tuvieran otra alternativa que evadir la culpa afirmando, como le decía un antiguo discípulo, por lo demás auténticamente honesto, a un asombrado Theodor Adorno, que ellos, los alemanes, nunca se habían tomado en serio el antisemitismo.
Aquel silencio sobre el pasado que cayó sobre Europa no afectó únicamente a la supresión de lo que habiendo ocurrido, se silenciaba, sino también a lo que, aún sin haber sucedido, se añadía para encontrar en la memoria cuidadosamente elaborada un sentido al presente. Pues fue esta supresión de buena parte de lo ocurrido, su olvido consciente o su involuntaria amnesia, colmada luego con memorias ritualizadas, o con la construcción de identidades colectivas a salvo de toda mancha, lo que ha llenado las narraciones de testigos o de supuestos testigos y de quienes, basándose solo en recuerdos personales, transformaron el pasado en una representación mitológica, como Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann cuando este rechazó la posibilidad de incluir en su Shoah—una película de nueve horas de duración repleta de trenes— la imagen de algún convoy saliendo de París con su cargamento de judíos a bordo. Es el silencio de los memorialistas de oficio, que en la lápida de un barrio judío de París escribieron que de aquel lugar varios miles de niños franceses fueron llevados a los campos de Polonia para no volver jamás, olvidando que aquellos niños eran judíos y que fueron deportados no por ser franceses sino por ser judíos, como tuvo que recordarnos Gerda Larner.

W. G. Sebald rompió con el tabú que había impedido hablar a los alemanes de las tormentas de fuego provocadas por la Royal Air Force
Europa como continente oscuro o continente salvaje, Europa como tierra de sangre, campos de exterminio, ciudades destruidas en tormentas de fuego, poblaciones deportadas o desplazadas en la seguridad de que su destino era la muerte, millones de hombres, mujeres y niños sacrificados: ante crímenes de esta naturaleza, los historiadores de la generación que en las dos últimas décadas ha llegado a una fecunda madurez, no presumen de ser testigos, ni memorialistas, ni jueces, solo narradores documentados de lo ocurrido, sin dejar nunca de hurgar más allá de los recuerdos recibidos, sin convocar a duelo, sin destinar su trabajo a la construcción de una identidad, cualquiera que sea.
Han sido, en efecto, estos historiadores (Judt, Rousso, Snyder, Lowe, Friedrich, Mazower, Goldhagen, Riding…) los que, al quebrantar con su incansable indagación los tabúes que la memoria, tanto como el olvido, tienden sobre las hecatombes del pasado, han enfocado sus cámaras sobre el lado oscuro de los hechos para que nada de ese pasado se pierda, para que de todo quede registro, para que todo algún día se recuerde.
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    viernes, 6 de marzo de 2015

    PRENSA. "Con violencia despiadada". Santos Juliá

       En "El País":

    Con violencia despiadada

    Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror y la desolación para mantener a raya a sus fieles o a los creyentes de otras confesiones. Es lo que hoy hacen los matarifes del Estado Islámico


    ENRIQUE FLORES


    Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.
    Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.
    Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.

    Si disponen de poder para hacerlo o lo creen en peligro, derraman la sangre del infiel o del hereje
    De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.
    Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad. En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo. Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer.

    Los yihadistas ejecutan igual el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias
    Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.
    La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias.
    Santos Juliá es historiador.

    viernes, 14 de noviembre de 2014

    PRENSA. "El pleito de Cataluña". Santos Juliá

       En "El País":

