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miércoles, 16 de marzo de 2016

PRENSA. "El reto de limpiar India"

   En "El País":

El reto de limpiar India

La mitad de la población india defeca al aire libre. El Gobierno tiene en marcha un enorme plan de más de 26.000 millones de euros para instalar inodoros y reducir la suciedad


Unos niños beben agua de un pozo en Madhubani, en la región india de Bihar. / DHIRAJ SINGH (UNICEF)

En la actual India del progreso tecnológico y de las grandes compañías de telecomunicaciones, 600 millones de personas defecan entre matojos, en las vías del tren o a campo abierto, informa la Organización Mundial de la Salud (OMS). La segunda gran potencia asiática consigue hitos astronómicos como la primera misión de bajo coste a Marte, mientras genera 55 millones de toneladas de desechos sólidos urbanos al año según datos del Instituto de Energía y Recursos de Nueva Delhi.
La falta de higiene es un problema que el país del elefante arrastra desde hace décadas. Gandhi ya sostenía que hacer de India una nación limpia era tan fundamental como la propia independencia. Por eso el presente gobierno de Modi ha prometido cumplir el reto para el 2019; coincidiendo con el aniversario del nacimiento del icónico líder hindú.
La misión Swachh Bharat —Limpiar India en hindi—, pretende construir alrededor de 120 millones de inodoros, según datos confirmados a EL PAÍS por Shri Sujoy Mojumdar, director de saneamiento del Ministerio de Higiene y Aguas Potables. Actualmente se construyen alrededor de 14.000 retretes al día, con lo que este programa espera triplicar el número.
Para conseguir esta gigantesca misión, el gobierno desembolsará cerca de dos billones de rupias —25.600 millones de euros— con los que instalar inodoros y reducir la cantidad de basura. El plan está en su primera fase y se desconoce la tecnología a usar y la empresa con la que trabajará para la producción de los 120 millones de urinarios. Pero el gobierno considera que esta cantidad será suficiente para atender las necesidades de los 600 millones de indios que defecan al aire libre, ya que las encuestas establecen una media de cinco miembros por hogar.
El presidente Modi se ha propuesto el objetivo dinamizar la economía de India por todos los medios. Su anterior gestión en el estado de Gujarat fomentó el crecimiento y la inversión extranjera, aupándole a la presidencia del país. Pero permitir que la mayoría de los ciudadanos se beneficien del auge económico nacional depende en gran medida del éxito del ambicioso plan sanitario Limpiar India.
La ausencia de sistemas de saneamiento apropiados genera daños para la salud y pérdidas económicas. Unicef estima que las enfermedades relacionadas con la insalubridad matan a 500 bebés indios cada día. La falta de higiene es también la causa del absentismo laboral y escolar por el que India pierde el 6,4% del Producto Interior Bruto anual en tratamientos sanitarios, según los datos del Banco Mundial en 2006.
El gobierno de Modi no estará solo para enfrentarse a la tarea de limpiar India. Agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales como Unicef o WaterAid brindarán apoyo logístico, mientras que el Banco Mundial contribuirá con cerca de 500 millones de euros para la puesta en marcha del programa en 9 de los 27 estados del país.

Unicef estima que las enfermedades relacionadas con la insalubridad matan a 500 bebés indios cada día
Pero no es la primera vez que un ejecutivo indio se propone emprender tamaño reto. Desde 1986, varios programas nacionales han intentado acabar con la defecación al aire libre. La administración anterior se jactaba de haber construido 80 millones de urinarios en la primera década del siglo XXI. Aunque el último censo mostró que éstos no llegaron al millón en las áreas rurales. Sabedor de los errores de sus predecesores en el cargo, Mojumdar insiste: “Los retretes se construían con pocos incentivos para estados y distritos. Muchos quedaron obsoletos. Ahora el uso de los inodoros será evaluado y controlado”.
La falta de control sobre los incentivos concedidos a gobiernos locales para el uso de las instalaciones fue el principal problema de las anteriores campañas, dando lugar a resultados dispares. Según el censo de 2011, el número de familias con retretes era de 30,7%, mientras que la Oficina de Encuesta Nacional India (NSSO) establecía el porcentaje en 40,6%. La discrepancia entre los datos oficiales centró las críticas de instituciones y activistas.


Cabras comen basura en la entrada a una casa en Jaipur, una imagen común en muchas ciudades de India. / Á. L. M. C.
El Centro por la Ciencia y el Medio Ambiente (CSE) elogia que el presente gobierno quiera centrarse en la evaluación, pero considera que existen cuestiones del programa aun por esclarecer. “El proyecto no explica cómo se van a asignar los fondos para la construcción de retretes de manera apropiada. Tampoco el ministerio menciona plan alguno para mantener el estatus de áreas libres de defecaciones después de que los distritos sean incentivados por ello”, analiza directora de saneamiento y aguas en CSE, Sushmita Sengupta; en clara referencia a la corrupción existente en gobiernos locales y estatales.
Junto al número de inodoros a construir y el control de su uso, subyace un problema de mayor envergadura. La falta de infraestructuras es una dificultad añadida para reto de limpiar India. Los resultados del último censo son reveladores; el 10% de los hogares indios no cuenta con un sistema de drenaje para aguas residuales pese a disponer de retretes. “Un gran número de pueblos y aldeas en India carecen de desagües y tuberías, lo que obliga a los aldeanos a hacer de vientre en bosques, orillas de ríos, cunetas y demás”, explica T. V. Sekher, doctor en investigación política en el Instituto Internacional para Estudios de Población (IIPS), dependiente del Ministerio de Salud y Bienestar de India.
Desde esta universidad dedicada al análisis de políticas demográficas, recalcan que la Misión Limpiar India es el primer plan en la historia del país con grandes recursos para su puesta en funcionamiento. Pero el profesor Sekher pone en duda que se puedan cumplir los plazos: “Es un reto gigantesco; inalcanzable en cinco años”. El investigador subraya el mayor obstáculo del programa: “La cuestión básica ha quedado fuera del debate. Incluso si se construyen retretes gratis, no se usan. Muchos inodoros fabricados por instituciones públicas y sin ánimo de lucro han sido usados como almacenes por la población rural”.

