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viernes, 17 de junio de 2016

LIBROS. "Aquí están los libros. Que pasen". Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Luis García Montero

Aquí están los libros. Que pasen

  • La lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia
  • Cuando sucede, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, pasan a formar parte de nuestra propia vida
  • LUIS GARCÍA MONTERO   3 junio 2016

Los lectores sentimos una huella de pudor al hablar de los libros en público. Obligados a defender el valor y la utilidad social de la lectura, lo primero que sentimos es que nuestra relación con los libros supone en realidad un placer privado. Así que resulta inevitable sentir el resquemor íntimo de la impostura.

Pero se trata de un pudor que merece la pena vencer. Hay mucha gente que habla de forma repetida sobre la utilidad pública del deporte, o de una determinada opción política, o de la importancia de la buena alimentación, o de la conveniencia de protegerse de los rayos de sol, o de las propiedades del agua de mar. Está muy bien, cada cual tiene su afán, y yo estoy cada vez más convencido de la importancia y utilidad pública de ese placer privado que es la lectura.

Defender el libro implica considerar el hecho de la lectura como el eje y la raíz de las humanidades. Evitemos conflictos falsos. No tengo ninguna duda de que es un mentecato y un peligroso reaccionario quien desprecia la ciencia o la técnica. Los aportes científicos y los avances técnicos dignifican la vida humana, hacen habitable este mundo, siempre que sean destinados —claro está— a dignificar la vida humana y a hacer más habitable este mundo.

La historia del siglo XX nos ha demostrado con especial empeño que la razón práctica alberga su lado oscuro y que los avances científicos y técnicos pueden estar programados para aniquilar la vida, degradar el planeta y configurar una versión industrial del mal y de la muerte. Por eso me parece también decisivo tener muy en cuenta las humanidades dentro del saber democrático, la formación de una conciencia humana dispuesta a utilizar la ciencia y la técnica sin cortar las raíces de la dignidad. Recuerdo dos versos de Federico García Lorca pertenecientes al poema “La aurora” de Poeta en Nueva York: “la luz es sepultada por cadenas y ruidos / en impúdico reto de ciencia sin raíces”. En 1929, bajo la crisis de Wall Street, el poeta observó cómo un enjambre de monedas furiosas devoraba el corazón del futuro. La mercantilización descarnada del saber dejaba a la ciencia sin raíces, rompía el acuerdo por el que todo avance técnico o científico debía ir acompañado de un avance ético.

Edward Said, el admirable filólogo norteamericano de origen palestino, ha escrito mucho sobre la importancia que encierra la lectura, el suceder modesto de la lectura, como ejercicio de emancipación. En un libro titulado Humanismo y crítica democrática (Debate, 2008) defendió que la lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia. Pensemos el sentido radical que adquieren en el mundo de hoy estas palabras. Se utiliza a menudo el adjetivo radical para provocar temor sobre algunos comportamientos o palabras. Si ahora hay algo que merece el calificativo social de radical es la “normalidad” atosigante de una inercia creada por el reduccionismo, el cinismo y la indiferencia, tres amenazas profundas en el saber de una sociedad democrática.

Existen demasiados medios de control de las opiniones, generación de pensamientos dominantes y creación de realidades virtuales como para no temer el efecto manipulador que implica la homologación de las conciencias. Después del fracaso de las grandes utopías y del efecto reduccionista de los fundamentalismos, existen también muchas coartadas para caer en el cinismo del todo vale, nada importa, yo voy a lo mío, tú a lo tuyo y el último que cierre la puerta. El reduccionismo y el cinismo son caminos que conducen a la indiferencia. Nada tiene valor, nada tiene remedio, no soy responsable de nada. Es muy fácil dentro de esta lógica desentenderse del mundo.

Eward Said presenta la lectura como un modesto acto de emancipación ante estos peligros. Y es que el lector no mira como un ser pasivo, sino como una persona que entra en un espacio público, un espacio publicado, para vivir una experiencia colectiva desde su propia historia personal. El poeta catalán Joan Margarit suele matizar que los lectores no se parecen al espectador de un conciento, sino al músico que interpreta con su arte la partitura elaborada por un compositor. Al leer vivimos los sentimientos y las razones que un escritor ha puesto en sus palabras o en la ficción de un protagonista. Cuando sucede el hecho de la lectura, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, de los otros, pasan a formar parte de nuestra propia vida. Somos, pensamos y sentimos nuestro amor, nuestro miedo, nuestra ilusión o nuestra tristeza. ¿Quíen no ha odiado a Juanito Santa Cruz por portarse de tan mala manera con Fortunata? ¿Quién no ha sentido la fatalidad del destino al leer algunos poemas de Rubén Darío o de Federico García Lorca?

