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miércoles, 24 de febrero de 2016

LITERATURA Y MAFIA. "El libro en el escondite de El Chapo". Roberto Saviano

   En "El País":

El libro en el escondite de El Chapo

Lidiar con la mafia no significa cubrirse de sellos antimafia, sino entender cómo actúa


Las proclamas gubernamentales y las declaraciones victoriosas que siguen a las detenciones de criminales ilustres siempre me han hecho reflexionar. Nací y crecí en el sur de Italia, el país que cuenta con las organizaciones criminales más poderosas y peligrosas del mundo y sé bien que cuando uno de sus jefes es detenido, eso no significa que el Estado haya obtenido una victoria. Cuando un jefe es arrestado es porque se ha vuelto débil, es porque otros le han vendido, es para salvarse de una posible ejecución, es porque ha decidido colaborar con la justicia, incapaz de soportar ya la clandestinidad. Cuando un jefe es detenido, los que menos deberían alegrarse por ello son los políticos, para no quedar como simples marionetas o, peor aún, como chacales, para no ser objeto de mofa y escarnio. Todavía recuerdo cómo, durante un programa televisivo mío de 2010, tras haber explicado la infiltración de la 'Ndrangheta en el norte de Italia, el entonces ministro del Interior, Roberto Maroni, de la Liga Norte, exigió intervenir en directo en la transmisión para leer la lista de superfugitivos arrestados por su Gobierno. Mientras Maroni leía, a mí me costaba contener la risa ante la idea de que todos aquellos capos había sido detenidos por causas muy alejadas de los posibles méritos del ministro o de los de su Gobierno, aparte de haber sido reemplazados antes incluso de ser detenidos.

Cuando un jefe es arrestado es porque se ha vuelto débil, es porque otros le han vendido

Lidiar con la mafia no significa cubrirse de sellos antimafia, sino entender cómo esta actúa y sobre todo admitir que ya no es posible analizar el segmento militar divorciado del económico, que ya no es posible considerar las mafias al mismo nivel que organizaciones dirigidas por personas violentas y sin escrúpulos armadas hasta los dientes, sin cultura alguna ni conocimiento acerca de cómo funciona el mundo civilizado. Tratando de esta forma a la mafia y a los mafiosos hemos llegado a la situación actual, en la que convivimos con ellos sin ser capaces de reconocerlos, de lo mucho que se parecen a nosotros.


Cuando El Chapo Guzmán fue detenido el pasado mes de enero, por tercera vez (después de haberse fugado espectacularmente dos veces), el presidente de México, Enrique Peña Nieto, se regocijó públicamente en Twitter demostrando que no entiende en absoluto cómo funciona el cártel de Sinaloa, uno de los cárteles criminales más poderosos y sanguinarios del mundo. Demostrando que no entiende por qué El Chapo ha podido ser detenido esta vez así como las dos anteriores, ni cómo es que se las apañó para evadirse.
Sin embargo, alguien como yo, que estudia la dinámica de la mafia, pero no forma parte de ninguna organización criminal, alguien como yo, que no puede trabajar como infiltrado, pero puede recopilar fragmentos y tratar de recomponer el conjunto en un marco coherente, sabe que la epopeya de El Chapo Guzmán deber leerse a través de cada gesto, de cada palabra, de cada señal. A través de los colores chillones de las camisas que lleva, a través de las mujeres que trata, a través de una ficción que es más real que la realidad.

Un jefe que siga siendo poderoso se mantiene alejado de todo, de los medios de comunicación y del cotilleo

Empecemos por decir que a un jefe de verdad no le gusta estar en el candelero. Un jefe de verdad que siga siendo poderoso se mantiene alejado de todo, de los medios de comunicación y del cotilleo. A un jefe de verdad le hace falta, al principio de su carrera, ganar crédito entre su gente, pero mantenerse invisible para el resto del mundo. Por el contrario, la atención de los medios se vuelve necesaria cuando su poder real va menguando. Cuando tiene necesidad de una legitimidad externa al mundo del crimen, cuando apela al mito y a la leyenda, cuando se le hace imprescindible, como al último de los showman, ver su carota en los quioscos para revitalizar su propia imagen criminal. La entrevista concedida por El Chapo a Sean Penn supone su mayor declaración de debilidad, no un pecado de vanidad. Su intención de trabajar en una película que contara su propia historia respondía a una necesidad empresarial y criminal y no a un deseo de ver glorificadas sus acciones por pura vanagloria. A El Chapo le hacía falta una nueva visibilidad para reiterar un sencillo concepto: sigo siendo el que manda.
Y el control debe ser integral: nada puede escapar a esta estrategia de comunicación. Por eso, cuando me llamaron en plena noche para decirme que había un video, difundido por el diario mexicano El Universal, en el que se veía mi libro CeroCeroCero en la guarida de El Chapo en Las Piedrosas, en Sierra Madre Occidental, el estupor me duró un momento. El tiempo de darme cuenta de que siempre ha sido así: mientras la sociedad civil considera a los criminales unos bestias incultos, ellos, en la sombra, demuestran un maniático interés por todo lo que les concierne. Ellos, que se mantienen informados sin ser vistos. Ellos, que nos observan y nos estudian sin ser observados y que sólo salen a la luz cuando son animales agonizantes, haciéndonos sentir omnipotentes por el mero hecho de ser capaces de tocarles la cola y olfatear su pista.

