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sábado, 18 de abril de 2015

PRENSA. "Por ser niñas"

   En "El País":

Por ser niñas

Sabido es que sus derechos son menores para ellas en todo el mundo.

Pero elegimos un país pobre, Etiopía, para observar su situación. ¿Conclusión? Urge erradicar los matrimonios forzosos o la ablación y garantizar su educación

 Getema (Etiopía) 2 ENE 2015 

Una joven etíope carga un pesado fardo de leña sobre su espalda. / LOLA HIERRO
Por ser niña no irás a la escuela. Te quedarás en casa para ayudar con las tareas del hogar y cuidar a los hijos que nazcan después de ti. Por ser niña cargarás 25 litros de agua sobre tu espalda a diario durante horas desde que tengas siete años o menos. O tanta leña que quien te mire por detrás solo podrá distinguir tus delgadas piernas aguantando, milagrosamente, todo ese peso. Por ser niña harás todo esto descalza porque los chicos tendrán prioridad a la hora de obtener unos zapatos. Por ser niña, tu padre elegirá un marido para ti antes de que sepas el significado del matrimonio y, mucho menos, de la maternidad. Por ser niña te mutilarán los genitales y durante toda tu vida sufrirás dolores e infecciones. Por ser niña, parirás todos los hijos que tu marido decida y serás responsable de alimentarlos y salvar sus vidas si enferman. Por ser niña trabajarás en el campo de sol a sol, también cuando estés embarazada. Así será tu vida hasta el día de tu muerte, que posiblemente llegará antes de que cumplas los 58 o los 65 años, según el informe que se mire, porque esa es la esperanza media de vida en tu país.
Esta descripción pesimista corresponde al peor marco posible en Etiopía, un país de contrastes: es el décimo cuarto más pobre según el Índice de Desarrollo Humano, pero también el Estado africano no petrolero que más ha crecido en la última década, con ritmos superiores al 10% de su PIB. Etiopía ha avanzado un buen trecho en materia de igualdad de género, pero aún tiene otro tanto por andar. "Antes, ser mujer era ser una sirvienta. No piensas en que tu hija vaya a la escuela, solo sirve para ser vendida a su futuro marido y todo, siempre, es su responsabilidad: hogar, hijos, trabajo en el campo...", enumera Endale Geleta, trabajador social cuya familia proviene del ámbito rural.
El Gobierno etíope se empezó a preocupar por la situación de sus mujeres tras la revolución de 1974 que derrocó al emperador Haile Selassie e instauró en el poder un Gobierno comunista. Desde entonces, ha dado pasos significativos, como prohibir la ablación o los matrimonios con menores de 18 años. La Constitución reconoce sus derechos y la Política Nacional para las Mujeres de Etiopía de 1993 establece como prioridades alcanzar la equidad, facilitar el acceso a servicios básicos en el entorno rural y eliminar los prejuicios contra ellas. "Hasta hace unos años no podían ni hablar delante de la gente ni entrar en casa si había huéspedes; comían las últimas, siempre después de los hombres", relata María Solís, misionera comboniana que lleva 25 años en el país trabajando en pro de los derechos de las mujeres.

Un 93% de las niñas etíopes
realizan la educación primaria
pero más de la mitad por encima
de los 15 años son analfabetas
Las cifras demuestran que nacer niña en Etiopía hoy no es un plato de buen gusto: un 16% fueron casadas antes de los 15 años, y un 41% antes de los 18. La mutilación genital, castigada con 10 años de prisión, es otra lacra que disminuye, pero persiste: el 74% de mujeres entre 15 y 49 años la han sufrido y otro 39% tiene al menos una hija a quien se le ha practicado, según el informe El Estado mundial de la infancia 2013 de Unicef. "Las niñas van al colegio y las mujeres van entrando en el mercado laboral pero, cuando sales al campo, sigues viendo que todas estas prácticas no están erradicadas", asegura Geleta. "Lo bueno es que ya hay muchas jóvenes que salen de sus aldeas a estudiar a otros sitios y ven que es posible vivir de otra manera. Cuando regresan a casa hacen algo de sensibilización", completa la hermana Solís.

