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sábado, 13 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre los hermanos en la literatura. David Torres

   En "cuartopoder.es:
AGOTA KRISTOF

Dos por dos son uno

DAVID TORRES | Publicado: 
Agota_Kristof
Agota Kristof, en 2004. / Sandro Campardo (Efe)
Los hermanos han estado dando guerra en la literatura y la mitología desde Caín y Abel o desde Cástor y Polux, por lo menos. En ocasiones son hermanos gemelos, en ocasiones mellizos y otras ni siquiera parecen de la misma familia. A veces se aman, a veces se odian, a veces fundan Roma y tampoco es raro que se maten entre sí. La semejanza física entre gemelos dio lugar a alegres malentendidos en el teatro clásico y en alguna comedia de Shakespeare, pero cobró un aire maléfico durante el Romanticismo, donde se tiñó del aura del doppelgänger alemán y del fetches cocés, dos figuras del folklore que solían traer augurios de muerte. Antes y después del auge del psicoanálisis, los escritores exploraron básicamente dos variantes: un hombre que se desdobla en dos; dos hombres que en realidad son uno.
HoffmanAndersenHawthorneLe Fanu y Gautier exploraron con mayor o menor fortuna la torva fantasía del desdoblamiento. Nuestro Espronceda, hoy tan olvidado, escribió su obra maestra, El estudiante de Salamanca, articulando su poema a través de un diálogo de sombras en donde se prefiguran ya los escalofríos de Poe y Stevenson. Con ellos entramos ya de lleno en el reino del terror, en la lucha entre el bien y el mal desatada en el alma del héroe. En William Wilson, Poe le confirió al doble del protagonista la carga moral de la conciencia, una falla esencial que heredarían Markheim de Stevenson, El doble de DostoievskyEl Horla de Maupassant y El vizconde demediado de Calvino. Luego vendrían muchos otros, de Papini a Borges y de Cortázar a Nabokov, pero fue Stevenson en 1885 quien logró la cristalización definitiva del mito en El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde.
Con todo, la idea de un hombre desdoblado no resulta tan perversa como su reverso: dos o más personas que en realidad son la misma. La hipótesis de un par de gemelos perfectos nos perturba porque atenta directamente contra el sacrosanto principio de la identidad personal. Aunque la ciencia asegure que no hay dos copos de nieve iguales, un solo gemelo idéntico hace saltar por los aires la falacia del yo: nos vuelve superfluos, prescindibles. En El otroTom Tryon jugó con una pareja de adorables gemelos que se repartían las tareas y travesuras según la fórmula de Jekyll y Hyde: uno ayudaba en las tareas de la granja mientras otro cometía asesinatos y atrocidades inenarrables. Robert Mulligan dirigiría una adaptación cinematográfica de la novela que resultó una de las mejores películas de terror jamás filmadas. En el cine, la idea de geminación, del juego de espejos, siempre adquiere un sesgo escalofriante; difícil olvidar a las fantasmales gemelas cogidas de la mano en el geométrico pasillo de El resplandor de Stanley Kubrick.
En 1986, Agota Kristof publicó El gran cuaderno, la historia de dos gemelos húngaros, Claus y Lucas, a los que su madre deja al cuidado de abuela durante la guerra. La abuela es una anciana despiadada y los gemelos tienen que aprender a sobrevivir en un régimen brutal que prefigura la dictadura comunista. Por su tono seco y su violencia explícita, la obra recuerda El pájaro pintado de Jerzy Kosinski y, al igual que en la novela del polaco, los gemelos no se resignan pasivamente a aceptar el papel de víctimas. El gran cuaderno es la historia de su aprendizaje, los ejercicios de ortografía del dolor, la crueldad y la humillación a los que Claus y Lucas se someten voluntariamente para soportar los castigos del mundo. También –y ahí está una de las grandes diferencias con Kosinski– es un cuaderno de redacción, una especie de diario donde los gemelos elaboran, entre otras cosas, una sencilla y portentosa poética:
