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viernes, 15 de enero de 2016

CRISIS HUMANITARIA. "La próxima crisis de refugiados". Santiago Roncagliolo

   En "El País":

La próxima crisis de refugiados

Más de cinco millones de palestinos viven en campos de Siria; si un nuevo estallido de violencia les obliga a huir la cifra de quienes se dirigen a Europa se duplicará. Es urgente encontrar una solución política al conflicto palestino

 31 diciembre 2015
La próxima crisis de refugiados                                                                      RAQUEL MARÍN
"Yo nací aquí. Y he pasado toda mi vida aquí. Pero soy de otro lugar”.
 A sus 49 años, Hatim Mihjiz jamás ha salido de la franja de Gaza. Aun así, cuando le preguntan de dónde es, sigue respondiendo que del pueblo de Al Jiyya, cerca de Ashkelon.
En realidad, el que vivía ahí era su padre, Ibrahim, hasta la guerra árabe-israelí de 1948, cuando Israel ocupó la zona y echó a los palestinos. Ibrahim fue enviado al sur, al campo de refugiados de Beach, en la costa de Gaza, donde acabó sus días, y donde sus descendientes siguen esperando el momento de volver.
Para gran parte de la opinión pública europea, los refugiados son un fenómeno surgido este año, cuando la violencia empujó a centenares de miles de sirios hacia el Mediterráneo y hacia los titulares. En cambio, para Hatim, “refugiado” es casi una nacionalidad. Nació en esa condición. Quizá muera en ella.
Su barrio, Beach, no se parece a los campos que uno ve por televisión. En seis décadas y media, ha dejado de ser un campamento para convertirse en un conjunto habitacional de cemento y asfalto. De no ser por las pintadas en árabe de las paredes, se confundiría con cualquier chabola de Lima o Bogotá. Los refugiados tienen descendencia —hoy son más de un 1.300.000, dos tercios de la población de la franja—, y el espacio no crece por arte de magia. Gaza ostenta una de las mayores densidades humanas del mundo.
Cuando Hatim se casó, dividió con un tabique el piso familiar y se instaló ahí con su esposa. Trabajaba en una fábrica textil. Tenía expectativas. Pero el huracán de la historia se llevó su futuro. Cuando llegó su segunda hija, Ola, estalló la segunda Intifada. Mientras nacía el tercero, Waseem, Israel levantó muros alrededor de Gaza, y ya nadie pudo entrar ni salir sin permiso. Las dificultades para comprar y vender obligaron a cerrar la fábrica, dejando a Hatim sin trabajo. Tras el nacimiento de su quinto hijo, Lama, el grupo radical Hamas tomó el poder de la franja por la fuerza y el cerco israelí se endureció.
Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.

Como Hatim, más de cinco millones de refugiados palestinos viven en campos de Siria, Líbano, Jordania y la propia Palestina bajo gestión de la United Nations Relief and Works Agency (UNRWA). Estos parias no son aceptados como ciudadanos ni por Israel ni por los países árabes. Para ellos, UNRWA es lo más parecido a un Estado. La agencia ofrece educación, salud, alimentos, algunas infraestructuras y servicios sociales, como centros para mujeres y préstamos para microempresas. Además, es la principal fuente de empleo: 29.000 de sus 30.000 empleados son refugiados.Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.
El problema es que, tras 65 años —los últimos 15 de encierro a cal y canto—, la paciencia se agota y la presión aumenta. Aparte de Gaza, los asentamientos de Israel asfixian a los beduinos palestinos de Cisjordania: sus familias no pueden acceder al agua. Sus casas son sistemáticamente demolidas. Sus rebaños son confiscados cuando traspasan los límites —cada día más estrechos— de sus pueblos.
En este espeso pantano, la violencia cría sus larvas: periódicamente, adolescentes de los campos cisjordanos se rebelan y arrojan piedras o palos al otro lado del muro. Algunos acuchillan. En respuesta, los militares israelíes disparan. En dos años, el porcentaje de refugiados heridos de bala aumentó un 139%. En 2014 murieron así 53 palestinos, 21 de ellos refugiados. Y solo en octubre de este año, 71 palestinos y 8 israelíes han perdido la vida en ataques armados.
Hasta hoy, lo único que ha evitado una revuelta violenta o un éxodo de la población palestina es UNRWA. Con un presupuesto de unos 2.500 millones de dólares anuales, equivalente al de un país pobre, la agencia se las ingenia para crear oportunidades, proteger los derechos básicos de la población y mantener la paz social. Sin embargo, la guerra en Siria está reventando las costuras del statu quo. La violencia desestabiliza los campos sirios y encarece el mantenimiento de todos los demás. Este año, UNRWA necesitó un fondo de emergencia de 420 millones de dólares extra. Para el año que viene, faltan por cubrir 81 millones de dólares.
El último verano, los refugiados se asomaron al abismo: un déficit de 101 millones de dólares estuvo a punto de impedir que se abran los colegios en los campos de UNRWA. Aparte de cancelar el porvenir de millones de personas, el cierre habría dejado en la calle a cientos de miles de jóvenes sin nada que hacer excepto, por ejemplo, descargar su frustración contra los militares israelíes. O tratar de saltar los muros.
La situación se salvó in extremis con una inyección de fondos a cargo de la Unión Europea, Estados Unidos, algunos Estados europeos a título individual y varios países árabes. Gracias a ellos, el déficit quedó cubierto justo a tiempo. Los colegios abrieron. La bomba del tiempo detuvo el temporizador. Pero una nueva crisis es cuestión de tiempo. Los costos y la presión no paran de crecer.
¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
No. Desde este año es también, crucialmente, un problema europeo. ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
La gran emergencia de refugiados hacia Europa estuvo cerca del millón de personas. Pero en los campos de UNRWA se acumulan cinco millones más. Si un estallido de violencia los obliga a huir, con que solo el 20% busque un futuro en la UE, la cifra de refugiados en el Mediterráneo se duplicará. La agencia calcula que 52.000 pobladores de los campos sirios pueden haber emigrado ya hacia Occidente. Y habrá que sumar a ellos los desplazamientos de población que produzcan los bombardeos contra el Estado Islámico.
Convertirse en refugiado es como saltar de un rascacielos en llamas: solo se hace si resulta peor quedarse. En Oriente Próximo, no es posible contener la huida de las zonas arrasadas por la guerra. Pero la comunidad internacional sí puede presionar a las partes para encontrar por fin una solución política al conflicto palestino. Un acuerdo de paz es la única forma de evitar un nuevo foco de violencia y éxodo en la región. Y permitiría reasignar enormes recursos a las nuevas emergencias.
La familia de Hatim lleva 65 años esperando esa solución. Hoy, Europa también la necesita.
Santiago Roncagliolo es escritor.