Lo que ha sorprendido a todos fue la constatación de que un jefe criminal puede leer
El perfil de los jefes criminales se asemeja al de los consejeros delegados

Con Gomorra, mi primer libro, ocurrió lo mismo. Sus páginas fueron durante mucho tiempo las más leídas en las cárceles del sur de Italia. Gomorraestaba en la guarida de dos jefes del clan de los Casaleses, en la de Michele Zararia (la vieja guardia) y en la de Francesco Barbato (la nueva guardia). Todos, absolutamente todos, querían saber lo que ese joven escritor napolitano había escrito sobre ellos. Como si los estuviera presentando ante Italia y el mundo; el capo de los Casaleses Antonio Iovine, ahora colaborador con la justicia, dijo, literalmente, y con cierta complacencia: "Saviano, con Gomorra, nos ha llevado a los Estados Unidos". Ocurre a menudo que haya periodistas abordados por la Camorra para invitarles a escribir sobre ellos, pero sin falsedades, y por falsedades entienden conjeturas sobre alianzas y traiciones. Hace 30 años, un joven periodista napolitano, Giancarlo Siani, fue asesinado a causa de un artículo en el que aventuraba una alianza y una traición que no debían ser reveladas. Sus escritos no aparecían en primera página, no era una de las firmas estrella del periódico, y sin embargo los sicarios leían sus artículos.
Y por esa razón, ver CeroCeroCero en la cama de El Chapo, en un edificio en ruinas en medio de la nada, entre camisas de absurdos colores y rollos de papel higiénico, no resulta extraño en absoluto. El video fue grabado el 6 de octubre,cuatro días después de la entrevista con Sean Penn. A la izquierda, colgando de un soporte, estaba aún la camisa que llevaba El Chapo en la fotografía que dio la vuelta al mundo, esa en la que le estrechaba la mano. Una camisa de marca: nada se deja al azar, y menos aún la iconografía. En los días posteriores a la difusión del vídeo empezaron a ocurrirme cosas peculiares. Para empezar, me pararon en la aduana de los Estados Unidos, dado que, al parecer, según algunas indiscreciones, el ejemplar de CeroCeroCero hallado en la guarida de El Chapo llevaba una dedicatoria mía, dedicatoria que por supuesto yo nunca le había puesto. Además parecía que había un juez que quería aclarar conmigo algunos aspectos de la historia. Por ahora siguen poniéndose en contacto conmigo para todo tipo de suposiciones. Algunos se han referido a mi intervención en la televisión mexicana después de la captura de El Chapo en febrero de 2014, intervención que parece ser que le intrigó. En aquella ocasión, yo reiteré la necesidad y la urgencia de conceder su extradición a Estados Unidos, dado que la extradición es tal vez la única medida que realmente asusta a los jefes de los cárteles sudamericanos, incapaces de ejercer cualquier forma de control en las prisiones estadounidenses. Según otros, quien le facilitó el libro fue su abogado, presumiblemente para obtener más información sobre mí y sobre lo que había escrito. Otros aventuran que estaba preocupado por la serie de televisión basada en CeroCeroCero en la que estoy trabajando. Para otros, quien estaba leyendo el libro era su hijo, que me había visto en el canal CNN de México.

Las FARC están llevando a cabo negociaciones de paz con el Gobierno porque los cárteles mexicanos han hecho tierra quemada a su alrededor

