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domingo, 19 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Jorge Edwards, escritor chileno

Jorge Edwards

   En "El Día de Córdoba":

"El 'boom' iberoamericano bebe más de William Faulkner que de Cervantes"

El autor y diplomático chileno prepara ya el segundo tomo de sus esperadas memorias, en las que rememora el París literario donde estalló el fenómeno del realismo mágico
PEDRO INGELMO JEREZ | ACTUALIZADO 23.10.2013Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) es el 'Cervantes' del 99. Diplomático escritor y escritor algo menos diplomático, sufrió la semana pasada el jet lag desde París (es embajador de Chile en Francia) a Jerez, donde participó en el decimoquinto congreso de la Fundación José Manuel Caballero Bonald. "Con la terminal de Barajas, que si las esperas, que si pasar de una terminal a otra, París-Jerez es casi lo mismo que venir de Chile a Jerez". En fin, que llegó, se aisló en su habitación del hotel y, perfeccionista, se zambulló en las páginas de su última novela, que está a punto de terminar antes de asumir el segundo tomo de sus memorias, que empiezan cuando llega al París de Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes... 

-Encerrado en su habitación corrigiendo. Le he leído que la literatura necesita fidelidad. 

-¿Yo he dicho eso? 

-Se lo he leído. 

-Uno dice tantas cosas... Sí, soy fiel a la literatura, no en otras cosas, pero sí, fiel a la literatura. 

-¿Qué son los círculos morados? Titula así sus memorias. 

-El círculo que te deja alrededor de los labios el vino malo. Salí de mi familia, un mundo ordenado, para mezclarme con los viejos poetas chilenos en los tugurios. Allí se bebe lo que ustedes llaman vinos peleones y nosotros llamamos vino de lija. Volvía a casa tapándome con las manos la boca para que no vieran los círculos morados. Mis primeros pasos en el mundo literario los di en tugurios. 

-Estudió en los jesuitas. El Papa es jesuita y argentino. 

-Todo el mundo estaba muy feliz en Chile cuando fue elegido, un hecho curioso contando con que ya se sabe cómo son los chilenos con los argentinos y al revés. 

-En sus memorias revela que sufrió abusos sexuales a los 11 años en el colegio. 

-No fui el único. Quizá he sido el único en decirlo. 

-¿Por qué se decidió a contarlo? 

-Estaba escribiendo unas memorias y era un hecho que me influiría en el tiempo. Forma parte de mi vida. 

-¿Hubo reacciones? 

-Recibí cartas de la Iglesia hablándome muy bien de las memorias, pero añadiendo que se sentían tristes por ese pasaje. 

-¿Sigue con interés el proceso de depuración que está llevando a cabo el Vaticano sobre los casos de pederastia? 

-Sí, pero no me obsesiona. Lo que hice al escribir aquello fue un hecho confesional. No pretendo hacer demagogia. Me sucedió a mí, les pasó a otros, y así lo cuento. Espero que esas cosas ya no sucedan. 

-París es su segunda casa... 

-No, yo no diría eso. 

-Era usted el consejero de Neruda cuando él era embajador en París y cayó Allende. 

-Consejero... Bueno, sí. Era un consejero al que Neruda no hacía mucho caso. Estuve poco tiempo con él. Ya estaba muy enfermo de cáncer. 

-Se reabrió hace poco el caso. Una segunda autopsia por si fue asesinado. 

-Ya, no veo para qué. Estaba muy enfermo. Todo el mundo lo sabía. 

-Me decía que no siente París como una segunda casa. 

-He pasado tanto tiempo en París que soy medio parisien, pero nunca ha llegado a ser mi verdadera casa. Tengo amigos en Francia, pero tengo más amigos entre los escritores españoles. En realidad, si eres embajador en Francia no estás rodeado de franceses, sino de chilenos. Para conocer verdaderamente París tendría que haber llegado de incógnito, de vagabundo. 

-Su primer viaje a París en el que estaban Cortázar, Fuentes o Vargas Llosa fue un poco así... 

