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sábado, 12 de marzo de 2016

PRENSA. "La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima"

   En "El País":
HISTORIA

La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima

Cambios climáticos en las estepas llevaron las sucesivas plagas por las rutas comerciales hasta el continente europeo, según un estudio


La peste asoló la Europa medieval como ilustra esta imagen de una edición del Decamerón de Boccaccio de la plaga en Florencia. / WELLCOME LIBRARY

Ni la peor de las guerras ha matado a tanta gente como la peste. Solo entre 1346 y 1453, acabó con la mitad de la población de Europa y en los reinos hispánicos la mortandad superó el 70%. Aunque los científicos siempre han mantenido que aquel primer brote vino de Asia, no tenían claro el origen de las sucesivas epidemias que, hasta el siglo XIX, castigaron a los europeos. Un estudio relaciona ahora las variaciones climáticas en las estepas asiáticas con la llegada en oleadas de la muerte negra al continente europeo.
El enfoque del investigador de la Universidad de Oslo (Noruega), Nils Stenseth, principal autor del estudio es original. No rastrea la peste ni en la historia ni el análisis genético de los restos de apestados, lo lee en los árboles. Los autores del trabajo recopilaron información sobre 7.700 brotes de la enfermedad desde la original peste negra y hasta el siglo XIX.
Tal y como explican en la revista PNAS, tras descartar las infecciones secundarias de una ciudad a otra, localizaron 24 brotes originales. En ocho de ellos, todo empezó en una ciudad portuaria, como Marsella o Dubrovnik, lo que daría fuerza a la tesis del origen asiático y al papel de las ratas en la transmisión de la enfermedad.
Para los 16 restantes, los investigadores analizaron los anillos de los árboles de la zona. Usando lo que se conoce como dendroclimatología, los autores del estudio midieron las variaciones climáticas en las zonas donde se produjeron los brotes originales estudiando el clima en coníferas en un radio de 500 kilómetros de distancia del foco. Por los anillos de los árboles se puede inferir el tiempo que hizo cada año.

Los anillos de los árboles revelan alteraciones climáticas que afectaron a los reservorios naturales de la peste
El punto de partida de estos ecólogos es el efecto Moran: dos especies donde una parasita a la otra o mantienen una relación simbiótica comparten casi el mismo destino. Si varía la densidad de una, lo hace en paralelo la de la otra. Afectados por las condiciones ambientales, esto es lo que habría pasado con los roedores silvestres portadores de la peste y sus parásitos, las pulgas, vector de la enfermedad.
"Un clima más cálido provoca que la población de roedores aumente y su densidad supere un determinado umbral necesario para que surja un brote de peste", dice Stenseth. "También es la situación óptima para que las pulgas se conviertan en el vector que contagie la bacteria de un individuo a otro", añade.
Los resultados de su trabajo no encontraron relación entre los brotes de peste en las ciudades europeas y ninguno de los 15 registros dendroclimatológicos cercanos salvo en uno. Se trata de las oscilaciones térmicas grabadas en los troncos de juníperos de la cordillera del Karakorum, en Asia Central. "Este indicador climático abarca una gran parte de Asia central y el norte de China. No podemos ser más específicos sobre el origen", aclara el investigador noruego. De hecho, añade, "las diferentes reintroducciones podrían haberse originado en diferentes partes de esta gran área".


El mapa muestra el viaje de la peste desde su origen natural (en rojo) hasta Europa. En gris, las ciudades con brotes originales. / STENSETH ET AL/PNAS
Sus conclusiones contradicen la idea generalmente aceptada por los científicos de que la peste de 1346 vino para quedarse. Los historiadores han señalado tradicionalmente que aquel brote lo llevaron los mongoles al asedio de Caffa (actual Feodosia), a orillas del mar Negro. La ciudad era entonces punto final de la Ruta de la Seda y embarque para las mercancías asiáticas con destino a las ciudades europeas. Para vencer la plaza, usaron cadáveres infectados. En su huida, los comerciantes y marinos llevaron la peste a los puertos italianos y de ahí al resto de Europa.
Eso explicaría el origen de la pandemia, pero no los sucesivos brotes de hasta bien entrado el siglo XIX, fecha en la que la peste desapareció de Europa. Hasta ahora se ha creído que las ratas urbanas y otros roedores silvestres europeos habrían servido como reservorio de la enfermedad y causado los posteriores brotes. Sin embargo, este trabajo revela una estrecha relación entre el clima en Asia central y cada gran brote de la enfermedad.

El historiador Ole Benedictow rechaza el origen asiático de los sucesivos brotes
El reservorio natural de la bacteria que causa la peste (Yersinia pestis) son varias especies de roedores silvestres de Asia Central. Por mecanismos poco claros, la infección llegaría hasta los humanos por medio de pulgas como vectores. El nexo de unión entre ambos extremos habría sido la rata negra (Rattus rattus), que comparte ecosistema con los humanos. Pero tanto el salto del medio natural al urbano como el papel de las ratas aún son discutidos.
Si las conclusiones del equipo de Stenseth son confirmadas por nuevos estudios filogenéticos de la bacteria en restos humanos de los distintos brotes, el relato de la historia de la peste debería ser como el que estos investigadores cuentan en sus conclusiones: Un repentino e intenso cambio en las condiciones climáticas en las estepas obligaría a las pulgas portadoras a buscar nuevos huéspedes. Sin descartar a las ratas o a los humanos, los investigadores sugieren otra víctima, los camellos. Claves en las rutas comerciales que atravesaban el foco original, las caravanas con los animales infectados se reunían en los caravasares, convirtiendo estas paradas en multiplicadores de la enfermedad. Desde allí, la peste llegaba a los puertos del mar Negro o el Mediterráneo.
El trabajo del grupo de Stenseth incluso estima la velocidad de propagación de la peste. Comprobaron que hay una relación temporal entre una alteración climática y la llegada de un brote. Desde su registro en los anillos de los juníperos del Karakorum hasta la llegada a Europa, la infección tarda unos 15 años. El brote salta de su entorno natural en uno o dos años. Otros 10 o 12 es lo que tarda en viajar por las estepas por las rutas comerciales, unos 4.000 kilómetros desde las montañas de Asia central hasta las costas del mar Negro. Y en solo tres, castiga el extremo occidental de Europa. 