lunes, 26 de octubre de 2015

PRENSA. "Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás"

   En "El País":

Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás

El crecimiento económico ha llevado a millones del campo a la ciudad, pero muchos inmigrantes se ven obligados a dejar a sus hijos en sus pueblos de origen


La guardería que gestiona la profesora Ping, en la aldea de Beikou. / M. VIDAL

Xiu Jiaqi tiene cinco años, unas coletas muy largas y una sonrisa pícara. Aunque hoy está un poco más triste de lo normal. Su padre acaba de marcharse de peón, a construir carreteras. A su madre, que trabaja en Pekín, hace meses que no la ve: “Volverá cuando se acabe el trabajo”, cuenta. Ella se ha quedado al cuidado de sus abuelos y se lamenta de que no pueden ayudarla a hacer los deberes. Su profesora, Ping Xiaorong, lo explica: “Son analfabetos”.
Zhao Yicheng, de seis años, se sienta junto a Xiu. Dice que ella no verá a sus padres hasta el Año Nuevo chino, la única vez en todo el año. Entonces “me traerán regalos. Ropa de color rosa, mi preferido. Y jugaremos juntos. El escondite es lo que más me gusta”.
Las dos pequeñas forman parte de un fenómeno causado por el crecimiento económico en China. Desde 1995 más de 300 millones de personas se han trasladado del campo a la ciudad en busca de una vida mejor. Pero muchos de ellos han tenido que dejar a sus hijos en sus pueblos de origen, generalmente al cuidado de los abuelos. Son los niños “dejados atrás”: según la oficial Federación de Mujeres Chinas suman 61 millones, uno de cada cinco de los menores de todo el país.
En la aldea de Beikou, en Songjiazhuang, en la provincia de Hebei (norte de China) solo quedan 1.700 personas, de las 2.600 que vivían allá hace cuatro o cinco años. Las condiciones de vida son durísimas: al pie de la montaña, y cerca ya del desierto del Gobi, en invierno las temperaturas pueden llegar a 30 grados bajo cero. Las mayoría de las casas no tiene calefacción ni agua caliente. En algunas, las ventanas aún son de papel. La oferta laboral es limitada: o pastor o campesino. Y arrancar a la tierra la cosecha anual de cereales —mijo y maíz, sobre todo— cuesta mucho sudor.
“La gente que se marcha de aquí lo hace, sobre todo, por la educación de sus hijos”, explica la profesora Ping. “Aquí siempre tienen garantizado, mal que bien, un plato de comida. Pero la educación, no”. En Beikou solo se imparten un par de años en la escuela primaria; luego, los niños deben trasladarse a un pueblo mayor. Quienes deseen una formación mejor para sus hijos, y puedan permitírselo, deben enviarlos internos a un colegio privado en la cabeza de comarca. Eso cuesta dinero. Y los padres, cuenta Ping, emigran para conseguirlo.
El problema se ve agudizado por los requisitos del hukou, un permiso de residencia interno que se concede en el lugar de nacimiento y sin el cual los inmigrantes de las zonas rurales carecen de acceso a servicios básicos como la educación o la sanidad. Aunque los padres de Beikou se llevaran consigo a sus hijos a Pekín, no podrían escolarizarlos.
Ping tiene a su cuidado 40 niños, entre los dos años y los seis. El año pasado se ocupaba de 60, aunque 20 se han ido a la ciudad o han pasado a la educación primaria. Ella creó hace seis años, de manera completamente privada, la guardería del pueblo, Shibo, ante la falta de opciones donde dejar a su hijo, entonces de cuatro años. En sus clases, los pequeños aprenden mandarín, matemáticas y un poco de inglés que ella aprendió de forma autodidacta.