claus-y-lucas
Cubierta de una edición de la obra ‘Claus y Lucas’ publicada por El Aleph.
Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. 
Por ejemplo, está prohibido escribir: “la abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido escribir: “la gente llama a la abuela ‘la Bruja’”. (…)
Escribiremos: “comemos muchas nueces”, y no: “nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y objetividad. “Nos gustan las nueces” y “nos gusta nuestra madre” no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable a la boca, y la segunda, un sentimiento.
Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.
He ahí la técnica de depuración y simplificación implacable a la que Kristof somete a la narración, un conductismo químicamente puro que reduce la historia a sus elementos esenciales. Es una lección de minimalismo en la que Kristof, una exiliada que había nacido en Csvikánd, Hungría, en 1935, parece aprovechar tanto la enseñanza del idioma francés (el instrumento que aprendió tardíamente) como su trabajo agotador en una fábrica de relojes. Los movimientos mecánicos que debía repetir durante horas se corresponden con la sintaxis breve y concisa, las frases ajustadas, los escuetos párrafos que van encajando a la perfección. El resultado es una prosa desnudada al máximo, una implacable maquinaria de precisión donde el horror, la guerra y las arbitrarias torturas se muestran a través de una claridad alucinante. No estoy seguro, pero creo que es uno de los pocos libros escritos en primera persona del plural: todo lo que le sucede a un hermano, le sucede al otro. Por eso, en el casi inconcebible final, cuando los dos hermanos se separan y uno de ellos cruza la frontera, tiene el efecto de un animal despedazado, de un huevo que se rompe.
La novela, que fue rechazada en varias editoriales por su salvajismo, obtuvo un éxito resonante casi desde su publicación, fue traducida a 33 idiomas y ganó el premio Europeo de Literatura Francesa. Con todo, Kristof no había terminado ahí la epopeya de Claus y Lucas, al contrario, necesitó dos libros más para explorar el drama de su separación. El segundo, La prueba (publicado en 2001), se centra en la historia de Lucas, el gemelo que se queda en la casa de la abuela; el “nosotros” se ha diluido en una tercera persona tradicional, una voz cuyo eco va desmintiendo los hechos aparentemente indestructibles puestos por escrito en El gran cuaderno. Al acabar el lector ya no sabe dónde están los límites entre la realidad y la ficción, las verdades y las patrañas. La poética de acero establecida en el primer tomo se ha hecho añicos en un juego de espejos. Aun así, Kristof llevó todavía más lejos este complejo aparato de perspectivas al añadir otra narración más, la del hermano exiliado, Klaus, en el tercer y último tomo publicado en 2008 y significativamente titulado La tercera mentira.
Fue una suerte que yo no leyera la magna trilogía de Kristof hasta mucho después de haber terminado mi novela Punto de fisión, donde aparecen también el tema del desdoblamiento en una pareja de gemelos supervivientes de la tragedia de Chernobyl. Probablemente no me hubiera atrevido ni a intentarlo, no ya por el miedo a repetirla, sino por la sospecha de resultar superfluo: un gemelo nacido muerto.