Sin embargo, más allá de las conjeturas, lo que de verdad ha sorprendido a todos, pero lo que se dice a todo el mundo, fue la constatación de que un jefe criminal puede leer. ¿De verdad creía el mundo que los jefes de las organizaciones criminales eran meras bestias interesadas exclusivamente en sus sangrientos manejos? Pues se trata de una lectura superficial, muy alejada de la complejidad de la vida real. El perfil de los jefes de las principales organizaciones criminales se asemeja mucho más de lo que pensamos al de los consejeros delegados de cualquier respetada empresa internacional. La diferencia estriba a menudo sólo en el recurso a la violencia, pero la lógica de sus inversiones, las estrategias de "ataque" contra sus rivales y los métodos de adquisición de consensos, son casi idénticos. Una de las razones por las que las series y las películas sobre criminales obtienen tanto éxito entre el público no estriba en la fascinación por el mal, sino en el hecho de que las personas perciben de algún modo su afinidad con los capos y reconocen en las despiadadas reglas de la violencia, en la obsesión por el crecimiento económico, en la jerarquía de valores y en sus estrategias, mecanismos que son típicos de las relaciones sociales al desnudo, es decir, leídas sin fingimientos. En el cine de criminales, el espectador ve de alguna manera su propia vida sin mediación alguna; falta el filtro de la ley, dado que las mafias se rigen por sus propias normas, que parecen adherirse a la realidad sin hipocresías: todos quieren el dinero, quienes tienen el poder lo consiguen, quienes no lo tienen tratan de obtenerlo en una guerra silenciosa de todos contra todos. Y ya está. El resto no existe: se deja a un lado el respeto hacia la vida humana. Y sin embargo, todo se parece dolorosamente a la vida de verdad, como si las películas de criminales nos enseñaran un nivel primordial, más auténtico, de las relaciones cotidianas.
Pero lo que me resultó más claro desde un principio es que, una vez menguada la ola de asombro y curiosidad despertada por la reunión con Sean Penn y por el descubrimiento de mi libro en el escondite de El Chapo, la atención hacia los asuntos de México ha vuelto a sus niveles habituales, es decir, igual a cero, mientras que el flujo de capitales que llega a Europa desde México sigue creciendo sin parar. Después de la detención de El Chapo, se descubrió que, gracias a una red internacional de intermediarios, los narcodólares del cártel de Sinaloa eran enviados a través de Los Ángeles hasta Suiza, donde debían ser cambiados en francos o en euros para ser depositados después en un banco de Liechtenstein. La situación sociopolítica en América Central y del Sur ha cambiado drásticamente, y con ella la geopolítica del narcotráfico internacional. México es actualmente el nudo central en el que converge y se organiza todo el comercio, mientras que Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala se han convertido en colonias de los cárteles mexicanos. También en Colombia la situación ha cambiado radicalmente: los grandes cárteles han muerto y gran parte de la gestión del flujo de coca ha emigrado a manos de las organizaciones mexicanas. Las FARC, la más antigua forma de guerra de guerrillas en el mundo, históricamente activa en Colombia, está llevando a cabo negociaciones de paz con el Gobierno en Cuba por razones de las que se habla muy poco: a saber, por el hecho de que los cárteles mexicanos han hecho tierra quemada a su alrededor. Las FARC siempre se han mantenido con la producción de drogas, convertidas de hecho en los proveedores exclusivos de coca, que vendían a los cárteles mexicanos. El sistema funcionó hasta que estos últimos dejaron de comprarles a ellos, después de haberse asegurado el control de plantaciones colombianas, peruanas, bolivianas: desde ese momento, el precio de la cocaína producida por las FARC se hundió, haciendo imposible la sustentación de la guerrilla. Esta es una de las posibles interpretaciones, pero demuestra claramente que la reordenación de la jurisdicción del narcotráfico, definitivamente prerrogativa de México, tiene repercusiones exponenciales y protagonistas que no deben subestimarse.

No habrá ningún cambio efectivo mientras su dinero siga siendo una parte fundamental de la riqueza financiera de nuestro tiempo

En este contexto, la imagen que el presidente Enrique Peña Nieto ofrece de México y de sí mismo es falaz, dado que no basta con dejar de mencionar el narcotráfico para que el problema desaparezca. El sexenio de Peña Nieto se está revelando dramático: 54.421 homicidios en los últimos tres años, y2015 fue el annus horribilis con 18.650 casos registrados. Cifras propias de una guerra civil. A esto se añade el hecho de que Peña Nieto no ha llegado a proporcionar una respuesta política efectiva al caso de los 43 estudiantes de Iguala desaparecidos y de los cuales el Gobierno es responsable. Y lo mismo vale para el asesinato de Gisela Mota, la neoalcaldesa de Temixco asesinada el pasado 2 de enero.
El presidente tiene que admitir que por mucho que intente hacer pasar la detención de El Chapo como una victoria, en realidad no es más que una puesta en escena, una representación para los medios, dado que el capo estaba ya sumido en una profunda crisis. Tal como ocurrió con Pablo Escobar y Bernardo Provenzano, la política y la policía aprovechan la ocasión para centrarse en el personaje, que gracias a los medios de comunicación se vuelve más relevante que sus propias actividades ilícitas. Por ese motivo el video de la incursión en el escondite de El Chapo da la vuelta al mundo, aunque sean pocos los que estén realmente al corriente del alcance de sus actividades, de la extensión y del poder del imperio que se oculta detrás de este "humilde campesino". Los capos son hombres duchos en negocios, pero también en experiencias y en la supervivencia: se mantienen informados, estudian, profundizan, buscan información sobre ellos mismos, sobre sus rivales, sobre el mundo que los rodea y que los amenaza. El mayor error que podemos cometer cuando nos enfrentamos a ellos es reducirlos a sujetos de una sola dimensión, limitándonos a estudiarlos como criminales. Esta visión, además de ser parcial, no nos permite entender por qué son tan peligrosos: por mucho que sus aspiraciones sean criminales, han sabido y saben cómo poner al servicio de sus objetivos una capacidad organizativa y estratégica que es claramente el resultado de una lectura inteligente de su tiempo. Considerarlos como campesinos incultos, violentos e irracionales, es sólo una forma ingenua, o más a menudo astuta, de considerar que su poder sólo es manejable mediante la represión policial. Pero ningún cambio efectivo podrá tener lugar mientras su dinero siga siendo una parte fundamental de la riqueza financiera y de negocios de nuestro tiempo. Y, sobre todo, mientras quienes nos gobiernan no tengan el valor de reconocerlo.
Traducción de Carlos Gumpert.

miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA. "No dejar a nadie en el mar". Roberto Saviano

 
Roberto Saviano

   En "El País":

No dejar a nadie en el mar

El escritor italiano analiza el último naufragio en el Mediterráneo


EL MEDITERRÁNEO convertido en una fosa común. Más de 900 muertos. Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Ocurrió ayer: un pesquero que vuelca, unos inmigrantes —es decir, personas, hombres, mujeres y niños— engullidos que se convierten en fantasmas. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea, y lograrás que ya no se escuche. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”. Algo relevante para los encargados de los trabajos, historia para las asociaciones, desesperación invisible.