Las niñas Xiu y Zhao en la guardería de Beikou. / M. V.
Aproximadamente la mitad de sus alumnos, asegura, son niños dejados atrás. “Se nota la diferencia”, cuenta. “Son más retraídos. Una niña el otro día se echó a llorar en clase porque echaba de menos a su padre… Académicamente también suelen ir un poco peor. Hay casos, como el de Xiu Jiaqi, en el que sus abuelos no saben leer ni escribir, y hay que prestarles un apoyo especial”.
Según un informe del proyecto benéfico Road to School, la ansiedad de los niños aumenta de manera exponencial si no pueden ver a sus padres durante más de tres meses. Pero un 15% de los niños dejados atrás solo ven a los suyos una vez al año; y 15 millones solo reciben una llamada telefónica cada tres meses. Son menores más susceptibles de padecer problemas psicológicos, sufrir abusos o caer en manos del crimen organizado.
Para paliarlo, el Gobierno chino se ha fijado el objetivo de formar a tres millones de trabajadores sociales para 2016, una profesión prácticamente desconocida en el país hasta ahora, apunta Tong Xiaojun, catedrática de Trabajo Social en el Instituto para la Juventud y la Adolescencia de China. Un programa piloto ha establecido una red de trabajadores locales en 120 zonas remotas de las cinco provincias más afectadas por el problema, aunque solamente llega a unos 250.000 menores, una cifra aún ínfima.
Otras ONG también tratan de fomentar la comunicación entre los niños dejados atrás y sus padres, y de convencer a las empresas para que faciliten horarios laborales y días de vacaciones más flexibles, explica Pia McRae, directora para China de Save The Children.

Padres infelices

Xu Yingxia, una limpiadora de casas de 41 años originaria de Anhui, en el sur del país, también alega la educación como gran factor para vivir separada de su hijo. El niño, de 11 años, está interno en Hefei, la capital de su provincia natal. “Podríamos tenerlo con nosotros en Pekín, pero para él no sería bueno. Para nosotros, lo principal es que reciba una buena educación y tenga oportunidades en la vida”.
Para los padres la separación también es dura, y algo que hacen porque sienten que no tienen alternativa. Un estudio de la consultora CCR CSR encuentra que un 80% de quienes han dejado atrás a sus hijos se sienten culpables. El 68% alega que no tiene tiempo para ocuparse de los niños; un 53% explica que carece de dinero para cubrir los gastos básicos. Un 30% se lamenta de que en la ciudad sus hijos no pueden tener acceso a una educación u otros servicios sociales adecuados.
Un 59% de estos padres se declara “carente de compromiso con su puesto de trabajo” debido a la separación familiar. Un 38% admite “errores frecuentes” por la preocupación que le generan sus hijos. Un 33% reconoce ser “infeliz y poco entusiasta”.

martes, 28 de abril de 2015

PRENSA. Sobre los inmigrantes que arriesgan su vida en el Mediterráneo

   En "El País":

“Arriesgué mi vida una vez en el Mediterráneo, en Alepo era a diario”

Las experiencias de Ahmed, un sirio que pudo llegar a Alemania y lograr asilo, y de Bilal, que busca 6.000 euros para partir, ilustran la esperanza que despierta Europa


Varios viajeros fotografiados por Ahmed durante la travesía en un buque entre Mersin (Turquía) y Sicilia (Italia).

Seis días y 12 horas es lo que tardó Ahmed en atravesar el Mediterráneo desde Turquía hasta Italia. Compartió embarcación con otras 209 personas junto a las que sobrevivió a una travesía en la que cada cual huía de su particular infierno. A los 25 años, el sirio Ahmed —nombre bajo el que pide ocultar su identidad— se lanzó solo al peligroso viaje, para el que contaba con la bendición de su familia. Hoy, otros jóvenes, como Bilal —también un seudónimo—, que vive en Líbano, reúnen los 6.000 euros para intentar cumplir el mismo sueño.
“Cuando ves que centenares de personas se quedan en el mar, te alegras de haber llegado vivo. Pero sinceramente, yo arriesgué mi vida una sola vez para cruzar el Mediterráneo. En Alepo la arriesgaba cada día. Me cansé de ver morir [a gente] a mi alrededor”, relata en una entrevista mediante Skype Ahmed, hoy a salvo en Berlín. Según Amnistía Internacional, más de 3.000 personas murieron en 2014 en el Mediterráneo durante la travesía hacia Europa en busca de refugio. Se estima que un millar y medio han fallecido desde enero. Ahmed dice no entender a esos 2.500 hombres y mujeres que han hecho el camino inverso, de Europa a Siria o Irak, para sumarse a la guerra.