    El pleito de Cataluña

    Crónica histórica del viaje desde la autonomía regional a la soberanía nacional


    Recogida de firmas por la independencia en Banyoles (Girona), en enero pasado. / CARLES RIBAS
    El pleito de Cataluña es la nacionalidad”, afirmó Francesc Cambó en la fiesta de la Unidad Catalana, organizada el 21 de mayo de 1916 en el Palau de la Música de Barcelona para celebrar el triunfo de la Lliga Regionalista en las recientes elecciones legislativas. “Cataluña”, añadió, “sabe lo que es la nacionalidad, tiene conciencia de ella y quiere el derecho a regir su vida. Queremos el régimen de nuestra vida interna, sin odio a nadie, pero con tal intensidad que combatiremos sin tregua todo lo que se oponga a nuestro paso”.
    El combate había comenzado alrededor de 30 años antes, cuando una élite de burgueses, profesionales e intelectuales catalanes salió a la palestra negando el supuesto sobre el que los liberales trataron de construir un Estado desde los tiempos de guerra contra el francés: la perfecta adecuación entre Estado unitario y nación española. Y en efecto, ya se mire la prolija Memòria en defensa dels interessos morals i materials de Catalunya, presentada al rey Alfonso XII en febrero de 1885, ya el más breve Missatje a S. M. Donya Cristina de Hausburg-Lorena, Reina Regent d’ Espanya, Comtessa de Barcelona, lo que aquellos catalanes afirmaban no era tanto que España no fuese una nación como que en el mismo Estado del que España era nación existían regiones con rango de nacionalidades. Entre ellas, Cataluña, por una diferencia de lengua, de derecho civil, de cultura, de historia, que se remontaba a la Edad Media, sustrato sobre el que habría de basarse una autonomía, entendida, según lo expresará en marzo de 1892 las Bases per la constitució regional catalana, como soberanía en su gobierno interior.
    En la Monarquía: la autonomía integral
    Aquellas demandas de autonomía —alimentadas por una ideología historicista, tardorromántica y corporativa, e impulsadas por la protesta contra la unificación del derecho civil, penal y mercantil, contra la división del Estado en provincias y por la defensa de la lengua y del arancel— procedían de fuera del sistema político, de la rica trama de entidades cívicas, culturales y económicas que poblaban Cataluña. Pero a partir de 1898, y como resultado de la crisis moral y política provocada por el Desastre, la Unió Regionalista y el Centre Nacional Català decidieron dar el salto a la política creando en 1901 la Lliga Regionalista y competir, con singular éxito, en elecciones como partido político.
    A partir de ese momento, será la Lliga, con Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó como líderes de sus dos principales corrientes, quien defienda una renovada concepción de la autonomía, sostenida en el “hecho diferencial” que proclama a Cataluña única nación de los catalanes y que proyecta a España como Estado llamado a una misión imperial, único camino para devolverle su perdida grandeza.
    Cierto, los hechos diferenciales eran múltiples y los catalanistas estaban dispuestos a reconocerlo. En la primera visita del joven rey Alfonso XIII a Barcelona en abril de 1904, Cambó no perdió la ocasión de recordarle la necesidad de una reorganización del Estado que posibilitara el injerto —“ahora difícil, casi imposible”— de todas las autonomías de los “organismos naturales: la región, el municipio y la familia”. Y Prat de la Riba, al presentar en diciembre de 1911 a José Canalejas un proyecto de bases para la constitución de la Mancomunidad catalana, insistirá en que su sentido descentralizador no era exclusivo de Cataluña, sino “aspiración más o menos manifiesta de todas las regiones y provincias de España”.


