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viernes, 17 de junio de 2016

LIBROS. "Aquí están los libros. Que pasen". Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Luis García Montero

Aquí están los libros. Que pasen

  • La lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia
  • Cuando sucede, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, pasan a formar parte de nuestra propia vida
  • LUIS GARCÍA MONTERO   3 junio 2016

Los lectores sentimos una huella de pudor al hablar de los libros en público. Obligados a defender el valor y la utilidad social de la lectura, lo primero que sentimos es que nuestra relación con los libros supone en realidad un placer privado. Así que resulta inevitable sentir el resquemor íntimo de la impostura.

Pero se trata de un pudor que merece la pena vencer. Hay mucha gente que habla de forma repetida sobre la utilidad pública del deporte, o de una determinada opción política, o de la importancia de la buena alimentación, o de la conveniencia de protegerse de los rayos de sol, o de las propiedades del agua de mar. Está muy bien, cada cual tiene su afán, y yo estoy cada vez más convencido de la importancia y utilidad pública de ese placer privado que es la lectura.

Defender el libro implica considerar el hecho de la lectura como el eje y la raíz de las humanidades. Evitemos conflictos falsos. No tengo ninguna duda de que es un mentecato y un peligroso reaccionario quien desprecia la ciencia o la técnica. Los aportes científicos y los avances técnicos dignifican la vida humana, hacen habitable este mundo, siempre que sean destinados —claro está— a dignificar la vida humana y a hacer más habitable este mundo.

La historia del siglo XX nos ha demostrado con especial empeño que la razón práctica alberga su lado oscuro y que los avances científicos y técnicos pueden estar programados para aniquilar la vida, degradar el planeta y configurar una versión industrial del mal y de la muerte. Por eso me parece también decisivo tener muy en cuenta las humanidades dentro del saber democrático, la formación de una conciencia humana dispuesta a utilizar la ciencia y la técnica sin cortar las raíces de la dignidad. Recuerdo dos versos de Federico García Lorca pertenecientes al poema “La aurora” de Poeta en Nueva York: “la luz es sepultada por cadenas y ruidos / en impúdico reto de ciencia sin raíces”. En 1929, bajo la crisis de Wall Street, el poeta observó cómo un enjambre de monedas furiosas devoraba el corazón del futuro. La mercantilización descarnada del saber dejaba a la ciencia sin raíces, rompía el acuerdo por el que todo avance técnico o científico debía ir acompañado de un avance ético.

Edward Said, el admirable filólogo norteamericano de origen palestino, ha escrito mucho sobre la importancia que encierra la lectura, el suceder modesto de la lectura, como ejercicio de emancipación. En un libro titulado Humanismo y crítica democrática (Debate, 2008) defendió que la lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia. Pensemos el sentido radical que adquieren en el mundo de hoy estas palabras. Se utiliza a menudo el adjetivo radical para provocar temor sobre algunos comportamientos o palabras. Si ahora hay algo que merece el calificativo social de radical es la “normalidad” atosigante de una inercia creada por el reduccionismo, el cinismo y la indiferencia, tres amenazas profundas en el saber de una sociedad democrática.

Existen demasiados medios de control de las opiniones, generación de pensamientos dominantes y creación de realidades virtuales como para no temer el efecto manipulador que implica la homologación de las conciencias. Después del fracaso de las grandes utopías y del efecto reduccionista de los fundamentalismos, existen también muchas coartadas para caer en el cinismo del todo vale, nada importa, yo voy a lo mío, tú a lo tuyo y el último que cierre la puerta. El reduccionismo y el cinismo son caminos que conducen a la indiferencia. Nada tiene valor, nada tiene remedio, no soy responsable de nada. Es muy fácil dentro de esta lógica desentenderse del mundo.

Eward Said presenta la lectura como un modesto acto de emancipación ante estos peligros. Y es que el lector no mira como un ser pasivo, sino como una persona que entra en un espacio público, un espacio publicado, para vivir una experiencia colectiva desde su propia historia personal. El poeta catalán Joan Margarit suele matizar que los lectores no se parecen al espectador de un conciento, sino al músico que interpreta con su arte la partitura elaborada por un compositor. Al leer vivimos los sentimientos y las razones que un escritor ha puesto en sus palabras o en la ficción de un protagonista. Cuando sucede el hecho de la lectura, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, de los otros, pasan a formar parte de nuestra propia vida. Somos, pensamos y sentimos nuestro amor, nuestro miedo, nuestra ilusión o nuestra tristeza. ¿Quíen no ha odiado a Juanito Santa Cruz por portarse de tan mala manera con Fortunata? ¿Quién no ha sentido la fatalidad del destino al leer algunos poemas de Rubén Darío o de Federico García Lorca?

No se me ocurre mejor metáfora del contrato social democrático que la lectura. En un espacio público (el libro), que posibilita el diálogo entre conciencias, alguien (el lector) aprende de sí mismo cuando se pone en el lugar del otro (el autor). Confieso que con la escritura ocurre lo mismo. Un autor aprende mucho de sí mismo cuando se pone en el lugar de los lectores ideales con los que quiere establecer una conversación a través de los libros. La lectura, además, como la escritura, nos permite ponernos en el lugar del otro evitando dejar al otro sin lugar

Los libros son un lugar hospitalario, algo que los escritores preparan, igual que se prepara una casa o un país, para recibir a los que vienen de fuera. Escribir es cuidar y ser cuidado, elegir las palabras para darse a entender y para entenderse. Leer es un vivir mirándose a los ojos. Los buenos fotógrafos no sólo nos enseñan a mirar el mundo; consiguen que el mundo nos mire a los ojos. Eso es también lo que hacen, lo que nos hacen, algunos libros a lo largo de la vida.