domingo, 12 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Crítica de la película "El gran cuaderno"

   En "Elpaís.com":
CRÍTICA | EL GRAN CUADERNO

Una educación para la supervivencia

János Szász ha tenido presente esa alergia a lo sentimental del libro, pero no ha podido evitar traicionar el material

“Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos”, escribían los gemelos Claus y Lucas en la novela El gran cuaderno de Agota Kristof, traducida al castellano por Ana Herrera Ferrer. Primera entrega de una trilogía que completarían La prueba y La tercera mentira, El gran cuaderno narraba, con una estremecedora austeridad casi limítrofe con la abstracción, el proceso de autoeducación para la supervivencia que desarrollaban dos hermanos enviados por su madre a la granja de una abuela solitaria, cruel y con esqueletos en el armario, en los años finales de la II Guerra Mundial. Claus y Lucas se convertían en aplicados alumnos de la deshumanización que les permitiría sobreponerse al horror.
En su adaptación, János Szász ha tenido presente esa alergia a lo sentimental que los personajes convierten en credo, pero no ha podido evitar traicionar una materia tan frágil y específicamente literaria a través del academicismo. Su trabajo serviría para ilustrar la idea de que, en toda adaptación, la domesticación es el mayor riesgo.

EL GRAN CUADERNO
Dirección: János Szász.
Intérpretes: László Gyémánt, András Gyémánt, Piroska Molnár, Ulrich Thomsen, Ulrich Matthes.
Género: drama. Hungría, 2013.
Duración: 109 minutos.
Así, la película no puede aspirar más que a ser un equivalente de una versión expurgada del libro, con todas las secuencias que plantearían problemas de representación pudorosamente omitidas y una constante incapacidad para esbozar un sucedáneo del trastorno que produce la lectura. Szász demuestra que un plano cinematográfico exquisitamente iluminado no tiene nada que hacer, en cuestiones de fuerza expresiva, frente al poder de una frase descarnada.

viernes, 22 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. "Agota Kristof, la crueldad como arte literario hipnótico". José Ovejero

   En "blogs.elpais":

Agota Kristof, la crueldad como arte literario hipnótico

Por:EL PAÍS18/03/2014
Elgrancuaderno-agotakristof
Fotograma de El gran cuaderno, de János Szász, basada en el libro homónimo de Agota Kristof.
Por JOSÉ OVEJERO
En una reseña del blog Estado Crítico sobre La ética de la crueldad, Sara Mesa mencionaba a una autora que en aquel entonces yo no había leído, Agota Kristof, y la citaba como ejemplo de escritora de obras crueles. La curiosidad me empujó a buscar algún libro suyo. El primero que cayó en mis manos fue El gran cuaderno. No exagero si digo que lo leí de una sentada. Tampoco lo hago diciendo que al día siguiente regresé a la librería y me compré las dos siguientes novelas que componen la trilogía: La prueba yLa tercera mentira (publicada en España como Claus y Lucas). Desde entonces he leído seis de sus libros, todos recomendables, todos devastadores y al mismo tiempo de una gran belleza.
Quien se asoma a El gran cuaderno entra en un mundo en el que la crueldad se ha adueñado de cada rincón. En un país en guerra –podría ser Hungría, de donde procede Kristof- una madre lleva a sus hijos gemelos con su abuela, que vive en un pueblo, para protegerlos de los bombardeos y del hambre que sufren en la ciudad. La abuela recibe con alegre ferocidad a los dos “hijos de perra”, o “hijos del diablo”, como le gusta llamarlos, les roba el dinero que envía la madre, los mantiene en la miseria y la suciedad. Cierto, no todos los habitantes de la aldea son brutales con ellos: está por ejemplo la criada que lava sus ropas, les da de comer, los baña, los mima y les hace felaciones. El mundo es así: pasan cosas incomprensibles, atroces muchas de ellas, y hay que aprender a soportarlas. Los niños hacen lo que hacemos todos, inventar maneras de acostumbrarse al dolor. Se insultan uno a otro hasta que les da igual la humillación; se golpean hasta volverse indiferentes a los golpes; ayunan para acostumbrarse al hambre; matan animales porque no les gusta hacerlo y eso les parece una debilidad. No sentir, no padecer, no amar, porque el amor no correspondido duele; por eso también se repiten las palabras cariñosas de la madre hasta que no significan nada para ellos. Y si matan a su padre no es porque lo odien por haberlos abandonado, sino porque les resulta útil para sus planes. No aman y no aborrecen. Y eso les permite componer su propio código ético, que nunca llegamos a entender del todo.

