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martes, 5 de enero de 2016

LITERATURA INFANTIL. "Leer o no leer 'Pippi Calzaslargas"

   En "El País":

Leer o no leer ‘Pippi Calzaslargas’

La reedición de la novela por el 70º aniversario del personaje renueva el debate sobre su ejemplo para los pequeños aficionados


Inger Nilsson, que dio vida a Pippi Calzaslargas en la serie de televisión de 1969.

“¿Desde cuándo los libros han de dar ejemplo?”, se pregunta Ellen Duthie —escritora y filósofa experta en literatura infantil— en el prólogo de Pippi Calzaslargas que acaba de reeditar Blackie Books para celebrar el 70º aniversario de este mítico personaje. La cuestión que se plantea Duthie no es insustancial. Ha propiciado innumerables debates cuando reflexionaba acerca de libros para adultos, pero, ¿qué ocurre con la literatura infantil y juvenil?, ¿debe ser siempre aleccionadora, edificante e instructiva? En tal caso, ¿dejaríamos leer a nuestros hijos historias protagonizadas por una niña de nueve años, huérfana de madre, con un padre pirata —es decir, ladrón—, que no va al colegio, vive con un mono y un caballo que es capaz de levantar con una sola mano, duerme las horas que quiere y desobedece e incluso reta a la autoridad representada por unos policías con pinta de lelos? La respuesta parece obvia. Entonces, ¿en qué misterioso lugar radica el colosal éxito de esta niña sueca que nace justo en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial? “Pippi es un canto a la autonomía, a la individualidad de cada niño, al derecho a la libre opinión y se carga de un plumazo el argumentario del ‘porque sí’ o ‘porque yo mando”, sostiene Clara Porras, responsable de la librería La Mar de Letras de Madrid.

La llegada a España

En España se conoció a Pippi en 1962. La obra de Astrid Lindgren fue publicada bajo el nombre de Pippa Mediaslargas, pues temían que se confundiera el nombre con el término “pipí”. No fue hasta 1974, con el estreno de la famosa serie televisiva, cuando el personaje entró a formar parte del imaginario de los niños españoles. “Pippi se opone a todo lo que nosotros solemos entender por ‘niño’ aunque al mismo tiempo ha sido el personaje con el que más se han identificado millones de pequeños. Algo está pasando ahí…”, explica Alice Incontrada, responsable de la división infantil y juvenil de Blackie Books. Y quizás lo que ahí suceda tenga que ver con una lectura torcida de los roles familiares tradicionales y con una subversión de la pedagogía más convencional. Los adultos en el mundo de Pippi aparecen poco y, cuando lo hacen, quedan muy mal parados: “Los adultos quedan retratados como gruñones algunos, locos otros (el padre pirata) y el resto son autoritarios”, confirma el doctor Carles Lupresti, jefe del servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Quirón de Barcelona.

Algunas críticas provenientes del sector educativo sueco más tradicional sostenían que el sufrimiento de Pippi era inapreciable y que los niños podían llegar a creer que su vida iba a estar exenta de dolor. “Es cierto que no está la representación materna, pero Lindgren aporta un punto de vista de la infancia más independiente, imaginativo y responsable. Ante cualquier problema, el lema de Pippi era que todo tenía solución”, afirma Lupresti. La pena no tambalea o desconsuela a Pippi, más bien le supone una auténtica liberación con el diseño de un mundo que pertenece a un orden muy distinto al infantil.
Todavía existen dos características que hacen singular a este personaje. Por un lado, Pippi influyó enormemente en que Suecia se convirtiera en el primer país del mundo en prohibir el castigo físico infantil en 1979. Eso es lo que se desprende de Si lo hubiera sabido... habría nacido en Suecia, el documental filmado por Marion Cuerq en 2013. Lindgren trazó un personaje para el que la fuerza física de los otros no suponía una amenaza. Su superpoder le permitía levantar cualquier objeto o ser vivo. No en vano, ella era la niña más fuerte del mundo. “¿Y si los niños tuvieran la misma fuerza y autonomía que los adultos? ¿Serían tratados del mismo modo? ¿Y si la obediencia no fuera una virtud?”, parece cuestionarse Lindgren y trasladar a los lectores con las historias de Pippi. “En este tiempo de hijos hiperprotegidos es buena cosa abrir la ventana de libertad que abre Pippi de par en par e incorporarla a la mochila emocional de lecturas de la infancia”, sugiere la librera de La Mar de Letras.

