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martes, 20 de septiembre de 2016

CLIMA. "Colón también descubrió el cambio climático". Jean-Baptiste Fressoz

   En "El País":

Colón también descubrió el cambio climático

El navegante estableció una relación entre los bosques y las lluvias

El árbol santo en 'Peregrinationes' de Théodore de Bry (1593)
El árbol santo en 'Peregrinationes' de Théodore de Bry (1593)
En julio de 1494, durante su segundo viaje, la flota de Cristóbal Colón navegaba entre Cuba y Jamaica bajo la lluvia torrencial del monzón. La expedición corría peligro: las trombas de agua inundaban las bodegas y corrompían las provisiones, y el calor sofocante hacía imposible conservar los alimentos. Durante varios días, el avituallamiento de la tripulación dependió de la ayuda de los indios. En esta situación crítica, Cristóbal Colón hacía la siguiente reflexión: "El cielo, la disposición del aire y del tiempo en estos lugares son los mismos que en los alrededores", es decir, que "cada día aparece una nube cargada de una lluvia que dura una hora, a veces más y a veces menos, hecho que se atribuye a los grandes árboles de este país". La prueba que Colón aporta acerca del vínculo entre la cubierta forestal y las precipitaciones es la siguiente: sabía "por experiencia" que lo mismo había ocurrido con anterioridad "en Canarias, en Madeira y en las Azores", pero que desde que cortaron los árboles "que las atestaban, ya no se generan tantas nubes ni tanta lluvia como antes". Si, en efecto, Cristóbal Colón empezó a preparar el terreno para la teoría del cambio climático de origen humano, surgen dos preguntas: ¿por qué se preocupaba por ello? y ¿de dónde sacó esa idea?
El clima del Caribe reviste una importancia fundamental para Colón porque debe convencer a sus lectores y su patrocinadora (Isabel) de la habitabilidad de los territorios situados en la "zona tórrida" —que se creía inhabitada por el ser humano— de la geografía antigua. A pesar de las colonias portuguesas de África, la habitabilidad de la zona tórrida seguía pareciéndoles problemática a los intelectuales del siglo XV. Y, por esa razón, Colón recogió en su diario de a bordo numerosas observaciones sobre el clima seductor de los lugares que descubrió bajo los trópicos. Por ejemplo, describió la temperatura de Cuba como la de una "noche de mayo en Andalucía". También describió Jamaica en términos superlativos como la isla más hermosa que hasta el momento ha encontrado, con árboles "inmensos y rectos como mástiles de carracas". Pero la experiencia del monzón trastocaba esa imagen de las islas caribeñas como espacios sin igual para las oportunidades coloniales. Y esa fue la razón por la que invocó la posibilidad, incluso la certeza, de un cambio climático. Era necesario que se entendiese que la explotación de la madera —en sí misma muy rentable— liberaría a las islas de los bosques que las "atestaban"; transformaría el clima porque, como nos explicaba Colón, los árboles "generan nubes y lluvia".
Auge azucarero y deforestación