No se me ocurre mejor metáfora del contrato social democrático que la lectura. En un espacio público (el libro), que posibilita el diálogo entre conciencias, alguien (el lector) aprende de sí mismo cuando se pone en el lugar del otro (el autor). Confieso que con la escritura ocurre lo mismo. Un autor aprende mucho de sí mismo cuando se pone en el lugar de los lectores ideales con los que quiere establecer una conversación a través de los libros. La lectura, además, como la escritura, nos permite ponernos en el lugar del otro evitando dejar al otro sin lugar

Los libros son un lugar hospitalario, algo que los escritores preparan, igual que se prepara una casa o un país, para recibir a los que vienen de fuera. Escribir es cuidar y ser cuidado, elegir las palabras para darse a entender y para entenderse. Leer es un vivir mirándose a los ojos. Los buenos fotógrafos no sólo nos enseñan a mirar el mundo; consiguen que el mundo nos mire a los ojos. Eso es también lo que hacen, lo que nos hacen, algunos libros a lo largo de la vida.

Un buen lector no se convierte casi nunca en un sabiondo que confunde la cultura con la pedantería. Me atrevo a decirlo así, aunque en la república de los libros es una temeridad fijar pasaportes y licencias de usos correctos. Pero si merece la pena tomarse en serio la experiencia de los libros es porque en su mundo adquieren autoridad algunas de las perspectivas de los seres humanos que forman parte de las más respetables orillas de nuestra condición. Ya me he atrevido a destacar aquí algunas de esas orillas. Llamo ahora la atención sobre tres asuntos que me parecen de vital importancia en el mundo de hoy: la identidad, la idea del tiempo y la imaginación moral como factores decisivos en la educación sentimental de una convivencia democrática.

La globalización es el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Por lo que se refiere a la cultura, nuestra globalización está produciendo dos situaciones extremas en las sociedades: la identidad fuerte o la soledad del individuo desligado. La identidad fuerte se encarna en fundamentalismos que imponen por encima de la conciencia individual consignas o catecismos de carácter religioso, racial, nacional o político. Son corrientes dogmáticas que te exigen estar siempre al corriente. Evitan el tejido social flexible capaz de integrar y favorecer la convivencia, algo muy necesario en épocas de mezcla entre realidades diferentes. Las identidades fuertes se defienden del mundo abierto con un tiempo sin espera, imponiendo la pureza intolerante de un credo o un pasaporte.

Ante el peligro de las identidades fuertes considero que resulta muy arriesgado limitarse a negar las identidades. Ese es el otro extremo en el que cae la globalización: la soledad del lobo estepario, del individuo que no se siente ligado a nada, que no siente como suyo el problemas de la gente que pasa hambre en su propio país o el dolor de los que huyen de una guerra y no encuentran refugio ni salida en los espinos de una frontera. Los valores en abstracto no son nada, son palabras huecas que se lleva el viento. Palabras como libertad, compromiso, solidaridad o justicia no son nada sin un tejido que las sostenga, sin un sentido de pertenencia que haga vivir como mío el dolor ajeno. No hay libertad o justicia que no sean la libertad de un nosotros.

El conocimiento humanístico y la experiencia de la lectura, esa dinámica que nos hace aprender de nosotros mismos al ponernos en el lugar del otro, son decisivos a la hora de generar identidades flexibles, integradoras, dispuestas para comprender todo lo que se comparte, aquello que funda la legitimidad de los actos y las palabras. La historia viene, nos viene, de lejos. El concepto de ciudadano fue una conquista democrática que pretendía asegurar con una abstracción la igualdad de todas las personas ante la ley. Fue una conquista intelectual de identidades flexibles. La ciudadanía sirve para valorar los derechos universales de una identidad humana concreta, no para borrarla. Si pervertimos esta lógica, si de manera inflexible usamos el concepto de ciudadanía para generar desigualdades humanas, estaremos traicionando la legitimidad de nuestros valores. No se puede utilizar el concepto de ciudadano para negar un derecho humano, los derechos que merece un ser humano.

Nuestra historia viene de lejos. Esa conciencia de lo remoto es el tiempo de la literatura, de la narración, un tiempo con planteamientos, nudos y desenlaces. Se trata de un tiempo compartido que nos vincula a una identidad flexible gracias a la memoria y al conocimiento. El tiempo del consumo y el neoliberalismo fija una concepción muy distinta: el instante, el deseo saciado como imperativo, la mercantilización del usar y tirar.

Este tiempo de la prisa se une a las identidades fuertes porque el dogmatismo es la prisa de las ideas, la inercia de lo blanco o lo negro, de la falta de matices, del titular recortado y tajante a la hora de consumir la realidad, de reducirla a un pensamiento único. La mercantilización del tiempo es lo contrario del tiempo narrativo de la lectura que nos hace herederos de un saber y nos compromete con el futuro de nuestros herederos. Es ese tiempo que une las tres preguntas del famoso cuadro de Paul Gauguin: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?