Si ahora hablamos del tema, es porque la cifra es desmesurada"
Si ahora, justo ahora, hablamos del tema, solo es porque los muertos son 900, quizá más: una cifra desmesurada, inhumana. Si es que esta palabra aún tiene sentido. Seguimos sin saber nada de ellos, pero estamos obligados a saldar cuentas con la tragedia. Saldar cuentas: porque hablamos de números y nada más. De haberle faltado dos ceros al parte de muerte, ni siquiera habríamos sabido de él. Porque ya no es más que una cuestión de números (o de detalles dramáticos como “inmigrantes cristianos arrojados al mar por musulmanes”) lo que supone la diferencia. No para los individuos, no para las sensibilidades privadas, sino para la comunidad que deberíamos representar, que debería representarnos. Porque a la indiferencia personal, acaso comprensible, la acompaña en el plano político una algarabía de declaraciones: disputas, acusaciones en tonos violentísimos. Nadie consigue hacer lo que necesitamos más que ninguna otra cosa: hacer que se comprenda. Pocos se dedican a ello: Médicos sin fronteras, con la campaña #millonesdepasos, intenta contar lo que ocurre, evitando reducir a estas personas a su problema. Es decir, a “expatriados, inmigrantes ilegales, clandestinos”: palabras que diluyen la esencia humana para que sintamos con menos intensidad la pérdida infinita ante la tragedia. Muchos políticos, incluso en estos momentos, gritan. Salvini habla de “invasión”, cuando en realidad la mayor parte de los que llegan no se queda en Italia, sino que se dirigen a Francia, Alemania o los países del Este. El Movimiento 5 Estrellas, que en sus propuestas había planteado un debate interesante, por desgracia ha caído en la tentación de cambiar el baricentro de la cuestión, del “salvar vidas” a “la expulsión”, asumiendo como cierta esa falsa lógica de que cuanto más difícil sea entrar en Italia de forma clandestina, menos intentos de llegar a nuestras costas se producirán. No es así; no se salvan vidas endureciendo las fronteras, y no solo lo demuestra la experiencia italiana, sino también la estadounidense. Basta leer el libro Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, para comprender que los flujos clandestinos de personas desde México hasta Estados Unidos rara vez se pueden gestionar y son imparables.
La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un “submundo”, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de “los buenos de más”.
“Bueno de más” es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo.
Es obvio que, racionalmente, resulta imposible imaginar una acogida universal y desmesurada, sin reglas; sin embargo, la estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene. A Italia no se le reconoció el peso político que debería haber tenido al ser un país bisagra. Teníamos que aspirar a enfrentarnos al resto de Europa por el tema de la inmigración. Teníamos que aspirar a que nos escuchasen, sin que nos endilgaran, sin que delegaran “el problema” en nosotros.
La perenne campaña electoral de Renzi, que en el plano internacional parece estar más interesada en adquirir credibilidad diplomática que en plantear e imponer temas, no nos están ayudando, aunque parece injusto atribuir a este Gobierno toda la responsabilidad. Europa calla, culpable, pero podemos intentar cambiar las cosas. Podemos comprometernos a interpretar, a contar, a no permitir que estas vidas sean aplastadas y desperdiciadas así. Que se queden atrás, tan atrás que desaparezcan de nuestra vista. Convirtiéndose en un fantasma, en un estereotipo, en un incordio.

La estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene"
Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, “expatriado” o “ilegal” son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.
Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del “primero nosotros y luego ellos”? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.
Renzi y su Gobierno responden con diligencia cuando un tema se vuelve mediático y popular: si perciben que el juicio sobre ellos estará determinado por el problema de la inmigración, empezarán a diversificar, a buscar nuevas estrategias y dar nuevos enfoques. El semestre italiano en Europa ha supuesto una profunda decepción, por lo que respecta tanto a las propuestas sobre los flujos de capital criminal (era una buena ocasión para plantear el tema del blanqueo) como sobre inmigración. Pero ahora es inútil lamentarse de lo que no se ha hecho; es necesario que Europa decida de manera diferente. Dar a los inmigrantes un espacio que no sea esporádico. Que la televisión los reciba, empezando a pronunciar bien sus nombres y los de sus países, contando su día a día y su resistencia.
Los únicos que a esta hora representan lo que Europa debería ser son los italianos; los muchos italianos que salvan vidas todos los días corriendo el riesgo de violar las leyes. La figura que mejor describe a estos italianos honrados es la del pescador Ernesto, en la preciosa película Terraferma de Emanuele Crialese, que viola la orden de la Capitanía de mantener su pesquero alejado de una patera respondiendo con un sencillo, humano y potente: “Yo nunca he dejado a nadie en el mar”.
Traducción de News Clips.

domingo, 8 de marzo de 2015

PRENSA. "Gomorra, la maldición de Nápoles"

   En "El País Semanal":

Gomorra, la maldición de Nápoles

El barrio de Scampia es el símbolo de una sociedad, la napolitana, asfixiada por el crimen organizado y el negocio de la droga.

'El País Semanal’ entra en el escenario impenetrable de la obra de Roberto Saviano, visita sus casas y contempla el azote de la delincuencia mafiosa.

Hablan los pequeños héroes diarios que luchan para que este barrio de película pueda un día escapar a su destino.


