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jueves, 30 de octubre de 2014

PRENSA. "La tradición que ahorca"

   En "El País":

La tradición que ahorca

Han pasado 13 años desde la caída del régimen talibán, pero la violencia contra las afganas se repite en todos los ámbitos de sus vidas


Afgani, viuda tras dos matrimonios forzosos, trabaja hoy con otras víctimas para que no se queden calladas. / GERVASIO SÁNCHEZ
Cuando la periodista Mònica Bernabé viajó por primera vez a Afganistán, en el verano del año 2000, se escandalizó tras comprobar el trato degradante al que eran sometidas las mujeres del país. Por entonces gobernaban los talibanes, y ella achacó a este régimen fundamentalista tales desgracias. Casi 13 años después, con los radicales fuera del podermiles de millones de euros invertidos en ayuda humanitaria y cooperación al desarrollo, con un Gobierno, el de Hamid Karzai, instaurado con el beneplácito de occidente, y tras una larguísima intervención militar liderada por Estados Unidos, la reportera constata que aquellas restricciones que conoció en su día fueron puras anécdotas comparadas con el drama que viven hoy las afganas. "La violencia empieza en el seno de la familia y es endémica, independientemente de que los talibanes estén o no", describe Bernabé durante la presentación en Barcelona de Mujeres. Afganistán (Blume), un libro que denuncia la terrible situación de violencia estructural que sigue sufriendo este colectivo, que califica como "problema social generalizado".
La obra, realizada a cuatro manos entre Bernabé y el fotógrafo Gervasio Sánchez gracias al apoyo del Ayuntamiento de Barcelona y de la Asociación por los Derechos Humanos de Afganistán (ASDHA), de la que la periodista es fundadora y presidenta, es más que un libro de fotografía: se trata de toda una enciclopedia de la mujer en este país de Asia central. Durante seis años —entre 2008 y 2013—, los dos reporteros han diseccionado la sociedad femenina afgana para demostrar desde la intimidad de la casa, el hospital, el correccional o el gimnasio cómo es el día a día de estas mujeres.
Niñas que son dadas en matrimonio a señores que les cuadriplican la edad, chicas que se inmolan a lo bonzo porque ya no aguantan más los abusos en casa, otras que se intentan quitar la vida ingiriendo matarratas, muchachas con formación universitaria condenadas a renunciar a su carrera porque fueron obligadas a casarse con un marido al que no quieren, o fieles esposas que no se divorcian porque perderían la custodia de sus hijos. Estos son solo algunos de los ejemplos de la triste realidad imperante. "Los hombres, en general, y la mayoría de las mujeres son cómplices de situaciones que solo pueden describirse como violaciones flagrantes de todos los derechos humanos", asegura Gervasio Sánchez. "La impunidad generalizada y el peso de la tradición ahorcan sus vidas".
Ambos periodistas reconocen que, desde finales de 2001, cuando los talibanes salieron del poder, se han producido mejoras. Ahora las mujeres pueden estudiar, trabajar o acceder a la sanidad. Un 28% de los escaños están ocupados por ellas, y algunas son policías, militares o boxeadoras. La Constitución de 2004 garantizó la igualdad de derechos entre ambos sexos, y la ley de 2009 sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer convirtió este comportamiento en delito. Ya no son tratadas como botín de guerra ni azotadas en las calles, pero queda mucho trabajo por hacer. "El Gobierno de Karzai ha sido permisivo con las presiones de los sectores conservadores tanto suníes como chiíes", denuncia Sánchez. Y menciona la Ley Shia de 2009, que permite al marido retirar la manutención a su esposa si esta no obedece sus demandas sexuales, les otorga la custodia de los hijos a ellos o exige que ellas obtengan el permiso de sus esposos para trabajar. Igualmente, se refiere a un informe de 2012 de la ONG Human Rights Watch que asegura que los tribunales las envían a prisión por delitos dudosos. "Hay alrededor de 400 mujeres y niñas encarceladas por crímenes contra la moral", lamenta el fotógrafo. Crímenes que en demasiados casos consisten, simplemente, en oponerse a un matrimonio forzoso.
La elaboración del trabajo no fue sencilla. "Bajo el pretexto de que las mujeres no se dejan fotografiar según la cultura afgana, se esconde una realidad que pone los pelos de punta", relata Bernabé. Pese a esta dificultad añadida, los autores escogieron la fotografía como medio de denuncia porque ya existen muchos informes en papel. "Y en este contexto, una imagen vale más que mil palabras", sentencia la reportera, que también asegura que las principales trabas que han encontrado han sido la escasa colaboración de las asociaciones femeninas y los problemas de seguridad. Pese a ello, ambos se repartieron el trabajo. Bernabé, que ha sido corresponsal del periódico El Mundo desde 2007 hasta 2014 en este país, se encargó de identificar los problemas más sangrantes, buscar candidatas que se dejaran retratar o conseguir los permisos necesarios. Y lo más difícil: ganarse su confianza y convencerlas de lo necesario que resultaba dar eco de su situación.