Solo una teoría más sobre la peste

Sin embargo, la tesis de Stenseth sobre la peste es, para un destacado historiador de la enfermedad una idea sugerente pero sin base histórica. El profesor emérito de Historia Ole J. Benedictow, de la misma universidad que Stenseth, niega que los sucesivos brotes de peste fueran reintroducciones desde Asia.
"Desde hace tiempo, hay acuerdo entre los historiadores de la peste sobre la continua presencia de brotes de la plaga en Europa durante la segunda pandemia, 1346-1722", recuerda Benedictow, autor de La Peste Negra, 1346-1353, una de las obras claves en la historia de esta enfermedad. También comenta que lo mismo sucedió con la primera pandemia, la plaga de Justiniano, en 541. Y no solo en Europa. Otros historiadores ya mostraron que en grandes zonas del norte de África la peste ha circulado entre los roedores durante siglos, "como sabemos por la famosa novela de Camus", dice el historiador noruego
Pero Benedictow golpea la línea de flotación de la teoría del origen asiático reincidente de la peste recordando un hecho clave en la historia: Dado que la Ruta de la Seda fue cerrada por los mongoles décadas antes del brote de la muerte negra iniciado en Caffa, bloqueo que se mantuvo durante siglos, "las recurrentes epidemias no pudieron ser reintroducciones".

viernes, 1 de mayo de 2015

PRENSA. Disgustos de la vida sana

   En "El País":

El irritante sillín de la bici (y otros disgustos de la vida sana)

Correr puede dañar los pies y ponerse a dieta deprime. Estos son los efectos adversos de nueve hábitos saludables

 

    Cuidarse está de moda: prueba de ello es lo rápido que términos como running, lactosa y omega 3 se han implantado en nuestro vocabulario. Pero llevar una vida sana puede ocasionarnos algún que otro disgusto. En general, los hábitos saludables son fuente de alegría y vitalidad; los problemas empiezan cuando los llevamos más allá de los límites recomendados. Sus efectos secundarios van de las simples molestias y secuelas estéticas a otras amenazas para nuestro organismo. Enumeramos solo nueve. Y, pese a todo, un mensaje: la vida sana es una excelente decisión.

    1. El ciclismo y las hemorroides no se llevan bien

    Cada día con mayor presencia en nuestras calles, las dos ruedas son sinónimo de salud y compromiso con el medioambiente. Es un medio de transporte barato, con un punto cool… , pero tiene un problema: el sillín, cuyo diminutivo no hace justicia al daño que es capaz de infringir a nuestras partes más íntimas. Entre sus efectos más habituales entre varones están las “alteraciones prostáticas, precisamente por la presión que sufre la próstata entre el sillín y el propio peso del ciclista”, informa el doctor Pedro Manonelles Marqueta, presidente de la Federación Española de Medicina del Deporte y director de la Cátedra Internacional de Medicina del Deporte de la UCAM (Murcia). La bici tampoco le hace un favor a las hemorroides, y si bien no las provoca, sí intensifica el característico sufrimiento silencioso de quien las padece. El doctor nos lo explica con elegantes palabras científicas: “El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides”. Para prevenirlo, aconseja: “Situar adecuadamente el cuerpo en el sillín, que debe ser de buena calidad, y contar con un acolchado en la zona del culote. Y no montar en bici con hemorroides clínicamente manifiestas”, añade.

    El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides” (Pedro Manonelles, médico)

    2. El running puede destrozar los pies

    Iniciarse en la práctica del running implica elegir entre una buena salud cardiovascular y unos pies bonitos. “Las principales lesiones en el pie van desde las más banales y simples como son las ampollas y las hemorragias ungueales [de la uña] hasta las fracturas por estrés, pasando por tendinitis como la temida fascitis plantar [inflamación de los tendones de la planta del pie]”, advierte Ángel González de la Rubia, presidente de la Asociación Española de Podología Deportiva (AEPODE). Las causas del destrozo son una técnica de carrera inadecuada, la mala elección de las zapatillas o alguna deficiencia anatómica del pie. Los expertos aconsejan someterse un estudio para analizar la pisada o huella plantar y detectar posibles problemas antes de lanzarnos a correr. En caso de anomalía, “la solución”, apunta De la Rubia, “pasará por la recomendación de la zapatilla más acorde con el tipo de pie y pisada y, en su caso, por la adaptación de una plantillas personalizadas y específicas para la carrera”.

    3. Lavarse las manos con geles antibacteriales puede afectar al sistema inmunológico


    Los geles antibacteriales pueden usarse en hospitales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda lavarse las manos con agua y jabón
    ¿Es usted Don Limpio? Enhorabuena. Mantener una higiene personal estricta es digno de elogio, pero no es necesario que someta sus manos a los geles antibacteriales disponibles en todos los supermercados. El problema es que cumplen lo que prometen: se cargan las bacterias; incluso las buenas. “Estos productos eliminan la capa protectora de nuestra piel en el más amplio sentido de la palabra, tanto lo bueno como lo malo, y eso hace que tengamos una dermis más seca, con mayor riesgo de dermatitis atópica, y que nuestro sistema inmune se tenga que preparar ante productos que no teníamos por qué estar empleando”, alerta el doctor Ángel Gil de Miguel, catedrático de Medicina Preventiva en la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). “Estos jabones pueden usarse en hospitales o en situaciones de riesgo reales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda para lavarse las manos “agua y jabón natural”. Cuidado con aplicarlos a los infantes: podemos exponerlos a alergias, como destacó un estudio de la Universidad de Michigan (EE. UU.). “A veces nos encontramos con niños que son alérgicos al látex, a la naranja, a la mandarina… Y muchas veces tiene que ver con esa piel que hemos desprotegido y hemos hecho extremadamente sensible”, concluye el doctor Gil.

    4. Una dieta hiperproteica eleva el riesgo de aparición de piedras en el riñón

    Las dietas altas en proteínas y bajas en carbohidratos son un método común entre quienes desean perder peso. Sin embargo, científicos del departamento de Fisiología de la Universidad de Granada llegaron a la conclusión de que incrementan las probabilidades de padecer piedras en el riñón y otras enfermedades. “Los riñones deben excretar el exceso de urea que se deriva de la alta dosis de proteína de la dieta y esto hace trabajar más al riñón”, dice la doctora Virginia Aparicio, investigadora del equipo. “Hemos observado un incremento del peso del mismo y el análisis morfológico ha mostrado una mayor área glomerular y mesangial (zonas de filtrado), lo que podría derivar en un perfil de riesgo de patología renal a largo plazo”. La necesidad de mantener este tipo de dietas en el tiempo para evitar el “efecto rebote” conlleva una sobrecarga en los riñones que “puede derivar en un riesgo renal”, según afirma. La proteína, por otra parte, promueve la liberación de calcio (base que compensa el pH) en orina, lo que aumenta el riesgo de cálculos o piedras en el riñón. Se puede equilibrar con un consumo elevado de frutas y verduras.

    5. El ejercicio intenso y su relación con la orina

    Si después de entrenar en el gimnasio su orina es más oscura, es que se está machacando en exceso. “La práctica de actividad deportiva de larga duración puede modificar el color de la orina”, afirma el doctor Pedro Manonelles. “El color más oscuro, en primer lugar, se debe a una concentración de la orina porque la persona, al sudar, se deshidrata, la orina se concentra y adquiere una tonalidad más oscura”. También puede deberse a que contenga sangre, lo que en términos médicos se conoce como hematuria. “A veces, se produce por microhemorragia en la vejiga, cuando las asas intestinales que apoyan en el techo del órgano y provocan un pequeño sangrado que se puede observar en orina. Otra causa de hematuria es que el músculo sufra una rabdomiolisis por el esfuerzo y esto, entre otras manifestaciones, produce un filtrado de sangre en la micción”, señala. Ante estas evidencias, baje el ritmo: podría terminar dañando el riñón. El doctor recomienda: “Un entrenamiento adecuado, una buena hidratación y controlar las distancias que se recorren evitando realizar carreras de muy larga duración de forma muy repetida y sin la recuperación suficiente”.