Un buen lector no se convierte casi nunca en un sabiondo que confunde la cultura con la pedantería. Me atrevo a decirlo así, aunque en la república de los libros es una temeridad fijar pasaportes y licencias de usos correctos. Pero si merece la pena tomarse en serio la experiencia de los libros es porque en su mundo adquieren autoridad algunas de las perspectivas de los seres humanos que forman parte de las más respetables orillas de nuestra condición. Ya me he atrevido a destacar aquí algunas de esas orillas. Llamo ahora la atención sobre tres asuntos que me parecen de vital importancia en el mundo de hoy: la identidad, la idea del tiempo y la imaginación moral como factores decisivos en la educación sentimental de una convivencia democrática.

La globalización es el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Por lo que se refiere a la cultura, nuestra globalización está produciendo dos situaciones extremas en las sociedades: la identidad fuerte o la soledad del individuo desligado. La identidad fuerte se encarna en fundamentalismos que imponen por encima de la conciencia individual consignas o catecismos de carácter religioso, racial, nacional o político. Son corrientes dogmáticas que te exigen estar siempre al corriente. Evitan el tejido social flexible capaz de integrar y favorecer la convivencia, algo muy necesario en épocas de mezcla entre realidades diferentes. Las identidades fuertes se defienden del mundo abierto con un tiempo sin espera, imponiendo la pureza intolerante de un credo o un pasaporte.

Ante el peligro de las identidades fuertes considero que resulta muy arriesgado limitarse a negar las identidades. Ese es el otro extremo en el que cae la globalización: la soledad del lobo estepario, del individuo que no se siente ligado a nada, que no siente como suyo el problemas de la gente que pasa hambre en su propio país o el dolor de los que huyen de una guerra y no encuentran refugio ni salida en los espinos de una frontera. Los valores en abstracto no son nada, son palabras huecas que se lleva el viento. Palabras como libertad, compromiso, solidaridad o justicia no son nada sin un tejido que las sostenga, sin un sentido de pertenencia que haga vivir como mío el dolor ajeno. No hay libertad o justicia que no sean la libertad de un nosotros.

El conocimiento humanístico y la experiencia de la lectura, esa dinámica que nos hace aprender de nosotros mismos al ponernos en el lugar del otro, son decisivos a la hora de generar identidades flexibles, integradoras, dispuestas para comprender todo lo que se comparte, aquello que funda la legitimidad de los actos y las palabras. La historia viene, nos viene, de lejos. El concepto de ciudadano fue una conquista democrática que pretendía asegurar con una abstracción la igualdad de todas las personas ante la ley. Fue una conquista intelectual de identidades flexibles. La ciudadanía sirve para valorar los derechos universales de una identidad humana concreta, no para borrarla. Si pervertimos esta lógica, si de manera inflexible usamos el concepto de ciudadanía para generar desigualdades humanas, estaremos traicionando la legitimidad de nuestros valores. No se puede utilizar el concepto de ciudadano para negar un derecho humano, los derechos que merece un ser humano.

Nuestra historia viene de lejos. Esa conciencia de lo remoto es el tiempo de la literatura, de la narración, un tiempo con planteamientos, nudos y desenlaces. Se trata de un tiempo compartido que nos vincula a una identidad flexible gracias a la memoria y al conocimiento. El tiempo del consumo y el neoliberalismo fija una concepción muy distinta: el instante, el deseo saciado como imperativo, la mercantilización del usar y tirar.

Este tiempo de la prisa se une a las identidades fuertes porque el dogmatismo es la prisa de las ideas, la inercia de lo blanco o lo negro, de la falta de matices, del titular recortado y tajante a la hora de consumir la realidad, de reducirla a un pensamiento único. La mercantilización del tiempo es lo contrario del tiempo narrativo de la lectura que nos hace herederos de un saber y nos compromete con el futuro de nuestros herederos. Es ese tiempo que une las tres preguntas del famoso cuadro de Paul Gauguin: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?

Conviene tomarse el hecho de la lectura con un poco de filosofía.Rousseau sostuvo en el Emilio que sólo la imaginación moral permite comprender el dolor ajeno. Es la misma idea que esgrime la pedagoga norteamericana Martha C. Nussbaum en sus libros Justicia poética (Bello Editor, 1998) y Sin fines de lucro. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? (Katz, 2010). No duda en defender la importancia de la poesía en los planes de estudio y de vincular los desastres sociales de la ley del más fuerte con la pérdida de valor social sufrida por las humanidades. 

Enseñar es formar. Ante el peligro de acabar utilizando a las personas como objetos de usar y tirar, parece necesario cultivar la imaginación moral suficiente como para ponerse en el lugar del otro, saber que los individuos tienen su propio interior y que merecen respeto en una historia compartida. Sólo la imaginación moral ayuda a entender el dolor ajeno, ayuda a sentir como nuestros los problemas del ser humano.

Estas son algunas de las cuestiones que entran hoy en juego cuando defendemos el mundo de los libros. No hablamos de un simple entretenimiento, de una moda para quedar bien, de un ritual vacío de contenido. Se trata de afirmarnos en un saber indispensable para la conciencia democrática. Han llegado los libros. Pues que pasen.

