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miércoles, 6 de enero de 2016

LITERATURA. Sobre el escritor Emmanuel Carrère

   En "jotdown.es":

El hombre sin sombra

Publicado por 
LA MOUSTACHE, director Emmanuel Carrere on set, 2005, (c) Pathe Films/courtesy Everett Collection
Emmanuel Carrère, 2005. Fotografía: Cordon Press.
Decía el escritor Tom Spambauer que para saberlo todo de alguien bastaba con mirar la forma de su sombra a la luz de la luna.
Más allá de los —bellísimos— arrebatos poéticos de Spambauer, es fácil imaginar que la sombra del francés`Emmanuel Carrère debe tener forma de interrogante, o de jeroglífico. Seguramente ni siquiera esté pegada a su cuerpo, como si intentara abandonar a su propietario, segura de que va a meterle en problemas.
Carrère es uno de los valores literarios más seguros del mundo, un tipo en constante ebullición que escoge los sujetos de sus libros sin ningún ánimo coyuntural. De hecho, su primera obra popular, El adversario, sonó como si una orquesta entrara a todo trapo en el concierto de un cantautor: el libro sobre un asesino que en 1993 liquidó a toda su familia, no parecía a priori un firme candidato al trono en un país donde Houllebecq y Echenoz parecen llevarse todos los parabienes. Sin embargo, este señor de ojos pequeños que un día soñó con ser arponero, no necesitaba ni doscientas páginas para meterle a uno en la cabeza del demonio. La historia de Jean Claude-Romand, un hombre que durante quince años fingió ser médico cuando en realidad vagaba por los bosques o se echaba una siesta en las áreas de servicio, terminó como solo puede terminar una mentira que se perpetúa en el tiempo hasta invadirlo todo: con tragedia. Carrère, como Harry Mulisch en Sigfrido, lograba capturar la esencia del mal, ese momento en que la línea roja se muestra seductora, como si hacer lo peor no solo fuera la única opción sino que resultara insoportablemente atractiva.
El adversario fue solo la salva de aviso, el índice que te golpea rítmicamente la espalda para avisarte de que estás en medio de la autopista, a punto de ser atropellado. Carrère se convirtió en una celebridad, pero el francés no tenía veinte años, ni el ego sin domar, había nacido en 1957, escrito su primer libro en 1983 y sufrido la indiferencia del mundillo literario (excepto el francés, que ya le había vitoreado) hasta 1999, cuando publicó el relato del infierno desatado por Roman. Cierto es que en 1986 El bigote, una suerte de cuento con hombreras de Borges, sobre un tipo que decidía afeitarse su bigote y se encontraba de golpe y porrazo con que nadie le reconocía, ya dejó a unas cuantas almas oyendo sirenas, pero sin trascender más allá de los circuitos de culto.
Su extremada habilidad con la prosa y —especialmente— su capacidad para profundizar sin caer en los bucles filosóficos que acaban resultado anestésicos para el lector, le dieron al francés el empujón que necesitaba en pos de un proyecto endemoniadamente personal: todos los libros de Carrère hablan de Carrère. Probablemente, los seguidores del parisino sabrán tanto de él como muchos de sus amigos, porque el escritor exhibe su desnudez (sincera y madura, y sobre todo auténtica) en cada una de las páginas de sus obras. El autor combina, con una delicadeza que desarma a cualquier escéptico, esas dos columnas vertebrales que conviven en él: la parte de la tormenta, constante y brutal, que recorre el pasado del escritor (si también lo hace en el presente solo lo sabremos en el futuro, leyéndole) y que incluye una gran depresión y la certeza de que el pozo es su segunda residencia; la otra parte, la que ocupa ese personaje, agudo y observador, que posee la capacidad de avistar una historia antes de que esta asome la cabeza.
Así llegaron Limonov, otra de esas fábulas que resultarían imposibles de creer sino fuera porque son absolutamente ciertas, sobre un delirante ruso que parece diseñado para vivir en un circo de tres pistas y De vidas ajenas, una preciosa reflexión sobre la oscuridad, la que llega con las aguas de un tsunami que desmonta Tailandia o la que sorprende a un juez en su despacho, minándole lentamente, tomando la forma del cáncer. Con el propio Carrère como centro y puntal del relato, el lector se tambalea al ritmo de un libro anclado sobre la apabullante fragilidad del ser humano, frente a dos naturalezas: la que nos rodea y la que nos acompaña.