En el centro, el comisario Michele Spina, impulsor de un plan de lucha contra la delincuencia. / GIANFRANCO TRIPODO
La ciudad de Italia con peor reputación es Nápoles. El barrio de Nápoles con un estigma más profundo se llama Scampia. Los bloques más temidos de Scampia son Las Velas. Al llegar aquí, el zoom de la mala fama sigue adentrándose a través de cristales rotos, montañas de desperdicios, ascensores que hace años dejaron de funcionar, escaleras pintarrajeadas con palabras de amor o de venganza y restos de las fortalezas de hierro construidas por las feroces familias de la Camorra hasta detenerse en unas sombras que se mueven por el sótano con una jeringuilla clavada en el brazo. Esto, más decenas de tiroteos y de muertos, es lo que todo el mundo ha conocido a través de Gomorra, primero el libro, después la película y ahora la serie de televisión inspirada en la investigación del periodista Roberto Saviano sobre la Mafia napolitana.
Pero cuando, en medio de este paisaje de la desesperanza todo parece predestinado a la derrota continua, se oyen unos pasos subiendo y a alguien que canturrea en napolitano, esa bella versión del italiano que lleva dentro, como una caja negra de la historia, el recuerdo de griegos, normandos, españoles y hasta de los yanquis que desembarcaron en la II Guerra Mundial y todavía no se han marchado. Es Vincenzo, un joven expresidiario que como cada día viene a venderle el pan a Carmela Imparato, madre de dos hijas pequeñas, separada de un marido que no le pasa la pensión y limpiadora ocasional de casas ajenas. El único trabajo fijo que, un día sí y otro también, le ofrecen a Carmela algunos de sus vecinos es el de cajera de las ganancias de la droga. “Me darían 50 euros al día si guardase el dinero en mi casa, y mucho más si escondiese algún alijo de vez en cuando”. Pero Carmela, aunque más de una noche tenga que mandar a sus hijas a la cama sin cenar, siempre dice que no. Y de su negativa, de su no rotundo y de sus razones tan sencillas como el agua limpia, arranca un nuevo zoom que, partiendo de las sombras del sótano y atravesando la memoria atroz de varias décadas de guerras de Mafia, intenta superar trabajosamente la maldición de la mala fama.
No es fácil. El barrio de Scampia está ligado al destino de Nápoles, y esta ciudad –la más poblada del sur de Italia, la que registra las mayores tasas de desempleo de todo el país– también es “la capital mundial del estereotipo, hasta el punto de que cuando el equipo de fútbol va a jugar a cualquier otra ciudad de Italia, la afición rival no se mete con los jugadores, sino con los napolitanos”. La reflexión, pronunciada a modo de irónica bienvenida, pertenece al profesor de Filosofía Moral Giuseppe Ferraro. Nadie como él, cuya vocación es encender la mecha de la curiosidad tanto en las aulas como en las prisiones, para explicar por qué el barrio de Scampia, además de por las guerras de la Mafia y por los efectos mediáticos de la obra de Saviano, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en el prototipo de la degradación. La conversación se desarrolla durante un paseo por las callejuelas del Barrio Español, un lugar donde el peligro y la belleza llevan siglos felizmente casados.

Para ser sincero, cuando falto de esta ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”
Giuseppe Ferraro, profesor de Filosofía moral
“Lo primero que hay que tener en cuenta”, explica Ferraro, “es que los edificios llamados Las Velas por su semejanza con el perfil de un velero fueron construidos a principios de la década de los setenta para descongestionar otros barrios de la ciudad. Se pretendía que el interior de los bloques fuese una reproducción moderna del casco histórico, con sus callejones y sus plazoletas, pero desde el principio se convirtió en un barrio de deportación. Los vecinos que fueron enviados allí o que ocuparon las casas a raíz del terremoto de 1980 sufrieron enseguida el desarraigo, la pérdida de identidad. Y esto fue especialmente grave en una ciudad donde, por poner un ejemplo, en cada barrio se habla el napolitano con un acento distinto. La diversidad de acentos te ayuda a situar a las personas dentro de una ciudad que es el reino de la estratificación. Si nos metemos en esa iglesia verás que debajo existe una ciudad idéntica, con las mismas callejuelas que en la superficie, herencia viva de los griegos, de los españoles… La misma mezcla y el mismo lío de arriba perviven también abajo. Yo, si quiere que le sea sincero, cuando falto de la ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”.
Las calles del Barrio Español van marcándole el compás a las palabras del profesor Ferraro. Magníficos palacios del siglo XVII divididos en pisos de renta antigua o inexistente, habitados por vecinos que jamás han sentido la necesidad de salir del barrio y que se pasean por la calle en pijama, entre el estruendo de los ciclomotores sin tubos de escape ni matrícula, cabalgados por muchachos sin casco que se santiguan delante de una hornacina de la Virgen adornada con flores de plástico. “Esta ciudad”, dice el profesor para explicar esa rebeldía que se hace patente en cada esquina, “nunca se ha gobernado a sí misma. Desde su historia griega o romana o española o incluso en los tiempos modernos, jamás tuvo un Gobierno presidido por alguien de aquí. Y esto ha resultado cómodo porque así cada napolitano ha interiorizado que las instituciones están siempre en contra, que son el adversario, que hay que combatirlas”. Giusep­pe Ferraro trae a colación que, a su paso por la ciudad, el escritor estadounidense Herman Melville se maravillase de que los cañones de Fernando II de las Dos Sicilias, el Rey Bomba, no estuviesen apuntando hacia el mar, sino hacia la ciudad: “Era la prueba de que el enemigo estaba dentro”. La cultura de la Camorra viene de una estructura antiquísima de clanes ya existentes en el tiempo de los Borbones, donde cada zona tenía un capo y donde existía la alta y la baja Camorra, la aristocrática y la popular, con la misma mentalidad aunque con intereses distintos. Es algo que, como otras muchas cosas en Nápoles, no ha cambiado a través de los siglos. Ya sea desde el borde de fuera de la ley o desde el borde de dentro, el napolitano siempre ve en la autoridad un sinónimo de opresión, de ahí su inclinación –que acompaña de un cierto placer– por circular a contramano de los semáforos y las reglas.
–Ah, y otras dos cosas antes de que vaya a Scampia.
–Dígame, profesor.
–La primera es que debe tener en cuenta que en esta ciudad solo existe el presente. El pasado es presente e incluso la muerte está incluida en el presente. Cuando el Nápoles venció el segundo scudetto [el campeonato de liga 1989-1990, con Maradona de capitán], los muchachos fueron al cementerio y colgaron una pancarta: “Queridos abuelos, no sabéis lo que os habéis perdido”. Al día siguiente, apareció otra pancarta en el mismo lugar que respondía: “¿Quién os lo ha dicho…?”. No lo olvide, esta ciudad está siempre al límite de su propia locura.
–¿Y la segunda cosa que no debo olvidar?
–El hecho terrible de que Nápoles es una ciudad bella. Demasiado bella. Y ya dijo Rilke en una de sus elegías que “la belleza no es si no el principio de lo terrible”. La belleza genera violencia.