Ahmed, fotografiado este martes en Alemania.
Al comienzo del conflicto sirio en 2011, este joven dejó los estudios de profesor de educación física, hizo el servicio militar y luego se quedó sin trabajo. Harto de guerra, de muertes y sin ingresos, decidió cruzar el Mediterráneo. Dedicó varias semanas a salvar los dos obstáculos que le separaban de su pasaje a Europa: negociar con el traficante (el pasador, que le llaman en árabe) y reunir los 6.000 euros requeridos. “Todo el mundo conoce a los pasadores, los hay más baratos, pero no son de fiar”, puntualiza Ahmed.
El 9 de noviembre de 2014 abandonó Alepo y cruzó ilegalmente por tierra a Mersin, en la costa turca. Allí esperó en un hotel a otros pasajeros durante 12 días. “El 21 de noviembre salimos unos 15 chicos en una embarcación pequeña. Tras cinco horas navegando bajo la lluvia y las arremetidas de las olas, nos trasladaron a una embarcación de unos 23 metros de eslora en pleno mar”, relata Ahmed. En el buque compartió viaje con otras 209 personas, entre las que había, asegura, unos 30 niños. Los pasajeros eran de nacionalidad palestina, siria y dos familias iraquíes. “Llevas tu propia comida y agua. Duermes sobre el de al lado, con la cabeza sobre sus piernas o sus hombros porque no hay sitio”.
“Los pobres tienen que arriesgar su vida en una patera para llegar a Europa. Los ricos lo hacen en avión, con un visado de turista para luego obtener una residencia a cambio de comprar una vivienda”, se lamenta en Beirut un diplomático europeo que prefiere no revelar su nombre. Ahmed acabó internado en un centro para extranjeros en Sicilia. De allí fue trasladado en avión a otro centro en Bolonia del que escapó con otros. Un tren le llevó a Milán y otro hasta Alemania, su destino final. Solicitó asilo en Berlín, donde tiene parientes. Hace cinco días que a Ahmed le concedieron el estatuto de refugiado, y en breve comenzará sus cursos de alemán. “No pienso volver a Siria porque la guerra no va a terminar. Aquí no te disparan, ni te insultan ni te cortan el paso. Puedo estudiar y trabajar. Necesito poner en orden mi vida”. Con su historia de éxito contagia a los primos y amigos que dejó en Siria.

Bilal, de 22 años, quiere seguir los pasos de Ahmed como otros miles de jóvenes árabes. Este palestino es uno de los 75.000 que viven en los dos kilómetros cuadrados que abarca el campo de refugiados de Ein El Helwe, en el sur de Líbano, donde viven descendientes de palestinos huidos o expulsados cuando Israel fue fundado. Nacido y criado entre los cuatro controles militares que delimitan el campo, sueña con emigrar. “Estoy a una hora en coche de Palestina y nunca podré ir. Vivo en un país en el que estudiar no me sirve para nada porque nunca podré tener un trabajo decente. Mejor emigrar y cuando tenga un pasaporte europeo iré a Palestina de vacaciones”, afirma.
Tras varios cursos de formación profesional, Bilal cobra 50 euros a la semana en una fábrica de aluminio. “Aquí no tengo futuro. Sé que el día de mañana será tan mierda como hoy, pasado, el otro”, murmura. Desde hace meses intenta lograr los 6.000 euros que le permitan cruzar el Mediterráneo. Su pasador, que cuelga el teléfono al oír la palabra prensa, le asegura que su visado falso para volar a Turquía está listo. Quiere dejar atrás su vida real por una idealizada. Incluso si ello implica perderla en el intento. “Mi madre me apoya. Tiene ojos, ve lo que hay”, se consuela Bilal, cuyos compañeros abandonan las fábricas para cargar con un Kaláshnikov porque los empleos en las milicias locales se pagan mejor.

miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA. Viñeta de Ricardo

   En "El Mundo" (21 abril 2015):

PRENSA. "No dejar a nadie en el mar". Roberto Saviano

 
Roberto Saviano

   En "El País":

No dejar a nadie en el mar

El escritor italiano analiza el último naufragio en el Mediterráneo


EL MEDITERRÁNEO convertido en una fosa común. Más de 900 muertos. Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Ocurrió ayer: un pesquero que vuelca, unos inmigrantes —es decir, personas, hombres, mujeres y niños— engullidos que se convierten en fantasmas. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea, y lograrás que ya no se escuche. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”. Algo relevante para los encargados de los trabajos, historia para las asociaciones, desesperación invisible.

