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lunes, 31 de mayo de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Sobre Carmen Laforet, por Rosa Montero

Carmen Laforet (Barcelona, 1921-Madrid, 2004), a principios de los años cincuenta. En 1945, con 23 años, obtuvo el primer Premio Nadal por su novela Nada, que fue un éxito en la Feria de Libro de Madrid de entonces. ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

El miedo y la gloria


Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón, es un libro esencial para entender la atormentada realidad de la mítica y misteriosa autora de Nada. Es uno de los libros de la temporada que confirma la conquista imparable del género biográfico en España. Junto a él otros como el de Simone de Beauvoir protagonizan la 69ª Feria del Libro de Madrid.

ROSA MONTERO 29/05/2010

La monumental y fascinante biografía que los profesores Anna Caballé e Israel Rolón han escrito sobre Carmen Laforet (1921-2004) es un libro que merodea en torno a un abismo. La mítica autora ha sido hasta hace poco el mayor enigma de nuestras letras; con 23 años escribió una novela prodigiosa, Nada, que ganó el primer Premio Nadal en 1945 y provocó un impacto colosal. Pero después, tras publicar unos pocos libros (y ninguno tan bueno), abandonó la escritura y ella misma fue desapareciendo, convirtiéndose a través de las décadas en una figura fantasmal, un troquelado sombrío. Mucho más tarde se supo que estaba en una residencia, se rumoreó que tenía Alzheimer, llegó la noticia de su muerte. Y, en 2009, su hija Cristina Cerezales publicó un conmovedor libro sobre su madre, Música blanca (Destino), que aportaba algunos datos pero seguía manteniendo la nuez del misterio.
A esa densa oscuridad se han acercado ahora Caballé y Rolón con un trabajo de investigación descomunal, y el enigma se va resolviendo con pasos de fieltro, cautelosos, contagiados del tortuoso secretismo de Laforet. El intenso agujero negro que es la vida de la escritora parece absorber de algún modo a sus biógrafos, de modo que el libro está lleno de cosas importantísimas que se insinúan pero no se cuentan. Todas las familias acarrean a la espalda un saco de tabúes y silencios, pero se diría que los Cerezales Laforet están especialmente acostumbrados a las veladuras. ¿Por qué no se sabe si la madre de Carmen era una depresiva? ¿Y por qué no se pone nombre a la dolencia que la llevó a la muerte, dejando huérfana a la escritora con 13 años? ¿Es posible que Carmen Laforet sufriera anorexia? ¿Qué era esa supuesta enfermedad neurovegetativa que dicen que padecía la novelista desde los años sesenta? ¿La diagnosticó alguien? Los biógrafos van dejando miguitas que conducen a llamativos agujeros de palabras no dichas, y la materia entera del libro parece temblar y escurrirse entre las manos. Cosa que aumenta el atractivo del texto: es el mejor acercamiento posible a una vida tan resbaladiza. Mujer en fuga se lee como un sobrecogedor y palpitante thriller, y al final hay un asesinato: la muerte en vida de la escritora.
Para empezar por el principio, su infancia en Las Palmas fue terrible, con la madre enferma y después una madrastra malvadísima. La primera huida de Laforet es de ese infierno, a los dieciocho años, para irse a estudiar a Barcelona a casa de su abuela y de sus tíos. Esa casa, esa posguerra desolada, ese mundo claustrofóbico lleno de dolor y amargura es lo que cuenta en Nada. Los deseos frustrados conducen a la ferocidad y el infortunio, parece decir la novela; haber creído algún día en la posibilidad de ser feliz envenena tu vida cuando todo se ha perdido. Se trata de una historia autobiográfica, pero está escrita de manera tan magistral que alcanza la fuerza expresiva de un arquetipo.
La enormidad del éxito de Nada descolocó a Laforet. Aunque, al parecer, ya estaba descolocada desde antes: era una persona extrañamente despistada, demasiado susceptible, timidísima. Una chica rara con algo informe y vagaroso, como si no estuviera del todo hecha, como si a su esqueleto le faltaran unos cuantos huesos. Tras el premio desconcertó a todo el mundo con sus respuestas chocantes, con su actitud huidiza y antiintelectual. Para alguien tan inseguro como ella, el peso escrutador de la fama debió de suponer una inmensa tortura.
De modo que enseguida empezó a tener problemas para escribir y para ser, esto es, para adaptarse a la mirada de los otros. La primera década parece normal. Se casó con el periodista Manuel Cerezales; tuvo cinco hijos; hizo diversas colaboraciones en prensa; publicó un libro de relatos y otra novela. Pero si se aplica el microscopio se observa el borboteo de la angustia. No se llevaba bien con su marido, la escritura era un tormento y, en 1951, conoció a Lilí Álvarez, la famosa y atractiva tenista, y se prendó de ella. Porque a Laforet le gustaban las mujeres, pero eso era algo que no se podía permitir. No con su inseguridad y su perenne sentido de culpabilidad, no en el aplastante entorno del franquismo. De modo que Carmen sublimó el amor por Lilí y lo transmutó en un rapto místico perfectamente adaptado al nacionalcatolicismo imperante. Incluso escribió una novela muy religiosa, Una mujer nueva, que dejó patidifuso al personal. La etapa beata duró siete años, los mismos que su relación con Lilí. Después rompieron, y Laforet volvió a ser ella misma. Sólo que unos escalones más abajo. Resulta terrible pensar que algo tan intrascendente como la orientación sexual de una persona pueda llegar a destrozar la vida de alguien dentro de un ambiente represivo.
Una mujer en fuga es la historia de una larga caída. De la deconstrucción de una persona. Los síntomas se van agudizando poco a poco: ese desasosiego que hace que se mueva todo el rato, que se vaya mudando de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, en casas alquiladas, casas de amigos, hoteles; las profundas, repetitivas depresiones; la adicción desde 1960 al Minilip, un medicamento para adelgazar que se compraba sin receta pero que llevaba anfetaminas, y que Laforet consumió a diario durante años, tal vez durante décadas; la imposibilidad de cumplir con sus contratos editoriales porque no podía escribir; las progresivas mentiras que contaba a todo el mundo cuando hablaba de los libros que estaba a punto de terminar; el avance de esa enigmática enfermedad neurovegetativa... Al separarse de Cerezales en 1970, tras 24 años de matrimonio, Laforet quiso creer que él había sido el culpable de la oscuridad. Pero en realidad fue a partir de entonces cuando las tinieblas la engulleron. Terminó convertida en una especie de vagabunda que acarreaba sus papeles en bolsas de plástico, y su grafofobia se hizo tan aguda que llegó a no poder ni firmar un cheque. Con 65 años, cogió un cuaderno escolar de su nieta y empezó a hacer palotes, intentando volver a aprender a escribir. Pero el deterioro ya era irreversible. Cuando murió, octogenaria, llevaba varios años sin pronunciar una palabra.
La mayor tragedia de esta vida trágica es, sin lugar a dudas, la creciente incapacidad de la pobre Laforet para escribir y el sufrimiento que eso le provocaba. Y aquí está la única interpretación de la que disiento de esta maravillosa biografía. Cuando Nada se publicó, Laforet dijo a todo el mundo que había hecho la novela fácilmente en seis meses, cuando en realidad llevaba dos años de enorme trabajo. "No hay en toda la cultura española un autor menos interesado en su propia leyenda", dicen a raíz de esto Rolón y Caballé, que parecen creer en las insistentes proclamas de modestia de la autora. Pero yo pienso que sucede justo lo contrario; que Laforet, consciente de su enorme talento, poseía una ambición soberbia y colosal, y que lo malo fue que carecía de la suficiente fuerza psíquica con la que sostenerla. Si declaró que escribió Nada a toda prisa fue porque tenía miedo de defraudar sus propias y estratosféricas expectativas; así, si la criticaban, siempre podía decir: no me esforcé. Y eso indicaría un ardiente interés en construirse una leyenda... sólo que a su medida. Por eso era una mujer tan quisquillosa con todas las críticas, por eso mandaba cartas virulentas contra los periodistas que hablaban de ella, por eso era la típica entrevistada insufrible ("vanidosa y arrogante", la consideraron las espectadoras de un programa de televisión en el que salió). Esa ambición desaforada fue como un faro a la inversa, una luz cegadora que la condujo a las rocas del naufragio. Cuánto anhelo de gloria y cuánto miedo.

