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lunes, 2 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "Vigencia y esplendor de Onetti"

   En "El País":

Vigencia y esplendor de Onetti

En el vigésimo aniversario de su muerte, el uruguayo es uno de los autores latinoamericanos más reivindicados

Su viuda traza un retrato del escritor


Juan Carlos Onetti, en su casa de Madrid en 1989.
“¿Quién se va a acordar de Onetti dentro de 20 o 30 años?”. Esa pregunta que se hacía el propio Juan Carlos Onetti llega ahora a su primer tiempo: hace 20 años, el 30 de mayo de 1994, murió en Madrid el escritor uruguayo. Una pregunta que ya antes de morir empezó a tener respuesta positiva y que ha aumentado en cascada en dos décadas. La penúltima respuesta llega en la voz de Dorothea Muhr, Dolly, la mujer con la que vivió desde los años cincuenta. Ella ha vuelto a Madrid estos días. Recuerda, no, evoca al escritor con ráfagas acerca de su vida, creando una especie de homenaje a uno de sus títulos más conocidos,Dejemos hablar al viento,añadiendo aquí, “sobre Onetti”.
“¿Quién se va a acordar de Onetti dentro de 20 o 30 años?”, cuenta Dolly que decía con frecuencia el autor de El pozo, El astillero, La vida breve o Juntacadáveres. Es la reflexión de esta mujer de 89 años, violinista, en el madrileño Centro de Arte Moderno, donde se han preparado varios homenajes. “Cómo no se van a acordar si era un adelantado a su tiempo. Y su tiempo es más este”.
Onetti frente al mundo pero alejado del ruido de la vida. El murmullo entrando por su ventana en Madrid, donde llegó exiliado de la dictadura de su país y tras haber estado preso. Sus lectores que no paran de crecer y los escritores que no cesan de reivindicarlo y convertirlo en uno de los autores latinoamericanos más admirados por ellos. Empezando por Mario Vargas Llosa. Era anterior al boom latinoamericano junto a Borges, Rulfo o Asturias, entró en él sin mucha alharaca, y siguió de largo. Jóvenes autores hablan de él. El Nobel surafricano J. M. Coetzee ha pedido novelas suyas, cuenta Dolly.
El escritor, nacido en 1909, se adelantó tanto que le quedó tiempo para estar en casa, en cama, con su whisky, con sus charlas. Existencialista, moderno, avanzado… Onetti no creía del todo lo que ocurría a su alrededor. “No porque no creyera que fuera bueno, sino porque no le interesaba ser una especie de servidor de la fama”.
Dejemos hablar a su mujer con su musicalidad argentina en estos recuerdos sueltos como el viento que va y viene...
“Él solo quería leer, quería escribir, quería estar en su hogar”.
“No eligió ser así, no pensó en ser así, un poco aislado y todo eso. Simplemente era así”.
“Tal vez lo único que le alteró fue cuando le concedieron el Cervantes en 1980. La noche anterior a recibirlo, del 22 al 23 de abril, ¡no durmió nada! Luego no asistió a la fiesta. Así es que me tocó ir a mí a poner la cara”.
“Una de nuestras pasiones era la novela negra. Nos intercambiábamos libros y teníamos nuestras propias claves”.
“Se habla mucho de los autores que le gustaban o lo habían influido como Faulkner o Joyce o Proust… ¿Conrad? Pocos hablan de Conrad y le apasionaba”.
“Periodista fue su primer trabajo. En una agencia de noticias. Le gustaba informar de la Segunda Guerra desde Buenos Aires porque era el primero que se enteraba de lo que sucedía. A veces hablaba de lo mucho que le había enseñado el periodismo: te enseña a contar a ir al grano, de lo que en verdad interesa a la gente”.
“Se ha hablado tanto de su existencialismo, su lado pesimista y esas cosas… La verdad es que le molestaba que se insistiera tanto en su parte de sombras. Creía, y yo también, que tenía un poco de todo. Encara la realidad”.
“Y tenía un gran humor sin que fuera muy bien entendido”.
“Se rebelaba contra la decadencia. Le dolía envejecer”.
“Tenía una gran capacidad para expresar y hacerle sentir al lector cosas que este aún no había vivido”.
“Y la música. Era fanático de Gardel. Le encantaba la música clásica… Bach… Beethoven… Shostakóvich… ¡Todo eso después de Gardel, claro!”.
“No releía sus obras. No leía críticas. Decía que, como el perro, no volvía sobre su vómito”.
“Cada vez que lo leo me enternezco. Y me río. Y comprendo”.
“Madrid, gracias a los amigos, fue el lugar para refugiarse de la dictadura uruguaya que lo amargó tanto. Su habitación aquí era un trozo de Uruguay”.
Y las ráfagas evocadoras de Dorothea Muhr siguen por Madrid. La violinista habla, y a su alrededor parece acudir un pasaje de Dejemos hablar al viento, escrita en Madrid y con la cual Onetti cerró el ciclo de Santa María, donde hay poco espacio para el amor, todos están abatidos por los sueños y las realidades; menos una pareja de ancianos que venden cuerdas para violín sin haberse dejado de querer “mediante la ironía, la burla y la ineludible ternura”.

PRENSA CULTURAL. Sobre Onetti. "¿Qué fue de la señora Síntesis?". Juan Cruz

Juan Carlos Onetti, en 1989

   En "El País":

