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jueves, 18 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Baudelaire corrigió durante una década 'Las flores del mal'"

En "El País":

Baudelaire corrigió durante una década ‘Las flores del mal’

Las pruebas de imprenta del poemario revelan el perfeccionismo del autor francés


Pruebas de imprenta de 'Las flores del mal', según figuran en la web de la editorial Les Saints Pères.

Personaje de distraída modestia, Charles Baudelaire se sabía llamado a la gloria. “Me lo rechazan todo, el espíritu de invención e incluso el conocimiento de la lengua francesa. Me río de esos imbéciles y sé que este volumen, con sus calidades y sus defectos, encontrará un lugar en la memoria del público letrado, al lado de las mejores poesías de Victor Hugo, Théophile Gautier e incluso Byron”, escribió a su madre en julio de 1857, tras publicar Las flores del malla antología poética que revolucionaría las letras francesas. Lo que no se sabía es que, antes de inscribirse en la posteridad, el poeta pasó casi una década corrigiendo sus pruebas de imprenta, reescribiendo una y otra vez sus 150 poemas con insistencia casi patológica, en la que todo auténtico perfeccionista logrará reconocerse.
Esas pruebas han llegado esta semana a las librerías francesas, a través de una primera edición limitada a un millar de ejemplares, que la editorial parisina Les Saints Pères ha puesto a la venta a 189 euros cada ejemplar. El documento retoma la edición anotada que la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) adquirió en una subasta pública en 1998 por 3,2 millones de francos. La primera edición de 1857 nunca fue encontrada, por lo que esta versión anotada es la única que se conserva con el contenido original.

Multado por “ofensa a la moral pública”

En estas pruebas de imprenta ahora publicadas, repletas de tachaduras de tinta, salta a la vista el carácter obsesivo de Baudelaire, buscando sin descanso la perfección poética de la que sabía que sería la obra de su vida.
El libro se publicó, por fin, en junio de 1857 y despertó un escándalo infrecuente en los tiempos del Segundo Imperio, bastante menos recatado que la Inglaterra victoriana. Perseguido por el fiscal Ernest Pinard, quien ya había censurado un año antes Madame Bovary, de Flaubert, el autor tuvo que pagar una multa de 300 francos de la época por “ofensa a la moral pública”.
El libro no fue oficialmente rehabilitado hasta 1949, cuando se consideró que su contenido no era injurioso.

Trece dibujos de Rodin

Hasta ahora, este documento de extraordinario valor solo podía consultarse en el catálogo digital de la BNF. La edición en papel está acompañada de trece dibujos que Auguste Rodin esbozó, tres décadas más tarde, en su volumen personal de Las flores del mal, cuando el libro ya había sembrado el pánico en el París decimonónico.
Durante los diez años previos a su publicación, Baudelaire se enzarzó en múltiples correcciones. Se peleó con las comas mal colocadas y las tildes no ajustadas a la gramática al uso, además de retomar estrofas enteras. En su célebre poema Spleen, en honor al lúgubre sentimiento que inspiraba su estética, el poeta tachó el sintagma “largo gemido”, prefiriendo el "horrible aullido" que salió a imprenta. Incluso exige a su editor, Auguste Poulet-Malassis, al que la correspondencia revela algo exhausto de los caprichos de su autor, que suprima la mención “Poesías” bajo el título. "Me contraría mucho", dejó escrito.
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    jueves, 18 de diciembre de 2014

    PRENSA CULTURAL. "Metidos en el jardín de 'Las flores del mal'"

       En "El País":

    Metidos en el jardín de ‘Las flores del mal’