La falta de higiene es la causa del absentismo laboral y escolar por el que India pierde el 6,4% del PIB anual 
Cambiar los hábitos de gran parte de la ciudadanía india acostumbrada a quemar la basura al aire libre o de orinar en el exterior de retretes públicos no se hace sólo con inversiones gigantescas. El PIB de los vecinos Bangladesh y Afganistán es mucho menor y en estos países sólo defecan al aire libre el 3% y el 15% de la población, respectivamente; lo que contrasta con el casi 50% que lo hace en India.
Según los datos del ministerio, el 15% de la inversión se dedicará a campañas de información, educación y comunicación (IEC). Consciente de la magnitud de la tarea y pragmático como es, Modi predica con el ejemplo. Junto otros tres millones de empleados gubernamentales, dedicó unas horas a limpiar las sucias calles indias durante el último aniversario del nacimiento de Gandhi, un día festivo. El gobierno también recaba apoyos entre la sociedad civil para sensibilizar sobre la relevancia de la misión. Personajes y organizaciones de renombre como la estrella nacional de cricket Sourav Ganguly o el grupo India Times han aceptado contribuir activamente en la campaña nacional.
El éxito del programa sanitario depende de la participación de la sociedad en su conjunto. Su consecución ayudaría a acercar las distancias abismales que separan a la India rural de las grandes metrópolis financieras del país; el verdadero reto del país asiático. Está por ver si la misión de limpiar India es, o no, otra más que acaba perdiéndose por el desagüe.

miércoles, 27 de enero de 2016

PRENSA. "Estallido de color para las viudas indias"

   En "El País Semanal":

Estallido de color para las viudas indias

Con la muerte de sus maridos, pierden su identidad y su valor, relegadas al rechazo social. Condenadas a la mendicidad y al luto eterno, recuperan la felicidad gracias al Holi, el festival de la primavera. Este es el retrato de ese fugaz instante de alegría.

Fotogalería
Una mujer baila bajo los pétalos y los polvos de colores del Holi. / ANDREA DE FRANCISCIS

Una nube de polvos rojos, amarillos, violetas. El aire se vuelve de colores. Cuando se asientan, dibujan las siluetas de cientos de mujeres, la mayoría ancianas. Algunas entonan los cantos religiosos dictados por el sitar, el acordeón y la tabla. Otras bailan alzando las manos y moviendo las caderas. Las más sensibles lloran y se abrazan a la que pasa al lado. Todas son viudas. Desde que perdieron a sus maridos sufren el rechazo de la sociedad. En India ser viuda es un tabú: muchos las consideran responsables de sus muertes.
Cargan, sin excepción, con una historia de sufrimiento. “Ya no lloro más porque se me han acabado las lágrimas”, dice Locki Mukherjee. Pero por un día se han olvidado de su destino. Es una efeméride muy especial: el Holi es un festival hinduista que celebra la llegada de la primavera y el triunfo del bien sobre el mal. Las calles se llenan de personas que comparten su felicidad pintándose unas a otras de colores. Después de mucho tiempo, las viudas han vuelto a coquetear con la vida, a jugar con polvos verdes, naranjas o rosas. Al menos por unos instantes olvidan que, como mandan las costumbres, deben permanecer enlutadas el resto de sus vidas.
Según HelpAge, una ONG que defiende los derechos de los mayores, en India hay en torno a 22 millones de viudas. Decenas de miles se instalan en ciudades sagradas como VrindavanHaridwar o Varanasi porque buscan liberarse del círculo de la reencarnación o acaban allí simplemente porque fueron abandonadas por sus familias. Allí, olvidadas, viven todo tipo de horrores; sin embargo, en general, sus condiciones en India son pésimas, explica el director de HelpAge, Mathew Cherian. “Su situación es un reflejo de la discriminación de género que se vive en el país, especialmente en las mujeres solas. En una sociedad patriarcal, cuando pierdes a tu marido, pierdes tu identidad y todo tu valor, no eres nada”.
Muchos aquí consideran que las viudas traen mala suerte. Los supersticiosos creen que sus sombras plantan maldiciones, por eso no son bienvenidas en las celebraciones. Tienen que vivir en duelo, lo que para los más ortodoxos significa que deben vestir solo saris blancos, el color del luto. No deben usar adornos, como aretes o pulseras, ni dejar crecer sus cabellos, ni cubrir sus pies desnudos.
Vrindavan, la “ciudad de las viudas”, tiene unos 57.000 habitantes. Situada al norte de India, a orillas del río sagrado Yamuna y tan solo 150 kilómetros al sur de la vibrante capital, Nueva Delhi, parece estar suspendida en un tiempo detenido cientos de años atrás y tener su propia lógica. Los hinduistas creen que fue allí donde el juguetón dios Krishna pasó su infancia. Por ello sus devotos han levantado miles de templos, creando una de las mayores concentraciones de construcciones sagradas del mundo. En el espacio que queda entre ellas, en pequeñas callejuelas retorcidas, vacas y monos campan a sus anchas.

La situación de las viudas es un reflejo de la discriminación que viven las mujeres. Cuando pierden a su esposo, se quedan sin identidad y valor”
Las viudas llegan a Vrindavan huyendo de los abusos y la humillación que les reservó su destino. Muchas tomaron la determinación solas por su fe en el dios Krishna. A otras las abandonaron allí sus familias cuando se convirtieron en una carga que no quisieron o pudieron soportar. Un estudio para ONU Mujeres estimó en 2011 que en esta ciudad y los pueblos colindantes hay unas 15.000, “viviendo muy por debajo del umbral de la pobreza”. Aunque el Gobierno les procura una pensión de viudedad de 500 rupias al mes (siete euros), solo la cobra el 25%.
La ciudad sagrada es una de las capitales del Holi, el escenario de las mayores guerras del color. En ella se encuentra la esencia de la celebración, pues la leyenda del juego está entrelazada con la historia de Krishna. El coqueto dios de piel azul envidiaba la resplandeciente tez clara de su amada Radha, por eso su madre le sugirió que pintara a la diosa del color que él quisiera. Un día al año, a finales de marzo, los indios cubren a sus seres queridos con polvos de colores.
Todos menos las viudas. Sus saris solo se teñían de color por accidente, con el polvo que quedaba en las calles tras el festival, o por algún niño que jugaba con ellas, aún ignorante de las supersticiones. Pero desde hace tres años Sulabh International organiza para ellas una fiesta de los colores. “Las viudas deseaban volver a celebrar el Holi, era una reivindicación de su existencia”, dice Bindeshwar ­Pathak, el fundador de la ONG, que tiene como misión la emancipación de los intocables. Pathak reconoce que su labor no tenía nada que ver con las viudas. “Pero cuando vi las condiciones de vida de estas mujeres, a las que les es arrebatada incluso la dignidad, tuve que hacer algo. De alguna manera, ellas también son intocables”. En agosto de 2012, el Tribunal Supremo decretó que Sulabh se haría cargo de parte de las viudas de la ciudad: ahora ayudan a 900 que viven repartidas en siete casas.