La mujer en la ciudad

En ciudades como Aksum, en el norte del país, o en Addis Abeba, la vida de las niñas es mucho más parecida a la que se acostumbra a ver en países europeos. Durante un paseo por las calles de la capital el peatón se cruza con mujeres policía, militares, empresarias, modelos, ingenieras, farmacéuticas, médicos, profesoras… El 78% de las mayores de 15 años se ha incorporado al mercado laboral y cada vez se cuentan más mujeres en el poder como la política Sinkinesh Ejigu, empresarias de éxito como Mulu Solomon, atletas olímpicas como Tirunesh Dibaba y defensoras de los derechos humanos como Meaza Ashenafi. Pero aunque la mitad de los 94 millones de habitantes de Etiopía son mujeres, solo 153 de los 547 asientos del parlamento (un 28%) están ocupados por ellas. En las ciudades las niñas por lo general no trabajan, visten con ropa en buen estado y van al colegio con regularidad. El mayor riesgo al que se enfrentan las jóvenes de menos recursos en estos núcleos urbanos es caer en las garras de la prostitución. "Huyen de sus aldeas porque suelen pertenecer a familias de hasta 12 miembros y son muy pobres", relata la misionera María Solís. "Allí encuentran gente que les ofrece trabajos como limpiar una casa o servir en un bar, y ellas no imaginan lo que hay detrás hasta que ya están dentro. Luego, muchas quedan embarazadas y ya no tienen demasiadas opciones porque con un niño no pueden regresar a la aldea, es una vergüenza tener un hijo sin estar casada", asevera.
Para saber qué les espera a muchas niñas en este rincón del Cuerno de África no hace falta acudir a informes; basta con patear los polvorientos caminos que surcan el país para encontrar mujeres de todas las edades recorriendo enormes distancias, descalzas o con zapatos de plástico de pésima calidad, y cargadas con pesados bidones de agua, fardos de leña o productos para vender en los mercados. En el de Getema, una localidad de 15.000 habitantes al oeste del país, es fácil conocer niñas con vidas de adulto. Una es Diditu Bulki, cuyo cuerpo y mirada de 15 años chocan con unas manos encallecidas propias de un labriego de 40. Dejó la escuela a los 10 y se gana la vida fabricando unas toscas jarritas de barro para servir el café que luego vende por cinco birr –unos 20 céntimos de euro–. Le gustaría retomar los estudios, pero con bastante resignación reconoce que no confía en poder cambiar de nuevo la arcilla por los cuadernos.
El 93% de las niñas terminan la educación primaria pero, como Diditu, un 65% no completa la secundaria, según datos de 2012 del Ministerio de Educación etíope. Informes como el realizado por la organización Plan Internacional denuncian que todavía un 53% de las jóvenes entre 15 y 24 años son analfabetas. La formación de las niñas no es un asunto baladí: un año extra de educación secundaria de una chica aumenta entre un 10 y un 15% los ingresos de esta cuando sea mujer, sostiene la organización. Otro estudio auspiciado por la organización británica Girl Hub Ethiopia concluyó que si todas las niñas que dejaron la escuela hubieran podido finalizarla, habrían aportado a la economía de su país unos 4.000 millones de dólares.
En el ámbito rural, las dos realidades se hacen patentes. El colegio salesiano de Zway, una localidad de 45.000 vecinos a dos horas al sur de Addis Abeba, está repleto de pequeñas que entran y salen, inconfundibles gracias a sus faldas azules del uniforme. Tan solo dos manzanas más lejos, Burtuget, Laila y Burtu, de nueve, 10 y ocho años, realizan labores muy diferentes. Acuden a diario con sus madres y hermanos menores a uno de los centros de la ciudad que desarrolla programas contra la malnutrición infantil, la causa de fallecimiento de un tercio de los niños menores de cinco años que mueren en este país.