    6. Hincharse a beber agua depara náuseas y calambres


    La ingesta recomendada de agua depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena
    Los médicos no paran de animarnos a que bebamos mucha agua: que si dos litros al día, que si tres… El agua limpia, nos hidrata, es sensacional para la piel, pero en cantidades enormes puede disolver el sodio de la sangre (hiponatremia) y provocar náuseas y calambres musculares, si no cosas peores. Puede ocurrir entre deportistas, ávidos por evitar la deshidratación. ¿Cuál sería la ingesta media recomendada? “Depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena Artieda, profesora de Nutrición y Bromatología de la facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra. El IOM (Instituto de Medicina de EE. UU.) establece como cantidad media para hombres adultos 3,7 litros al día, 2,7 litros para las mujeres (esto incluye el agua de los alimentos). El riesgo de hiponatremia puede reducirse asegurándonos de que la cantidad de agua ingerida no supera la que hemos perdido por sudoración, y tomando bebidas o alimentos altos en sodio.

    7. Ponerse a dieta deprime

    En 1979, un seguimiento realizado a personas con sobrepeso en Reino Unido arrojó que aquellas que lograron perder el 5% de su peso en cuatro años se encontraban mejor físicamente, pero más deprimidas que aquellas que no habían perdido un solo gramo. Un nuevo estudio, del año pasado, a cargo de la University College de Londres (Reino Unido), lo ratificó, postulando que las dietas “no aportan ningún beneficio psicológico inmediato y pueden incrementar el riesgo de depresión”. Esto, al parecer, abarca solo el proceso: cuando llegamos al objetivo de peso marcado y conseguimos mantenerlo, nuestro estado de ánimo mejora bastante.

    8. El vino, excelente antioxidante, mancha los dientes

    El vino contiene polifenoles, poderosos antioxidantes, como avalan expertos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale (New Haven, EE. UU.), y bebido con mesura —dos o tres copas al día— es bueno para el corazón. Pero al color de nuestros dientes no le sienta tan bien. “Puede oscurecerlos por los taninos (derivados de las uvas, las pepitas de las uvas e incluso de las barricas de madera) que contiene. Los taninos son sustancias cromógenas que se depositan en los dientes y cuyo consumo continuado aumenta el color oscuro de los dientes”, explica la doctora Pepa Calvo, Vocal de Odontología Estética del COEM (Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de la 1ª Región). La Escuela de Odontología de la Universidad de Nueva York (EE. UU.) probó que esto no solo ocurría con el vino tinto sino también con el blanco. ¿Solución? “Un cepillado de dientes inmediato al consumo de vino disminuiría el depósito de dichos taninos sobre la superficie dentaria y, por tanto, evitaría en buena medida que los dientes se oscurecieran por este motivo”, aconseja Pepa Calvo.

    9. Las manos se entumecen al montar en bicicleta

    “La posición forzada y sostenida durante mucho tiempo de las manos al agarrar el manillar, provoca una compresión nerviosa del nervio cubital, a su paso por el carpo, que genera hormigueo o dolor”, apunta el doctor Manonelles: “Para evitar este problema hay que adoptar una postura corporal correcta en la bicicleta y una agarre adecuado del manillar. Aquí es muy útil el asesoramiento de un entrenador de ciclismo”. Si el hormigueo persiste, o pierde toda sensación, acuda a un especialista.

    viernes, 27 de marzo de 2015

    PRENSA CULTURAL. "Darwin tenía razón: la endogamia perjudicó a su estirpe"

       En "El País":

    Darwin tenía razón: la endogamia perjudicó a su estirpe

    El naturalista siempre temió por la salud de sus hijos, fruto de su enlace con una prima


    Montaje de una imagen de Charles Darwin y su primogénito William con otra de su mujer Emma abrazando a Leonard.
    Charles Darwin llegó a tener diez hijos con su mujer, Emma Wedgwood, entre 1839 y 1856 y, como es natural, temía por la salud de su prole. Pero sus miedos iban más allá de las preocupaciones habituales de un padre, ya que partían de un cierto sentimiento de culpa: un pecado original propio que podía provocar que sus hijos fueran enfermizos o, cuando menos, más débiles de lo normal. Charles y Emma eran primos hermanos. El más relevante de los Darwin sabía que la consanguinidad deteriora a las siguientes generaciones, ya sean plantas o animales. Ahora sabemos que sus temores estaban justificados: su estirpe sufrió muertes prematuras y falta de fertilidad por culpa de la endogamia.

    Tres de los hijos de Darwin murieron antes de los diez años y otros tres no tuvieron descendencia aunque se casaron repetidamente
    El problema no surge únicamente del lecho de Charles y Emma. Los Darwin y los Wedgwood se emparejaron entre ellos durante muchas generaciones, lo que provocaba que el naturalista y su esposa tuvieran muchos otros parentescos además de ser primos hermanos. Otros tres hermanos de Emma se casaron con sus primos y la hermana de Charles, Caroline, también se enlazó con un primo Wedgwood. El cuñado de Charles, Harry Wedgwood, se casó con Jessie Wedgwood, que era su prima hermana por partida doble: sus padres eran hermanos y sus madres eran hermanas.
    Esta endogamia desbocada de los Darwin-Wedgwood los convierte en una dinastía perfecta para que los genetistas estudien las consecuencias de la consanguinidad, como ya hicieran con la familia real de los Habsburgo. La primera y más evidente es que los niños nacidos de estos matrimonios tenían menos opciones de llegar a la pubertad, como mostró un estudio publicado en 2010 que generó un ruido importante en la prensa británica. Tres de los diez hijos de Darwin murieron durante la infancia, en dos casos por enfermedades que hoy sabemos que generan menos resistencia en los menores fruto de la endogamia. Ahora, los mismos investigadores acaban de analizar en otro estudio cómo estas relaciones de consanguinidad mermaron la fertilidad de esta dinastía.

    El naturalista fue el primero en estudiar el efecto de la endogamia: las plantas eran más débiles y pequeñas
    "Actualmente hay una cierta unanimidad en que la consanguinidad afecta a la fertilidad y a la esterilidad en los humanos, el problema es que aún no se ha podido concretar el modo. En la dinastía de Darwin hemos encontrado que la culpa de que las parejas consanguíneas tengan menos hijos que las parejas no consanguíneas no es de la propia pareja, sino de los varones consanguíneos", explica Francisco Ceballos, genetista de la Universidad de Santiago de Compostela. El resultado de sus análisis muestra que los varones Darwin-Wedgwood fruto de la endogamia tuvieron 1,2 hijos por mujer frente a los 2,1 que tuvieron los no consanguíneos, tras descartar otros factores demográficos o socioeconómicos.
    De los hijos de Charles Darwin, tres no pasaron de los 10 años y otros tres fueron incapaces de tener descendencia. En concreto, William y Leonard (retratados en la imagen) se casaron dos veces pero no tuvieron prole y su hermana Henrietta tampoco, a pesar de disfrutar de un matrimonio estable. Siguiendo un análisis estadístico, Ceballos y sus colegas han encontrado que las parejas consanguíneas de esta dinastía tienen un intervalo reproductor más corto tras examinar las edades, la duración de los matrimonios y otros aspectos. "La calidad del esperma es peor y cuanto mayores son los varones menos posibilidades tienen de ser fértiles", asegura Ceballos.

