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miércoles, 11 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Todo lo que le debemos a la siesta de Patricia Highsmith"

   En "Babelia":

Todo lo que le debemos a la siesta de Patricia Highsmith

La reina del suspense dejó un puñado de consejos básicos e inteligentes que son las tablas de la ley para un escritor


Patricia Highsmith / RICARDO MARTÍN

Cuenta Patricia Highsmith que una de las herramientas que más le ayudó a escribir fue la siesta. En sus primeros tiempos, cuando aún desempeñaba otros trabajos para sobrevivir, dormía al llegar a casa por la tarde y se bañaba al despertar para simular que empezaba un nuevo día, el de verdad, aquel en el que podía hacer lo que soñaba: poner una palabra tras otra para construir historias. Multiplicar cada día por dos fue el sombrero de su magia, del que iba a salir no un conejo, sino el puñado de las mejores novelas de suspense que siguen latiendo con brío décadas después.
“Un sueñecito ahorra tiempo en lugar de malgastarlo”, cuenta como si tal cosa. “Me duermo con el problema y me despierto con la respuesta”.
La divina siesta de Patricia Highsmith no es solo una de las sencillas confesiones que nos regala el libro del que aquí vamos a hablar. Es el retrato de que la literatura más sofisticada no está en la sofisticación, en la mirada perdida en busca de musas inexistentes ni en la ensoñación profunda, sino que se puede esconder en los ronquidos. Y es muestra del vigor de un libro cargado de lecciones de oficio, de humildad, de cotidianidad y también de fracaso. Si yo lo he conocido, nos viene a decir, no tenéis nada que temer. “Esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar”.
Highsmith buscaba inspiración o desconexión en los episodios y personajes más mundanos, en momentos absurdos como el lavado del coche y nunca en conversaciones con otros escritores, de los que huía como de los celos. De éstos dice: “Aunque son poderosos no me sirven de nada y a lo más que se parecen es al cáncer, que va devorando sin dar nada”.
Hablemos del libro.
Sus… pense. Cómo se escribe una novela de misterio es al reino de la literatura lo que los mandamientos al reino de Dios. Algo así como si a Moisés la zarza le hubiera seguido hablando: ven, vuelve, no te olvides de las otras tablas de la ley. Las disfrutaréis.

Destruyó las primeras versiones de Ripley hasta dar con la clave: escribir incómoda, al borde de la silla, como habría hecho él
Publicado por Highsmith en 1983, Círculo de Tiza lo recupera ahora en España con aroma a gran reserva. Corto pero de largo aliento, sagaz como sus novelas, práctico como su autora, inteligente y honesto, el libro solo tiene peligro para las escuelas de literatura creativa, que podrían caer fulminadas si los aprendices se dieran cuenta de que en esas 159 páginas está la verdadera lección, y no en las aulas. Es un decir.
La dama del suspense desgrana lecciones como quien explica una receta para la lasaña: tantos gramos de ambiente por aquí, un poco de sal por allá, carga de personajes, la capa de pasta, olor a alcanfor, la bechamel en su punto, el ritmo, el principio, el final y la inyección de matices para hacer de un protagonista un suicida convincente. Y al horno.
Pero hay una que centra y eleva el debate a ese lugar donde cada autor puede tiritar antes de posicionarse: cuánto hay de calculado y frío en una obra y cuánto de emocional; cuánto de cabeza y cuánto de corazón; cuánto de ajeno y cuánto de desnudez.
“Las buenas narraciones se hacen solo con las emociones del escritor”, resuelve Highsmith. “Aunque un libro de suspense esté totalmente calculado, habrá escenas, descripciones —un perro atropellado, la sensación de que alguien te sigue por una calle oscura— que probablemente el escritor habrá experimentado en persona. El libro es siempre mejor si contiene experiencias como estas, de primera mano, realmente sentidas”.

Todos construimos un caparazón para protegernos de los golpes emocionales y lo vestimos de decoro, corrección, juicio moral, ceguera o indiferencia adquirida, nos cuenta. ¿Cómo si no ser un granjero entero si coges cariño al animal que debes sacrificar? ¿Cómo ser psicólogo si te pueden contagiar la depresión? ¿O un geriatra efectivo entre ancianos que avanzan hacia la muerte? Para ser escritor se necesita, sin embargo, un grosor bastante más ligero en el caparazón: fino como para captar, sentir, comprender y trasladar las emociones, y sin morir en el intento. “Los escritores tienen un caparazón protector muy pequeño y durante toda la vida tratan de desprenderse de él, ya que los diversos golpes e impresiones que recibirán son el material que necesitan para crear. Esta receptividad es el ideal del artista”. Se llama empatía.
Cuando Highsmith creó a Tom Ripley trabajó durante días estérilmente hasta tirar a la basura las primeras versiones. Estaba acomodada en una casa de campo, feliz y relajada, y se dio cuenta de que la placidez de su estado de ánimo se había contagiado a su escritura “flácida”. Y eso no casaba con un Ripley tormentoso y brutal. Así que lo destruyó y decidió volver a empezar sentada al borde de la silla, incómoda, en tensión, como se lo imaginaba a él. Así pudo asesinar a Greenleaf y a todos los demás.
“No hay nada de espectacular en el argumento de A pleno sol, pero se hizo popular por su prosa frenética y la insolencia y audacia del propio Ripley. Me imaginé a mí misma en su piel. Ningún libro me ha resultado tan fácil y a menudo sentí que Ripley lo estaba escribiendo y que lo único que hacía yo era pasarlo a máquina”.
En otra ocasión, hojear un simple libro de recetas y descubrir las instrucciones para matar a una tortuga de forma que resultara más sabrosa bastó para poner en marcha su imaginación. Le añadió un niño atormentado y una madre y creó La tortuga de agua dulce, un relato que obtuvo el Premio Mystery Writers of America.
Un verdadero escritor se distingue del falso porque seguiría escribiendo en una isla desierta aunque no hubiera lectores. Y eso es así porque, en palabras de Highsmith: “Escribir es una forma de organizar la vida. Y la necesidad de hacerlo sigue presente aunque no se tenga público”.
Sus…pense. Cómo se escribe una novela de misterio.Patricia Highsmith. Círculo de Tiza. Madrid, 2015. 175 páginas. 22 euros.

