Mostrando entradas con la etiqueta naufragio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta naufragio. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de octubre de 2013

PRENSA. "No hay diques para tanto mar". Reportaje


   En "El País":

No hay diques para tanto mar

Los cientos de muertos en Lampedusa resucitan el debate sobre cómo ordenar los flujos migratorios en medio de un clima político contrario a la apertura de fronteras

 10 OCT 2013

“¡Esto hay que pararlo! ¡Esto hay que pararlo!”. La alcaldesa de la isla italiana de Lampedusa, Giusi Nicolini, desesperada ante la llegada a sus costas de bolsas llenas de cadáveres de inmigrantes, no encuentra consuelo. Nueve días han pasado y más allá de condenas y lamentos no hay sobre la mesa soluciones capaces de salvar vidas y poner orden en la gestión de los flujos migratorios. En parte, porque no hay una receta única y mágica. Pero, también, porque lejos de exigir soluciones, los electorados sintonizan cada vez con mayor facilidad con los discursos antiinmigración que han encumbrado a partidos extremistas en toda Europa en tiempos de crisis.
Por un lado están aquellos que exigen fronteras herméticamente cerradas, por otro los que solicitan mayor apertura tanto para refugiados políticos como para inmigrantes económicos. En lo único que hay un verdadero consenso es en que las barreras físicas no bastan. Que el actual modelo no funciona. Y que, como dice Nicolini, algo hay que hacer.

Los bienes circulan con fluidez por el mundo, no como las personas
El dilema que los más de 300 muertos de Lampedusa ha reavivado con brutalidad persigue a los países desarrollados desde hace décadas. No es sencillo, porque en la inmigración se cruzan caminos infinitos. Los conflictos armados, la desigualdad, la solidaridad internacional. Casi nada. Son grandes temas a resolver a largo plazo. En el corto, urge parar la sangría y encontrar un modelo que permita ordenar el tránsito de personas y que ofrezca salidas tanto para las sociedades empobrecidas como para las envejecidas y faltas de mano de obra.
De momento, la experiencia acumulada no ha bastado para aliviar la situación. Al contrario. Las cifras de muertos no dejan de crecer, mientras que las proyecciones de flujos de desplazados de conflictos como el sirio alertan de un serio agravamiento de la situación. “Si nos fijamos en los acontecimientos históricos en el mundo árabe, la Unión Europea necesita acometer cambios profundos en sus políticas con sus vecinos del Mediterráneo”, reconocía hace meses en Harvard la propia Cecilia Malmström, comisaria europea de Interior.
¿Ha llegado el momento de un cambio radical de las políticas migratorias? Es una de las preguntas que cobran nueva fuerza después de Lampedusa. ¿Ha llegado la hora de abrir las fronteras a las personas y no solo a las mercancías y a la tecnología? O al revés. ¿Es Lampedusa la señal definitiva de que ha llegado el momento de cerrar a cal y canto las fronteras para eliminar expectativas y evitar lo que algunos llaman efecto llamada? ¿O cuánto debe restringirse el flujo para preservar la cohesión social y el progreso económico en tiempos de crisis?
Mientras que las mercancías y las empresas circulan con creciente fluidez en el mundo global, las personas no son capaces de traspasar las barreras de los Estados-nación. Los muros, las patrullas marítimas y los controles fronterizos crecen en altura y densidad, pero no consiguen disuadir a los indocumentados. Tampoco logran impedir la muerte de las decenas de miles de personas que tratan de alcanzar las costas. Para algunos expertos, el efecto es justo el contrario. “La situación actual es inhumana. Centrarse en el control físico de las fronteras y en las barreras no resolverá el problema. Es fundamental comprender que la violencia y la guerra no van a desaparecer y que la gente va a seguir intentando escapar. Cuanto más se cierren las fronteras, más peligrosas resultarán las vías clandestinas. Por eso, yo creo que el planteamiento actual solo contribuye a poner más vidas en peligro”, sostiene Nicolas Beger, director de Amnistía Internacional en Europa. Hasta ahí, lo que según Beger no se debe hacer. Pero, ¿qué es lo que sí se puede y debe hacer? “Para empezar, cada país debe responsabilizarse de una cuota justa de inmigrantes en relación con su tamaño. Las disparidades entre unos países y otros son descomunales”.