Un cuento que acabó en mito

Astrid Lindgren nació en Vimmerby (Suecia) en 1907.
En 1941 creó a Pippi Calzaslargas, pero el primer libro se publicó en 1945.
Las historias de Pippi se desarrollan en una docena de libros.
El personaje ha sido adaptado para la televisión, con una serie que en los setenta llevó a Pippi a la fama planetaria.
Ha protagonizado también una serie de animación, varias películas y aparece en un videojuego.
La cuestión de género es el otro asunto medular. “Con tantos personajes masculinos que sirven de modelo para las niñas, aquí sucede lo contrario: Pippi es un espejo para los niños”, afirma Incontrada. Sin darse cuenta, Pippi arroja sensatez a cuestiones que los adultos complican sucesivamente. A la pelirroja no se le ocurre pensar que eso de ser niña sea algo tan distinto que ser niño.

El regalo de una madre a su hija enferma

El origen de Pippi Calzaslargas está relacionado con una pulmonía. La que sufrió la hija de su autora. La enfermedad mantuvo a Karin —de siete años— varios días en cama. “Cuéntame algo de una niña que se llame Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Längstrumpf”, imploró la niña de pronto a su madre. Así surgió el nombre de Pippi por primera vez.
Tres años más tarde, fue la propia Lindgren la que sufrió un esguince de tobillo. Su convalecencia se convirtió en el momento idóneo para transcribir las historias que había ido contando a Karin. Se trataba del mejor regalo de cumpleaños para una hija que estaba a punto de cumplir 10 años. Justo la edad con la que Pippi comienza sus locas aventuras.

sábado, 4 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Relatos iniciales". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Relatos iniciales

Mucho antes que el dominio del lenguaje se ha desarrollado esa herramienta fundamental de la literatura que es el deseo y la capacidad de ponerse en el lugar de otro


Las pinturas rupestres en la cueva de Chauvet son vestigios de un tiempo marcado por narraciones orales.
Igual que un feto parece atravesar aceleradamente en nueve meses toda la duración de la vida sobre la tierra, desde los primeros organismos unicelulares hasta el Homo sapiens, hacia los siete u ocho años un niño está completando el tránsito desde las culturas orales, el pensamiento mágico y los mitos, hasta la máxima sofisticación del razonamiento abstracto y la lectura.
Hace menos de cinco mil años que empezaron a escribirse historias inventadas. Pero antes de la escritura se extiende un continente, un planeta ignorado de narraciones orales que se urdieron y se contaron a lo largo de al menos cuarenta mil años, quizás desde el tiempo de las primeras representaciones artísticas. Un niño de tres o cuatro años vive en ese mundo, que es el de los cuentos y el de los mitos, el de las primeras tentativas de explicación natural de los fenómenos visibles, y también el de los juegos, en los que aprende precozmente los mecanismos sutiles de la ficción. El juego, como la literatura, se basa en lo que Coleridge llamó "suspensión voluntaria de la incredulidad”", que es justo lo contrario de la creencia. El creyente está convencido de la existencia de seres sobrenaturales y de hechos absurdos. El niño que juega, como el lector de una novela o el espectador de una película, en vez de creer, deja en suspenso la incredulidad, de modo que disfruta cabalgando sobre un palo de escoba, aunque sabe que no es un caballo, o se conmueve hasta las lágrimas por la muerte de don Quijote o la de King Kong, teniendo plena conciencia de que los dos nunca existieron, si bien don Quijote era un hombre verosímil y King Kong una criatura fantástica.
Groucho Marx exclamó célebremente, delante del mapa desplegado de una batalla, que aquel mapa podía entenderlo un niño de cuatro años, y a continuación rogó que le trajeran a un niño de cuatro años. Los mecanismos psicológicos en los que se basa el juego de la ficción forman parte tan integralmente de nuestro patrimonio cognitivo que un niño de cuatro o cinco años los domina por completo, igual que domina con perfecta fluidez las complicaciones gramaticales de uno o dos idiomas.