Carmen Laforet. Una mujer en fuga
Anna Caballé e Israel Rolón.
RBA.
Barcelona, 2010.
544 páginas. 32 euros.
carmenlaforet.com.

sábado, 22 de mayo de 2010

PRENSA. LITERATURA. Sobre Carmen Laforet

Carmen Laforet

En "El País", la siguiente Carta al director:

Carmen Laforet


MARTA CEREZALES LAFORET - Santander, Cantabria - 22/05/2010

En el artículo titulado Todo sobre la chica de 'Nada', publicado en EL PAÍS el sábado 15 de mayo, haciéndose eco de una biografía recientemente publicada, se afirma que Ramón J. Sender fue el único intelectual que respetó a Carmen Laforet. Invito a los lectores que estén interesados, a que visiten la página web carmenlaforet.com, en la que podrán encontrar algunas de las opiniones que sobre la escritora expresaron los intelectuales, tanto en la época en que se publicó Nada como en la actualidad.
En relación con la biografía de Carmen Laforet recomiendo, entre otros, el libro Carmen Laforet de Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado publicado en la colección 'Vidas Literarias', dirigida por Nuria Amat, Ediciones Omega (Barcelona, 2004); o el libro Música blanca, escrito por Cristina Cerezales Laforet, Ediciones Destino (Barcelona, 2009).