Conviene tomarse el hecho de la lectura con un poco de filosofía.Rousseau sostuvo en el Emilio que sólo la imaginación moral permite comprender el dolor ajeno. Es la misma idea que esgrime la pedagoga norteamericana Martha C. Nussbaum en sus libros Justicia poética (Bello Editor, 1998) y Sin fines de lucro. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? (Katz, 2010). No duda en defender la importancia de la poesía en los planes de estudio y de vincular los desastres sociales de la ley del más fuerte con la pérdida de valor social sufrida por las humanidades. 

Enseñar es formar. Ante el peligro de acabar utilizando a las personas como objetos de usar y tirar, parece necesario cultivar la imaginación moral suficiente como para ponerse en el lugar del otro, saber que los individuos tienen su propio interior y que merecen respeto en una historia compartida. Sólo la imaginación moral ayuda a entender el dolor ajeno, ayuda a sentir como nuestros los problemas del ser humano.

Estas son algunas de las cuestiones que entran hoy en juego cuando defendemos el mundo de los libros. No hablamos de un simple entretenimiento, de una moda para quedar bien, de un ritual vacío de contenido. Se trata de afirmarnos en un saber indispensable para la conciencia democrática. Han llegado los libros. Pues que pasen.

*Luis García Montero es escritor. El 6 de junio publica 'Un lector llamado Federico García Lorca' (Taurus, 2016). 

miércoles, 6 de mayo de 2015

PRENSA. "Mujeres". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "infolibre.es":
Mujeres
Actualizada 02/05/2015 

La poesía de Eduardo Galeano se hizo memoria, pensamiento y narración. Pasó del canto al cuento sin perder un segundo en explicaciones, o sea, sin perder un gramo de intensidad. Lo bueno si breve dos veces pájaro. Lo debió pensar así la hija del preso político que llevó a la cárcel un dibujo de pájaros. Los policías rompieron el dibujo por enemistad hacia todo lo que vuela. La niña llevó en la visita siguiente un dibujo con árboles y pequeños puntos entre las ramas. ¿Qué son estos puntos?, preguntó el padre. Ella explicó que se trataba de los ojos de los pájaros.

Es una de las historias que se recogen en Mujeres (Siglo XXI, 2015), el libro feminista de Eduardo Galeano. El escritor uruguayo necesitó mirar hacia la mujer en muchos momentos de su obra como una estrategia para mantener viva su propia rebeldía. “No hay tradición cultural –afirmó– que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como peligro”.

Por eso Eduardo escribió sobre Nellie Bly, la mujer que demostró en un Pittsburgh decimonónico que el periodismo no era cosa de hombres, y dio la vuelta al mundo en setenta y dos días, y se hizo arrestar por robo para hablar de las cárceles, y luego pisó la locura para entrar en un manicomio y denunciar los tratamientos psiquiátricos de la época. También por eso habló Eduardo de las putas que cerraron un burdel en la Patagonia argentina para no acostarse con los soldados que habían reprimido de manera salvaje una huelga de peones. Fusilar cansa, pero más cansa la injusticia.

En fin, Eduardo Galeano habló de Frida Kahlo, Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Marie Curie, Matilde Landa, Violeta Parra o de las Comuneras anónimas que lucharon en las barricadas con un pañuelo rojo en el cuello, poniendo en peligro su vida junto a compañeros que les negaban el derecho al voto. Todas estas habladurías y muchas más se recogen ahora en un libro antológico que nos cuenta cosas de Mujeres.

La literatura de Galeano está llena de ideas. Schopenhauer afirmó que la mujer es un animal de pelo largo y pensamiento corto. Eduardo Galeano quiso llevarle siempre la contraria. Estaba cansado de soportar un mundo de avaricias largas y de ideas cortas. Su mejor manera de protestar contra el cacareado fin de las ideologías fue demostrarnos que las ideas son bellas, que hay pensamientos conmovedores, argumentos que son al mismo tiempo una forma de mirar con inteligencia y de hacer poesía. La literatura de Galeano unió la metáfora y la reflexión, encontró en la vida cotidiana un modo de contar la Historia y dominó el arte de la levedad profunda, de la brevedad sin fronteras.

Se encontró así con las mujeres al hacerse partidario de la piel del mundo y de la vida cotidiana. Y comprendió que era necesaria una palabra bella, pero de otra manera. Los malentendidos entre la poesía y la condición femenina brotan en el alma de la cultura machista. En la geografía de lo privado y lo público que articula las formas tradicionales del pensamiento moderno, la condición femenina y la poesía fueron asignadas al ámbito sentimental de lo privado, mientras que la razón y la condición masculina se destinaron al gobierno de lo público. Por eso Bécquer escribió su famosa declaración “Poesía eres tú” para responder a la pregunta de una mujer.