Me he olvidado del sentido de la felicidad. Ya no espero nada de la vida, estoy al final de ella. Solo espero la muerte para que acabe mi sufrimiento”
Esta medida se tomó como respuesta a un informe de la Autoridad Nacional de Servicios Legales que había concluido que las viudas sobrevivían con las limosnas que pedían fuera de los templos y sufrían todo tipo de explotaciones. Carecían de los servicios más básicos de salud o vivienda. Eso en vida. Tras su muerte, a sus cuerpos les esperaba una última infamia: en lugar de ser cremados, se cortaban y metían en sacos que luego se arrojaban al río.
Las miles de viudas que malviven en Vrindavan deambulan como almas en pena. Sus espaldas encorvadas están cubiertas por saris blancos desgastados por el tiempo. Muchas piden limosna con cuencos de metal. Algunas duermen a la intemperie. Otras alquilan, solas o con otras mujeres, cuartuchos en casas viejas. Las más afortunadas viven en ashrams, lugares de meditación, como los regentados por Sulabh y otras organizaciones. En un antiguo ashram escondido en el laberinto de Vrindavan las viudas se despiertan de madrugada y se preparan para cantar bhajans, los cantos devocionales hinduistas. Sobre todo cantan a Krishna, porque creen que son sus esposas espirituales y el dios las protege.
A mediodía comienza el movimiento de viejecitas por la casa color azul cielo distribuida en torno a un patio central bordeado por columnas y arcos que desembocan en pequeños cuartos. Cada una tiene una cama de madera con un colchón que no merece ese nombre. Todas sus pertenencias están en cajitas o botecitos que guardan debajo de la cama o en bolsas de plástico atadas a una cuerda. Cada una tiene su propio altar de Krishna o de Kali, o de ambos, con humildes ofrendas de comida, dulces e incienso. En el ashram hay un altar de mayores dimensiones, quizá más apropiado, para honrar a sus dioses.
Sobre esa hora, las ancianas sacan de debajo de la cama una pequeña estufa de aluminio y empiezan a cocinar. Son decenas sentadas en cuclillas cortando verduras e hirviendo el arroz. El ashram se llena de olores. Jengibre, cúrcuma, chile flotan en la habitación. Cada una emplea las especias a su gusto. Sus combinaciones reflejan la extrema diversidad cultural india. La de cada región, pero también la de cada comunidad y casa. Para las viudas, seguir cocinando significa mucho: es un orgullo y a la vez las hace sentirse unidas al mundo. Es al mismo tiempo trabajo y entretenimiento.
Manu Gosh, a sus 84 años, irradia energía. Menuda, como la mayoría, con un vaivén al caminar y regordeta. No tiene dientes, pero los labios hundidos no le restan autoridad: es una de las voces cantantes de la comunidad, cuya existencia se asemeja a la de un monasterio. Viven con lo mínimo. Entre ellas hay hermandad, las unió su destino.
“La celebración del Holi nos ha hecho sentirnos vivas otra vez. Cuando perdí a mi marido, hace más de 40 años, tuve que alejarme de cualquier placer en la vida. Jugar con los colores es una de las cosas que me ha devuelto la alegría”, explica esta mujer a la que su familia casó a los 10 años con un hombre que sumaba 15 más que ella. Casi justifica a sus padres: “Vivíamos otros tiempos, más difíciles. Éramos 11 hermanos y muy pobres”. Su marido falleció y ella se quedó con tres niños pequeños, que perdió uno tras uno. Su sonrisa solo se borra al recordarlos. “No podía alimentarlos y cuando enfermaban no podía hacer nada. Creo que murieron por la pobreza”, dice al borde del llanto. Entonces dejó Calcuta por Nueva Delhi, donde sobrevivía limpiando casas.
Cuando llegó a Vrindavan, trabajó en una tienda de té y también mendigó. Pero su vida cambió cuando llegó al ashram: ahora es mucho mejor, asegura. “Aquí nos dan 2.000 rupias al mes (28 euros), nos visita un doctor, tenemos una ambulancia y estamos muy bien”, relata mientras cocina, sentada en la postura de la flor de loto. Cuando se descuida, sale un ratón de entre sus cosas y le roba un poco de cilantro. Tanto Gosh como la gran mayoría de las viudas que han acabado aquí son del Estado de Bengala Occidental, donde hay un gran culto a Krishna. Allí las mujeres tienen derecho a las propiedades del marido, por lo que algunos hijos prefieren deshacerse de ellas y quedarse con la casa, explican los expertos.
El ashram en el que viven es conocido como el del “baba loco” porque lo fundó un asceta entregado a la devoción. Las mujeres que lo desean reciben clases: algunas trabajan con máquinas de coser, otras hacen varas de incienso o aprenden a escribir. Las hay de todas las edades, pero abundan las ancianas. Una de ellas, Lalita Dasi, ya no oye bien, pero está segura de que ya ha cumplido 110 años. Aunque encorvadísima, todos los días camina hasta la tienda para comprar sus verduras, y para cocinar se sienta en cuclillas. Es tan ­pequeñita, tan delgada, que parece que es solo piernas. Como casi todas, se pinta a diario con polvos de sándalo un gran rombo en la nariz y una “v” que le cubre la frente: el signo de Krishna.
En el ashram del “baba loco” se repiten un par de quejas: algunos baños están muy sucios, y con las lluvias, el agua se mezcla con los drenajes abiertos en la ciudad e inunda las habitaciones. A pesar de ello, las viudas son conscientes de que aquí tienen mejor vida que cuando deambulaban por las calles.
Una de ellas es Ram Bhai, de 65 años. Camina sin zapatos y lleva la ropa tan vieja y rota que uno de sus marchitos pechos asoma sin que ella se percate. Navega las calles con su bastón, pidiendo limosna. “Un día moriré y nadie recogerá mi cuerpo”, dice con la voz quebrada. Sus ojos tienen un halo azul, tal vez signo de cataratas. Con la muerte de su marido, relata, llegaron los malos tratos en su familia. “Me convertí en una carga. Ya no servía ni para limpiar la casa. Un día me subieron al coche y me abandonaron aquí”. Habla en un hindi casi poético, pero cuenta cosas muy tristes. “Me he olvidado del sentido de la felicidad. Ya no espero nada de la vida, estoy al final de ella. Solo espero la muerte para que acabe mi sufrimiento”.
Locki Mukherjee también mendiga junto a un templo. Su marido murió cuando ella tenía 18 años. “Eres una viuda, ya no perteneces a esta familia”, le dijeron. Al explicar que en Vrindavan sufre discriminación, un pandit (un sacerdote hinduista) grita: “Estas mujeres son un gran problema para nosotros. Bengala Occidental está contaminando la ciudad con ellas. El Gobierno tendría que hacer algo”.
Ella dice que los vecinos de Vrindavan nunca les ayudan, que sobreviven gracias al dinero de turistas y peregrinos –esta ciudad es la más sagrada para muchas sectas, entre ellas los Hare Krishna–. La supervivencia económica de las mujeres en India, en muchos casos, depende de sus familiares varones. Cuando fallece su marido, se quedan en un estado muy vulnerable.
Las viudas del ashram del “baba loco” saben que son relativamente afortunadas y el Holi es la ocasión para celebrarlo. Después de los cantos devocionales, hoy han tenido que deshojar las montañas de rosas que se usarán en la celebración. Una fila de mujeres, tijeras en mano, se disponen a cortar un lazo que cruza el patio del ashram. Con ello simbolizan que rompen con las tradiciones que las oprimen. Con la música a todo volumen empieza el juego. Primero cogen con ternura unos polvos de colores y, con las yemas de los dedos, tiñen las mejillas o la frente de la amiga más cercana. “Radhe, Radhe, es Holi”, justifican entre risas su travesura.
Después, la timidez se termina y empiezan a volar los polvos de colores, lanzados desde la distancia. Los saris se manchan de rosa, rojo, amarillo, verde, naranja. Todo es fiesta. Se arrojan flores, rosas y caléndulas. Una mujer se tira al suelo y lanza pétalos hacia arriba para que caigan sobre ella; después se recuesta sobre una pequeña montaña de flores y retoza como una niña pequeña. Dos mujeres se abrazan y ríen a carcajadas y comienzan a dar vueltas; se les une otra y otra. Bailan, primero con ritmo, luego enloquecidas. Las más mayores se esconden en las esquinas, pero no quieren perderse la acción: siguen mirando. Cuando la catarsis está en su máximo apogeo, la celebración se traslada a un patio externo, donde dos vasijas de barro cuelgan de un árbol. Cuando las revientan con un palo, brota agua de violeta. Así comienza la guerra. Todo se vuelve salvaje. Aparecen las pistolas de agua y las viudas con sus saris mojados se vuelven las guerrilleras del color. Al menos por hoy se sienten vivas.