Mujeres. Afganistán

BARCELONA
Inauguración de la exposición: 28 de octubre a las 19.30 horas en Palau Robert, Barcelona.
Presentación del libro: 30 de octubre a las 19.30 horas en Palau Robert, Barcelona.
Espacio de diálogo sobre la violencia contra las mujeres de Afganistán:
  • 29 de octubre: mesa redonda (18.00) y conferencia de Azita Rafaat,  ex parlamentaria y política afgana (19.30).
  • 30 de octubre: conferencia de Sajia Behgam, activista afgana (18.00).
ZARAGOZA
Presentación del libro: lunes 3 de noviembre a las 19 horas en el Centro de Historias (plaza San Agustín, 2),
MADRID
Presentación del libro: martes 4 de noviembre a las 19 horas en el Círculo de Bella Artes (calle Alcalá, 42).
Rueda de prensa: martes 4 de noviembre a las 12 en la FAPE (Federación de Asociaciones de Prensa) en Maria de Molina, 50
VITORIA
Presentación del libro:  jueves 6 de noviembre en Vitoria a las 19,30 en Artium (Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo (cale Francia, 24)
Gervasio Sánchez, por su parte,  viajó al país esporádicamente para tomar las imágenes de las voluntarias. "Hemos tenido que esperar años (en el caso de las menores de los correccionales) para conseguir un puñado de horas suficientes que permitiesen realizar las fotografías". El resultado de esos seis años es un compendio de 200 estampas con sus correspondientes testimonios de adolescentes, jóvenes y mujeres maduras, la mayoría a cara descubierta, víctimas de situaciones extremas en un mundo de abusos permanentes: una mujer asesinada por adulterio, una secuencia de un crimen de honor, una niña que quiere casarse con su violador para no ser (aún más) estigmatizada, una adolescente de 14 años apaleada por su marido, una joven mutilada por abandonar el hogar conyugal... Y así, un rosario de horrores que, aunque parecen sacados de un cuento del medievo, "han ocurrido en los últimos cinco años en un país protegido por decenas de miles de soldados extranjeros y con centenares de proyectos controlados por organizaciones internacionales", denuncia Sánchez.
Y hay datos aún más aterradores: aunque el 85% tienen acceso al sistema sanitario, Médicos sin Fronteras asegura que la mayoría de los centros de salud son deficientes o no funcionan, y por ello cada año mueren 26.000 mujeres durante el embarazo y el parto, una de las cifras mas altas de mortalidad materna del mundo y que duplica el numero de civiles muertos durante el conflicto armado.
Precisamente, uno de los grandes problemas que persiste es que la cooperación se ha convertido "en un simple negocio", denuncia María Cilleros, coordinadora de ASDHA. El país, receptor de ayudas internacionales millonarias para su reconstrucción y promoción de los derechos humanos, es un caldo de cultivo de proyectos "incoherentes y sin sentido que tienen poco impacto en la población", asevera Cilleros. "Se quiere vender la imagen de que Afganistán está inmerso en un proceso de democratización y se financian proyectos en ese sentido. La realidad es que continúa siendo un país en conflicto que muchas veces requiere ayuda humanitaria y de emergencia".
Cambiar la vida de estas mujeres no se conseguirá este año, ni el que viene, ni en 10. "Hace falta que transcurran generaciones, de la misma manera que en Occidente los cambios sociales llevaron siglos", vaticina Bernabé, que desconfía del papel de la comunidad internacional como instauradora de la paz y del respeto a los derechos humanos. Sánchez, que se confiesa "exhausto" ante el dolor que ha vivido en el país, deposita su fe en las mismas mujeres que ha retratado y en todas aquellas que luchan por mejorar la sociedad. Y pide un deseo: "Ojalá algún día los ciudadanos de Afganistán consigan comprender que las mujeres son más que objetos de intercambio social, marital y sexual".

miércoles, 16 de octubre de 2013

PRENSA. Entrevista a Malala. Rosa Montero


   En "El País":

"Hay que morir alguna vez en la vida"

Con solo 16 años es un icono global contra el integrismo. Los talibanes le arrebataron su infancia a balazos. Sin miedo. Sin rencores. Esta es su historia

 12 OCT 2013

Es diminuta pero posee una cabeza rotunda, una cabeza que destaca en la delicadeza de su cuerpo de elfo. Viste ropas tradicionales pastún de alegres colores y su cara está enmarcada en un bonito chal estampado de flores y colocado con gracia. Se le ve el cabello, detalle muy importante en la tremenda jerarquía de tocados musulmanes para mujeres, desde la siniestra y carcelaria burka hasta el ligero hiyab. Parece una figurilla de belén, una pastorcita de terracota. “Le voy a contar algo de mí”, le digo nada más sentarnos en la fea y burocrática sala privada de un hotel de Birmingham, que es donde se está celebrando el encuentro. “Verá, yo he hecho muchas entrevistas durante décadas, hasta que hace cuatro o cinco años me cansé y ya no hice más. Sin embargo, cuando me propusieron su nombre, inmediatamente dije que si. Así que usted es responsable de mi regreso a este género periodístico…” Malala me mira con una atención absoluta, con una concentración perfecta, una adolescente cautelosa y seria que lo controla todo. Empieza a darme las gracias, muy educada, como corresponde a lo que acabo de decirle. Le interrumpo: “En realidad no se lo digo para halagarle, aunque desde luego la admiro; se lo digo porque me quedé pensando en el enorme efecto que tiene usted en tantísima gente alrededor del mundo. ¿No le agobian las expectativas que todos parecemos tener sobre usted?”.
-No. Estoy entregada a la causa de la educación y creo que puedo dedicarle mi vida entera. No me importa el tiempo que me lleve. Me concentro en mis estudios, pero lo que más me importa es la educación de cada niña en el mundo, así que empeñaré mi vida en ello y me enorgullezco de trabajar en pro de la educación de las niñas, y la verdad es que es una gran oportunidad tener esta entrevista hoy con usted. ¡Gracias!
Ha contestado con firmeza, con seguridad y con tanta profesionalidad que la última palabra la ha dicho en español. Me la imagino aprendiendo a decir gracias en todos los idiomas de sus entrevistadores. Una niña aplicada. En su libro Yo soy Malala (Alianza Editorial) cuenta con gracia una anécdota reveladora: “Mi profesor de Química [en Paquistán], el señor Obaidullah, decía que yo era una política nata porque, al comienzo de los exámenes orales, yo siempre decía: ‘Señor, ¿puedo decirle que usted es el mejor profesor y que la suya es mi clase preferida?”. El nivel de autocontrol de Malala me parece increíble: ¡tiene dieciséis años! Pero, como se ve en su escalofriante y conmovedor libro, lleva viviendo una vida extremadamente adulta y anormal desde los diez. Lo talibanes no lograron ni matarla ni callarla cuando le metieron una bala en la cabeza, pero le robaron una buena parte de su infancia.
 -¿Ya está bien de salud?
-Estoy muy bien, y esto es por las oraciones de la gente, y también por las enfermeras y los médicos en el hospital, que me han atendido muy bien, y porque Dios me ha concedido una nueva vida. Hago fisioterapia una o dos veces al mes en el lado izquierdo de mi cara, porque el nervio facial que controla el movimiento de este lado fue cercenado por la bala y por lo tanto había dejado de funcionar, pero ya han cosido el nervio, ha empezado a reconstruirse y está recuperándose muy bien. Ha alcanzado un 88% de recuperación.
-¿Le han dado ayuda psicológica?
-Sí, los psicólogos del hospital me han ayudado. Vinieron y me hicieron muchas preguntas y a las dos o tres sesiones dijeron, Malala está bien y ya no le hace falta tratamiento… Además es muy aburrido.
La bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara, cortó el nervio y rozó el cerebro, que se inflamó tanto que tuvieron que quitarle toda la tapa de la cabeza. Durante meses estuvo con el cerebro al aire y con el pedazo de cráneo metido, para su conservación, bajo la piel del abdomen (al final tiraron el hueso y le pusieron una pieza de titanio). También estuvo meses con medio rostro desplomado: no podía reír, apenas podía hablar, no podía parpadear con el ojo izquierdo y los dolores eran terribles. En su discurso a la ONU el pasado 12 de julio, el día que cumplió dieciséis años, se le notaban más las secuelas que ahora: la rehabilitación hace su efecto. Sigue siendo una chica guapa y sólo queda una ligera sombra de desequilibrio en su cara.
-Le pregunto todo esto porque usted ha pasado por una situación durísima, y ahora podría tomarse cierto tiempo para recuperarse. Pero no, inmediatamente ha sacado usted este libro, que le obliga a volver a dar entrevistas y a estar de nuevo en primera línea. Eso es una elección. Y parece dura.