*Luis García Montero es escritor. El 6 de junio publica 'Un lector llamado Federico García Lorca' (Taurus, 2016). 

lunes, 15 de febrero de 2016

LECTURA. "Leer nos hace más felices". Emma Rodríguez

   En "El País Semanal":

Leer nos hace más felices

Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores y, en general, son menos agresivos y más optimistas, según un estudio reciente de la Universidad de Roma III

Julio Cortázar, buscando lecturas en París.
Julio Cortázar, buscando lecturas en París.

sábado, 6 de febrero de 2016

CÓMIC. "El tebeo, una apología". Daniel Bernabé

   En "lamarea.com":

El tebeo, una apología

“¿Puede el cómic ayudarnos a conocer el mundo en que vivimos de una forma inesperada, tangencial o por asimilación?”, se pregunta el autor
20 enero 2016
El tebeo, una apología
Detalle de una viñeta del cómic 13, Rue del Percebe, de Francisco Ibáñez.
A leer nos enseña la constancia de los padres y la paciencia de las profesoras. Un día -lo recuerdo perfectamente- esos signos gráficos llamados letras, ya conocidos pero aún misteriosos, empiezan a cobrar significado en nuestra mente. El primer paso, el más difícil, el de atribuir una relación entre la abstracción de la grafía y la realidad del sonido, está dado. El resto es echar a andar.
En ese camino, el de la letra a la palabra, el de la palabra a la frase, el de la frase a la página, mucha gente se pierde. Y creo -sin pretender aquí realizar un estudio pormenorizado de los problemas de lectura del país- que leer no pasa de ser para muchos una especie de herramienta necesaria para desenvolverse en una vida llena de palabras escritas, un fin más que un medio.
Yo tuve la suerte de que, además de mis padres y mis profesoras, aprendí a leer con Ibáñez. Y quien dice Ibáñez dice Escobar, o Víctor Mora y Ambrós, o Boixcar. Aprendí a leer con lo que antes se llamaban tebeos. Aprendí que leer, y aquí viene la indicación que por desgracia muchos se pierden en el camino del que antes les hablaba, era algo más que un fin en sí mismo o una herramienta útil, sino un medio que podía proporcionar horas de uno de los placeres más intensos y humanos que conozco.
El tebeo es insustituible como medio de expresión. Reúne la palabra de la literatura, la ilustración del dibujo, el encuadre de la fotografía e, incluso -esto lo sabrán si los han disfrutado-, el dinamismo secuencial del cine. Sin embargo, el cómic no es ninguna de las disciplinas anteriores. Es una unión de factores que da un elemento cualitativamente diferente.
Además posee la virtud de la sencillez. Su nacimiento moderno, asociado a la prensa regular, junto a unas evidentes limitaciones materiales, hicieron que hubiera que comunicar mucho con muy poco. Aunque su evolución posterior ha ido dotándolo de toda la complejidad artística, tanto en dibujo como en guión, que sus autores le han querido dar, sigue conservando unas reglas inherentes. Y entre ellas está la de la economía narrativa, la de poder transmitir una historia contando con que el lector complete los abismos entre viñetas y de esta forma, casi mágica, componga el resultado final en su cabeza.
Quizá la historieta, además de como cura a los males de lectura de una sociedad, también vale para comprenderla mejor.
Por un lado por su contenido, extrañamente cercano a la persona. Sí, ya sé que hacer esta afirmación en el medio que vio nacer el género de superhéroes, quizá uno de los más significativos, parece arriesgada, pero lean unas líneas más allá. Incluso en este caso el monólogo interior y las tribulaciones, por ligeras y planas que puedan resultar, suelen ser más protagónicas que en otras artes consideradas principales. El superhéroe no es más que el remedo de nuestras esperanzas y miedos, sin dejar de ser un individuo contradictorio, dubitativo o incluso atormentado. Además la cotidianidad material está presente en las viñetas con singular destreza. Es fácil, por ejemplo, imaginar una casa de vecinos de la España de los sesenta leyendo 13, Rue del Percebe o la Nueva York de principios de siglo XX en los dibujos de Contrato con Dios. El esquematismo necesario hace, que más allá de la temática realista, el dibujante tenga que seleccionar muy bien, de entre muchos elementos, cuál es el que aparece en la ilustración, o dicho de otro modo, sería interesante hacer un estudio entre los coches más vendidos en Estados Unidos y los modelos que los mutantes de la Marvel destrozan en sus aventuras.
¿Puede también el cómic ayudarnos a conocer el mundo en que vivimos de una forma inesperada, tangencial o por asimilación?
Vivimos una representación de la realidad cada vez más fragmentada, pero escasamente secuencial. Desde unos grandes medios que adolecen de contexto, o parecen empeñados en atomizar la actualidad hasta hacerla incomprensible, hasta unas nuevas formas de comunicación digital cuya característica unificadora es la parcelación del mensaje en píldoras muy digeribles pero totalmente inconexas. Es decir, un horror afilado que secciona cualquier línea argumental y que hace cada vez más difícil que un ciudadano medio obtenga una imagen clara de su lugar y su momento.
Quizá, la elipsis permanente de la que el tebeo es maestro por naturaleza, es decir, la capacidad para fraccionar un mensaje pero mantener su secuencia y de esta forma su globalidad, puede ser la metáfora perfecta, o incluso siendo más ambiciosos, el entrenamiento cerebral óptimo, que exprese justo el camino inverso por donde transcurren nuestras formas de comunicarnos en la actualidad.
Un camino que nos recuerde que la lectura y la palabra son algo más que artefactos convenientes, que nos recuerde que pueden ser el cemento de nuestra memoria, el cauce de nuestras emociones y la maquinaria de nuestra ética.

domingo, 17 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La dignidad de la lectura". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

La dignidad de la lectura

No tiene sentido estigmatizar a quienes defienden las novelas “que te atrapan”