Literatura en 13 mandamientos

Esta es una lista arbitraria de mandamientos de Highsmith. A diferencia de los del Reino de Dios, cada lector podrá hacer la suya. Y no es literal.
1. Un secreto para el éxito. No hay fórmulas mágicas ni secretos, salvo la individualidad y la personalidad. Solo al individuo le corresponde expresar lo que le diferencia de los demás. Es “la apertura de espíritu”, pero no es nada místico. Es una especie de libertad, de libertad organizada.
2. Objetivo: la diversión. La primera persona a la que deberías complacer es a ti mismo. Si eres capaz de divertirte escribiéndolo, divertirás a los editores y a los lectores.
3. Planificación, la justa. Un argumento nunca debe ser rígido ni estar terminado. Tengo que pensar en mi propio entretenimiento y a mí me gustan las sorpresas. Si sé todo lo que va a pasar, escribirlo no será tan divertido. Es más importante que los personajes se muevan y tomen decisiones como personas de carne y hueso, que se les dé la oportunidad de deliberar, de elegir, de volverse atrás, de tomar otras decisiones, como en la vida real. Los argumentos rígidos, aunque perfectos, pueden hacer que los personajes parezcan autómatas.
4. Así empieza todo. Los gérmenes de una idea pueden ser pequeños o grandes, sencillos o complejos, fragmentarios o completos, quietos o móviles. Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento enseguida, la misma que produce una sola línea de un poema. El mundo está lleno de ideas germinales y si no las tienes es por fatiga física o mental. Entonces hay que viajar, pasear, el cerebro exige vacaciones. A veces nos rodean personas que no nos convienen.
5. Claves para una buena atmósfera. Se consigue poniendo en marcha los cinco sentidos.
6. El diálogo, con moderación. Tres líneas de prosa son suficientes para transmitir lo esencial de una conversación. El diálogo es dramático y debe usarse con moderación.
7. Sin trucos. Los trucos proporcionan un entretenimiento endeble y no divertirán al lector inteligente. Son ideas ingeniosas que no tienen nada que ver con la literatura.
8. No hablar con escritores. No se me ocurre nada peor o más peligroso que comentar mi trabajo con otro escritor. Los escritores nadan unos junto a otros en la misma profundidad, dispuestos a hincar los dientes en el mismo plancton que flota a la deriva. Me llevo mucho mejor con los pintores.
9. Cuidado con el amor. Las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aísla de la chispa de la inspiración.
10. El lugar de las dificultades. Están en la mente del escritor, no en el papel.
11. El dinero. El escritor hará bien en tener otro trabajo.
12. Sin juicios morales. Las personas creativas no hacen juicios morales. Hay tiempo para ello después, en lo que crearán, pero el arte no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos ni los sermones.
13. El arte de escribir. Lo que hace difícil escribir sobre el arte de escribir es la imposibilidad de establecer reglas.
Es decir, y después de todo esto: que nadie se haga ilusiones.

domingo, 25 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Para escribir hay que 'copiar'"

   En "El País":

Para escribir hay que 'copiar'

El director de la RAE, José Manuel Blecua, reconoce la necesidad de leer para escribir bien

Un reportaje patrocinado por Samsung Galaxy Note 4

El joven aprendiz de escritor, con las ínfulas y la arrogancia propias de la edad, escribe las primeras líneas de un cuento breve: “Sentado en el suelo, sudoroso y jadeante, fue recuperando el aliento y comprendiendo lo que acababa de ocurrir. Había matado a la anciana del piso de arriba”. Sus dedos teclean esta escena porque en su memoria aún se mantiene fresco el recuerdo de Raskólnikov, asesino de una vieja usurera en Crimen y Castigo.
A la vez, del corazón herido de una adolescente salen versos entrecortados con aires de Neruda: “Hoy que te quiero de tanto quererte,/ y sin más razón te quiero…”. Resulta inevitable: se producen casos similares cada vez que alguien se anima con el proceso creativo por primera vez, y sin embargo no se puede hablar de copia, sino de inspiración irremediable. “Hay una etapa en la creación en la que es obligatoria una actitud mimética. La mayoría de los grandes escritores han pasado por esa fase”, analiza el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca.
El escritor empieza imitando; más tarde se descubre a sí mismo. Y en eso están de acuerdo quienes velan por la buena salud del español, como el director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua:“Un escritor se hace con la lectura”. “El autor tiene que ser primero el eco de otros, hasta que sube un peldaño y encuentra su propia voz”, refrenda De Cuenca. El caso extremo lo hallamos en el cuento de Borges Pierre Menard, autor del Quijote, en el que el protagonista “no quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino el Quijote”. Su objetivo no era copiarlo: “Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”.
Más allá de la exageración borgiana (aparte de su profunda reflexión sobre las diferentes lecturas que podemos hacer de un texto), basta con dedicarse unas horas a la tarea de juntar letras, incluso de la manera más ociosa posible, sin propósito alguno de publicar o trascender, para darse cuenta enseguida de que la primera querencia del autor inexperto es “ser” otro.
A Luis Alberto de Cuenca, por ejemplo, le ocurría en su primera juventud. “Escribía imitando a Juan Ramón, lo repetía casi al pie de la letra”, recuerda el autor de Su nombre era el de todas las mujeres, obra reeditada en 2013 por Renacimiento. Y resulta de lo más natural. “Es una necesidad absoluta. Desconfío del autodidacta, me escandaliza quien dice: ‘Yo no leo libros, los escribo’”, concluye.