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Recostado en la cama, Onetti se preguntaba el 6 de enero de 1993 (a punto de publicar Cuando ya no importe) qué demonios había pasado “con la Señora Síntesis”. En un artículo se había preguntado por qué los periódicos no tenían en su nómina “al señor Fuentes”, habida cuenta de lo que lo usábamos los periodistas, a los que él llamaba reporteros. “Fuentes, siempre están citado fuentes, y quién será el señor Fuentes?”.
“Los reporteros son tan tontos”, decía. “¿Y qué me vas a preguntar? Los reporteros siempre preguntan lo mismo: ¿para qué escribes, para quién escribes?”. Es evidente que usted se divierte escribiendo, al menos. “Ya. Se puede decir así. El placer de escribir es muy grande. Ahora escribo una cosa, recuerdos, inventos. Hago el descubrimiento del cadáver de la Señora Síntesis? ¿De qué murió Síntesis? Todos los periodistas, para no tragarse todo un discurso de un ministro, damos la apretada Síntesis. ¡La apretaron tanto que la pobre se murió! Hay cantares de ciego sobre la muerte de la Síntesis, ¡cosa grave!”.
Se tomaba a broma. A una chica que lo miraba le dijo: “¿Te fijas en que tengo un solo diente? Te advierto que tengo una dentadura perfecta, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa”.
Ahí recibía; delante estaba el jardín que le había hecho Dolly, una mujer inteligente y risueña, la paz de Onetti. Serio como Bogart, él hacía reír; se reía de sí mismo, primero, y luego se burlaba de los reporteros. “Son tan tontos”. ¿Y los escritores? “Hay una cosa que me molesta, y trato de tomar en broma: los lugares comunes. Hay cosas que me irritan, sobre todo en gente joven, el empleo de lugares comunes. Yo no sé…, por ejemplo, esto…, bueno, es un amigo mío, un colega, mejor no hablar… Leí un fragmento y está todo hecho con lugares comunes, con frases hechas. Si a mí se me ocurre una frase hecha, en ese momento siento como un golpe en la mano, en el cerebro, un rechazo, no puedo hacerlo”.
La literatura la mantenía “con interés, con cariño… He escrito tanto, tal vez demasiado, dirán algunos. No hay ningún personaje sobre el cual yo haya escrito al que yo no le tenga cariño, aunque sea un canalla, aunque sea un bandido. Si no lo tuviera, yo no podría escribir”.
A veces los personajes vienen “de tantos libros que leí”; se produce luego “una selección inconsciente tal vez…”. Hay palabras, decía, del castellano castizo, ese castellano de los peninsulares (excluía a gallegos y canarios) “que me matan, que no soporto”. Se reía de lo que decían sobre su cuerpo de escritor, “que para mí escribir era como hacer el amor… Bueno, no sé lo que sientes tú cuando haces el amor, te hablo de lo que siento yo, lo que sentía yo: una entrega total, fuera del mundo”. En momentos así surgen los personajes, “cuando dudo de mi estado mental; los quiero vivos a los personajes”. Los doblega, “somos muy amigos”.
Para todo tenía un sucedido. Jorge Amado, por ejemplo. El escritor brasileño le pidió prestado su apartamento de Montevideo; estaba el novelista exiliado, era 1941. Onetti le dejó las llaves al portero, y le advirtió: el señor Amado tiene una cita clandestina con el secretario general del Partido Comunista brasileño. Días después regresó a buscar la llave. ¿Y vino el señor Amado?, preguntó Onetti al conserje. “Sí, ¡y qué tetas tenía el secretario general del Partido Comunista brasileño!”. A Julio Cortázar no le perdonó que tratara mal al peruano José María Arguedas. A Cela no le perdonó que tratara mal a Antonio Muñoz Molina, de quien fue ferviente admirador. Y en esa conversación del 6 de enero de 1993 (en la que estaba la poeta y novelista Dulce Chacón; Dolly iba y venía, su presencia era la casa misma), este hombre memorioso y simpático, acaso el más simpático de los escritores que conoció este reportero, relató un encuentro que otros hicieron célebre por lo que le dijo a Mario Vargas Llosa, quien años después escribiría un libro extraordinario sobre la literatura de Onetti, El viaje a la ficción.
Contó Onetti: “Una vez nos encontramos con Mario y con Patricia, su esposa, en San Francisco. Terminaba el plazo de su habitación, y pasaron a la nuestra, yo estaba con [el escritor uruguayo Carlos] Martínez Moreno. Después ellos tomaban no sé si avión o tren para ir a Los Ángeles. Mario me contó que trabajaba en ese tiempo en la radio francesa, y empezaba a las diez de la noche, que luego volvía a casa y se ponía a trabajar de tal hora a tal hora, eso leí también que hacía García Márquez, que decía que tenía unos horarios fijos para escribir. Yo eso no lo concibo, me parece admirable tener eso. Entonces yo le dije a Mario: mira, lo que pasa es que tú tienes un amor conyugal con la literatura, tú estás obligado a cumplir con tu señora esposa y yo tengo un amor de pasión, absolutamente no conyugal, y entonces hago el amor porque me da la gana, cuando tengo ganas. De la misma manera escribo cuando me da la gana. Yo no podría escribir de tal hora a tal hora, yo escribo, yo qué sé, estoy leyendo un bodrio policial y de golpe me viene el ataque y agarro y escribo”.
Sobre agendas viejas escribía. Con ritmo musical, como si de su cerebro partiera la existencia de personajes que no conoció nunca, pero que vivían con él en aquella cama de hospital en la que pasó los últimos tiempos de su vida, hasta que murió en la ciudad que le dio exilio. El reportero (“Son tan tontos los reporteros”) le apuntó al final de aquella conversación que en su literatura no se nota el paso del tiempo. Él dijo, con la ironía de la que estaba lleno: “Bueno, me alegro. Que siga así”. Era, otra vez, su homenaje a la Señora Síntesis.

martes, 13 de noviembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Un recuerdo de Onetti". Antonio Muñoz Molina

Juan Carlos Onetti —en una imagen de 1989— pasó años metido en la cama en su domicilio de Madrid. / FOTO: FRANCISCO ONTAÑÓN ("el país")

   En "El País":

Un recuerdo de Onetti

En aquel anciano enfermo, anclado en su deterioro físico, había una lucidez intacta y algo que yo había encontrado siempre en su literatura: el desengaño de la vida y el amor por la vida, la propensión a una tristeza sin alivio y al mismo tiempo a una ternura pudorosa y sin límite