-Fue muy excitante. Entonces ninguno había publicado nada o habían publicado muy poco. 

-¿Sospechó que se fraguaba el boom

-La literatura hispanoamericana era algo muy secundario en Francia, una literatura menor. Admiro de los franceses lo profundamente que conocen su literatura, al contrario que nosotros, que conocemos muy bien la literatura inglesa o árabe o alemana, pero no demasiado la nuestra. Borges es un ejemplo de cómo adentrarse en la literatura en otro idioma. Los franceses saben mucho de lo suyo y nada de los demás. Ese grupo de escritores en París propició un cambio en la política editorial. Desde París fue posible que Europa conociera lo que se hacía en Hispanoamérica, algo que también arrastró a la literatura que se hacía en España. 

-¿Qué huella hay de Cervantes en esa generación? 

-Pienso que el realismo mágico nació en la segunda parte del Quijote. Es libertad en la escritura y fantasía. Siempre me han gustado mucho esos pasajes de la Cueva de Montesinos, de Clavileño, del caballero de los espejos... Pero no creo que fuera Cervantes el inspirador de esa generación. Si hay que señalar a alguien, tendríamos que señalar más bien a William Faulkner. El boom bebe más de Faulkner que de Cervantes. 

-¿Lee literatura actual? 

-Se publica de todo y seguro que de gran calidad. Pero percibo pobreza en la crítica. Cuando era joven, la crítica me guiaba, ahora me desorienta. Ya nadie me ayuda para tomar elecciones. 

-¿Y ante eso? 

-Me he convertido en un relector. Me encuentro con un autor y deseo leerlo mejor. Se cumple el centenario de Camus y me he traído El mito de Sísifo. Lo he releído y Camus me pide más. Como soy muy lector de Unamuno, he encontrado coincidencias con Camus, por ejemplo la influencia en ambos de Kierkegaard. Eso es sugerente. Autores leídos me llevan a otros igualmente leídos y todos me piden volver a ellos.

miércoles, 19 de enero de 2011

PRENSA. 19 enero 2011

   En "El País":

1. El cuento. Columna de Elvira Lindo.

2. "La vejez es una época envidiable". Entrevista a Juan Goytisolo. Por Rosa Mora.

3. (Casi) todo vuelve. Por Manuel Rodríguez Rivero.

4. Última estación: el hermetismo. Reportaje de Carles Geli. Gimferrer hace recuento poético en 'Rapsodia', su nueva obra en español.

5. 'Archisilabeando'. Artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral de la Universidad del País Vasco, contra el mal uso de la lengua española.

6. Segunda vida. Artículo del escritor chileno Jorge Edwards.

7. La revuelta del pan (tunecina). Por M. Á. Bastenier.

martes, 19 de octubre de 2010

PRENSA. 19 octubre 2010

En "El País":

1. La fama. Columna de Rosa Montero.

2. Todos los colores de Renoir. Reportaje de Andrés Trapiello. La colección de 'renoirs' del Clark Institute es una de las principales apuestas del otoño en el Prado. Sale por primera vez completa de EE UU para ofrecer una nueva visión del pintor, que nunca había sido objeto de una retrospectiva en España.

3. Librepensador activo. Fernando Savater sobre Vargas Llosa.

4. Cuando la ideología es el lenguaje. Reportaje de Daniel Verdú. Tabarovsky publica en España un ensayo literario contra la falta de ruptura en la novela actual - La obra generó una gran polémica en Latinoamérica.

5. Saramago, instrucciones de uso. Por Juan Cruz. Gómez Aguilera compila en un 'diccionario ideológico' las claves sobre política, religión o literatura del Nobel portugués.