Estar en primera línea es mi vida. Ya no puedo abandonar
-Es que esto ya es mi vida, no es sólo una parte de ella. No puedo abandonar. Cuando veo a la gente de Siria, que están desamparados, algunos viviendo en Egipto, otros en el Líbano; cuando veo a toda la gente de Paquistán que está sufriendo el terrorismo, entonces no puedo dejar de pensar, “Malala, ¿por qué esperas a que otro se haga cargo? ¿Por qué no lo haces tú, por qué no hablas tú a favor de sus derechos y de los tuyos?” Yo empecé mi lucha a los diez años.
-Lo sé. Cuando llegaron los talibanes.
-En aquel entonces vivía con mi padre en Swat, es nuestra región natal, y y los talibanes se levantaron y empezó el terrorismo, azotaron a las mujeres, asesinaron a las personas, los cuerpos aparecían decapitados en las plazas de Míngora, nuestra ciudad. Destruyeron muchas escuelas, destruyeron las peluquerías, quemaron los televisores en grandes piras, prohibieron que las niñas fueran a la escuela. Había mucha gente en contra de todo esto, pero tenían miedo, las amenazas eran muy grandes, así que hubo muy pocos que se atrevieron a hablar en voz alta en pro de sus derechos, y uno de ellos fue mi padre. Y yo seguí a mi padre.
El libro de Malala no es sólo sobre Malala sino, en gran medida, también sobre su padre. Un tipo singular y sin duda heroico, un maestro dispuesto a conquistar, por medio de la cultura, un futuro de justicia y de paz en un mundo en llamas. Y un hombre que, además, en una sociedad brutalmente machista como la pastún, apoyó a su hija mayor y le dio la misma libertad y la misma confianza que a un varón. El padre, Ziauddin, también está aquí, sentado al otro lado de la mesa. Bajito, de unos cuarenta años, con algo limpio y casi niño en su sonrisa. La gravedad de Malala contrasta con la ligereza juvenil de Ziauddin. Pero, claro, él no perdió su infancia ni tuvo que luchar contra todo su mundo para ser reconocida como persona pese a ser mujer. A los once años, en lo más negro del terror talibán, Malala empezó a escribir un blog para la BBC en urdú. En la primera entrada decía: “En mi camino a casa desde la escuela escuché a un hombre gritando: ¡Te mataré! Apresuré el paso… pero para mi gran alivio vi que estaba hablando por su móvil y que debía de estar amenazando a otra persona”. Aunque firmaba con seudónimo, todo el mundo acabó sabiendo que era ella. Además empezó a acudir a las televisiones y a las radios, junto con su padre, a protestar por los abusos. Fueron casi los únicos en hacerlo.
-El libro tiene una parte que es como un cuento de terror. Dice usted: “Tenía diez años cuando los talibanes llegaron a nuestro valle. Moniba [su mejor amiga] y yo habíamos estado leyendo los libros de Crepúsculo y deseábamos ser vampiras. Y nos pareció que los talibanes llegaron en la noche exactamente como vampiros"...
- Lo importante es que si preguntas a los niños aquí de qué tienen miedo, te van a contestar que de un vampiro, de Drácula o de un monstruo, pero en nuestro país tenemos miedo a los humanos. Los talibanes son seres humanos pero son muy violentos y hacen tanto daño que cuando un niño oye hablar de un talibán le entra miedo, igual que si fuera un vampiro o un monstruo.
-Es un sistema perverso y demencial; prohibieron la música, prohibieron cantar...
-Nos prohibieron todo y si oían barullo y risas en una casa, irrumpían por si estabas cantando o viendo la televisión, y rompían los televisores. A veces se limitaban a amonestar a la gente, a veces la pegaban o la fusilaban o la masacraban. No nos dejaban ni jugar a las peluqueras con las muñecas.
-Ustedes terminaron viendo la televisión dentro de un armario. Era la apoteosis del absurdo,