Eduardo Galeano sabe que no se trata de ser poesía, musa, sino de ser poeta, y para conseguirlo hace falta romper el orden, borrar fronteras y segregaciones, asumir palabra a palabra los sentimientos de lo público y las razones de lo privado hasta llevar la emancipación a los últimos pliegues de la intimidad. El pensamiento se hace entonces corazón y sostiene el sueño de las plazas públicas, y la memoria frente al olvido, y las palabras frente al mandato de todos los silencios.

Eduardo Galeano aprendió de las mujeres una forma de responder al poder. Si el poder intenta confinar en lo privado el mundo de los sentimientos, resulta necesario escribir y dar la batalla en el amor de la vida cotidiana y de la intimidad. Es un camino directo para asaltar lo público.

La lectura de Mujeres ha sido para mí una forma de vivir el duelo. Daba gusto hablar con Eduardo Galeano de política, periodismo, literatura, fútbol y mujeres.

jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre Cervantes. "Marcado por la mala vida". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Marcado por la mala vida

Actualizada 25/04/2015 

Entró la desgracia en la familia cuando el abuelo Juan abandonó a su mujer y a su descendencia. Fue el anuncio de una nube oscura que cruzó el cielo en forma de destino. No tardó mucho en volver a llover de mala manera. El padre cumplió siete meses de cárcel por deudas y convirtió los barrotes y las cadenas en una herencia.

El protagonista de nuestra historia tuvo que lidiar con la justicia desde muy joven. Pero su primer delito grave lo cometió a los 22 años, cuando hirió a un hombre. Huyó de España para evitar el castigo, buscó acomodo en la Roma de los césares y los pontífices, encontró amparo en el ejército y libró batallas importantes que lo dejaron manco.

Otro golpe de fortuna volvió a conducirlo al cautiverio. Preparó algunas fugas que resultaron fallidas. Una mala lengua corrió la noticia de que la vida amable en la prisión se debía a tratos pecaminosos con uno de sus carceleros. Recobró la libertad gracias a la ayuda de su familia o a una suma de dinero conseguida con relaciones poco decentes.

Probó fortuna en la literatura y en la vida, publicó libros, se casó, decidió repetir la aventura del abuelo Juan, dejó el hogar y desempeñó el oficio de recaudador de impuestos por los caminos del sur. Fue excomulgado, dio con sus huesos en la cárcel, recobró la libertad, volvió a entrar en prisión, volvió a salir a la calle y sobrevivió en un ambiente de modestos escándalos y de mala fama, ese rumor picante que arrastraban sus hermanas, sus sobrinas y una hija natural que había decidido imitar la suerte de las mujeres de la familia. Un crimen perpetrado cerca de su casa le costó el último enredo serio con la justicia.

Penosos antecedentes familiares, deudas, rumores malintencionados, fracasos en las aspiraciones cortesanas, celdas y jueces soberbios caracterizaron su vida. Los partidarios de la mano dura y de no permitir las segundas oportunidades encontrarían hoy en Miguel una víctima propicia. Su historia hubiese servido para criminalizar la pobreza y convertir el pensamiento disidente en un problema de orden público.

Pero la historia sucede con frecuencia como un acontecimiento irónico, el mito y el olvido se dan la mano. Los muertos se ríen de los vivos en cuanto se les ofrece una oportunidad. Nuestro personaje es hoy respetado por los académicos, aplaudido por los reyes, celebrado por los ministros, citado en los discursos políticos y estudiado en los colegios.

Entre agobio y agobio, celda y celda, escándalo y escándalo, acertó a escribir a los 58 años uno de los libros más importantes de la literatura universal, ganando así la partida a las convenciones más que a la desgracia. En cualquier caso, el éxito de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no carece de chiste o ironía. Los personajes literarios también aprovechan la oportunidad que dan los lectores para reírse de sus padres. Marcado por una realidad más que dura, Cervantes quiso denunciar la mentira y la grandilocuencia de una España que había convertido los valores tradicionales en una gran farsa. Por eso imaginó las aventuras de un loco, tan humano como ridículo, que se empeñaba en vivir a destiempo el mundo de las novelas de caballería. Lo que necesitaba la vida española era lo contrario, un comportamiento alejado de los códigos de la Iglesia, la superstición y el feudalismo.

La posteridad lo hizo célebre, pero lo traicionó con su personaje. En los elogios se aplaude la fuerza del soñador, la audacia del héroe que ataca a los gigantes y libera a los bandidos, a los que confunde con pobres víctimas de la injusticia. Cervantes, sin embargo, quería un mundo humanista en el que los molinos fuesen molinos de viento, los bandidos fuesen bandidos y los locos no se convirtieran en un modelo social. Su fama póstuma lo ha empujado a la orilla contraria. Hay más quijotistas que cervantistas. España no es país de discursos serios y meditados, sino de locuras simpáticas. Es el lugar que nos ha reservado la civilización.