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Fotografía: Clemcal (CC)
Hay, además, un elemento muy importante que sitúa a Carrère en la órbita de pensadores como Elliot Weinberger o David Reiff, que consideran la erudición un instrumento y no un fin. Igual que el báculo que se utiliza cuando a uno le fallan las fuerzas, el escritor usa los clásicos cuando es consciente de que lo que desea relatar ya se ha dicho, con más destreza de la que él cree poseer. Por eso cada referencia apuntala el trabajo en lugar de despertar las dudas sobre el ego del autor y por el mismo motivo no hay torre(s) de Babel en los libros del de París. Sorprende también esa voluntad casi feroz de mirarse con lupa, como si el reconocimiento de sus debilidades fuera una condición sine qua non para seguir escribiendo sobre sí mismo. Sabido es que todos tenemos tendencia a concedernos una buena dosis de diplomacia (por no decir generosidad) cuando se trata de escrutarnos las vergüenzas, a Carrère no le tiembla la mano para recordarnos que siente miedo por su familia a diario, y que él mismo ha sido víctima de su fragilidad, apuntando —incluso— que cuando pensó en suicidarse estuvo comprobando la resistencia de las vigas de su casa y la medida de la soga o que escribió tres cartas para sus padres, sus hijos y su mujer y borró archivos que no quería que leyeran después de muerto. Esa sinceridad a bocajarro que podría convertirse en un arma arrojadiza resulta tan íntima en Carrère que es imposible no sentir que en cada una de sus páginas el francés se abre en canal y que no lo hace por exhibicionismo sino por una convicción pura de que solo así, con esa libertad (que toma y que reclama), puede escribir lo que desea. Carrère no solo se ve la viga en el ojo sino que le importa bien poco la paja en las retinas de sus semejantes.
Su último trabajo, El Reino, es otra demostración del talento, el arrojo y la habilidad del francés. En esta obra, inmensa, explica su propia odisea personal, la que le llevó a abrazar el catolicismo practicante después de una depresión que le sumió en la tristeza más absoluta y de la que planeó —confiesa— no salir. Ese camino, en el que Carrère toma como modelo al converso más célebre de todos los tiempos, Pablo de Tarso, le sirve al autor para hacer una radiografía de la religión. Una radiografía sin acritud, sin prejuicios, llena de matices emocionales adquiridos durante su propia experiencia («rezaba cada día y obligaba a mi familia a rezar conmigo. Algo que ellos se encargarían de seguir recordándome años después» dice) en el que se pregunta en voz alta por los mecanismos que nos llevan hasta los bancos de una iglesia a pedir de rodillas piedad al Dios que —nos han dicho— allí se aloja. Esos engranajes mentales que nos hacen reírnos del que reivindica al unicornio y respetar a los que adoran a una divinidad nacida de una mujer virgen, crucificada y resucitada, son para Carrère indicadores de la complejidad que se esconde tras el velo religioso. Una complejidad casi marciana, ancestral, transmitida en el ADN de la vieja Europa, que el parisino examina con una mezcla de calidez, complicidad y escepticismo. Imposible para muchísimos escritores; viable para Carrère.
Al escritor le queda además sitio para hablar de la canguro de sus hijos, de los orígenes apócrifos del cristianismo, del porno y de la resurrección (o no) de Jesús de Nazaret. Es tanta la ambición que por momentos el lector llega a sentir algo parecido al pánico escénico, pero el funambulismo de Carrère (esa disparatada brillantez formal) es capaz de transitar sin tambalearse por sujetos aparentemente incompatibles, con esa expresión de calma, del que ya se ha caído demasiadas veces y sabe que el suelo no es el final.
Es difícil definir qué pasa después de un libro del francés, más allá de la agobiante sensación de que falta demasiado para llevarse a las manos su siguiente trabajo. Su sabiduría, su cercanía (sin saber si es parte de su estilo o una forma de acercarse al lector) y su originalidad le hacen imprescindible en un mundo empeñado en lanzar etiquetas a diestro y siniestro y que sufre contracturas cada vez que este parisino con modos de sátiro se lanza a una nueva misión. Carrère es la versión literaria del kamikaze japonés, obcecado e implacable: el hombre que nunca huye, que no da marcha atrás y que no se rinde. Un tipo que ahuyentaría a su propia sombra.