Los grandes autores siempre han escrito con un diccionario encima de la mesa”, asegura José Manuel Blecua, director de la RAE

José Manuel Blecua.
“Soy hijo de mis lecturas; si hubieran sido otras, habría sido otro escritor o no habría sido escritor”, sentencia Juan Bonilla, autor de Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral, 2013), y José Manuel Blecua señala otro caso bien significativo: “Piense en García Márquez cuando empieza a leer La Metamorfosis de Kafka. ‘¡Carajo!’, se dice, y casi inmediatamente se pone a escribir su primer cuento”. A partir de ese instante, cuando uno se decide a crear, el proceso de la escritura se convierte en una tarea personalísima en la que entran en juego la biografía del autor y sus influencias culturales. “Un hombre con las lecturas variopintas de Cervantes luego practica las escrituras más variopintas”, comenta Blecua.
Pensemos ahora, por el contrario, en un aspirante a poeta, dramaturgo o novelista que se enfrenta a un folio tan blanco y vacío como su cajón de referencias literarias. Va volcando palabras al papel y lo vemos esforzarse en la tarea de inventar. Empeñado en dar con una buena historia, indaga en su propia vida, escarba en sus recuerdos y confía en la imaginación, pero le falta la impagable experiencia de leer textos en buen orden y con un estilo acertado. ¿Será capaz de convertirse en un escritor de mérito?

Hay una etapa en la creación en la que es obligatoria una actitud mimética”, sostiene el poeta Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca.
O peor aún: ¿puede escribir bien alguien que, al elegir sus lecturas, se haya decantado por la mala literatura? “Si el tipo que empieza a escribir es un genio, puede convertir la basura en oro, depende de él, aunque conviene que la mina en la que busca guarde metales preciosos. Pero también pienso que el talento es importante, y puede haber alguien con tanto genio en su interior que sea capaz de escapar de malos libros que ha leído”, cree Luis Alberto de Cuenca, con quien comparte opinión Juan Bonilla: “El talento es una cosa tan extraña que la respuesta inevitable es que sí. Y al contrario: lectores de solo grandes libros pueden resultar pésimos escritores”.
Claro que, una vez olvidada la etapa de iniciación, un autor maduro también podría caer en el riesgo de un plagio inconsciente si se acuerda demasiado de sus lecturas. “Yo no las tengo presentes”, dice Bonilla, “pero como siempre van conmigo es como si me preguntasen si cuando escribo me olvido de mi dirección o mi DNI. En todo caso no temo un plagio inconsciente, aunque me parece un bonito título para un libro de plagios”.
No queda más remedio que pisar con cuidado durante la aventura de encontrar una voz con verdadera personalidad. Inclinado sobre el folio o frente a la pantalla del ordenador, el escritor busca con ahínco su particular modo de decir, y hay una fórmula que parece adecuada: fiarse del perfume lejano que desprenden los maestros, aprovechar el talento propio y, por supuesto, trabajar con humildad. “Los grandes autores siempre han escrito con un diccionario encima de la mesa”, asegura José Manuel Blecua. “Azorín tenía anotados todos los diccionarios de su biblioteca”. Escribir, en suma, se convierte en una misión que exige ímpetu y dedicación. “El esfuerzo es como cien veces superior al de leer”, concluye Juan Bonilla. La recompensa llegará si el autor logra cerrar el círculo y se convierte, con el tiempo, en inspiración literaria para otros.

miércoles, 23 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Estrategias para fomentar la lectura: escribir para poder leer"

Estudiantes de la Carlos A. Mendoza, en San Miguelito, escuchando el relato de un compañero de curso. / TITO HERRERA ("El país")

   En "El País":

Estrategias para fomentar la lectura: escribir para poder leer

Más de 1.200 profesores panameños promueven un nuevo sistema de lectura cuya pedagogía se basa en los relatos que redactan los propios estudiantes. Los docentes asisten al VI Congreso de la Lengua becados por el Ministerio de Educación

 Ciudad de Panamá 22 OCT 2013

Cuando empezó a leer ante la clase, la voz de José Vega era un susurro. Los 27 niños del salón se echaron hacia delante en sus pupitres, tratando de llegar antes al sonido de la voz infantil bajo el zumbido de los tres ventiladores del techo. José levantó la mirada del libro, tomó aire mientras apretaba con sus manos el tomo. Carraspeó y su voz se alzó sobre los cuchicheos de la clase, el zumbido del ventilador y el alboroto que venía del patio: “Ese día habían pensado ir mucho más lejos a buscar un huevo, cuando…”, y entonces el resto recobró su posición natural sin dejar de seguir el relato de su compañero de 10 años.
Hace unos meses, capturar la atención de estos pequeños era impensable. A menos que fuera con Stevenson o Verne. Ahora, las lecturas más apetecidas son esas, las de los propios compañeros de clase, o las de otros chicos, de otra escuela u otra ciudad. La vida hecha literatura por ellos mismos.