Un 68% de las mujeres etíopes justifica los malos tratos físicos del esposo frente a un 44% de hombres
"Vienen para ayudar a sus madres", afirma Bettie Asnake, trabajadora social del programa. "Aquí les damos la opción de quedarnos a los niños para que ellas vayan a la escuela, pero no quieren y sus madres no las obligan". Las niñas en edad escolar reciben algo de formación pero es, a todas luces, insuficiente. Laila, que a sus 10 años no habla una palabra de inglés, apenas puede prestar atención a su cuadernillo de caligrafía. La pequeña fija sus profundos ojos en la tarea, aprieta el lápiz contra el papel y garabatea una letra que parece una efe. Pero cada vez que su hermanita de tres años llora, se hace pis en el suelo, corretea hacia la calle o quiere comer, debe dejar lo que está haciendo y atenderla. No puede contar con la ayuda de su madre porque está en la habitación contigua alimentando a otras dos criaturas de pocos meses de edad.
Los secuestros para lograr una boda por la fuerza cuando no hay dinero para pagar la dote es otro de los grandes riesgos que corre, aún hoy, una niña en Etiopía. La ONU estima que el 69% de los matrimonios empezaron así. Braane Negara fue raptada por un desconocido cuando salía del mercado de su pueblo. Tenía 16 años. Se casó contra su voluntad y dio seis hijos a su secuestrador. Ahora, con 28, dice con una leve sonrisa que ya se lleva bien con su marido, que ha aprendido a quererle. Braane no es la única que acaba por comprender e, incluso, apoyar prácticas contraproducentes para su persona; de hecho, existe un dato muy llamativo que da una idea sobre el arraigo de la creencia de que ellas no valen nada: un 68% de mujeres frente a un 44% de hombres justifica el maltrato físico hacia la esposa.

La semilla del cambio

Aunque la Etiopía rural es el escenario más complicado para una niña, en las aldeas más aisladas del país también es posible hallar la semilla del cambio. Badessa es un olvidado pueblecito a dos horas de distancia en todoterreno del núcleo urbano más próximo. Allí habitan los gumuz, una de las etnias más desconocidas del país. Considerados esclavos durante décadas, no han vivido tranquilos hasta que el presente Gobierno reconoció sus derechos. En Badessa acaba de arrancar el programa de igualdad de género que la hermana Solís desarrolla con la ayuda de Manos Unidas. Durante los últimos cuatro años se han beneficiado 3.500 vecinas del vicariado de Nekemte, un extenso territorio de 98.000 kilómetros cuadrados entre la capital, Addis Abeba, y la frontera con Sudán. En un par de meses, las mujeres que se han apuntado han aprendido a firmar, algo de lo que se sienten orgullosas porque hasta hace muy poco solo eran capaces de imprimir su huella dactilar en los documentos. Durante el siguiente año aprenderán también a leer, a escribir, a manejar la economía de su hogar, a cultivar la tierra, a llevar un negocio y, lo más importante: les explicarán que ellas y sus maridos tienen los mismos derechos.

El camino de Tigist


El rostro arrugado de Tigist le hace parecer una anciana, pero acaba de sobrepasar los 50. Las mujeres en Etiopía, sobre todo en el campo, suelen trabajar entre 15 y 18 horas. / L.H.
Las hay que han pasado así toda una vida, como Tigist, que aparenta 90 años a juzgar por su pelo cano, su piel arrugadísima y curtida por el sol, sus manos ásperas como la lija y unos pies que la elefantiasis ha dejado como la corteza de un árbol. Se ríe Tigist, que en realidad acaba de pasar el medio siglo, ante el estupor que causa cuando cuenta que ella sola ha caminado cinco horas desde su aldea con tres gruesos platos de arcilla del tamaño de una rueda cargados a la espalda con la única ayuda de unas cuerdecitas. En esas condiciones ha llegado al mercado de Getema, una localidad rural de unos 15.000 habitantes en el oeste del país, donde los venderá por unos cuatro euros como máximo.
Shumate y su esposo Adisuturu fueron de los primeros en apuntarse al programa, una decisión que tomaron de mutuo acuerdo. "Lo más complicado para ellas es conseguir el permiso del hombre", explica la misionera Solís. Shumate, de 24 años, acaba de dar a luz a su cuarto retoño, una niña llamada Maryam que duerme pacíficamente en los brazos de su abuela, dentro de la choza familiar. De una única estancia, no contiene nada más que una amplia cama, una mosquitera y dos taburetes. La única luz es la que se filtra entre las ramas y el adobe de las paredes. Al abrigo de esta humilde casita, Shumate explica que dejó el colegio a los ocho años para ayudar a su familia, pero que ahora Adisuturu y ella trabajan codo con codo para obtener más ingresos que servirán para construir un hogar más cómodo y dar una educación a su prole, pues está convencida de que sus hijas llevarán una vida distinta a la que ella tuvo. De hecho, su primogénita, de siete años, ha empezado a ir a la escuela de un pueblo vecino, y seguirá haciéndolo hasta que acabe la secundaria. "Luego decidirá ella si quiere casarse, ir a la universidad o ambas cosas", explica su madre.