    La calidad del esperma es peor y cuanto mayores son los varones menos posibilidades tienen de ser fértiles", asegura Ceballos
    Tanto preocupaba la consanguinidad al naturalista que fue el primer estudioso de sus consecuencias. Darwin publicó varios trabajos sobre el efecto nocivo de la endogamia en 57 plantas distintas: la descendencia era más pequeña, florecía más tarde, tenía menos peso y producía menos semillas que aquellas plantas que no eran fruto de la consanguinidad. Hasta tal punto le inquietaban los resultados que se sirvió de sus contactos políticos para conseguir que el Parlamento incluyera en el censo británico una pregunta específica para el estudio del matrimonio consanguíneo. Trasladó sus miedos incluso a su hijo George, que estudió detenidamente la materia para llegar a la conclusión de que los efectos negativos no eran importantes en familias criadas con buenas condiciones de vida, como la suya.
    Nada hacía pensar que los Darwin-Wedgwood arrastraban esta desventaja genética, ya que estaba plagada de cerebros eminentes, con diez miembros de la Royal Society en la familia, y así opinan por lo general los darwinólogos. Sin embargo, estos nuevos estudios señalan que tanto enlace entre primos tuvo sus consecuencias en la salud de la familia. Como concluyen los autores de este examen, "las pruebas sugieren que los temores de Darwin sobre la salud de sus hijos como resultado de su matrimonio con su prima hermana Emma Wedgwood no eran ni exagerados ni injustificados".

    jueves, 19 de marzo de 2015

    PRENSA. "Crónica de una muerte corriente"

       En "El País":

    Crónica de una muerte corriente

    En 2015 habrá más óbitos que nacimientos por primera vez desde la Guerra Civil

    La mitad de los moribundos no tiene acceso a cuidados paliativos


    Cinco miembros de la Unidad de Soporte Paliativo del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares. / ÁLVARO GARCÍA

    Francisca Bonilla, Paquita para los suyos, está agonizando. A sus 71 años, un cáncer de ovarios que le fue diagnosticado hace 15 meses tras muchas idas y venidas al médico por unas molestias abdominales ha invadido sus entrañas con metástasis. Su organismo, llevado al límite, está al borde del colapso. Las ocho sesiones de quimioterapia, la operación de desguace en la que le extirparon todo órgano no vital del vientre, y la quimio intraperitoneal a que fue sometida en quirófano con la esperanza de atajar el tumor, solo han logrado retrasar este momento.
    21 días después de su ingreso hospitalario por obstrucción intestinal, en los que su estado, complicado con una neumonía, ha empeorado drásticamente, Paquita se halla en situación de “últimos días”. Hace unas horas, a petición de la familia y gracias al hecho no siempre seguro de que había camas libres, la han trasladado de la habitación doble que ha ocupado esas semanas en Cirugía —y donde ha visto morir a una de sus cinco sucesivas compañeras—, a otra individual en Oncología en previsión de un desenlace inminente.

    Paquita está en situación de "últimos días", el eufemismo médico para la agonía
    Son las 6,40 de la mañana de un martes de invierno. A su lado, en el incómodo sillón del acompañante, su hija mayor vela el agitado sueño de la moribunda. Pese a la sedación por perfusión de benzodiacepinas y opioides prescrita por el equipo de cuidados paliativos para ayudarla en el tránsito, Francisca se halla en un estado de inquieta seminconsciencia. No responde a las palabras de ánimo, ni termina de abrir los ojos, ni reacciona a la presión de la mano de su hija sobre la suya. Pero cabecea, bisbisea palabras ininteligibles, se aferra a los barrotes metálicos de la cama como si se agarrara a la vida que se le escapa. A las 6.45, la hija se levanta a por el móvil para oír los informativos de la radio. Entonces, el ruido de la respiración, remarcado por el gorgoteo del oxígeno, deja de sonar. Sobresaltada, la hija mira a la cama. Vuelve a sonar. Deja. Vuelve. Un sonido raro, como de desinflado de un globo, un último fruncido de ceño y, después, una rara paz en el rostro y el más absoluto de los silencios. Falta una hora larga para que un médico de guardia encuentre tiempo para subir a planta y certificar el óbito, pero la hija no necesita el trámite para saber que su madre ha fallecido.
    He aquí la crónica de una muerte corriente. Sin épica ni lírica. La historia de un deceso cualquiera. Uno entre los 390.419 fallecimientos registrados en España en 2013 —últimos datos del INE—, de los que 184.624, un 47,2%, se produjeron, como el de Francisca, en un hospital. El 52, 8% restante murió en casa, en la carretera, fuera de un centro sanitario. La mitad de los españoles expresa su deseo de morir en su cama, rodeado de los suyos y atendido por un equipo médico domiciliario, según el Centro de Investigaciones Sociológicas. Un porcentaje que sube al 90% si se consulta a enfermos terminales, según una encuesta de la OCU. Sin embargo, a la hora de la verdad, por miedo o por impotencia propia o de la familia, por falta de condiciones de la casa, por ausencia de un cuidador, o por la evolución de la dolencia, muchos acaban acudiendo a expirar a los hospitales.

    “Muchos se mueren sin colesterol, pero rabian de dolor”