Si ahora hablamos del tema, es porque la cifra es desmesurada"
Si ahora, justo ahora, hablamos del tema, solo es porque los muertos son 900, quizá más: una cifra desmesurada, inhumana. Si es que esta palabra aún tiene sentido. Seguimos sin saber nada de ellos, pero estamos obligados a saldar cuentas con la tragedia. Saldar cuentas: porque hablamos de números y nada más. De haberle faltado dos ceros al parte de muerte, ni siquiera habríamos sabido de él. Porque ya no es más que una cuestión de números (o de detalles dramáticos como “inmigrantes cristianos arrojados al mar por musulmanes”) lo que supone la diferencia. No para los individuos, no para las sensibilidades privadas, sino para la comunidad que deberíamos representar, que debería representarnos. Porque a la indiferencia personal, acaso comprensible, la acompaña en el plano político una algarabía de declaraciones: disputas, acusaciones en tonos violentísimos. Nadie consigue hacer lo que necesitamos más que ninguna otra cosa: hacer que se comprenda. Pocos se dedican a ello: Médicos sin fronteras, con la campaña #millonesdepasos, intenta contar lo que ocurre, evitando reducir a estas personas a su problema. Es decir, a “expatriados, inmigrantes ilegales, clandestinos”: palabras que diluyen la esencia humana para que sintamos con menos intensidad la pérdida infinita ante la tragedia. Muchos políticos, incluso en estos momentos, gritan. Salvini habla de “invasión”, cuando en realidad la mayor parte de los que llegan no se queda en Italia, sino que se dirigen a Francia, Alemania o los países del Este. El Movimiento 5 Estrellas, que en sus propuestas había planteado un debate interesante, por desgracia ha caído en la tentación de cambiar el baricentro de la cuestión, del “salvar vidas” a “la expulsión”, asumiendo como cierta esa falsa lógica de que cuanto más difícil sea entrar en Italia de forma clandestina, menos intentos de llegar a nuestras costas se producirán. No es así; no se salvan vidas endureciendo las fronteras, y no solo lo demuestra la experiencia italiana, sino también la estadounidense. Basta leer el libro Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, para comprender que los flujos clandestinos de personas desde México hasta Estados Unidos rara vez se pueden gestionar y son imparables.
La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un “submundo”, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de “los buenos de más”.
“Bueno de más” es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo.
Es obvio que, racionalmente, resulta imposible imaginar una acogida universal y desmesurada, sin reglas; sin embargo, la estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene. A Italia no se le reconoció el peso político que debería haber tenido al ser un país bisagra. Teníamos que aspirar a enfrentarnos al resto de Europa por el tema de la inmigración. Teníamos que aspirar a que nos escuchasen, sin que nos endilgaran, sin que delegaran “el problema” en nosotros.
La perenne campaña electoral de Renzi, que en el plano internacional parece estar más interesada en adquirir credibilidad diplomática que en plantear e imponer temas, no nos están ayudando, aunque parece injusto atribuir a este Gobierno toda la responsabilidad. Europa calla, culpable, pero podemos intentar cambiar las cosas. Podemos comprometernos a interpretar, a contar, a no permitir que estas vidas sean aplastadas y desperdiciadas así. Que se queden atrás, tan atrás que desaparezcan de nuestra vista. Convirtiéndose en un fantasma, en un estereotipo, en un incordio.

La estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene"
Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, “expatriado” o “ilegal” son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.
Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del “primero nosotros y luego ellos”? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.
Renzi y su Gobierno responden con diligencia cuando un tema se vuelve mediático y popular: si perciben que el juicio sobre ellos estará determinado por el problema de la inmigración, empezarán a diversificar, a buscar nuevas estrategias y dar nuevos enfoques. El semestre italiano en Europa ha supuesto una profunda decepción, por lo que respecta tanto a las propuestas sobre los flujos de capital criminal (era una buena ocasión para plantear el tema del blanqueo) como sobre inmigración. Pero ahora es inútil lamentarse de lo que no se ha hecho; es necesario que Europa decida de manera diferente. Dar a los inmigrantes un espacio que no sea esporádico. Que la televisión los reciba, empezando a pronunciar bien sus nombres y los de sus países, contando su día a día y su resistencia.
Los únicos que a esta hora representan lo que Europa debería ser son los italianos; los muchos italianos que salvan vidas todos los días corriendo el riesgo de violar las leyes. La figura que mejor describe a estos italianos honrados es la del pescador Ernesto, en la preciosa película Terraferma de Emanuele Crialese, que viola la orden de la Capitanía de mantener su pesquero alejado de una patera respondiendo con un sencillo, humano y potente: “Yo nunca he dejado a nadie en el mar”.
Traducción de News Clips.

viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "La memoria rescatada de los mexicanos linchados"

   En "El País":

La memoria rescatada de los mexicanos linchados

EE UU, en pleno cambio demográfico y social, redescubre la historia de las víctimas latinas de la violencia ‘anglo’

 Washington 1 MAR 2015  

  • Los cadáveres de los mexicanos Arias y Chamales cuelgan de una horca de Santa Cruz (California), en mayo de 1877.


    “Un deporte al aire libre”. Así definió la práctica de linchar mexicanos en California el periodista Carey McWilliams. McWilliams, autor de North from Mexico (Al norte de México, 1948), un libro de referencia sobre los mexicanos de Estados Unidos, fue uno de los pocos en preservar la memoria de un episodio vergonzoso en un país que nunca deja de revisar su joven historia.
    El recuerdo de la muerte, a manos de las turbas anglosajonas, de centenares, seguramente miles, de ciudadanos de origen mexicano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, quedó esparcida en canciones populares, en leyendas que contaban de padres a hijos, en un puñado de westerns y novelas de género. Era un recuerdo vago, una historia remota, medio olvidada.
    Pero jamás, hasta que los historiadores William Carrigan y Clive Webb se pusieron a investigar, se desvelaron las dimensiones de los linchamientos a mexicanos, superados solo por los linchamientos de negros en el Sur hasta mediados del siglo XX.
    EE UU se transforma y también se transforma la manera de contar la historia, más allá de la mitificación del patriotismo más superficial. Cambia la demografía: los latinos —la mayoría, de origen mexicano— son la minoría más pujante. Y cambia el pasado, que nunca es estático: Estados Unidos incorpora otros traumas al acervo común.