jueves, 8 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. Enmanuel Carrère y su novela "El Reino"

   En "El Día de Córdoba":

Una historia alucinante

Partiendo de su breve experiencia como creyente, Emmanuel Carrère recrea los orígenes del cristianismo para destacar la radicalidad de su mensaje y lo inverosímil de su triunfo.
IGNACIO F. GARMENDIA | ACTUALIZADO 05.10.2015 
zoom
El escritor francés Emmanuel Carrère (París, 1957)

EL REINO. Emmanuel Carrère. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 páginas. 24,90 euros.

Estamos habituados a que los autores o los editores hagan pasar por novelas -el uso de la etiqueta parece que ayuda o al menos no asusta tanto como la indefinición genérica- libros que sólo forzando mucho el término podrían pasar por tales, pero quienes como Emmanuel Carrère han apostado por dejar de lado la ficción literaria no tienen inconveniente en decir que lo que ellos proponen es otra cosa. Sin abandonar el trasfondo real que ha nutrido su narrativa desde El adversario (2000) hasta Limónov (2011), el escritor parisino plantea en El Reino un híbrido entre el ensayo y la narración que contiene asimismo, del mismo modo que sus entregas anteriores, retazos de autoficción o de autobiografía. Su tema, vinculado por Carrère al episodio de su fugaz conversión y posterior distancia de la fe, es nada menos que el origen del cristianismo en las décadas posteriores a la muerte -y resurrección- de Jesús de Nazaret, cuando los todavía escasos discípulos del Maestro aún no tenían un nombre para definir el nuevo credo ni se habían separado del todo de la religión del Antiguo Testamento.

La primera parte de El Reino nos muestra al escritor, pasada la treintena, en un momento de crisis, creativa, de pareja y en última instancia existencial, del que sale, al menos temporal o aparentemente, cuando se siente -él mismo lo entrecomilla- "tocado por la gracia". Durante casi tres años, a comienzos de los noventa, Carrère se convierte en un practicante estricto de misa diaria, lee y comenta el Evangelio de San Juan y al mismo tiempo asiste a sesiones regulares de psicoanálisis. Además de su mujer, con la que decide casarse por la Iglesia, dos personajes secundarios e igualmente excéntricos, caracterizados pese a las diferencias por la misma vena mística, destacan en esta primera parte, que se ofrece como una memoria de aquel tiempo que el narrador había casi olvidado: la madrina Jacqueline, una viuda, católica ferviente, que antaño tuteló a la madre de Carrère cuando esta perdió a sus padres y ejerce sobre el hijo un influjo especial, también a la hora de prevenirlo de las vacilaciones que suceden a la iluminación primera, y una medio vagabunda a la que contrata para cuidar de los niños, que conoció a Philip K. Dick -autor del que Carrère escribirá por entonces una biografía, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos(1993)- y vive instalada en el desvarío. Al final de esta etapa finalmente infructuosa, anota el diarista: "Te abandono, Señor. Tú no me abandones".

Toda esta parte funciona como extenso preámbulo al relato propiamente dicho, contado por un agnóstico -"No, no creo que Jesús haya resucitado. No creo que un hombre haya vuelto de entre los muertos. Pero que alguien lo crea, y haberlo creído yo mismo, me intriga, me fascina, me perturba, me trastorna"- que se acerca a la época fundacional del cristianismo para narrar, como él mismo dice refiriéndose a los en otro tiempo escandalosos libros de Renan, una historia alucinante, "el modo en que una pequeña secta judía, fundada por unos pescadores analfabetos, unida por una creencia absurda por la cual ninguna persona razonable hubiera dado un sestercio", ha perdurado "contra toda verosimilitud". Carrère no pretende saber más que los historiadores, tampoco demasiados, a los que cita, sino recontar lo que puede rastrearse a partir de fuentes muy cercanas a esa primera época, en particular el Evangelio de San Lucas, los Hechos de los Apóstoles -atribuidos al mismo autor- y las Epístolas de San Pablo. Lucas, el médico macedonio, y su maestro Pablo, antiguo perseguidor devenido en converso, son de hecho los protagonistas de El Reino, severo y dogmático el segundo, principal responsable de la apertura a los gentiles, y más moderado el primero, que lo acompañó en sus continuos viajes a las primitivas comunidades cuando estas se debatían entre la obediencia a la Ley mosaica y el nuevo camino de la Vía. Ninguno de los dos conoció a Jesús, pero ambos contribuyeron de manera decisiva a transformar la oscura figura de un rebelde despreciado por su propio pueblo y ejecutado de modo infamante, en una luminaria universal cuyo mensaje, verdaderamente revolucionario, ha marcado la historia del mundo.