    Álvaro Gándara, presidente de la SECPAL, lleva 30 años ayudando a morir al prójimo, una vocación no apreciada especialmente por muchos de sus colegas especialistas. Según este médico de familia de la Unidad de Paliativos del hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid y presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), la muerte es el último tabú incluso entre los sanitarios. “La muerte se considera un fracaso médico y se rechaza todo lo que tenga que ver con ella. En la universidad enseñan a curar. No hay especialidad de Paliativos. Los médicos temen a la morfina por desconocimiento. Cuando no se puede curar y el horizonte es la muerte, cuidar y aliviar, no solo el dolor, no es una opción, sino la obligación. Sin embargo, los paliativos siguen teniendo carácter peyorativo. Hay colegas que abandonan a sus pacientes y los dan por desahuciados, cuando deberíamos trabajar juntos desde el primer día en que alguien es incurable” sostiene.
    Gándara denuncia, asimismo, el “encarnizamiento terapéutico y paliativo” con los moribundos. “He visto a compañeros pedir una analítica la víspera de morir alguien. Aquí muchos mueren con el colesterol estupendo y rabiando de dolor”.
    La mitad de ellos no tienen acceso a un equipo de cuidados paliativos, según ha denunciado la Asociación Española Contra el Cáncer. Existen 430 unidades y harían falta 750 para cubrir todo el territorio, sostiene el doctor Álvaro Gándara, presidente de la Sociedad de Cuidados Paliativos. Por eso, entre otras cosas, la calidad de vida de las últimas semanas, días, u horas de un enfermo terminal, dependerá no solo de sus circunstancias personales, sino las de su entorno asistencial. De si su demarcación sanitaria dispone de asistencia paliativa a domicilio y en el hospital, de si es fin de semana, de si hay o no habitaciones individuales, de su voluntad y de la de su familia respecto a los cuidados terminales y hasta de la tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno. No hay un protocolo que se aplique por decreto. Cada moribundo es un mundo. “Se muere como se puede”, resume una enfermera de Medicina Interna en un hospital andaluz, acostumbrada a ver fallecer pacientes a diario. Hasta para morirse hay que tener suerte. La muerte de Paquita es solo una muestra de cómo se expira aquí y ahora, en el primer año en que, según las proyecciones del INE, se producirán más óbitos que nacimientos desde la Guerra Civil española.
    Morirse no es fácil. Cuesta lo suyo. El organismo lleva milenios evolucionando para sobrevivir a las amenazas externas, incluso a sí mismo. Si el corazón y los pulmones funcionan, se adapta a las dificultades que le impone la enfermedad y sigue tirando. Salvo si hablamos de un infarto, un ictus o una hemorragia fulminantes, hace falta una concatenación de factores para que se produzca el paro cardiorrespiratorio definitivo. Las últimas fases de males como el cáncer, la ELA o las demencias pueden acarrear, no obstante, mucho sufrimiento físico y psicológico. Deterioro. Dolor. Angustia. Aliviarlos, y acompañar a los enfermos en su viaje hacia el fin es el objeto de los cuidados paliativos.

    Se aferra a los barrotes de la cama como si se agarrara a la vida que se le escapa
    Las doctoras Natalia González y Raquel Pérez; las enfermeras Purificación García y Matilde Murillo, y la administrativa Asunción Cuadrado montaron hace siete años la Unidad de Soporte Paliativo del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, en Madrid. Todas habían trabajado con enfermos terminales y tenían vocación por ayudar a los demás a morir. Al principio, les costó obtener el respaldo total de sus colegas. Oncólogos, neumólogos, cardiólogos, cirujanos son médicos cuyo máximo objetivo es curar. Y no siempre entienden el trabajo de quienes, asumida la imposibilidad del reto, nada más —y nada menos— eligen cuidar. La morfina, las benzodiacepinas, hasta la ketamina —útil en dolores refractarios al tratamiento como el del cáncer de pulmón con metástasis en huesos de la esposa de Pepe, un caso que llevan atendiendo dos años largos tanto en su domicilio como en sus frecuentes ingresos hospitalarios — son su arsenal de trabajo. Fármacos seguros, baratos y eficaces que, no obstante, despiertan las reticencias de no pocos facultativos por su supuesta capacidad de acortar la vida.

    “Morir en un cuarto individual es una emergencia ética”

    El informe de la Defensora del Pueblo es demoledor. “La atención en Urgencias a pacientes en fase terminal representa un fracaso del sistema, ya que en estas áreas no es posible garantizarles una muerte digna y preservar el duelo de los familiares”, reza la conclusión número 16, de la radiografía de las urgencias hospitalarias presentada en enero. Juan González Armengol, médico internista de urgencias y presidente de la Sociedad de Medicina de Emergencias (SEMES), asiente con matices. No es frecuente tener moribundos en Urgencias. Nada más —nada menos— que el 0,01% de los pacientes que ingresan fallecen en el departamento. Aún así, hay quien muere solo, entre sanitarios aturullados, sin el consuelo de su familia. Ahí, González quiere “mojarse”: “Un terminal no debería acabar en urgencias. Pero ¿a que si te ahogaras de madrugada, llamarías al SAMUR? Tratamos de buscarles el entorno más tranquilo posible. Pero yo sería partidario de 'robar' una cama en planta, a costa de aplazar, por ejemplo, una operación programada. Poder morir en un cuarto, con los tuyos, es una emergencia ética”.
    González, Pérez, García y Murillo atendieron a Paquita en sus últimos cuatro meses de vida. Desde que el cirujano que la operó la derivó a su departamento después de palpar al tacto grandes masas de metástasis en su vientre solo tres meses después de habérselo vaciado. Nadie pronunció la palabra. Pero tanto la madre —tan aprensiva que se negó a leer el consentimiento informado de la operación— como la hija, que la acompañaba en la visita, entendieron que estaba desahuciada.
    En la consulta, la recibieron la doctora Pérez y la enfermera García. Le dijeron que estuviera tranquila. Que iban a estar con ella. Que había que ir día a día. Le dieron undolorómetro, una especie de regleta infantil numerada y le preguntaron, de 0 a 10, cuánto le dolía. “El dolor es subjetivo. No hay ningún aparato que lo mida”, le explicó Pérez. Paquita, viuda desde los 65 años, madre de cuatro hijos cuarentones, abuela esclava de sus nietos y una mujer recia, acostumbrada a trabajar como una mula sin un ay más alto que otro, colocó la flecha en el 8. Tras el tratamiento que le prescribieron, la percepción del dolor de Paquita bajó hasta 2, 3, 6, en los peores días. Pero llegó el momento en que tenía que usar varias veces al día el “rescate” —dosis extra para picos de dolor— para soportar el zarpazo. Después llegó la obstrucción por avance del tumor. El ingreso. La neumonía. Y la situación de “últimos días”.


    La mano de Francisca Bonilla, fotografiada por su hija poco antes de morir.
    “Se muere como se es”, sostiene Puri, la enfermera de paliativos de Alcalá. En el caso de Francisca así fue. Defraudada en lo más íntimo por la reaparición del tumor tras su intervención quirúrgica y su rápido empeoramiento, decidió que no quería saber nada más de nada. Pero sabía. Es más, sus hijos sabían que sabía y ella sabía que ellos sabían. Pero la matriarca, soriana, seca por fuera e hipersensible por dentro, sobria hasta el final, eligió el silencio. Pasó los últimos días callada. Es difícil hablar con un moribundo que solo responde con monosílabos. ¿De qué charlar en esa tesitura? No de comida, puesto que Francisca ya no ingería. No de sus nietos, a los que no vería hacerse hombres y mujeres. Ni siquiera del tiempo, porque todos eran conscientes de que no iba a salir viva.

