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lunes, 1 de octubre de 2012

PRENSA. "Derecho a la blasfemia", por Lluís Bassets

   En "El País":

Derecho a la blasfemia

Solo el individuo tiene honor, por eso no puede haber atentados al honor de los dioses y los mitos


Dos portadas de la revista francesa 'Charlie Hebdo'. / KENZO TRIBOUILLARD (AFP) ("El País")
Donde no hay dioses no hay blasfemia. La blasfemia es hija de la divinidad, una manifestación estrictamente religiosa que refuerza con su transgresión la fuerza de lo sagrado. Castigar la blasfemia es propio de sociedades teocráticas, organizadas según las leyes de los dioses y no de los humanos.
Ciertamente, desde los poderes públicos hay que proteger la pluralidad religiosa y promover el respeto a las creencias de todos. Pertenecen a un ámbito personal en el que nadie tiene derecho a entrometerse. Pero las libertades de conciencia y de expresión son un bien superior que no cabe degradar en nombre de religión alguna. Nadie puede castigar un supuesto delito de difamación religiosa sin afectar directamente al corazón de la libertad. Pero inducir al respeto no significa obligación de respetar, como defender el derecho a la blasfemia no significa obligación de blasfemar.
Y eso es así porque estamos hablando de libertades y derechos individuales. Los dioses y los libros sagrados, las religiones y los dogmas, como los personajes históricos y los mitos, las patrias y las banderas, no tienen derechos ni deberes como los tienen los ciudadanos individuales. No se puede atentar contra el honor de Buda o de Confucio, de Napoleón o de Garibaldi, de Jesucristo o de la Santísima Trinidad.
Los violentos que reclaman el honor mancillado de sus profetas o de sus libros o que incluso llegan a asesinar en su nombre ejercen un chantaje intolerable. Este sería el caso si se convirtiera en delito punible la publicación de las viñetas de Mahoma que hizo el diario danés Jyllan Posten en 2005, la difusión en YouTube del infame vídeo californiano sobre Mahoma o la actual campaña satírica sobre el islam de Charlie Hebdo.
Será difícil convencer a los dirigentes de muchos países islámicos donde la blasfemia está ahora castigada penalmente, incluso con la muerte. Obama lo ha intentado con su discurso del martes ante la Asamblea General de Naciones Unidas, aunque es de temer que de poco servirá su pedagogía sobre la libertad de expresión, dirigida a gobiernos y regímenes que sacan réditos de estas prohibiciones en dos direcciones, en el control sobre los medios de comunicación y en el apaciguamiento de los islamistas más radicales y violentos.
Obama ejemplificó el problema con su defensa de la libertad para insultar al presidente de Estados Unidos. El insulto al soberano es una actividad que antaño, cuando era de origen divino, pertenecía también al territorio de la blasfemia y se castigaba severamente. Ahora, en cambio, la libertad de blasfemar contra el jefe del Estado es la garantía de la sociedad libre. Lo mismo hizo una sentencia célebre del Tribunal Supremo con el símbolo máximo de la nación que es la bandera. Esta es la paradoja: quienes estos días queman banderas con las barras y las estrellas a lo largo y ancho del mundo islámico no cometen delito alguno según la jurisprudencia y los códigos estadounidenses.
Todo esto es una discusión medieval, perfectamente al día gracias a la campaña organizada por los poderes religiosos de buen número de países islámicos, que promueven una legislación internacional contra la denominada difamación de la religión. Hasta 2011 estos problemas se dilucidaban sin discusión pública en las mazmorras y comisarías de las dictaduras árabes, pero ahora se debaten en los parlamentos y en las comisiones constitucionales como resultado de la llegada impetuosa de los partidos islamistas al poder, dispuestos a demostrar la verdad de su lema y mito de que el islam es la solución para todo.
El único límite a la libertad de expresión es la incitación a la violencia. No es el caso de las imágenes de Mahoma. Tampoco del humor más o menos grueso e irreverente con el islam o el cristianismo. Ni siquiera es el caso de la zafia producción videográfica utilizada como excusa para una campaña de violencia. Para la jurisprudencia estadounidense no lo es ni siquiera el negacionismo de los crímenes contra la humanidad, a diferencia de lo que sucede en algunos países europeos.
Obama ha trazado las líneas rojas. No las que le pedía Benjamín Netanyahu respecto al arma nuclear iraní, sino otras más importantes, exigidas por las reacciones antiliberales en las democracias árabes. Si las traspasamos, quedarán condonados otros sistemas de censura que se practican en muchos países, como China, en nombre de la estabilidad y para evitar las provocaciones. No hay diversidad cultural que valga respecto a estos valores universales que surgen espontáneamente en todas las civilizaciones, allí donde hay hombres y mujeres que reivindican sus derechos por encima de los dioses y de los mitos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