    La obra cumbre de Baudelaire se edita en una arriesgada versión

    Tres traductores evocan el desafío de penetrar el endiablado mundo poético


    Obra gráfica de Fiona Morrison para 'Las flores del mal' (Vaso Roto).
    “Vengas tu del infierno o del cielo, ¿qué importa,
    ¡Belleza!, monstruo enorme e ingenuo, mas temido,
    si tus ojos, tu risa, tu pie, me abren la puerta
    de un infinito que amo y que nunca he conocido?”.
    Ese es. Ahí está parte del corazón de Charles Baudelaire en Las flores del mal. Poemas preñados de fervor y furia bajo la luminosa oscuridad del amor y del deseo. Baudelaire (1821-1867) se convierte en un asaltador de la belleza donde los demás no la ven, o la penalizan, o la mezquinan, o la destierran. Un libro con 126 poemas publicado en 1857 y en 1861 que cerró el romanticismo y abrió el modernismo que acaba de ver una nueva y arriesgada traducción bilingüe en la editorial Vaso Roto, a cargo de Manuel J. Santayana. Ha apostado por una traducción que busca no solo el ritmo sino la endiablada métrica original.
    Antes que Santayana, lo hicieron a su manera Antonio Martínez Sarrión, Luis Martínez de Merlo, Pedro Provencio y Enrique López Castellón. Ellos saben lo que es, de verdad, entrar en ese jardín literario dionisiaco y apolíneo a la vez, para sacarlo del francés al insuflarle nueva vida en español. Conocen senderos-latidos de Baudelaire como:
    “Y tu cuerpo se estira y se ladea
    cual frágil navecilla
    que hunde sus palos bajo la marea
    cuando roza la orilla”.
    O
    “Tu mano roza en vano mi pecho que se arroba;
    lo que ella busca, amiga, es sitio que ha saqueado
    la mujer con sus garras y sus dientes de loba.
    No hay corazón; las bestias ya lo han devorado”.
    Sentidos baudelaireanos que confrontan al ser humano con su naturaleza para descubrirle las cosas que piensa y desea sin saberlo. Aún. O que centellea lo que en cada uno aguarda agazapado y anhelante para hacerse visible.
    El último en revivirlo ha sido Manuel J. Santayana. Entró en Las flores del mal allá por 1974, ya en el exilio en Estados Unidos, con su francés precario. Leyó diversas y autorizadas ediciones francesas críticas: “Durante muchos años abandoné el proyecto, pero en el 2012 regresó el impulso, tras una intensa relectura de la obra completa, y me di a la tarea trabajando, como dice un octosílabo de mi venerado Alfonso Reyes, ‘a hurtos de la labor”.