    Lluís Companys (en el centro, con sombrero blanco), con Francesc Macià a su izquierda, durante la jornada electoral del 12 de abril de 1931.
    De modo que autonomía de Cataluña y reforma constitucional vinieron a ser la misma cosa. Dos años después de haberse aprobado el Estatuto de la Mancomunidad en marzo de 1914, Francesc Cambó presentaba en el Congreso una nueva propuesta, retomada por la Asamblea de Parlamentarios en 1917 y reiterada un año después, tras su primera experiencia como ministro en un Gobierno presidido por Maura. Era la “autonomía integral” que correspondía a la nacionalidad y que se resumía en la capacidad de los catalanes de regir todo aquello que afectaba a su “vida interna”, o sea, todo lo que no se atribuía expresamente al Estado en el reparto de competencias plebiscitado en las asambleas de los municipios catalanes convocadas por la Mancomunidad. Así reconocida, la autonomía de Cataluña no podía entenderse como separación, sino como acicate a los otros pueblos de España para que siguieran el mismo camino: “Queremos que venga con España, porque sentimos a España como algo nuestro”.
    Sin la conmoción mundial de la Gran Guerra, el triunfo de aquellos ideales se presentaba como “tarea larga y pesada”. Pero el momento había llegado y después de atender una llamada de Alfonso XIII —que le prometió la autonomía inmediata a cambio de “provocar un movimiento que distraiga a las masas de cualquier propósito revolucionario”—, Cambó exhortó a los catalanes asegurándoles que había querido Dios “que en nuestra generación esté la suerte de Cataluña”. “La autonomía completa, absoluta, integral” estaba, por fin, al alcance de la mano. De ahí que su frustración fuera profunda cuando Antonio Maura, alarmado ante las nuevas Bases presentadas por la Mancomunidad el 25 de noviembre de 1918 —un Parlamento catalán con dos Cámaras, un Gobierno, un tribunal mixto para dirimir posibles pleitos con otras regiones—, exclamó: “¿Autonomía integral?... No sé lo que es”. “Ustedes”, les dijo, “han delimitado la región amojonando el Estado”. La promesa regia se disolvió aplastada por las ovaciones de los parlamentarios del turno, mientras los diputados y senadores de la minoría catalana abandonaban el Congreso. La autonomía integral moría antes de nacer: “¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!”, exclamará Cambó, mientras el republicano Marcel·lí Domingo, tendiéndole la mano, le prometía que “con la República tendrán todas las regiones la autonomía a que aspiran”.
    En la República: la región autónoma
    Y la República llegó con el triunfo, en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, de la coalición republicano-socialista en España y de Esquerra Republicana, un partido recién creado, en Cataluña. A las dos menos cuarto del día 14, Lluís Companys salió al balcón principal del Ayuntamiento y proclamó la República Federal Española, solo para que una hora después Francesc Macià le corrigiera la plana declarando la instauración de un “Estat català, que amb tota la cordialitat procurarem integrar a la Federació de Repúbliques Ibèriques”. Tal vez alguien advirtió al viejo líder de la imposibilidad de integrar el Estat català en una entidad inexistente, el caso fue que Macià rectificó su propia corrección y proclamó a la caída de la tarde la “Republica catalana com Estat integrant de la Federació Ibérica”.