Baroja, 

Hace unos meses, conquistar esa atención era un sueño. La escuela Carlos A. Mendoza, en el distrito de San Miguelito, en Ciudad de Panamá, sabía poco de captar estudiantes para la causa de la lectura, en un país donde apenas se lee una media de dos libros por habitante y año. Y no es porque la escuela y los profesores no lo intentaran, sino porque no daban con la tecla indicada, como en la mayoría de escuelas y colegios de América Latina.
Nadie sabe si esa es la fórmula. Lo cierto es que hace dos años fueron los mismos profesores de español del país quienes pidieron a la ministra de Educación, Lucy Molinar, cambiar las estrategias de enseñanza del idioma y de la promoción y fomento de la lectura. En noviembre de 2011, después de participar en la Mesa Didáctica previa al XIV Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, se firmó un compromiso con el Meduca (Ministerio de Educación) “para asumir el protagonismo y ser actores del mejoramiento, pertinencia, uso de herramientas tecnológicas y nuevas didácticas para la enseñanza de nuestro idioma. Es una respuesta al bajo rendimiento estudiantil”, cuenta con una amable vocalización la profesora Érida Morales, responsable de lo que salió de aquel Congreso: Rednade. Ese es el nombre. Y uno de los puntos clave es la lectura, llevar el libro a los muchachos, a sus hogares.
En la Carlos A. Mendoza lo llevaban intentando de mil maneras con sus 12.000 almas, de 4 a 14 años, en las jornadas de mañana y tarde. “Lo intentamos todo, todo, todo”. Es lo que dice Miriam Espinosa, que como directora se conoce los trucos y triquiñuelas de los alumnos para evadir la lectura. “Lo veían como una obligación, como una carga”, apostilla Judith Ceballos, profesora de español. Así es que a Rednade se fueron sumando docentes de las nueve provincias panameñas interesados en aprender nuevas metodologías de enseñanza del español y del fomento del libro en este cambio de era y de hábitos de consumo y ocio cultural. La fórmula es leer a partir de lo que se escribe. O motivar la escritura, que de entrada tiene más simpatizantes, para luego leer lo escrito propio y ajeno. De la creación a lo lúdico. O como lo ve Patricia, una de las 8 niñas con chaleco azul del Círculo de Lectores de la escuela: “Leemos aunque sea por la curiosidad, por saber lo que cuenta un compañero de al lado, o de otro que es como uno y está al otro lado del Canal”.
Entran en el mundo de la lectura, luego ya irán por territorios más sofisticados, y en el camino se quedarán algunos. Pero los primeros pasos parecen garantizados.

Leemos por curiosidad, por saber lo que cuenta el de al lado"
Lo primero que Rednade creó, una vez organizada la red en 15 regiones con sus supervisores y enlaces, fue un concurso de cuento a nivel nacional. Recibieron medio millón, aunque fuera de un taller de clase. Luego se seleccionaron los mejores relatos y se imprimieron en un libro que ahora está en todas las escuelas y colegios de Panamá. Es el primer libro de lectura. Este año ampliaron el tema a “Escribe un cuento en familia” y crearon las categorías estudiantil, docentes y padres de familia. ¿Funcionará? Los nervios estaban de punta. Al final se recibieron 790.492 cuentos estudiantiles, 15.191 docentes y 17.305 padres de familia, para un total de 822.988 cuentos en un país de tres millones y medio de personas.
Y todo eso en un nuevo libro que pasará a las bibliotecas escolares y como manual de lectura en las clases de español, algunos en edición bilingüe español-inglés. Ya son 1.200 los profesores que forman parte de Rednade. Los mismos que estos cuatro días llenan el anfiteatro y sesiones especializadas en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española. Llegan de todos lados becados por el Ministerio de Educación. Van y vienen por los pasillos recién alfombrados del Centro de Convenciones ATLAPA creando los mismos murmullos de sus alumnos en clase. Cada uno trata de que su voz emerja en medio del barullo formado por los comentarios que más les han sorprendido o gustado de los seis paneles simultáneos que se realizan mañana y tarde.

Baroja, Galdós y la ortografía

Si el domingo el tema fue la travesía del libro hacia América, ayer fue la incertidumbre ante el nuevo paradigma impuesto por las tecnologías y los bajos índices de lectura. En medio de esa vorágine de dudas, el VI Congreso Internacional de la Lengua Española tuvo una alegría y una certeza: la celebración de los 300 años de la Real Academia Española. Se presentaron las ediciones conmemorativas de La busca, de Pío Baroja, y Misericordia, de Benito Pérez Galdós (editados por Alfaguara), acompañadas de estudios complementarios, dentro de la serie de obras literarias de autores relevantes de los siglos XIX y XX. La Academia Panameña presentó la edición conmemorativa Núñez de Balboa (Alfaguara), de Octavio Méndez Pereira.
También fue el día de los diccionarios: del Diccionario de ortografía escolar (Espasa) que sirvió para recordar la nueva edición del Diccionario de autoridades que ha resucitado en formato facsimilar y disponible en la web. En el ciberespacio está de manera gratuita el Diccionario de americanismos, de las 22 academias y coordinado por Humberto López.
Los actos conmemorativos del tricentenario se cerrarán en un año con la presentación de la 23ª edición del Diccionario de la lengua que verá la luz en un simposio internacional sobre el Futuro de los diccionarios en la era digital.