Un niño de tres o cuatro años vive en ese mundo, que es el de los cuentos
y el de los mitos
Nacemos tan programados para segregar y requerir historias como para buscar el amparo de nuestros padres y el trato con nuestros coetáneos. Mucho antes que el dominio del lenguaje se ha desarrollado esa herramienta fundamental de la literatura que es el deseo y la capacidad de ponerse en el lugar de otro, de adivinar sus pensamientos y predecir sus reacciones. El adulto desvía la mirada hacia un lado y el bebé capta ese movimiento y vuelve los ojos en la misma dirección. Antes de contar historias en voz alta o de escucharlas ya nos las estamos contando a nosotros mismos, estableciendo en silencio hipótesis narrativas sobre lo que nos rodea. De noche, en la cama, en la oscuridad y el silencio, apenas sabiendo hablar y mucho antes de saber leer, el niño y la niña fantasiosos se cuentan cosas a sí mismos, mantienen conversaciones en voz baja con un muñeco o con un padre o un hermano ausentes o imaginarios, o con un dedo pulgar, como el pobre niño asustado y trastornado de El resplandor.
Los cuentos son una deriva natural de ese instinto. La palabra impresa y la lectura son una innovación tecnológica, teniendo en cuenta lo reciente de su aparición, comparada con la amplitud de la experiencia narrativa humana, y más aún teniendo en cuenta lo limitada que ha sido la transmisión escrita hasta hace poco más de un siglo. El niño es un primitivo animista que distingue ojos en los árboles y caras en las rocas y que se rinde al hechizo de una voz, un presocrático que imagina explicaciones insensatas, aunque no milagrosas, para los fenómenos naturales, lo mismo la aparición nocturna de la luna que el soplido del viento o el brillo del relámpago. Su sentido todavía literal del idioma le puebla el mundo de posibilidades asombrosas y hasta aterradoras cuando escucha las metáforas implícitas en las expresiones de los adultos. Que las paredes oyen, que se ve el cielo abierto, que están cayendo chuzos de punta, que en algún sitio hay un gato encerrado, que el alma se cae a los pies, que huele a chamusquina, que a alguien se lo ha tragado la tierra, que se puede caminar con pies de plomo. Cuando yo era niño me perdía en especulaciones sobre cómo sería posible eso que se contaba de algunas personas, que habían tirado la casa por la ventana. Esa resonancia originaria de las palabras comunes es el fundamento de la poesía.

Yo nací a tiempo de conocer el fin de una cultura oral. Recuerdo ciegos mendigos cantando por la calle
Hace más de treinta mil años, en la cueva de Chauvet trabajaban extraordinarios pintores, idénticos en su talento a Miguel Ángel o a Van Gogh: es inevitable suponer que habría también narradores magistrales. Abruma la magnitud de todo lo que se habrá perdido sin rastro, lo que no dura en las cuevas, lo que no tiene existencia tangible, la narración oral, la música. Pero igual que cada vida humana empieza en el origen unicelular y acuático de la vida, la capacidad de fabulación se inaugura en cada conciencia infantil, asistida y modelada por el lenguaje, que sirve por igual para nombrar lo existente y lo inexistente, lo visible y lo invisible, lo que sucedió ayer y lo que todavía no ha sucedido, para decir la verdad y para mentir, incluso para fingir que es verdad lo que el narrador y el oyente saben que es mentira.
Yo nací a tiempo de conocer el fin de una cultura oral. Recuerdo ciegos mendigos cantando por la calle coplas de crímenes y de milagros. Recuerdo a las niñas que acompasaban el juego del corro con romances que se habían transmitido desde hacía siglos. Algunos los he reconocido en antologías de canciones sefardíes. Los más recientes habían tenido su origen en la muerte de la reina María de las Mercedes y el luto de Alfonso XII y en el rechazo popular a las guerras de Marruecos. Las madres cantaban villancicos medievales y cuplés aprendidos en la radio, cada uno de los cuales contenía una historia que subyugaba al niño silencioso y atento, que iba por la casa siguiendo la canción, detrás de las tareas sucesivas de las mujeres. Cada tarde las novelas de la radio alimentaban la misma fascinación por los relatos en voz alta. A la caída de la noche los niños mayores contaban a los otros historias antiguas de miedo o argumentos de películas, y así el cine se agregaba a la tradición oral. El mundo narrativo de las mujeres y el de los hombres también estaba segregado: los hombres cantaban mucho menos y la mayor parte de las historias que contaban tenían que ver con la guerra, la guerra misteriosa y lejana que no había sucedido en el cine.
Pero no hay motivo para la nostalgia amarillenta, ni para la pesadumbre apocalíptica sobre la tecnología. El mundo de los relatos en voz alta no se ha extinguido ni puede extinguirse. Todos estamos siempre escuchando y contando historias. Y cada vez que un adulto, un padre o una madre, un abuelo, empieza a contarle un cuento por primera vez a un niño los dos habitan intemporalmente en los orígenes de la literatura.

lunes, 15 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Biblioteca no apta para mayores"

   En "Babelia":

Biblioteca no apta para mayores

Lectura se escribe con L de libertad. La mejor forma de estimular al niño: permitirle que elija libros que conecten con sus intereses. Y que los padres aporten el ejemplo de leer