La gran diferencia entre una chica occidental y yo es la educación que hemos recibido
Braane Negara, vecina de Jimate, Etiopía
Tanto Shumate como Braane van al curso de igualdad con sus maridos, algo que enorgullece a la hermana Solís. "En el programa, los hombres tienen que ayudar a sus esposas con el negocio, tienen que cuidar de la casa si ellas salen al mercado…", describe la misionera. "No es solo aprender inglés o matemáticas, sino que entiendan y se crean que las mujeres tienen unos derechos que deben respetar; esto es un proceso lento", enfatiza. "Al principio, los otros hombres les atacan con el tema de la masculinidad, pero cuando la moral está alta, cuando el esposo ve que es por el bien de sus hijos y cuando económicamente están mejor, les da igual lo que digan los otros".
Braane lo sabe bien porque fue su marido, el mismo que la secuestró, quien decidió acompañarla a los talleres de igualdad para aprender juntos, adquirir una mejor calidad de vida basada en el respeto mutuo y una formación. "La gran diferencia entre una chica occidental y yo es la educación que hemos recibido", afirma la joven. "Sin ella, no tienes nada. Somos granjeras, personas pobres, tenemos que cuidar de nosotras mismas. Si hubiera acabado los estudios podría tener un trabajo mejor y vestir como tú", dice a la periodista.

Si nosotros no nos ponemos de su lado, las mujeres nunca conseguirán avanzar
Endale Geleta, trabajador social
Como trabajador social y como hombre concienciado con la causa, Endale ya hace muchos años que sirve el café y cocina pese a las críticas de sus padres porque estas son, tradicionalmente, tareas reservadas a las mujeres. Pero lejos de avergonzarse, él tiene fe en que cada vez más hombres arrimen el hombro. "Hay esperanza en el futuro, pero es muy importante que nosotros entendamos y contribuyamos al cambio porque, por mucho que las mujeres luchen, si los hombres no nos ponemos de su lado, no las dejaremos avanzar".

viernes, 4 de octubre de 2013

PRENSA. "Niños que mueven el mundo"


   En "El País":

Niños que mueven el mundo

Pequeños activistas como Malala logran grandes transformaciones

Pese a ser extraordinarios, tienen derecho a vivir su infancia

 1 OCT 2013

Malala celebra su cumpleaños en la sede de la ONU; Malala recibe el premio Nobel de la Paz de los niños en La Haya; Malala inaugura en Birmingham la librería pública más grande de Europa; Malala viaja a Nueva York para colaborar con el ex primer ministro británico Gordon Brown en un programa de ayuda a niños refugiados sirios… Malala tiene 16 años y un apellido: Yousafzai. Pero para todos, ella, la niña, es eso, Malala —la sonoridad del nombre acompaña—. Así conoce medio mundo a esta joven e incansable paquistaní, tiroteada en octubre del año pasado en el valle del Swat (Pakistán) por un grupo de talibanes a los que no les gustaba lo que la menor contaba en Internet. Sobrevivió y reside en Reino Unido. Fue y es víctima de los radicales. Y ahora la llaman activista por la educación. Pero es eso, una niña. Y por derecho.
“Malala es un ejemplo”, explica Jorge Cardona, profesor en la Universidad de Valencia, “de que un niño es sujeto de derecho como lo es un adulto; deben ser protagonistas de sus derechos, deben ser empoderados para defenderlos”. Cardona, docente en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, es uno de los 18 expertos independientes que forman parte del Comité sobre los Derechos del Niño de la ONU. “Malala”, continúa este profesor, referencia omnipresente de la defensa de la infancia, “nos demuestra que los niños no son solo objetos para proteger y que, en muchas ocasiones, son los adultos, precisamente, los que les limitan”.