lunes, 18 de enero de 2016

REPORTAJE. "Kawah Ijen: el infierno en la tierra"

   En "El País":

Kawah Ijen: el infierno en la tierra

Los trabajadores del volcán indonesio se ganan la vida en uno de los entornos más hostiles

Desde 1968 han muerto 80 asfixiados, despeñados, aplastados o tragados por la tierra

 Java (Indonesia) 11 ENE 2016 
  • Un trabajador carga con azufre en el volcán Kawah Ijen, en la isla de Java.
    Un trabajador carga con azufre en el volcán Kawah Ijen, en la isla de Java. / JESÚS G. PASTOR

    El azufre nace líquido y caliente, anaranjado, casi rojo como la sangre de la cabra sacrificada cada año para honrar al volcán. La degüellan viva y lanzan su cabeza, envuelta en un paño de algodón, a una grieta. Esperan serenarlo e impedir erupciones, avalanchas o explosiones de gas: su calma es aire; su furia, fuego.
    "Debemos ser agradecidos y mostrar respeto, el volcán es poderoso y nadie quiere morir", explica Haliim, que extrae azufre a diario del cráter del Kawah Ijen, en la isla de Java (Indonesia). Desde 1968 han muerto 80 trabajadores asfixiados, despeñados, aplastados por piedras o tragados por la tierra tras caer en una grieta.
    Los mineros caminan dos horas ladera arriba para llegar al cráter, a 2.836 metros de altura. Cargan agua, arroz frito, tabaco y un mechero. Desde antes del alba atraviesan un bosque que desaparece al llegar al cráter, en pocos metros, como si alguien hubiera arrancado los árboles, reventado la tierra: un rayo, una bomba, tres erupciones volcánicas que hace 3.500 años crearon una caldera de casi 25 kilómetros de diámetro formada por seis picos volcánicos de entre 1.200 y 3.050 metros. El paraje es paradójico, vivo y eterno, rocas gigantescas y afiladas buscan las nubes alrededor de un lago inconmovible.
    Cuenta la leyenda que el volcán siempre saluda a sus visitantes y que el forastero debe interpretar las andanadas de humo como bienvenida, advertencia o prohibición. Para la ciencia, más aséptica, todo depende las condiciones meteorológicas. Si hay viento, sus ráfagas esparcirán el humo por el cráter asfixiándolo todo. Si no, ascenderá en una columna monolítica. Pero los humanos vivimos más de creencias que de verdades...
    Por un sendero esculpido en la roca recorren los 300 metros de desnivel que les separan de las entrañas del cráter. Un descenso brusco a los Infiernos con pendientes de hasta el 60%. A la orilla del lago, en las grietas donde el volcán late a 250 grados, clavan las tuberías por las que saldrá el gas condensado en una sustancia líquida color azafrán. Otros tubos lo conducirán entonces hacia la tierra donde, al enfriarse, se endurecerá y oscurecerá. Del naranja al amarillo, de gota a roca.
    En el cráter no hay vida. A veces lo sobrevuelan aves. Alguna, aturdida por el humo, cae al agua y muere. Azules vivos, grises inertes, rocas, vapores de olor acre y un silencio roto por la tos y el martilleo agudo del metal contra las rocas. Más de 200 mineros rompen a golpe de lanza las rocas de azufre. Aprietan los dientes y respiran a través de un trapo húmedo, una camiseta o un sarong que proteja algo su boca, su garganta… Algún capataz lleva el casco o la máscara que dejó un periodista, pero la mayoría trabaja sin protección, sin guantes, sin gafas, sin botas, con un pañuelo y una lanza de acero. Gladiadores sin escudos.
    Donde hay hambre no hay pan duro, ni piedras irrompibles, ni humo asfixiante. Hay desgaste, cicatrices, llagas en los hombros, cortes en las manos, artrosis, escoliosis… La consecuencia visible de picar y cargar piedra cada día. Dolor cotidiano, como el humo, el agua o el azufre. "El cuerpo duele por falta de hábito al principio, las primeras semanas. Pero los músculos y los huesos son como el bambú, aguantan más de lo que parece, mucho más", desdramatiza Mohamed mientras se fuma un cigarro.