La lectura de un artículo de Luis Goytisolo este verano titulado El canon y la caspa me hizo pensar en dos cuestiones. La primera, que en dicho artículo había expresada una generalización en torno a la literatura de masas que no encajaba (o encajaba mal) con el sustrato del artículo que era, si mucho no me equivoco, hacer una legítima defensa de los progresos estéticos que supuso para la novela española los experimentos formales que se operaron durante los años sesenta y setenta. Nunca, según el autor de Las afueras, suficientemente reconocidas. Evidentemente, con toda justicia poética, de esos progresos formales fue sustancial el mismo Luis Goytisolo, al que creo que nunca nadie en este país osó ignorar. La segunda, su elitista consideración de la literatura de masas, y con ello, sin que a lo mejor el autor se percatara, la estigmatización de los lectores y la lectura en general.
Empecemos por la primera cuestión. Me veo obligado a transcribir el apartado en el que considero que se produce un malentendido. Escribe Goytisolo: “Por otra parte, en los años ochenta, se fue implantando con éxito un nuevo tipo de novela que, debido a su amplia acogida, despertó más respeto que rechazo: la novela de gran público , el best seller, un producto más relacionado con el éxito de ventas que con la calidad literaria”. En los años ochenta se produjeron dos fenómenos simultáneos: se vendían como rosquillas las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y se hicieron varias ediciones con unánime celebración crítica de El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. Y, además, le acompañaban nada más ni nada menos que Antonio Muñoz Molina, Jesús Ferrero, Manuel de Lope, Alejandro Gándara, Luis Landero, Soledad Puértolas, Almudena Grandes, Cristina Fernández Cubas, Adelaida Morales y un largo etcétera. Estos autores gozaron de un gran predicamento crítico y fueron paradigmas de lo que en esa década el editor Enrique Murillo denominó, muy acertadamente, la década de la narratividad, en contraposición a las décadas anteriores, que lo fueron de la experimentación. Con estos datos, mal puede casar la mala prensa de los best seller con los acreditados nombres que he enumerado. Dice también Luis Goytisolo que la principal característica de esa novela española de los ochenta, de la que curiosamente no da ningún nombre, es “que te atrapa”. Recuerdo que leí El invierno en Lisboa y me atrapó. Cuando uno es un lector exigente, para que un autor te “atrape” (es decir, para que no dejes la novela a los dos segundos de empezarla) debe utilizar todo el arsenal retórico a su disposición, toda la tramoya ilusionista con que cuenta la novela como género al servicio de la historia que se cuenta, del horizonte moral al que aspira y, sobre todo, al servicio del lector. Esa tendría que ser siempre su estética y su ética. A lo mejor habría que inaugurar una nueva catalogación novelística: por ejemplo, “Los libros que atrapan”. De la misma manera que me atraparon en su momento las novelas de Graham Greene y me atrapan ahora las de Emmanuel Carrère, también me atraparon las de Javier Cercas. O las de Vargas Llosa, autores innegablemente tan exitosos en el capítulo de las ventas como en los del reconocimiento crítico. (Conocí gente que me dijo que leyó de un tirón A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust y me aseguraron quedar enredados en esa madeja de hilos argumentales, de puntos de vistas, como atrapados en el mismísimo proteico misterio de la vida).
La segunda cuestión a la que aludía El canon y la caspa era la estigmatización del best seller como pernicioso para las sensibilidades sublimes de la literatura. Cuando se plantea esta cuestión, evoco al último pasajero de metro con un libro en la mano que se quedó grabado en mi retina. Lo veo leer apasionadamente un voluminoso best seller, un libro de esos que “atrapan”. Lo veo y me emociona.
Cuando uno lee, sea el que sea nuestro nivel de competencia y exigencia estéticas, lo que está haciendo es aceptar unas reglas que te invitan a entrar en un mundo que no es tu mundo, un mundo paralelo al que vivimos, con aristas emocionales, históricas, sociales y espirituales que no son como los que nosotros vivimos cotidianamente, pero que nos las recuerdan. Ese lector siempre debe merecer nuestro respeto. Porque cuando lee, sea lo que sea, lo que está haciendo esencialmente es ejercitar una dignidad ajena a toda esa rutina desespiritualizada a que el sistema lo aboca.
J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

martes, 12 de enero de 2016

COMPRENSIÓN LECTORA. "Por qué no entendemos lo que leemos"

   En "El País":

Por qué no entendemos lo que leemos

Las lecturas escolares sin guía y la falta de diálogo entre padres e hijos, entre las causas del déficit de comprensión lectora


Quien no domine el lenguaje no será capaz de adaptarse al mercado. / ULY MARTIN

Leer no solo consiste en juntar palabras, ser un buen lector es más difícil de lo que parece. La investigadora de Harvard Paola Uccelli, de 46 años, ha dedicado toda su vida a analizar por qué algunos estudiantes no son capaces de entender los textos técnicos, una destreza de vital importancia para el éxito académico y laboral. Tres parecen ser los factores principales: el desconocimiento de los profesores, que asumen que los alumnos se familiarizan con ese tipo de lenguaje de forma natural y no guían las lecturas; la ausencia de actividades extraescolares, que potencian el aprendizaje de vocabulario no coloquial; y la falta de diálogo entre padres e hijos.
“Se cree que el lenguaje se adquiere hasta los cinco años, pero nuestra investigación ha demostrado que la adolescencia es una etapa clave para asentar estructuras gramaticales complejas”, explica Uccelli. Durante el último lustro ha evaluado, junto a un equipo de seis investigadores de Harvard Graduate School of Education, las destrezas de comprensión lectora y capacidad de expresión de 6.000 estudiantes de 9 a 14 años de Estados Unidos y de 850 de Chile. Una de las principales conclusiones del estudio, que todavía está en marcha, son las “enormes” diferencias individuales entre alumnos de la misma clase.
“Hasta la fecha la mayoría de las investigaciones se habían basado en detectar deficiencias de carácter clínico, patologías que afectan al aprendizaje. Nuestra principal aportación es que hemos analizado las habilidades de los chicos para entender y usar conectores o estructuras gramaticales propias del aula”, señala Uccelli.