    Visiones divergentes del pasado

    “Los blancos y los mexicanos recuerdan el pasado de manera distinta”, dicen los historiadores William Carrigan y Clive Webb en un correo electrónico. “Mientras que es posible que los blancos vean la violencia en la frontera contemporánea como algo conectado solo al presente, a las tensiones tras el 11-S por la inmigración, los mexicanos sitúan la violencia en un contexto histórico más amplio y lo conectan a episodios pasados de nativismo violento y prejuicios”, explican los autores del libro Muertos olvidados.
    Las diferentes visiones del pasado, las memorias múltiples, pueden complicar el diálogo. Carrigan y Webb ven más diferencias que similitudes entre los episodios que estudian en su libro y casos actuales de xenofobia o abusos: no hay un vínculo directo. Pero para muchos, la asociación es inevitable. “La cuestión”, dicen, “es que las autoridades no entienden por qué tantos mexicanos sí ven conexiones”.
    Muertos olvidados: violencia en grupo contra mexicanos en Estados Unidos 1848-1928 es el título del libro de Carrigan y Webb, publicado hace dos años. Los hechos quedan lejos y son incomparables con cualquier discriminación del presente. La publicación reciente de un informe que amplía en 700 el número de muertes conocidas por linchamiento de afroamericanos, sumada al goteo de noticias sobre arbitrariedades policiales, y a los debates sobre la inmigración, coloca la tragedia bajo otra luz: los negros no fueron las únicas víctimas del racismo.
    Farmington (Nuevo México), 16 de noviembre de 1928. Cuatro hombres enmascarados irrumpen en el Hospital del Condado de San Juan y se llevan al paciente Rafael Benavides. Benavides es un pastor ingresado tras agredir a una niña mexicana, asaltar a una mujer anglosajona y quedar malherido por los disparos de los agentes del sheriff. Los enmascarados se lo llevan en un camión a una granja abandonada. Le atan una soga al cuello y lo cuelgan de un árbol. Los asaltantes nunca serán juzgados.
    Benavides, cuya muerte reconstruyen Carrigan y Webb, disfruta del raro privilegio de ser la última víctima mexicana de la violencia en grupo y extrajudicial documentada. Los historiadores han documentado 547 víctimas mexicanas (inmigrantes y estadounidenses de origen mexicano), pero el número total de personas “ahorcadas, quemadas y tiroteadas” es superior. Fueron miles, según la estimación de Carrigan y Webb.
    Con el ahorcamiento de Rafael Benavides terminó una era que había empezado en 1849, tras la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos, la anexión de Texas por EE UU y la transferencia a este país, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, del actual suroeste del país. La frontera política se desplazó centenares de kilómetros, pero los mexicanos siguieron allí; los anglosajones eran los recién llegados, los inmigrantes, pero unos inmigrantes que intentaban imponer su ley en un medio hostil. Las tensiones eran inevitables.
    Existía una justificación racional para el llamado vigilantismo —el mantenimiento del orden público por parte de individuos o grupos civiles— y los linchamientos. En el Oeste, un territorio donde el Estado era débil y la justicia lenta, ineficiente o directamente ausente, muchos veían en los procesos y ejecuciones informales la única opción para combatir el crimen en ese territorio.
    Carrigan y Webb cuestionan que la persecución de mexicanos fuera una mera reacción de las carencias del sistema judicial en las tierras de frontera. La violencia no se explica sin los prejuicios raciales y la competición económica. “El trasfondo de tanta violencia entre anglos y mexicanos puede ligarse a la pugna por el oro, a conflictos aparentemente constantes por la tierra y el ganado o a la batalla por los términos y las condiciones laborales”, escriben.
    El 3 de mayo de 1877 de madrugada, Francisco Arias y José Chamales se hallaban en la prisión de Santa Cruz (California) cuando una muchedumbre se los llevó. Les acusaban de robar a un carpintero, recuerdan Carrigan y Webb. Les ahorcaron sin juicio y nadie respondió por el crimen: un deporte al aire libre, como dijo McWilliams.
    En 1990, el poeta de Brooklyn Martín Espada describiría en un poema los rostros, “descoloridos como peniques de 1877”, de la muchedumbre que se acercó para ver a los muertos. Arias y Chamales presentaban “la mueca dormida de los cuellos rotos”. En la fotografía de aquel linchamiento, que ilustra esta página, la mirada del público y la mueca de ajusticiados cruzan los siglos.