 3 NOV 2012

Cuando se ha vivido muchos años en la misma ciudad uno tiene a veces la sensación de cruzarse con una versión muy anterior de sí mismo, un fantasma al que le costaría trabajo reconocer si de verdad pudiera verlo. Yo paso con mucha frecuencia, en Madrid, por la acera de la avenida de América donde está el edificio en el que vivió hasta su muerte Juan Carlos Onetti, y siempre me acuerdo de la mañana de hace casi veintidós años justos en que vine a visitarlo. Junto a esa acera ancha delante del portal bajé de un taxi, llevando una bolsa de viaje, porque había pasado en Madrid poco más de un día y en apenas unas horas tenía que salir camino del aeropuerto. Sólo unos días antes había ido de Granada a Lisboa. Volvería a Granada esa misma tarde. Vivía entonces a rachas un aturdimiento de viajes y no sabía que me estaba aproximando a una frontera invisible del tiempo que iba a cambiar con igual fuerza mi vida y mi literatura. Aquella acera, el paisaje del tráfico hacia el aeropuerto, el mareo de la falta de sueño, los veo ahora en el recuerdo como indicios seguros de lo que ya había cambiado sin que yo lo supiera. Me detuve delante del portal con mi bolsa en la mano y comprobé de nuevo la dirección que llevaba apuntada. En unos minutos, después de un trayecto breve en ascensor, iba a encontrarme con Onetti.
La tarde anterior una señora muy amable, con ojos claros y acento porteño, se me había acercado al final de un acto literario. Me dijo que era Dolly Onetti. “A Juan le gustaría que vinieras a casa mañana”. Todo me sucedía al mismo tiempo, en un mareo de emociones simultáneas. El acto en el que yo había participado, junto a Enrique Vila-Matas y el poeta Juan Luis Panero, era un homenaje a Adolfo Bioy Casares. Acababa de conocer a Bioy y de experimentar por primera vez su generosa cortesía, y de golpe se me presentaba la oportunidad de encontrarme también con Onetti al cabo de unas pocas horas.
Los dos, cada uno a su manera, venían siendo, junto a Borges, mis maestros más queridos en la literatura en español: los que hacían resonar las cuerdas más hondas de mi imaginación literaria, los que modelaban mi manera de entender el oficio de escritor. En Bioy estaba la delicadeza irónica, en Onetti el desgarro, la pura poesía de contar lo que de tan doloroso o tan arrebatador casi no puede ser contado. De otros escritores de América Latina a los que admiraba por sus novelas me alejaban sus figuras públicas, demasiado oficiales, demasiado adictas a los protocolos. De Onetti y de Bioy me gustaba la intensa sensación de privacidad que desprendían. Para eludir las ocasiones de hablar en público Bioy decía: “Yo soy escritor por escrito”. En cuanto a Onetti, vivía retirado legendariamente en aquella casa en la que yo iba a visitarlo, como en un exilio en el interior de otro exilio, sin levantarse de la cama, fumando y sorbiendo whisky y leyendo novelas de misterio.
El corazón me latía muy fuerte cuando salí del ascensor en el último piso y llamé a la puerta. Me abrió Dolly, con su sonrisa grave de bienvenida. Las estanterías del pequeño comedor estaban llenas de libros, casi todos en ediciones de bolsillo muy usadas, muchos de ellos novelas policiales. El comedor lo recuerdo en penumbra. En la habitación donde estaba Onetti había una fuerte luz matinal. Una ventana con macetas daba a una terraza y a los tejados de Madrid. Onetti me recibió echado en la cama, en pijama, un pijama azul claro como de la Seguridad Social, en una postura forzada, de costado, apoyado en un codo. Tenía la piel pálida y enrojecida, y una barba escasa. Como no llevaba gafas resaltaban más sus grandes ojos saltones, esos ojos de pena o de tedio abismal que se le veían en las fotos.

Bebí whisky de malta con Onetti a las doce de la mañana, en ayunas, y el mareo inmediato acentuó la irrealidad de aquellas horas, el tiempo en suspenso de la conversación
Se apoyaba en un codo y en la otra mano tenía el cigarrillo. Era una mano de dedos muy largos, el índice y el corazón manchados de nicotina, una mano desganada que desde muchos años atrás no había hecho más esfuerzo que el necesario para sostener vasos y cigarrillos, una de esas manos que se doblan y caen como desfalleciendo desde la muñeca.
En la pared, detrás de la cabecera, había fotos y recortes, pegados con chinchetas o cinta adhesiva. En la mesa de noche cabía apenas un cenicero inseguro junto a una pila de novelas. Onetti estaba acatarrado y oía con dificultad. De vez en cuando, cuando no conseguía escuchar algo que yo le había dicho y se adelantaba un poco para oírme mejor, le cruzaba por la cara un gesto rápido de impaciencia, como de rencor contra la vejez. Hablamos sobre todo de Faulkner y de Nabokov. Le gustó que le contara que cuando yo era muy joven, en una época en la que costaba mucho encontrar libros suyos, había robado El Astillero en la casa de alguien. Cuando mencioné que la tarde anterior había estado con Bioy dijo, con un desdén rioplatense en el diminutivo: “Adolfito”. Onetti era muy radical políticamente, muy consciente de las diferencias de clase. Pero no le costó nada reconocer que Bioy había escrito al menos una obra maestra, de la que habló enseguida con entusiasmo, El sueño de los héroes.
Bebía de vez en cuando un sorbo de un whisky barato con agua. Bebía y fumaba. Yo llevaba en mi bolsa de viaje una botella de whisky de malta que había comprado en el duty free del aeropuerto de Lisboa. Le pedí permiso a Dolly para dejársela como regalo. Ella asintió, encogiéndose de hombros: “Así por lo menos beberá algo de buena calidad”.
De modo que bebí whisky de malta con Onetti a las doce de la mañana, en ayunas, y el mareo inmediato acentuó la irrealidad de aquellas horas, el tiempo en suspenso de la conversación, en la que se me insinuaba poco a poco la urgencia de marcharme para no perder mi avión a Granada. En aquel anciano enfermo, anclado en su deterioro físico, había una lucidez intacta y algo que yo había encontrado siempre en su literatura, y que había tenido desde muy joven sobre mí un efecto parecido al del whisky a media mañana y al fervor secreto que llevaba conmigo ese día de noviembre: el desengaño de la vida y el amor por la vida, la propensión a una tristeza sin alivio y al mismo tiempo a una ternura pudorosa y sin límite. La indignación lo reanimaba. Renegó de los obispos españoles y de su afición a invadir el derecho a la felicidad sexual de la gente. Le pidió a Dolly que me diera el primer volumen de la biografía de Faulkner de Joseph Blotner. “¿Y por qué no los dos?”, dijo Dolly. “Para que así tenga que volver”.
Pero ya se me acababa el tiempo, y él estaba cansado. Por timidez, por miedo a importunar a un hombre enfermo, ya no volví nunca. Lo que recuerdo exactamente, veintidós años después, es su mano débil apretando la mía en la despedida, y las palabras que me dijo: “Es lindo sentirse amigo”. 

viernes, 25 de junio de 2010

CUENTO. "El cerdito", de Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Juan Carlos Onetti
EL CERDITO
La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.
Aquella tarde, los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada; la anciana demoró en oírlos, pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía, pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
-Dale otro golpe. Por si las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.

martes, 25 de mayo de 2010

JUAN CARLOS ONETTI (1909-1994). Discurso de recepción del Premio Cervantes (1980)