Durante casi veinte años el barrio de Scampia careció de comisaría. / GIANFRANCO TRIPODO
De camino a Scampia, Nápoles va despojándose de la belleza y aun de la picaresca cotidiana –el taxista pacta un precio para apagar el taxímetro y no tener que pagarle al patrón, un muchacho pide a la salida del metro los billetes usados para revenderlos a otros viajeros– para zambullirse en la fealdad de los barrios de aluvión y de los delitos con mayúsculas. Dice Michele Spina que Scampia ya no es lo que era cuando él llegó en 2007 para ponerse al frente de la comisaría de Policía y que, incluso ya entonces, había dejado de ser el mayor supermercado europeo de la droga. La terrible faida –guerra interna– que enfrentó en 2004 y 2005 al poderoso clan de Paolo Di Lauro con un grupo de disidentes dirigidos por Raffaele Amato y llamados los “Scissionisti” o “los españoles” –porque Amato había permanecido un tiempo refugiado en España– dejaron más de un centenar de muertos en las calles de Scampia y del vecino barrio de Secondigliano.
“Hay que tener en cuenta”, explica el comisario Spina a bordo de un coche patrulla camino de Scampia, “que, por culpa del terremoto de 1980, un barrio que había sido proyectado para 80.000 habitantes se vio invadido de repente por más de 100.000 personas, muchas de ellas sin trabajo y bastantes con antecedentes policiales. Y, sin embargo, hasta 1997 no se creó la comisaría del barrio. El resultado era previsible: Scampia, y en especial Las Velas, se convirtieron en un gueto desde el primer momento. Durante aquellos 17 años sin ley, la Camorra se hizo con el control absoluto ante la impotencia de la gente de bien, mucho más numerosa, pero incapaz de reaccionar ante la fuerza intimidatoria del grupo organizado y de las armas. El férreo sistema de control del territorio aún continuaba intacto cuando yo entré en Las Velas por primera vez. Ahora se lo voy a explicar sobre el terreno”.
La fisonomía de Las Velas es inconfundible. Una parte se debe al proyecto en sí del arquitecto Franz Di Salvo: siete edificios gigantescos –de los que ya fueron demolidos tres– pintados cada uno de un color, de forma triangular, de tal manera que por fuera se asemejaran al velamen de una embarcación y por dentro recrearan los callejones de Nápoles, donde las voces de los vecinos y los olores de la comida recién hecha se confunden hasta el punto de que barrios enteros se encierran sobre sí mismos hasta convertirse en un solo patio de vecindad. Pero la razón de su incorporación al imaginario colectivo –su aterrizaje definitivo en la mala fama– se lo debe a la televisión y al cine. Las Velas sirvieron de decorado para la película Gomorra, dirigida en 2008 por Matteo Garrone, y para la actual serie televisiva, producida en Italia y vendida a más de cincuenta países.