    La inquietud que estas sucesivas, y algo extravagantes, declaraciones despertaron en el Gobierno provisional de la República movió a su presidente, Niceto Alcalá Zamora —que en 1916 había afirmado que Cataluña era “una región vigorosa, pero no una nacionalidad, ni puede serlo”—, a despachar tres ministros (Domingo, Nicolau y De los Ríos) a Barcelona con objeto de negociar una fórmula de avenencia. La encontraron no en el restablecimiento de la Mancomunidad, disuelta por la dictadura de Primo de Rivera (1925), sino más lejos en el tiempo, en el de la Generalitat como gobierno provisional hasta que se promulgara la Constitución y en el compromiso de presentar como ponencia ante las futuras Cortes Constituyentes el proyecto de estatuto de autonomía que el pueblo catalán y la Generalitat presentara al Congreso de Diputados.
    Calmados de esta manera los ánimos, la Comisión Jurídica Asesora, encargada por el Gobierno de preparar un anteproyecto de Constitución, no consideró la posibilidad de un Estat català y desechó la idea de una república federal española, pero reconoció el derecho que asistía a todas aquellas provincias limítrofes, con características históricas, culturales y económicas comunes, a presentar un estatuto de autonomía si así lo decidían. Los miembros de la Comisión pensaban quizá en la demanda de autonomía presentada años antes por la Lliga y reconocían idéntico derecho a todas las provincias que “acordaran organizarse en región autónoma para formar un núcleo político-administrativo dentro del Estado español”. La Constitución de la República vino a reconocer lo que habían repetido todos los catalanistas, monárquicos o republicanos desde hacía 50 años: que la autonomía de Cataluña implicaba proceder a la reestructuración del Estado en regiones autónomas.
    Quedaba así despejado el camino para que el Estatuto plebiscitado y presentado por la Generalitat comenzara a ser debatido. Manuel Azaña, presidente del Gobierno, pulverizó las barreras que se habían levantado durante su tramitación recordando que en el siglo XIX vientos universales habían depositado sobre el territorio propicio de Cataluña gérmenes que “habían arraigado y fructificado” hasta constituir “hoy el problema político específico catalán”. El pleito de Cataluña se define así como problema político, que exige una solución política que ya no podía proceder del jacobinismo del siglo anterior, sino del reconocimiento de la diferencia en un estatuto para la región catalana. Luego, como escribió Josep Pijoan, “vendrán otros estatutos, y así, de manera natural, biológica, la Península se federará poco a poco, según corresponde a su variedad”.
    La política, sin embargo, acabó por desviar el curso de la naturaleza y de la biología. El Estatuto, promulgado como Ley de la República el 15 de septiembre de 1932, quedó suspendido el 6 de octubre de 1934 a consecuencia de la rebelión de la Generalitat, azuzada en primera instancia por la anulación de la ley de contratos de cultivo por el Tribunal de Garantías Constitucionales y, en última y definitiva, por la entrada de la CEDA en el Gobierno.
    El presidente Companys proclamó esta vez el Estat Català de la Republica Federal Espanyola para, acto seguido, rendirse ante el general Domingo Batet y ser encarcelado junto a sus compañeros de insurrección. “Todo se ha perdido, incluso el honor”, escribió el periodista Gaziel al comentar el “desastroso final del primer ensayo autonomista realizado en Cataluña”.
    Aunque Gaziel no lo pudiera imaginar en 1934, todavía quedaba mucho que perder. Restablecido tras las elecciones de febrero de 1936, el Estatut fue suspendido por el Gobierno de la República en todo lo relacionado con el orden público tras los días de guerra civil en mayo de 1937 en Barcelona, y en la zona rebelde quedó derogado por el general Franco por Ley de 5 de abril de 1938. Companys, un presidente al que el Gobierno siempre se le escurría entre las manos, recuperó el honor en forma de martirio al ser capturado en París por la Gestapo, entregado a Franco y fusilado en 1940.