Muchos estudiantes no superan de forma espontánea la comprensión de los textos académicos y necesitan lecturas guiadas
¿Por qué es tan importante el lenguaje cuando la demanda de profesionales está cada vez más ligada a las ciencias, la tecnología, las matemáticas y la ingeniería? Los estudiantes de hoy tendrán que adaptarse a las profesiones del futuro que aún no existen, apunta Uccelli, y el aprendizaje autónomo es clave. Quien no domine el lenguaje estará limitado y no será capaz de transformarse y cumplir con las exigencias del mercado, opina.
En España, la comprensión lectora es una de las carencias más señaladas por los expertos. El último informe PISA, la evaluación de la OCDE que mide los conocimientos de los alumnos de 15 años en 65 países, dejó a España en el puesto 31 con 448 puntos. La media se sitúa en 496.
En tercero y cuarto de primaria se empiezan a introducir en las escuelas los textos académicos, piezas que tratan temas que ya no les resultan familiares a los estudiantes y que presentan estructuras más complejas. “Muchos chicos tienen dificultades para superar ese reto, no lo hacen de forma espontánea. Es necesario que los profesores les guíen antes de proceder a la lectura y les avancen con qué se van a encontrar”, asegura Emilio Sanchez, catedrático de Psicología de la Educación en la Universidad de Salamanca y coautor de algunas investigaciones junto a Paola Uccelli.

Los hijos de las familias más humildes son más felices y más independientes. Los de las más pudientes manejan mejor la burocracia 
Tras grabar y analizar las clases de 80 profesores de primaria de centros públicos y privados de diferentes regiones españolas, Sánchez y su equipo concluyeron que en el 60% de los casos los docentes no explican de antemano a sus alumnos el tipo de tema que se va a leer y los elementos que se van a encontrar. “Es esencial que se cuente previamente de qué trata, por ejemplo, del cambio climático, y que hay tres argumentos que explican ese fenómeno, incluso incentivar a los estudiantes a que intenten encontrar el primero, luego el segundo y el tercero, con un orden”, añade el profesor. Ya no vale aquello de “niño, lee”.
Según los resultados de su estudio, en el 40% de los casos los docentes hacen, al menos, una introducción temática. “No estamos juzgando a los profesores, que seguramente no son conscientes de las repercusiones de esa falta de guía. Este país debe fijar qué aspectos de la educación hay que mejorar. En el caso de la compresión lectora, hace falta voluntad política”, destaca.
Uno de los inconvenientes de no procesar bien los textos académicos es la desconexión de los alumnos con las tareas escolares. “No solo se descuelgan, sino que más adelante pueden tener problemas en su acceso a la universidad. Tienen que tener conciencia desde el principio de que los textos tienen diferentes estructuras; deben saber reconocer, por ejemplo, un texto comparativo”, añade.


La investigadora de Harvard Paola Uccelli.
Otro de los factores que, según Paola Uccelli, influyen en la comprensión lectora es la falta de interacción con los padres. No se trata de hablar sobre temas cotidianos como la comida, sino sobre ideas que requieran un lenguaje más preciso. “Por la prisa, las conversaciones en casa se resienten o no tienen lugar. La interacción con adultos es necesaria, los niños se benefician del lenguaje que escuchan”, destaca la investigadora.
En 2012, la estadounidense Shirley Brice Heath, profesora de lingüística de la Universidad de Stanford, publicó un estudio que aseguraba que de los 89 minutos de media que los jóvenes estadounidenses de 14 años pasaban conversando con sus padres en 1979, se había pasado a solo nueve minutos en 2009.
Las actividades extraescolares también afectan en el proceso de adquisición del lenguaje, pero en este punto, juega un papel primordial el nivel socioecónomico de la familia. “No es lo mismo acudir por las tardes a clases de música o de teatro que estar en la calle jugando con otros chicos. El lenguaje se aprende por repetición y se necesita a alguien más experto que guíe la actividad”, precisa Uccelli.
Según una encuesta de Pew Research Center, un think tank sobre tendencias en Estados Unidos con sede en Washington, las familias acomodadas se rigen por calendarios , sus hijos tienen las tardes repletas de actividades extraescolares como ballet o fútbol y los progenitores dedican tiempo a leer con sus niños. En cambio, los niños de las familias con menos recursos, suelen pasar su tiempo libre en casa o en la de otros familiares; disponen de menos tiempo y recursos para dedicar a sus hijos y ello puede conllevar que estén menos preparados para la escuela y el trabajo.
En su libro Unequal Childhood: class, race and family life, la profesora de sociología de la Universidad de Pennsylvania Annette Lareau señala que mientras los padres de clase media intentan que sus hijos desarrollen sus habilidades con una supervisión férrea y con actividades programadas, los de clase obrera les dan mayor independencia y tiempo libre para el juego porque creen que se desarrollarán de forma natural. Mientras los hijos de las familias más humildes son más felices y más independientes, los de las más pudientes esperan que sus padres les solucionen los problemas, pero desarrollan más habilidades para manejar la burocracia y tener éxito académico y laboral. La desigualdad también afecta a la comprensión lectora.

viernes, 5 de junio de 2015

PRENSA. "Los libros curan". Martín Caparrós

   En "El País Semanal":

Los libros curan

La biblioterapia consiste en entrevistar al “paciente”, escuchar sus problemas, sus gustos, sus experiencias lectoras y recomendarle los tres o cuatro títulos que puedan ayudarlo


'Niña leyendo' (1850) de Franz Eybl.

