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viernes, 17 de mayo de 2013

PRENSA. "Recuperando a Arturo Barea". William Chislett

Arturo Barea

   En "El País":

Recuperando a Arturo Barea

Lo que queda de la vida del autor de ‘La forja de un rebelde’ está guardado en 13 cajas

 22 DIC 2012

Todo lo que queda de la vida de Arturo Barea, fallecido en Inglaterra en 1957, después de 18 años de exilio, y autor de la trilogía La forja de un rebelde, el relato más esclarecedor y sincero de los primeros 40 años del siglo XX español, está dentro de 13 cajas guardadas en una casa de Londres, que muy poca gente ha visto.
Recientemente me permitieron acceder a este archivo personal y fue como pasar una tarde hablando con alguien admirado desde hace mucho tiempo y al que a uno le hubiera gustado conocer. La trilogía se publicó por primera vez en inglés durante la década de 1940 (traducida por Ilsa, su esposa austriaca) y no apareció en España hasta 1978. En octubre de 2012 RBA ha publicado una nueva edición de un libro que desde aquella fecha no ha estado nunca descatalogado.
Pude ver sus pasaportes británicos (a Barea le concedieron esa nacionalidad en 1948), su testamento, muchas fotos y cartas, el manuscrito completo de La raíz rota, su última novela, relatos, transcripciones de cientos de emisiones del servicio de la BBC para Latinoamérica e incluso la primera página de La forja, mecanografiada en papel biblia con una máquina de escribir Underwood que, al ser inglesa, no tenía tildes, de manera que Barea tuvo que añadirlas a mano con un lápiz azul. Al ver esto se me puso un nudo en la garganta.
El inicio de La forja es un precioso retrato de la infancia del escritor, cuya madre se ganaba la vida lavando ropa militar en el río Manzanares. “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados”.

El archivo contiene documentos de incalculable valor sobre una de las voces principales del exilio español
Esa misma máquina de escribir se encuentra en casa de Antonio Muñoz Molina desde 2011, después de que los dos reuniéramos dinero entre un grupo de admiradores para restaurar la deteriorada lápida en honor de Barea que se puede ver en el cementerio de All Saints Church, de Faringdon, cerca de Oxford, donde vivió y murió el escritor. Una señora inglesa la trajo hace años a España y se la entregó a Muñoz Molina. Llegó a su casa con un ejemplar intercalado de The Times del 28 de diciembre de 1957. En él aparecía el obituario de Barea. Ya está en marcha el encargo de una placa en honor de Barea para ponerla en la fachada de su pub favorito, en Faringdon, en 2013.
Entre las demás cartas que encontré en el archivo estaba una escrita en 1951 por un periodista inglés que había recibido una queja de las “autoridades culturales de Madrid” por haber dicho en un artículo que Barea era un escritor español. “Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco. Me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial”. La mujer de Barea sí le traducía al inglés, pero eso no significaba que él no fuera un escritor español.
No fue esta la primera vez que el franquismo intentó denigrar a Barea, que, prácticamente autodidacta, había sido el censor principal de la Oficina de Prensa Extranjera de Madrid durante la Guerra Civil y había participado en emisiones radiofónicas desde un sótano forrado de colchones para amortiguar el ruido, bajo el seudónimo La voz desconocida de Madrid. En 1956, mientras viajaba por Latinoamérica para la BBC, el régimen le llamó “el inglés Arturo Beria”, aludiendo así al jefe de seguridad de Stalin Lavrenti Beria, pero Barea nunca fue comunista.
Otra carta del archivo, enviada desde la editorial británica Secker & Warburg (la misma de George Orwell, que tenía en muy alta estima a Barea) instaba al español a remitirles urgentemente un duplicado de su libro Struggle for the Spanish Soul [La lucha por el alma española], ya que el original se había perdido cuando las bombas alemanas arrasaron en 1941 la imprenta que la editorial tenía en Plymouth. “Durante el bombardeo, no solo se destruyeron las existencias, sino las copias mecanografiadas, entre ella la de su libro”. Por fortuna, Barea había conservado una copia.
El archivo contiene documentos de incalculable valor sobre una de las voces principales del exilio español y sobre un trágico periodo de la historia de España, y su propietario, que prefiere guardar el anonimato, me dijo que solo lo habían visto dos personas. Sería necesario que todo el mundo pudiera consultarlo.
En Madrid, la Biblioteca Nacional hace lo posible por animar a escritores vivos a donar sus archivos. Uno de los primeros en hacerlo, en octubre de este año, ha sido Muñoz Molina, quien declaró que “Se trata de un acto de restitución a la sociedad. La Biblioteca Nacional me parece el lugar donde mejor pueden estar, para que los consulten los especialistas”. Estoy seguro de que Barea, un hombre que, a pesar de tener sobradas razones, no sentía amargura, también lo habría querido así de haber sobrevivido al franquismo.
William Chislett fue corresponsal del Financial Times y es investigador asociado del Real Instituto Elcano.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