Los electorados sintonizan cada vez más con el discurso antiinmigración
Para Vittorio Longhi, lo que está sucediendo ante las costas europeas cobra dimensiones bélicas. Autor de un libro titulado La guerra de la inmigración. Un movimiento global contra la discriminación y la explotación, cree que las cifras de inmigrantes muertos bien podrían ser las de una guerra, y piensa que “esto no funciona”. “Por pretender que no existe, el problema no va a desaparecer. No hacen falta 200 muertos para darse cuenta. Un solo cadáver debería bastar para reconocer que algo va mal”, afirma. En los últimos 20 años, al menos 20.000 personas han muerto en el Mediterráneo.
Qué hacer es evidentemente la clave del asunto que nos ocupa. Puede que las desigualdades y la guerra siempre vayan a existir y que no vaya a faltar gente dispuesta a jugársela en busca de un futuro mejor. Hay que decidir, pues, quién entra y cómo lo hace y, sobre todo, evitar que se maten por el camino. Son casi testimoniales los entendidos que defienden la apertura total de fronteras y la soberanía de los Estados para decidir quién entra y quién sale del país apenas se cuestiona.
Longhi sí opina, sin embargo, que entre una posición y otra hay mucho margen para mejorar. Que parte del problema se solventaría si se amplían los canales de emigración legal —ya sea ampliando los sectores laborales o a través de un mayor número en sectores ya existentes—, algo en lo que coinciden no pocos expertos. “Hay que adecuar la demanda migratoria a las necesidades reales de los mercados laborales. Las cuotas de entrada podrían ser mayores en muchos países. La prueba es que los inmigrantes sin papeles encuentran empleo —ilegal y en condiciones terribles—, pero lo encuentran porque hay trabajo. El problema es que el debate migratorio ha estado dominado tradicionalmente por la propaganda y la xenofobia. No es un debate sereno en el que se tenga en cuenta, por ejemplo, la aportación de los inmigrantes a la economía. Los políticos a menudo se limitan a tratar de demostrar a los votantes que hacen todo lo posible por evitar la entrada masiva de inmigrantes”.
Uno de esos políticos es Philip Claeys, europarlamentario del Vlaams Belang, partido de la extrema derecha belga, que, como muchas otras formaciones de la UE, ha forjado su identidad en el cierre de fronteras y el rechazo al inmigrante. Piensa que a los europeos les preocupa mucho este tema y que el problema es que “durante años se ha tratado como un tabú político”. “La gente está harta. Los inmigrantes vienen de manera ilegal y se benefician de los servicios sociales. Inscriben a sus hijos en las escuelas, utilizan los hospitales y no se integran. No queremos más guetos en Europa”, dice Claeys, para quien la solución es relativamente fácil. “Mire, los sin papeles vienen a Europa porque en el fondo saben que hay una cierta posibilidad de que acaben entrando. Muchos países de la UE son demasiado laxos y acaban permitiendo la entrada de gente que no son refugiados políticos. Si supieran que no tienen ninguna posibilidad de entrar, no se tirarían al mar”, dice este hombre que recientemente ha visitado Algeciras y Motril y que muestra su asombro por el, a su juicio, abultado número de indocumentados que consiguen quedarse en España. Claeys, como la alcaldesa, también clama que “¡esto tiene que acabar!, ¡hay que hacer algo!”.