    Entrar en ese jardín, recuerda el traductor, es dialogar con un espíritu incomparable: “acceder al horror, a la admiración y a la piedad. Y a un fervor y una fe en la poesía más allá de toda vanidad”. La aportación del maestro francés es su “ejemplo de exactitud formal para desnudar los abismos de la conciencia humana y revelar —poéticamente— la complejidad de la inteligencia, la sensibilidad y la imaginación de un ser humano, sus perplejidades y contradicciones”.
    Lo más complicado de trasladar esos bordes del precipicio, reconoce Santayana, son las dificultades del rigor: “sintácticas, silábicas, métricas. Vencerlas depende de las aptitudes que el traductor ponga al servicio de su objetivo”. De elegir un poema, él se queda con Recogimiento, entre los breves:
    “Se juiciosa, oh mi pena, y a la calma ya vuelve.
    Pedías el Ocaso; ya desciende, aquí llega;
    una atmósfera oscura a la ciudad envuelve,
    y a unos trae la paz que a los otros les niega”.
    Y entre los más largos elige, El viaje, uno de cuyos pasajes aclara:
    “Pero viajeros solo son aquellos que parten
    por partir; corazones como globos, ligeros,
    sin que de un fatal sino ellos jamás se aparten,
    y siempre: ¡vamos! A ignotos derroteros”.
    El viaje de Enrique López Castellón por el territorio Baudelaire empezó con los años noventa con una traducción literal en bolsillo para Busma. Siguió recorriendo lento sus caminos y su biografía y su época, hasta que empezó a preparar una nueva traducción para la editorial Abada en 2012. “Quería mantener la métrica, pero no el ritmo, porque es imposible. Es un jardín muy complicado porque Baudelaire expresa nuevas sensaciones del hombre moderno en lenguaje popular, corriente o ramplón, y poetiza el lenguaje periodístico que al verterlo resulta difícil. Su estética es revolucionaria”. Ahí está, dice, el arranque de su inolvidable El balcón:
    “¡Madre de los recuerdos, la amante más querida,
    Tú, mis placeres todos! ¡Tú, todos mis deberes!
    Te acordarás de cada caricia compartida,
    del hogar, del hechizo de los atardeceres,
    ¡madre de los recuerdos, la amante más querida!”.
    Hace cuarenta años este poeta maldito empezó a llegar con gozosa claridad a España. Y quien decidió darlo a conocer en serio fue Antonio Martínez Sarrión. Lo hizo para desagraviarlo. Un día de 1974 Sarrión entró a una librería, cogió un tomo de Las flores del mal, de editorial Río Nuevo, y quedó consternado “ante esa traducción infame”. Fue a casa, abrió una edición en francés al azar y tradujo tres poemas que en 1975 publicó en la revista La ilustración poética española e iberoamericana, en la que él colaboraba junto a José Esteban y Jesús Munárriz. El poeta Gil de Biedma y el editor Carlos Barral leyeron los poemas y le dijeron que tenía que traducir todas Las flores del mal.
    Dos años después, en 1977, La Gaya Ciencia publicó su versión con tal éxito que se agotó y se convirtió en referencia. Después, Javier Pradera, editor de Alianza, le dijo que le gustaría publicar el libro. Sarrión aceptó y eligió hacerlo en formato bolsillo, “porque al ser más barata todos podrían leer a Baudelaire”. Llegó a librerías en 1982. La última apareció en 2012, después de 22 ediciones y más de 60.000 ejemplares vendidos, “revisada y con algunos ajustes”. Lo hizo a petición del editor. Sarrión, con 73 años, pensó que estaría bien hacerlo “antes de desaparecer de este mundo”.
    Mientras, Baudelaire le susurra: “Haces bien en ocuparte de mis flores; que te paguen lo que a mí no me pagaron”. De ese jardín prefiere Una que pasaba, en cuya tercera estrofa muchos se ven y se han preguntado sin saberlo:
    “Un fulgor… ¡y la noche! Fugitiva beldad,
    cuyo mirar me ha hecho nacer una vez más,
    ¿no te veré ya nunca, sino en la eternidad?”.


    Ilustración de Fiona Morris, para 'Las flores del mal', de editorial Vaso Roto.

    PRENSA CULTURAL. "La gracias y el abismo". (Sobre una nueva traducción de 'Las flores del mal", de Baudelaire). Ángel Rupérez


       En "El País":

    La gracia y el abismo

    La primera edición de 'Las flores del mal' de Baudelaire en 1857, ocasionó un proceso judicial que acabó en condena y escándalo