La cifra me cayó por la cabeza y casi me lastima: el mundo produce un nuevo libro –un título nuevo, miles de ejemplares de cada título nuevo– cada 15 segundos. Son más de dos millones de títulos por año; si suponemos una tirada media de 2.000 ejemplares terminan siendo 4.000 millones de volúmenes que inundan todos los años el planeta, árboles cayendo en catarata, una lluvia de libros peor que el peor de los diluvios, un tsunami de libros. Era, por supuesto, más que suficiente para convencerme de no escribir nunca más –y sin embargo–.
Todos caemos en la trampa-libro: el libro es una marca prestigiosa. Aun siendo tantos, aun siendo tan dispares, la categoría libro conserva su reputación: pensamos libro y pensamos en un objeto respetable, portador de los saberes que el mundo necesita. Son taimadas las categorías: pensamos libro y les prestamos a todos el prestigio que merecen unos pocos. Caemos fácil en la tentación de suponer que el primer Quijote y el último MasterChef tienen algo en común –porque los dos manchan un hato de papeles unidos por el lomo–. Y sus fabricantes, faltaba más, aprovechan la confusión: piden condiciones especiales, mejoras impositivas, privilegios que el prestigio del objeto libro supuestamente justifica. Reivindican la importancia cultural de las elucubraciones de Mariló Montero o Paulo Coelho, defienden el peso social del Horticultor autosuficiente o el Manual práctico para hablar con los muertos.
Pero hay libros que te cambian la vida. O, por lo menos, eso dicen los “biblioterapeutas” de la School of Life, una institución que dirige en Londres el filosofador best seller Alain de Botton. “La vida es demasiado corta para leer libros malos”, dice su presentación, “el problema es que, con tantos miles de libros publicados, es difícil saber por dónde empezar”. Ellos quieren guiarte y, para comenzar, te explican las ventajas de los libros. Para mí, que nunca supe por qué leía o escribía, fue una revelación tras otra –o casi–:
–que leer parece una pérdida de tiempo pero en realidad es un enorme ahorro, porque te presenta un arco de hechos y emociones que tardarías años, siglos en vivir;
–que leer es entrar en un simulador de vida que te lleva a testear sin peligro todo tipo de situaciones y decidir qué te conviene más;
–que leer produce la magia de mostrarte cómo ven las cosas los demás y entonces te hace ver las consecuencias que tienen tus acciones y eso te hace, dicen, ser mejor persona;
–que leer te hace sentir menos solo porque te muestra que esas cosas raras que piensas las han pensado otros, que han sabido ponerlas en palabras que te describen aún mejor que lo que tú mismo podrías;
–que leer te prepara para eso que la crueldad del mundo moderno llama “fracasar”, mostrándote la falsedad, la banalidad de eso que este mundo llama “éxito”.
Para eso, dicen, no hay que tratar la lectura como un entretenimiento, un pasatiempo playero, sino como un instrumento para vivir y morir con más sentido y más sabiduría. O sea: una terapia. La biblioterapia, su creación, consiste en entrevistar al “paciente”, escuchar sus problemas, sus gustos, sus experiencias lectoras y recomendarle los tres o cuatro libros que mejor pueden ayudarlo. Cada cita no cuesta más que 110 euros –unos cinco o seis tomos–. No hay, todavía, estudios sobre su eficacia; por ahora se sabe que el invento ya avanzó hasta Francia –y amenaza cruzar el Pirineo–.

miércoles, 27 de mayo de 2015

PRENSA. "¿Recuerdas cuando leíamos de corrido?"

   En "El País":

¿Recuerdas cuando leíamos de corrido?

Los efectos de la exposición a Internet y las pantallas en la lectura profunda despierta preocupación entre los científicos


Una jóven consulta su teléfono móvil. / BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)

Un martes cualquiera, a las ocho y media de la mañana, el andén del metro de Madrid es una colección de hombres y mujeres con la nuca doblada. Miran las pantallas de sus móviles y leen al ritmo que marcan las yemas de sus dedos que suben y bajan. Esta imagen se repite por las calles de España, en las salas de espera del médico, en las colas de los supermercados. Leemos mucho, a todas horas y a trompicones. El cambio en la forma de leer y procesar la información se ha convertido en una creciente fuente de observación y preocupación entre neurocientíficos y psicólogos, que temen que nuestra capacidad de concentración y de leer en profundidad esté mermando.
Los científicos trabajan con la hipótesis de que la forma de leer en Internet, rápida, superficial y saltando de una información a otra junto a la expansión de las redes sociales y de los teléfonos inteligentes, han cambiado no solo nuestra forma de leer, si no también nuestro cerebro. Dicen incluso que el actual es un momento histórico, comparable a la invención de la imprenta o incluso de la escritura, y que ha llegado el momento de retomar el control de nuestros hábitos de lectura.
Investigaciones científicas de todo el mundo apuntan en esa dirección. En Europa, más de un centenar de investigadores suman fuerzas en una plataforma con la que pretenden desentrañar los efectos de la digitalización en los distintos tipos de lecturas. “Es muy plausible que la lectura profunda sea menos compatible con la lectura en las pantallas y que sea más difícil concentrarse porque las redes sociales, los correos, los anuncios web compiten por la atención del lector. Ese es el patrón que emerge de numerosos experimentos”, indica Anne Mangen, del Centro para la Investigación y la Educación Lectora de la Universidad de Stavanger, en Noruega, y presidenta de la plataforma europea E-Read. El proyecto que preside Mangen ilustra la preocupación y el interés por el asunto. “Casi cada día tenemos investigadores que quieren sumarse al proyecto. Hemos tocado nervio”.