ILUSTRACIÓN DE ANA PEZ.
"Leer es fundamentalmente un síntoma. De una imaginación saludable, de nuestro interés en este y otros mundos, de nuestra capacidad para estar callados e inmóviles, también para soñar despiertos”. Esta breve enumeración de Mark Haddon, autor de El curioso incidente del perro a medianoche, podría ser más larga, llenar las 202 líneas de este artículo. Porque, cuando se habla de lectura, todos los argumentos son a favor: leer diariamente por placer está asociado a un mejor rendimiento en el informe PISA —programa de la OCDE que evalúa las competencias en lectura, matemáticas y ciencia de alumnos a punto de terminar la etapa de enseñanza obligatoria—; en promedio, los lectores habituales tienen una puntuación superior a un año y medio de escolarización a los que no lo hacen, según un estudio publicado en 2011.
¿Por dónde se empieza a construir una biblioteca estimulante que nos ayude a crear lectores?
“Lo primero que hay que hacer es hablar con tus padres, abuelos, tíos y que te recuerden las canciones infantiles que te cantaban y escribírselas a tus hijos. Hay que conectar con tu origen”, aconseja Gustavo Puerta. Este especialista en literatura infantil destaca la importancia del componente afectivo de las primeras lecturas entre padres e hijos. “Es muy importante la lectura en voz alta, que lean juntos libros que tengan una cualidad fundamental: deben estimular tanto al padre como al niño”. En este momento, advierte Puerta, es cuando suele cometerse el primer error: “Hay que alimentar la elección, que el niño elija sus propios libros, que tenga la posibilidad de equivocarse”.
Bestiario (Libros del Zorro Rojo), la extravagante enciclopedia animal de Adrienne Barman, es un imán tanto para padres como para hijos. Pero, según Enrique García Ballesteros, propietario de la librería especializada en literatura ilustrada para niños y adultos Venir a Cuento de Madrid, esta coincidencia “es excepcional”. Los padres no piensan en lo que le gusta al niño sino en lo que les gusta a ellos. “Y compran en consecuencia. Los tíos, en cambio, sí respetan más los gustos del niño y son más atrevidos en sus elecciones”.
¿Qué le gusta al niño? ¿Cuáles son sus intereses o aficiones? Eso es, después de conocer su edad, todo lo que necesita saber García Ballesteros para ofrecer sus recomendaciones. Si le gustan los fósiles o los trenes, los libros sobre los primeros o los segundos son los que tendrán una mayor probabilidad de éxito. “Una parte del fracaso de la lectura tiene que ver con la incapacidad de que los chavales vean que hay una conexión entre sus intereses y su biblioteca”, apunta Puerta.
Corregir esa inercia es complicado, pero hay resistencias mayores, señala García Ballesteros. “Hay dos cosas que los padres no entienden bien pero están muy en relación con el pensamiento de los niños: el humor negro y el humor surrealista. Este último muchas veces a los adultos no nos dice nada, pero a ellos les encanta”. Él siempre recomienda 100 greguerías ilustradas (Media Vaca), de Ramón Gómez de la Serna —con dibujos de César Fernández Arias—; Los niños tontos (Media Vaca), de Ana María Matute, o Un perro en casa (Ekaré), de Daniel Nesquens. Pero, reconoce, la tasa de rechazo es alta.
“A los adultos nos ha cambiado el humor, en nuestra literatura ya no hay casi nadie que escriba ex profeso para provocar la sonrisa”, opina Nesquens. Sabe que sus libros, en deuda con Jardiel Poncela, Tono y Miguel Mihura, no son para todos. Aquella avenida era de las más bonitas de la ciudad. Tenía de todo. Incluso un agujero que cabía en la palma de la mano. “Pero cuando empecé en esto pensé que lo mejor que tenía un niño era su imaginación y que, precisamente por eso, porque aún era un territorio virgen, podría tomarme ciertas licencias. Para ellos escribo, pero también busco que mis historias gusten al padre, al tío o al abuelo”. Una señora lleva un paraguas. Y un perro. El paraguas se llama paraguas y el perro, Chiver. A estas alturas, con el bagaje de más de una década de ferias del libro a sus espaldas, dice reconocer cuando se enfrenta a una batalla perdida. Y casi siempre las pierde ante los mayores.