"Verles levantarse nos hace humildes", dice el director de KidsRights
Con Malala, ese límite llegó —o lo intentó— desde los fusiles que el pasado 9 de octubre, muy cerca de su casa de Mingora, escupieron las balas que acertaron en su cabeza y su cuello. Detrás del atentado estaban los talibanes paquistaníes, de los que la menor, entonces de 15 años, había hablado en un blog publicado en la versión online de la cadena británica BBC. Malala era ya entonces un símbolo creciente de la lucha por la educación de los menores que habitan esas tierras, demasiado porosas para no contagiarse del conflicto afgano. Pero, sobre todo, era un altavoz de denuncia de los derechos de las niñas, vilipendiadas por la guerrilla radical, enemiga acérrima de que ellas, como ellos, disfruten de la educación de las aulas.
Malala aguantó. Fue trasladada al hospital Queen Elizabeth de Birmingham (Reino Unido) y logró sortear la muerte. Su coraje al plantar cara a los talibanes y seguir enarbolando su mensaje tras casi perder la vida fue reconocido por la organización KidsRights, que el pasado 6 de septiembre le entregó en La Haya (Holanda) el Premio Internacional de la Paz de los Niños. “Malala ha demostrado”, dice en un intercambio de correos el fundador de la ONG, Marc Dullaert, “que los niños pueden elevar sus voces, que pueden marcar la diferencia; ella está moviendo el mundo”.

"Hay que evitar su explotación económica", afirma un docente
Y no cesa. Malala sigue hoy con un discurso elaborado, cargado de simbolismo, fuerte, activista y atractivo hasta el punto de maravillar a los adultos, a los que están al frente de organizaciones, certámenes o Gobiernos. “Uno tiene que acostumbrarse”, defiende el profesor Cardona, “a la sensatez y madurez de los niños”. “Ver a un menor que decide levantarse por los derechos de muchos otros y luchar contra las injusticias”, señala también en este sentido Dullaert, “nos hace a los adultos humildes”. “Si ella puede hacerlo”, continúa el holandés, “nosotros también”.
Frans Röselaers, sociólogo exmiembro de la Organización Internacional del Trabajo, va un paso más allá: “Los adultos pueden sentirse un poco humillados por el hecho de que estos jóvenes consigan cosas allí donde ellos no lo hicieron”. “Los niños”, prosigue Röselaers, integrante también del jurado que galardonó a Malala y fundador de Global March Against Child Labour, “tienen derecho a expresar sus preocupaciones, ambiciones y puntos de vista”. Y tanto.

La paquistaní ha conseguido una ley de educación obligatoria
La siguiente frase la pronunció la menor —se atribuye al filósofo romano Marcus Tullius Cicero—, durante la apertura de la librería de Birmingham, ciudad de acogida, el pasado 3 de septiembre: “Una habitación sin libros es como un cuerpo sin alma”. Pero no es solo la frase. La adolescente no lee un texto, pronuncia un discurso, lo gesticula, lo interpreta y se lo mete por vena al oyente. Tiene 16 años. “Estamos acostumbrados a que los niños sean objetos de protección”, explica el profesor Cardona, “y tienen muchas cosas que aportar”. “Es jurídicamente obligatorio escuchar a un niño”. Pero no hacerle hablar de más. “Hay que evitar la explotación económica de su figura”, advierte el también catedrático.
El que no pudo evitar la explotación fue el pequeño Iqbal Masih, referente en la historia de los niños activistas y símbolo también de la lucha por los derechos de los menores en Pakistán. Fue asesinado dos años antes de que naciera Malala. La lucha contra la explotación infantil fue, de hecho, su gran causa. Nació en Mureedke, cerca de Lahore (Pakistán), en 1983. Con cuatro años fue vendido por sus padres al dueño de un telar como pago por la boda de su hermano. Seis años después logró escapar y se unió al Frente de Liberación del Trabajo Forzoso, con el que predicó en contra del empleo de menores. Muy menudo, demasiado para su edad, pero sonriente, Masih, pateaba las calles entre los suyos, con los brazos en alto; ondeaba banderas y saltaba a los atriles para contar su historia. El 16 de abril de 1995, Masih, con tan solo 12 años, poco después de regresar de Estados Unidos, donde había sido galardonado por su dedicación y activismo, fue asesinado a tiros.
¿Por qué Malala es así? ¿Por qué lo fue Masih? “Son niños líderes”, responde Consuelo Crespo, presidenta del comité español de Unicef, “son capaces de captar de inmediato el valor de algo, muchas veces porque lo han vivido, y tienen además la inquietud de transmitirlo”. La sección española de la agencia de Naciones Unidas dedicada a la protección de la infancia reconoció el pasado mes de mayo la labor de la joven activista paquistaní con el premio Moviliza. El galardón lo recogió en persona su padre, maestro de profesión y, seguro, uno de los responsables de poner una semilla en el carácter de su hija. Malala tenía que continuar con sus clases, pero agradeció la distinción a través de un mensaje grabado en vídeo.
Recuerda Crespo y coinciden los expertos en infancia consultados que lo de Malala no se queda en una voz que moviliza a miles de personas. Su lucha ha obtenido un cambio efectivo: el reconocimiento por ley de la obligatoriedad y gratuidad de la educación para los niños en Pakistán. Otra cosa será su aplicación. Y no solo eso. Tal fue y es el eco de la voz de Malala que incluso un líder de los talibanes paquistaníes, Adnan Rashid, redactó y envió una misiva dirigida a la menor para ofrecer una suerte de excusas, no disculpas, por las que el ataque, que él no deseaba, se perpetró. Grosso modo, defendía él, no fue por su defensa de la educación sino por el intento de establecer un modelo occidental. “Has dicho que el bolígrafo es más fuerte que la espada”, escribió Rashid para Malala, “y ellos te atacaron por tu espada y no por unos libros o un colegio”.
“El convencimiento de Malala”, señala la presidenta de Unicef, “ha sensibilizado a la sociedad en torno a sus derechos”. Pero todo tiene un límite: “Ella tiene que continuar su vida escolar de forma normal”, continúa Crespo, “no se la puede utilizar de forma partidista o ideológica”.