Los que somos cervantistas nos alegramos de que la vida le diese a Miguel de Cervantes la oportunidad de escribir y de superar las malas andanzas del destino. Sentimos también una ternura suave por el personaje. Pero, sobre todo, levantamos la copa por el autor cada 23 de abril.

viernes, 24 de abril de 2015

PRENSA. "El día del libro como forma de resistencia". Luis García Montero

Luis García Montero
En "blogs.publico.es":

El día del libro como forma de resistencia

23abr 2015
LUIS GARCÍA MONTERO

Celebramos hoy con solemnidad oficial el día del libro. Premios, discursos, crónicas, ritos y felicitaciones caen sobre la vida cotidiana, sobre la tristeza de la vida cotidiana. No son buenos tiempos para el mundo del libro. La vocación de los libreros supone un verdadero ámbito de resistencia.
Las nuevas costumbres tienden a las relaciones despersonalizadas. Cuando uno se detiene en la carretera para echar gasolina, lo normal es tratar con una máquina, entregarse al autoservicio sin que nadie comente el frío o el calor de la mañana. Resolver un problema con el banco o con cualquier compañía es entregarse a un desesperado laberinto de teclas, mensajes grabados, indicaciones sonoras y esperas, peldaños fríos que con mucha suerte pueden conducirnos hasta alguien con nombre. Somos la multitud anónima que se mueve sobre una gran superficie. La vida nos educa en la soledad. Vivir bajo estas costumbres ayuda poco a convivir.
Los libreros ocupan en mi memoria un lugar importante en la experiencia de convivir. La lectura es un ejercicio que busca nuestra mirada individual para pedirle que habite un espacio público. La palabra publicada nos invita a ponernos en el lugar del otro, en los argumentos y las imaginaciones del otro. Lo más significativo es que ese proceso de conversación con lo ajeno nos devuelve el rostro más personal, nos permite descubrirnos a nosotros mismos. Leer supone vivir y convivir.
El librero que nos conoce forma parte de este vivir y de esta convivencia. Entrar en una librería amiga es una forma de revivir, de encontrar un lugar de resistencia en las costumbres de la soledad. Alguien nos saluda por nuestro nombre, pregunta por las últimas lecturas, da y escucha opiniones, comparte recuerdos, murmura secretos y aconseja un título que acaba de aparecer. Los viajes comienzan camino de una estación o un aeropuerto. Los muelles y los andenes forman parte del viaje. La lectura comienza camino de una librería. Las palabras de la librera suelen tener luz de estación.
Las dificultades de las librerías esconden problemas más graves que la coyuntura económica. La gente tiene menos dinero para comprar libros, pero también vive bajo otras costumbres. La solemnidad de las fiestas oficiales que coronan la cultura tiene los pies de barro en una sociedad que dinamita la educación. Es difícil que haya lugar para las librerías si los planes de estudios confunden la formación de las personas con la producción de mano de obra barata y de individuos fáciles de manipular.
Se habla mucho de la nueva era tecnológica. Pero no conviene olvidar que los campos tecnológicos pueden cultivarse, vivirse y convivirse de muchas maneras. La celebración, por ejemplo, de la novedad técnica no tiene por qué convertirse en una excusa para santificar el analfabetismo, como si leer a Cervantes fuese ya un episodio superado. Tampoco estamos obligados a asumir los códigos de la telebasura, el imperio de los instintos bajos y de las opiniones sin meditación.
La cultura en la sociedad neoliberal ha dejado de significar educación, se ha alejado de sus lazos con la conciencia libre y las imaginaciones éticas, para hundirse en el fango de los entretenimientos zafios. En el mundo del nuevo analfabetismo, la libertad se confunde con el derecho a no tener argumentos, a no pensar lo que se dice, a sospechar del que se atreve a pensar, a confundir la verdad y la naturalidad con el encanallamiento. El mundo nuevo del neoliberalismo nos educa incluso en el derecho a no tener derechos.
Se justifica la piratería bajo el argumento manipulado de que el acceso a la cultura debe ser libre y gratuito. Resulta curioso que el acceso libre y gratuito a la cultura no tenga que ver hoy con el contrato pedagógico como raíz social, ni con la educación pública como valor imprescindible para la sociedad, ni con la inversión en bibliotecas o en teatros. No, lo que se lleva en la lógica nueva del liberalismo económico es la desregulación, el vivir sin derechos laborales, el decirle a la joven cantante, o a la joven directora de cine, o a los escritores, o a los libreros, que no tendrán la oportunidad de vivir de su trabajo.
Celebrar el día del libro significa un rito social. Pero puede suponer también una apuesta por la resistencia cultural. Las librerías hablan de soledades gustosas, de ilusiones compartidas, de vivir y convivir con argumentos, imaginación, opiniones, derechos, reservas íntimas y palabras publicadas.
Día del libro: sólo la emancipación modesta y orgullosa de la vida cotidiana sostiene los buenos sueños en las plazas públicas
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viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "De ahora en adelante". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "infolibre.es":