A medio camino entre el reportaje y la quest, desde una perspectiva respetuosa y a la vez distante, en todo caso nada académica, sino por momentos bastante desenfadada, la heterodoxa reconstrucción de Carrère -que interrumpe en ocasiones el relato para dejar constancia de sus dudas o de los pasajes que se ve obligado a imaginar, pero también, por ejemplo, para dar noticia de sus conversaciones con el amigo Hervé, compañero de viajes, o de sus preferencias en materia de pornografía- no teme los paralelismos anacrónicos y recurre más de una vez a la comparación entre los pleitos de los galileos, aún no desvinculados de la religión madre, y las desavenencias de los líderes bolcheviques -Pablo y Santiago, guardián de las esencias judías, como Trotski y Stalin- o el modo en que se disputan los adeptos los maestros del yoga. A decir verdad, El Reino es un artefacto de lo más extravagante que sin embargo funciona, gracias sobre todo a la fuerza de la historia -pero también a la honradez del narrador- y a la frescura y la inmediatez con la que se nos cuenta. En cierto sentido, dice Carrère, la radicalidad y el componente transgresor del cristianismo no han sido superados. Tal vez radique en ello, más que en la fortaleza de la Iglesia, el secreto de su pervivencia.

domingo, 2 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor Emmanuel Carrère

   En "El País Semanal":

“Me cuesta acabar los libros”

De niño, Emmanuel Carrère quiso ser arponero de ballenas, pero al final se dedicó a escribir

Hoy es uno de los narradores más relevantes de Francia

Sus obras son como los relatos de un gran reportero. Novelas de no ficción que dan forma literaria a lo que ocurre a su alrededor, aventuras documentadas con el fin de ser claro para que el lector no especializado lo entienda

Con su acercamiento a la realidad asaltada como en las ficciones, Emmanuel Carrère se ha convertido en uno de los escritores fundamentales de la Francia contemporánea. Entre la biografía, el reporterismo, la autoficción, ha desarrollado un estilo propio, que ha dejado un buen puñado de libros magistrales, hondos, emocionantes, paradójicos. Es el caso de su fascinante biografía de Philip K. DickYo estoy vivo, vosotros estáis muertos (Minotauro); su gran éxito El adversario, la historia de un supuesto médico de la OMS que no era tal y que, al descubrirse el engaño, asesinó a toda su familia; De vidas ajenas, o el año pasado el gran Limonov (estos tres últimos, en Anagrama), una historia de la Rusia de los últimos 70 años a través del símbolo de un personaje excesivo, poeta maldito, combatiente con los malos en los Balcanes y líder de un partido antisistema, entre punk y nostálgico, por el que se ha convertido en todo un referente de la contracultura en su país. Su óptica desprejuiciada y curiosa, su estilo cristalino, mordaz, directo, le convierte en un grande de las letras europeas que hizo recientemente escala en el Hay Festival Cartagena (Colombia).
Viniendo hacia aquí, por las calles de Cartagena de Indias, me topé con la Alianza Francesa. Participa usted en un encuentro de inspiración británica y el territorio que pisamos tiene fuerte influencia española. ¿Ejercemos desde Europa la guerra colonial por otros medios? En lo que respecta a los franceses, estamos en situación de inferioridad. No nos encontramos en posición de ejercer mucha influencia frente a la preponderancia de la lengua inglesa. Y aquí, menos, por lo español. Somos minoría.
Pero creativamente con buena salud. ¿De verdad lo cree?
No solo lo creo, sino que se lo puedo demostrar. En los últimos años, a principios de siglo, no solo se muestran en racha, sino arriesgados. Usted, Michel Houellebecq, Jean Echenoz, nuevos valores como Laurent Binet, están encontrando nuevos caminos narrativos. Me alegro de oírlo porque generalmente a los franceses nos invade un sentimiento de complejo de inferioridad.
Ya, son ustedes llorones. ¿No lo piensa? Ahora que lo dice, veo que tiene razón.
Comparemos. ¿Cuánto tiempo hace que no le sorprende una novela anglosajona? Me impresionó mucho Canadá, de Richard Ford. No es que sea revolucionario, pero sí una gran novela. Ahora tampoco veo que nosotros los franceses innovemos tanto.