Parte del problema mejoraría si se amplían los canales de emigración legal
Puede que Claeys represente a un segmento extremo del arco político europeo. Pero sus ideas y las de partidos como el suyo llevan años calando como una lluvia fina en el resto de formaciones, que ven cómo sus votantes se dejan seducir por el discurso antiinmigración.
Elizabeth Collet, directora para Europa del Migration Policy Institute, estima que cunde un nerviosismo generalizado azuzado por las crisis financieras. “Las percepciones son clave en este asunto. Cuando a la gente se le pregunta en encuestas qué porcentaje de inmigrantes hay en su país, invariablemente dan un número mucho más elevado del real”. Collet es de las que piensa, sin embargo, que las tornas pueden cambiar. Que “las fronteras son un concepto en evolución continúa. Que hace 40 años nadie pensaba que en la zona Schengen la gente pudiera viajar sin pasaporte y que países como México o Turquía pasarían a ser receptores de inmigrantes”. Y se atreve incluso a hacer proyecciones de futuro. “Los cambios demográficos de los próximos 20 años serán cruciales. Habrá que ver el impacto del ascenso económico de Asia, si se convierte en un imán para emigrantes. Tal vez los europeos caigamos en la cuenta en poco tiempo de que en el fondo ni siquiera resultemos tan atractivos para los inmigrantes como nos creemos”.
Más allá de las grandes cuestiones filosóficas, si se cumplieran las leyes existentes y se modificaran ligeramente otras, la mejora sería sustancial, defiende Judith Sunderland, investigadora de Human Rights Watch para Europa Occidental. “El derecho internacional del mar no se está cumpliendo. La obligación de socorro se interpreta de manera restrictiva y hay países como Italia en los que se penaliza a los patrones que ayudan o se les pone trabas para que desembarquen a los náufragos”.
Otro de los pequeños cambios con una potencial gran repercusión es, según Sunderland, la mejora de la reunificación familiar. Muchos de los que se suben a las pateras son familiares de inmigrantes con papeles que en teoría tendrían derecho a emigrar, pero que, en la práctica, les resulta casi imposible hacerlo por medios legales. “En determinados países se les pide una vivienda, nómina, seguros…”.
Luego están las leyes de asilo. Existe un cierto consenso acerca de la necesidad de garantizar a los que huyen de la guerra y las persecuciones un refugio seguro. El problema es que ni siquiera la seguridad de esas personas está resuelta. El acuerdo de Dublín II obliga a las demandantes de asilo a hacerlo cuando físicamente estén en el país de acogida. Son legión los refugiados que se tiran al mar para alcanzar unas costas en las que pedir asilo. Es lo que los expertos llaman “flujos mixtos”, que viajan en pateras en las que conviven todo tipo de personas desesperadas; solo que la desesperación de algunos tiene más reconocimiento legal que la de otros. Algunos expertos defienden la necesidad de abrir oficinas en los países de origen para tramitar las solicitudes de asilo.

“Si no pudieran entrar no se tirarían al mar”, afirma un político
Y, por último, está el debate de la importancia de ir a las causas del problema. Hace años que Gobiernos e instituciones cayeron en la cuenta de que la mejor manera de evitar que la gente tenga que emigrar es invertir en el desarrollo de los países de origen y evitar así que tengan que huir. Sostienen los que creen que los esfuerzos deben centrarse en esta vía que, en realidad, la tendencia natural de las personas es la de vivir en su país, donde tienen a su familia y conocen el idioma; que deciden emigrar, sobre todo, por necesidad. “Pero, claro, esos son proyectos a largo plazo. Los países no se cambian de un día para otro”, explica Sunderland. La ayuda financiera, además, resulta con frecuencia insuficiente en ausencia de cambios políticos en los países de origen.
Volker Turk, director de Protección Internacional de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados, repasa desde Washington el abanico de propuestas y medidas que como primera medida puedan ayudar a salvar vidas. Duda por ejemplo de la viabilidad de la propuesta de que se abran oficinas de la ONU en los países de origen de los demandantes de asilo, porque piensa que tramitar cualquier posible papel de salida del país podría poner en peligro la vida del propio demandante.
Pero para Turk hay un tema mucho más importante. Cree que en la actualidad hay instrumentos legales, disposiciones y acuerdos marco más que suficientes a disposición de los Gobiernos para lograr que la situación mejore. “Ahora lo que hace falta es ponerlas en marcha, y eso solo es posible con voluntad política y solidaridad”. Explica, por ejemplo, que la inmensa mayoría de los 2,1 millones de refugiados sirios que han escapado de la guerra en los últimos dos años han acabado en países vecinos como Líbano, cuyas costuras amenazan con estallar. Europa apenas ha acogido a 60.000. “Necesitamos mucho más”, asegura. ¿Agitará Lampedusa lo suficiente las conciencias como para lograr despertar la voluntad política y la solidaridad internacional? “Esperemos”, dice con cierta resignación.