De ahora en adelante

Actualizada 28/02/2015 



















Hace ya 25 años que murió Jaime Gil de Biedma. Uno cobra verdadera conciencia del tiempo cuando descubre que el presente también empieza a estar lejos. Resulta menos inquietante la distancia de un pasado lejano, el recuerdo incierto de una casa infantil o un episodio a medio deshacer en el patio de un colegio. Pero los años también alejan el presente, esa parte fundamental que es el eje, la razón de una vida, y ponen una distancia de fechas en lo que nos acompaña a nosotros mismos cada vez que decimos yo. Hay un momento en el que los años hacen del pasado un presente, es decir, tal vez un regalo, pero siempre una actualidad. Ocurre lo mismo con el futuro.

Lo bueno de los poetas que uno lleva dentro es que siempre tienen un poema para cada ocasión. No se trata de que nos digan lo que debemos hacer, sino de que saben acompañarnos en lo que estamos haciendo. Nos devuelven el sabor de nuestra vida en forma de realidad actual. Leo un poema del primer libro de Jaime, Compañeros de viaje (1959), titulado "De ahora en adelante". Es un poema de iniciación y reconocimiento. El protagonista asume su propia personalidad al intuir que ser otro supone también ser en los otros, ponerse a disposición de los otros como un modo de definir la lealtad con uno mismo. “Llamaban –escribe Jaime–. Algo, ya comenzado, no admitía espera”.

A veces ser dueño del propio destino sólo es posible cuando uno decide responder y acudir a una llamada ajena. Jaime escribe en los años de la poesía social. Los intelectuales burgueses se comprometían en la lucha contra el franquismo y en la defensa de la clase obrera, maltratada por “el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”. Para un poeta como Jaime Gil de Biedma acudir a la cita no sólo significaba querer, sino también ser querido. Necesitaba conservar en el nosotros su propia manera de ser: “Amigos míos, o mejor: compañeros, necesitan, quieren lo mismo que yo quiero y me quieren a mí también, igual que yo me quiero”.

La conciencia es un modo de quererse a uno mismo, un querer ser de una manera, un deseo del yo que puede integrarse sin violencia como parte del nosotros. Jaime, entre otras muchas cosas, era homosexual. Desde luego, una cosa importante, sobre todo cuando se vive en tiempos de desprecio y represión. La necesidad de defenderse ante los inquisidores y los castigos coincidió de manera muy fértil con una elaborada teoría poética. Se trataba de convertir el yo biográfico en un personaje literario, una identidad compartida con los lectores. La experiencia del otro, con su historia y su manera de decir yo, habita en los versos y crea un sentido propio y compartido. Compartirse nunca es igual que confundirse.

Jaime escribe “apenas puedo recordar qué fue de varios años de mi vida, o adónde iba cuando desperté y no me encontré solo”. En ese “De ahora en adelante” se llena de sentido el descubrimiento y se alude tanto a la condición sexual de un amanecer como a la respuesta política de un compromiso público. Eran muchos los grupos perseguidos: los emigrantes, los hombres injuriados, las familias hambrientas, las mujeres humilladas… En el poema “A una dama muy joven, separada”, da un consejo rotundo. La amiga debe pensar bien lo que hace “porque estamos en España, porque son uno y lo mismo los memos de tus amantes, el bestia de tu marido”.

Esta meditación sobre el diverso carácter de las represiones hizo que los poemas eróticos de Jaime fuesen una de las partes más vivas de la cultura antifranquista. Convirtieron el deseo de libertad en educación sentimental y ayudaron a comprender que la intimidad es también un territorio histórico en el que se juega la emancipación. Poemas como “Pandémica y Celeste”, “Un cuerpo es el mejor amigo del hombre” o “Contra Jaime Gil de Biedma”, están siempre ahí, esperándome, esperándonos. También “Albada”, ese diálogo con la poesía trovadoresca que reivindica la carnalidad de los amantes clandestinos: “Porque conozco el día que me espera, y no por el placer”.

Cuando conocemos los días que nos esperan, es bueno acudir a la poesía. Aunque hayan pasado 25 años de su muerte y las fechas empiecen a sentirse lejanas, los recuerdos y los versos forman parte de nuestro presente, le dan significado. Recordando a Auden, escribe Jaime en “De ahora en adelante” que todas las mañanas traen “verbos irregulares que es preciso aprender, o decisiones penosas y que aguardan examen”. 