Juan Carlos Onetti

Majestades, excelentísimos señores académicos, dignísimas autoridades, señoras y señores:
Yo nunca he sabido hablar ni bien ni regular. La elocuencia, atributo muy hispánico, me ha sido vedada. Hablo mal en privado, por eso hablo poco en las pequeñas reuniones de amigos, y hablo peor en público, por lo cual sería mejor para ustedes que no les dijera nada. Me resistí siempre a ofrecimientos, insistencias e incredulidades, sin saber que una fatalidad inexorable me obligaría a hablar públicamente, por primera vez, en España.Para desilusión de mis oyentes, muchos de ellos magistrales conversadores, mi torpeza oratoria se vio penosamente confirmada.
Hoy, sin embargo, me presento ante ustedes con temerosa alegría porque, por una única vez, estoy dispuesto a hablar, no sólo porque debo, sino porque quiero hacerlo. Porque quiero manifestar de viva voz -o con una voz más o menos viva- la profundidad de mi gratitud a España.
El viejo Heráclito el Oscuro dejó escritas estas sibilinas palabras: "Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado". He descubierto que, sin darme cuenta, hubo algo que esperé a lo largo de mi vida, y que, inesperadamente, me ha sobrevenido en España. No me refiero al Premio Cervantes en sí, ni a eso que llaman fama o gloria, sino a una forma de humanidad, de amistad, de cordialidad, de entendimiento que he encontrado aquí, y que dudo se prodigue en otra región de la tierra con tanta generosidad como en ésta. Digo estas palabras no sólo pensando en mí, sino en miles de hijos de América que han hallado su nueva patria en la patria de Cervantes.
Que un hombre, a mi edad, se vea rodeado de pronto, sin merecerlas, por tantas formas de amor y de la comprensión, ya es, en sí mismo, uno de los mejores dones que el destino puede depararle, un regalo de los dioses, algo que, por desgracia, sucede muy pocas veces. En mi caso particular tengo más motivos que la mayoría por estar agradecido: llegué a España con la convicción de que lo había perdido todo, de que sólo había cosas que dejaba atrás y nada que me pudiera aguardar en el futuro. De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor. Sin embargo, aquí estoy, unos cuantos años después, sobrevivido. Esta sobrevida es lo primero que debo a los españoles. Estos años de regalo, en los cuales he vuelto a escribir con ganas, después de mucho tiempo de no hacerlo. He creído, gracias a esta tierra generosa, que todavía tenía algo que decir, un penúltimo grano de arena.
Ya que hablamos de primicias españolas, con relación siempre a mi persona, es conveniente que se sepa que el jurado del Premio Cervantes ha tenido en esta ocasión la quijotesca ocurrencia de otorgar esa gran distinción a alguien que desde su juventud estaba acostumbrado a ser un perdedor sistemático, a un permanente segundón que hasta entonces sólo había pagado a "placé" -o a colocado, como se dice en España- y que no tenía ninguna victoria en su palmarés. No dejo de pensar, a veces, en la irónica y compasiva justicia -o injusticia- de este, para mí, sorprendente fallo con que me han beneficiado. Cervantinos siempre, quijotescos, los miembros del jurado transformaron el pasado molino de viento de mis novelas en un soberbio gigante Briareo de cien brazos.
He leído a Cervantes, y en particular al Quijote, incontables veces. Era un niño cuando lo descubrí, y espero volver a leerlo una vez más, por lo menos, antes de morirme. Lo que nunca pude imaginar, ni siquiera en los momentos más delirantes de mi existencia, es que mi nombre llegara a estar unido al suyo. Hoy, por méritos que otros me han exagerado, lo está. Les agradezco su delirio, superior al mío. Para mí, de todos modos, no puede haber mayor motivo de emoción y de orgullo. Para mí y para todo novelista auténtico.
He dicho que soy desde la infancia un inveterado y ferviente lector de Cervantes. Todos los novelistas, sea cual sea el idioma en que escribamos, somos deudores de aquel hombre desdichado y de su mejor novela, que es la primera y también la mejor novela que se ha escrito. Una novela en la que todos hemos entrado a saco, durante siglos, y que, a pesar de nosotros y de tan repetida depredación, se mantiene, como el primer día, intocada, misteriosa, transparente y pura.
A pesar de que hay en este recinto muchas personas más cultas y talentosas que yo, y a pesar de provenir, como provengo, de un lejano suburbio de la lengua española, me atreveré a dar una tímida opinión personal sobre uno de los incontables valores de la obra de Cervantes y, en especial, del Quijote.
El planteamiento del libro, su esencial libertad creativa e imaginativa marcan la pauta, conquistan el terreno sin límites en el que germinará y se desarrollará toda la novelística posterior. El maravilloso entramado de la más cruda realidad y la fantasía más exaltada, la magia prodigiosa de dar vida permanente a todo lo que su mano, como al descuido, va tocando, son virtudes que ya han sido, y siempre serán, alabadas, aplaudidas y comentadas.
Yo no voy a referirme en este caso a la estética, a la técnica narrativa ni a la creación novelística de Cervantes, sino a otro sustantivo, tan inmediato siempre a la verdadera poesía y que yo he mencionado al pasar: la libertad. Porque el Quijote es, entre otras cosas, un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad.
Mi entrañable amigo, el gran poeta Luis Rosales, tuvo el acierto de titular a uno de sus libros exactamente así: Cervantes y la libertad. Un enorme acierto, una enorme verdad. Porque la libertad ha sido siempre una principal preocupación, y también una causa principal, para todos los hombres sensibles e inteligentes.
Esta libertad que hoy respiramos, sencillamente, sin esfuerzo, como sin darnos cuenta.Esta libertad que a muchos parece trivial, aburrida, insignificante. Yo, que he conocido la libertad, y también su escasez y su ausencia, puedo pedir que siga siendo siempre así. Un aire habitual, sin perfumes exóticos, que se respira junto con el oxígeno, sin pensarlo, pero conscientes de que existe.
Amparándome en esta comprensión, en este sentido del humor (que no es un invento exclusivamente británico, sino también y principalmente español), protegido de esta forma, me permito declarar que yo, si tuviera el poder suficiente, que nunca tendré, hacia un solo cercenamiento a la libertad individual: decretaría, universalmente, la lectura obligatoria del Quijote.
Dijo Flaubert, quizá con excesiva ingenuidad, que si los gobernantes de su tiempo hubieran leído La educación sentimental, la guerra franco-prusiana jamás se habría producido. Por mi parte les pediría que leyeran a Cervantes, al Quijote. Confío en que si lo hicieran, nuestro mundo sería un poco mejor, menos ciego y menos egoísta.
Esta Libertad que yo le debo a España se la debo también, como todos los españoles y no españoles que vivimos sobre este suelo, principalmente a su Rey. Yo, que sufrí amargamente años atrás la derrota de un gobierno legítimo español, y que he sido toda la vida un demócrata convencido, nunca imaginé que me llegaría el día de hacer un elogio público y sincero a un Rey, a un monarca en cuanto tal, es decir: por el hecho mismo de ejercer la jefatura del Estado. Hoy lo hago fervorosamente, y querría que todas las repúblicas de América se enteraran de ello.
El fantasma de aquel manco desvalido, preso por deudas, vigila y sabe que no miento, que he dicho la verdad, honestamente.
Pido permiso a los señores académicos para citar una vieja frase latina: "Ubi Libertas ubi Patria".
Gracias, Majestad; gracias, España.