martes, 28 de junio de 2011

PRENSA. "El enigma de la bondad", por Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En Domingo, suplemento de "El País":
El enigma de la bondad

ELVIRA LINDO 22/05/2011

   Escribir es bueno. Habría que ver cómo estaríamos algunos de la cabeza si no escribiéramos. Cuántas neurosis se desatarían, cuánta actividad mental iría destinada tan solo a manías compulsivas. Escribir es bueno. Aún recuerdo aquellos días en que, aconsejado por ese sabio que fue el doctor Lozano, mi suegro Paco, que andaba con la memoria un poco perdida, fue recuperando fuelle mental escribiendo un diario del que secretamente yo le iba robando páginas. Cuando murió, saqué las páginas de un cajón y se las di a su hijo, que las recibió asombrado, emocionado: "¿De dónde sale esto?". Yo sabía que el espíritu del hombre que no había escrito nunca, hasta aquel terapéutico diario, aparecería nítido entre las esforzadas frases que narraban un día cualquiera: he comido habichuelas, he bajado al perro, he ido dos veces a la plaza (mercado), no he visto casi la televisión. No hay demasiadas opiniones sobre la vida, solo hechos concretos, que nosotros sabemos interpretar con el recuerdo de su temperamento activo y obediente con las autoridades médicas. No ver demasiado la tele era el primer mandamiento del sabio Lozano. Escribir es bueno. Es bueno, fácil y barato, aumenta la capacidad de concentración y pone en marcha una actividad neuronal a las que mis amigos científicos sabrían ponerle nombre. Las neuronas hacen gimnasia con la escritura. Se podría decir que escribir es recomendable para la salud. Otra cosa es escribir con ambición literaria. Una amiga, que disfruta de una alta posición como economista, me decía que no descarta escribir en algún momento de su vida. Eso sí, me advertía, procuraré que no se transparente nada de mi vida privada en lo que escriba. Entonces, le dije, escribe un diario. Un diario cuyo fin último sea el cajón de tu escritorio. Para ser escritor no hace falta ser muy listo; de hecho, ahí están las palabras de la escritora americana Flannery O'Connor: "Hay un punto de estupidez sin el cual un escritor de ficción no puede arreglárselas y es la cualidad de tener que mirar fijamente, de no enterarse a la primera"; pero lo que jamás debe faltarle a un novelista es arrojo. Por qué no decirlo, valentía. De modo que aunque escribir esté al alcance de todo el mundo, no todo el mundo puede ser escritor. Tiene su riesgo. Más riesgo aún cuando el narrador se enfrenta a unas memorias. Muchas veces me he preguntado por qué este género ha sido tan poco frecuentado en España o por qué a menudo las memorias no suenan tan francas como deberían. No se me ocurre otra razón posible que la coacción social. Si hasta cuando se publica una novela intimista hay quien se atreve a tacharla de autobiográfica como si se tratara de una acusación lícita. Todo esto se me venía a la cabeza estos días, mientras leía las memorias del hispanista americano Thomas Mermall que acaba de publicar Pre-Textos. El inicio del libro es abrumador. Mermall fue el único niño judío de una amplia zona de Hungría que sobrevivió a la persecución nazi. Su madre, enferma, acabó sus días en Auschwitz, mientras su padre y él salían huyendo hacia el bosque y sobrevivían gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos. El libro recorre el siglo XX. De la huida de los nazis a la huida del comunismo, de Hungría a Chile, de Chile a Chicago, donde Thomas se hizo adulto y americano. La apertura sexual de los sesenta en la universidad, el amor por España, por la gente común y por la filosofía y la literatura en español. Lo más notable del libro es que entramos de lleno en una vida, sin que se nos cierre ninguna puerta, dejándonos convivir con esa familia de supervivientes (la madrastra sobrevivió a los campos) y observar cómo unos responden al trauma de manera mezquina, atesorando todo aquello que les fue negado, y otros practicando la generosidad de por vida. El padre del profesor Mermall, aquel hombre que salvó a su hijo de seis años escondido en el bosque y en un granero, escribió un diario que le compró Spielberg. Se publicó, pero el proyecto de hacer una película se vio frustrado. Ahora es el hijo quien reconstruye la aventura y quien la continúa en primera persona hasta el día de hoy en que se encuentra luchando contra un enemigo interior, el cáncer. No puede haber más honestidad en estas páginas. El espíritu apasionado de Mermall es contrario a las ideologías absolutas de las que fue víctima y favorable a empatizar con sus semejantes y disfrutar de la vida. El otro día, en la presentación que de su libro hizo en el 'Cervantes' de Nueva York, Thomas reflexionaba sobre esa cosa rara que es la bondad. Tantas veces intentamos analizar a los criminales, a los seres que apestan la tierra, y qué pocas dedicamos el mismo esfuerzo a comprender qué puede llevar a un campesino a arriesgar su vida por un hombre y su hijo de seis años, a los que no conoce. Qué nos lleva a ser bondadosos hasta ese extremo y qué nos lleva a superar el dolor sin remordimiento y sin ánimo de venganza. Thomas Mermall ha llamado a sus memorias Semillas de gracia: son las que su madre sembró en él en solo seis años. Un amor que Thomas ha atesorado toda su vida de huérfano y de las que aún hoy, nos confesó, brota su inquebrantable deseo de vivir.

domingo, 25 de abril de 2010

PRENSA (3). 25 abril 2010

En "El País Semanal":

1. Israel y ‘apartheid’. Por Maruja Torres.

2. Darina no puede callar. Por Lola Huete Machado. Siete años tenía cuando empezó la guerra civil en su país, y veintitrés cuando terminó. La libanesa Darina al Joundi, actriz, educada en la libertad, sin filiación ni credo, publica un libro estremecedor sobre su lucha desesperada por sobrevivir entre tradiciones, sexo, drogas y violencia.