A los franceses nos invade un sentimiento de complejo de inferioridad"
¿En términos de riesgo? Bueno, quizá sí algo más. Sí, es cierto. Me alegro de estar de acuerdo con usted, pero es que pesa tanto esa sensación de que no somos nada. Tampoco es que me importe.
¿No le cabrea? Honestamente, no me lo planteo a menudo, pero ahora que me lo dice, voy a empezar a pensar en ello, de verdad.
Así que le hemos hecho feliz. Pues sí.
Usted, exactamente, ¿cómo define lo que hace? Libros, historias. Evito calificarlo como novela. Ese género lleva el peso de la ficción y lo que yo hago no es ficción puramente, aunque estén escritas como tales, con sus trucos, pero sin inventiva. No es que el material en mis libros sea la vida y en la ficción no, porque también se llenan de vida. Escribí ficción, pero lo dejé, y ahora no lo hago. Tampoco he llegado a este punto después de una reflexión teórica, no es que crea que la novela ha muerto. Las leo, me encantan, pero no me interesa abordar ese género. Ni quiero, ni puedo. Lo que me interesa en este momento se mueve fuera de la ficción. Tampoco me da mucho por la autoficción o lo autobiográfico.

Si Limonov, el protagonista de mi libro, gobernara, a usted y a mí nos enviaría al Gulag"
Bueno, esparce su vida en sus libros, con nombre y apellido. Sí, lo distribuyo, pero es porque se va apareciendo naturalmente en el trabajo, cuando se combinan las cosas que me interesan en la vida con lo que estoy tratando. Pero, insisto, sin artificios.
Lo que usted tiene es instinto para saber qué historias pueden interesar a amplios públicos sin que ‘a priori’ puedan resultar atractivas. Por ejemplo, a quién se le podría ocurrir que Limonov fuera un tipo interesante. Sí, en eso estoy de acuerdo.
O simpático, después de mostrarse un ultranacionalista ruso, belicoso, combatiente en los Balcanes con Arkan, menudo angelito. Sabía que a quien se pusiera a leerlo le acabaría por atraer, pero no tenía idea de que le iba a seducir a tanta gente. Más leer un libro sobre un ruso que de entrada no te podía caer bien.
Pero ¿se trata de un libro sobre un ruso o sobre Rusia? Sobre Rusia, esa era mi intención. Un país al que he viajado a lo largo de los últimos 15 años, dedicándole largas temporadas, conociendo a mucha gente, haciendo documentales. Quería escribir algo sobre el país, pero no sabía exactamente qué ni cómo.
¿Y encontró un símbolo? No diría tanto, pero sí un personaje que me permitía contar multitud de cosas acerca de la historia reciente. Mezclé dos esferas. Nunca lo había hecho: la historia y la aventura.
¿Una posmoderna novela de aventuras? Bueno, más o menos. O clásica, con trama, con mucha acción. Estaba obsesionado con incluir ambas cosas, me estimulaba y pensé que si aquello me removía tanto a mí, también les pasaría a los lectores.
Pero existía un problema. ¿Algunas veces sintió ganas de estrangularlo? Bueno, mis sentimientos hacia él iban cambiando.
¿Y ahora? Lo mismo. Había escrito una historia larga en una revista sobre Limonov. Entre los círculos de demócratas que entrevisté, todos me hablaban con gran respeto sobre él. Me sorprendió porque yo tenía la idea de que era un fascista. Así que me intrigó. Después de pasar dos semanas con él casi todos los días, no tenía claro qué pensar. Me encontraba más confundido si cabe, pero decidí comenzar el libro precisamente porque no sabía si iba a ser más incómodo que emocionante. Y cuando terminé el libro seguía igual.
Le entiendo. Lo aprecio, lo respeto, pero es que viene a ser mi auténtico antagonista. Y me alegro de que afortunadamente no tenga posibilidad de alcanzar nunca el poder.