(Fuente: Ministerio de Cultura)

lunes, 3 de mayo de 2010

LECTURA. NOVELA HISPANOAMERICANA. "Juntacadáveres", de Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Juan Carlos Onetti
Juntacadáveres
Resoplando y lustroso, perniabierto sobre los saltos del vagón en el ramal de Enduro, Junta caminó por el pasillo para agregarse al grupo de tres mujeres algunos kilómetros antes de que el tren llegara a Santa María. Sonrió, animoso, a las caras infladas por el aburrimiento, encendidas de calor, de bostezos y comentarios. El verde de los campos próximos al río apoyaba una débil frescura contra las ventanillas polvorientas.
"En cuanto les diga que estamos llegando empiezan a charlar, a pintarse, recuerdan su oficio, se hacen más feas y viejas, ponen caras de señoritas, bajan los ojos para examinarse las manos. Son tres y no demoré quince días. Barthé tiene más de lo que merece, él y todo el pueblo, aunque puede ser que se rían al verlas y continúen riéndose durante días o semanas. Ya no tienen quince años y están vestidas como para enfriar a un chivo. Pero son gente, son buenas, son alegres y saben trabajar".
—Ya falta poco —se resignó a decir con entusiasmo; golpeó la rodilla de María Bonita y sonrió a las otras dos, a la cara infantil, redonda, de Irene y a las cejas amarillas de Nelly, muy altas, rectas, dibujadas cada mañana para coincidir con el desinterés, la imbecilidad, la nada que podían dar sus ojos.
—Me imagino, era hora —contestó María Bonita. Frunció la boca hacia la ventanilla e inició la apertura de carteras, el baile de espejos, polveras, lápices de labios—. Tenía razón, después de todo. La tal Santa María debe ser un agujero.
—Es cierto que vos dijiste —asintió Nelly; usaba una uña para emparejarse la pintura en la boca.
Irene se golpeaba los costados de la nariz con la borla de los polvos, lánguida, sin fe; tenía las gruesas rodillas muy separadas y el sombrero de paja, cargado de adornos, aludo, se retorcía, aplastado contra el respaldo. Hizo un semicírculo con el dorso de la mano en el cristal de la ventanilla; vio un arco iris de pasto reseco, de plantíos, de distancia gris, verde y ocre caldeada por la tarde de cielo cubierto.
—A mí no me importa mucho. Claro que no es la capital; pero me gusta el campo.
—Tenelo por seguro —dijo María Bonita, burlona, irritada. Había
terminado de arreglarse y fumaba rápidamente, erguida y tranquila, segura de su oculta capacidad de dominio.
"Una mujer", dictaminó Junta con severidad y orgullo.
—No piensen en andar de compras ni en fiestitas. Quedarse en casa, trabajar y saber guardar el dinero.
—Para eso vinimos —confirmó Nelly—. La ciudad es muy linda, pero aquí estamos a lo positivo.
—Otra vez te está mirando la boca, gorda —advirtió María Bonita.
Irene encogió los hombros y continuó haciendo cruces con la punta de un dedo en el vidrio de la ventanilla.
—No miraba, juro —protestó Junta.
Se rió un poco con ellas, para acompañarlas, y espió a los demás pasajeros del vagón. No había ninguna cara conocida. "En el andén será la cosa". Descubrió el edificio de la Escuela Experimental, oscuro y aislado en un campo liso, en un aire inmóvil; una bandera colgaba lacia, un camión cargado se inclinaba remontando la cuesta, hacia la Colonia. Proyectó mentirles acerca de plantaciones y cosechas, citar cifras y nombres de tipos de trigo. Y aunque no dijo nada, aunque las cosas penadas sólo se mostraron en la línea blancuzca de saliva que se le formó en la sonrisa, mientras se ponía de pie y ayudaba a las mujeres a mover las valijas, sospechó que la tentación de decir absurdos procedía de aquella amenaza de cansancio, de aquel miedo al acabamiento que lo había cercado en los últimos meses, desde el día en que creyó que había llegado por fin la hora del desquite, la hora de palpar los hermosos sueños y en que aceptó la duda de que tal vez hubiera llegado demasiado tarde.
El andén estaría lleno, un grupo de hombres miraría desde la puerta del Club, otro acomodaría las espaldas contra la esquina del hotel Plaza para ver el auto llevando a las tres mujeres hacia la casita de la costa; estas tres mujeres desanimadas, feas y envejecidas por el viaje, vestidas con las grotescas cosas que habían comprado ávidas con el dinero del adelanto.

sábado, 26 de diciembre de 2009

PRENSA CULTURAL. "Babelia", 26 diciembre 2009


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

1. Simone de Beauvoir en la era de los 'tsunamis". Artículo de Celia Amorós (Valencia, 1944), autora de Vetas sobre ilustración: Reflexiones sobre feminismo e islam (Cátedra. Madrid, 2009. 312 páginas. 17 euros).

2. LIBROS 2009: Heroicidad y resistencia, por Alberto Manguel. Anatomía de un instante, donde Javier Cercas se aproxima a un hecho decisivo en la historia de España (el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981), ha sido elegido el libro de 2009 por los críticos de Babelia. La encuesta revela que el ensayo ha desplazado a la novela y que las editoriales pequeñas se consolidan como alternativa de calidad y variedad. Destellos que aclaran el pasado, por JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON - JOSÉ MARÍA GUELBENZU - BENJAMÍN PRADO - FRANCISCO SOLANO RODRÍGUEZ - ANA RODRÍGUEZ FISCHER - J. ERNESTO AYALA-DIP - MARCOS GIRALT TORRENTE - JUAN GABRIEL VÁSQUEZ - MARÍA JOSÉ OBIOL. Las vísperas de la Guerra Civil española y la mirada atrás de varios escritores sobre sus vidas o su entorno más cotidiano son los temas predominantes entre los diez libros más destacados de 2009. La lista muestra variedad de géneros y a escritores que oscilan entre conocidos y de culto. El ensayo destrona a la novela, por Winston Manrique Sabogal.

3. "Entiendo el ansia de los fans. Yo era así". Entrevista a Patrick Rothfuss. Con El nombre del viento, el estadounidense ha realizado uno de los debuts literarios más exitosos de los últimos años. Es el comienzo de una trilogía fantástica que tardó siete años en escribir y siete en publicar. Desde su refugio en Wisconsin desanda su travesía. Por Elisa Silió. Traducción de Gemma Rovira.

4. El universo en un grano de arena. Por Rosa Montero. El Museo de la Inocencia, de Orhan Pamuk, es un texto de una belleza profunda que logra rozar el secreto esencial.