3. Aprender a ayudar. Reportaje de psicología, por Cristina Llagostera. Compartir cualquier dolor aligera su peso. Ayudar requiere saber escuchar y ponerse en el lugar del otro para conseguir que se sienta más capaz ante su problema y no lo contrario.

4. Umberto Eco: "Desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia".  Después de la experiencia profesional, ¿qué hemos aprendido de la vida? Sobre esta premisa conversarán con Vicente Verdú destacadas personalidades de distintos ámbitos en esta serie de entrevistas que se publicarán mensualmente. Se debate entre el odio visceral hacia los deportistas y el amor a sus nietos. A sus 78 años, el profesor sigue en plena forma. Con él arranca esta serie de entrevistas sobre las lecciones de la experiencia.

5. CONECTADOS. La era de las redes sociales. Reportaje de DELIA RODRÍGUEZ. PERFILES DE ÁLVARO CORCUERA Y GUILLERMO ABRIL. Cada vez es más fácil acercarse a ese "sueño" de tener un millón de amigos. Las redes sociales en Internet -como Facebook, Tuenti, Twitter y MySpace- están cambiando totalmente la forma de relacionarnos con nuestros vecinos, conocidos, clientes, seguidores, compañeros de trabajo y aficiones, íntimos. Algunos ven riesgos de adicción y pérdida de privacidad y del verdadero sentido de la amistad, pero más de 900 millones de personas ya se han dejado seducir. Para muchos -como los nueve personajes que ilustran este reportaje- es la manera más novedosa de socializar y sentirse acompañados.

6. Miguel Ríos, la última vuelta al ruedo. Entrevista. Por Ángel S. Harguindey. Llevó el rock a la arena. Llenó cosos hasta la bandera. Miguel Ríos se despide de las giras después de medio siglo de "caras felices y noches memorables" en la carretera.

7. Escenas de efímera exasperación III. Por Javier Marías.

8. El oficio de escribir. Por Almudena Grandes.

sábado, 24 de abril de 2010

ESCRIBIR. PRENSA CULTURAL. "Babelia": "La derrota de la página en blanco" (y 6): Ramiro Pinilla, Andrés Neuman, Wendy Guerra, Lorenzo Silva, Marcos Giralt y Alberto Manguel

En Babelia (17 de abril), suplemento cultural de "El País":
Novelistas, poetas y editores ofrecen sus consejos a todos aquellos que pretendan adentrarse en el mundo de la ficción. Leer y releer a los grandes autores clásicos y contemporáneos es la primera receta. Después, cada cual ha de buscar y elegir su propia manera de escribir.
Última entrega.

Ramiro Pinilla
El acto de sentarse a escribir nunca ha gozado de mi preferencia entre los demás del día. Siempre hubo otras necesidades más apremiantes. Sin embargo, he logrado escribir. Lo que advierte sobre la coartada de la falta de tiempo. Siempre hay tiempo para respirar. Porque, digamos, se trata de coraje. Abundan los llamados, los que redactan bien en la escuela y un día, a los dieciséis años, leen a su abuela una incipiente cuartilla y la buena señora alza los brazos y exclama: "¡Tenemos un escritor en la familia!". Con cosas así se empieza en esto. ¿Merece la pena? Un buen sueño siempre merece la pena. Pero habrá que mantenerlo limpio. No conviene, desde un principio, pretender vivir de la literatura: es peligroso para el sueño. Nunca viví de ella, siempre tuve un par de empleos. ¿A qué viene este consejo? ¿Os suena la palabra libertad? Y luego, disciplina. A un escritor compulsivo le sobra la disciplina. Creo en el trabajo lento, en soledad y al amparo de una inspiración más o menos obediente. Nunca reneguéis de los insomnios, a los que suele acudir la imaginación. Un texto, una narración, nunca es lo suficientemente buena. Siempre pudo estar mejor. Te pueden alabar mucho una historia, pero tú sabes que lo hacen porque ignoran lo que tenías en la cabeza y no halló la forma perfecta. De mis novelas y cuentos sólo pequeñas partes alcanzaron la feliz conjunción fondo/forma que creía ver, no alcancé el sueño. ¿Era posible? Sí en un texto corto, un cuento. Pero acaso esta perfección no sea más que un delirio del propio sueño, porque, si cada historia o tema requiere un estilo o lenguaje distinto dentro de cada narración, y más si es larga, también conviven episodios diferentes que acaso están marcando estilos diferentes. Aunque, cuidado, porque el escritor no es un robot, él es el culpable de lo bueno y de lo malo. En este sueño no hay sonámbulos.