Samantha Reed, de 10 años, escribía a Andropov en plena Guerra Fría
A tenor de lo visto, eso no ha ocurrido en este caso, aunque no se puede negar que Malala sea un reclamo para liderar campañas como la capitaneada por el ex primer ministro británico Gordon Brown para reunir 500 millones de dólares (370 millones de euros) y llevar así la educación a 300.000 refugiados sirios de los campos del norte de Líbano. Pero, ¿por qué atrae tanto el mensaje de estos pequeños líderes a los adultos? En opinión de Crespo, la falta de un sistema de educación adecuado hace que ejemplos como el de Malala sean excepcionales. “Cuando se da espacio para que participen es espectacular como se expresan”. “Hay que educarles”, prosigue, “para que saquen lo mejor de sí mismos; no son el problema, son la solución”. Y si la aportan, como aquí coincide el fundador de KidsRights, Marc Dullaert, suele ser “creativa y sencilla”.
Unicef conoce bien de qué están hechos los niños, sobre todo, allí donde más difícil es serlo. “Hay muchas malalas en el mundo”, cuenta Crespo tirando de la experiencia de sus viajes, “muchos niños que mueven el mundo y no conocemos, que son capaces de cambiar la mentalidad de sus padres por una idea”. Y a veces casi sin ser tener edad para ser conscientes de ello. Eso le ocurrió a Coy Mathis, la niña que con solo seis años logró el pasado mes de junio en Colorado una de las sentencias más celebradas por el colectivo transexual de Estados Unidos. Gracias a ella, que nació con sexo masculino, gracias a la expresión de lo que sentía y al tesón de sus padres, Kathryn y Jeremy Mathis, el colegio al que acude, en Colorado (EE UU), tuvo que abrirle las puertas de los baños para niñas.