El presidente Barack Obama, Michelle Obama y su hija Malia reciben a Malala Yousafzai en el Despacho Oval, el 11 de octubre. / PETE SOUZA (AFP)
-Sí, y con el volumen muy bajo, para que nadie más la oyera. Con tanto temor por todas partes la vida se hacía muy dura y pensábamos desesperadamente en nuestro futuro, en cómo íbamos a vivir con ese miedo, en lo peligrosa que era la situación…. Y aún así nos quedaba cierta esperanza en un rincón del corazón.
-Luego los talibanes empezaron a matar. Primero a los policías, así que dejaron sus empleos y pusieron anuncios en los periódicos diciendo que ya no eran policías, para que no les asesinaran…. Después asesinaron a los músicos, y los músicos también pusieron anuncios diciendo que habían dejado el pecado de la música y que ya eran fervientes creyentes…. Eso de los anuncios me impresionó. Su propio padre, cuando le amenazaron, puso un anuncio que decía: “Matadme a mí pero no hagáis daño a los niños de mi escuela, que rezan todos los días al mismo Dios en el que vosotros creéis”.
-Sí, y luego estaba la radio de los talibanes, predicaban como dos veces al día. Y daban mensajes diciendo: “Felicitamos a Fulano, que se ha dejado crecer la barba y por eso va a entrar en el paraíso; felicitamos a Zutano, que ha cerrado su tienda de vídeo y se ha arrepentido; nos congratulamos de que la niña Tal y Cual ha dejado de ir a la escuela”... Y a las niñas que íbamos a clase nos insultaban todos los días de forma muy fea y nos decían que iríamos al infierno.
-En los últimos años ustedes estaban convencidos de que su padre, Ziauddin, iba a ser asesinado. E idearon todo tipo de estrategias para evitarlo… Sus hermanos pequeños querían construir un túnel…
-Sí, y también pensábamos esconder a mi padre en un armario. Mi madre dormía con un cuchillo debajo de la almohada, y también dejamos una escalera apoyada en el muro de atrás para que mi padre pudiera huir si venían a buscarle. Algún tiempo después se coló en nuestra casa un ladrón gracias a esa escalera y nos robó la tele.
-De hecho, --interviene el padre desde el otro lado de la mesa, -- nos alegró mucho que se llevara la tele, porque de haberse llevado la escalera nada más, habríamos tenido miedo de verdad.
-- ¡Cierto! De modo que era alguien que, como ustedes, ¡quería ver la televisión!
-¡Sí, sí! (Malala y Ziauddin ríen) ¡Gracias a Dios ha sido un ladrón!
-¿Cómo podían aguantar ese miedo todos los días?

Los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros
-En aquel entonces el miedo nos rodeaba. Fue todo tan duro. No sabíamos lo que el futuro nos deparaba, queríamos hablar pero no sabíamos que nuestras palabras nos conducirían al cambio, que nos escucharían en todo el mundo. No estábamos enterados del poder que encierra un lápiz, un libro. Sin embargo, se ha demostrado que los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros.
-En el libro cuenta que hace poco, en un centro comercial en Abu Dhabi, sintió un repentino ataque de terror. Un comprensible ataque de angustia. ¿Le ha vuelto a pasar?
-Sí, me ha pasado dos o tres veces. Cuando vi a la gente a mi alrededor en Abu Dhabi, a todos esos hombres alrededor, de pronto pensé que estaban al acecho, armados, que me iban a disparar. Y luego me dije, ¿y por qué te da miedo ahora? Ya le has visto la cara a la muerte, ya no debes tenerle miedo, se ve que ya ni la muerte quiere matarte; la muerte quiere que vivas y trabajes en pro de la educación. De manera que me dije, no tengas miedo, sigue adelante, que Dios y la gente te acompaña. Hay que morir alguna vez en la vida.
-Pero usted es demasiado joven…
-Demasiado joven, demasiado joven –repite dolorosamente el padre, como un coro griego.
-Hay otra cosa que me parece muy importante de usted, y es que es creyente. Una intelectual argelina me dijo hace años que la izquierda argelina había fracasado en su intento de modernizar el país porque se habían enajenado completamente de su pueblo y de su sociedad. Eran laicos, rupturistas, demasiado modernos, demasiado occidentalizados para ser aceptados por la mayoría. Usted, en cambio, sigue perfectamente integrada en su cultura y en su religión.

Clamo por los derechos de las niñas en nombre del mismo Dios de los talibanes
-Amo a Dios porque me ha protegido, y creo que me va a preguntar el día del juicio, “Malala, veías el sufrimiento de la gente en Swat, veías cómo sufrían las niñas, que masacraban a las mujeres, que asesinaban a tantos policías. ¿Qué has hecho tú para defender sus derechos?” Sentí que era mi deber clamar por los derechos de las niñas, por los míos, por el derecho de asistir a la escuela, y lo hago en nombre del Dios por el que los talibanes me tirotearon.
-Cuando tenía usted once años y estaba escribiendo el blog, The New York Times hizo un precioso documental de televisión sobre usted y su padre. Le diré que, cuando lo vi, pensé que su padre era como más idealista, más alocado, y que usted era la sensata de los dos. Vamos, usted me pareció la madre de su padre, y usted perdone, Ziauddin.
(Los dos se tronchan de risa)
-¿Me vio asi? En la sociedad pastún, si una chica es muy madura y empieza a hablar muy pronto de cosas de la familia, digamos a los once años, le dicen niyá o sea abuela.
-Pues no sé si será usted una niyá, pero desde luego tiene un gran sentido práctico. Las dos primeras cosas que dijo en el hospital de Birmingham, tras una semana de coma inducido, fue: “¿Dónde está mi padre?” y “No tenemos dinero para pagar todo esto”.
-Por entonces estaba todavía muy aturdida, muy confundida. Cuando un médico hablaba con una enfermera, creía que le estaba preguntando cómo íbamos a pagar el hospital, y pensaba que me iban a expulsar y que tendría que buscar un empleo.
-En ese mismo documental usted decía que su padre quería que fuera política, pero que usted quería ser doctora y que no le gustaba la política…. Ahora ha cambiado de opinión.