    Lecciones de geografía

    En la antigua Roma creían que los cráteres de los Campos Flégreos eran puertas a los Infiernos, donde extraños demonios sacudían la tierra y apagaban la luz del sol. En Indonesia, donde existen unos 130 volcanes activos y más de cinco millones de personas viven o trabajan en zonas peligrosas, la percepción de la realidad es distinta. Sus casi 18.000 islas son hijas de la colisión de las placas euroasiática, pacífica e indoaustraliana. Y sus 250 millones de habitantes viven sobre el llamado Anillo de fuego, una franja que recorre el planeta y aglutina el 75% de los volcanes activos y durmientes. Los terremotos son diarios y las erupciones habituales. Los niños no distinguen entre montañas (gunung) y una montañas de fuego (gunung api). El contacto cotidiano tamiza el fogonazo del primer encuentro. Las cicatrices de sus hombros acumulan décadas de cráteres y su memoria aglutina volcanes desde siempre. La perspectiva no puede ser la del turista. Donde un occidental ve peligro, ellos ven una montaña muy bella, viva, una diosa. La aman porque les alimenta con su azufre. Y la respetan porque puede matarles.
    Trabajar en el Kawah Ijen es duro y peligroso, pero todos saben por qué vale la pena: "con lo que gano mantengo a mi familia sin problemas y mis hijos, además, pueden estudiar. Y me queda para pagar el tabaco y otros placeres. En otros lugares es menos dinero y no es constante durante todo el año, aquí puedo trabajar todos los días y sólo dependo de mi. Y de que el volcán esté tranquilo…", puntualiza Haliim. La última erupción grave fue en 1952. La próxima, según los vulcanólogos, será en cualquier momento.
    Clavan sus lanzas junto a las fumarolas volcánicas, donde el sulfuro de hidrógeno y el dióxido de azufre huelen a podrido y envenenan el aire, 40 veces más tóxico que el máximo recomendado en cualquier ciudad europea. Los mineros sufren lesiones en las encías, los dientes y la tráquea; bronquitis, asma, enfisema, cáncer... Hasta las lágrimas les duelen, el dióxido de azufre en sus ojos crea ácido sulfúrico: escozor durante días, daños a medio plazo.
    Si Dante tenía razón y "quien sabe de dolor todo lo sabe", esos mineros son sabios: allí te pica la garganta, te arde el pecho, te escuecen los ojos, te falta el aire. Toses, lloras, parpadear te abrasa. Boqueas como un pez fuera del agua. Te cubres la boca con un trapo, te descubres mirando al cielo y rezándole a un volcán, implorando su clemencia...
    El bambú que se dobla es más fuerte que el roble que resiste. Lo afirma un refrán asiático y, tal vez por eso, una caña de bambú es la que une las cestas en las que los mineros transportan las rocas. Ascienden cráter arriba moviéndose como si no cargaran 70, 80, 90 kilos de piedras, como si el bambú no cortara su piel. Tosen, sudan, se detienen, encienden un cigarro. Ráfagas de humo invaden el sendero. Caminan solos, su silencio roto por el crujido rítmico del bambú: un gemido orgánico, un lamento.

    Y turistas...

    Azules increíbles, geometrías afiladas, columnas de humo blanco, despeñaderos, hombres trabajando en el infierno… y turistas, muchos turistas fotografiándolo todo: mochileros, excursiones organizadas desde Bali, asiáticos en grupo, occidentales de luna de miel…Todos contemplan extasiados esa inquietante argamasa de seres humanos y naturaleza. Algunos observan alejados, otros se acercan al precicipio, los hay que descienden al cráter aunque esté prohibido desde que una turista francesa muriera allí a finales de los noventa. Fotografían a los mineros desde lejos, intercambian fotos por monedas, charlan con ellos entre la incredulidad, la cordialidad y la empatía...
    Nadie recuerda si fue un turista o un minero a quien se le ocurrió que un pedazo de azufre fuera un souvenir. Imagino que un turista: el eurocentrismo y el capitalismo nos hacen creer que todo está en venta. Los mineros bañan arbustos y piedras en azufre hirviendo y los venden como extrañas esculturas, bonsais de ramas amarillas y tortugas de caparazones minerales.
    "Con esto gano uno o dos euros por pieza, a veces hasta cinco. Apenas tardo en hacerlos y no me quita fuerzas. Muchos días no vendo nada, pero en un buen día puedo vender dos o tres y ganar lo mismo que trabajando. Y una vez una turista me pagó y… ¡me dio un beso!", recuerda sonriente Mohamed. El precio de la entrada al parque natural y el suplemento por la cámara, de 1,2 y 2,5 euros se destinan a tareas etéreas como el “mantenimiento general de la zona”.