    El presidente de la Generalitat en el exilio Josep Tarradellas pronuncia su discurso de regreso en la plaza Sant Jaume de Barcelona; fue cuando dijo aquel célebre 'Ja sóc aquí', en octubre de 1977. / EFE
    En democracia: nacionalidades y regiones
    Que la historia no siempre es maestra de la vida quedó bien demostrado en junio de 1962 cuando en el encuentro de fuerzas políticas del interior y del exilio en Múnich, y tras otro acalorado debate, no hubo manera de llegar a un acuerdo sobre si eran pueblos, regiones o nacionalidades las entidades a las que una futura democracia española debería reconocer la autonomía. El duro enfrentamiento entre catalanistas y democratacristianos presentes en el coloquio solo llegó a una tregua cuando Salvador de Madariaga propuso como fórmula de compromiso “el reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales”.
    Unas fórmulas —personalidad, comunidad natural— llamadas a corta vida: desde mediados de la década de 1960, los partidos, grupos y asambleas de oposición a la dictadura recuperaron los viejos términos de nacionalidad y región como mejor expresión de un derecho que en ocasiones llamaban de autonomía y en otras de autodeterminación. Pueblos, nacionalidades y regiones eran, las tres en plural, voces bien arraigadas en los léxicos políticos español y catalán cuando se inicia en 1977 el debate constitucional, y no fue casualidad ni capricho, menos aún delirio, que las tres encontraran su camino hasta verse estampadas en la Constitución: los pueblos de España aparecen en el preámbulo, el pueblo español se presenta en el artículo 1 y las nacionalidades y regiones irrumpen, juntas, en el artículo 2.
    Ni pueblos de España ni pueblo español crearon mayor problema, pero la llegada por vez primera de nacionalidades a un texto constitucional levantó una tormenta. Cuando se hizo pública su presencia en el anteproyecto, no faltaron voces templadas, como la de Manuel García Pelayo, que mostró su cautela porque nacionalidad introducía gran incertidumbre sobre el futuro del Estado y porque “formaba parte de la dialéctica de las cosas, no de la fatalidad histórica, que del Estado de nacionalidades se pase a su disgregación en varios Estados nacionales”. Por eso, y porque la cúpula militar tampoco se mostraba muy complacida por la novedad, el artículo 2 pagó con la redundante fórmula de la “indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” la presencia a su vera de nacionalidades y regiones.
    En todo caso, nacionalidades y regiones y, con ellas, el principio de generalización de la autonomía y del derecho de cada una a elaborar su propio estatuto, era algo que la oposición lo tenía hablado desde años antes y fue objeto de los acuerdos firmados por Coordinación Democrática con Assemblea de Catalunya y con Consell de Forces Polítiques de Catalunya en sendas reuniones mantenidas en Barcelona el 21 de mayo de 1976. 
    De la necesidad urgente de estructurar el Estado en nacionalidades y regiones habló con Adolfo Suárez en enero de 1977 una delegación de la Comisión de los Nueve, formada por Felipe González, Antón Cañellas, Joaquín Satrústegui y Julio Jáuregui. Naturalmente, Jordi Pujol, al hablar de nacionalidad en el pleno del Congreso de 4 de julio de 1978, recordó con orgullo que fue la minoría catalana “la que introdujo en su día ese término [en el proyecto de Constitución] y luego lo ha defendido”. Por todo eso y por la pacífica restauración de la Generalitat de Catalunya, la llegada de los dos términos a la Constitución, tras la frustración de la autonomía integral en 1918 y la liquidación por las armas de la región autónoma 20 años después, se celebró en 1978 como un logro que cerraba un siglo de pleito catalán.
    En la crisis: nación soberana
    No lo cerró. Al cabo de tres décadas, un programa de construcción nacional, elaborado y ejecutado con recursos públicos desde un poder de Estado como es la Generalitat, ha culminado en la reapertura del pleito de Cataluña sobre otras bases y con otras metas. Al calor del fin de otra guerra, en esta ocasión fría, y del derrumbe del imperio ruso-soviético y la creación de nuevos Estados en Europa, emergió un nuevo proyecto político que podría expresarse como cierre del pleito de nacionalidad, apertura del pleito de nación. Primero fue que la Constitución se había quedado estrecha; luego, que el Estado español no sería plenamente democrático hasta que no se constituyera como plurinacional, siendo cuatro sus naciones: Castilla, Cataluña, Euskadi y Galicia; finalmente, que nación plena exige Estado propio.
    El camino a la independencia, soterrado en una semántica plagada de equívocas metáforas, experimentó una formidable aceleración con la última ronda de reformas de estatutos que transformó a regiones en nacionalidades y a nacionalidades en naciones mientras el Tribunal Constitucional sufría el más severo desprestigio de su vida. Culminada la irresponsable ronda poco antes de que se desatara la Gran Depresión, lo ocurrido desde junio de 2011, con el Parlament cercado, los diputados víctimas de escraches y vapuleos y, casi de inmediato, las campañas “España nos roba” y “Expolio fiscal”, las masivas diadas y, en fin, pero no en último lugar, la revelación de la corrupción sistémica sobre la que la familia Pujol-Ferrusola había construido su poder absoluto, ha impulsado al Gobierno de la Generalitat a abrir, no una nueva etapa de esta larga historia, como afirma su presidente, sino un nuevo pleito, de otra naturaleza. La declaración de soberanía en enero de 2013 y la convocatoria de un referéndum por la independencia un año después no miran a la reestructuración del Estado español, sino a su fragmentación en naciones soberanas, cada cual con su Estado unitario.
    Que, como resultado del liderazgo errático y aventurero del president Mas, y del mudo esperar y ver del presidente Rajoy, la historia aquí contada no pueda terminar sino con un “el tiempo dirá” dice mucho acerca del imprevisible y, ya para todos, ruinoso desenlace de este nuevo pleito de Cataluña. 