Escribir 'El adversario' fue una experiencia terrible que no repetiría"
Esperemos. Es que si así fuera, a usted y a mí nos enviaría al Gulag, pero, por otra parte, le respeto, porque tiene valor, ha pagado las consecuencias de sus actos. Quise llegar a una conclusión, a una síntesis, en el libro. Después de todo, quería saber si es un buen tipo o no.
Bueno, al final lo compara con Putin. Creo que eso es lo que más le disgusta del libro.
Él puede considerarlo un insulto, pero lleva usted razón. Hay una diferencia. Putin es un hombre de poder, y Limonov, un rebelde.
Pero ambos añoran la idea de la gran Rusia. Sí, ambos son nacionalistas, desprecian la democracia.
Sienten nostalgia del estalinismo… Buenas piezas. Sí, y aun así tengo la impresión de que lo lee gente de sensibilidades opuestas a eso, más como yo que como ellos. Demócratas, defensores de los derechos humanos, del Estado de bienestar, pero se interesan en un tío que cree que nuestros principios básicos son una mierda.
Que se basan en la hipocresía. Nos ve como hipócritas, lo equipara al colonialismo católico en la edad moderna, pero ¿sabe qué?, que no deja de llevar razón en algún aspecto, aunque no nos guste. El hecho de tratar de acercarnos desde nuestra perspectiva a sus posiciones es lo que hacía el reto muy interesante. Me mandó un correo hace unos meses en el que trataba de provocarme contándome que estaba preparando un ensayo sobre los que para él eran los grandes líderes de la época contemporánea: Pol Pot, Gadafi, Sadam Husein, Osama bin Laden… Hombre, trataba de quedarse conmigo, pero, por otro lado, lo decía en serio. Disfruta con esas cosas.

No creo que en Francia corra peligro el respeto a la privacidad de los políticos con el asunto de Hollande"
Así que siguen llevándose más o menos bien. Ah, sí, claro, él está encantado con el libro, le caigo bien y está bastante agradecido. Me comentó que jamás diría lo que piensa sobre ello, pero está contento. Dice que soy el típico burgués intelectual que desprecia, pero es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que una historia sobre él firmada por un escritor acólito, a nadie le interesaría.
Desde luego. En Limonov acertó de lleno; en su perfil de Philip K. Dick, también, aunque en principio despiste. Bueno, con Limonov corría un riesgo, tuve en cierta manera que inventármelo, pero el otro personaje ya contaba con dos biografías, tenía su prestigio y seguidores. Pero en mis elecciones no solo cuenta que yo crea que le va a gustar al público, influye que me quiera apetecer pasar dos años de mi vida siguiendo sus rastros. Necesito que me sean ajenos, pero cercanos; tiene que existir un eco mío que resuene en ellos.
Sin embargo, ante Jean-Claude Romand, en cuya historia se basa su libro ‘El adversario’, lo que tuvo que sentir fue terror.Sí, desde luego, mucho, mucho miedo y psicológicamente fue muy duro. Me llevó siete años decidirme a escribirlo, fue una experiencia terrible que no repetiría. En esa historia del hombre que oculta su vida y cuando los suyos se enteran de la realidad los asesina, palpita la muerte por todas partes. En Limonov, pese a sus bajadas a los infiernos, se sobrepone una energía vital.
Lo adoras y lo detestas. Efectivamente, pero lo de Romand era muy desagradable.
¿Le pudo el morbo? Me lo pregunté muchas veces.


Una imagen de Carrère de 1993.
Tiene que haber sido así. Desde luego. En ese proceso en que dudaba si escribirlo o no, me sentía muy avergonzado. Avergonzado por el hecho de que me fascinara, y lo que me tranquilizó fue comprobar que interesaba a tanta gente y que aquello de lo que no me sentía muy orgulloso de experimentar era algo corriente que compartimos mucha gente. No solo trata de una persona que asesina a los suyos. Es la historia de alguien que pasa años mintiéndole a todo el mundo de una forma tan absurda que no puede enfrentarse al hecho de su propia verdad. Nos ocurre a muchos, a veces aunque no en esa dimensión, ni todo el tiempo. Cuando lo descubrí, me liberé.
¿Cómo fue su relación con Romand? Le escribí una carta meses después del asesinato y no me contestó. Me olvidé y me puse con una novela de ficción. Se titulaba Una semana en la nieve. Tuvo su éxito y fue publicada dos años después. Fue entonces cuando él me contestó. Me dijo que había leído esa novela, que le había gustado y que la historia le recordaba a su niñez. Que si seguía interesado, no había problema. Me sorprendió, no me lo esperaba. Le vi tres o cuatro veces, no mucho.
Cuando salió el libro, ¿qué le dijo? Se lo mandé para que lo leyera antes de imprimirlo con la condición de que no podía cambiar nada. Fui a la cárcel a verle unas semanas después. Esperaba alguna reacción suya, pero no ocurrió nada. Se mostró…
¿Frío? Educado… Elogió mucho lo escrito, aunque se mostró en desacuerdo en algunas cosas, pero le pareció honesto. Y después, nada. Eso duró 15 minutos, las dos horas siguientes –cuando vas a visitar a alguien a prisión te quedas todo el tiempo– las dedicamos a tratar cosas banales: programas de televisión, esos temas. Muy raro.
¿Qué aprendió de aquello? Lo que le comenté sobre el género humano, y quien lo niegue es estúpido.