miércoles, 9 de octubre de 2013

PRENSA. "El limbo" (sobre la tragedia de Lampedusa). Jordi Vaquer


   En "El País":
 7 OCT 2013

¡Barça ou barzakh! ¡Hasta Barcelona o hasta el limbo! Todo Senegal conoce este grito, entonado por los que se lanzan a la peligrosa aventura de alcanzar Europa en embarcaciones totalmente inadecuadas —lanchas, pateras, cayucos, decrépitos barcos pesqueros— jugándose la vida. Un viaje a Europa o a la muerte. La lista de fallecimientos en la travesía según su causa constituye un auténtico catálogo de horrores: muerte de hambre o frío, asfixia, intoxicación, minas antipersona, asesinato y, de largo el mayor número, ahogamiento. Por cada muerto, cientos más afligidos, no solo por el miedo a tal suerte, sino también por otra lista espantosa que va del robo a la violación, de las secuelas físicas permanentes a la prostitución forzada. Todo por llegar a la tierra prometida, a una Europa soñada como refugio y oportunidad de construir una nueva vida. Pero a los supervivientes del naufragio de Lampedusa de la semana pasada, como al resto de los que han conseguido llegar, les aguardan otras pesadillas, una sucesión interminable de limbos escondidos en los que miles de personas pasan años atrapadas.
A muchos les espera la repatriación, forzada o voluntaria. Pero en muchos casos repatriación suele ser un eufemismo para la deportación a países de tránsito como Marruecos, Libia o Túnez cuyos Gobiernos no tienen medios ni intención de devolver a los deportados a sus países de origen, más allá de su frontera terrestre. Otro limbo les aguarda, abandonados en las calles hostiles de ciudades norteafricanas, o en países que nunca han pisado anteriormente o, en los peores casos, en tierra de nadie en el Sáhara, a la merced de minas antipersona, grupos de contrabandistas y el desierto inhóspito.
La detención es para muchos la primera estación en Europa. Las condiciones son particularmente deplorables en los países del sur europeo, que incumplen sistemáticamente normativas europeas e internacionales y dificultan o impiden completamente el acceso a periodistas y defensores de derechos humanos. El caso más notorio es el de Grecia, donde miles de inmigrantes en situación irregular (y es fácil quedar en situación irregular cuando se es extracomunitario en Grecia) se hacinan en centros completamente inadecuados ante la imposibilidad de repatriación. Pero Grecia no está sola. Holanda, por ejemplo, ha sido repetidamente criticada, como Grecia, por volver a detener a las personas liberadas tras alcanzar el límite de detención permitida, 18 meses, a los pocos días de salir a la calle. Estamos hablando, conviene recordarlo, de personas que no han cometido ningún crimen. Y no solo de adultos: menores y familias enteras se ven atrapadas en el sistema sin que sus derechos y necesidades sean debidamente atendidos. Los campos de detención, las salas escondidas de los grandes aeropuertos intercontinentales, incluso las cárceles, conforman este otro limbo en el que pasan días, meses o años millares de personas.
Tampoco escapar a la detención y posterior repatriación garantiza el fin de las tribulaciones. La presión incesante de populistas xenófobos como Le Pen en Francia, Haider en Austria, Blocher en Suiza o Bossi en Italia intenta convertir no ya a la policía, sino a todos los ciudadanos europeos, en fiscalizadores de cualquiera que tenga aspecto extranjero. Los propios Gobiernos promueven una cultura de la delación o por lo menos de la indiferencia. La tragedia de Lampedusa puso en el foco a la ley Bossi-Fini de Italia, que castiga a quien ayude a inmigrantes en situación ilegal (por ejemplo, recogiéndoles en el mar y no entregándoles a las autoridades), pero no es ni mucho menos el único caso, ni el más extremo. En Alemania los servicios de sanidad que atiendan a inmigrantes ilegales tiene la obligación de denunciarles. Sin derecho a trabajar legalmente, con el acceso a los servicios sociales cada vez más recortado y temerosos, no ya de la policía, sino incluso de los servicios públicos y de los propios vecinos, otro limbo les aguarda, un estado de suspensión en el seno de la sociedad en el que todo (la familia, la salud, los ingresos) pende siempre de un hilo.
Las fronteras de Europa sangran. Las tragedias tienen que alcanzar centenares de muertos para volver a ocupar portadas; una o dos docenas de muertos en Lesvos, en el estrecho de Gibraltar, en la costa libia o en las playas canarias quedan ya relegados a la crónica local. A los supervivientes les esperan otra sucesión de limbos, de espacios escondidos en los que el tiempo corre de otra manera. Estos espacios sin derechos están corroyendo los principios fundamentales de las democracias europeas: el Estado de derecho, por supuesto, pero también la solidaridad y compasión entre personas, el principio humanista sin el cual toda la estructura democrática no es más que un frágil y huero caparazón.
Sígueme en @jordivaquer