Mathis, de seis años, logró en EE UU una sentencia histórica para los transexuales
La pequeña Mathis empezó a inclinarse hacia todo lo que tuviera que ver con el sexo opuesto a los 18 meses. Con cuatro años, su identidad era ya la de una niña. Sus padres trataron de que la dirección del colegio, el centro elemental Eagleside, dejase que Mathis fuera al lavabo de sus compañeras, pero la escuela negó la mayor el pasado mes de diciembre y apuntó hacia sus órganos genitales como motivo. Con la ayuda de la Fundación para la Defensa Legal y Educación de los Transexuales, los Mathis fueron ante el juez y el pasado 25 de junio ganaron la demanda civil, con una sentencia pionera en EE UU, “la más comprensiva con relación al acceso de los transexuales a los baños”, según la organización estadounidense. “Ejemplos como el de Coy Mathis dan mucha fuerza”, apunta Ronny de la Cruz, vicepresidente de Cogam (Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid). “Habrá gente”, continúa De la Cruz, “que cierre los ojos porque se trata de una niña, pero habrá otra mucha que se pare y la escuche”. De la Cruz, de 24 años y con una larga experiencia en contacto con grupos de jóvenes, resalta el impacto que tiene que “alguien tan joven tenga claras cosas que mucha gente no logra tener en toda una vida”.
Claro y cristalino tenía Samantha Reed Smith, otro de los símbolos que ha dejado la historia del activismo menor de edad, que aquello que le pasaba por la cabeza allá por el año 1982, mientras hablaba con su madre en su casa de Maine (EE UU), tenía que acabar en un folio y llegar a manos de Yuri Andropov, secretario general del Partido Comunista de la URSS. “¿Va a votar usted por una guerra o no?”, preguntaba la pequeña de 10 años en plena escalada entre los dos frentes que partían el mundo. “Si esto no le agrada, dígame, por favor, cómo va a ayudar a evitar una guerra nuclear”, le soltaba la niña al máximo dirigente de la URSS. Tardó, pero Andropov respondió a Reed Smith. Le dijo que hacía todo lo que estaba en su mano para frenar el conflicto en una extensa carta en la que el dirigente comparaba incluso a la joven estadounidense con la Becky amiga del Tom Sawyer de Mark Twain.
El intercambio de correspondencia convirtió a la pequeña en la embajadora oficiosa más joven de su país. El líder soviético invitó a Reed Smith y sus padres a viajar a Moscú en julio de 1983. La repercusión mediática en las dos trincheras, pese a que Andropov no se vio cara a cara con la niña, fue excepcional. Samantha Reed Smith era ya un símbolo de la lucha por la paz. Pero la fatalidad, que parece que persigue a las voces de esos pequeños grandes activistas, truncó la sonrisa interminable de esa niña de ojos grandes y claros. Reed Smith murió el 25 de agosto de 1985 junto a su padre en un accidente de avión. Tenía 13 años.

"Tienen derecho a jugar, a vivir con su familia...", recalca Save the Children
Pero lo que se traduce de su historia, como de la de Malala, Masih y otros miles de niños, es el ejercicio de un derecho a menudo hurtado a los menores: el de la participación. “Son ejemplo”, dice el director general de Save the Children España, Alberto Soteres, “del derecho a participar y opinar sobre cualquier asunto que les afecte”. Un derecho que sigue abriendo camino y traspasando fronteras. A veces también por el esfuerzo de los adultos. Como recuerda Soteres, el Gobierno español, tomando la delantera junto a un pequeño grupo de países, ratificó en junio el tercer protocolo de la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoce la competencia de los menores para defenderse frente a una instancia internacional. Es decir, explica Soteres, que “si un niño español no es atendido en ninguna de las instancias judiciales de su país, podría, una vez agotadas estas vías, acudir a Ginebra para reclamar sus derechos”.
En espera de que las leyes internacionales protejan de manera más efectiva a los niños, el mundo seguirá necesitando malalas. Niños excepcionales que, al fin y al cabo, siguen siendo menores de edad y precisan por ello de una protección muy especial. “Hay que tener mucho cuidado”, advierte el director de Save the Children. “El caso de Malala es muy complicado, hay que estar vigilante con su entorno. Se tienen que garantizar sus derechos”. “El de la intimidad, que pueda jugar, estudiar, vivir con su familia…”. En definitiva, que pueda recoger un galardón en Nueva York de manos de Rania de Jordania, como hizo este miércoles durante la gala de los premios Clinton, siempre que luego se cumpla su derecho a seguir siendo lo que es. Una niña.

domingo, 8 de febrero de 2009

UNICEF. ENRÉDATE


NIÑOS: Derechos y juegos

Unicef presenta Enrédate, una página sobre niños que también tiene propuestas directas para ellos porque aborda tanto una información sobre sida e infancia como juegos educativos en torno a los objetivos del milenio, la aventura del agua o los conflictos armados.
Entra en ENRÉDATE.

lunes, 2 de febrero de 2009

DERECHOS DE LA INFANCIA

Rayuela es una web de los derechos de la infancia confeccionada por la LIGA ESPAÑOLA DE LA EDUCACIÓN. Creada para los más pequeños (con juegos e incluso con un ciberperiódico infantil), también tiene recursos para Secundaria y para adultos.

Para entrar, pincha en este ENLACE

Uno de sus enlaces conduce a información y actividades sobre los "niños-soldado": AQUÍ