En esa página (con la que podemos enlazar) aparece, entre otros, la siguiente carta de Juan Ramón Jiménez a Carmen Laforet:

Carta de Juan Ramón Jiménez:
A CARMEN LAFORETMadrid.


Querida Carmen Laforet:
Acabo de leer Nada, este primer libro suyo, que me llegó, en segunda edición, de Madrid. Le escribo, interrumpiendo su lectura, por su… no, para decirle que le agradezco la belleza tan humana de su libro, belleza de su sentimiento en su libro; mucha parte, sin duda, un libro de uno mismo y más de lo que suele creerse, sobre todo un libro como el de usted, que se le ve nutrirse, hoja tras hoja, de la sustancia propia de la escritora.
En los periódicos que me mandan de España, vengo leyendo, hace un año, críticas sobre su novela. Y aunque en algunos casos ha sido usted comprendida y generosamente alabada, me apena la ceguera de los que tratan su libro “literariamente” sólo, o sólo “curiosamente”. Dos puntos de vista malsanos.
El primer libro de una muchacha o muchacho, y en particular el suyo, no puede ni debe tratarse así. Está hecho, es claro, de pedazos entrañables, como todo lo que hace la juventud, y con tanta jenerosidad de ofrecimiento público, que me parece casi criminal poner en ello manos frías, manos muertas. En los libros juveniles hay siempre algo relijioso, esa fresca espontaneidad de un noviciado libre, y en su caso, de una novicia de la novela, hecho sumamente grave. Y si en su escritura hay “defectos gramaticales”, nunca mayores que los permanentes del vascoespañol de Pío Baroja o el cataloespañol de Eugenio d´Ors, ¿qué importa eso en usted? Es como si le señaláramos a un arbusto de buena pinta una ramilla torcida o a un buen pelo un pelillo rebelde. Yo siempre he sido un gozador del defecto, un ojo distinto, un hombre lunanco, un lunar… ¡Bendito el llamado defecto, que no lo es, y que nos salva de la odiosa perfección! En su libro me gustan los defectos. Yo he preferido siempre, sigo con lo de antes, la escritura de Pío Baroja y d´Ors a la que usaban Juan Maragall o Rosalía de Castro, tan grande uno y tan delicada otra en su catalán o su gallego, cuando escribían en “castellano”, suponiendo que dicho “castellano” fuera de ellos o de ellos solos. Y he pensado muchas veces que me gustaría que toda mi obra fuese como un defecto de un andaluz. ¡Qué horror esos muchachos que empiezan a escribir “correctos”! ¡Magnífico Unamuno aquel de los comienzos, el de “La Saeta” y otros periodiquillos por el estilo, donde él, hermoseándolos no se desdeñaba escribir! Porque ¡Dios del verbo, del sustantivo y del adjetivo, ¿cómo escribirán Pérez de Ayala y Jorge Guillén cuando tengan (y que ese Dios se los dé) 80 años!
Le quiero señalar, entre lo que considero más completo de su Nada, el extraordinario capítulo 4, con su diálogo tan natural y tan revelador, entre la Abuela y Gloria; el 15, que es un cuento absoluto, como lo son también otros. A mí me parece que su libro no es una novela en el sentido más usual de la palabra, digo por la anécdota, ni en ese otro más particular de la novela estética, sino una serie de cuentos tan hermosos alguno de ellos como los de Gorki, Eça de Queiróz, Unamuno o Hemingway; y creo tanto eso, que para mí “Nada” tropieza en el capítulo 19, es decir cuando se declara una trama novelesca seguida. Yo no he leído todo ese capítulo, me repugnaba; y tardé después algún tiempo en terminar lo que quedaba del libro, porque aquel capítulo me hacía el efecto de un nudo como el de un cólico miserere, que pudo quitarle la vida al resto. Porque usted es una novelista de novela sin asunto, como se es poeta de poema sin asunto. Y en esto está lo más difícil de la escritura novelesca o poemática.
Necesito volver a lo del estilo. ¿Qué es un estilo cuidado? ¿En qué consiste ese cuidado? Los estilos que se han venido usando en gran parte de la novela española contemporánea no responden a estas preguntas. ¡Qué estilos! El de Pedro Antonio de Alarcón, morroñoso, sin gracia, como una sucia jitana desgarbada y que se ha supuesto natural y vivo; el de Juan Valera, vacío y peante a un tiempo, como un mal vaciado en escayola de un mármol bello; el de Ramón Pérez de Ayala. un Juan Valera elevado al cubo, cartón-piedra con pretensiones de granito; el de Benjamín Jarnés, a quien yo alarmé en 1934, y que, de mal en peor, de moda ya por el año 36, llegó a su elixir “vomitivo ideal”, que es el champagne un poco picado de Jean Giraudoux lo que la sidra achampañada al champagne fresco. Los estilos que se salvan en este período y nos enseñan lo que puede enseñar un estilo, creo yo que son los de los novelistas del 98, que no solamente acertaron en su juventud sino que mejoraron con el tiempo. Azorín, por ejemplo, escribe más bien cada vez, y en los libros últimos de Pío Baroja hay pájinas magníficas, como la de su esplicación del clasicismo y el romanticismo en “El escritor según él y según los críticos”. Miguel de Unamuno murió escribiendo en plena hermosura. Los estilos de Valle-Inclán y, un poco más tarde, de Gabriel Miró, son estilos recargados que quieren ser pomos de lengua (pero ése es otro asunto que habría que tratar despacio) y son buenos y bellos porque consiguen su propósito estético de síntesis idiomáticas. Y Ramón Gómez de la Serna, de la jeneración siguiente a Miró, sigue siendo tan profundamente natural y verde como una higuera monstruosa. De los más jóvenes novelistas españoles que viven en España y que se citan tanto, ninguno ha publicado novelas dignas de hablar de ellas, que yo sepa.
Siempre me ha obsesionado el asunto del estilo. Ahora yo, que estoy repasando toda mi obra escrita para una edición definitiva (y no mirarla más), me deleito en quitar todas las palabras menos naturales, “estío” por verano; “cual” por como; “gualdo” por amarillo; “mas”, por pero; “albo” por blanco; “estramuros”, por trasmuros; “calosfrío”, por escalofrío, etc.
Gracias a mi destino, “empero”, no le he usado nunca. Y he vuelto a poner repeticiones que eran necesarias donde las había quitado. Yo creo que el estilo se hace con la espresión, hablando; escribiendo, con los puntos y las comas. Con puntos y comas se adornan todos los estilos. Por eso gente del pueblo que no sabe escribir según ella cree, ha puesto a veces todos los puntos y las comas al final de una carta, para que el lector los coloque donde los necesite. Y por eso ilustres filólogos que yo conozco dejan la puntuación al cuidado de un exijente corrector de pruebas.
Esta carta se me ha hecho muy larga. Se me olvidaba decirle que Nada lo hemos leído mi mujer y yo juntos. Muchas veces leemos juntos cuando el libro es novela o teatro. La poesía o el ensayo requieren para mí lectura individual y ojos. A mí se me pegan tanto los ojos a cualquier libro, que a veces tardo meses en leer veinte pájinas. Esta lentitud atenta mía ha llegado a ser una enfermedad. Cuando leo con otra persona, releo luego con los ojos lo que recuerdo más con el oído, y este modo de leer tiene para mí la ventaja a veces de comprobar sólo lo mejor.
Vamos a ver si podemos interesar a algún editor norteamericano en su libro y que sea traducido y publicado aquí. Para eso necesito dos o tres ejemplares de “Nada”.
Me parece que gustaría de veras, porque "Nada", como todo lo auténtico, es de aquí también, y de hoy, y será de mañana.