    Algunos hechos marcaron para siempre la vida de Baudelaire (1821-1867) y, sin duda, contribuyeron a que forjara una visión sombría de la existencia que, a su vez, penetró en todos los intersticios de su poesía. Se quedó huérfano de padre a los 6 años y, a partir de entonces, estableció una profunda e intensa relación con su madre que duró hasta que esta decidió casarse de nuevo. Este hecho supuso para él el fin del idilio, cuyo causante fue su padrastro, al que vio, sin duda, como el peor ladrón, el intruso más intolerable, el más bárbaro Atila que arrasó con su infancia dorada e irrecuperable.
    A partir de aquí empieza el descalabro, la mala vida, el lujo inmoderado, los burdeles oscuros, la bohemia de altura, el dandismo más exaltado y la poesía más original, descarnada, profunda y anhelante que quepa imaginar. Se puede decir que de esa grieta existencial incurable nació el remedio doloroso de su poesía, que empezó a escribir pronto, “con paciencia y con furia”, y a la que le puso distintos títulos —Las LesbianasLos limbos— hasta de que acabara siendo Las flores del mal.
    La primera edición tuvo lugar en 1857, con el consiguiente proceso judicial que acabó en condena y escándalo. Baudelaire tuvo que quitar seis poemas de su libro en la reedición de 1861, entre ellos el magnífico Mujeres condenadas (es decir, lesbianas), por no hablar del portentoso Una mártir, que termina de una manera tan escabrosa que, sin duda, tuvo que horrorizar a los jueces que lo condenaron. Estos poemas excluidos reaparecieron en la edición de 1866, hecha en Bruselas por el gran escudero del poeta, su editor Auguste Poulet-Malassis. A esta edición le siguió la de 1868, ya póstuma y con nuevos añadidos a los que ya se habían producido en la 2ª edición, la de 1861.
    La traducción y la edición que celebramos ahora se apoya en esas dos ediciones, la del 61 y la del 68. El diseño como tal es rompedor, atrevido, fantasioso y recuerda a una caja multicolor, con los bordes (el canto) rojos, en cuyo interior se encuentra ¡ese regalo, esa joya!, los poemas gloriosos de Baudelaire. El diseñador es Quim Díaz y la fotógrafa, Fiona Morrison, autora de las fotos que entrelazan la figura mayéstatica y dandística de Baudelaire, junto con unas floraciones multicolores que expanden la mirada del poeta a ¿sus paraísos artificiales?
    Y luego está la traducción del citado Manuel J. Santayana, que ha apostado por la métrica y la rima más estrictas. Para calibrar esa audaz opción —llenas de peligros— hay que mirar los resultados y los resultados son excelentes, con muchos aciertos brillantes, con un respeto escrupuloso por el sentido del original, con muy pocas cabriolas —o ninguna— que lo desfiguren en favor de las geniales ocurrencias del traductor de turno.
    Su patrón métrico básico es el alejandrino, siguiendo al alejandrino francés, pero también usa el endecasílabo, el heptasílabo, el eneasílabo, siempre según la pauta marcada por el original. A este estricto rigor métrico se suman las rimas, siempre consonantes, con una disposición que calca la del poema baudelairiano. El esfuerzo es, sin duda, titánico y los resultados son regularmente buenos, sin los temibles ripios al acecho, o esas otras componendas ridículas que, para facilitar la rima, se convierten en horrísonas patochadas, que afectan tanto al sonido como al sentido. Poemas fabulosos como Moesta et Errabunda (Tristes y errantes), La campana quebrada, Paisaje, Las viejecitas, A una que pasaba o El cisne —entre otros— están fenomenalmente traducidos y suenan muy bien cuando se leen en voz alta.
    A veces resuena Rubén Darío, o a cualquiera de sus discípulos hispanos, como en este fragmento del poema La Belleza: “Yo reino en el azur, esfinge postergada;/mi blancura es de cisne y mi corazón, nieve;/porque enreda las líneas, odio lo que se mueve/y no río jamás y no lloro por nada”. Otras, sin más, se oye, en español —¡milagro de las buenas traducciones!—, esa voz baudelairiana del desgarro moderno, como ocurre en el maravilloso A una que pasaba: “Un fulgor…¡y la noche! Fugitiva beldad,/cuyo mirar me ha hecho nacer una vez más,/¿no te veré ya nunca, sino en la Eternidad?"/Lejos de aquí! ¡Muy tarde! ¡Quién sabe si jamás!/Pues tú ignoras mi rumbo, yo no sé adónde irías,/¡tú, a quien yo hubiera amado, oh tú, que lo sabías!”.
    Cada época debe traducir a los grandes de otras lenguas para sentirse viva. Este Baudelaire vive a lo grande en español. ¡Bienvenido sea!
    Ángel Rupérez. Escritor y crítico literario.