Una mujer lee el movil en el tren. /BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Hasta aquí, la sinopsis de este artículo compuesta por tres párrafos introductorios de fácil lectura en Internet, con enlaces que le permitirán saltar a otras páginas. A partir de ahora viene el resto del artículo, mucho más largo y en el que se desarrollarán las afirmaciones arriba expuestas. Es muy probable, sin embargo, que usted no llegue hasta el final, que se distraiga y corra a comprobar los mensajes de su móvil o salte a otra web. No se preocupe, no será el único.
Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad estadounidense de Tufts, es un referente en la materia. “Temo que la lectura digital esté cortocircuitando nuestro cerebro hasta el punto de dificultar la lectura profunda, crítica y analítica”, explica por teléfono Wolf, quien accede a abandonar por unos minutos su encierro californiano, donde trabaja en su próximo libro sobre la lectura. “Nuestra mente es plástica y maleable y es un reflejo de nuestros actos. Las investigaciones nos dicen que ha disminuido mucho nuestra capacidad de concentración. Los jóvenes cambian su atención unas 20 veces a la hora, de un aparato a otro. Cuando se sientan a leer, tienden a reproducir esa lectura interrumpida y en zigzag. Tenemos que ser conscientes de que estamos en medio de un cambio muy profundo”.
Wolf cree que el momento histórico que más se asemeja a la revolución actual fue la transición de los griegos de la cultura oral a una centrada en la escritura. Sócrates, gran defensor de la cultura oral, protestó contra la cultura escrita, porque pensaba que era el único proceso intelectual capaz de probar, analizar e interiorizar conocimientos y de conducir a los jóvenes a la sabiduría y la virtud, explica Wolf. Las ideas escritas, creía, cortocircuitarían este proceso.

La sensación que producen las redes sociales de que siempre tienes que estar disponible para contestar
En 2010, David Nicholas presentó con la University College de Londres un estudio que dio la vuelta al mundo y que puso el foco en lo que llamaron la generación Google y que concluyó que los nativos digitales, nacidos a partir de 1993 eran más incapaces de analizar información compleja y más propensos a leer a toda prisa y de forma más superficial. Desde entonces, los teléfonos inteligentes y las redes sociales han ocupado parcelas y minutos de nuestras mentes antes liberados. El último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) resalta la rápida penetración de los smartphones en España y cifra en 73,3 las conexiones por cada 100 habitantes. “Neurólogos y psicólogos confirman ahora que aquel diagnóstico no ha hecho más que empeorar. Nuestro cerebro ha perdido capacidad de concentración. La gente ya no quiere leer largo y profundo. El cambio es rapidísimo y los teléfonos inteligentes han acelerado este proceso porque hacen además que la gente lea en movimiento, lo que supone una distracción adicional. Las implicaciones para nuestra cultura y nuestra sociedad son inmensas”.
Andrew Dillon, catedrático de Psicología de la Información de la Universidad de Austin, en Texas, es otro de los grandes estudiosos del fenómeno y no alberga dudas de que “asistimos a un cambio en nuestra forma de leer. Durante siglos apenas ha habido cambios. Aprendíamos a leer y a lo largo de nuestra vida íbamos perfeccionando esa habilidad. Ahora todo eso ha cambiado. Vamos saltando de un vínculo a otro. Leemos mucho, pero de una forma muy superficial. Como sociedad, estamos perdiendo la capacidad de formular ideas profundas y complejas. Corremos el riesgo de estar atontándonos, de pensar de manera más simplista y fragmentada. Tenemos que dar a la mente la oportunidad de manejar ideas complicadas”.

Un rato para desconectar cada día

Los expertos como Maryanne Wolf, autora de Cómo aprendemos a leer, recomiendan reservar un tiempo cada día para desconectar de las pantallas y de Internet para recobrar el sosiego y la concentración necesarios para la lectura profunda. Wolf explica que no solo basta con sentarse y coger un libro. Aconseja dejar fuera de la habitación el móvil y la tableta para no sucumbir a la tentación. “Hay que hacer un esfuerzo consciente, porque cada vez nos bombardean con más información. La tecnología que hemos creado es un imán para la lectura superficial”, coincide Andrew Dillon, decano de la Facultad de la Información de la Universidad estadounidense de Austin (Texas).
Mangen, la investigadora noruega, ha realizado tres estudios empíricos en los últimos años para analizar el impacto de las pantallas en la lectura. En uno de ellos, chicos de 15 años leyeron textos de cuatro folios en papel y otros lo hicieron en formato digital. Cuando les examinaron de comprensión lectora, vieron que los que habían leído en papel habían comprendido mucho mejor el texto. En otro de sus experimentos participaron adultos canadienses a los que se les dio un relato muy triste. Los que leyeron en papel mostraron mayor empatía que los que usaron una tableta. Mangen, como otros expertos, advierte de que aún no se pueden extraer conclusiones generales, en parte porque habrá lecturas que se beneficien del uso de las pantallas, pero la profunda probablemente se resentirá.
La misma cautela transmite Ladislao Salmerón, uno de los dos representantes españoles en el proyecto de investigación europeo. Asegura sin embargo, que algunos estudios sugieren que la información digital nos proporciona la sensación de una falsa facilidad para analizar los datos y que el miedo es que esa sensación se traslade al ámbito de la lectura profunda, “uno de los actos más complejos del ser humano”. Salmerón, experto en hipervínculos de la estructura de investigación interdisciplinar de la lectura de la Universidad de Valencia, asegura que es muy difícil establecer una causalidad unívoca entre los hábitos de lectura digital y la concentración o la impaciencia. Ha estudiado el movimiento ocular durante la lectura de estudiantes de 13 y 14 años y ha concluido que los alumnos buenos en papel leen mejor también en digital, siempre que utilicen las estrategias de lectura profunda y no abusen del escaneo.