Malala Yousafzai, durante su visita a la sede de Naciones unidas el 12 de julio. /ANDREW BURTON (GETTY IMAGES)
-Amo a mi padre y él me inspira, lo cual no significa que siempre esté de acuerdo con él. Discrepo con él en muchas cosas, él cree que la política es buena y sirve para cambiar el mundo pero yo antes quería ser médico. Pero luego pasó el tiempo y fui dándome cuenta de que el Gobierno no estaba haciendo nada, que su deber elemental era conceder derechos básicos al pueblo, proporcionarles electricidad, gas, educación, buenos hospitales. Y entonces por eso de repente pensé que sí que quería ser política para conseguir un cambio grande en mi país. Para que un día Paquistán esté en paz, para que no haya guerra ni talibanes y todas las niñas vayan a la escuela. Y no sólo quiero ser política, sino líder también.
-Líder social.
-Sí, líder social, y guiar a la gente, porque el pueblo en Paquistán anda descaminado, están divididos en muchos grupos, y llega un líder y forma un grupo, llega otro y forma otro grupo distinto, pero nunca he visto a alguien que sepa unir a la gente. Quiero hacer que toda esa gente se una, quiero que Paquistán sea uno solo, quiero ver la igualdad entre todos y la justicia.
-¿Y cree que usted los puede unir?
-Para lograr ese objetivo tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento. Además nos hace falta un escudo, que es la unidad del pueblo. Cuando la gente me acompañe, cuando los padres de las niñas me acompañen, cuando estemos juntos, me apoyarán con su voz, con su acción, con su compasión. Cuando nos apoyemos los unos a los otros, cuando nos eduquemos, cuando logremos ese poder, podremos con todo. Y entonces volveré a Paquistán.
-En su libro dice que, a los trece o catorce años, veía los DVD de la serie norteamericana Betty la Fea “que era sobre una chica con una ortodoncia enorme y un corazón también enorme. Me encantó y soñaba con la posibilidad de ir algún día a Nueva York y trabajar en una revista como ella”. Me parece una afirmación conmovedora. ¡La revista de Betty la Fea es de moda! Esa añoranza por una vida normal y sin el peso sobrehumano que acarrea usted sobre los hombros…
-Me gustaba ver la serie, me gustaba pensar en otro mundo en donde el mayor problema era la moda, quien viste qué ropa, qué sandalias, qué color de lápiz de labios usa tal chica… Mientras por otro lado las mujeres se mueren de hambre, y los niños también, y azotan a las mujeres, y aparecen cuerpos decapitados…
-Pero, en cualquier caso, lo que indica este texto es que por ahí abajo hay ese anhelo comprensible de una existencia liviana y normal…
Malala me mira fijamente, se toma un par de segundos y luego dice que sí con la cabeza. Ni siquiera se atreve a verbalizar su añoranza de otra realidad. Es una niña atrapada entre las ruedas de una responsabilidad colosal. Imaginen la situación: una realidad de violencia y abuso insoportables, un padre heroico que señala el camino y una niña inteligentísima, evidentemente superdotada, consciente de su propia dignidad y con una gran capacidad de compasión. Todo se conjuró en la vida de Malala para encerrarla en su destino de Juana de Arco. Las balas de los talibanes la han catapultado a una visibilidad mundial y es posible que, cuando ustedes lean esta entrevista, le hayan concedido el Nobel de la Paz, que se hará público mientras esta revista esté en imprenta. Yo he firmado pidiendo el Nobel para ella, pero ahora casi me preocupa que se lo den: sería otro peso más, otra exigencia. Malala, enardecida por haber sobrevivido y todavía muy joven, pese a su madurez, tiene ensueños grandiosos para el futuro de su pueblo. Ensueños inocentes y difíciles de alcanzar pero que quizá ella logre poner en marcha, porque esta pizca de mujer es poderosa. Tanto el padre como la hija tienen algo limpio, el corazón en la boca, una luz que encandila. Pero la luz de Malala está llena de sombras, es una estrella oscura llena de dolor y de determinación. A los dieciséis años está dispuesta a sacrificar toda su vida por su proyecto.
-¿Se ha enamorado alguna vez? Me refiero a esos amores infantiles, de un actor, de un vecino mayor.
-(Risas) Me encantan los jugadores de cricket. Pero eso es sólo parte de la vida, cuando te encariñas con alguien, y tengo cariño a tanta gente. Hay un jugador que se llama Shahid Afridi, que siempre sale eliminado sin anotar, pero sin embargo todos le queremos mucho. Está también Roger Federer. Hay muchos, pero eso no significa que me case con ellos.
-¿Pero piensa casarse?
-¡Tal vez!
-Interesante, porque, en su parte del mundo, todas las líderes políticas tuvieron sin duda que casarse: Benazir, Indira… Es una buena respuesta.
-Es una respuesta diferente.
-Pues nada más. Muchas gracias, Malala.
-Gracias a usted por su amor y su apoyo.
Y al escuchar su primorosa contestación final me siento como el señor Obaidullah, su profesor de Química.