PRENSA. "Provocaciones y 'blasfemia'", por Samí Naïr

   Samí Naïr

   En "El País":

Provocaciones y “blasfemia”

El mundo hundido en las guerras identitarias se puede volver loco por cualquier tontería

 21 SEP 2012

Una vez más, el mismo culebrón. De La inocencia de los musulmanes a las viñetas de Charlie Hebdo en nombre de la defensa de la libertad de expresión; de la ira de los Estados musulmanes al fuego y la muerte sembrados por fanáticos manipulando la fe de millones de individuos, se repite inevitablemente lo buscado por unos y otros: provocar conflictos, gritar el odio, incentivar más las guerras de identidades. Los partidarios de la interculturalidad, del diálogo entre confesiones, del encuentro entre seres humanos diferentes pero unidos por la misma condición humana, lo deben entender: hay cada vez menos espacio por los valores que defienden. El mundo hundido en las guerras identitarias se puede volver loco por cualquier tontería.
Lo trágico es que se sabe a ciencia cierta que las provocaciones mediáticas y periodísticas se pagan, de ahora en adelante, con vidas humanas. No haremos aquí las cuentas macabras que la estupidez y la locura fanática de los dos bandos están haciendo pagar a la ciudadanía mundial. Unos invocan la libertad de prensa, de opinión y de expresión para justificar sus ataques en contra de una religión obviamente desestimada en Occidente y propicia a todas las inflamaciones. El Islam no tiene buena prensa aquí. Pero tienen teóricamente toda la razón los que consideran que no se debe tocar esa libertad fundamental. Incluso si hay insultos, sus adversarios tienen que respetarla; en caso contrario, pueden llevar esa libertad y sus insultos ante la justicia. Afortunadamente, el Estado de derecho está aquí para garantizar, aunque a veces solo en teoría, la equiparación de los derechos fundamentales.
Pero cuando se sabe de antemano que dicha libertad de expresión puede provocar fuego, ¿quieren solo, los que pretenden defenderla, ejercer un derecho o realmente encender el fuego? En materia de libertad de expresión es bastante difícil demostrar jurídicamente la voluntad de dañar al otro. Éticamente es diferente, pues entra aquí otro concepto cuya existencia parece ausente en la mente de los caballeros de la libertad de expresión anárquica: el de responsabilidad. Es esa responsabilidad la que es pateada en el conflicto actual. En el caso del autor de la película, inepta y grosera, se trata de alguien aparentemente en estado de guerra contra el Islam. Su participación en la provocación de las manifestaciones es obvia, aunque no se le puede condenar por los asesinatos de oficiales y civiles; en cambio, su responsabilidad ética es total y se le puede condenar, moralmente, en nombre de la ética de paz que trasciende la voluntad individual. Bien, pero esa condena no tiene contenido práctico. Nuestro hombre puede seguir tranquilamente filmando otras obsesiones de la misma índole. Es más, tendremos que protegerlo de la ira de los fanáticos del otro bando. Esto parece un sinsentido, pero es la realidad, dado el funcionamiento de la libertad de expresión en el Estado de derecho. En las sociedades tradicionales existía la condena al oprobio y a la vergüenza eterna: ahora eso no existe y la desvergüenza se ha vuelto, merced a la sociedad de mercantilización generalizada, un valor comercial muy rentable. Queda el desprecio por los que no vinculan la libertad jurídica con la responsabilidad humana. Eso es lo que merecen los que están alimentando el conflicto confesional.
Otros pretenden que en la casa cultural mundial de la globalización, o sea, en el Imperio Internet, hablar mal de su profeta equivale ni más ni menos que a una declaración de hostilidad. Dejemos de lado a los fanáticos que se aprovechan de las provocaciones irresponsables para radicalizar esta misma guerra de culturas: con ellos, desgraciadamente, no se puede hablar. Pero cuando se trata de responsables políticos o religiosos que piden prohibir la libertad de expresión en nombre del respeto a las confesiones, podemos decir que hemos llegado a lo máximo de la absurdidad pues la cuestión es: ¿quién juzga? ¿Dónde están los principios universales comunes en materia de religión? Intuían la dificultad, por eso La Liga árabe ha pedido a la ONU la creación del “delito de blasfemia”. ¡Faltaría más! ¿Habrá una sacralidad en sí de la religión? ¿Dónde empieza la blasfemia y dónde acaba? ¿Quizá quieren aprovechar la contienda para conseguir por fin que Dios y sus profetas sean intocables? Risible. Entonces ¿qué hacer? La respuesta sensata es evidente: por un lado, defender la libertad de expresión, incluso para los estúpidos y despreciables provocadores; por otro lado, hacer de la religión musulmana una confesión abierta, que no obliga a nadie y lucha en contra de los fanatismos.