    Negros y latinos

    1. Los historiadores Carrigan y Webb documentan 547 casos de muertes de mexicanos por linchamiento entre mediados del siglo XIX y 1928, aunque el número total puede elevarse a miles. El número documentado de negros linchados en el sur de EE UU es de 3.959, según un recuento reciente.
    2. Una diferencia entre negros y mexicanos ante la violencia blanca fue la resistencia. Los negros, tras el fin de la esclavitud, volvieron a ser una clase subyugada. Los mexicanos, en cambio, eran dominantes en partes del Oeste y disponían de ayuda en la diplomacia de México.
    3. Los mexicanos linchados, a diferencia de los negros, raramente eran acusados de violencia sexual contra sus mujeres: los anglos no veían a los mexicanos como una amenaza en este sentido, como sí les ocurría con los negros. En el caso de los mexicanos, los motivos de los linchamientos eran sobre todo económicos.

    lunes, 16 de febrero de 2015

    PRENSA. "Barcos fantasma a la deriva para el tráfico de personas"

       En "El País":

    Barcos fantasma a la deriva para el tráfico de personas

    Las patrullas de Frontex rescatan a miles de sin papeles abandonados en alta mar


    Tripulantes del buque Tyr hacen maniobras junto al navío en Pozzallo, Sicilia, en febrero. /FILIPPO MONTEFORTE (FRANCE PRESSE)

    Rondaban las once de la noche cuando André Jonsen se asomó a la oscuridad del Ezadeen, varado en alta mar. Ante sus ojos cobraron forma cientos de familias, con maletas en la mano suplicando que les sacaran de aquel barco de ganado, seco de combustible y a la deriva en medio del temporal. “Muchos estaban metidos en jaulas de animales. Había gente deshidratada. Otros ateridos de frío”. El Ezadeen, interceptado el pasado enero en alta mar con casi 500 personas a bordo, fue el tercer barco fantasma con el que se ha topado este marinero islandés desde el diciembre pasado. “Las condiciones eran igual de malas en los tres”, cuenta este joven de 26 años, curtido en inspecciones a pesqueros en alta mar y que ahora patrulla el Mediterráneo a bordo del Islandés Tyr. La técnica del abordaje la conoce al dedillo, pero enfrentarse cara a cara con la desesperación extrema es una novedad que le ha sobrecogido. “Esos no son lugares para seres humanos”, estima en la cocina del Tyr, en la costa siciliana.
    La experiencia de Jonsen no es única. La aparición de cargueros fantasma en el Mediterráneo, atestados de refugiados de guerra e inmigrantes es un fenómeno que ha cobrado especial intensidad este invierno y que los observadores tratan de discernir si va camino de consolidarse o si por el contrario se trata de casos puntuales. En los últimos diez años, el invierno había sido temporada baja para los traficantes, que encontraban a menos gente dispuesta a morir de frío en los botes de goma. Los cargueros, mucho más seguros y protegidos de las bajas temperaturas, amenazan con poner fin a los patrones estacionales de la migración. El reguero de naufragios del pasado fin de semana hacen que el atractivo de esta nueva vía de emigración, más cara pero también más segura, aumente.

    Porque fletar barcos-chatarra, llenarlos de cientos de desesperados previo cobro de cientos de miles de euros y abandonarlos a su suerte en alta mar es un lucrativo negocio. El pasaje puede costar tres veces más que en los barcos pequeños, pero a la vez, dispara las probabilidades de sobrevivir. Los refugiados sirios, muchos de ellos adinerados, están dispuestos a pagar los 5.000 euros del pasaje con tal de salvar el pellejo.

    Jonsen se  econtró a  cientos de familias, con maletas en la mano suplicando que les sacaran de aquel barco de ganado
    Turquía, principal punto de partida de los navíos ha endurecido en las últimas semanas su control a los grandes barcos. La preocupación de los expertos se traslada ahora a Libia.
    En lo que va de invierno, 14 buques de carga con inmigrantes a bordo han sido interceptados en el Mediterráneo central según el recuento de Frontex, la agencia europea de Fronteras que coordina la patrulla de barcos como el islandés, que aportan los países europeos. En cada barco viajan entre 200 y 800 personas. Sólo el Tyr ha rescatado a 2.000 personas encerradas en cinco cargueros, según calcula Einar Valsson, el capitán islandés, cuyo país no pertenece a la UE, pero sí comparte con los europeos las fronteras exteriores que dibuja el acuerdo de Shengen. “Cuando hay un barco sospechoso, nos avisan desde Roma y navegamos a toda prisa hacia allá”, explica Valsson.
    Las entradas de refugiados e inmigrantes a Europa sin documentación se han disparado, según los datos que recopila Frontex. Unas 278.000 fueron detectadas en su intento de poner pie en Europa el año pasado, el doble que en el pico de llegadas de 2011 (141.000) provocadas por el estallido de las primaveras árabes. Las huidas de los últimos meses las protagonizan en buena parte los sirios que escapan de la guerra en busca de la protección internacional que les concede el derecho de asilo. Cuatro millones de sirios han dejado ya atrás su país, dando pie a la mayor crisis de refugiados desde la segunda guerra mundial.