domingo, 16 de mayo de 2010

PRENSA CULTURAL. Biografía de Carmen Laforet. 'Nada': primeras páginas

Carmen Laforet
En "El País":
Todo sobre la chica de 'Nada'


Una biografía desvela los trágicos fantasmas de Carmen Laforet

CARLES GELI - Barcelona - 15/05/2010
Nada: inopinado oasis en pleno erial literario de 1945. Un relámpago, primera novela de una chica de 24 años que estrenó el premio Nadal de la editorial Destino. Éxito total. Inmediatamente, sonrisa de ella que será una máscara. Y también, un "querer ser invisible", un horror en caída libre hacia la página en blanco y una huida sinfín que acabará, reforzada por una enfermedad neurovegetativa, con la imposibilidad de levantar un bolígrafo.
Es la triste vida de Carmen Laforet, estrella rutilante de las letras españolas de posguerra y ahora motivo de una primera biografía con la que Anna Caballé e Israel Rolón, han obtenido el premio Gaziel 2009. Carmen Laforet. Una mujer en fuga (RBA) son 515 páginas rebosantes de material inédito, de las que puede extraerse una gran conclusión, según Caballé: "Uno se ha de enfrentar a sus fantasmas; huir de ellos acaba teniendo un coste brutal". El libro rebosa de dramáticos espectros.
- Cenicienta en Canarias. ¿Fue feliz alguna vez Laforet? A ratos. Sin duda, los dos años que pasó de pequeña en el piso de sus abuelos, donde nació el 6 de septiembre de 1921, y hasta noviembre de 1923, cuando la familia marchó a Las Palmas. La felicidad total se alargó sólo hasta 1934, cuando su madre muere. El marido se casó con la peluquera de su mujer, que se esmeró en borrar a la madre de unos niños a los que mortificaría. Y el padre lo consintió. "Carmen le adoraba y su actitud la destrozó". Lo disimuló con su pose fantasiosamente despreocupada, una máscara. Al final, una obsesión: la figura de una odiosa madrastra es omnipresente en tres de sus novelas, con protagonistas huérfanos: Nada (1945), La isla y sus demonios (1952) y La insolación (1963).
- A la literatura, por un abrigo. Un chantaje moral al padre y el pretexto de los estudios de Filosofía y Letras la llevan a su primera huida: Barcelona. Pero el piso de los abuelos ya no es el paraíso: es fiel reflejo de la gris ciudad española de posguerra, miseria que aguantó nueve meses y que, unida a un amor frustrado, serán el germen de Nada. No tiene dinero para comprar un abrigo, así que instigada por su tía Carmen se presenta en diciembre de 1942 a un premio literario del Frente de Juventudes. Lo gana. Y gracias a una de las 600 cartas que escribirá, dará pistas de que prepara una novela.
- El doble filo de 'Nada'. Como un relámpago: el último día de convocatoria del primer premio Nadal aterriza un paquete con Nada. Deslumbrante: la frustración que destila la sociedad de la inmediata posguerra y la perspectiva femenina le dan la victoria contra pronóstico. El amigo intelectual de su mejor amiga, Manuel Cerezales, la ha inscrito tras leerla y sugerirle cambios. ¿Y de que la retocara? "Vi el manuscrito original y no hay nada de nadie más", testimonia Caballé. Del éxito al enigma pasan apenas semanas: 5.000 pesetas de premio (vivía con 200 al mes de su padre), libro más vendido de 1945, pero también cosas extrañas: "La escribí en ocho meses", declara, cuando la rehacía y rompía desde dos años atrás. ¿Por qué mentir?
- Patito feo entre intelectuales. Sorprende la falta de calado intelectual y hermetismo del personaje, que contrasta con las virtudes de la obra. "Ella no quería ser escritora profesional, quería vivir y de golpe se vio fiscalizada y eso la rompió emocionalmente". A la familia Nada le ha sentado fatal, al verse retratada por los cuatro costados. Cerezales, con quien se casa embarazada de dos meses en otra muestra de su espíritu libre, le dice que la literatura no es autobiografía... Empiezan las inhibiciones y presiones: tendrá cinco hijos entre 1946 y 1957 y las necesidades económicas la fuerzan a un articulismo olvidable y a unos cuentos algo mejores (La llamada, 1954). Nueva huida: así retrasa afrontarse a otra novela. Lo detecta y se lo dice Ramón J. Sender desde su exilio en EE UU. Será el único intelectual que la respetará. "Nada está escrita con toda libertad y fuerte componente autobiográfico; forzada por las inhibiciones, se volvió muy costumbrista: quería que su obra no transparentara". La tumba la sellaría Cerezales, de quien se separará en 1970 con la condición de que firmara ante notario que no podría escribir nada sobre sus 24 años de vida conyugal. "Mi pulverización como ser humano".
- Mujeres, anfetaminas, tarot. La vocación se le fue esfumando poco a poco. En 1964, confiesa: "soy una mala escritora". Desesperada, vive ya desde 1952 una etapa de misticismo religioso. Queda para rezar por las mañanas con una nueva amiga, Lili Álvarez, famosísima tenista finalista en Wimbledon. Pero esa conversión religiosa parece ser fruto del amor: se dibuja una pulsión homosexual."Siempre buscó mujeres fuertes, bíblicas, pero no creo que consumara su homosexualidad: se reprimió".
Ni viajando de verdad (París, EE UU, Roma...) se aleja de sus dificultades. Al contrario, recrudecen: desde los 60 avanza una enfermedad neurovegetativa y vive en un constante tiovivo emocional, quizá debido al Minilip, medicación a base de anfetaminas para adelgazar. "Digamos que le acabó gustando la química", suaviza la biógrafa. "Escribir me da una pereza casi invencible (...). Me horroriza, pero así, patológicamente, cualquier forma de aparición en público". Escribe, cuando puede, y rompe. Nada le gusta. Tanto, que ni devolverá nunca corregidas las galeradas que en 1973 le hacen llegar de Al volver la esquina. "Sabía que ese libro no estaba ya nada bien", cree Caballé. La desesperación la llevó a aficionarse al tarot, al que acabaría consultando su vida. Pero llegó a un bloqueo físico y mental que no podía ni levantarse de la cama, ni firmar un cheque. "Tengo que realizar algo bueno, malo o regular, pero realizarlo", se grita. El 28 de febrero de 2004 falleció, quizá con la sensación de que los fantasmas habían ganado.