Andrés Neuman
Aristócratas y pedagogos. ¿Se puede enseñar a escribir?, ¿hay unas reglas mínimas? Herméticos y aristócratas necesitan pensar que no. A pragmáticos y pedagogos les conviene pensar que sí. ¿Se puede ser un aristócrata pedagógico? Ay. No se debe... 1. No se debe escribir en estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. No se debe escribir novelas universitarias. 3. No se debe creer que hay cosas que se deben hacer. Sí se debe... 1. Se debe escribir sobre el estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. Se debe escribir novelas universitarias, si no hay más remedio. 3. Se debe creer lo que digan los personajes.


Wendy Guerra
En mi país algunas piezas oficiales creen que las casas editoriales de todo el mundo nos publican porque añadimos ficción a buena parte de nuestro drama. Pero son ellos, la mano negra e invisible que enreda las cuerdas de nuestra propia realidad, quienes despojan lo maravilloso de lo real. Escribimos sin conocer lo que pasa debajo del iceberg. El ritual de lo que vivimos es un gesto preciado, un diamante que cruje para marcar cristales en blanco. Así se inicia nuestro oficio, nos proponemos historias cotidianas, salvadas de nuestra infancia, adolescencia y juventud espolvoreada de episodios, pero la historia misma nos despierta a una trama mayor. Escritores de ficción sustituyen por veces al periodista que no puede decir lo que contamos. En todos los tiempos un escritor se enfrentó con pánico al blanco de su pizarra, pero mi instante sobre el hielo es el arte de cincelar con herramientas las palabras sobre el frío.


Lorenzo Silva
Padecí, como muchos, el martirio de sentarme ante un folio virgen con afán de mancharlo de algo impreciso y sublime. Incluso creo que llegué a sufrir ante alguna de aquellas pantallas negras de WordPerfect. Pero hace muchos años que no he vuelto a pasar por el ominoso trance. Mi truco: nunca salgo a pelear sin haber cargado a conciencia mi arma, y nunca la empuño (salvo fuerza mayor) sin cerciorarme de que estoy despejado para hacer buena puntería. No escribas sin algo concreto que contar. Con eso, y la mente bien despierta, el folio o la pantalla en blanco son el más placentero campo de maniobra.


Marcos Giralt
Tener presente que la escritura es una disciplina que exige concentración y rigor; no creer en la inspiración sino en el trabajo; saber que éste empieza antes de ponernos a escribir, en la mirada, y que por eso hay que entrenar la pluma tanto como los ojos con los que vemos el mundo; olvidar en lo posible nuestra propia vida, pero convertir la escritura en una prolongación de ella escribiendo solamente sobre asuntos que nos importan; no conformarnos con la primera versión de un texto, releerlo y corregirlo cuanto consideremos necesario; no hacer caso de consejos que contradigan nuestro propio instinto, y elegir cuidadosamente a nuestros modelos, que sean de verdad grandes. Con esto, que no es poco, y un buen diccionario, cualquiera puede enfrentarse a la escritura. Cómo alcanzar el estado idóneo depende de los hábitos y manías de cada cual. En mi caso necesito música y un número suficiente de horas por delante.


Alberto Manguel
Hay áreas en las que ningún consejo vale: nadie jamás ha podido servirse del consejo de otro para saber cómo hacer que un pan con mantequilla no caiga del lado de la mantequilla hacia abajo, cómo recrear un sueño en todos sus detalles, cómo razonar con el Papa, cómo enamorarse. Virginia Woolf (o quizás fue Somerset Maugham) dijo que para escribir un buen libro hay tres reglas, pero que, desafortunadamente, nadie sabe cuáles son. Forzado a dar consejo a quien quiere escribir, sugiero seis cosas: 1. Leer. 2. Leer. 3. Leer. 4. Leer. 5. Leer. 6. Leer.

miércoles, 21 de abril de 2010

ESCRIBIR. PRENSA CULTURAL. "Babelia": "La derrota de la página en blanco" (5): Arturo Pérez-Reverte, Antonio Gamoneda, Ángeles Mastretta, Rafael Gumucio

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Novelistas, poetas y editores ofrecen sus consejos a todos aquellos que pretendan adentrarse en el mundo de la ficción. Leer y releer a los grandes autores clásicos y contemporáneos es la primera receta. Después, cada cual ha de buscar y elegir su propia manera de escribir.

Poco a poco, iremos reflejando esos consejos en estas entradas:

Arturo Pérez-Reverte
Escribir no es tanto cuestión de talento como de constancia. El trabajo, la dedicación y las lecturas son el camino más directo para tener éxito en la creación literaria. Con el tiempo, los escritores vamos cambiando y no es la misma novela la que escribes con 20 que la que escribes con 40, o con 60, porque tu corazón cambia con el tiempo, pero creo que todo escritor coherente debe pisar siempre el mismo territorio e ir desarrollándolo con los años. El lector siempre debe reconocer tu territorio. Desconfío del autor que cambia de territorio o que no lo deja claro en sus libros.

Antonio Gamoneda
Parto de una actitud permanente en el sentido de que la manifestación o la presencia del pensamiento poético es una parte de mi vida. Ese pensamiento poético, por decirlo de alguna manera, permanece inmovilizado, pero está conmigo todo el tiempo. Y, en algún momento, una parte de mi cerebro que los científicos nos están localizando, pone en marcha ese pensamiento poético del que hablo, el cual, a mi entender, difiere de cualquiera otra modalidad de pensamiento. Es un lenguaje interior que se activa rítmicamente, en su aparición hay un desencadenante musical, y ese pensamiento rítmico es identificable como pensamiento poético. Lo que no se debe hacer, sin que esto sea una ley de aplicación general, es crear un proyecto, programar, crear unas metas o significaciones previas con fines de escritura poética. No es precisamente el automatismo puro de los surrealistas, pero sí es una actividad que no debe ser intervenida por otras formas de pensamiento. Finalmente, de manera quizá no perceptible para el poeta hasta el final sí aparece un sentido, un conocimiento que se parte del no saber que decía Juan de Yepes al saber, al conocimiento, pero por mecanismos que no son la indagación, el estudio o la indagación previa.

