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sábado, 20 de febrero de 2016

PRENSA. "Aplicaciones que parecen de ciencia ficción"

   En "El País":

Aplicaciones que parecen de ciencia ficción

La investigación y el desarrollo en el campo de la telefonía móvil abre puertas infinitas. Aquí, ocho cosas que serán posibles con tu 'smartphone' en unos años


'Microfilmes', corto de homenaje al cine de ciencia ficción. / L.B.

¿Con quién o con qué pasas más horas al día? La respuesta, posiblemente, sea un qué. Y ese qué, probablemente, sea el teléfono móvil. En el bolsillo, en el bolso, incluso (todavía) hay quien lo lleva colgando del cuello. En 1995 los usuarios de este cada vez más pequeño aparato eran alrededor de 80 millones en todo el mundo; el pasado año superaron los 5.200 millones, según el informe de 2014 de KPCB, la sociedad de capital riesgo que rastrea nuevos negocios para apostar por los que creen que tendrán éxito. Algo que corroboran los datos de Xiaomi, la empresa china considerada la start-up más valiosa del mundo: pasó de vender 19 millones de smartphones en 2013 a 61 millones en 2014.
Incluso lo que se suele erigir como antepasado, véase cuadernos, se une al mundo digital mediante aplicaciones que permiten subir el bloc de notas al dispositivo. Todo es susceptible ya de ser adaptado. Empresas de casi todos los sectores desarrollan o investigan la forma de llegar más y mejor a sus clientes, y el teléfono, esa constante en la rutina, es la mejor forma. Hay quien intenta ir más allá del propio terminal. Tuenti publicaba en su blog el pasado 18 de junio que llega el phone sharing. No importa si te lo roban, se te cae a la piscina o te lo dejas en un taxi, puedes convertir cualquier móvil en tu móvil y llamar desde tu número entrando en su aplicación con tu usuario y contraseña.
Más allá del mundo de los operadores móviles, la salud. La mHealt fue término acuñado por Robert Istepanian en 2005: “El uso emergente de la comunicación móvil y la tecnología en red para la asistencia sanitaria”. Desde entonces, industria, gobiernos e investigadores han ido dando pasos en el desarrollo de este ámbito que cada vez amplía más las posibilidades en torno a la prevención y el control de enfermedades. El futuro se tejerá, en gran parte, a través de los dispositivos. Te presentamos ocho cosas, hoy imposibles, que podrás hacer con tu smartphone en unos años.

Realizar un control médico 



Vista de la página web de OScan.
La democratización de los conocimientos médicos en la sociedad crece desde la llegada de Internet, y las aplicaciones de este ámbito son algunas de las que más se nutren de los beneficios tecnológicos. Tanto, que la FDA (Agencia Americana de Medicamentos, en sus siglas en español) y la Unión Europea llevan más de dos años avanzando en la regulación de estas apps. La agencia norteamericana publicó en 2013 un informe con ciertas pautas que se debían seguir y avisaba de que revisarían aquellas que pudieran poner en riesgo al paciente. La Unión Europea creó, también hace un par de años, una lista de aplicaciones que, según sus criterios, eran útiles para los pacientes. Hablamos de un océano digital en el que hay más de 100.000 apps de salud en la Apple Store y la Google Play Store, según el último informe de Research2guidance.
Pero no solo las empresas están detrás de aprovechar al máximo las capacidades que puede dar el software de un smartphone. Desde hace años, también investigadores de todo el mundo realizan proyectos como el del Instituto Avanzado de ciencia de Tecnología de Corea (KAIST) que, en 2012, auguraba en una publicación alemana, Angewandte Chemie, que la tecnología de las pantallas táctiles podría usarse para detectar materia biomolecular como el ADN. “El primer paso para que un día puedan usarse para pruebas médicas”, según especificó Hyun Gyu Park, uno de los profesores de Ingeniería Química y Biomolecular que dirigió el estudio. Ese mismo año, el profesor asistente de Bioingeniería en Standford Manu Prakash desarrolló una forma de usar el móvil para crear imágenes detalladas de la cavidad bucal en pacientes con lesiones sospechosas, con un dispositivo tan grande como un paquete de chicles, OScan. Y el pasado abril, el Journal of Mobile Technology in Medicine,publicaba la aparición de D-Eye, una aplicación creada por el doctor Andrea Russo que convierte el smartphone en un oftalmoscopio portátil capaz de grabar y transmitir imágenes y vídeos del ojo en alta definición.