No es mala perspectiva para reconocer y reconocerse, para saber que los sueños públicos son imposibles sin la transformación de la vida cotidiana y que la política se resiente si no hay una diaria transformación de la política. Es el único modo de decir nosotros, de querer y de ser queridos así, como queremos que nos quieran.

sábado, 14 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "García Montero: 20 verdades sobre literatura y 10 sobre poesía"

 
Luis  García Montero

   En "blogs.publico.es":

García Montero: 20 verdades sobre literatura y 10 sobre poesía

25nov 2014


Lo que sigue no es una reseña, sino una antología de frases extraídas de Un velero bergantín. Defensa de la literatura, de Luis García Montero, editado por Visor.
Como toda selección, tiene mucho de personal, quién sabe si también de arbitraria. Deja fuera un aspecto esencial de este libro singular que constituye una declaración de amor a la literatura y a la enseñanza por parte de un autor, tan apasionado por la una como por la otra y consciente —como comprometido militante contra la injusticia— de su intrínseco valor social. Está ausente el homenaje del autor, en forma de crítica literaria, a escritores (sobre todo poetas) que le han dejado huella, desde el Espronceda de La canción del pirata —de donde extrajo el título de la obra— a García Lorca, Gil de Biedma, Cernuda, Machado, Francisco Brines, Pedro Salinas  o Juan Ramón Jiménez.
20 VERDADES SOBRE LITERATURA
1.- “La lectura nos enseña a ponernos en el lugar del otro, pero no deja al otro sin lugar”.
2.- “Declaro mi fe en el poder simbólico de los libros y la lectura entendida como un pacto entre el autor y el lector”.
3.- “Es una desgracia que los ministerios de Educación estén tan interesados en identificar el éxito con el lado carnívoro y avaricioso del ser humano, en vez de cultivar la imaginación moral que nos ayuda a comprender el dolor ajeno”.
4.- “El verso libre es una reivindicación del oficio como compromiso humano con la sociedad (…) y reconoce una dimensión social de la palabra libertad (…). Un soneto se improvisa en cinco minutos. Tener voz propia cuesta una vida”.
5.- “Escribir es ajustar cuentas con la realidad”.
6.- “Somos creadores porque hemos sido lectores, y somos lectores porque necesitamos crear”.
7.- “El libro es un espacio público que facilita el encuentro entre las conciencias del autor y el lector”.
8.- “La ficción nació cuando el ser humano dejó de creer en los milagros”.
9.- “Los escritores dejaron de trabajar para los lectores, buscaron el aplauso gremial de otros escritores y sacrificaron la imaginación moral de la literatura”.
10.- “Ser profesor es algo más que sentirse más listo o más informado que los alumnos. Ser filólogo es algo más que aprender a elaborar una nota a pie de página. Tener trabajo no es lo mismo que tener un oficio”.
11.- “La sociedad democrática, junto a la ciencia y la técnica, necesita las humanidades si quiere decir unas palabras sobre el futuro al margen de las leyes sometidas al cieno”.
12.- “Quedó fuera de lugar el respeto a la emoción de la lectura (…). Quedó fuera de lugar en la sabiduría el sentido de la libertad y la historia”.
13.- “Conviene que el autor esté presente en el espacio público, que justifique sus palabras y su comportamiento, pero saber borrarse es tan importante como estar, ya que una presencia excesiva, multitudinaria, del propio yo dejaría sin aire al lector”.
14.- “La socialización, el proceso que ajusta la conciencia a la realidad de un mundo, no se produce hoy en un colegio o en un instituto, y mucho menos en la Universidad, sino en espacios como la televisión o las redes sociales, más proclives a la manipulación”.
15.- “Entre el alumno y el profesor se da un viaje continuo de ida y vuelta muy parecido al que se provoca entre el autor y el lector”.
16.- “Escribir es amar”.
17.-  “La democracia es una palabra inútil si se separa de la libertad social de los individuos. La política se convierte en una farsa si no aspira de manera prioritaria a reparar las injusticias reales. Las leyes son meros protocolos de cinismo si no se comprometen con la justicia y con la igualdad”.
18.- “Los tiempos de descrédito son una invitación a la parálisis. Volver al relato, a la ilusión, a la historia es regresar a la decisión, reclamar la soberanía ante las máscaras del poder. Y en la recuperación del relato nos espera la literatura”.
19.- “No se trata de que la literatura sea para mí más importante que la vida. Sólo ocurre que la literatura forma una parte decisiva de mi vida, o que la literatura es vida, pura vida”.
20.- “Más que poseer la verdad, las palabras deben aspirar a no mentir, a no engañar o engañarse, a no cerrar los ojos ante lo que pasa en favor de una consigna política o un negocio”.
DECÁLOGO SOBRE POESÍA
1.- “La temperatura del hecho poético es la admiración”.
2.- “La personalidad no nace del milagro de inventar mundos de la nada, sino de la admiración que nos permite elegir las influencias convenientes”.
3.- “La poesía es un ejercicio de hospitalidad”.
4.- “El oficio poético no se caracteriza por sentir, sino por crear efectos”.
5.- “No es verdad que en poesía sean lo mismo el fondo y la forma”.
6.- “Llamamos verdad a la música del poema”.
7.- “La verdad no es un punto de partida, sino de llegada”.
8.- “Elegir las palabras es una forma de cuidar y de cuidarse”.
9.- “Los dos peligros principales de la poesía son el patetismo y la pedantería”.
10.- “La poesía radicaliza la dimensión moral que tiene el arte”.