lunes, 7 de octubre de 2013

PRENSA. Sobre los cientos de inmigrantes muertos en Lampedusa. Domenico Quirico

Los equipos de rescate trasladan un cadáver el jueves en Lampedusa. / CLAUDIO PERI (EFE) ("El país")

   En "El País":

De nuevo en el muelle de la muerte

Ninguno de mis ‘clandestinos’ quería ser compadecido. Su dolor es secreto

 Lampedusa 4 OCT 2013

Existe para cualquier hombre un lugar en el que le resulta imposible divertirse, olvidar su propia vida. En el que, como en Dodoma, los árboles, sacudidos por el viento, no profetizan, no es el futuro lo que conocen sino el pasado, y recuerdan. En el que no podemos juzgar o condenar; sencillamente allí hemos visto, sabemos. Para mí ese lugar es Lampedusa.
No sabía, antes de llegar aquí, que existieran seres a los que se arroja como desperdicios, cuando aún no están muertos, a los que nadie quiere socorrer y que mueren poco a poco, extenuados por sus dolores, deshaciéndose lentamente al aire libre.
Un descubrimiento casual, después de un viaje en cuya meta se hallaba esta isla. Aquí a mí me sería imposible, como esos últimos turistas bronceados que chancleteaban ayer bajo el dulce ocaso del otoño, acercarme al puerto «a ver a los muertos», donde me sería imposible sumergirme en el mar. Lampedusa: aquí la tierra no ama los árboles, como tampoco los hombres los aman; la tierra seca y dura no los alimenta, lo hace el mar. Aquí hay una historia mía escrita en el mar, indescifrable para los no iniciados.
Paso, justo enfrente del muelle, ante el cementerio de los derrelictos, las barcazas de los «clandestinos»; nadie tiene el coraje de llevárselas, de destruirlas, los colores un poco más desvaídos que hace dos años. Mi barca no está aquí porque se hundió, igual que la de estos africanos, la de los muertos de ahora. Hace dos años desembarqué en este mismo muelle: yo era uno de ellos, desde Zarzis, en Túnez, hasta Lampedusa, veintitantas horas de mar y después el naufragio y la muerte que, afortunadamente, gracias a la mano fraternal de hombres valerosos, a nosotros tan sólo nos rozó. También entonces, de haber estado el mundo recién creado para albergar a los ángeles, en aquel mundo no habría podido alborear día más hermoso.
Camino por el muelle, ese mismo muelle, en medio de los curiosos, de las televisiones que cuentan, que intentan explicar. Mis compañeros náufragos de hace dos años bajaron a tierra envueltos en hojas de plástico relucientes como corazas. Ahora desfilan los sacos negros de los muertos. Ya he descrito el brillo, bajo el sol de otoño, de las tejas y de las rocas, un paisaje palpitante, fraternal, donde el viento en el crepúsculo es el aliento, vivo y cálido, de una criatura de Dios. Aquí aprendí que sufrir parece algo maravilloso al hombre que se ha sentido cerca de la muerte y que de repente descubre que está a salvo. Algunos, pescadores de ojos oscuros y relucientes como aceitunas negras, todavía se acuerdan de mí: «Tú estás vivo…».
Mis ciento doce compañeros; de pocos recuerdo aún el nombre, en el mar apretujados sobre el puente para ganar espacio —el espacio cuesta y es fructífero para los traficantes—, asediados por las olas nadie habla. ¿Quién se acordará de los nombres de estos muertos? Rostros demasiado evanescente, mucho me temo, para que uno solo de sus rasgos sea reconocible si se recorta en la curva de los cascos, si se mueve como las hojas. Quisiera que en mí, conmigo ascendieran desde el abismo, pudieran respirar al aire libre estos nuevos muertos también. ¿Por qué contar no puede ser una resurrección? ¿Por qué las historias, las historias que escribiremos mañana en los periódicos no pueden hacer revivir su intimidad, las vidas secretas de sus corazones?