    martes, 30 de octubre de 2012

    PRENSA. "Desigualdad como antesala de ruina". Santos Juliá

    Santos Juliá

       En "El País":

    Desigualdad como antesala de ruina

    Cuando las diferencias sociales se disparan, la política y la actitud ante la crisis se degradan

     28 OCT 2012

    Hace ahora seis años, en 2006, los veinticinco gestores de fondos de cobertura (hedge funds) mejor pagados de Estados Unidos se embolsaron un total de 14.000 millones de dólares, tres veces la suma de los sueldos de los 80.000 maestros de escuela de la ciudad de Nueva York (Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis!, página 84). Llevamos digeridas tantas cifras aberrantes sobre los “baños de oro”, como diría Enric González, en que han alegremente chapoteado los causantes de esta crisis, antes, durante y después de haberla desencadenado, que nada sorprende ya si no se repite una y otra vez: 25 tipos, 25, ganaron en un año, administrando fondos de cobertura, tres veces más —tres veces más— que 80.000 maestros, 80.000, de Nueva York.
    Que un individuo que maneja fondos de inversión pueda rapiñar en un año una cantidad de dinero tres veces superior a lo que ingresan por su trabajo más de 3.200 profesores de primaria es un hecho que, aparte de sus devastadores efectos económicos, tiene una dimensión política y moral que Krugman define como parálisis de la capacidad de responder con eficacia a la crisis que inevitablemente habrá de desencadenar este aumento inaudito de la desigualdad. Es evidente que sociedades en las que los derechos sociales cumplen su función redistributiva de la renta, y reductora por tanto de los niveles de desigualdad, responden con mayor eficacia a las coyunturas de crisis porque aseguran un mínimo de cohesión y solidaridad social. Cuando la desigualdad se dispara, el clima político y las actitudes morales ante las crisis se degradan en la forma de un sálvese quien pueda que, entre nosotros, ha llevado a responsables de cajas de ahorros a embolsarse decenas de millones de euros mientras sus entidades se declaraban en bancarrota.
    La profunda crisis económica que afecta a los medios de comunicación escritos —y de la que este diario no se libra— posiblemente se afrontaría con otra actitud, y con mayor eficacia, si el reciente incremento de la desigualdad se redujera a unos niveles que permitieran la reconstrucción moral de una comunidad capaz de hacer frente a la depresión causada y extendida por esa misma desigualdad. No se trata de buenas intenciones ni de consideraciones moralizantes, sino de afrontar una situación de crisis sin sembrar de cadáveres el camino, por la sencilla razón de que esa siembra solo podrá conducir a la destrucción de una empresa común con la que todos sus miembros se sientan comprometidos. Claro está que para eso es obligado acabar con la enorme desigualdad de las retribuciones —de la que este diario tampoco se libra—, porque de otra forma las políticas que nos han llevado al abismo funcionarán muy bien, como escribe Krugman, para unas pocas personas situadas en lo más alto, pero, habría que añadir, condenarán a la desesperación a todos los demás.
    Todavía quedamos por aquí algunos testigos de aquella España siniestra y miserable que arrastró durante décadas brutales desigualdades sociales, exorbitantes privilegios al lado de inmensas barriadas de chabolas. El camino que hemos recorrido desde entonces en la reducción absoluta y relativa de los niveles de desigualdad se está revirtiendo bajo nuestras impotentes miradas: ganancias millonarias con más del 21% de la población malviviendo por debajo del nivel de pobreza, más de cinco millones de parados, y con decenas de miles de despedidos de los empleos, a los que han dedicado lo mejor de sus vidas, sin más compensación que 20 días de salario por 12 meses de trabajo y un horizonte cerrado: tales son algunas dimensiones del desastre.
    Cuando, a raíz de la caída del muro de Berlín y del inmediato hundimiento del comunismo, se puso otra vez de moda repetir que la división izquierda derecha había terminado, Norberto Bobbio publicó un opúsculo en el que indagaba sobre las razones y los significados de esa secular distinción política. Allí escribía que el criterio más frecuente para distinguir la izquierda de la derecha era el de “la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad”. Favorecer las políticas que tienden a convertir en más iguales a los desiguales, como la defensa de los derechos sociales —derecho a la educación, al trabajo, a la salud—, era la expresión práctica de esa actitud que la socialdemocracia convirtió en política de Estado. A ella ha debido nuestra sociedad lo mejor de los últimos 35 años. Es lástima que a quienes vimos nacer y robustecerse esa política no nos quede más futuro que contemplar su ruina.

    jueves, 22 de marzo de 2012

    PRENSA. LENGUAJE Y SEXISMO. "Cuando Dolores era 'nuestro secretario general'", por Santos Juliá

    Santos Juliá

       En "El País":
    Cuando Dolores era “nuestro secretario general”
       Es imposible que la estructura de una sociedad experimente un cambio tan radical sin que la lengua sufra trastornos que no podíamos ni imaginar.