EL GRAN CUADERNOComo casi todos los grandes escritores crueles, Agota Kristof crea el lenguaje necesario para sus fines. ¿Qué estilo convendría a ese mundo sin sentimientos, en el que nadie parece actuar movido por la compasión o la simpatía? Un estilo con la belleza de algunos paisajes desérticos, de un bosque seco, de un suelo volcánico. Nada crece que no sea indispensable y robusto, nada que no soporte condiciones extremas. Frases breves, descriptivas, despojadas de opiniones o valoraciones: las cosas suceden, las queramos o no; la vida es inexorable y nunca es feliz, así que no merece la pena perder el tiempo con muchos adjetivos. En un mundo carente de sentido es absurdo intentar dárselo mediante la interpretación.
Agota Kristof escribió en La analfabeta que el estilo de la trilogía se debía a que estaba escribiendo en un idioma extranjero; tras huir de Hungría por razones políticas, atravesando la frontera junto con su marido y su hijo pequeño, se instaló en Suiza y tuvo que aprender francés. Y escribe en lo que puede parecer un francés tosco,  pero cuya dureza acaba convirtiéndolo en un lenguaje hipnótico, que no te permite distracción ni consuelo alguno. El lenguaje también puede ser cruel.
En otro lugar he escrito que hay autores que son crueles no porque nos entreguen historias llenas de violencia, sino porque confrontan al espectador consigo mismo, le obligan a poner en tela de juicio su manera de mirar, hacen tambalearse las certezas con las que se protege de lo imprevisible de la vida.
Cuando Agota Kristof escribió El gran cuaderno no había pensado que fuese a formar parte de una trilogía. Pero, como diría después, los personajes no la dejaban tranquila. La crueldad ambiental sigue presente en la continuación de la historia (ah, esa escena magnífica en la que Lucas encuentra a una joven llorando junto a un río helado; ella tiene un bebé en brazos, ha querido ahogarlo pero no ha sido capaz; Lucas entonces le ofrece arrojarlo al agua por ella; como la madre ya no quiere hacerlo, Lucas acoge a ambos en su casa y se ocupa de ellos.) Pero la crueldad es aún más refinada, porque lo que hace Kristof en los siguientes libros es poner en tela de juicio nuestra relación con la historia.
Aunque nos rebelemos contra ello, todos buscamos la empatía: entender a los personajes, comprender sus motivaciones, identificarnos con tal o cual rasgo, sentirnos cerca de ellos. Lo que es otra manera de decir que nos gustaría que los personajes estuviesen vivos y que nosotros pudiésemos ser durante un tiempo parte de su mundo. Incluso del mundo despiadado de los gemelos; acabamos tomándoles afecto, porque no son más crueles que lo que les rodea, y porque son capaces de resistir, a su manera, a todas las pérdidas y todas las humillaciones. Quién pudiera hacer lo mismo.
Pero en las dos siguientes novelas se van sembrando las dudas del lector.¿Han existido Claus y Lucas? ¿Son las misma persona?: un nombre es el anagrama del otro, varios de los personajes dan a entender que nunca conocieron al hermano, algunos expresan dudas sobre su existencia... ¿Es todo la invención de uno de ellos? Y, si es así, ¿de cuál de los dos? La empatía se destruye al destruirse al personaje; nada queda en pie; ni siquiera la verdad de nuestras emociones, que se quedan desamparadas, sin saber sobre quién volcarse. También el lenguaje cambia ligeramente, los párrafos y los diálogos se vuelven más largos para reflejar la complejidad de los sentimientos, que ahora sí afloran: amargura, celos, soledad, rabia.
A muchos lectores les gustan menos La prueba y La tercera mentira que El gran cuaderno. Sin duda prefieren la crueldad exacerbada pero verosímil, contundente, sólida de éste a la confusión que generan los otros dos. La autora nos obliga a comprender –nos reboza el hocico en esa dura constatación- que lo que leemos no es real, que no podemos permitirnos el consuelo de habitar esas páginas. Nosotros estamos siempre fuera, solos, con nuestras propias crueldades. La literatura de evasión es ridícula. Y lo somos los lectores cuando buscamos refugio en ella. Agota Kristof se niega a ser cómplice del engaño.