5. El último mohicano. Por Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), que ha publicado recientemente la novela Memorias de una dama (Alfaguara, 2009. 336 páginas. 19,50 euros). Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 - Madrid, 1994) vivía en la cama y desdeñaba la política, el éxito, todo lo que apestase a figuración pública. Fue el escritor menos conocido del boom latinoamericano. Pero, de manera involuntaria, se ha convertido en el autor más actual de aquellos narradores.


6. Todas las lágrimas de Dora Maar. Por Manuel Vicent. Pintora, fotógrafa, poeta, la amante de Picasso prestó sus ojos a su cuadro más famoso, el Guernica.

sábado, 5 de diciembre de 2009

PRENSA. 5 diciembre 2009


En "El País"

1. "Ver una palabra mal escrita me causa impresión".  Entrevista a Pablo Giomi, finalista de la fase española del Concurso Hispanoamericano de Ortografía. Por J.A. Aunión.

2. Nadie. Columna de Manuel Rivas sobre la activista saharui Aminetu Haidar.

3. Un bisturí en la controversia 'web'. Reportaje. Representantes del mundo de la creación cultural, Internet, la abogacía y el Gobierno discuten en la sede de EL PAÍS la polémica 'ley antidescargas'.

4. Una relación adúltera con la literatura. Reportaje de Pablo Ordaz desde la Feria del Libro de Guadalajara (México). El escritor Mario Vargas Llosa relata en la Feria del Libro de Guadalajara su relación con Juan Carlos Onetti.

5. La dieta de los 100 años. Reportaje de Javier Sampedro. Comer un 30% menos de lo normal sin descuidar los nutrientes esenciales alarga la vida. Pero ¿cómo lograrlo sin pasar hambre? Los científicos ensayan el ajuste de los aminoácidos.

6. Largo adió al negacionismo. Reportaje de Daid Alandete. EE UU ya siente en su territorio los efectos del aumento de la temperatura. Obama quiere crear empleo impulsando las energías renovables.  

7. El camelo de la intimidad. Columna de Vicente Verdú. El secreto del cuerpo ha perdido prácticamente todo su valor.

8. El inacabable debate sobre la nación. Artículo del historiador José Álvarez Junco.

9. Recuperación global. Artículo de Samí Naïr. Traducción de M. Sampons.

domingo, 29 de noviembre de 2009

PRENSA. Juan Carlos Onetti: "El pozo"



En "El Día de Córdoba":

El fondo negro de Onetti


Se cumplen 70 años de la publicación de 'El pozo', novela fundacional del escritor uruguayo · El aniversario se suma al centenario del nacimiento del autor.

J. A. Sanz (Efe)

Uruguay conmemorará en diciembre el septuagésimo aniversario de la publicación de El pozo, una obra fundacional para la literatura latinoamericana que marca ya la ruta del laberinto imaginario de Juan Carlos Onetti. Tras muchos avatares, Onetti (1909-1994) publicó en 1939 esta novela corta de apenas 100 páginas, que se aparta de lo que por aquel entonces se escribía en el ámbito rioplatense y que comparte mucho, sin haberla leído, con la literatura existencial que se forjaba en Francia. El homenaje que el mundo cultural hará a El pozo cerrará el Año Onetti, que en 2009 ha celebrado el centenario del nacimiento, el 1 de julio, del autor uruguayo que, junto al poeta Mario Benedetti, más ha influido en la literatura en castellano del siglo XX.
"El pozo es crucial para entender la obra de Onetti", pues "la mayor parte de los temas importantes para este escritor están ya en esta novela", explica Hortensia Campanella, editora de las obras completas del escritor y directora del Centro Cultural de España en Montevideo, una de las instituciones que han participado en el centenario.
El protagonista de El pozo, Eladio Linacero, evade la soledad y el fracaso que definen su vida con la ensoñación y la búsqueda de otra dimensión que, en definitiva, encienda una luz en la oscuridad que lo rodea. "Me hubiera gustado clavar la noche en el papel, como a una gran mariposa nocturna. Pero en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo", culmina Linacero en su intento de escribir unas memorias. Ahí está "la insatisfacción del ser humano con su propia vida, la conciencia de que la muerte es una condena que marca al hombre desde su nacimiento, con el tema del soñador, al intentar superar estos problemas a través del sueño, de la creación", subraya Campanella. El otro gran tema, precisa, "es el fracaso de todos esos intentos".
El pozo fue "un texto avanzadísimo para su tiempo. Mucha gente lo compara con La náusea de Sartre. En todo caso es una atmósfera común, puesto que Onetti no conocía La náusea. Y, si es cierto que lo había escrito siete años antes, entonces fue anterior a Sartre", explica la editora y crítica. La autora, también biógrafa de Mario Benedetti, relata el proceso que Onetti se atribuyó a la hora de escribir por primera vez El pozo, en realidad a principios de los años 30. Vivía por entonces Onetti en Argentina, donde imperaba el férreo mandato de José Félix Uriburu; impedido de poder comprar cigarrillos un fin de semana, el incipiente literato uruguayo y ya fumador empedernido "en la desesperación escribió El pozo", aunque esta primera versión se perdió después", cuenta Campanella.
"En 1939, sus amigos Juan Cuña y Castel, que tenían una pequeña editorial que estaba sacando libros de poesía, le pidieron un texto breve y él rehizo El pozo", agrega. "Lo imprimen de forma muy modesta, en papel de estraza, y colocan en la tapa un dibujo que había realizado la entonces esposa y prima hermana de Onetti (María Julia), y al que se le agregó la firma falsa de Picasso, un ingrediente más que se suma a la leyenda y la aureola que rodean a este libro y a Onetti", indica por su parte el escritor Wilfredo Penco. El pozo es "una obra fundacional" y "una apuesta por la escritura", sin atarse "a ciertas formas tradicionales que hasta entonces imperaban en la literatura uruguaya y también hispanoamericana", destaca Penco, también director de la Academia Nacional de Letras de Uruguay. Penco subraya que Onetti "nunca fue un escritor de multitudes" y tampoco lo será en el futuro, "por más que se promueva su obra". En cambio, en opinión de Campanella, ahora "se le está leyendo más, distintas generaciones se incorporan a su lectura" y El pozo es "una excelente puerta de ingreso" a su obra.
Onetti murió en Madrid el 30 de mayo de 1994, después de haberse negado durante las últimas dos décadas de su vida a levantarse de la cama, donde recibía a amigos, periodistas y escritores. Con todos sus fantasmas intactos.