Dos mujeres utilizan el móvil en el centro de Madrid. / BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Uno de los estudios a los que Salmerón hace referencia es el de R. Ackerman y M. Goldsmith, de la Universidad de Haifa (Israel), que concluye que los alumnos que utilizan la pantalla estudian menos tiempo que los que leen los mismos textos en papel, porque la lectura en pantalla genera la sensación de falso aprendizaje y dejan la tarea antes de tiempo. Otro, de la Universidad de Northwestern (EE UU), estudió a padres que leen a sus hijos con una tableta y otros que les leen un libro en papel. Estos últimos dedican más tiempo a comentar cuestiones relacionadas con la historia y su vocabulario, mientras los primeros comentan más elementos técnicos (cómo encender el aparato, para qué sirven los botones…) durante la lectura. Otro más, de la Universidad de Connecticut, examinó los efectos de la multitarea en los estudiantes y concluyó que los estudiantes que mensajeaban mientras leían un texto demostraban una comprensión lectora mucho peor.
Naomi Baron, lingüista de la American University y autora de Words Onscreen: The Fate of Reading in a Digital World, explica ha realizado experimentos con universitarios de Estados Unidos, Alemania, Japón y Eslovaquia que indican que se concentran más y mejor cuando leen en papel. Cita estudios que hablan de una cierta resurrección de la lectura en papel. “Hace tres o cuatro años, en Estados Unidos y en Reino Unido mucha gente pensó que la lectura digital iba a acabar con la lectura en papel. Los últimos dos años demuestran que la gente sigue comprando libros”. Para Baron, la cuestión no es tanto el soporte, papel o digital, sino más bien las distracciones inherentes a la conexión a Internet y a las redes sociales. “Tengo alumnos para los que la lectura es el tiempo que transcurre hasta el siguiente bip que les anuncia que tiene un mensaje en el móvil, que un amigo ha actualizado su Facebook, o que tiene un wasap. El problema es la sensación que producen las redes sociales de que siempre tienes que estar disponible para contestar. Es muy difícil concentrarse, porque la hiperconexión hace que temas estar perdiéndote algo. Somos socialmente más inseguros y estamos más estresados”.
Insiste además, en que la multitarea, a diferencia de otras actividades no mejora con la práctica. “Si tocas el violín y practicas mucho, acabarás tocando mejor. El problema es que cuando haces varias cosas distintas a la vez –estoy escribiendo y salto a comprar un billete por Internet-, los estudios psicológicos concluyen que no lo haces tan bien como si haces una sola cosa, por mucho que ejercites la multitarea”.


Una joven mira la pantalla de su movil. /BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Los expertos como Wolf, recomiendan un tiempo diario de desconexión. No solo basta con coger un libro. Hay que alejar el móvil y la tableta para no sucumbir a la tentación. “Es importante reservar un tiempo cada día para leer desconectados de Internet. Hay que hacer un esfuerzo consciente, porque cada vez nos bombardean con más información”, aconseja Dillon.
Lector, ¿sigue ahí?
En España, el fenómeno está menos estudiado, en parte, porque la expansión de la vida digital ha sido más tardía que en el mundo anglosajón, explica Antonio Basanta, director de la fundación Germán Sánchez Ruipérez: “En España no hay estudios fiables”. Datos de la Federación de gremio de editores sí indican que se venden menos libros: 153.830.000 ejemplares en 2013 frente a los 228.230.000 de 2010. El último barómetro del CIS indica además, que la mitad de españoles no compró ningún libro en 2014 yque el 35% no lee nunca o casi nunca.
Al contrario que sus colegas anglosajones, Basanta mira al futuro de la lectura con gran optimismo. “La tele y la radio también iban a ser una catástrofe. Nunca se ha leído tanto en el mundo ni ha habido tanta información disponible. Si se maneja bien, puede ser algo extraordinariamente positivo. No se trata de poner puertas al campo, sin no de adiestrar a las personas para que extraigan el máximo rendimiento de los distintos tipos de lecturas, de la unívoca y de la plural. Picotear o leer con profundidad no son acciones antagónicas, son complementarias. Sí, hay una oferta que nos invade, pero lo que tenemos que hacer es tomar de nuevo el timón”. Basanta cree la escuela es el lugar en el que la convivencia de las lecturas debe convertirse en un objetivo prioritario. “El sistema educativo no les enseña esas capacidades”.

Corremos el riesgo de estar atontándonos, de pensar de manera más simplista y fragmentada
Un domingo de mayo, a última hora de la tarde, una quincena de personas se reúne para diseccionar Noticias de un secuestro de Gabriel García Márquez. Forman parte del club de lectura El Ciervo Blanco y la mayoría hace décadas que dejó atrás la escuela. En general, reciben Internet, los ebooks, las tabletas con los brazos abiertos, dicen que les permiten profundizar y acceder a información de una forma inimaginable hasta ahora. No tienen miedo a que su forma de leer se vea afectada por las nuevas tecnologías. “Tengo muchas décadas de libro. No creo que vaya a cambiar mi forma de leer de un día para otro”, piensa Susana Gutiérrez, una abogada de 52 años que hoy participa en la tertulia.
En la otra punta del corrillo literario se sienta Virginia Jiménez, maestra de primaria de 33 años. Su visión difiere bastante de la de sus colegas más veteranos. “Yo lo noto mucho. Ahora me cuesta mucho más concentrarme. A veces leo y tengo que volver a leer lo mismo porque no me entero”. Cuenta que sus alumnos sufren todavía más el cambio. “No se centran y tienen poca capacidad para esperar. Van muy rápido, a lo superficial y no entienden lo que leen, tampoco los que son buenos alumnos. Les preguntas dónde sucede la historia y te responden que la semana pasada”. Este artículo termina aquí. Ya puede pasar a la siguiente tarea.