PRENSA (1). 5 diciembre 2010

En "El País":

1. Desnudos. Columna de Manuel Vicent.

2. La forja de una memoria. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. Escritores e hispanistas restauran la lápida que guarda en Reino Unido el recuerdo del novelista Arturo Barea.

3. Ruby Rompecorazones y el Gran Mandíbulas. Artículo del escritor Rafael Argullol, sobre Berlusconi.

4. Informe urgente sobre Wikileaks. Artículo de Ángel Viñas, historiador y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.

5. Extraterrestres en California. Artículo de Mario Vargas Llosa. Una obra de teatro recrea la adaptación radiofónica de Orson Welles de 'La guerra de los mundos', de H. G. Wells. A la salida ¿no percibimos las siluetas de otros invasores, no menos dañinos?

6. Wikileaks: el consenso equivocado. Por Moisés Naím.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "La forja de un rebelde", de Arturo Barea (1897-1957)

Arturo Barea

Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados. La señora Encarna corre detrás de nosotros con la pala de madera con que golpea la ropa sucia para que escurra la pringue. Nos refugiamos en el laberinto de calles que forman las cuatrocientas sábanas húmedas. A veces consigue alcanzar a alguno; los demás comenzamos a tirar pellas de barro a los pantalones. Les quedan manchas, como si se hubieran ensuciado en ellos, y pensamos en los azotes que le van a dar por cochino al dueño.
Por la tarde, cuando los pantalones están secos, ayudamos a contarlos en montones de diez hasta completar los doscientos. Los chicos de las lavanderas nos reunimos con la señora Encarna en el piso más alto de la casa del lavadero. Es una nave que tiene encima el tejado doblado en dos. La señora Encarna cabe en medio de pie y casi da con el moño en la viga central. Nosotros nos quedamos a los lados y damos con la cabeza en el techo. Al lado de la señora Encarna está el montón de pantalones, de sábanas, de calzoncillos y de camisas. Al final están las fundas de las almohadas. Cada prenda tiene un número, y la señora Encarna los va cantando y tirándolas al chico que tiene aquella docena a su cargo. Cada uno de nosotros tenemos a nuestro lado dos o tres montones, donde están los "veintes", los "treintas" o los "sesentas". Cada prenda la dejamos caer en su montón correspondiente. Después, en cada funda de almohada, como si fuera un saco, metemos un pantalón, dos sábanas, un par de calzoncillos y una camisa, que tienen todos el mismo número. Los jueves baja el carro grande, con cuatro caballos, que carga los doscientos talegos de ropa limpia y deja otros doscientos de ropa sucia.
Son los equipos de los soldados de la Escolta Real, los únicos soldados que tienen sábanas para dormir.
Todas las mañanas pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.
El príncipe es un niño rubio con ojos azules, que nos mira y se ríe, poniendo cara de bobo. Dicen que es mudo y que se pasea en la Casa de Campo entre un cura y un general con bigotes blancos, que le acompañan todos los días. Estaría mejor aquí, en el río, jugando con nosotros. Además, le veríamos en pelota cuando nos bañamos, y sabríamos cómo es un príncipe por dentro. Pero parece que no le dejan. Una vez se lo dijimos al tío Granizo, el dueño del lavadero, porque él tiene confianza con el guarda mayor de la Casa de Campo que a veces habla con el príncipe. El tío Granizo nos lo prometió y luego nos dijo que el general no le dejaba.
Estos militarotes son todos igual. A casa de mi tío José va un general que estuvo en las Filipinas. Se trajo de allí a un chino muy viejo que me quiere mucho, un bastón de una madera de color rosa, que él dice que es la espina de un pescado que llaman manatí y mata a quien dan un palo con ella, y una cruz que no es una cruz, es una estrella verde con muchos rayos. La lleva en todas partes: bordada en el chaleco y en la camisa, y además en un botón de esmalte en la solapa de la americana.