Ahora, unas páginas de Nada:
Al amanecer, las ropas de la cama, revueltas, estaban en el suelo. Tuve frío y las atraje sobre mi cuerpo.
Los primeros tranvías empezaban a cruzar la ciudad, y amortiguado por la casa cerrada, llegó hasta mí el tintineo de uno de ellos, como en aquel verano de mis siete años, cuando mi última visita a los abuelos. Inmediatamente tuve una percepción nebulosa, pero tan vívida y fresca como si me la trajera el olor de una fruta recién cogida, de lo que era Barcelona en mi recuerdo: este ruido de los primeros tranvías, cuando tía Angustias cruzaba ante mi camita improvisada para cerrar las persianas que dejaban pasar ya demasiada luz. O por las noches, cuando el calor no me dejaba dormir y el traqueteo subía la cuesta de la calle de Aribau, mientras la brisa traía olor a las ramas de los plátanos, verdes y polvorientos, bajo el balcón abierto. Barcelona era también unas aceras anchas, húmedas de riego, y mucha gente bebiendo refrescos en un café... Todo lo demás, las grandes tiendas iluminadas, los autos, el bullicio, y hasta el mismo paseo del día anterior desde la estación, que yo añadía a mi idea de la ciudad, era algo pálido y falso, construido artificialmente como lo que demasiado trabajado y manoseado pierde su frescura original.
Sin abrir los ojos sentí otra vez una oleada venturosa y cálida. Estaba en Barcelona. Había amontonado demasiados sueños sobre este hecho concreto para no parecerme un milagro aquel primer rumor de la ciudad diciéndome tan claro que era una realidad verdadera como mi cuerpo, como el roce áspero de la manta sobre mi mejilla. Me parecía haber soñado cosas malas, pero ahora descansaba en esta alegría.
Cuando abrí los ojos vi a mi abuela mirándome. No a la viejecita de la noche anterior, pequeña y consumida, sino a una mujer de cara ovalada bajo el velillo de tul de un sombrero a la moda del siglo pasado. Sonreía muy suavemente, y la seda azul de su traje tenía una tierna palpitación. Junto a ella, en la sombra, mi abuelo, muy guapo, con la espesa barba castaña y los ojos azules bajo las cejas rectas.
Nunca les había visto juntos en aquella época de su vida, y tuve curiosidad por conocer el nombre del artista que firmaba los cuadros. Así eran los dos cuando vinieron a Barcelona hacía cincuenta años. Había una larga y difícil historia de sus amores —no recordaba ya bien qué..., quizás algo relacionado con la pérdida de una fortuna—. Pero en aquel tiempo el mundo era optimista y ellos se querían mucho. Estrenaron este piso de la calle de Aribau, que entonces empezaba a formarse. Había muchos solares aún, y quizás el olor a tierra trajera a mi abuela reminiscencias de algún jardín de otros sitios. Me la imaginé con ese mismo traje azul, con el mismo gracioso sombrero, entrando por primera vez en el piso vacío, que olía aún a pintura. "Me gustará vivir aquí —pensaría al ver a través de los cristales el descampado—, es casi en las afueras, ¡tan tranquilo!, y esta casa es tan limpia, tan nueva...". Porque ellos vinieron a Barcelona con una ilusión opuesta a la que a mí me trajo: el descanso, en un trabajo seguro y metódico. Fue su puerto de refugio la ciudad que a mí se me antojaba como palanca de mi vida.
Aquel piso de ocho balcones se llenó de cortinas —encajes, terciopelos, lazos—; los baúles volcaron su contenido de fruslerías, algunas valiosas. Relojes historiados dieron a la casa su latido vital. Un piano —¿cómo podía faltar?—, sus lánguidos aires cubanos en el atardecer.
Aunque no eran muy jóvenes tuvieron muchos niños, como en los cuentos... Mientras tanto, la calle de Aribau crecía. Casas tan altas como aquélla y más altas aún formaron las espesas y anchas manzanas. Los árboles estiraron sus ramas y vino el primer tranvía eléctrico para darle su peculiaridad. La casa fue envejeciendo, se le hicieron reformas, cambió de dueños y de porteros varias veces, y ellos siguieron como una institución inmutable en aquel primer piso.