Dibujos de César Fernández Arias para las '100 greguerías ilustradas' de Ramón Gómez de la Serna. / MEDIA VACA
La historia de Erika, de Ruth Vander Zee —ilustrada por el legendario Roberto Innocenti—, es otra de las recomendaciones frecuentes de García Ballesteros. Es un libro para niños mayores de ocho años, un testimonio sobre el Holocausto, sobre la maldad en el mundo, que enseguida provoca el rechazo de los padres. “Los niños deben trabajar y vivir todos los problemas de la sociedad para saber enfrentarse a ellos. Si les quitas esos libros no les permites gestionar sentimientos que luego se van a encontrar en la vida real. Muchas veces los padres les permiten que vean el telediario pero no que resuelvan esos problemas en la literatura”, defiende Gemma Lluch, profesora de la Universidad de Valencia y especialista en literatura infantil y juvenil. “Cuanto más sórdida es la realidad, más la edulcoramos”, coincide Maribel García Martínez, de Lóguez Ediciones. “Ahora es difícil plantear determinadas temáticas empeñadas en presentar una realidad poco amable. En nuestro caso, lo que hacemos es tratar cuestiones como la pérdida o el duelo de forma subyacente. Al final, lo importante es la calidad”.
Lluch propone que no cedamos sin reservas el imaginario de los niños a Disney y regresemos a nuestros cuentos tradicionales. “Son una fuente de aprendizaje increíble. Antonio Rodríguez Almodóvar o Enric Valor nos cuentan de qué manera, como pueblo, hemos explicado la vida”. Puerta también reivindica que no abandonemos el pasado. Que recuperemos las obras de autores como José Luis García Sánchez, Miguel Ángel Pacheco, Lolo Rico o Pere Calders. “En el ámbito anglosajón están Dr. SeussLa pequeña oruga glotona, de Eric Carle; Donde viven los monstruos o La cocina de noche, de Maurice Sendak, una serie de libros que han leído abuelos, padres, hijos y nietos porque hay una estructura editorial que ha mantenido estos clásicos vivos y ha creado una tradición. En España y en el ámbito hispanoamericano carecemos de ella. Primero, porque la industria editorial ha estado volcada fundamentalmente en la escuela, y, segundo, porque tenemos una literatura infantil muy cortoplacista que no se plantea crear un producto de calidad que perdure en el tiempo, sino que quiere atender al tema y la estética de hoy”. Y ese es, subraya, otro de los males de la literatura infantil y juvenil actual.

Es importante que padres e hijos lean juntos, y que los libros sean estimulantes”, dice Gustavo Puerta
Si bien hay muchas editoriales que están sacudiéndose esa literatura edulcorada y moralizante —KalandrakaMedia VacaLibros del Zorro RojoNube OchoLos Cuatro AzulesBarbara Fiore, por citas solo algunas—, cunde la “autoayuda”. “A mí muchas veces me plantean cuestiones del tipo: ‘¿Tienes un libro que transmita valores ecológicos?”, relata García Ballesteros. “Mi sugerencia es que lea Pulgarcito, dondeel niño verá que el protagonista no destroza el bosque y esos valores estarán implícitos. Yo creo que lo mejor es ofrecer buenas historias. Los niños diferencian muy bien”.
Aun a riesgo de sonar a moraleja, lo importante, coinciden todos los consultados, es leer. Leer, leer y leer para, idealmente, invertir la tendencia: según el mismo informe de la OCDE, la lectura por placer cotiza a la baja. Entre 2000 y 2009, el promedio de estudiantes que dijeron leer diariamente por placer descendió en cinco puntos porcentuales durante el periodo —de un 69% en el año 2000 a un 64% en 2009—. Leer libros buenos y otros no tan buenos, porque ambas lecturas son clave, insiste Lluch, “para construirnos como ciudadanos plurales”. Para comprender este y otros mundos. “Leer te da la posibilidad de entender el lenguaje de la literatura, y en él también se basan el lenguaje del cine, el del teatro, el del periodismo. Además de la librería, doy clases de historia y cine y me encuentro cada vez más con universitarios que leen pero no comprenden, una percepción compartida por muchos profesores de secundaria. No basta con culpar a la enseñanza: hay que permitir a los niños que construyan su bagaje literario de forma natural, sin imposiciones, porque así es como a todos nos gusta leer”, concluye García Ballesteros.

martes, 19 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL. "Subversión y moraleja". Alberto Manguel

   En "El País":

Subversión y moraleja

Los héroes virtuosos convivieron en los libros infantiles con personajes osados que desafiaban la autoridad.