El general, cuando va a casa, gruñe carraspeando y me pregunta "si soy un hombrecito". En seguida me empieza a regañar: "Niño, estáte quieto, los hombrecitos no hacen esto". "Niño, deja el gato, ya eres un hombre". Me suelo sentar entre las piernas de mi tío y ellos charlan de política y de la guerra de los rusos y los japoneses. La guerra acabó hace años, pero al general le gusta hablar de ella, porque ha estado en China y en el Japón. Cuando hablan de esto, los escucho, y cada vez que oigo cómo los japoneses les zumbaban a los rusos, me alegro. Tengo una rabia loca a los rusos. Tienen un rey muy bestia que es el zar, y un jefe de policía que se llama Petroff, "el capitán Petroff", y es un bárbaro que lleva a la gente a latigazos. Todos los domingos, mi tío me compra las Aventuras del capitán Petroff. Le tiran muchas bombas, pero no le matan.
Cuando no hablan de la guerra, me aburro y me pongo a jugar, tumbado en la alfombra del comedor.
Este general que va con el príncipe debe de ser igual. Es el que le va a enseñar a hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque, si es mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de curas.
Me estoy aburriendo porque no baja ninguna pelota y nos hace falta una para jugar esta tarde. Es muy sencillo pescar una pelota.
Delante de la casa del tío Granizo hay un puentecillo de madera, hecho con dos rieles del tren atravesados y cubiertos de tablones, con su barandilla y todo, pintado de verde. Allí pasa un río negro que sale de un túnel debajo del puente del Rey; este túnel y este río son la alcantarilla de Madrid. Todas las pelotas que pierden los chicos en las calles de Madrid, porque se les cuelan por las bocas de las alcantarillas, bajan flotando, y nosotros, desde lo alto del puente, las pescamos con una manga hecha de un palo largo y la alambrera vieja de un brasero. Una vez cogí una de goma pintada de colorado. Al otro día, en el colegio, me la quitó Cerdeño y, como es mayor que yo, me tuve que callar. Ahora que le costó caro: le metí una pedrada desde lo alto de la corrala; ha llevado una venda tres días y le han tenido que coser los sesos con hilo. Claro que no sabe quién ha sido; pero, por si se entera, llevo siempre una piedra de puntas en el bolsillo, y como me quiera pegar, le van a coser otra vez.
Antonio, el cojito, se cayó una vez desde el puentecillo y por poco se ahoga. Le sacó el señor Manuel, el mozo del lavadero, y le apretó la tripa con las dos manos. Comenzó a echar agua sucia por la boca; luego le dieron té y aguardiente. El señor Manuel, como es un borrachín, se bebió un trago grande de la misma botella, porque se había mojado los pantalones y decía que tenía frío.
Nada, que no baja ninguna pelota; me voy a comer, que me está llamando mi madre. Hoy comeremos al sol sobre la hierba. Esto me gusta más que los días que no hay sol y hace frío; entonces comemos dentro de la casa del tío Granizo. Es una taberna con un mostrador de estaño y unas mesas redondas que todas están cojas: se cae la sopa y además el brasero da un tufo inaguantable. No es un brasero, es un anafre muy grande, con una lumbre en medio y con los pucheros de todas las lavanderas alrededor. El puchero de mi madre es pequeño, porque no somos más que dos, pero el puchero de la señora Encarna parece una tinaja. Son nueve y tienen por plato una palangana pequeña. Se sientan todos alrededor y van metiendo la cuchara por turnos. Cuando llueve y comen dentro, se sientan en dos mesas y reparten la comida entre la palangana y una cazuela de barro muy grande que el tío Granizo tiene para guisar caracoles los domingos. Porque los domingos no hay lavadero y el tío Granizo guisa caracoles; por la tarde bajan hombres y mujeres a bailar aquí y meriendan caracoles y vino. Un domingo nos convidó a mi madre y a mí, y yo me hinché de comer. Los caracoles se cogen aquí mismo entre la hierba, sobre todo después que ha llovido, cuando salen a tomar el sol. Nosotros, los chicos, los cogemos, les pintamos la cáscara de colores y jugamos con ellos a las carreras de caballos.