martes, 30 de octubre de 2012

PRENSA. "La lección de la niña Malala", reportaje

Activistas paquistaníes portan fotos de la niña Malala en una protesta por el atentado contra la muchacha por disparos de los talibanes de este país. / ARIF ALI (AFP) ("El país")

   En "El País":

La lección de la niña Malala

El atentado contra la activista por la educación de las niñas sacude Pakistán

Quien miraba por miedo a otro lado comienza a indignarse

A más educación más bienestar

 25 OCT 2012

Cuando estuvieron en el poder en Afganistán, prohibieron la escolarización y el trabajo de las mujeres y las confinaron a sus casas como si fueran muebles. Derribado su régimen, se han dedicado a quemar escuelas de niñas y a amedrentar a quienes han osado plantarles cara. Han matado a sangre fría a maestras, funcionarias y policías. Esa crueldad no les ha impedido ganar adeptos al otro lado de la frontera, en Pakistán, donde sus hermanos ideológicos también han utilizado el asesinato y la intimidación para imponerse en aquellas zonas en las que el Estado es más débil. Pero el ataque de los talibanes contra Malala Yousafzai, la adolescente que defendía en público el derecho de las niñas a ir a la escuela, ha indignado incluso a muchos de los que miraban para otro lado.
“Que esto sea una lección”, declaró el portavoz de los talibanes paquistaníes al responsabilizarse del atentado. Más tarde, cuando se supo que Malala podía sobrevivir, dejaron claro que volverían a la carga. ¿A qué se debe tanta inquina? ¿Qué hay detrás de la oposición talibán a la educación de las mujeres? ¿Tan peligroso les parece que se formen?

La espe

Sardar Roshan, exministro de Educación afgano y actual director de un centro de formación profesional privado en Kabul, lo atribuye a “una combinación de ignorancia y prejuicios muy arraigados”. En una conversación telefónica manifiesta que “el analfabetismo y el atraso hacen que se vea la escolarización de las niñas como fruto de la influencia occidental”. De ahí, asegura, que aunque solo los más extremistas se opongan a la educación femenina, el resto tema defenderla abiertamente o criticar a quienes la sabotean quemando colegios.
Para Zeenia Shaukat, una experta en desarrollo y activista de los derechos humanos paquistaní, hay algo más: una sociedad patriarcal en la que “la mayoría de los padres considera las funciones reproductivas y domésticas de las niñas más importantes que formarlas intelectual y profesionalmente”. En ese contexto, “cualquier intento de excluirlas del sistema educativo, por parte de los talibanes o de otros grupos extremistas, encuentra menos resistencia”, explica en un e-mail.
“La oposición de los talibanes [a la educación de las niñas] es parte de su identidad, de su ideología nihilista”, defiende Isobel Coleman, investigadora principal en el Council of Foreign Relations y autora deParadise beneath her feet (Randon House, 2010), sobre cómo las mujeres están transformando Oriente Próximo. “Si nos atenemos a lo que decían cuando estaban en el poder en Afganistán, no se oponen a que las niñas vayan a la escuela, pero quieren que lo hagan según sus normas, con sus profesoras, su programa, etcétera, algo que nunca pusieron en práctica”, añade por teléfono antes de apuntar a la enorme hipocresía de que “muchos altos dirigentes talibanes enviaban a sus hijas a la escuela fuera de Afganistán”.
Para Coleman, el ataque a Malala “es puro terrorismo, un intento de sembrar el miedo entre la gente, de decirles que ni siquiera una niña de 15 años está fuera de su alcance” (aunque hasta ahora se había dicho que tenía 14, cumplió 15 el pasado julio).

Los talibanes han quemado escuelas de chicas tras su caída del poder
La joven estudiante, que había recibido amenazas previas, sufrió de forma directa lo que significa vivir bajo la férula talibán cuando en 2009 esa milicia se hizo con el control del valle del Swat, en cuya capital, Mingora, vivía con su familia. Cerraron todas las escuelas de niñas, incluida la suya, que dirigía su padre. Lo contó en un blog y desde entonces no ha dejado de hacer campaña a favor del derecho a la escolarización de las paquistaníes.
“Dispararon a Malala porque la educación de las niñas amenaza todo lo que ellos defienden. El mayor riesgo para los extremistas violentos en Pakistán no son los drones estadounidenses. Son las niñas con formación”, ha escrito Nicholas D. Kristof en The New York Times.
No es solo una opinión. Hay datos que la sustentan. Según el Banco Mundial, “educar a las niñas es una de las mejores formas no solo de avanzar en la igualdad de género, sino de promover el crecimiento económico y elevar el bienestar general”. El conocimiento tiene un efecto multiplicador porque las mujeres tienden a invertir en sus comunidades. Así, por cada año más de escolarización, aumenta su salario un 10%, se reduce la mortalidad infantil al menos un 5% y también se extiende la permanencia de sus hijos en la escuela.
Pero las más educadas también tienden a casarse más tarde, tener menos hijos y a adquirir independencia económica. Eventualmente, eso les lleva a querer tomar las riendas de sus vidas y entonces ponen contra las cuerdas el sistema patriarcal que los talibanes defienden a capa y espada. Los fanáticos, que según Shaukat “ven a las mujeres independientes como una amenaza al dominio masculino de la sociedad”, justifican su intransigencia al respecto en la sharía, o ley islámica, dando así argumentos a quienes en Occidente consideran misógino el islam.