Segunda pregunta: ¿de dónde sacó Colón la idea, aparentemente extraña, de que el bosque "genera" lluvia? La teoría climática del navegante genovés provenía de su experiencia directa del primer "choque ecológico" de la historia. Las islas de Madeira y Porto Santo —inhabitadas por el hombre antes de la llegada de los portugueses en 1419— experimentaron, en pocos decenios, unos cambios medioambientales brutales. Madeira, "la isla de la madera", se convirtió en el primer centro mundial de producción de azúcar. Durante la década de 1450, el capital europeo y los esclavos africanos convergieron en Madeira para convertirla en la primera economía de plantación de la historia. Pero la producción de azúcar consume mucha energía. Hacia 1510 se había talado un tercio de la superficie de la isla. Sin madera para alimentar las refinerías y también a causa del empobrecimiento del suelo, la producción de azúcar se hundió.
Cuando, en la década de 1470, Cristóbal Colón era un comerciante genovés afincado en Lisboa, se benefició del auge azucarero. Además, en 1478, se casó con Felipa Moniz, hija del conquistador de Porto Santo. Por tanto, Colón estaba en buena posición para entender los trastornos medioambientales que traía consigo la colonización. Un relato en particular debió de alimentar la reflexión climática de Colón: tiene que ver con El Hierro. Esa isla canaria simbolizaba los confines del mundo conocido y también era célebre por albergar un árbol prodigioso, que al parecer tenía la propiedad de atraer las nubes y condensar la lluvia.
Leyenda guanche
Según la leyenda, los guanches indígenas conocían una fuente celestial, un árbol prodigioso (el garoé en idioma guanche) que les suministraba agua. El secreto había estado bien guardado hasta que una mujer guanche enamorada de un soldado español se lo reveló a los conquistadores. En realidad, desde la primera expedición normanda de 1402, los cronistas franciscanos que viajaron con ella destacaron la presencia de árboles extraordinarios "de los que siempre gotea un agua hermosa y clara, la mejor que se podía encontrar para beber". Cristóbal Colón, que se avitualló en las Canarias para sus sucesivas expediciones, tenía que conocer necesariamente aquel prodigio tan famoso a finales del siglo XV, y es probable que de ahí dedujese la capacidad de desecación de la deforestación.
La teoría colombina del cambio climático causado por la deforestación parece haber gozado de una aceptación generalizada entre los primeros colonos españoles que llegaron a América. Según escribía desde Santo Domingo en 1548 Fernández de Oviedo, un importante administrador, la mejoría del clima no era una simple esperanza, sino una prueba fehaciente: había llegado al convencimiento de que "estas tierras allanadas [La Española] y habitadas por los cristianos desde 1492 han cambiado mucho y lo hacen cada día más (...), su constitución es más templada y hace menos calor".
En el siglo XVI, los discursos españoles sobre el clima del Nuevo Mundo casi siempre iban ligados a cuestiones de soberanía y de derecho. De hecho, tenían menos que ver con la naturaleza de los lugares conquistados que con la legalidad natural de su conquista. El cambio climático reflejaba y santificaba el paso de una soberanía a otra, la falta de dominio sobre una naturaleza dejada a su aire invalidaba las pretensiones indígenas respecto de la soberanía. El cambio climático era, de hecho, un argumento providencial a favor del reino mundial de Carlos V.
Jean-Baptiste Fressoz es investigador del CNRS. Va a publicar, junto con Fabien Locher, Le climat fragile de la modernité, París, Le Seuil, 2017, de donde se ha extraído este pasaje.
Traducción de News Clips.

martes, 29 de marzo de 2011

PRENSA. "El corazón del otro", artículo de Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":
El corazón del otro