    El precio del trabajo

    Cinco céntimos de euro por kilo de azufre: si hacen dos o tres viajes, cargando entre 60 y 80 kilos cada vez, ganan de siete a 12 euros al día, entre 200 y 300 al mes descansando cuatro días. Un salario mísero en Occidente, un sueldo digno en un país donde el 40% de la población vive con menos de tres euros al día y las alternativas son arrozales y cafetales donde ganar 175 euros al mes en un buen año y, eso sí, sufrir una devastación física mucho menor.
    Entre ocho y 10 toneladas de azufre viajan a diario a la gran ciudad, donde el precio se quintuplica. Allí la empresa explotadora, Gatot Subroto, volverá a tasarlo y lo redistribuirá. Su valor crecerá exponencialmente según las fluctuaciones del mercado. Sus aplicaciones son ubicuas e infinitas. Fertilizantes para tus verduras, neumáticos para tu coche, cerillas para tus fogones, azúcar blanco para tu café, jabón contra tu acné, champú contra tu caspa, pólvora que alegre tus verbenas o te amenace en una guerra. Pinturas, plásticos, baterías, pesticidas, medicamentos, conservantes alimentarios. El papel sobre el que todavía se imprimen los periódicos, el baño de paro que utilizan los románticos de la fotografía analógica. Todo contiene azufre, hasta el agua del lago.
    Un kilómetro cuadrado de aguas encajadas entre paredes de 200 metros. Nadar en esos verdes y azules imposibles sería un sueño, pero los 38.000 millones de metros cúbicos de agua contienen ácido sulfúrico y clorhídrico en concentraciones capaces de disolver ropa, metal y carne humana. El agua del lago ácido más grande del planeta está viva, como el volcán: su PH es como el del líquido de una batería y a veces se acerca a la ebullición generando enormes burbujas de gas letales.

    Impacto medioambiental

    Sus filtraciones a ríos cercanos contaminan más de 35 kilómetros cuadrados de cultivos, reduce su producción agrícola y, por tanto, los salarios de la zona, y además provoca un descenso de la biodiversidad y un aumento de enfermedades graves como la fluorosis. El consumo de agua contaminada podría causar trastornos en el crecimiento y reducir la esperanza de vida de sus habitantes. Y donde no lo empapa todo, lo riega con lluvia ácida, tan cotidiana como contaminante.
    Reducir los daños de las filtraciones sería tan sencillo como construir un túnel para llevar el agua ácida hasta el mar, pero ni el gobierno de Java ni la empresa explotadora se plantean hacerlo. Mientras tanto, la empresa energética Medco plantea aprovechar el potencial geotérmico del volcán, que podría generar hasta 110 megavatios.
    Además de quebrantar huesos y derechos, el método extractivo utilizado en Ijen es poco eficaz: sólo se extrae el 20% de su potencial. Este método de extracción manual, habitual en volcanes de Chile, Italia o Nueva Zelanda, desapareció a finales del s. XIX. Existen algunas minas volcánicas en los Andes, pero todas fueron modernizadas.
    Preguntados por la mecanización, la respuesta es tajante: “el día que eso llegue, la mayoría perderemos el trabajo. Eso afectará a nuestras familias, al futuro de nuestros hijos. A los turistas eso os parece horrible porque miráis con vuestros ojos, creéis que somos esclavos. No os equivoquéis, sabemos lo que hacemos, elegimos trabajar aquí y aquí seguiremos mientras la mina continúe, el cuerpo aguante y el volcán quiera”.

    lunes, 26 de octubre de 2015

    PRENSA. "Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás"

       En "El País":

    Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás

    El crecimiento económico ha llevado a millones del campo a la ciudad, pero muchos inmigrantes se ven obligados a dejar a sus hijos en sus pueblos de origen


    La guardería que gestiona la profesora Ping, en la aldea de Beikou. / M. VIDAL

    Xiu Jiaqi tiene cinco años, unas coletas muy largas y una sonrisa pícara. Aunque hoy está un poco más triste de lo normal. Su padre acaba de marcharse de peón, a construir carreteras. A su madre, que trabaja en Pekín, hace meses que no la ve: “Volverá cuando se acabe el trabajo”, cuenta. Ella se ha quedado al cuidado de sus abuelos y se lamenta de que no pueden ayudarla a hacer los deberes. Su profesora, Ping Xiaorong, lo explica: “Son analfabetos”.
    Zhao Yicheng, de seis años, se sienta junto a Xiu. Dice que ella no verá a sus padres hasta el Año Nuevo chino, la única vez en todo el año. Entonces “me traerán regalos. Ropa de color rosa, mi preferido. Y jugaremos juntos. El escondite es lo que más me gusta”.
    Las dos pequeñas forman parte de un fenómeno causado por el crecimiento económico en China. Desde 1995 más de 300 millones de personas se han trasladado del campo a la ciudad en busca de una vida mejor. Pero muchos de ellos han tenido que dejar a sus hijos en sus pueblos de origen, generalmente al cuidado de los abuelos. Son los niños “dejados atrás”: según la oficial Federación de Mujeres Chinas suman 61 millones, uno de cada cinco de los menores de todo el país.
    En la aldea de Beikou, en Songjiazhuang, en la provincia de Hebei (norte de China) solo quedan 1.700 personas, de las 2.600 que vivían allá hace cuatro o cinco años. Las condiciones de vida son durísimas: al pie de la montaña, y cerca ya del desierto del Gobi, en invierno las temperaturas pueden llegar a 30 grados bajo cero. Las mayoría de las casas no tiene calefacción ni agua caliente. En algunas, las ventanas aún son de papel. La oferta laboral es limitada: o pastor o campesino. Y arrancar a la tierra la cosecha anual de cereales —mijo y maíz, sobre todo— cuesta mucho sudor.
    “La gente que se marcha de aquí lo hace, sobre todo, por la educación de sus hijos”, explica la profesora Ping. “Aquí siempre tienen garantizado, mal que bien, un plato de comida. Pero la educación, no”. En Beikou solo se imparten un par de años en la escuela primaria; luego, los niños deben trasladarse a un pueblo mayor. Quienes deseen una formación mejor para sus hijos, y puedan permitírselo, deben enviarlos internos a un colegio privado en la cabeza de comarca. Eso cuesta dinero. Y los padres, cuenta Ping, emigran para conseguirlo.
    El problema se ve agudizado por los requisitos del hukou, un permiso de residencia interno que se concede en el lugar de nacimiento y sin el cual los inmigrantes de las zonas rurales carecen de acceso a servicios básicos como la educación o la sanidad. Aunque los padres de Beikou se llevaran consigo a sus hijos a Pekín, no podrían escolarizarlos.
    Ping tiene a su cuidado 40 niños, entre los dos años y los seis. El año pasado se ocupaba de 60, aunque 20 se han ido a la ciudad o han pasado a la educación primaria. Ella creó hace seis años, de manera completamente privada, la guardería del pueblo, Shibo, ante la falta de opciones donde dejar a su hijo, entonces de cuatro años. En sus clases, los pequeños aprenden mandarín, matemáticas y un poco de inglés que ella aprendió de forma autodidacta.