Hace dos años me embarqué para entender, para intentar entender. Para la mayor parte de estos hombres, al contrario de lo que nos ocurre a nosotros, morir es un sencillo incidente: tropiezan y desaparecen en la trampa como animales sorprendidos. Tunecinos ayer, eritreos, somalíes, sirios hoy, durante toda su vida han contemplado la muerte, inmersos desde la infancia en esa vorágine y siempre han entregrado su corazón y a sí mismos a la noche.
¡No, me equivoco! Ninguna de estas tragedias se asemeja en el fondo, ninguna desesperación, ningún dolor es igual a otro dolor. Hace dos años mis compañeros eran todos jóvenes, una generación que había ganado una revolución y afrontaba la muerte en el mar para ir a ver, ahora que eran libres, el mundo, el otro mundo, su futuro posible. Hoy, hoy son la miseria, el hambre, la desgracia, la guerra, la revolución perdida: son el campo devastado por la sequía, los bienes robados por el miliciano o el gobierno, la mano levantada del fanático. Una fuerza más grande y más tremenda, misteriosa como el propio rostro de la vida, que a veces tiene la mirada estremecedora del desierto y otras veces los ojos dulces del mar, ha movido a estos hombres más allá del terraplén del miedo, les ha enseñado a huir, aunque el peligro sea mortal y un hilo sutilísimo separe la desesperación de la esperanza y no les sea dado a los hombres el conocerlo. Aferrados a ese hilo, que es más fuerte que el cable que sostiene el ancla de sus barcazas desgraciadas, aferrados con manos y dientes a ese hilo que se llama voluntad de resistir, de continuar, de tener esperanza, y que tal vez sea la fe en Dios en su Dios, han permanecido firmes sobre ese tablazón podrido hasta que el mar o el fuego han consumido sus esperanzas. Al final de su camino hay en cambio un mundo que acarrea en sí la moral de la desigualdad.
Hace dos años acompañé durante un breve tramo la anábasis de un pueblo que no está marcado en los libros de geografía ni en los índices de la ONU, pero que crece cada día, el pueblo de los emigrantes. Nadie puede contarlos, ni a los vivos ni a los muertos. Es un pueblo que conoce la paciencia, para el que las esperas se allanan y se ensanchan en una aparente eternidad. En perenne camino, franquea los desiertos, no ha visto nunca el mar y, sin embargo, monta sobre desvencijadas barcazas y mira a la cara las tempestades. El mar es la imagen del inasible fantasma de la vida, y es la clave de todo. ¿Qué sabemos nosotros del momento de la marcha, si no estábamos con ellos? Mis compañeros me contaron que toda separación es un estallido de llanto entremezclado de alegría, por la esperanza que se emboca y por el dolor de las cosas que se abandonan.
Me reuní con ellos en el desierto del Níger, el inmenso sendero de arena: no ya eritreos, somalíes, sudaneses, negros o árabes, con los documentos tirados desaparecían sus identidades, eran otra gente, tambaleantes, corroídos, descarnados, dislocados, endebles, desarraigados. Ya habían pagado mucho y aún les quedaba mucho por pagar, en cada etapa, durante semanas, durante meses, durante años; conmovidos por el cielo estrellado, por el silencio, por el recuerdo resignado de los muertos, por la fuga del tiempo, por el ímpetu del corazón. Los vi desaparecer en Gao, engullidos por los camiones, grandes camiones de las minas, de los traficantes. En sus ojos había una dulzura secreta, una nota tierna y transida que yo, que nosotros para quienes el viaje no es más que un túnel que cruzar a toda prisa, no podíamos entender. Ninguno de mis «clandestinos» quería ser compadecido, en sus rostros bregaba una expresión de alegría. ¡Cuántos prefieren callar! Su dolor es su secreto, el último tesoro que se resistían a ceder después de que los traficantes de hombres se lo hayan quitado todo. Nosotros los occidentales, en cambio, para compadecer, sentimos la necesidad de ver sufrir.
Traducción de Carlos Gumpert.
© La Stampa