GUSTAVO MARTÍN GARZO 27/03/2011

   También la lluvia, la reciente película de Iciar Bollaín, ha vuelto a recordarnos la brutalidad de la conquista del Nuevo Mundo por parte de la España del siglo XVI. La película hace un atrevido paralelismo entre esa colonización y la no menos sistemática y brutal que los países más poderosos siguen llevando a cabo en tantos lugares del mundo a través de sus negocios e industrias. Uno de los protagonistas de aquella conquista fue Cristóbal Colón. ¿Pero es Colón alguien que solo pertenece a la historia o un modelo aún vigente de la insaciabilidad y soberbia que siempre han caracterizado las relaciones de Occidente con el resto del mundo? ¿Quién era este oscuro navegante, qué esperaba encontrar en aquel viaje? ¿La gloria, el poder, la riqueza, la salvación de su alma, acaso todo a la vez? Entregó su vida entera a una aventura insensata y todavía hoy nos preguntamos la razón. Una aventura que llevó a cabo en las condiciones más penosas, si consideramos que para escoltar a la infanta doña Juana, hija de los Reyes Católicos, en su viaje matrimonial a los Países Bajos, la corona fletó 130 buques con miles de soldados a bordo. Se nos ha dicho que quería encontrar una nueva ruta a las Indias, para evitar a los peligrosos piratas del Mediterráneo, pero ¿de verdad era eso lo que buscaba? Hay quien piensa que era un hombre religioso en cuyos sueños se compendiaban algunas de las grandes aspiraciones del mundo cristiano de la época: "el comercio directo con Oriente, el contacto con los misteriosos reinos cristianos del Preste Juan y el remate al ideal de la Cruzada con la toma definitiva de Jerusalén". Sin embargo, Cristóbal Colón también representa el modelo del hombre moderno, en que se combinan la mentalidad del científico y el naturalista con la del hombre pragmático que sueña enriquecerse. Todorov afirma que pueden darse tres móviles para la conquista. El primero, humano: la riqueza; el segundo, divino: la cristianización de los indígenas; y el tercero, relacionado con el conocimiento y el disfrute del mundo natural.
   Cristóbal Colón fue un hombre situado a caballo entre dos mundos: uno, el moderno, que trata de regirse por la racionalidad y la observación; y el otro, el medieval, lleno aún de mitos y oscuros prejuicios. Esta alternancia de modernidad y tradición podría explicar, al menos en parte, su compleja personalidad. Su despotismo, por ejemplo, no sería tanto el despotismo del que solo busca el poder y la riqueza, sino del que se cree investido de una misión superior y no duda en llevarla a cabo como sea, por pensar que sus cuentas no son con los hombres. Así era Colón, tan capaz de las observaciones más delicadas y conmovedoras, como de cortar las orejas y la nariz a un pobre muchacho al que cogen robando trigo.
   Sus diarios son una prueba de esa personalidad contradictoria. Vemos en ellos a un hombre culto, aficionado a la lectura, dotado de un espíritu crítico y moderno; pero también a alguien que aún no ha abandonado la oscura noche del mito y cuya visión del mundo sigue condicionada por los más extravagantes prejuicios. Así, y junto a precisas descripciones de los lugares que visita, de su fauna y su flora, o de los indígenas que le salen a recibir, habla de personajes tan imposibles como los come-hombres y los hombres-perro, o se pregunta cuándo se producirá ese encuentro que tanto teme con el unicornio, del que ha oído hablar en el libro de viajes de Marco Polo. O dicho de otra forma, su travesía no tiene lugar solo por una geografía real sino también por una geografía soñada, y de hecho, al menos en dos ocasiones, cree haber encontrado el paraíso terrenal. Era un viaje real y simbólico a la vez.
   De hecho, cuando los Reyes le reciben en Barcelona, a su regreso de su primera travesía, no lo hacen solo como si fuera un viajero ilustre, alguien portador de noticias acerca de nuevos mercados o países remotos con los que mantener relaciones provechosas, sino también como si viniera del mundo del mito. El hermoso relato que hace Björn Landström no puede ser más ilustrativo. La ciudad se engalana como para una fiesta, y cuando entra en el salón real los soberanos se levantan para recibirle, como habrían hecho con un igual. Acompañan a Colón las criaturas y productos de aquel mundo remoto. Varios indios casi desnudos, jaulas con cacatúas, pequeños perros que no podían ladrar. Arcas con algodón, áloe, especias y pieles de grandes iguanas. "Y grandes cestos llenos de oro: coronas de oro, grandes máscaras decoradas con oro, ornamentos de oro batido, pepitas de oro, polvo de oro". Colón iba presentando estos bienes a los soberanos, al tiempo que les hacía el relato de sus aventuras. Les habló de los caribes devoradores de carne humana y de las sirenas frente a Monte Christi, aunque aseguró que no había visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían existentes en las islas al fin de la Tierra. Toda una representación, que Colón lleva a cabo como el más avezado de los escenógrafos, presentando su descubrimiento del Nuevo Mundo como el fin de la época de escasez.
   Una cosa bien distinta era lo que había dejado atrás: tormentas, enfermedades, traiciones, la llegada a unas tierras extrañas y hostiles, donde nada era lo que había esperado encontrar.
   Y aun así, repite ese mismo viaje hasta cuatro veces, sin que en ninguna de ellas le vaya mejor que en las precedentes. Esta repetida frustración y las numerosas penalidades que tuvo que sufrir le volvieron un gobernante altivo e implacable, que incluso tuvo que regresar a España para responder a las numerosas denuncias que se hicieron en su contra, tal como relatan las historiadoras Consuelo Varela e Isabel Aguirre. "Aplicaba la justicia sin juicios, no distribuía víveres entre los colonos y no permitía que se bautizara a los indígenas para poder utilizarlos como esclavos". Puede que esos excesos tuvieran que ver con el fracaso de sus sueños, y con su incapacidad para aceptar sus errores.
   De hecho, la historia de Colón no es sino una sucesión de equivocaciones. No había estado a las puertas de los reinos del Gran Khan, ni las tierras que había encontrado tenían nada que ver con el paraíso del que habla la Biblia. Tampoco había oro, al menos en las proporciones que esperaba, ni sirenas u otras criaturas fantásticas. Solo avidez, traición, enfermedades y muerte, la historia eterna de los hombres. Se equivocó en casi todo lo que hizo, especialmente en su trato con los pobladores nativos de las tierras descubiertas, a los que nunca hizo el menor esfuerzo por entender. Solo le importaba lo que veía, o lo que creía estar viendo: no lo que los demás podían ver u observar, ni siquiera sus otros compañeros de expedición. Se sentía superior a ellos, sobre todo a los indígenas, a los que siempre consideró poco más que animales.
   Ese fue su mayor fracaso, y tal vez lo que más le acerca a nosotros, si consideramos el papel que seguimos cumpliendo con tantos pueblos. El Nuevo Mundo estaba en el corazón de los otros, y él, uno de los más grandes navegantes que ha existido, pasó a su lado sin apenas detenerse a mirarlo. ¿Sigue representado a esta Europa exhausta pero insaciable que somos?
                                                  Gustavo Martín Garzo es escritor.