    Las niñas Xiu y Zhao en la guardería de Beikou. / M. V.
    Aproximadamente la mitad de sus alumnos, asegura, son niños dejados atrás. “Se nota la diferencia”, cuenta. “Son más retraídos. Una niña el otro día se echó a llorar en clase porque echaba de menos a su padre… Académicamente también suelen ir un poco peor. Hay casos, como el de Xiu Jiaqi, en el que sus abuelos no saben leer ni escribir, y hay que prestarles un apoyo especial”.
    Según un informe del proyecto benéfico Road to School, la ansiedad de los niños aumenta de manera exponencial si no pueden ver a sus padres durante más de tres meses. Pero un 15% de los niños dejados atrás solo ven a los suyos una vez al año; y 15 millones solo reciben una llamada telefónica cada tres meses. Son menores más susceptibles de padecer problemas psicológicos, sufrir abusos o caer en manos del crimen organizado.
    Para paliarlo, el Gobierno chino se ha fijado el objetivo de formar a tres millones de trabajadores sociales para 2016, una profesión prácticamente desconocida en el país hasta ahora, apunta Tong Xiaojun, catedrática de Trabajo Social en el Instituto para la Juventud y la Adolescencia de China. Un programa piloto ha establecido una red de trabajadores locales en 120 zonas remotas de las cinco provincias más afectadas por el problema, aunque solamente llega a unos 250.000 menores, una cifra aún ínfima.
    Otras ONG también tratan de fomentar la comunicación entre los niños dejados atrás y sus padres, y de convencer a las empresas para que faciliten horarios laborales y días de vacaciones más flexibles, explica Pia McRae, directora para China de Save The Children.

    Padres infelices

    Xu Yingxia, una limpiadora de casas de 41 años originaria de Anhui, en el sur del país, también alega la educación como gran factor para vivir separada de su hijo. El niño, de 11 años, está interno en Hefei, la capital de su provincia natal. “Podríamos tenerlo con nosotros en Pekín, pero para él no sería bueno. Para nosotros, lo principal es que reciba una buena educación y tenga oportunidades en la vida”.
    Para los padres la separación también es dura, y algo que hacen porque sienten que no tienen alternativa. Un estudio de la consultora CCR CSR encuentra que un 80% de quienes han dejado atrás a sus hijos se sienten culpables. El 68% alega que no tiene tiempo para ocuparse de los niños; un 53% explica que carece de dinero para cubrir los gastos básicos. Un 30% se lamenta de que en la ciudad sus hijos no pueden tener acceso a una educación u otros servicios sociales adecuados.
    Un 59% de estos padres se declara “carente de compromiso con su puesto de trabajo” debido a la separación familiar. Un 38% admite “errores frecuentes” por la preocupación que le generan sus hijos. Un 33% reconoce ser “infeliz y poco entusiasta”.

    miércoles, 17 de junio de 2015

    PRENSA. EXPLOTACIÓN INFANTIL. "Oprimidos por la casta"

       En "El País":
    12 DE JUNIO: DÍA MUNDIAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL

    Oprimidos por la casta

    Los dalits de la India sufren desde la cuna las consecuencias de la segregación

    De por vida se ven privados de sus derechos fundamentales

    Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India).
    Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India). / VANESSA ESCUER

    Golu se levanta cada día sin despertador. No tiene, ni siquiera sabe lo que es. Pero lo que sí sabe es que, antes de salir el sol, debe abrir los ojos y salir a las calles para recoger basura. Se frota los ojos, agarra su saco, lo apoya en su hombro y empieza a caminar. Vive en Varanasi, la ciudad sagrada del hinduismo, en India. Le rodean templos, los primeros cánticos, bolsas de plástico, vacas, insectos y algunas cabras. Prefiere salir a esa hora, cuando las calles están repletas de objetos que puede reciclar y vender y la muchedumbre todavía le permite transitar con más espacio. Pero, sea a la hora que sea, cuando deambula en busca de desechos es como si no existiera, nadie le dirige la mirada. Se torna invisible y es considerado “impuro”por estar en contacto con la suciedad. Así lo afirman las personas indias de casta superior, traduciéndolo al despiadado vocablo “intocable” en referencia a que se evita el acto de tocarlos para no perder su grado de pureza.
    Para los hindúes creyentes, la casta no es un hecho social o económico, sino el resultado de una reencarnación. Se nace dentro de una casta, superior o inferior (de mayor a menor pureza, según su tipo de trabajo), o bien como paria, o como un animal, según la conducta que se ha observado en la existencia anterior. Así pues, la casta es, junto con la familia, la principal referencia de las personas indias y atribuye una posición que les determina en todo durante el resto de su vida.
    Los excluidos prefieren denominarse dalits (oprimidos, en hindi) para reflejar la discriminación y sometimiento del que son víctimas. A pesar de su lucha constante desde los años veinte, que llevó a la abolición de este sistema de clases en 1950, nunca se suprimió el estigma en la vida real y unas 200 millones de personas en todo el país son consideradas intocables.
    La discriminación acarrea todo tipo de agresiones, siendo repudiados, insultados y expulsados de lugares públicos. Según Human Rights Watch, cada año son registrados en India más de 100.000 casos de violaciones, asesinatos y otras atrocidades contra los dalits, muchas de ellas cometidas por la propia policía y sustentadas por los latifundistas y las autoridades locales.
    Unicef cifra en 15 millones los niños y niñas dalits que trabajan en condiciones de semiesclavitud por míseros salarios. Más de la mitad de ellos son intocables, lo que significa que no pueden terminar la educación primaria debido, en parte, a que son humillados por sus maestros y maestras.