    Santos Juliá 11 MAR 2012

       Era la camarada Dolores Ibárruri, pero cuando recibió el saludo del comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética con motivo del 60º aniversario de su nacimiento, la versión española de la felicitación la identificaba como “ardiente y probado luchador por la causa de la clase obrera, por la causa de la democracia y por la causa del socialismo”. Y sus camaradas españoles, todos hombres, en un acto de homenaje por el mismo motivo, celebraron “la vida revolucionaria de nuestro secretario general, vida íntegramente dedicada a hacer triunfar los grandes ideales de la emancipación de la clase obrera y de todo el pueblo trabajador”.
       Desde los años cuarenta, cuando desplazó a Jesús Hernández en la batalla por la Secretaría General, hasta 1960, cuando fue sustituida por Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri siempre se presentó como “el secretario general del Partido Comunista de España”, y sus camaradas se dirigían a ella llamándola “nuestro secretario general”. Todavía en un libro a ella dedicado y editado en marzo de 2004 -¡en marzo de 2004!- Carrillo titulaba uno de sus capítulos: “Dolores, secretario general del Partido Comunista”, y es curioso, y significativo, que ningún corrector de estilo ni a nadie en la editorial le haya llamado la atención por semejante uso del término.
       ¿Sería tal vez porque ser secretaria, por muy general que fuese, no era lo mismo que ser secretario, sobre todo si era general? ¿O sería quizá porque secretario general es, o era hasta hace bien poco tiempo, lo que llaman los gramáticos un masculino genérico no marcado, de esos que incluyen a todos los individuos de la especie sin diferencia de sexo o de género? Pues vaya usted a saber, pero lo cierto es que hasta ayer mismo, el nombre del secretario general del PCE entre 1945 y 1960 era Dolores Ibárruri, conocida también como Pasionaria.
       ¿Se imagina alguien que otra Dolores, de Cospedal en la ocasión, pudiera ser identificada por sus compañeros y compañeras de partido como secretario general? No, claro, nadie se lo puede imaginar. Y eso es así porque ha cambiado el significado de este grupo sintáctico, que hoy solo puede referirse a hombres; pero es así, sobre todo, porque ha cambiado el lugar de las mujeres en la sociedad. Que ese cambio de significación haya arrastrado el desdoblamiento del genérico no tiene nada de extraño: los que hoy protestan cada vez que se desdobla el masculino genérico olvidan que de toda la vida es, o ha sido, muestra de cortesía dirigirse al público congregado para escuchar una conferencia con el clásico buenas tardes, señoras y señores.
       Ocurre que las señoras han abandonado el patio de butacas para subir al escenario convertidas en mujeres, y si las señoras escuchaban las mujeres hablan. Desde que Ibárruri fue secretario general hasta que De Cospedal es secretaria general, hemos vivido la más profunda revolución experimentada por la sociedad española desde la guerra contra los franceses. Revolución de la mujer que ha cambiado por completo su posición en la sociedad, con la elevación del nivel de escolarización, incorporación masiva al mercado de trabajo, caída de la tasa de natalidad, liberalización de la moral sexual, descenso de número de matrimonios, retraso de la edad al primer hijo. Todo ello, acompañado del cambio de valores tradicionales vinculados a la institución matrimonial -estabilidad, diferencia de roles, autoridad del padre- por nuevos valores de autonomía e independencia personal.
       Es imposible que la estructura de una sociedad experimente un cambio tan radical sin que la lengua sufra trastornos que quienes considerábamos normal llamar secretario general a una mujer no pudimos ni imaginar. Los académicos y las académicas asistentes a una reunión firmaron el otro día un informe-manifiesto, muy bien construido y argumentado, que intenta poner un dique a la avalancha de desdoblamientos del genérico masculino que se nos echa encima y que alcanza en ese texto bolivariano la dimensión de una catástrofe. Estupendo, es su función y suena muy razonable, pero todo en ese papel evoca una batalla, si no perdida, en retirada. Por una razón muy simple, y es que en la realidad de la vida el desdoblamiento ya se ha producido.
       Que nuestra vieja y querida lengua española sea capaz de dar cuenta de esa realidad es todo lo que nos queda por saber. La gramática no es la vida, ha sentenciado Amelia Valcárcel en frase feliz. Cierto, pero no hay vida humana sin gramática. Y cuando la vida cambia, la gramática, o se alimenta de la nueva vida o muere de inanición.

    lunes, 13 de febrero de 2012

    PRENSA. "Dios nos asista", por Santos Juliá

    Santos Juliá

       En "El País":
    Dios nos asista

       ¿Adónde quieren ir a parar los ministros de Justicia y de Educación con unas reformas que no lo son sino desandar el camino mudando leyes apenas ensayadas?