Hoy esa rebeldía pierde sentido al estar avalada por los padres


Hacia 1900 el Vaudeville Theatre escenifica la ceremonia del té de 'Alicia en el País de las Maravillas'. / [AUTFOTO]HULTON-DEUTSCH COLLECTION / CORBIS
Mis primeros compañeros de juegos fueron Noddy, el muñeco de Enid Blyton, y el Pequeño Muck, un descendiente alemán de Las mil y una noches, soñado por Wilhelm Hauff. Más tarde, a estos personajes supuestamente correctos y pulcros se agregaron otros de la misma especie: la tan atenta Hormiguita Viajera de Constancio C. Vigil y Narizinha, la niña respingada de los cuentos de Monteiro Lobato. Luego vinieron Pinocho, el títere de Collodi que aspira a la condición humana; Bomba, el musculoso niño de la selva copiado por un tal Roy Rockwood del Tarzán de Edgar Rice Burroughs, la servicial Jo de Mujercitas de Louise May Alcott, y también los lacrimógenos y empalagosos héroes deCuore de Edmundo d’Amicis que con devoción y arrojo salvan la vida de la abuela, defienden el honor de la patria y atraviesan el mar en busca de una madre supuestamente desaparecida. Todos parecían bien educados, más o menos obedientes, responsables, y si bien varios se mostraban a veces traviesos y aventureros, al final de la historia reconocían sus faltas y eran recompensados con los aplausos de sus mayores.


Sandokan visto por Marisol Calés.
Poco a poco, a estos paragones fueron sumándose otros que, si bien seguían siendo perfectamente ejemplares, se permitían ciertos deslices y travesuras. La conducta de Mowgli, el niño adoptado por los lobos, emblema del amor que Kipling sintió por los paisajes de la India, no es irreprochable, como tampoco lo es la de Ana de las Tejass Verdes, a través de quien Lucy Maud Montgomery inmortalizó su Isla del Príncipe Eduardo. Algo en la naturaleza rebelde de estos lugares tan diversos contamina a los dos protagonistas. Lo mismo sucede con el pirata Sandokán y la Malasia de Emilio Salgari, y con los místicos aventureros de ciertas novelas orientales de Karl May. Robinsón Crusoe, en cambio, a pesar de la descorazonadora isla, que le atribuyó Daniel Defoe, sigue hasta la última página siendo nada más que un caballero inglés. De niño, sus desventuras y quejas me aburrían, y no terminé de leer el libro hasta muchos años después.
Pero en vísperas de mi adolescencia, pasé a admirar a otros personajes más arriesgados, individuos que misteriosamente viven al margen de la sociedad. El embustero Till Eulenspiegel, el astuto Huckleberry Finn, el drogadicto Sherlock Holmes me sedujeron (y siguen seduciéndome) porque sospecho que yo adivinaba, en sus artimañas y artificios, estrategias para sobrevivir en un mundo que empezaba a parecerme de más en más despiadado.

El mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro
Mis lecturas infantiles tuvieron esto de diferente de las que las sucedieron: el mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro, y no el de los inconvenientes rituales cotidianos de mi casa y de mi escuela, por lo demás absurdos y contradictorios. Me daba un placer enorme reconocer en las aventuras de Jim Hawkins en La isla del tesoro, o de Alicia en el País de las Maravillas, una desobediencia, una mínima rebeldía. Cuando Jim roba el mapa al espantoso ciego Blind Pew, o cuando Alicia se pone de pie en la corte de los reyes de naipes y desmantela el ridículo juicio, yo me regocijaba secretamente. Quizás ni Stevenson ni el reverendo Dogson (al menos bajo su identidad carrolliana) se hubiesen escandalizado al descubrir que sus cuentos infantiles fueron para mí las primeras lecciones de anarquismo.
Sin bien, sobre todo en el siglo XIX, los editores trataron de alimentar las bibliotecas infantiles con obras moralizadoras y crónicas de vidas ejemplares, los autores más inspirados minaron esas endebles redacciones dogmáticas y permitieron que, siempre dentro de un marco socialmente aceptable, sus pequeños protagonistas pudiesen cuestionar de vez en cuando las autoridades supremas y vivir peligrosamente, al menos hasta la redención final, las deseadas aventuras. Si bien Mowgli acaba rindiéndose a la sociedad de los hombres, Alicia regresa al mundo victoriano y Pinocho acepta la mentirosa promesa del Hada Azul (“sé bueno y honesto y serás feliz”) y se vuelve un niño de carne y hueso, ningún niño cree verdaderamente que la historia acaba así. Otro es el final que buscamos.