    Se libera al cuerpo de sondas y vías, reducidos ahora a lo que son: basura hospitalaria
    Aun así, antes de su propia agonía, Francisca fue testigo de otra. La de Teodora, su penúltima compañera de cuarto. En muchos hospitales públicos las habitaciones son dobles, incluso triples, en algunos centros antiguos. Muchos, como el de Alcalá, disponen de habitaciones de uso individual para moribundos. Pero no siempre están libres. O, a veces, la muerte se presenta de repente y no da tiempo a cambios logísticos. Ocurrió con Teodora, una anciana que parecía que iba a remontar un ictus hasta que una tarde empeoró súbitamente y empezó un drama de media hora que acabó de la peor manera posible. En esos casos, los enfermeros corren la cortina como de ducha que separa ambos lechos. Si el compañero puede moverse, quizá quiera salir de la habitación y esperar acontecimientos en el pasillo. Si no, oirá las blasfemias de los médicos, los pitidos de los aparatos, los lamentos de la familia, y, lo más difícil de olvidar, los estertores del compañero con quien ha compartido esperanza y desesperación las 24 interminables horas del día hospitalario.

    Paquita murió como era: soriana, serena, seca. Sobria hasta el final
    Francisca Bonilla ya ni siente ni padece. Tras la firma del parte de defunción, su cuerpo permanece aún un buen rato en el cuarto. Huele a humanidad en el más literal sentido de la palabra. A sangre, a sudor, a lágrimas. Llega un par de auxiliares y le proporciona, ahora sí, el último auxilio. Se le libera del oxígeno, de las sondas, de las vías, de los yugos que le han tenido amarrada al lecho, y a la vida, reducidos a lo que son: cables, agujas, plásticos, basura hospitalaria. Se le asea. Se le aplica una colonia fresca tipo bebé. Se le cubre con una sábana dejando el rostro fuera. Se permite a la familia despedirse de la difunta a la vez que se la invita a recoger sus pertenencias —las zapatillas, la bata, el reloj, las gafas—y llevárselas en una bolsa de la basura.
    Desde la megafonía, se pide a enfermos y visitantes que, por favor, despejen el pasillo y cierren las puertas cinco minutos. Nadie lo dice, pero todos saben que van a sacar a un fallecido. Se trata, a la vez, de preservar la intimidad del muerto y la sensibilidad de los vivos. La comitiva, cerrada por los deudos, enfila el último paseo hacia el ascensor de uso exclusivo del personal —aunque lo usa todo el mundo y más de un infractor se ha llevado un susto de muerte al abrirse las puertas— que marca la separación definitiva. El fallecido, al depósito. La familia, al duelo. En el cuarto, los celadores desinfectan el colchón y dejan la cama hecha a la espera de otro paciente. Ley de muerte. Ley de vida.
    (Francisca Bonilla murió el 28 de enero de 2014 en la planta cuarta del hospital de Alcalá de Henares. La misma donde el cineasta Antonio Mercero rodó su película homónima, con un inolvidable Juan José Ballesta niño haciendo carreras en sillas de ruedas con el tierno cráneo pelado por la quimioterapia. La misma que la hija mayor de Francisca visitó hace más de dos décadas, estando en construcción, en una de sus primeras prácticas como periodista sin saber que allí iban a morir sus padres y a nacer sus hijas. Paquita era mi madre).

    “La mitad de los enfermos terminales no saben que lo son”

    Fernando Marín, médico de familia, y miembro de la Asociación Derecho a Morir Dignamente cree que el primer requisito para que un enfermo terminal tenga una muerte digna es saber que va a morir sin remedio. Y, sin embargo, “más de la mitad de los enfermos terminales no saben que lo son”, explica, coincidiendo con todos los expertos consultados en este reportaje. “Hay una especie de pacto de silencio”, opina Marín. “Las familias son hiperprotectoras y pervive cierto paternalismo médico, pero el paciente debe conocer sus opciones, y para eso es necesario que sepa su situación real. Desde que se establece el diálogo: 'tú me cuentas, y yo decido', empieza el camino de aceptación de la muerte”.
    En DMD , atienden a “gente abandonada por el sistema”. Terminales que no quieren vivir más y desean que se les retire el tratamiento y se les sede profundamente hasta la muerte. Para Marín, estar atendido por paliativos no es una garantía. “Se escatiman recursos. Se va un paso por detrás del dolor, cuando se podría ahorrar 24 o 48 horas de sufrimiento siendo más audaz y yendo un paso por delante”.

    domingo, 1 de marzo de 2015

    PRENSA. "El mejor de los mundos posibles"

       En "El País":

    El mejor de los mundos posibles

    Los medios de comunicación nos sirven tragedias a diario. Sin embargo, los datos refutan el catastrofismo. En el mundo actual hay menos guerras, menos pobres y menos hambre


    ILUSTRACIÓN DE MAX
    Proclamar, en plena era del ébola, del Estado Islámico y de los tambores de Guerra Fría en Ucrania, que el mundo no va tan mal y que, si lo parece, se debe a la lente deformante de los medios de comunicación y de las redes sociales, puede parecer una insensatez o una provocación.
    Esto hizo a finales del verano el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. En una charla con donantes de su partido, el demócrata, en una residencia privada en las afueras de Nueva York, Obama intentó contrarrestar la impresión de que se encontraba desbordado por una sucesión de crisis mundiales fuera de control. Las comparaciones con el verano de 1914, cuando dos disparos en Sarajevo desencadenaron, para sorpresa de las capitales mundiales, la I Guerra Mundial, llevaban semanas siendo motivo de columnas y debates en Washington.
    “Si ves los telediarios de la noche, te da la sensación de que el mundo se derrumba”, dijo el presidente en Nueva York. “Y la verdad es que el mundo siempre ha sido un lío”, añadió después de repasar los conflictos del verano de 2014. “En parte, nos damos cuenta ahora debido a los medios sociales y a nuestra capacidad para ver, en los detalles más íntimos, las adversidades que la gente sufre”.
    ¿Qué hacía el presidente minimizando este tiempo de guerras y decapitaciones? ¿Por qué culpaba al mensajero? “¿Es la III Guerra Mundial? ¿O sólo Twitter?”, tituló una de sus ácidas columnas Maureen Dowd, de The New York Times.

    La guerra del Yom Kipur dejó 12.000 muertos, seis veces más que el conflicto de este verano entre Israel y Palestina
    Más allá de la controversia, efímera como corresponde al ritmo de las redes sociales que señalaba el presidente de EE UU, sus palabras incidieron en un debate de fondo sobre nuestra época. ¿Se asoma el mundo a otro abismo, a otro 1914? ¿O vivimos, como sostenía el personaje de Voltaire, en el mejor de los mundos posibles? ¿Es posible que la respuesta no sea ni lo uno ni lo otro? ¿Que, como describía el célebre párrafo inicial de la Historia de dos ciudades de Dickens, refiriéndose a las vísperas de la Revolución Francesa, este sea el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación? 
    De la respuesta a estas preguntas dependerá cómo nos enfrentemos al mundo. Un mal diagnóstico puede llevar a políticas erróneas que agraven las crisis que debían resolver. Lo explica David Rothkopf en su último libro, National insecurity: american leadership in the age of fear (Inseguridad nacional: el liderazgo americano en la edad del miedo).
    “Durante más de una década, América vio amenazas por doquier”, escribe Rothkopf, editor del Grupo Foreign Policy. “Aceptamos la idea perniciosa, arraigada en nuestra psique nacional por los ataques al World Trade Center y al Pentágono [el 11 de septiembre de 2001], de que, si un puñado de hombres, no asociados con ninguna nación, podía sembrar un tipo de caos y destrucción que escapaba a las capacidades de grandes enemigos tradicionales, entonces estábamos en una era nueva y más peligrosa”. Un diagnóstico poco afinado provocó una reacción poco afinada. El miedo nubló el criterio de la primera potencia mundial.