    Santos Juliá 12 FEB 2012 

       Cuando Larra escribió este delicioso folleto, andaban el pueblo y los políticos en largas disputas sobre los cimientos de la Nación y la validez de la construcción de la casa que la Nación necesitaba. Corrió entonces la voz de que se iba a reponer la Constitución de 1812. “¡Bravo! -exclamó Larra- Esto se llama andar camino. Aquí no se sabe sumar, pero restar a las mil maravillas. El año 14 vino el Rey y dijo: Quien de catorce quita seis, se queda en ocho; vuelvan pues las cosas al ser y estado del año 8. El año 20 vienen los otros y dicen: quien de veinte quita seis, quedan catorce. Vuelvan las cosas al ser y estado del año 14”. Y así, los del año 23, que quitan tres para quedarse en el año 20; y los del 36 que quieren restar más en grande y quitan veinticuatro para quedar en el año 12. Total, “que ya te lo he dicho: tejedores: tejer y destejer. Nadie vende su tela y nadie hace tela nueva.”
       Muchos años después de Larra, Juan Valera echó la mirada atrás y no vio en la reciente historia de España más que un “continuo tejer y destejer, pronunciamientos y contrapronunciamientos; constituciones que nacen y mueren; leyes orgánicas que se mudan apenas ensayadas […] apuros y miserias del Tesoro […] inconsistencia de las más respetadas agrupaciones, por el alejamiento de ellas de los que no viven de la política, dejando solos a los prohombres políticos de profesión, a su clientela y a los capitalistas, prestamistas y banqueros, que especulan con los ahogos del erario”. Y concluía Valera, en un rapto de melancolía, él, lo más alejado del intelectual melancólico que pueda encontrarse en el siglo XIX: “Todo esto hace nuestra historia política algo tan finalidad y sin propósito y tan desengañado que da gran dolor el tener que escribirla”.
       Gran dolor y cierta melancolía habrían producido a don Juan los propósitos de este Gobierno de quitar diez, quince o treinta años para volver ¿adónde? ¿Adónde quieren ir a parar los ministros de Justicia y de Educación con unas reformas que no lo son sino desandar el camino mudando leyes apenas ensayadas? Y no se diga que se trata de políticos no leídos ni instruidos. Uno, científico social, lleva escritos, para el placer de sus lectores, sutiles análisis sobre las causas que determinan que las encuestas de opinión nunca acierten al predecir los resultados electorales; el otro, científico jurídico, experto en construir impecables, si algo relamidas, peroratas sobre el imperio de la ley, y dizque el más progresista de los políticos vivos, contando los de la oposición.
       Científicos y progresistas lo serán en el arte de restar a las mil maravillas, de destejer lo ya tejido. Suprimir los plazos en la legislación sobre aborto, eliminar de la enseñanza la ciudadanía, cambiar a la brava los programas de oposiciones, introducir la obligatoriedad -o sea, la privada concertada- en el primer curso de la segunda etapa de secundaria: hay quienes dicen que todo esto es para distraer al público de lo que verdaderamente importa, lo mismo que ya importaba en tiempos de Larra y Valera: la especulación de capitalistas, prestamistas y banqueros con los ahogos del erario. Si, tal vez haya algo de eso, pero toda la retórica que acompaña a estas medidas literalmente reaccionarias, y que impregna hasta la médula el programa del que forman parte, mira más atrás, a la restauración en la moral pública y en la educación de lo que, con tramposos eufemismos -tramposos por lo que ocultan- llaman protección del derecho a la vida y oferta educativa plural que permita responder a las preferencias de ideario de las familias.
       Se nota que son científicos y que detestan la ideología. Pero la peor de las ideologías es la de quienes se proclaman enemigos de la ideología, porque son ellos quienes naturalizan su propia ideología: convierten en natural lo ideológico. Y en ese arte, desde los tiempos de fray Vélez a los de Rouco, la maestra en España ha sido y es la Iglesia católica. Por qué motivos en una sociedad secularizada, que desde hace medio siglo ha desertado sin pausa, y sin quebranto, la moral y la práctica religiosa, dos ministros cultivados pugnan por dar gusto a la fracción clerical-reaccionaria de su partido es grande misterio al que uno, como el confitero de Larra, que se había quedado dormido de confusión y pesadumbre, despertando despavorido, solo sabría responder: “¡Mi opinión, sí, mi opinión, señores, es que Dios nos asista!”.