6. No hubo milagros. El escritor Jorge Edwards, sobre el rescate de los mineros chilenos.

7. Protesta social en Francia. La revuelta estudiantil se radicaliza. Por A. J. B. Jóvenes encapuchados en las afueras de París y Lyon cortan el tráfico, queman contenedores y coches y se enfrentan a pedradas a los policías antidisturbios. La falta de gasolina atenaza a Francia. Por Antonio Jiménez Barca. El Gobierno de Sarkozy forma un comité de crisis para evitar el parón económico - Las empresas echan mano de sus reservas y las estaciones racionan las ventas.

jueves, 19 de agosto de 2010

PRENSA. 19 agosto 2010

En "El País":

1. Nueva batalla por la cultura de masas. Reportaje de Francesco Manetto. Las potencias emergentes cambian las reglas del juego de la industria del entretenimiento - EE UU y Europa buscan la forma de ganar la partida.

2. Héroes desconocidos. Artículo del escritor chileno Jorge Edwards.

En "El Día de Córdoba":

3. La era de la melancolía. Por Manuel Gregorio González. Cátedra edita una nueva versión de 'Memorias de ultratumba', reflejo del magno proceso por el que Europa se adentra, entre el estrépito y la sangre, en la era de las democracias.

miércoles, 16 de junio de 2010

PRENSA. "La serpiente de san Miguel", artículo de Jorge Edwards

Jorge Edwards
En "El País":
La serpiente de san Miguel


JORGE EDWARDS 15/06/2010

El ensayo es el género literario de la libertad. Nosotros hemos tenido ensayistas y todavía los tenemos, pero son autores que no siempre comprenden la esencia, la naturaleza propia del género que cultivan. A veces pontifican, dictaminan, se emborrachan de citas librescas, nos castigan.
El ensayo, en cambio, es amable, libre, cercano a la naturaleza. Huye de la pedantería y del dogmatismo. Desconfía de cualquier especie de jerga, de sistema cerrado de signos, y busca el lenguaje de la calle, de las regiones, de artesanos y campesinos. Representa una reacción rápida, intuitiva, frente a temas del presente, y se mueve entre diferentes puntos de vista, salta del uno al otro, pero siempre con amabilidad, y sin miedo de incurrir en la contradicción.
Montaigne, fundador del ensayo moderno, dice que le podría encender un cirio a san Miguel y otro a su serpiente. Las imágenes tradicionales muestran a san Miguel Arcángel hundiendo una lanza en una serpiente pecaminosa. Para Montaigne, el santo era símbolo de la poesía celeste, que subía al cielo, y la serpiente era el barro humano. Entre ambos extremos, encontraba serias dificultades para decidir. El ensayo era una síntesis de las alturas líricas y de las verdades terrestres, cotidianas. Su lenguaje tenía gracia poética, ritmos alados, pero estaba lleno de cables a tierra. Un amigo erudito, académico, vecino suyo, quedó escandalizado porque no le había pasado el manuscrito de sus ensayos completos para que lo corrigiera. El texto impreso estaba salpicado de expresiones gasconas, de dichos populares, de palabras malsonantes y hasta malolientes. Al observar el escándalo de su amigo, Montaigne se rió. No le había pasado el manuscrito, precisamente, para que no pudiera introducirle esas correcciones. Eran los días del paso del latín a las lenguas romances: días de ambigüedad, de inestabilidad, de infancia de las nuevas lenguas. En vez de tratar de frenar el proceso, como su amigo académico, el ensayista bordelés se instalaba en el movimiento. Le aseguraban que su libro sería ilegible 50 años más tarde y se encogía de hombros. Era un lector apasionado, desordenado, voraz, de los clásicos latinos y griegos y de sus contemporáneos ingleses, italianos, españoles, franceses. Cincuenta años después era, en efecto, difícil leer su prosa.
Tres o cuatro siglos más tarde se volvió bastante fácil. Me he pasado dos años en el remoto Chile del siglo XXI dedicado a escribir una novela inspirada en Montaigne: una fantasía literaria, un juego, un divertimento, si quieren ustedes, una obra que está más relacionada con la serpiente que con el arcángel. Mientras leía y escribía, muchos de mis coterráneos estaban trenzados en polémicas furiosas. ¿Qué les pasará, me preguntaba, qué mosca los habrá picado?