A continuación, las primeras páginas de El pozo:

           Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
           Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativa­mente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentía, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.
          Recuerdo que, antes que nada, evoqué una cosa sencilla. Una prostituta me mostraba el hombro izquierdo, enrojecido, con la piel a punto de rajarse, diciendo:
           —“Date cuenta, serán hijos de perra. Vienen veinte por día y ninguno se afeita”.
          Era una mujer chica, con unos dedos alargados en las puntas, y lo decía sin indignarse, sin levantar la voz, en el mismo tono mimoso con que salu­daba al abrir la puerta. No puedo acordarme de la cara; veo nada más que el hombro irritado por las barbas que se le habían estado frotando, siempre en ese hombro, nunca en el derecho, la piel colorada y la mano de dedos finos señálandola.
          Después me puse a mirar por la ventana, distraído, buscando descubrir cómo era la cara de la prostituta. Las gentes del patio me resultaron más repugnantes que nunca. Estaban, como siempre, la mujer gorda lavando en la pileta, rezongando sobre la vida y el almacenero, mientras el hombre tomaba mate agachado, con el pañuelo blanco y amarillo colgándole frente al pecho. El chico an­daba en cuatro patas, con las manos y el hocico embarrados. No tenía más que una camisa remangada y, mirándole el trasero, me dio por pensar en cómo había gente, toda en realidad, capaz de sentir ternura por eso.
          Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.
          No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cua­renta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.
          Encontré un lápiz y un montón de proclamas aba­jo de la cama de Lázaro, y ahora se me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio. Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo.
          Ahora se siente menos calor y puede ser que de noche refresque. Lo difícil es encontrar el punto de partida. Estoy resuelto a no poner nada de la Infancia. Como niño era un imbécil: sólo me acuerdo de mí años después, en la estancia o en el tiempo de la Universidad. Podría hablar de Gregorio, el ruso que apareció muerto en el arroyo, de María Rita y el verano en Colonia. Hay miles de cosas y podría llenar libros.
          Dejé de escribir para encender la luz y refrescarme los ojos que me ardían. Debe ser el calor. Pero ahora quiero algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron. Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños. Desde alguna pesadilla, la más lejana que recuerde, hasta las aventuras en la cabaña de troncos. Cuando estaba en la estancia, soñaba muchas noches que un caballo blanco saltaba encima de la cama. Recuerdo que me decían que la culpa la tenía José Pedro porque me hacía reír antes de acostarme, soplando la lámpara eléctrica para apagarla.
          Lo curioso es que, si alguien dijera de mi que soy “un soñador”, me daría fastidio. Es absurdo. He vivido como cualquiera o más. Si hoy quiero hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque se me da la gana, sim­plemente. Y si elijo el sueño de la cabaña de troncos, no es porque tenga alguna razón especial. Hay otras aventuras más completas, más interesantes, mejor ordenadas. Pero me quedo con la de la cabaña porque me obligará a contar un prólogo, algo que me sucedió en el mundo de los hechos reales hace unos cuarenta años. También podría ser un plan el ir contando un “suceso” y un sueño. Todos quedaríamos contentos.
          Aquello pasó un 31 de diciembre, cuando vivía en Capurro. No sé si tenía 15 o 16 años; sería fácil determinarlo pensando un poco, pero no vale la pena. La edad de Ana María la sé sin vacila­ciones: 18 años. 18 años, porque murió unos meses después y sigue teniendo esa edad cuando abre por la noche la puerta de la cabaña y corre sin hacer ruido, a tirarse en la cama de hojas.

sábado, 4 de julio de 2009

PRENSA CULTURAL. "Babelia", 4 julio 2009

1. Piedad a fuego lento. Félix Grande escribe sobre Onetti.

2. La baronesa del suspense. Entrevista. Tramas complejas y un estilo detallista y sutil. A punto de cumplir los 89 años, P. D. James se confirma como una escritora más allá del género policiaco al indagar en la condición humana. La novelista dice que con Muerte en la clínica privada se despide de la escritura.

3. Locura de novela negra. Reportaje. Docenas de libros policíacos llegan cada mes a las librerías, con autores de todo el mundo que, además de intrigas, retratan su tiempo.

4. Libertad de la novela. Muñoz Molina escribe sobre la novela y la escritora Anne Michaels.

5. Maupassant, un verdadero romano. Artículo de Enrique Vila-Matas. El texto del Alberto Savinio sobre el conteur francés por excelencia, puntuado por 101 aleatorias y geniales notas que van completando el atípico dibujo de su vida y obra, es un ensayo-divagación abierto a todos los vientos de la inteligencia.

6. Qué leen los grandes escritores. Los autores y las lecturas que cautivaron a Huxley, Coetzee, Bloom y Ginzburg, y cómo lo plasmaron en otros libros. Por Alberto Manguel.

7. Perturbadora y adictiva Highsmith. Artículo de Carlos Boyero sobre la escritura suiza. La autora de las novelas del amoral y seductor Tom Ripley fue una de esas personas que nunca se puso de acuerdo con la vida.

8. Una Argentina soviética. Crítica de Un guión para Artkino, novela del escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill. Además, podemos leer sus primeras páginas.

domingo, 28 de junio de 2009

ONETTI. "Huellas de Faulkner y Borges en Juan Carlos Onetti", por Mario Vargas LLosa

"Huellas de Faulkner y Borges en Juan Carlos Onetti": así tituló Mario Vargas Llosa, el 26 de septiembre de 2008, su Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, nombramiento con el que esta entidad educativa mostraba su consideración a la importante labor que el escritor hispano-peruano desarrolla como presidente del Patronato y del Consejo Científico de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Vargas Llosa ha mostrado siempre su especial aprecio por la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti, de quien se cumple su centenario el próximo 1 de julio. En el trabajo que les sugerimos, el Presidente de nuestra Fundación examina la obra del autor de El pozo desde la perspectiva de su deuda con dos de los grandes narradores del siglo XX, rindiendo de esa forma tributo a tres de los maestros del propio creador de La casa verde.

Los enlaces proceden de la Biblioteca Virtual Cervantes.

domingo, 21 de junio de 2009

PRENSA. 21 junio 2009

En "El País":

1. Sorolla. Columna de Manuel Vicent.

2. Cien años de un genio perezoso. Reportaje. Libros y homenajes recuerdan al escritor Juan Carlos Onetti en su centenario.

3. Un consejo: tenga una vida más sosa. Reportaje. Las autoridades sanitarias europeas se han propuesto fulminar el exceso de sodio en la dieta. Otro nutriente clave para el sabor, el azúcar, también está en el punto de mira.

4. "Es nuestro, queremos verle". Decenas de miles de indios se acercan a despedir a Vicente Ferrer. "Hizo un mundo mejor", dice la viuda, que tuvo que consolar a la gente.