    Fletar barcos-chatarra, llenarlos de cientos de desesperados previo cobro de cientos de miles de euros y abandonarlos  en alta mar es un lucrativo negocio
    Entrevistas a emigrantes y refugiados llegados en barcos fantasmas han permitido a los analistas de Frontex conocer cómo funciona el sistema de los llamados barcos fantasma. En la agencia con sede en Varsovia sostienen que captan a sus clientes a través de Redes sociales como Facebook. Allí, ofrecen sus servicios, en árabe, a los desesperados. Una vez hecho el primer contacto, se fija la hora y el lugar de la partida, lo que evita a sus clientes tener que esperar durante semanas hasta ver si salían a bordo de un bote hinchable o de pescadores.
    Suelen ser barcos oxidados y moribundos, que en lugar de acabar en el desguace, terminan a la deriva, cargados de seres humanos en aguas internacionales. Por cerca de medio millón de euros se pueden comprar en la Red embarcaciones como las que ahora afloran en el Mediterráneo. Son barcos sin bandera, sin matrícula ni armador conocido. Son barcos invisibles que se materializan en las pantallas de los radares cuando ya no necesitan esconderse, cuando necesitan justo lo contrario, que les rescaten.
    La mayoría de los cargueros interceptados zarparon de Mersin, Izmir o Bodrum, en Turquía. Egipto y Argelia, puntos tradicionales de partida de embarcaciones clandestinas, exigen ahora visado a los sirios, lo que ha contribuido a que Turquía se convierta en un concurrido trampolín a Europa. “Las autoridades turcas han endurecido los controles después de casos como el Ezadeen. Ahora nos preocupa más Libia. Allí hay refinerías en la costa, que hace que los grandes barcos se acerquen sin llamar la atención. Sabemos que en Libia hay un importante contingente sirio esperando a salir de manera segura”, explica Javier Quesada, al frente del departamento de análisis de riesgos de Frontex. El descontrol político y policial libio no hace sino acrecentar esos temores.
    Raffaele Monte, agente marítimo en Pozzallo, (Sicilia) y gran conocedor de lo que se mueve en su mar, traza un ilustrativo esquema del modus operandi de los contrabandistas: Parten de Turquía o de la propia Siria con el Sistema de Identificación automática (AIS por sus siglas en inglés) desconectado, por lo que no aparecen en los radares marinos. Entregan a los inmigrantes un teléfono satélite con un número pregrabado del puerto más cercano o de una tercera persona que alerte a las autoridades. El GPS del aparato permite a la marina italiana localizar la embarcación. Los traficantes entonces activan el piloto automático rumbo a Italia, tiran el teléfono al mar y se dan a la fuga en un barco pequeño.

    Turquía ha endurecido en las últimas semanas su control a los grandes barcos. La preocupación  se traslada ahora a Libia
    Para Monte, el agente marítimo, las causas de la irrupción de los barcos fantasma son evidentes. Por un lado, disparan la rentabilidad del tráfico humano y responden a la creciente demanda de expulsados por las guerras y catástrofes que asolan el planeta. Pero además, dan salida a barcos que la crisis de l comercio marítimo ha dejado envejecer y al borde del abandono. Monte, no acaba de entender sin embargo cómo las naves pueden pasar desapercibidas en los países de los que zarpan. “Los barcos no emergen de repente del fondo del mar. No son fantasmas, tienen una vida, una historia, seguros, certificaciones. Vienen de puertos en los que se embarcan cientos de personas. El Mediterráneo se ha convertido en un lugar muy peligroso. La comunidad internacional no puede renunciar a poner orden aquí”, sentencia desde su despacho con vistas a la bahía de Pozzallo, con el Mediterráneo bravo de fondo, en un día de viento de fuerza ocho.
    El Mediterráneo que Monte otea con sus prismáticos es lo que los analistas llaman “el punto caliente” de entrada a Europa, es decir donde se concentran la mayor parte de las llegadas. Unas 170.000 el año pasado comparadas por ejemplo con las cerca de 3.000 que entraron por las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla en ese mismo periodo, según los datos de la agencia europea. El intenso tráfico de navíos de todo pelaje y en condiciones extremas han convertido al mar Mediterráneo en la mayor fosa común del mundo. Al menos 3.419 personas murieron en este mar el año pasado, según los datos de la Agencia de Refugiados de Naciones Unidas.
    El capitán Salvatore Trovato, del puesto de control de guardacostas de Pozzallo asiste desde hace años al desembarco de miserias humanas en su puerto. Desde hace semanas, en la oficina de Trovato se suceden las alertas que advierten de embarcaciones sospechosas alta mar. En los despachos de los guardacostas italianos, los uniformados circulan preparados para salir corriendo. Trovato concede. Dice que sí, que lo de los barcos fantasma es nuevo. Pero que le parece lógico. Que ahora hay más guerras y más gente que necesita escapar de ellas. Le sorprende más la sorpresa ajena. “Aquí siempre han llegado muchos inmigrantes. A nadie le importaba cuando venían en barcos pequeños”.