Cuando yo era la única nieta pasé allí las temporadas más excitantes de mi vida infantil. La casa ya no era tranquila. Se había quedado encerrada en el corazón de la ciudad. Luces, ruidos, el oleaje entero de la vida rompía contra aquellos balcones con cortinas de terciopelo. Dentro también desbordaba; había demasiada gente. Para mí aquel bullicio era encantador. Todos los tíos me compraban golosinas y me premiaban las picardías que hacía a los otros. Los abuelos tenían ya el pelo blanco, pero eran aún fuertes y reían todas mis gracias. ¿Todo esto podía estar tan lejano?...
Tenía una sensación de inseguridad frente a todo lo que allí había cambiado, y esta sensación se agudizó mucho cuando tuve que pensar en enfrentarme con los personajes que había entrevisto la noche antes. "¿Cómo serán?", pensaba yo. Y estaba, allí, en la cama, vacilando, sin atreverme a afrontarlos.
La habitación con la luz del día había perdido su horror, pero no su desarreglo espantoso, su absoluto abandono. Los retratos de los abuelos colgaban torcidos y sin marco de una pared empapelada de oscuro con manchas de humedad, y un rayo de sol subía hasta ellos.
Me complací en pensar en que los dos estaban muertos hacía años. Me complací en pensar que nada tenía que ver la joven del velo de tul con la pequeña momia irreconocible que me había abierto la puerta. La verdad era, sin embargo, que ella vivía, aunque fuera lamentable, entre la cargazón de trastos inútiles que con el tiempo se habían ido acumulando en su casa.
Tres años hacía que, al morir el abuelo, la familia había decidido quedarse sólo con la mitad del piso. Las viejas chucherías y los muebles sobrantes fueron una verdadera avalancha, que los trabajadores encargados de tapiar la puerta de comunicación amontonaron sin método unos sobre otros. Y ya se quedó la casa en el desorden provisional que ellos dejaron.
Vi, sobre el sillón al que yo me había subido la noche antes, un gato despeluzado que lamía sus patas al sol. El bicho parecía ruinoso, como todo lo que le rodeaba. Me miró con sus grandes ojos al parecer dotados de individualidad propia; algo así como si fueran unos lentes verdes y brillantes colocados sobre el hociquillo y sobre los bigotes canosos. Me restregué los párpados y volví a mirarle. Él enarcó el lomo y se le marcó el espinazo en su flaquísimo cuerpo. No pude menos de pensar que tenía un singular aire de familia con los demás personajes de la casa; como ellos, presentaba un aspecto excéntrico y resultaba espiritualizado, como consumido por ayunos largos, por la falta de luz y quizá por las cavilaciones. Le sonreí y empecé a vestirme.
Al abrir la puerta de mi cuarto me encontré en el sombrío y cargado recibidor hacia el que convergían casi todas las habitaciones de la casa. Enfrente aparecía el comedor, con un balcón abierto al sol. Tropecé, en mi camino hacia allí, con un hueso, pelado seguramente por el perro. No había nadie en aquella habitación, a excepción de un loro que rumiaba cosas suyas, casi riendo. Yo siempre creí que aquel animal estaba loco. En los momentos menos oportunos chillaba de un modo espeluznante. Había una mesa grande con un azucarero vacío abandonado encima. Sobre una silla, un muñeco de goma desteñido.
Yo tenía hambre, pero no había nada comestible que no estuviera pintado en los abundantes bodegones que llenaban las paredes, y los estaba mirando, cuando me llamó tía Angustias.
El cuarto de mi tía comunicaba con el comedor y tenía un balcón a la calle. Ella estaba de espaldas, sentada frente al pequeño escritorio. Me paré, asombrada, a mirar la habitación porque aparecía limpia y en orden como si fuera un mundo aparte en aquella casa. Había un armario de luna y un gran crucifijo tapiando otra puerta que comunicaba con el recibidor; al lado de la cabecera de la cama, un teléfono.
La tía volvía la cabeza para mirar mi asombro con cierta complacencia.
Estuvimos un rato calladas y yo inicié desde la puerta una sonrisa amistosa.
—Ven, Andrea —me dijo ella—. Siéntate.
Observé que con la luz del día Angustias parecía haberse hinchado, adquiriendo bultos y formas bajo su guardapolvo verde, y me sonreí pensando que mi imaginación me jugaba malas pasadas en las primeras impresiones.
—Hija mía, no sé cómo te han educado...
(Desde los primeros momentos, Angustias estaba empezando a hablar como si se preparase para hacer un discurso.)
Yo abrí la boca para contestarle, pero me interrumpió con un gesto de su dedo.