    Obama:

    “En todo el mundo, hay señales de progreso. La sombra de la Guerra Mundial que existía en la fundación de esta institución ha desaparecido; la posibilidad de un conflicto armado entre grandes potencias se ha reducido. El número de Estados se ha triplicado y más personas viven bajo el mandato de Gobiernos elegidos. Centenares de millones de seres humanos se han liberado de la cárcel de la pobreza. La proporción de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a la mitad. Y la economía mundial sigue reforzándose después de la peor crisis financiera de nuestras vidas. Hoy, ya sea en Nueva York o en el pueblo de mi abuela a más de 300 kilómetros de Nairobi, hay más información disponible que en las mayores bibliotecas del mundo. Juntos, hemos aprendido a curar enfermedades, a dominar el poder del viento y el sol. La mera existencia de esta institución es un logro único: personas de todo el mundo comprometidas a discutir sus diferencias de manera pacífica y resolver juntos sus problemas. Con frecuencia les digo a los jóvenes en Estados Unidos que este es el mejor momento de la historia humana para nacer, pues tienes más probabilidades que nunca de saber leer y escribir, de estar sano y de ser libre de perseguir tus sueños”.
    Si el mundo es cada vez más violento, la posibilidad de un atentado es inminente, los virus circulan descontrolados, los hielos se derriten y el nivel del mar crece, y la pobreza avanza sin freno, entonces urge un cambio en las políticas de las democracias. Significa que las cosas se están haciendo mal. La ventaja de esta percepción es que nos mantiene en alerta. Como dijo en una entrevista George Friedman, presidente de la empresa de análisis Stratfor, una de las fortalezas de Estados Unidos es que “nunca se fía de su buena fortuna: siempre teme que haya un peligro agazapado que lo destruirá todo”.
    Pero si, al contrario, el mundo progresa —si cada vez hay menos pobres, menos hambruna, menos analfabetismo, menos homicidios, menos guerras, menos dictaduras—, no existen motivos para un viraje drástico. El riesgo, entonces, es la complacencia. Creerse, como muchos europeos en la primavera de 1914, que la guerra es improbable y la paz es un estado natural.
    “Con frecuencia digo a los jóvenes en Estados Unidos que este es el mejor momento de la historia humana para nacer, pues tienes más posibilidades que nunca de saber leer y escribir, de estar sano y de ser libre de perseguir tus sueños”, dijo Obama en septiembre, en su discurso en la Asamblea General de la ONU.
    En el mismo foro, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, dijo: “Este año, el horizonte de la esperanza se ha oscurecido”. Y añadió: “Ha sido un año terrible para los principios consagrados en la Carta de Naciones Unidas. Desde las bombas a las decapitaciones, desde las hambrunas de civiles deliberadas al asalto a hospitales, refugios de la ONU y convoyes de ayuda, los derechos humanos y el estado de derecho están asediados”.
    ¿El mejor de los tiempos? ¿O el peor? “Obama tiene razón”, responde en un correo electrónico Steven Pinker, psicólogo experimental en la Universidad de Harvard y autor de Los ángeles que llevamos dentro (Paidos Nature), un libro que, en 700 páginas y con un despliegue abrumador de gráficos y estadísticas, intenta demostrar que la violencia ha decrecido y que, efectivamente, el planeta Tierra jamás había sido un lugar tan acogedor como ahora. “Lo crean o no —y sé que la mayoría de personas no lo creen— la violencia ha declinado durante largos periodos de tiempo, y es posible que hoy vivamos en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie”, comienza el libro.
    Los ángeles que llevamos dentro se publicó en 2011, pero Pinker insiste en que, pese al fracaso de las primaveras árabes o pese la guerra en Siria e Irak, la tesis mantiene la validez. Pinker admite que, comparado con 2012, en 2013 las guerras aumentaron, en gran parte debido a Siria que, según algunas estimaciones, ha dejado más de 200.000 muertos.

    Tendemos a fijarnos más en las malas noticias. Nos duele más perder 10 euros que ganarlos
    “Pero el número total de muertes sigue siendo muy inferior al de los años sesenta, setenta y ochenta, cuando el mundo era un lugar mucho más peligroso”, ha escrito en un artículo que actualiza en 2014 algunos datos del libro. No solo hay menos conflictos armados: son menos dañinos. Pinker alude a la guerra del Yom Kippur entre Israel y una coalición árabe que duró 20 días en 1973 y dejó unos 12.000 muertos, seis veces más que el conflicto de este verano entre Israel y los palestinos de la franja de Gaza.
    A principios de los años noventa, cuando acabó la Guerra Fría, había en el mundo 50 “conflictos armados basados en Estados”, un término que Pinker define como aquellas situaciones de violencia organizada en las que participa un Gobierno y en las que mueren un mínimo de 25 personas al año. En 2013 hubo 33 conflictos de este tipo, según la información que Pinker extrae del Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala. La definición de guerra es precisa: se trata de conflictos con más de mil muertos anuales. De acuerdo con esta definición, al final de la Guerra Fría había 15 guerras; en 2013 había siete.
    En un acto reciente en Washington, organizado por el laboratorio de ideas Cato Institute, Pinker expuso las razones psicológicas que explican que sus ideas —o las de Obama— topen con la incredulidad. Somos pesimistas porque tendemos a fijarnos en las malas noticias. Lo negativo pesa más que lo positivo. Nos duele más perder 10 euros que ganarlos. Pinker lo ilustró con una frase atribuida al tenista Jimmy Connors: “Odio más perder de lo que me gusta ganar”. Otra razón para el pesimismo es lo que Pinker llama “la ilusión de los buenos viejos tiempos”. “La gente confunde los cambios en sus vidas [de la infancia a la edad adulta y la vejez] con los cambios en el mundo”. La tendencia a creer que aquello que es más memorable es más probable —los accidentes de avión o los atentados terroristas, ambos infrecuentes— ayuda a explicar la prevalencia de una visión sombría.
    Pinker, como Obama, apunta a los medios de comunicación. “El problema básico es que el periodismo es una manera de entender el mundo que de manera sistemática lleva a la confusión”, ha escrito. “Las noticias tratan de cosas que ocurren, no de cosas que no ocurren. Nunca ves a un reportero en directo desde las calles de Angola, Sri Lanka o Vietnam diciendo: ‘Estoy aquí informando de una guerra que hoy no ha estallado”.
    El terrorismo, según Pinker, evidencia la simbiosis entre los medios de comunicación y la violencia, porque es la táctica que permite hacer el máximo de ruido con el mínimo de violencia. La proporción de muertos por terrorismo en el mundo es “trivial”, dijo. Los atentados de 2001, los mayores de la historia, son ruido en comparación con las estadísticas de homicidios o las guerras civiles, añadió. En 2013 murieron en Estados Unidos seis personas por terrorismo: menos de los que mueren al año porque les cae un mueble o un electrodomésticos encima, cerca de 30 al año, según datos citados por la publicación Vox.com. Y, sin embargo, como explica Rothkopf, 13 años después del 11-S, el terrorismo condiciona la política exterior de Estados Unidos.