PRENSA. "Morir en Lampedusa". Samí Naïr

Samí Naïr

   En "el País":

Morir en Lampedusa

La UE tiene los medios para establecer una gran política de acogida de inmigrantes

 4 OCT 2013

Una tragedia más, pero esta sin precedentes: varios centenares de muertos tras el naufragio, el 3 de octubre, cerca de Lampedusa, de una barcaza que transportaba a unos 500 inmigrantes subsaharianos que intentaban atracar en esta pequeña isla europea, cerca de Sicilia. Una tragedia que es también, como ha subrayado el Papa Francisco en varias ocasiones en referencia a los acontecimientos: "una vergüenza".
Justamente, el Papa aparece hoy como el último defensor de estas decenas de miles de condenados de la tierra, que huyen del hambre y las guerras civiles, y que, estafados por los contrabandistas clandestinos y las mafias del éxodo, no encuentran al término de su recorrido más que la cárcel, los campos de internamiento, las expulsiones brutales y, cuando logran pasar entre las estrechas mallas de las redes de acero construidas por los países de "acogida", desembocan en la miseria de la clandestinidad y de la vida sin derechos.
Estos últimos años, con la crisis en Europa, los inmigrantes, sus condiciones de vida, sus penas y sus sufrimientos, todo ha sido ocultado y, en los países que han sufrido lo peor de esta crisis, como Grecia, han surgido partidos abiertamente racistas que les hacen caza a la luz del día. El nacionalismo xenófobo se ha convertido en mercancía en Europa, pero los lejanos subsaharianos, los egipcios, los sirios, albaneses, romaníes, y muchos más, siguen afluyendo, como si el paraíso europeo tuviera también la virtud de esconder su cara infernal, como si, además, la esperanza de otra vida fuese más fuerte que la otra cara de la vida: la muerte.
Lampedusa constituye un giro. La conciencia humana no puede permanecer indiferente ante tal tragedia: hay que decirlo, recordarlo, nunca olvidar el grito de dolor a la cabecera de esas mujeres embarazadas y de esos niños ahogados y ocultos en bolsas de plástico. La solución de estas migraciones de la desesperación no reside fundamentalmente en políticas represivas ni de contención. Es Europa al completo la que se enfrenta a estos dramas y solo una estrategia europea común puede hacerles cara. Los ministros del Interior europeos que deben reunirse en Luxemburgo el 23 de octubre, precisamente para contestar a la cuestión de la afluencia de emigrados de los Balcanes, se ven, sin embargo, tentados de caer en la trampa de una restricción de visados y del endurecimiento de la política de acogida. Tal evolución no hará más que confortar la inmigración clandestina y reforzar el rol de las mafias.
Ciertamente es indispensable regular estos flujos, pero ello no se puede hacer en detrimento de un tratamiento humano de la cuestión migratoria. Hay que tratar la petición migratoria lo antes posible en las zonas en conflicto, en los países vecinos e, igualmente, aceptar recibir a una parte de esta población en los países europeos.
La Unión Europea tiene los medios para establecer una gran política de acogida, con la condición de que todos los países que la componen acepten tener la misma estrategia y no la que se practica hoy en día, y que sirve para trasladar al vecino la carga de la acogida. La política de asilo debe humanizarse; es indispensable volver a evaluar las decisiones que han sido tomadas estos últimos años y que están destinadas todas ellas a acabar con el derecho de asilo.
En algunos países europeos ricos se han puesto en marcha estos últimos años restricciones enormes a la concesión del título de refugiado. Es ahí donde radican la "vergüenza" y esta "globalización de la indiferencia" de la que habla el Papa Francisco. Esto no atañe a tal o cual ministro del Interior europeo, es la ausencia de visión europea, de reflexión común, que falla de forma cruel, sobre lo que hay que trabajar.
Este fenómeno de fuga de poblaciones no es un problema técnico que una u otra medida policial podría resolver; es un problema político y solo una estrategia de solidaridad política de los países europeos, como la responsabilización de los países de tránsito, puede hacerle frente. Los muertos de Lampedusa deberían apelar a la buena conciencia occidental, tan fácil de conmover en cuanto a la defensa de derechos del hombre en 'casa' de los demás, que debería mirarse a la cara una vez más en su propia casa y aportar solidaridad, compasión y una humanidad elemental a esas mujeres, a esos niños, a esos hombres que corren al encuentro de la tragedia para huir de su destino infernal.