También guionista

(París, 1957). El éxito internacional le llegó con El adversario, llevada a la gran pantalla como ya había ocurrido con Una semana en la nieve, que le valió el Premio Fémina y el Premio Especial del Jurado en Cannes en 1998 en su adaptación cinematográfica. Le siguieron Vidas ajenas y Limonov, un acercamiento a su obsesión rusa, inspirada desde muy joven por su madre, Hélène Carrère d’Encausse, reconocida sovietóloga. Ha oscilado como un péndulo entre la narrativa y el cine, como guionista y realizador. Mordaz y directo, Carrère ha tenido un brillante recorrido literario desde que debutó con L’amie du jaguar en 1983. Sus biografías sobre Werner Herzog o Philiph K. Dick revitalizaron el género.
O miente, lo prueba el éxito que tuvo. ¿Le sorprendió?Honestamente, no. Lo que me dio fue confianza y seguridad de que al escribir sobre algo tienes que sentir a priori eso, algo de reparo. Eso te identificará con tus lectores.
Lo que le une a esos personajes que busca es su espíritu contradictorio. En ‘Limonov’ cuenta usted cómo en su juventud era un buen chico de derechas y ahora se ha vuelto todo un socialdemócrata. El viaje suele hacerse al revés. Al menos en España. ¿De verdad lo cree?
Sí, hay un dicho que lo resume: “A los 20, incendiario; pero a partir de los 40, bombero”. Me dan mucho miedo esas definiciones de izquierda y derecha. Más después de mi inmersión en Rusia. Cuando eres un nostálgico del estalinismo, ¿qué te consideras? ¿De derechas o de izquierdas? Bueno, yo creía que el derechismo –no era un facha, ni mucho menos– me hacía más dandi. Lo contrario a lo que pensaba la mayoría de la gente de mi edad. Ahora no es que me considere de izquierdas. Un socialdemócrata no radical de esos a los que Limonov pegaría: soy un demócrata, creo en nuestro sistema con sus imperfecciones, pero encuentro muchas dificultades para decidir a quién votar.
Usted es todo un ‘bobo’, como dicen en Francia: un ‘bourgeois bohemian’, que es lo que en España llamaríamos ‘pijo progre’.Bueno, están por todas partes, una clase que se extendió por los barrios periféricos acomodados, que viven allí, votan a Hollande…
Aunque no tengan tanta vida exaltada en términos amorosos. ¿Y usted? Noooo. Pero, bueno, lo mejor que puedes hacer en la vida es ser consciente del cliché al que perteneces en vez de evitarlo. Mi vida es la de un típico bobo, sí, pero me siento a gusto con ella. Afortunado, vivo de lo que me gusta, un privilegio. Y ya. Con la diferencia de que me interesa mucho la existencia de aquellos que no tienen nada que ver conmigo.
Pero le costará meterse en otras pieles. Es que no creo que deba hacerlo. Debemos retratar a esa gente desde nuestro propio lugar, incluso reafirmándolo. Una vez observé a una niña a quien su madre corregía y le decía que no debía comportarse de determinada manera y aprender a ponerse en el lugar de otros. Y ella respondió: “Sí, pero si me meto en su sitio, ¿adónde van ellos?”. Me pareció muy sabio.
¿Nos ponemos en el lugar de Hollande? ¿Cómo?
Mucha gente lo critica por el hecho de que cuando se experimenta una pasión amorosa, uno no tiene la cabeza y el cuerpo como para presidir un país. Pues eso parece.
¿Cree que Francia, que siempre ha defendido la esfera íntima de sus cargos públicos, resentirá esa cualidad que les diferencia tan bien de otros? No, no lo temo. Lo que me interesa de este caso es la posición de Valérie Trierweiler, a nadie le cae bien, lo cual es terrible, porque debe de estar sufriendo muchísimo y a nadie le importa. Cuando ella irrumpió, a todo el mundo le pareció de lo más moderno que no estuvieran casados y demás. Pero ahora que ha aparecido una mujer más joven, la repudia de la manera más arcaica y de pronto la coloca en un espacio absolutamente humillante porque no goza de ninguna protección legal. Resulta tan curioso que se da la vuelta y te hace pensar que es mejor casarse. Me tiene impactado.
¿Le cae mejor ella ahora? No, igual. Nunca me llamó mucho la atención, pero es esa consecuencia paradójica del asunto la que me sorprende.
Ahí tiene una historia sin claro final. Me cuesta acabar los libros.
Es que no tienen fin. No hay final posible. Lo bueno es que los lectores sigan escribiéndolos por su cuenta. Sin duda. Pero no dejo de obsesionarme por ello.