    Ban Ki-Moon:

     “Este año, el horizonte de la esperanza se ha oscurecido. Los actos indecibles y las muertes de inocentes nos encogen el corazón. Los fantasmas de la guerra fría han regresado para perseguirnos. Hemos visto cómo la primavera árabe degeneraba en gran parte.
    Nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial había habido tantos refugiados, personas desplazadas y en busca de asilo. Nunca antes las Naciones Unidas habían recibido tantas peticiones de ayuda alimentaria de emergencia y otros suministros para salvar vidas.
    La diplomacia está a la defensiva, socavada por quienes creen en la violencia. La diversidad se encuentra asediada por extremistas que insisten en que su vía es la única vía. El desarme se ve como un sueño distante.
    Mientras las crisis de amontonan y las enfermedades se extienden, parece que el mundo se derrumba. Pero el liderazgo consiste precisamente en encontrar las semillas de esperanza y cultivarlas para que crezcan.
    Ha sido un año terrible para los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”. 
    Las visiones luminosas tienen detractores. No solo en lo que atañe a la violencia. Sí, el número de personas que pasa hambre no ha dejado de bajar en las últimas décadas, según los datos de la FAO (la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura). Pero autores como Martín Caparrós, que ha publicado el ensayo El hambrecuestionan el rigor de los datos, y uno de cada nueve habitantes del planeta —más de 800 millones de personas— sigue pasando hambre. Sí, la pobreza extrema se ha reducido en las últimas tres décadas, pero en las economías desarrolladas las desigualdades se agravan y la última recesión erosiona a las clases medias y las sitúa ante la perspectiva de que la generación de los hijos no disfrute de las oportunidades que tuvieron los padres. Y aunque en 2013 el número de democracias creció hasta 122, según Freedom House, esta organización constató que el retroceso de las libertades y los derechos humanos supera los avances. El ascenso del capitalismo autoritario de China y la parálisis política en Estados Unidos han contribuido a quitar lustre a la democracia liberal, que parecía el modelo triunfante tras la caída del muro de Berlín.
    Una de las críticas más duras al libro de Pinker la escribió Elizabeth Kolbert, periodista de la revista The New Yorker. Kolbert ha publicado este año The sixth extinction (La sexta extinción). El libro recorre las cinco extinciones que se han vivido en los últimos 500 millones de años en la Tierra y explica que ahora podemos estar viviendo la sexta, que es la primera causada por el ser humano. Kolbert especula que el homo sapiens acabe siendo víctima de esta extinción, pero también con que la amenaza agudice el ingenio de la especie y la lleve a inventar tecnologías para frenar el cambio climático o a emigrar a otros planetas.
    La alarma por el cambio climático llega al Pentágono, que en varios informes alerta de sus efectos en la seguridad de EE UU. “El aumento de las temperaturas, los esquemas cambiantes de precipitaciones, la subida de los niveles del mar y otros acontecimientos meteorológicos más extremos intensificarán los desafíos de inestabilidad, hambruna, pobreza y conflicto global”, vaticina el secretario de Defensa saliente, Chuck Hagel, en un informe publicado en octubre.
    Otros críticos de los argumentos de Pinker —y de otros apóstoles del optimismo, como el profesor Joshua Goldstein, autor de Winning the war on war (Ganar la guerra contra la guerra)— se centran en la interpretación de los datos. “Mi argumento es que las personas que sostienen que la guerra está en declive basan su argumento empírico en el declive de las muertes en guerra. El número de personas muertas en guerra se ha reducido. Con esto estoy de acuerdo”, dice Tanisha Fazal, politóloga en la Universidad de Notre-Dame (Indiana) y autora de un artículo académico que rebate a Pinker y Goldstein. “El problema es que durante exactamente el mismo periodo de tiempo —y tenemos los mejores datos sobre muertes en batalla a partir de 1946— vemos mejoras dramáticas en el cuidado médico en zonas de conflicto. Así que la guerra se ha vuelto menos fatal, pero esto no significa necesariamente que se haya vuelto menos frecuente. En otras palabras, hay un cambio: de las muertes pasamos a bajas no letales que no se cuentan en estas estimaciones de guerra y violencia”.

    La pobreza se ha reducido en las últimas tres décadas, pero las desigualdades crecen en los países desarrollados
    Fazal documenta que, históricamente, en las guerras había tres heridos por cada muerto en el campo de batalla. Ahora, para países como EE UU, son diez por cada fallecido, o más. A principios del siglo XIX, 22.000 soldados franceses murieron de fiebre amarilla en Haití. Unos 18.000 franceses e ingleses murieron de cólera en la Guerra de Crimea (1853-1856). “Por contraste”, añade Fazal en el citado artículo, “solo 29 soldados británicos fueron hospitalizados en Bagram (Afganistán) en 2002 porque habían contraído una enfermedad infecciosa y ninguno murió”. Fijarse solo en las muertes en guerra y no en los heridos entraña un riesgo: subestimar el coste humano, lo que facilita la decisión de los políticos de ir a la guerra. “Si las bajas se explican exclusivamente en términos de muertes, que es lo que la mayoría de estos estudios hacen, entonces nos quedamos sin entender una gran parte de la ecuación”, dice Fazal.
    Incluso optimistas como Goldstein ven señales preocupantes. Una es el aumento de las muertes en el campo de batalla debido a los conflictos en Siria e Irak. Durante la Guerra Fría eran unas 200.000 al año. En 2005 había bajado a 12.000. Ahora son unas 45.000. “También me preocupa la guerra en Ucrania, por dos motivos”, dice. Primero, que después de años sin conflictos armados entre Estados, un fenómeno que parecía cosa del pasado, en Ucrania se está librando algo parecido a una guerra de este tipo. Y segundo, el “encogimiento” de las regiones donde había guerras se está revirtiendo. Con Ucrania vuelven el conflicto a Europa, que parecía un continente pacificado.
    “Este cambio de dirección en los últimos años no es lo suficientemente grande como para cambiar la trayectoria general”, dice Goldstein. Porque la trayectoria, según Goldstein, refleja un declive de las guerras desde el final de la II Guerra Mundial. “Seguimos sin tener guerras interestatales a gran escala, como la de Irán contra Irak o Pakistán contra India, que fueron enfrentamientos muy destructivos. Y ciertamente ninguna como Vietnam y Corea, ni obviamente como las guerras mundiales. Pero hay algunas cosas por las que preocuparse. Y nunca he dicho que la tendencia vaya a continuar. Siempre me ha preocupado que pudiera haber una marcha atrás. Podríamos tener otra guerra mundial, podríamos tener una guerra nuclear. No existe un proceso mágico que nos lleve a la paz mundial”.