Mi editora me dice en un llamado de larga distancia que Montaigne se ha puesto de moda en toda Europa. Terminaron las ideologías del futuro, de "los mañanas que cantan", como solían decir los "progres" franceses, y se ha vuelto a la contemplación del presente con sus contradicciones, sus perplejidades, su desolada belleza. Mientras los integrismos chilenos de todo orden, de uno y otro extremo, desinformados, se confunden en sus batallas verbales.
Montaigne inventó la forma del ensayo moderno a partir de su intensa lectura de epistolarios antiguos y de su tiempo y de diálogos griegos, latinos y actuales. Lo que prefería eran las cartas de tono familiar, de introspección, de confesión, de incertidumbre. Desconfiaba desde lo más profundo de su ser de la gente que estaba segura de todo. Je m'abstiens era una de sus divisas preferidas: me abstengo. Sus críticos mejores, sobre todo los alemanes, sostienen que los diálogos de Platón construían certezas intelectuales impresionantes y que Montaigne, el Señor de la Montaña, como le decía don Francisco de Quevedo, se esmeraba, con una sonrisa, con una mirada y un gesto socarrones, en desarmarlas. Era el tono más adecuado para una epístola dirigida a un amigo de confianza. El Señor de la Montaña, por ejemplo, perfecto conocedor de lo que se escribía al sur de los Pirineos, fue un lector asiduo de las Epístolas familiares del español Antonio de Guevara: reflexiones sueltas, tomadas de Plutarco en su gran mayoría, pero puestas por escrito en forma desordenada, sin el menor intento de composición general.
Pues bien, el maestro de Burdeos dijo en alguna oportunidad que escribía ensayos porque no tenía, después de la muerte de su amigo Etienne de la Boétie, ninguna persona cercana capaz de recibir una correspondencia sostenida suya.
Uno de los mejores trabajos que conozco sobre su obra es del crítico alemán Hugo Friedrich, escrito y publicado a fines de la década de los cuarenta, a la salida en su país y en la mitad de Europa de una etapa de fanatismos feroces, destructivos y autodestructivos. Y el trabajo de Friedrich, difícil de encontrar hoy, estudia de una manera magistral la formación del género. Explica que la raíz de ensayo viene del latín tardío exagium, que significa pesar, peso, medida de peso. En Francia, dice Friedrich, en el siglo XVI, esto es, en el siglo de Michel Eyquem de Montaigne, la voz ensayo tenía las acepciones siguientes: ejercicio, preludio, tentativa, muestra de alimento, y ensayar era tantear, verificar, probar, experimentar, inducir en tentación, emprender, exponerse a un peligro, correr un riesgo, pesar, sopesar, tomar impulso.
Termino de leer esta enumeración y me quedo sentado, mirando las copas de los árboles del cerro Santa Lucía bajo nubarrones otoñales. El ensayo, me digo, es una forma abierta por definición, y no está lejos de las orientaciones de la novela moderna. Es por eso que ensayistas y novelistas, a lo largo de los últimos dos siglos, han provocado la mayor desconfianza de las mentes autoritarias, totalitarias.
Hablé de dos siglos, pero tengo conciencia de que la historia viene de muy atrás, y de que se renueva a cada rato con disfraces diferentes. Un poeta algo mayor que nuestro ensayista, Clément Marot, describió unos recuerdos juveniles suyos como "golpes de ensayo... solo un pequeño jardín, pero donde ustedes no encontrarán ni una sola brizna de preocupación...".
Si volviéramos a las formas originales del ensayo, podríamos ventilar nuestros asuntos con menos intolerancia, con algo menos de aspereza, con gestos menos distorsionados. Porque nos picamos a la primera provocación, nos sulfuramos con gran facilidad, y muchas veces nos olvidamos de pensar antes de hablar. Avanzar sin transar, decía uno, en épocas que todavía recordamos, y el otro contestaba: avanzar sin pensar.

Jorge Edwards es escritor chileno.