“Es una mezcla de ignorancia y prejuicios”, dice un exministro afgano
“Es una interpretación misógina del islam, una interpretación muy conservadora y literal que constriñe la función de la mujer en la sociedad”, opina Coleman antes de precisar que “hay muchas interpretaciones y muchas prácticas, y ninguna otra llega a tales extremos”.
“No tiene raíz religiosa, sino cultural”, apunta por su parte Roshan, el exministro de Educación, quien no obstante defiende que la sociedad afgana en general no se opone a la educación de las niñas y que el rechazo es algo importado. “Antes de que nos sumiéramos en la guerra hace tres décadas, las niñas iban a la escuela”, asegura, y pone como ejemplo la buena acogida del centro de formación profesional que dirige y que tiene un alumnado mixto. “Son ideas de fuera de nuestras fronteras, inspiradas en círculos muy conservadores de Oriente Medio que las introdujeron en la época de los muyahidín”, explica en referencia a quienes combatieron contra la ocupación soviética y evitando mencionar a Arabia Saudí, que los financió.
El dinero saudí ha contribuido sin duda a extender la interpretación puritana y patriarcal del islam beduino predominante en ese país. No obstante, como apunta Coleman, “incluso, donde las mujeres tienen menos derechos legales que en Afganistán y Pakistán, hace décadas que han accedido a la educación y en la actualidad constituyen una mayoría significativa en las universidades”.
“La religión es solo una excusa. Ni el islam ni ninguna otra imponen límites a la educación de las niñas. Muchas comunidades manipulan la religión en ese sentido”, afirma Shaukat. Esta activista recuerda que “hay muchas zonas del mundo en las que se limita la escolarización de las niñas debido a la pobreza, los matrimonios tempranos o porque, de tener que elegir, los padres prefieren educar a los hijos”.
“No conozco ningún otro caso, aparte de Afganistán y Pakistán, en el que se niegue el derecho a la educación de las niñas”, refuta Coleman que visitó esos países para escribir Paradise beneath her feet. “En otras partes del mundo no es una prioridad, pero salvo algún grupo extremista como los Al Shabab en Somalia y últimamente en Malí, no se trata de un rechazo institucionalizado”, explica.
Lieke van de Wiel, consejero de educación de Unicef para Asia del Sur, confirma en un e-mail que “tanto en Afganistán como en Pakistán, la predisposición de los padres a enviar a sus hijas a la escuela es menor que otros países, donde también se dan casos de rechazo en algunas zonas, pero menos”. Este experto también señala que los ataques a escuelas femeninas o a niñas que van a clase son más frecuentes en ambos, aunque carece de datos de centros dañados o escolares afectadas.

En los últimos años se ha reducido la diferencia en la educación de niñas y niños en todo el mundo, y dos tercios de los países han alcanzado la paridad en la primaria. Afganistán y Pakistán no están entre ellos. En el primero, apenas hay 64 niñas escolarizadas por cada 100 niños, y solo un 18% de ellas completa la primaria (frente al 54% de los varones). Con todo, se trata de un gran avance ya que 10 años atrás, durante el régimen talibán, no había escuelas femeninas. Más sangrante es el caso de Pakistán que, sin el lastre de las tres décadas de guerra de su vecino, tiene una ratio de escolarización de 79,64 chicas cada 100 chicos y una diferencia significativa entre quienes acaban la primaria en ambos sexos (el 60% frente al 78%). India tiene una ratio de 92,18, Irán de 96,38 y Arabia Saudí de 97,15.Lieke van de Wiel, consejero de educación de Unicef para Asia del Sur, confirma en un e-mail que “tanto en Afganistán como en Pakistán, la predisposición de los padres a enviar a sus hijas a la escuela es menor que otros países, donde también se dan casos de rechazo en algunas zonas, pero menos”. Este experto también señala que los ataques a escuelas femeninas o a niñas que van a clase son más frecuentes en ambos, aunque carece de datos de centros dañados o escolares afectadas.
No obstante, Shaukat se muestra convencida de que el rechazo a la escolarización de las niñas se ha reducido. “Ahora, si la gente tiene la oportunidad, prefiere educar a sus hijas”, afirma. Para ella, la situación actual es “un fracaso del Estado que no ha sido capaz de hacer la educación accesible para todos, a pesar de que una reciente enmienda constitucional la consagra como un derecho fundamental de los ciudadanos”.
Con 190 millones de habitantes, Pakistán aún tiene fuera de las aulas a ocho de sus 20 millones de niños en edad escolar, y el porcentaje de chicas es mayor que el de chicos. A Shaukat le preocupa además “la calidad de la educación”. En su opinión, “el currículo que se enseña en numerosas escuelas aún fomenta una ideología estrecha de miras que se centra en la supremacía de una religión y una nacionalidad sobre la otra, con poco espacio para el pensamiento crítico”.
Shaukat no lo menciona con su nombre, pero se está refiriendo al islamismo radical con el que han coqueteado los sucesivos Gobiernos militares y civiles, que es el caldo de cultivo de los talibanes y que refuerza el machismo de la sociedad paquistaní. A pesar de haber sido el primer país islámico en elegir a una mujer para dirigir el Gobierno (Benazir Bhutto, en 1993), Pakistán quedó en una vergonzosa tercera posición en la lista de países con mayor brecha de género elaborado el año pasado por el World Economic Forum.
“Pakistán, como nación, no ha hecho suficiente por la educación de sus mujeres”, concurre Coleman. En su libro cuenta que el Gobierno apenas dedica un 1% de su presupuesto a la educación frente al 30% destinado a defensa. El mismo desequilibrio se repite en la ayuda que recibe de EE UU, su principal aunque incómodo aliado. Según datos recogidos por la prensa de ese país, Washington le da un dólar para educación por cada 10 para asistencia militar, y eso después de que recientemente triplicara la aportación civil hasta 170 millones anuales.Shaukat no lo menciona con su nombre, pero se está refiriendo al islamismo radical con el que han coqueteado los sucesivos Gobiernos militares y civiles, que es el caldo de cultivo de los talibanes y que refuerza el machismo de la sociedad paquistaní. A pesar de haber sido el primer país islámico en elegir a una mujer para dirigir el Gobierno (Benazir Bhutto, en 1993), Pakistán quedó en una vergonzosa tercera posición en la lista de países con mayor brecha de género elaborado el año pasado por el World Economic Forum.
La esperanza de los observadores es que el atentado contra Malala sirva de punto de inflexión para que tanto los ciudadanos como las autoridades de Pakistán reflexionen sobre la grave situación en la que se encuentra el país y cambien sus prioridades. “Debería ayudar a que la gente diera la espalda a los talibanes y a su ideología; se presentan como defensores de los valores auténticos y sobre todo como adalides frente a EE UU y Occidente, pero eso no puede justificar su brutalidad”, concluye Coleman, para quien el rechazo popular es la única solución, ya que combatirlos con las armas solo les da más alas.