Combatir la deforestación de las selvas tropicales



Uno de los aparatos de Rainforest Connect.
La deforestación, esa plaga mundial creada por el hombre, es también susceptible de frenarse gracias a un proyecto forestal que usa los teléfonos inteligentes como espías. Se trata de un proyecto de Rainforest Connection, una ONG con sede en San Francisco que emplea móviles reciclados para registrar e identificar los sonidos de las motosierras que se usan para la tala ilegal. Los dispositivos se colocan en los árboles y están equipados con paneles solares para recargar la batería; cada uno protege 3,14 kilómetros cuadrados y envía una alerta cada vez que detecta el sonido de las motosierras. Así, la app Rainforest Connection se convierte, según la propia organización, “en el primer sistema de detección en tiempo real en el mundo y proporciona los datos, abierta, libre y de forma inmediata, a cualquier persona”.

No cargarlo jamás (o tardar un minuto en hacerlo)


La batería. Esa pequeña parte que puede convertirse en la más odiada cuando la necesitas… y no está. El uso continuo del aparato, la cantidad de aplicaciones que funcionan (en primer o segundo plano) y la cantidad de recursos que necesitan algunas de ellas, provocan que la barra verde desaparezca cada pocas horas. Una búsqueda en Google ofrece millones de resultados: cómo alargar la batería del móvil, trucos para hacer que las aplicaciones no la consuman, etcétera. Aunque con el tiempo se han ido mejorando y adaptando a los nuevos usos, sigue siendo un problema si no se dispone de una de esas baterías portátiles a las que, obvio, el piloto también se les pone en rojo. Pero no todo está perdido, científicos de la Universidad de Standford han inventado la primera batería de aluminio de alto rendimiento: carga duradera, rápida y con un coste bajo. Hongjie Dai, profesor de Química en la universidad, y sus colegas la definen como “una batería de aluminio-litio recargable y ultrarrápida”. Mientras que la recarga actual de un smartphone puede durar un par de horas, esta nueva batería podría hacerlo en un minuto.

Ayudar a crear un páncreas artificial



El móvil con plataforma Android del proyecto de la Universidad de Virginia.
347 millones son las personas con diabetes en el mundo, según las cifras de 2014 de la OMS; organización que además, estima en 1,5 millones las muertes por esta afección en 2012 y señala que en 2030 será la séptima causa de mortalidad. Esta enfermedad crónica aparece cuando el páncreas no produce suficiente insulina o cuando el organismo no usa de forma eficaz esta hormona, que regula el azúcar en la sangre. Desde la Universidad de Virginia, Daniel Cherñavvsky contesta al teléfono. Es uno de los investigadores que trabaja en la tecnología para crear un páncreas artificial a través del software creado por el centro de diabetes tecnológica de la universidad incorporado a un móvil Android para pacientes con diabetes tipo 1 (la que suele desarrollarse en el inicio de la infancia).
"Este dispositivo regula la administración subcutánea de insulina de modo que siga la onda ascendente o descendente de glucosa en la sangre. Si el azúcar en la sangre sube, el sistema avisa a la bomba de que tiene que mandar más insulina y viceversa. La manera en que el sistema se informa del valor de glucosa es mediante un sensor colocado en el tejido subcutáneo que mide la glucosa del fluido intersticial del paciente cada cinco minutos, esa es la información que manda al teléfono. Nosotros lo monitoreamos de forma remota", explica Cherñavvsky, que sigue a 30 pacientes repartidos por todo el mundo. Por ahora, el sistema tiene valor predictivo pero no adaptativo: "Avisa media hora antes si el paciente va a estar en hipoglucemia o hiperglucemia. Nuestro próximo reto es que no solo funcione con valores predeterminados, sino que se adapte a los hábitos de conducta diaria del afectado".
Los resultados médicos avalan una mejora en la regulación de la glucemia manteniendo al paciente en normoglucemia, valores normales de azúcar en la sangre, por más tiempo durante el día, y evita riesgos de hipoglucemia, sobre todo durante la noche, que pueden generar complicaciones como convulsiones o, incluso, la muerte. Desde el punto de vista social, este sistema permite una rutina más fácil y más llevadera, "sobre todo en adolescentes", puntualiza el investigador. Pero, ¿cuánto queda para que esto sea una realidad? No mucho, según las previsiones del equipo: "No tengo una bola de cristal y no quiero aventurar nada, pero podría estar en el mercado en dos años o dos y medio".