El capitán Nemo sobre el Nautilus en el Sena,
En 1914, el escritor inglés Hector Hugh Munro firmó, bajo el seudónimo de Saki, un cuento llamado 'El narrador', en el que un hombre joven, encerrado en un compartimento de tren con dos hermanitas inquietas y su desesperada tía, intenta calmar a las pequeñas salvajes contándoles un cuento acerca de una niña “horriblemente buena”, tan “horriblemente” buena que ha recibido numerosas medallas por su excelente comportamiento. El novedoso adverbio es todo lo que las hermanas necesitan para quedar embelesadas con el cuento que acaba, después de numerosos e ingeniosos apartes, cuando la heroína, que al contrario de Caperucita no se desvía nunca del camino recto, es devorada por un lobo que la oye acercarse gracias al tintineo de sus medallas. No desviarse del recto camino no es una estrategia que asegura la sobrevivencia: eso quiso hacer explícito el marqués de Sade al narrar las interminables desventuras de la virtuosa Justine. Los niños secretamente saben que plegarse a los hipócritas requisitos de la sociedad de adultos no los ayudará a sobrevivir en un mundo de lobos ni a encontrar su propia senda en el mundo de Caperucita. Desvíos, artimañas, astucias, invenciones taimadas es lo que los verdaderos héroes requieren. Ulises, el ingenioso embustero, sobrevive y vuelve a casa. Héctor, el noble guerrero que obedece las reglas, no.


Exposición sobre Caperucita, en la Biblioteca Nacional.
Pero para poseer el vigor de un personaje que logra sobreponerse a la estupidez del mundo, los ardides del argumento deben ser sutiles, los motivos ocultos, la subversión casi invisible. La historia debe aparentar respetar las reglas de civilidad y buenas maneras, sostener sin reservas los códigos de conducta tradicionales, someterse al poder de la autoridad, y todo esto sin dejar ver que, en realidad, lo que el autor se propone es cuestionar la autoridad de tal poder, infringir las reglas, oponerse a la tradición. Así los libros de Alicia fueron leídos por los victorianos sin percibir (o sin confesar que percibían) los meticulosos e implacables ataques contra el absurdo cotidiano, y el viaje submarino del Capitán Nemo fue disfrutado por generaciones de complacidos burgueses sin adivinar (o sin querer adivinar) que las acciones del personaje de Julio Verne anticipaban los estragos terroristas de nuestro tiempo. Los niños, en cambio, incapaces de lecturas inocentes, sospechan que algo innombrado se oculta en la sombra de sus héroes.

Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo
Hoy en día, temo que gran parte de esta enseñanza secreta, de este fortalecedor placer en los prohibido, haya sido recuperado y emasculado, como tantas otras cosas íntimas y esenciales, por el mundo comercial. Los mercaderes que Cristo, con tanta razón, echó a patadas del templo, han vuelto y se han instalado en cada una de las áreas de nuestra existencia. Las canciones de protesta forman ahora parte del catálogo de las grandes compañías de música, los harapientos uniformes revolucionarios desfilan en las más costosas casas de moda, las series de televisión más contestatarias son producidas por cadenas reaccionarias como la Fox, los libros infantiles más subversivos son publicados por editoriales multinacionales y exhibidos sin temor en listas de best sellers. Así, convertido en producto de consumo, el panfleto más inflamatorio se hace inocuo y banal. Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo, se han vuelto inofensivos y obvios puesto que los adultos los han aceptado con todos sus excesos y atrevimientos, desenmascarándolos desde el “érase una vez”. Harry PotterAdrian MoleGreg y los otros son audaces aventureros que se oponen a la sociedad pero sólo entre las cubiertas de sus libros. Un niño entiende que no tiene gracia sentirse, junto a su héroe, fuera de la ley si los adultos aprueban la supuesta transgresión y hasta la juzgan divertida. La imaginación no caza en jaurías: para imaginar eficazmente, el niño necesita la soledad mental absoluta; saber que únicamente entre las páginas del libro, si tiene suerte y si el libro lo interpela, descubrirá por sí mismo el hilo de una historia secreta contada únicamente para él. A esa singular lección aspira toda la literatura.

martes, 26 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. "200 años de fantasía con los hermanos Grimm". Reportaje

Los hermanos Grimm. / EL PAÍS

   En "El País":

200 años de fantasía con los hermanos Grimm

El mundo de la literatura infantil celebra los 200 años de la edición del primer volumen de cuentos de los autores alemanes: 'Cuentos infantiles y del hogar'