Mi mensaje al capo era claro: si tu quieres vender droga escóndete. No lo puedes hacer como un negocio más”
Michele Spina, comisario de policía de Nápoles
“Los grupos mafiosos”, explica el comisario Spina ya sobre los pasillos míticos de Gomorra, “ocupaban las casas de forma militar, expulsaban a sus inquilinos y se metían dentro. A continuación cambiaban la puerta original y la sustituían por una blindada. Luego, practicaban un pequeño agujero, una especie de taquilla, de tal modo que desde el exterior no se pudiera identificar a quienes desde el interior iban vendiendo las bolsas de estupefacientes a la fila de drogadictos que esperaban en el pasillo. Dentro y fuera del edificio, en las azoteas, en los balcones, en las entradas, los centinelas permanecían alerta ante la eventual aparición de la Policía o de los Carabinieri. Ante cualquier sospecha, daban la señal de alarma con una palabra que en los últimos tiempos era “vattene”, un grito breve, sonoro, inmediato, ¡vattene, vattene, vattene!”. La voz del comisario se multiplica por unos edificios que, aun devorados por la suciedad y el abandono, siguen alojando todavía a unas cuatrocientas familias, los últimos náufragos –y algún que otro pirata– de unas naves que jamás llegaron a flotar.
“A la voz de alarma”, continúa el comisario Spina, “el que estaba vendiendo la droga escapaba y hacía desaparecer la mercancía, a veces por los sistemas –así les siguen llamando, “sistemas”— más sofisticados o más burdos, desde un falso escalón en la escalera que se activaba con un mando a distancia a un desagüe falso colocado en una casa libre de sospecha. El problema era que, cuando daban la voz de alarma y cerraban los portones de hierro con los que habían blindado el edificio, nosotros nos quedábamos fuera, pero también el resto de los vecinos. Solo ellos tenían la llave. Para eso eran los dueños. No se me olvidará una vez que, durante una operación, con ellos encerrados dentro y nosotros esperándoles fuera, llegó una señora mayor, con las bolsas de la compra en la mano. Hacía frío. El telefonillo no funcionaba porque ellos lo habían quemado del mismo modo que estropearon los ascensores para que no pudiéramos subir. Su marido, anciano, no la oía y no podía bajar a ayudarla”. La situación estaba bloqueada como en una partida de ajedrez en la que cualquier movimiento implicaba la pérdida de una pieza, pero la señora seguía allí, de pie, pasando frío. El comisario Spina –uno de esos italianos capaces de convertir el relato de la guerra en algo más interesante que la guerra misma– decidió levantar el operativo para que la señora pudiese subir, pero se juramentó regresar. Tenía que hacer lo que fuese para quebrar aquella escena grotesca, el Estado y la ciudadanía impotentes, pasmados, ante el poder de la Camorra.
–Vamos, ragazzi…


La Vela Rossa es una de las primitivas edificaciones construidas en los setenta que hoy escenifica lo peor de Scampia. / GIANFRANCO TRIPODO
El comisario Spina, todo un personaje en Nápoles, es ahora el inventor y responsable de un proyecto llamado Aracne –“por el mito griego de Aracne, aquella brava muchacha a la que la diosa Minerva convirtió en araña por tejer mejor que ella”– para combatir, y sobre todo prevenir, la delincuencia en toda la ciudad de Nápoles. Spina comanda “las gacelas” –los coches patrulla– y “los halcones” –las parejas de policía de paisano, sin casco, sobre potentes motocicletas– que han logrado rebajar las estadísticas de tirones, atracos, butrones a bancos y joyerías. Desde la jefatura, las patrullas reciben el apoyo de un sistema de cámaras que incluye el subsuelo de la ciudad. Pero esta mañana de sábado el dottore Spina –así lo conocen todos, a un lado y otro de la ley– ha regresado a la comisaría de Scampia para acompañar a sus viejos compañeros en una inspección de los puntos de venta de droga. Un helicóptero sobrevuela la zona. La situación parece tranquila. “Cuando yo llegué aquí”, recuerda el comisario, “las filas de drogodependientes rodeaban el edificio. La gente que llevaba a sus hijos al colegio tenía que pasar sobre ellos porque muchos se pinchaban aquí mismo. No es que el problema haya desa­parecido [las jeringuillas usadas que vamos pisando dan fe de ello], pero la situación ha mejorado radicalmente”.
Después de aquella tarde en que la señora y el comisario se quedaron plantados en la puerta de una de las velas, la forma de combatir a los grupos de la Camorra que controlaban la zona –y que en aquel entonces dirigía el clan Abbinante– sufrió un giro, digamos, poco ortodoxo. “Me di cuenta”, recuerda el jefe policial, “de que por muchas operaciones que hiciéramos, nada ponía en peligro las plazas de venta. El ejemplo lo tiene en la Operación Morena, por el pez. Fue una gran operación. Hicimos una irrupción muy ruidosa en uno de los edificios, practicamos registros sin resultado, y luego nos fuimos haciendo más ruido del que habíamos provocado al entrar. En cuanto ellos volvieron a sentirse seguros, gritaron la palabra habitual, ¡taposto!, que quería decir tutto a posto [todo en orden], pero habíamos dejado a algunos de los nuestros dentro –subidos al techo de los ascensores– y varias cámaras colocadas. Vimos en directo cómo vendían la droga y la cantidad de dinero –80.000 euros al día en un solo punto de venta– que lograban manejar. El caso es que logramos filmarlos y grabar sus llamadas telefónicas. Una mañana, antes del amanecer, caímos sobre ellos y detuvimos a 33”. Antes de marcharse del barrio, un agente de la brigada de Spina escribió en una pared un mensaje desafiante a los clanes: “-33”. El otro día, aquella pintada aún seguía allí, pero alguien la había retocado hasta convertirla en un mensaje de vuelta: “+88”. El juego continua.
“Por eso hice lo que hice”, concluye el relato el comisario Michele Spina, “no era una cosa muy ortodoxa, no se trataba siquiera de una acción propia de la Policía. Me dediqué a romper los puntos de venta. Mientras mis hombres seguían haciendo las investigaciones y las operaciones de rigor, yo me presentaba con los bomberos en los edificios que les servían de puntos de venta y destruía las barricadas de acero que los clanes habían levantado. Tirábamos las puertas blindadas, serrábamos las rejas, secuestrábamos los perros de vigilancia que tenían sueltos por los patios… El mensaje era claro: si tú quieres vender droga, escóndete. No lo puedes hacer de modo patente, como si fuese un negocio más y aquel fuese tu edificio. Mi mensaje al jefe del clan quedaba claro: no estoy dispuesto a tolerar que aquella señora, u otras como ella, tengan que esperar con las bolsas, bajo el frío, a que tú quieras abrir la puerta”.