PRENSA. Sobre la muerte de los inmigrantes en Lampedusa: "Subsidiariedad irresponsable". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "blogs.elpais":

Subsidiariedad irresponsable

Por:  05 de octubre de 2013
No eran emigrantes. Eran fugitivos. No huían solo de la pobreza y de la falta de horizontes vitales. Lo que les hizo correr y salir a toda prisa de sus países es la muerte, por el hambre o por la guerra. No venían del Magreb decepcionado por el fracaso de las revueltas árabes, asolado por el paro juvenil y machacado por el rigorismo islamista. Llegaban directamente de Eritrea y de Somalia, dos Estados fallidos, países en trance de muerte donde ya no es posible seguir viviendo. Doscientos de ellos fueron a naufragar y a morir ahogados en la costa europea más cercana a la pequeña isla italiana de Lampedusa, donde el papa Bergoglio había pronunciado cuatro meses antes sus palabras exactas sobre la “globalización de la indiferencia”.
Estas desgracias son el pan de cada día en un mundo desgobernado donde funciona la subsidiariedad irresponsable: que cada uno se apañe con sus problemas aunque el origen de los problemas sea responsabilidad de todos. Así se gobierna la globalización, con la indiferencia ante el destino de unas poblaciones dejadas de la mano de Dios. Así hemos abandonado entre unos y otros a países como Eritrea y Somalia, que solo interesan cuando se trata de combatir la piratería y garantizar la seguridad de nuestro tráfico marítimo, nuestros suministros energéticos o nuestra pesca.

El principio de subsidiariedad que rige en las relaciones entre los distintos niveles de Gobierno, desde el más pequeño municipio hasta el de mayor rango, como son las instituciones de la Unión Europea, exige que las decisiones se tomen y se apliquen donde sea más acorde a las necesidades de los ciudadanos. Pero la inversión y la perversión de esas reglas de buen gobierno está induciendo a que cada nivel de Gobierno, suficientemente ocupado en lo suyo, se desentienda o no ponga medios suficientes para resolver las dificultades que tienen los otros niveles. Y así está sucediendo con la inmigración que llega a Europa.
Lampedusa se está convirtiendo en un inmenso cementerio con los centenares de tumbas anónimas que acogen los cuerpos de náufragos ahogados frente a sus costas. “¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?”, ha clamado Giusi Nicolini, la alcaldesa de la isla, dirigiéndose a las autoridades europeas. “Venga a contar cadáveres conmigo”, le ha dicho a su primer ministro, Enrico Letta. Al final, Lampedusa se siente sola y desasistida por Italia, y a Italia le pasa lo mismo respecto a la Unión Europea y a los países de la Europa del norte.
Los jóvenes en paro, los ancianos desasistidos y los inmigrantes sin papeles son las principales víctimas de esa subsidiariedad irresponsable que rige en nuestro mundo ingobernado, gracias a esa globalización de la indiferencia tan bien descrita por Bergoglio. Y su emblema es la isla de Lampedusa, donde también naufragan los valores europeos.