 Berlín 20 DIC 2012

Doscientos años después de su primera edición, los Cuentos infantiles y del hogar recopilados por los hermanos Grimm supera el éxito disparatado de bestsellers: se han traducido a más de 170 idiomas, han salido en versiones innumerables y han inspirado cientos de películas cuya factura oscila entre los dibujos animados de Disney y la pornografía dura. En el Museo Hermanos Grimm de Kassel (Alemania) guardan los manuscritos de estos Cuentos infantiles y del hogar, editados por primera vez en Berlín el 20 de diciembre de 1812, que desde 2005 son Patrimonio de la Humanidad. Calculan en Kassel que, en total, estas historias han alcanzado una tirada de “bastante más de mil millones” de ejemplares. Románticos, violentos y pedagógicos, los cuentos de Grimm son una especie de quintaesencia alemana.
Los hermanos Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) empezaron a recopilar cuentos en 1806, el mismo año en que Napoleón derrotó a los prusianos en Jena y entró con sus tropas en Berlín para liquidar el antiguo régimen. Los Grimm vivían en Kassel con la modestia de unos jóvenes burgueses, huérfanos de padre y recién licenciados en derecho. Al año siguiente, la ciudad se convertiría en la capital del reino de Westfalia, creado por Bonaparte para su hermano Jerónimo. Ellos siguieron recopilando sus cuentos con ayuda de amigos y conocidos. Pero no viajaron, como se dice a veces, por la Alemania estremecida por los cambios del siglo y las guerras del Primer Imperio napoleónico. Escuchaban a viejas modistas, vendedoras, soldados y campesinos en las tabernas o en los mercados de su ciudad. Sobre todo de la familia del farmacéutico Wild y de las hermanas Hassenpflug, así como del dragón (soldado de caballería) Johann Friedrich Krause. Tras seis años de transcripciones, arreglos estilísticos y limpiezas formales, el primer tomo de sus cuentos salió el mismo año de la Constitución de Cádiz.
Para la segunda parte, que salió en 1814, ganaron la colaboración de las familias nobles Haxthausen y Droste Hülsoff, así como de la notable cuentista y verdulera Dorothea Viehmann, una viuda de sastre que impresionó a los hermanos porque era capaz de repetir sus cuentos siempre con las mismas palabras.
La primera edición no fue un éxito. En medio de aquellas guerras y convulsiones políticas que cambiaron el mapa europeo, ni las brutalidades que describían los Grimm ni su prolijidad filológica contribuyeron a la fama de Rapunzel, Cenicienta o el sastrecillo valiente. Holger Ehrhardt, germanista de Kassel que ocupa la cátedra Grimm, sostiene que la enorme repercusión de los cuentos en el imaginario de generaciones de niños comenzó cuando los hermanos incluyeron ilustraciones en la “edición pequeña” de 1825. Se basaba en la segunda edición de los cuentos, que data de 1819. Wilhelm Grimm, el más afecto a la poesía de los dos, trabajó en el lenguaje de los cuentos y les dio su tono romántico y accesible para los niños.
Tras la II Guerra Mundial comenzaron las críticas a los cuentos como una “escuela de crueldades”. La bruja asada viva, su antropofagia frustrada, el abandono de niños desamparados o su condena a muerte dictada por el mismísimo Dios para terminar con su terquedad disgustan a algunos niños y a muchos educadores. Puntual para este aniversario, la ministra de Familia Kristina Schröder lamentaba el jueves en una entrevista al semanario Die Zeit el “sexismo” de los cuentos de Grimm. La democristiana pertenece al sector conservador de la CDU de Angela Merkel y ha adoptado medidas muy criticadas por no promover el acceso de las mujeres al mercado laboral, pero los cuentos la inquietan y asegura que solo se los leerá a su progenie “dosificados”.
Es de esperar que las autoridades culturales alemanas dosifiquen a su vez las cenicientas y las blancanieves del “año Grimm” 2013, para el que se han planeado diversas actividades en el país. Los Grimm, además de cuentacuentos, fueron lingüistas eminentes y pasan por fundadores de la germanística. Iniciaron el proyecto de un colosal Diccionario Alemán en el que solo llegaron con vida hasta la palabra frucht (fruto o fruta). Conocido afectuosamente como El Grimm, este monumento a la legua alemana concluyó en 1961, 123 años después de que Jacob y Wilhelm lo comenzaran. Tiene 32 tomos.
Los Grimm eran demócratas y abogaban por la unificación del puzle germánico del Ochocientos en un solo Estado nacional. Colaboraron en la redacción alemana de los Derechos Humanos. Tras mudarse a Göttingen para asumir sendas cátedras a partir de 1830, escribieron textos políticos que les costarían el exilio del reino de Hannover en 1837. Jacob fue diputado de la Asamblea Nacional de Fráncfort en el año revolucionario 1848. Siempre juntos pese a la boda de Wilhelm con Dorothea Wild en 1825, vivieron sus últimos 20 años en Berlín, que era la capital del reino de Prusia. Alemania dedicó a su memoria un gran número de calles, escuelas, premios y el último billete de mil marcos.