—Ya sé que has hecho parte de tu bachillerato en un colegio de monjas y que has permanecido allí durante casi toda la guerra. Eso, para mí, es una garantía. Pero... esos dos años junto a tu prima —la familia de tu padre ha sido siempre muy rara—, en el ambiente de un pueblo pequeño, ¿cómo habrán sido? No te negaré, Andrea, que he pasado la noche preocupada por ti, pensando... Es muy difícil la tarea que se me ha venido a las manos. La tarea de cuidar de ti, de moldearte en la obediencia... ¿Lo conseguiré? Creo que sí. De ti depende facilitármelo.
No me dejaba decir nada y yo tragaba sus palabras por sorpresa, sin comprenderlas bien.
—La ciudad, hija mía, es un infierno. Y en toda España no hay una ciudad que se parezca más al infierno que Barcelona... Estoy preocupada con que anoche vinieras sola desde la estación. Te podía haber pasado algo. Aquí vive la gente aglomerada, en acecho unos contra otros. Toda prudencia en la conducta es poca, pues el diablo reviste tentadoras formas... Una joven en Barcelona debe ser como una fortaleza. ¿Me entiendes?
—No, tía. Angustias me miró.
—No eres muy inteligente, nenita.
Otra vez nos quedamos calladas.
Te lo diré de otra forma: eres mi sobrina; por lo tanto, una niña de buena familia, modosa, cristiana e inocente. Si yo no me ocupara de ti para todo, tú en Barcelona encontrarías multitud de peligros. Por lo tanto, quiero decirte que no te dejaré dar un paso sin mi permiso. ¿Entiendes ahora?
—Sí.
—Bueno, pues pasemos a otra cuestión. ¿Por qué has venido? Yo contesté rápidamente:
—Para estudiar.
(Por dentro, todo mi ser estaba agitado con la pregunta.)
—Para estudiar letras, ¿eh?... Sí, ya he recibido una carta de tu prima Isabel. Bueno, yo no me opongo, pero siempre que sepas que todo nos lo deberás a nosotros, los parientes de tu madre. Y que gracias a nuestra caridad lograrás tus aspiraciones.
—Yo no sé si tú sabes...
—Sí; tienes una pensión de doscientas pesetas al mes, que en esta época no alcanzará ni para la mitad de tu manutención... ¿No has merecido una beca para la universidad?
—No, pero tengo matrículas gratuitas.
—Eso no es mérito tuyo, sino de tu orfandad. Otra vez estaba ya confusa, cuando Angustias reanudó la conversación de un modo insospechado.
—Tengo que advertirte algunas cosas. Si no me doliera hablar mal de mis hermanos te diría que después de la guerra han quedado un poco mal de los nervios... Sufrieron mucho los dos, hija mía, y con ellos sufrió mi corazón... Me lo pagan con ingratitudes, pero yo les perdono y rezo a Dios por ellos. Sin embargo, tengo que ponerte en guardia...
Bajó la voz hasta terminar en un susurro casi tierno:
—Tu tío Juan se ha casado con una mujer nada conveniente. Una mujer que está estropeando su vida... Andrea, si yo algún día supiera que tú eras amiga de ella, cuenta con que me darías un gran disgusto, con que yo me quedaría muy apenada...
Yo estaba sentada frente a Angustias en una silla dura que se me iba clavando en los muslos bajo la falda. Estaba además desesperada porque me había dicho que no podría moverme sin su voluntad. Y la juzgaba, sin ninguna compasión, corta de luces y autoritaria. He hecho tantos juicios equivocados en mi vida, que aún no sé si éste era verdadero. Lo cierto es que cuando se puso blanda al hablarme mal de Gloria, mi tía me fue muy antipática. Creo que pensé que tal vez no me iba a resultar desagradable disgustarla un poco, y la empecé a observar de reojo. Vi que sus facciones, en conjunto, no eran feas y sus manos tenían, incluso, una gran belleza de líneas. Yo le buscaba un detalle repugnante mientras ella continuaba su monólogo de órdenes y consejos, y al fin, cuando ya me dejaba marchar, vi sus dientes de color sucio...
—Dame un beso, Andrea —me pedía ella en ese momento.
Rocé su pelo con mis labios y corrí al comedor antes de que pudiera atraparme y besarme a su vez.
En el comedor había gente ya. Inmediatamente vi a Gloria que, envuelta en un quimono viejo, daba a cucharadas un plato de papilla espesa a un niño pequeño. Al verme, me saludó sonriente.
Yo me sentía oprimida como bajo un cielo pesado de tormenta, pero al parecer no era la única que sentía en la garganta el sabor a polvo que da la tensión nerviosa.