Reducir la contaminación



El sensor creado por los investigadores del MIT. / MELANIE GONICK
“Cómo se nota cuando llueve”. Es una frase bastante común en Madrid, y se refiere a la calidad del aire que se respira. No muy buena, como en casi cualquier gran ciudad del mundo. El último informe de la OMS, publicado el pasado abril, sobre el coste económico que produce la polución del aire en la salud, dio como resultado que la contaminación le pasa una factura a Europa de 1,4 billones de euros en enfermedades y muertes cada año. Contra estas cifras trabajan organizaciones internacionales, asociaciones, gobiernos y ahora, incluso el papa Francisco.
En el MIT, un equipo de investigadores químicos, ha creado un sensor que puede ser leído por un móvil y que detecta gases y contaminantes ambientales (amoníaco gaseoso, ciclohexanona y peróxido de hidrógeno, entre otros). Los dispositivos no son caros de fabricar, una de las razones por las que podrían extenderse fácilmente y que desde el propio equipo ponen en valor.

Colaborar en la lucha contra alzhéimer, el cáncer o el párkinson



Vista de la página web de Folding@Home.
“Ayuda a los científicos de la Universidad de Standford a estudiar el alzhéimer, el párkinson y muchos tipos de cáncer simplemente instalando un programa en su ordenador”. Es la primera frase que puede leerse en la página dedicada al proyecto Folding@home. Una colaboración a la que cualquiera puede unirse y que consiste en permitir que el equipo de la investigación use tu ordenador para hacer simulaciones mientras duermes. Ya tiene más de 139.000 personas que se han unido a su causa, lo que significa que procesan los datos en 139.000 equipos alrededor del mundo. Ahora han desarrollado ese concepto para móviles con el mismo nombre y ya está disponible en la Google Play Store.
“Hay mucha gente con teléfonos muy poderosos, si podemos usarlos de manera eficiente, se prepara el escenario para algo realmente grande”, explicó Vijay Pande, el director del laboratorio que ha creado este proyecto de software. El estudio pretende conocer más a fondo el proceso de plegamiento de proteínas, ya que un error en esa cinta lineal de moléculas que se estira y se enrolla como un ovillo puede causar enfermedades. El equipo explicó que, por ejemplo, en pacientes con cáncer, los doctores disponen de varios medicamentos para prescribir, y necesitan hacer el mejor diagnóstico posible para elegir qué droga dar primero. Si fallan, tienen que volver a decidir. En enfermedades tan sensibles al tiempo como el cáncer, el proceso se dificulta. Conocer el funcionamiento de las proteínas, aseguran, ayudaría a decidir mejor ese primer medicamento. Algo que podría salvar muchas vidas.

Imprimirlo desde casa


En los últimos años las impresoras 3D hasta han cocinado. Casi cualquier cosa parece posible con estos aparatos. ¿Por qué no un smartphone? Ya puede imprimirse la carcasa de un móvil, incluso personalizada, en esta página web. ¿Cuánto tiene que pasar para que puedan imprimirse los distintos componentes? No mucho si las empresas que los fabrican decidieran dejar volar los diseños.

Vivir en una ciudad inteligente



Un sensor en un contenedor de basura en Barcelona. / DAVID RAMOS (BLOOMBERG)
Tal vez sea en un laboratorio de la Universidad de Washington donde esté la clave para hacer factible una ciudad inteligente. Los múltiples sensores que hacen posibles estos lugares requieren de una fuente de energía continua para trabajar. Investigadores de la universidad estadounidense están probando un nuevo método que recoge energía a través del aire, usando las señales de radiofrecuencia que envían los routers y canalizándolos a otro router estándar. Ya han sido capaces de cargar pequeños dispositivos sin que eso perjudicara la velocidad de navegación del lugar de donde provenía la señal. El equipo del Sensor Systems Laboratory es consciente de que, en este momento, la energía que pueden producir se limita a la carga de aparatos de reducido tamaño. Pero este es solo un primer paso.
Esta información, patrocinada por Tuenti, ha sido elaborada por una colaboradora de EL PAÍS.