La vecina Carmela Imparato, que representa la dignidad del barrio. / GIANFRANCO TRIPODO
El aspecto de Las Velas sigue siendo un muestrario del infierno. Los cuatro edificios que siguen en pie y que sirvieron de plató a Gomorra siguen acumulando basura, cañerías rotas por las que cae el agua constantemente, pasarelas podridas que amenazan con desplomarse. Los apartamentos más altos –vacíos porque no hay quien suba allí sin ascensores y con las escaleras cada vez más melladas– son un triste monumento a lo que pudo haber sido y no fue. Los pisos de más de cien metros cuadrados con chimenea en el salón y grandes terrazas enfocadas al Vesubio ya solo sirven de contenedores de colchones viejos, ropa inservible y escombros. En los pisos más bajos sí continúan viviendo los vecinos que no lograron levantar el vuelo. Rosaria y su hija Annalisa, que tiene 27 años y nació aquí y creció aquí y se enamoró aquí y, después de un noviazgo largo como los de antes, dentro de dos meses dará a luz a su primer hijo. Ellas no salieron en Gomorra. Ni en la película ni en la serie. “Nosotros somos gente corriente”, casi se disculpa Rosaria en medio de su piso limpio y ordenado, “como la mayoría de nuestros vecinos. Vivimos aquí porque no podemos vivir en otro lado. No pagamos la luz ni el agua porque no tenemos con qué pagarla. Cuando mi madre, que en paz descanse, pudo hacerlo, la pagó. Durante años, durante toda una vida, hemos oído los disparos, las redadas de la Policía, las peleas de los yonquis en la escalera”. Cuentan Rosaria y Annalisa –“¿quieren un café, un vaso de agua?”– que juntas desde su sofá vieron la película y la serie, sorprendidas, con los ojos muy abiertos, casi de la misma forma con que el comisario Spina veía por primera vez en directo a través de sus microcámaras la venta de droga. La violenta, lujosa, trepidante vida de los otros a los que ellos ni fueron invitados ni quisieron sumarse, honrados extras sin sueldo ni guion. “Lo que la película cuenta es verdad”, se atreve a decir Rosaria, “pero no toda la verdad”.
La otra verdad es menos fotogénica, pero no menos importante. De un tiempo a esta parte, personajes tan dispares como el profesor Ferraro, el comisario Spina, Ivo Poggiani, el líder de un colectivo antiCamorra llamado (R)esistenza que trabaja los terrenos confiscados a la Mafia, o Vittorio Passeggio, el portavoz del Comité de Las Velas de Scampia –cuyo local tiene un dibujo de Hugo Chávez en la puerta–, están empeñados en que Vincenzo, el panadero, no vuelva a caer en los delitos que lo llevaron a prisión, y que los chavales que cada tarde juegan al fútbol al pie de los bloques, Luigi, Massimo, Salvatore y Angelo, no caigan en las redes de los clanes, o que Rosaria y Annalisa puedan seguir el ejemplo de Carmela Imparato, la madre de dos hijas pequeñas que una vez y otra le da con la puerta en las narices a los dueños de la droga: “Te damos 50 euros al día por guardarnos el dinero. Mucho más por los alijos”. Carmela apenas habla en italiano, pero con el napolitano se basta y sobra para explicar sus razones: “Es una cuestión de principios. Yo nací aquí y de aquí no he logrado salir, pero me educaron en la dignidad y eso es lo que yo quiero para mis hijas. Me ofrecen el dinero por mi buena fama, porque saben que la Policía –que también sabe que soy una persona honesta– nunca buscaría ni dinero ni droga en mi casa” .
La importancia está en la fama, en la buena o en la mala. Y de ahí que todos los entrevistados tengan una espina clavada con Gomorra, el libro, y luego la película, y más tarde la serie… Luigi de Magistris, un exmagistrado que desde 2011 es alcalde de Nápoles, les da la razón: “Todo el mundo reconoce el mérito de Roberto Saviano al denunciar a la Camorra, e incluso yo, cuando algunos se opusieron a que diera el permiso para rodar la película, me negué a cualquier tipo de censura. Pero es verdad que hay un cierto pecado de omisión cuando se cuenta una y otra vez lo que hacen los mafiosos y nunca la rebelión continua, cada vez más potente, de la gente corriente por salir adelante. La verdad es que no logramos quitarnos de encima el peso de la mala fama”. El comisario Spina, de regreso en el coche patrulla, con el puro apagado en la boca, se queda mirando las siluetas imponentes de Las Velas: “Me recuerdan al cuento de Monterroso: ‘Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. El peso de la mala reputación. La maldición de Nápoles.