sábado, 15 de mayo de 2010

PRENSA. 15 mayo 2010

En "El País":

1. El golpe. Columna de Manuel Rivas.

2. Lágrimas. Columna de Juan Cruz.

3. Rusia se suma a la 'rothkomanía'. Reportaje de Rodrigo Fernández. Moscú acoge la primera gran muestra sobre el pintor organizada en su tierra natal - Arrasa en Broadway una obra sobre su vida - Uno de sus cuadros, subastado esta semana por 25 millones.

4. Todo sobre la chica de 'Nada'. Por Carles Geli. Una biografía desvela los trágicos fantasmas de Carmen Laforet.

5. El español es un imán. Reportaje de Susana Pérez de Pablos. La tasa migratoria a España de países de habla hispana es el triple que a otras naciones más ricas debido al idioma - Los latinos ganan un 15% más de media que el resto - Sus dialectos enriquecen el habla peninsular con palabras en desuso.

6. Nuevos gritos del vaquero. Columna de Vicente Verdú.

7. La 'Nakba' palestina. Artículo de Nabil Shaath, uno de los arquitectos del Proceso de Paz de Oslo, miembro del Comité Central de Al Fatah y encargado de sus relaciones internacionales. Fue responsable de Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina bajo el mandato de Yasir Arafat.

8. Esparciendo falsos rumores. Artículo de José Antonio Martín Pallín, magistrado, comisionado de la Comisión Internacional de Juristas.

9. Garzón, suspendido y en el banquillo. Artículo de Montserrat Comas d'Argemir, Ramón Sáez Valcárcel, Manuela Carmena y Javier Martínez Lázaro, magistrados. Félix Pantoja García es fiscal. Y todos son ex vocales del Consejo General del Poder Judicial. Es sorprendente que el juez que quiso esclarecer los crímenes del franquismo haya sido apartado de la carrera y vaya a ser juzgado. En el peor de los casos, se debería haber aceptado su petición de traslado a La Haya.


10. Estado de excepción. Columna de Francisco G. Basterra.