martes, 16 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Reseña de "El bigote", novela de Emmanuel Carrère

   En "Babelia":

Carrère, el perturbador

El escritor logra crear inquietud en el lector en su primera novela, 'El bigote', recuperada ahora


El protagonista se afeita el bigote después de lucirlo durante años. / SALVATORE CANTE (ANZENBERGER )
La sombra de una patología casi siempre oscurece los relatos de Carrère, un perturbador profesional que parece haber leído muy bien a Kafka porque saca sobrado provecho de la vida cotidiana para cimentar en ella los edificios de desasosiego y de angustia que acaba levantando. Desde El adversario (1999), la historia de la vida ficticia de Jean-Claude Romand y de su truculento final, y con Una novela rusa (2007) optó por una suerte de novela de no ficción cercana al reportaje o la crónica novelada, en la línea de Truman Capote en A sangre fría, convencido como estaba de que la novela no tiene por qué verse asociada por defecto a la imaginación, a la ficción, un criterio ciertamente interesante a estas alturas de la película, cuando “novela” ya es todo aquello que se lee como tal.
Desequilibrio e inestabilidad, y un carácter enfermizo que ahoga tramas engañosas que crecen en el libro como hiedras o enredaderas por la pared de una historia en apariencia trivial. Anagrama edita en español El bigote, cuyo original publicó POL en 1986, la inquietante historia de un hombre que, tras años de lucirlo, se afeita el bigote ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa, Agnès, que le inyecta entonces una extraña y perturbadora sensación de enajenación, de hipotética locura, de pesadillesca aprensión, de posibilidad de confabulación. Carrère sitúa a su protagonista entre una broma insulsa y el horror absoluto con la facilidad aparente con la que un escritor novel redacta: "Era de noche y sin embargo llovía", o con la que Fredric Brown escribió en 1948 su célebre precedente del microrrelato: “El último hombre sobre la faz de la Tierra se sentó solo en una habitación. Alguien llamó a la puerta”: una frase banal, pero una frase extraña. El desasosiego nacido de la normalidad. Y en el caso de Carrère en la novela que nos ocupa, el horror nacido de una situación doméstica, como efectivamente sucedía en Kafka, y en Camus, y en esos curiosos textos de Roald Dahl Relatos de lo inesperado. Con El bigote se ha recuperado una obra de Carrère del tiempo en que su creación dependió de la imaginación y la ficción se imponía en el texto, como sucede en la otra novela recuperada ahora,Una semana en la nieve (1995), una inquietante semana de colonias del Petit Nicolas, trufada de presagios y de augurios, como le gusta a Carrère y les gusta a sus miles de lectores.

El protagonista
se afeita el bigote
ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa
Tal vez lo sea provocar tristeza o suscitar risa, pero no es fácil crear ansiedad o malestar de la mano de operaciones paradigmáticas y sintagmáticas, esto es, alineando palabras previamente seleccionadas en un texto que altere el estado emocional de un lector. Eso lo sabe hacer Carrère francamente bien, sin necesidad de acudir a la literatura de género, simplemente eliminando lo superfluo y quedándose con lo útil, explotando hasta el final la idea de espontaneidad ficticia, jugando al ready made narrativo, escribiendo prosa con una naturalidad inusual, sin los abalorios que pudieran hacerle recordar al lector que lo que está leyendo es retórica narrativa que pretende ser real. Pocos lectores presagian el gore en una narración límpida y en apariencia costumbrista y con toques de humor, en la que Carrère escribe con la neurótica meticulosidad, el laconismo y la parataxis del nouveau romanEl bigote es un ejercicio kafkiano de narración psicopática que juega desde el principio con el pacto narrativo y la fingida ingenuidad adánica del lector, que aguarda que la solución que tiene en su cabeza sea la que el autor ha pensado, en una suerte de extraña pero tentadora partida de ajedrez en la que perder no resulta una derrota porque llegar al movimiento final de El bigote ya de por sí resulta una recompensa.
PD: Una frase clave: "¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen si el cadáver se ve a la legua?".
El bigote. Emmanuel Carrère. Traducción de Esther Benítez. Anagrama. Barcelona, 2014. 179 páginas. 14,90 euros