lunes, 19 de enero de 2015

PRENSA. Sobre Pablo Neruda y su poesía

Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Tus pies toco en la sombra

Actualizada 17/01/2015 a las 20:40  

El oficinista regresa de la oficina, el juez de su estar cansado, el conductor de su noche al volante, el panadero de su horno, la abogada de sus pleitos, la médica de sus enfermos y sus largos pasillos de hospital, el electricista de sus faroles rotos, la farmacéutica de los medicamentos caros, los niños de su infancia, y los sueños vuelven a darle la vuelta al mundo. 

En una de sus vueltas, cuando menos se lo esperan, los sueños se encuentran una vez más con la poesía de Pablo Neruda. Acaba de aparecer y llega esta semana a las librerías Tus pies toco en la sombra (Seix Barral), un libro que reúne 21 poemas inéditos del autor de Residencia en la tierra y Odas elementales. Darío Oses, director de la Fundación Pablo Neruda, explica que han aparecido entre los papeles que se conservan en el archivo. Al preparar las publicaciones póstumas,estas composiciones sigilosas se habían escapado de la minuciosa búsqueda de Matilde Urrutia, la viuda del poeta.

Cada cual escoge sus propias leyendas. Vivir es rechazar y forjar leyendas hasta convertirse en uno mismo. Me gusta creer en la leyenda del asalto militar a la casa de Pablo Neruda en 1973. El poeta estaba muy enfermo cuando se perpetró el golpe de Estado de Pinochet. Los soldados llegaron a su casa para registrarla, y cuenta la leyenda que Neruda les advirtió: lo único peligroso para ustedes que van a encontrar aquí es la poesía. Me creo la leyenda y me creo que la poesía es un peligro para los fusileros. La poesía no sabe obedecer a una pistola.

Ni siquiera obedece a la muerte. Cuando menos se espera, en un cuaderno perdido, en el reverso de un programa musical, en el menú de un restaurante, en una hoja suelta, en la cámara acorazada en la que se conservan los manuscritos a su debida temperatura, surge la poesía y con ella regresa Pablo Neruda, amando, tocando una caracola o un cuerpo, denunciando un crimen, sentado en un avión o en la orilla del mar.

Cuando dejen de aparecer inéditos, no pasará nada. Los buenos poemas publicados tienen vida propia y se mueven como rabos de lagartija en el saco sin fondo del tiempo. Los clásicos viven, reviven, cambian de postura, cobran significados para entrar en diálogo con los ojos y las generaciones nuevas. Esto es así, pero bien está que de vez en cuando haya un acontecimiento y aparezcan poemas inéditos, poemas de verdad, buenos poemas, de un autor como Neruda, que pasó por el mundo con ganas de poesía.

Aquí está el amor, venid a verlo: “Tú y yo somos la tierra con sus frutos”. Supo Neruda que el tú y yo del amor interioriza en la intimidad el diálogo de cada corazón con los otros, del ciudadano con la sociedad. Por eso defendió la alegría, el amor feliz, prueba última de que es posible pronunciar al viento la palabra nosotros.

Aquí está la sangre, venid a verla: “La nieve, el mar, la arena, / todo será camino. / Lucharemos”. Supo Neruda que la palabra del poeta es algo más que un adorno. Es un modo de ser dueño de uno mismo, dueño de la propia conciencia y la mirada propia. Por eso vuelve de su muerte para establecer un diálogo con el muchacho que fue, con el aspirante a poeta que fue: “hay que ser en la vida / buen fogonero, / honrado fogonero, / no te metas / a presumir de pluma, / de argonauta, / de cisne / de trapecista entre las frases altas / y el redondo vacío, / tu obligación / es de carbón y fuego / tienes / que ensuciarte las manos”.

La poesía no es cuestión de volumen. ¡Es que Neruda escribió mucho! Qué suerte. ¡Otros escriben mucho menos! Qué suerte también. Con Neruda empieza todo, igual que con Juan Ramón, Machado, Lorca, Alberti, Borges, Vallejo, Ángel González, Gil de Biedma… Porque el vivo regresa de su cansancio, el oficinista de su oficina, la abogada de sus pleitos, los políticos de sus reuniones, la maestra de su escuela, y la poesía vuelve a darle una vuelta al mundo, a la necesidad de sentir, de ser nosotros mismos, de encontrar una respuesta a la vida que aprieta.Tiempo para ti, para mí, para el tú y yo.

Actualidad: elecciones, juicios, pactos, repartos, atentados, dioses, corruptos. No, esta semana es Neruda.