La esperanza en un pañuelo blanco

Si hay una imagen que refleje la esperanza de Afganistán, es la de las niñas a la salida de clase. Con sus uniformes negros y sus pañuelos blancos sobre la cabeza son la promesa de un futuro distinto para un país castigado por la geografía, la guerra, vecinos sin escrúpulos y gobernantes corruptos. Para esta corresponsal que lo visitó durante los oscuros años del régimen talibán, las risas despreocupadas de esas crías mientras corretean alrededor de sus madres o hermanos de vuelta a casa hacen olvidar el silencio sepulcral que entonces oprimía a los afganos.
Con 30 millones de habitantes y 12 de ellos entre los 7 y los 12 años, Afganistán tiene hoy una de las proporciones más altas del mundo de niños en edad escolar. Aunque todavía cinco millones no están escolarizados, de los que van a alguna de las 12.500 escuelas, un 37% son niñas. Hace 10 años apenas había un millón de escolares, todos chicos, y 3.400 escuelas repartidas por todo el país.
A pesar de ese considerable avance, siguen existiendo importantes limitaciones para el acceso de las chicas a la educación. Desde el elevado coste de la enseñanza (libros, uniformes, etcétera) hasta la falta de suficientes maestras (apenas un 30% del cuerpo docente). Una vez cumplidos los 10 años, muchas familias consideran inaceptable que las niñas tengan profesores hombres y les parece más importante encontrarles un marido. Un 43% de las mujeres están casadas antes de los 18 años, muchas aún niñas. Según el informe de este año del programa Educación para Todos de la ONU, mientras que un niño afgano permanece en la escuela 10,1 años, una niña solo está 6,1 años (la media global es de 11,6 y 11,3). Además, los avances realizados durante la última década penden de un hilo debido a la persistencia del conflicto civil. La insurgencia talibán y el peso de la tradición impiden que las niñas vayan a clase en 200 de los 412 distritos en que se divide el país.

jueves, 18 de octubre de 2012

PRENSA. "Malala", por José Aguilar

José Aguilar

   En "El Día de Córdoba":

Malala

JOSÉ AGUILAR | 15.10.2012
Los héroes más auténticos, los más íntegros e imperecederos, no son los que se preparan y luchan para serlo, sino aquellos a los que, sin buscarlo, la vida los conduce a protagonizar gestas que nunca imaginaron tener que realizar. 

Son héroes contra su voluntad y contra su vocación. A su pesar. Ellos sólo cumplen con lo que consideran su deber, pero las circunstancias los empujan al heroísmo. A veces incluso se limitan a conducirse conforme a las exigencias de su edad o condición. Son los condicionantes externos los que nos hacen descubrir su valentía y su coraje. 

Pensaba estas cosas considerando el caso de Malala Yousafzai, la chica paquistaní de 14 años tiroteada por un talibán cuando se dirigía a coger el autobús para ir de la escuela a su casa. Intentaron asesinarla por eso, por ir a la escuela a aprender y subir los primeros escalones que habrían de llevarla, tal vez, a ser de mayor médico o abogada. "Era joven, pero estaba promoviendo la cultura occidental", declaró un portavoz de los asesinos a modo de justificación. Cuando ellos tomaron a sangre y fuego la comarca en la que Malala vive, en 2007, prohibieron la música, implantaron la ley islámica, organizaron tribunales que ordenaban la ejecución de los infractores de la sharia y cerraron las escuelas femeninas. Es normal, para ellos, recluir a las mujeres en el hogar para que alcancen su destino natural de servir a los hombres, y peligroso, en consecuencia, que las futuras mujeres aprendan en las aulas que pueden aspirar a otro destino. 

A Malala Yousafzai le tenían ganas sus verdugos. En 2009 la BBC empezó a difundir el diario que escribía en su blog. En él describía, con la inocencia de sus once años, la barbarie a la que la sometían los talibanes, la recomendación de sus profesores para que no llevaran ropas de colores que molestaban a los radicales o su propia iniciativa de ocultar el uniforme colegial y esconder los libros bajo la vestimenta de calle. Lo hacía, como digo, sin darse importancia, tal vez sin ser enteramente consciente de su arrojo y su audacia. Cuando el Ejército recuperó el valle y expulsó a los talibanes, fue condecorada y celebrada con varios premios internacionales. Mientras llegaba a la adolescencia convertida en una heroína sobrevenida e involuntaria, los fanáticos preparaban su venganza, que ahora han logrado ejecutar a medias. 

Millones de jóvenes occidentales habituados a una vida confortable y acomodada no soportan la mínima disciplina de sus maestros y desprecian la oportunidad de formarse en las aulas gratuitas. Muy lejos, en Pakistán, su coleguita Malala se ha expuesto a morir a manos del terror sólo por querer aprender. Su heroísmo no pretendido es aún más valioso por puro contraste.