    Derecho a la identidad

    Son las 10 de la mañana y Golu regresa con la bolsa llena y su estómago vacío en busca de algo de pan para desayunar. Comerá si hay suerte y hay algo para cocinar; si no, deberá esperar a la hora de almorzar para ingerir el único alimento del día. No le importa comer siempre lo mismo. Le encanta el arroz y agradece saborear hasta el último grano del plato, que siempre devora acompañado de una oración.
    Le llaman Golu (regordete, en hindi), aunque se trata de un mote que le quedó cuando era pequeño. Durante los pocos meses en que tuvo oportunidad de ir a la escuela (ahora, a sus 12 años de edad, ya es considerado un adulto), le asignaron el nombre de Sameer, pero a él no le gusta y, fuera del aula, le cuesta responder a ese alias. En realidad, no tiene nombre. Tampoco posee registro de nacimiento, como la mayoría de niños y niñas dalit, por lo que muchas y muchos de ellos son secuestrados o vendidos a cambio de dinero. La trata de personas, la prostitución, la venta de órganos o los niños soldado son algunas de las consecuencias sufridas por algunos, a menudo escondidos bajo la falsa apariencia de trabajo doméstico infantil.
    El tráfico de niños ha alcanzado dimensiones alarmantes y cada año mueve unos beneficios de más de 30.000 millones de dólares. En los últimos 30 años, más de 30 millones de mujeres, niñas y niños han sido víctimas de este grave problema en Asia, con el único propósito de explotación sexual, según Unicef. Todo menor que no haya sido inscrito en el Registro Civil es considerado un apátrida. No hay prueba alguna ni de su edad, ni de su origen, ni tan siquiera de su existencia. El niño pasa a ser un incorpóreo ante los ojos de la sociedad y una presa fácil para todo traficante.

    Alfabetización y médicos en los slums

    Antes de ir a buscar a su hermano menor, Sajid, a la escuela, Golu corretea por las laberínticas calles de la ciudad. Se divierte mirando por las ventanas de los restaurantes y decidiendo qué comida le gustaría probar. Sabe que no puede entrar, y por si le quedan dudas, los propietarios le dedican miradas y gestos de alerta mientras disimulan atendiendo a los turistas.
    Corre descalzo y con una destreza infalible, esquivando todo tipo de obstáculos. Llega hasta el río Ganges, dónde se zambulle y se da un largo baño después de una mañana de trabajo. Aprovecha y bebe un trago. Los restos de las cremaciones humanas que tienen lugar en la orilla, los esqueletos de animales, las aguas residuales y los desperdicios de las fábricas han contribuido a un alarmante grado de contaminación del río. Toda la ciudad huele a humo, a extinción. Ya bañado, Golu se viste y corre hasta la sede de la ONG gallega Semilla para el Cambio, donde le espera su hermano después de su jornada escolar.
    La escuela ha dado una oportunidad a los niños y niñas de los slums. Encontrar colegios que les acepten es todo un reto. La mayoría de directores cierran puertas sin pudor cuando saben que los nuevos alumnos viven en los suburbios.


    La mitad de los niños intocables y el 64% de las niñas, no puede terminar la educación primaria debido en parte a que son humillados por sus maestros y maestras. / VANESSA ESCUER
    Semilla para el Cambio vio en la educación la mejor apuesta para su desarrollo e integración personal y profesional. “El proyecto inicial era muy pequeño, empezamos ofreciendo educación a 18 niños y niñas. A día de hoy hay 156 escolarizados y otros 30 en clases preparatorias”, cuenta María Bodelón, directora y fundadora de la ONG.
    En Varanasi, más de 460.000 personas malviven en los 227 slums existentes en la ciudad, según datos de la organización Urban Health Initiative. La precariedad de los asentamientos se evidencia con la escasez de electricidad, la falta de agua corriente y la carencia de servicios sanitarios. Por si fuera poco, cada choza, amasijo de plásticos y telas, de unos 10 metros cuadrados y donde se hacinan familias de hasta ocho o diez miembros, cuesta un alquiler. Cada mes, deben pagar unas 400 rupias (seis euros) al dueño del terreno, mientras la mayoría de ellos sobrevive con menos de un euro y medio al día.
    Montañas de basura ocupan cada centímetro de suelo. Su lugar de trabajo es su hogar. Reciclan y duermen en el mismo espacio, entre plásticos, vidrios, cartones y otros desechos. En estas circunstancias, la salud se enfrenta a grandes adversidades. “Todavía tienen lugar muchas enfermedades que se pueden prevenir fácilmente, como la tuberculosis. La falta de educación y de recursos hace que sientan poca confianza para acudir al hospital: no pueden leer los carteles para saber a dónde dirigirse ni rellenar los formularios de los centros sanitarios, además no son tratados con respeto por los doctores.”, explica María, que lucha para cambiar esta realidad.

    Querer ser niño

    Sentado en los ghats, las escalinatas del río Ganges, Golu repasa el abecedario escrito en las libretas de su hermano Sajid y sus compañeros. Se lo sabe de memoria, puede decirlo más rápido que leerlo. Lo repite sin cesar, exigiendo a los pequeños que se esfuercen en memorizarlo. Pasa a los ejercicios de cálculo, los resuelve en un santiamén y le da una colleja a su hermano por no prestar suficiente atención. Satisfecho, pide una cometa a un muchacho que merodeaba alrededor y la hace volar bien arriba buscando un pedacito de cielo, de libertad. Salta y ríe como nunca. Ese momento del día, entre letras y juegos, es el único que tiene para ser niño. Para sentirse el niño que realmente es.

    Una niña, entre montones de basura.
    Una niña, entre montones de basura. / VANESSA ESCUER
    Empieza a oscurecer y Golu debe volver a su casa. Su padre le estará esperando para pedirle el dinero que ha ganado trabajando a la mañana. Con miedo, acelera el paso para entregarle las 10 rupias (15 céntimos de euro) que logró vendiendo plásticos para reciclar después de cinco largas horas de faena. Después, preparará su gran cesta de mimbre con algunas velas, metidas en pequeños cuencos hechos con hojas de árbol y acompañadas con flores, que vende en los ghats por la noche. Se apura, pues no le gustaría recibir otra bronca de su padre, pues sabe que no queda en un simple enfado. Ya lleva un ojo morado, y aunque asegura que es debido a una torpe caída, cuesta creer la falta de equilibrio del muchacho antes que el puño borracho del cabeza de familia. No ha ido al hospital porque, aunque lo haga, posiblemente no le atenderán. En la farmacia le pincharon una vacuna antitetánica caducada por falta de refrigeración.
    Golu consigue vender tres velas, ganando 30 rupias (45 céntimos de euro) y librándose de una paliza. Toma prestada una de las candelas, la enciende y deja que la brisa se la lleve río adentro. “Ya he pedido mi deseo”, me susurra en el oído. Dicen que una vez se arroja la vela al Ganges, el agua se lleva aquello que uno ha implorado.
    Ya es de noche y la gran luna ilumina las aguas milenarias del río sagrado. Flota en ellas la luz que arrastra su anhelo: "Llegar a ser médico para ayudar a los demás".