El cocido sabe aquí mejor que en casa: se pica una sopa de pan muy delgadita y luego se vierte encima el caldo del cocido, amarillo de azafrán. Se come uno la sopa, luego los garbanzos, y por último la carne, con tomates cortados por la mitad, espolvoreados de sal. De postre, la ensalada: unas lechugas jugosas con un cogollo muy tierno, como no las hay en Madrid. Las cría el tío Granizo aquí, al lado de la alcantarilla, porque dice que con el agua de la alcantarilla crecen mejor; y es verdad. Esto parece que es una porquería, pero también se echa la basura en los campos y las gallinas se la comen. Sin embargo, el pan y las gallinas están muy ricos.
Las gallinas y los patos conocen la hora de la comida. En cuanto han visto que mi madre volcaba la banca han comenzado a venir. Debajo de la banca había una lombriz muy grande y muy larga, y un pato la ha visto en seguida. Se la ha comido igual que me como yo los fideos gordos: la ha dejado colgando del pico y después la ha sorbido, haciendo "paff" y ¡adentro! Después se ha picoteado las plumas del cuello como si le hubieran quedado migas y ha esperado a que le eche un cacho de pan. No se lo doy en la mano, porque es muy bruto: pica los dedos y, como tiene el pico muy duro, hace daño.
Con la banca boca abajo como mesa, comemos los dos, mi madre y yo, sentados en el suelo. Mi madre tiene las manos muy pequeñitas; y como toda la mañana desde que salió el sol ha estado lavando, los dedos se le han quedado arrugaditos como la piel de las viejas, con las uñas muy brillantes. Algunas veces las yemas se le llenan de las picaduras de la lejía que quema. En el invierno se le cortan las manos, porque cuando las tiene mojadas y las saca al aire, se hiela el agua y se llenan de cristalitos. Le salta la sangre como si la hubiera arañado el gato. Entonces se da glicerina en ellas y se curan en seguida.
Cuando acabemos de comer vamos a hacer la carrera de autos París-Madrid con las carretillas de llevar la ropa. Le hemos quitado cuatro al señor Manuel, sin que se entere, y las tenemos escondidas en la Pradera. No quiere que juguemos con ellas, porque pesan mucho y dice que nos vamos a romper una pierna; pero es muy divertido. Tienen una rueda de hierro delante que chirría al rodar; uno de nosotros se monta encima y otro empuja a todo correr, hasta que se cansa; entonces vuelca de repente la carretilla y el que va encima se cae. Una vez hicimos así el choque de trenes y el cojito se machacó un dedo. El pobre es un desgraciado: su padre le dio un palo y le dejó cojo; como he dicho, se cayó de la alcantarilla; como es cojo y no desgasta más que una bota, su madre le hace ponerse las dos botas del mismo par, una cada día, para que las desgaste por igual. Cuando le toca la del pie izquierdo, que es el que le falta, se queda cojo de los dos pies y tiene mucha gracia verle correr colgado de las muletas.
Yo he visto la carrera París-Madrid en la calle del Arenal, en la esquina de la calle donde vive mi tío. Habían puesto muchos guardias para que no atropellaran a la gente, pero no los dejaron llegar corriendo hasta la Puerta del Sol como ellos querían. La meta estaba en el puente de los Franceses, y allí se espachurraron cuatro o cinco autos. Yo no había visto nunca un auto de carrera, porque los que hay en Madrid parecen coches sin caballos; pero éstos son diferentes. Son muy bajitos y muy largos y el hombre va metido dentro, tumbado, y sólo se le ve la cabeza, con una gorra de pelos y unas gafas grandes con cristales, como las de los buzos.