Expectativas brutales

Manuel Pérez-Alonso es profesor en la universidad de Valencia, investigador y director del Instituto de Medicina Genómica de Valencia.
P. ¿En qué contexto se están produciendo los avances?
R. Casi todo lo que se hace hoy en genética es para el diagnóstico y el cuidado de personas con una enfermedad. Pero la evolución a la que vamos, y de forma bastante rápida, es que todo el conocimiento del genoma va a permitir atender y cuidar también a las personas sanas. En Europa va más lento, y en España es muy minoritario (casi en la frontera de lo creíble) pero en Estados Unidos es una realidad más cotidiana; algunas empresas ya hacen estudios genómicos a personas sanas y les ofrecen hábitos y pautas de vida.
P. ¿Cuál es la “foto” hoy?
R. De todo el genoma humano, solo conocemos el funcionamiento con bastante detalle de 3.000 del total. En el resto, cuando se produce un cambio o una mutación, aunque los veamos, no sabemos qué consecuencias tendrá para esa persona. Pero eso está cambiando cada vez más rápido, casi cada semana se van descubriendo nuevas funciones biológicas de esos genes que siguen en la nebulosa.
P. ¿Cómo encajan las aplicaciones móviles en este desarrollo?
R. Llegó Internet, luego la nube, el big data y las aplicaciones móviles, que van va a tener una utilidad dentro de este campo. Se está visionando una situación en la que las personas van a tener su genoma completo. Esa información tendrá que ser, no solo almacenada, sino reanalizada periódicamente en función de la nueva información que vayamos consiguiendo. El almacenamiento es la parte más sencilla, y ahí están ya Google, Amazon y Apple compitiendo por dar ese servicio.
P. ¿Cómo ve el futuro?
Es difícil plantear un futuro a largo plazo, pero en 20 años, por ejemplo, creo que es una certeza que, si siguen existiendo las apps, será ahí donde saltará la notificación de que hay una nueva versión en el conocimiento del genoma humano, lo que significará que podrán volverse a reinterpretar esos datos y saber más sobre la propia constitución biológica. Las expectativas sobre lo que se puede hacer son brutales.

lunes, 25 de mayo de 2015

PRENSA. "Libertad como desconexión". Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

   En "El País":

Libertad como desconexión

La obligación de estar conectados invade todos los ámbitos de la sociedad y convierte la cotidianidad en un asunto extenuante


En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde demasiado (es decir, dos días) en contestar un correo electrónico. Y la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de las oportunidades vitales. Si el fallo o la lentitud en la conexión los experimentamos como un verdadero drama es porque la comunicación inmediata forma parte de las posibilidades que damos por supuestas en una sociedad de la instantaneidad interactiva.
El éxito de la metáfora de la Red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. La conectividad es vista como un multiplicador de las actividades y de las oportunidades. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana. La obligación de estar conectado vale para todos los ámbitos de la sociedad: para el cultivo de la amistad, para la comunicación en la familia, para las organizaciones, la ciencia o los movimientos antiglobalización, para los niños a los que en una edad muy temprana pertrechamos con un móvil.

No llevamos bien la desconexión porque sentimos que nos estamos perdiendo algo
La conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo, sin argumentos para frenar la multiplicación de los contactos y apremiados por la exigencia de rendimiento continuo. No estar al alcance de los demás o resistirse a ciertas redes es toda una rareza. La conexión ha sido la clave de las oportunidades personales y la fuente de la riqueza para las naciones. La desigualdad digital se ha planteado como un problema de desigualdad en el acceso y no tanto a la capacidad efectiva de hacer algo con tales tecnologías.
Ahora bien, en menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión (Francis Jaureguiberry). Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Las reivindicaciones de un derecho a desconectar se han venido sucediendo a medida en que eran más visibles los inconvenientes y las patologías de la hiperconectividad. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.
¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad? De entrada, al hecho de que el imperativo de la conectividad es una forma de poder, una imposición que exige de nosotros disponibilidad continua. El hecho de no responder inmediatamente al teléfono, por poner un ejemplo cotidiano, es algo que ahora debemos justificar. El imperativo de la inmediatez comunicativa se ha convertido en una estrategia de abreviación de los plazos y generación de la simultaneidad, lo que incrementa la aceleración general y la cantidad de cosas que podemos (y debemos) hacer. Pensemos en el teletrabajo, que en pocos años ha pasado de ser una liberación a experimentarse como una maldición. Donde rige la teledisponibilidad permanente, la urgencia se contagia hasta el espacio privado, que ya no resulta protegido por la distancia física.