5. El mensaje de Netanyahu es que no habrá paz. Artículo de David Grossman, escritor israelí.

martes, 16 de junio de 2009

LITERATURA. Juan Carlos Onetti

El 1 de julio de 2009 se cumple el centenario del nacimiento de uno de los grandes escritores de la literatura en lengua española: el uruguayo Juan Carlos Onetti. En los siguientes vídeos, una entrevista realizada por TVE, en el programa "A fondo":








miércoles, 29 de abril de 2009

JUAN CARLOS ONETTI y la Feria del Libro de Buenos Aires

(En la fotografía, del archivo de Juan Cruz, aparecen, de izquierda a derecha, Mario Vargas LLosa; su mujer, Patricia; Carlos Fuentes; Juan Carlos Onetti; Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda. 1966).

En "elpais.com" aparece el siguiente artículo de JUAN CRUZ, dedicado a la figura de Juan Carlos Onetti, del que pronto se va a celebrar el primer centenario de su nacimiento, en la Feria del Libro de Buenos Aires:

"Un sonámbulo en la noche insomne"
Los cien años de Onetti descubren el humor del autor de 'Juntacadáveres'
JUAN CRUZ - Buenos Aires - 28/04/2009

Le dijo a Eligio, el hermano de Gabriel García Márquez, una calurosa tarde de 1979, cuando acababa de cumplir 70 años: "Yo nunca he intentado ser clandestino. Sé que se dice que soy difícil, huraño. No, no es cierto. Soy como todas las personas. Cuando un tipo no te es simpático, no lo puedes aguantar. No puedo. Pero cuando estoy con alguien que me cae bien, bueno, tú lo has visto, no soy huraño, no soy irascible, no soy orgulloso".
Ahora el centenario de Onetti, que nació el 1 de julio de hace un siglo en Montevideo, Uruguay, da la oportunidad de que se conozca de veras el humor (el buen humor, pero también la rabia, y la melancolía) del escritor de Juntacadáveres. Es difícil creerlo, porque estuvo una década en cama, alejado del mundo, y porque parecía eso, un misántropo huraño que se escabullía del mundo y de sus ruidos. Pero era verdad: era un tipo divertido, le gustaba jugar con los niños y con los perros, se retrataba disparando revólveres de juguetes, se reía de los otros pero ante todo de sí mismo, y hacía chistes y bromas siempre que le daba la gana.
Si uno escucha a Dolly, su viuda, o a sus amigos más cercanos, que fueron niños cuando Onetti era ya una celebridad, tiene la oportunidad de romper aquellos tópicos que enfurecían al escritor. Era melancólico, sí, no quería ver a nadie, también, y escribió algunos de los libros más tristes (e íntimos) de la literatura mundial, cercano a Céline y a Kafka, y a César Vallejo, uno de sus grandes patrones. Pero era un humorista, y no sólo en la vida cotidiana, también en sus libros. Su volumen de artículos Confesiones de un lector (donde se recogen los artículos alimenticios que escribió para Efe) es un mandoble constante de sátira contra los solemnes que esconden su estupidez en la suficiencia, y contra los periodistas a los que una mano tendría que azotar siempre que dicen un tópico...
Dolly le conoció (y le quiso) como nadie, y lo contó en la Feria del Libro de Buenos Aires, en cuya edición de este año, la 35ª, Onetti y Julio Cortázar (por su libro inédito, Papeles inesperados) son dos grandes protagonistas. Dolly contó sueños, ocurrencias de Onetti, sarcasmos; escribía de noche, febrilmente, y a la mañana le acercaba resmas de papel, que ella tenía que pasar a máquina, y si ella bostezaba en algún instante, le gritaba sardónica: "¡O sea que te aburre Onetti!". Soñaba en voz alta, y al día siguiente le preguntaba por el contenido de su sueño. "No lo recuerdo", decía Dolly, demasiado dormida para anotar, y Onetti reía a carcajadas: "O sea que te has perdido uno de mis mejores cuentos. ¡Era un cuento completísimo!". Luis Harss, el autor de Los nuestros, acaso el libro más importante de la cultura literaria del boom, dijo de Onetti, y lo citó Dolly: "Lleva su cruz inclinando los hombros, como si purgara una culpa innominada e imperdonable". Es verdad, la llevaba. Pero era capaz de hacerle a su nieto Carlos la broma de obligarle a sacarle sangre a un amigo con una supuesta jeringa: el chico era muy avispado, y supo seguir la broma como si escenificara uno de los sueños narrativos de Onetti.
En este acto, que inaugura una serie de celebraciones de la obra de Onetti, hablaron algunos expertos en su obra; Antonio Fafoni dijo que Onetti no era un existencialista, sino "un nihilista activo". Por eso se recluyó, por eso dijo adiós a todo esto y se refugió en los fantasmas de Santa María, huyendo acaso del infierno tan temido. Dolly dijo en algún momento de su intervención una frase que subraya la capacidad de abstracción de Onetti: era "un sonámbulo en la noche insomne". Probablemente está en algunos de sus libros, pero es que en muchos de sus libros quien está es Onetti, reinando desde una sombra que ahora la gente va a ver, de nuevo, bajo la luz enorme de su literatura. María Lacaste, actriz, que estaba en el acto, y que era niña en la plenitud de Onetti, amigo de sus padres, dijo de él algo que Dolly atrajo y que le define, por encima de la malandanza del tópico sobre su tristeza: "Para mi inventó el juego y la historia de la bailarina y el alhajero. Yo era la bailarina y él, el alhajero".
"Juan tenía esa mirada soñadora. 'Estás noveleando', yo le decía", contó Dolly. Era un gran bromista. "Y como todos los escritores apasionados, Juan vivía soñando despierto".
Ese sueño está en sus libros, y estaba, en efecto, en esa mirada soñadora.
En la Feria de Buenos Aires está ahora por todas partes, mirando o apuntando con una pistola de juguete. En uno de esos recovecos con quienes fueron sus vecinos, en Madrid: Fernando Savater y Juan José Millás, españoles en este certamen. Savater ha protagonizado varios actos, e incluso una broma: le dijo al alcalde, Macri, preocupado por las manifestaciones, que hiciera un manifestódromo. Y como aquí se toman muy en serio a los filósofos, estuvieron a punto de poner en marcha la idea, hasta que Savater dijo que era una broma suya. Y Millás: su asunto, en una conferencia, después de haber presentado Los objetos nos llaman, su nueva novela, publicada por Seix Barral, fueron las palabras. En un estilo que Onetti hubiera abrazado, el escritor de La soledad era esto contó la vida de las palabras, y terminó con un diálogo que el autor de Cuando ya no importe hubiera celebrado con un vaso de vino: "Estoy llena de palabras y no sé qué hacer con ellas" "Démelas -le dije-, escribiré con ellas un cuento de misterio" "Pero no me las dio. Moraleja: sí sabía qué hacer. Todo el mundo sabe qué hacer con ellas, pero no tenemos ni idea de lo que ellas hacen con nosotros".
De eso va la feria. De la literatura.