Existen aplicaciones que bloquean las redes sociales cuando uno quiere no ser interrumpido
El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo. Seguramente hemos traspasado ya el umbral a partir del cual el networking se convierte en overlinking, la complejidad resulta irreductible y la sensación más habitual es la de estar desbordado. Todo ello ha llegado a provocar una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial.
Cada vez hay más problemas que tienen que ver con el exceso de conectividad: las decisiones se complican cuando intervienen demasiadas personas e instancias; donde esperábamos una crowd intelligence tenemos más bien una conducta adaptativa que dificulta la creatividad personal; hay conexiones siniestras que están en el origen de cierta corrupción (entre los poderes políticos, económicos y mediáticos) y que solo se resuelven desacoplándolos; experimentamos el agotamiento que supone no tener espacios libres de conexión o la obligación de estar siempre localizables... La idea de "enredarse" tiene cada vez más connotaciones negativas, que aluden a la pérdida de tiempo, a quedar entrampado, a una omisión de lo verdaderamente importante.
Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión. En primer lugar, las de tipo personal, en la gestión de la propia conectividad. El objetivo sería preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente telecomunicacional intrusivo. Algunos reivindican el derecho a hacer una pausa, a no atender todo lo que nos solicita. Aquí cabe mencionar toda una serie de prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como gestionar la atención y reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, o modos de rehusar la comunicación continua, como desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja. Como decía Deleuze se trataría de "crear vacíos de comunicación, interruptores, para escapar al control". La espera, el aislamiento y el silencio, que habían sido entendidos como una pobreza a la que había que combatir, pasan a ser opciones positivas que permiten construir la autonomía personal.

La ciudad nos enseña prácticas de indiferencia social útiles para civilizar el espacio digital
En Francia ha habido recientemente un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; se da el caso también de empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana. Me da la impresión de que estar desconectado es algo que va poco a poco perdiendo algunas de sus connotaciones negativas, que ya no designa una deficiencia comunicativa sino una práctica voluntaria que puede ser beneficiosa. Tal vez ilustre este cambio de valores el hecho cotidiano de que las vacaciones se hayan convertido para muchos en algo que ponemos bajo la metáfora del "desconectar".
Las estrategias para desconectar pueden agruparse en las de tipo temporal o espacial, según sea la dimensión en que se realizan. Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo pueda encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar (como las exigencias de rentabilidad a los saberes humanísticos, por ejemplo, o un criterio de innovación tomado de las ciencias naturales).
Las estrategias de desconexión espacial consisten en un placer inédito para nuestros antepasados: "La felicidad de estar ilocalizable" (Miriam Meckel). Se trata de salir de un ámbito en el que rige el ideal —que termina convirtiéndose en obligación— de transparencia o de reivindicar el derecho a no estar geolocalizable, interrumpiendo dicha función en nuestros móviles y ordenadores.

Hay empresas californianas que envían a sus empleados a  curar su exceso de conectividad
De hecho, nuestros dispositivos desarrollan cada vez más estas posibilidades de desconexión. Del mismo modo que los coches tienen la posibilidad de desconectar el sistema de conducción asistida o los fusibles saltan en nuestras casas cuando la intensidad eléctrica es excesiva, ya existen aplicaciones que bloquean la tentación de las redes sociales como AntiSocial, Afirewall o SelfControl cuando uno quiere no ser interrumpido y pretende aislarse para trabajar durante un tiempo. Igualmente hay filtros cada vez más sofisticados para proteger a los niños en el espacio abierto de Internet. Cabe mencionar en este sentido, como un movimiento contrario al frenesí expresivo de las redes sociales, movimientos como Anonymous, que reflejan el deseo de despersonalizar ciertas intervenciones en la Red. O pensemos, sin ánimo de hacer la lista exhaustiva, en el hecho de que la seguridad de las comunicaciones tiene que ver con soluciones que dificultan la accesibilidad a cualquiera, es decir, con estrategias para limitar la conectividad.
¿Cómo equilibrar las ventajas de estar conectado con la libertad de no estarlo siempre ni absolutamente? Propongo pensarlo mediante una analogía con la ciudad y plantearnos como objetivo urbanizar el espacio digital. Los grandes teóricos de la vida urbana (como Simmel, Bahrdt o Goffman), a contracorriente del tópico que exaltaba la cercanía y autenticidad de los pequeños enclaves comunitarios, subrayaron el anonimato que hacían posible las grandes ciudades, la libertad frente al control, la indiferencia generalizada, una cierta desatención, esa combinación de relaciones y privacidad, donde uno puede decidir qué aspecto de la propia personalidad desvela u oculta a los demás. El sociólogo alemán Georg Simmel dijo algo acerca de la ciudad moderna que podría sernos muy útil a la hora de pensar el tipo de interacción que debemos construir con las redes sociales. Llamó la atención sobre el hecho de que las ciudades son formas "débiles" de comunidad y comunicación, en las que es posible una cierta indiferencia frente a las múltiples ofertas de interacción. A diferencia de lo que ocurre en el mundo rural, en ellas no es obligatorio saludar a todo el mundo, ni comprar a todos los que nos ofrecen algo, ni considerar como un desprecio que no se fijen en nosotros. En la ciudad es posible ignorar a otros y disfrutar la libertad del ser ignorado por otros, el derecho a la no intromisión, a no ser juzgado.
La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.
En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.