Ángeles Mastretta
¿Escribimos para recordar o para ir adivinando lo desconocido? Alguna vez recomendó Julio Cortázar: "Cuenta la historia como si sólo fuera de interés para el pequeño círculo de tus personajes, pensando en que podrías ser uno de ellos". Yo no encuentro una mejor recomendación para quienes quieran meterse en este lío que es escribir quimeras. Inventar mundos es querer adivinarlos. ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes fueron? ¿Qué pensaban? ¿Qué los conmovía? ¿En dónde viven? ¿A quién añoran? ¿A qué se atreven? Yo para eso escribo novelas. Para soñar con otros, para inventar personas a las que me gustaría conocer, con las que me haga bien convivir durante horas, durante días alargándose por años. Lo que me sucede no necesito reinventarlo, y cuando intento hacer algo así siempre termino aceptando que la historia que digo ha sido mía. Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad. Yo de cómo escribir, de los trucos y los equívocos, no sé hablar bien. Lo único que sé con la claridad del agua es que escritor es quien escribe todos los días, todos los ratos libres y siempre que algo mira, aunque no tenga lápiz, ni teclas con las que dejar constancia de sus palabras.

Rafael Gumucio
¿Se puede enseñar a escribir? Claro, con un buen silabario y una profesora paciente no hay niño que no sepa después de unos meses escribir su nombre y el de sus padres. ¿Aprender a ser escritor? Ser escritor es ser por escrito, ser más intensamente, más completamente por escrito que por cualquier otro medio. Todos tienen la facultad de lograrlo. Las materias que se necesitan aprobar son justamente las que no se enseñan en la universidad, pero las que se imparten en cualquier otra parte: la valentía, la honestidad, el descaro, la oportunidad, la lucidez, la gracia. Por otro hacer de escritor es más simple, basta usar anteojos, leer mucho, encerrarse en alguna universidad americana por un semestre, ser jurado de cuanto concurso hay, vestirse de chaqueta de mezclillas y preocuparse por grandes temas tipo "el mal", el vacío y la cuarta guerra mundial.

martes, 20 de abril de 2010

ESCRIBIR. PRENSA CULTURAL. "Babelia": "La derrota de la página en blanco" (4): Fernando Aramburu, Fogwill, Yuri Herrera, Elvira Lindo

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Novelistas, poetas y editores ofrecen sus consejos a todos aquellos que pretendan adentrarse en el mundo de la ficción. Leer y releer a los grandes autores clásicos y contemporáneos es la primera receta. Después, cada cual ha de buscar y elegir su propia manera de escribir.

Poco a poco, iremos reflejando esos consejos en estas entradas:


Fernando Aramburu

Sinceramente, joven, el único consejo útil que puedo darte es que seas un genio. La genialidad ayuda a evitar complicaciones. Es como ir de viaje en un automóvil de fórmula 1. Llegas antes, aunque ay de ti como te salgas de la carretera. Si vas andando no te quedará más remedio que encomendar tus ilusiones al trabajo constante, al estudio minucioso de la lengua, a tu conocimiento particular de los asuntos humanos. Tengas mayor o menor talento para la expresión escrita, procura ser auténtico porque, de lo contrario, ¿qué vas a ofrecer sino humo a los demás? Y desconfía de los pelmas aconsejadores que pretendemos alumbrar el universo con una chispa.

Fogwill
El de la página en blanco es un lugar común tributario de la mitología del artista, su padecer, sus sacrificios. Mallarmé, en su Brise Marine lo llevó al extremo, con una ironía que pocos advierten: en el poema la página en blanco es restaurada hasta recuperar su materialidad de "vacío papel que defiende su blancura" y se suma a "los viejos jardines hechos para mostrarse", "la claridad desierta de la lámpara" y a "la joven esposa que amamanta su bebé" como formando el todo repudiable de la vida burguesa. Su consejo a los que temen a la página en blanco es enfrentar a la tormenta, naufragar y perderse hasta poder "atender-entender" el canto de los marineros. Tenemos la cabeza llena de cantos de marineros, campesinos, soldados y maestros de la lengua: escuchémoslos y dejémonos de mariconerías domésticas como los triviales ritos del escritor que cree temer a la hoja en blanco cuando lo acosa una deplorable blancura mental.

Yuri Herrera
No existe eso que llaman bloqueo de escritor. Si no escribes: o no tienes nada que decir, o no es el momento de decirlo, o eres demasiado perezoso para ponerte a trabajar. En cualquier caso no hay por qué angustiarse, el mundo seguirá girando a pesar de tu silencio. Hacer literatura no es un deber. A nadie le urge un escritor. Si uno entiende eso puede tomarse el tiempo necesario para escribir, sin contentarse con la autoconfesión o la escritura automática, formas de la calistenia. Porque el verbo más importante del oficio es rumiar; la literatura se gesta rumiando. Hay que dejar que a uno se le pudran las historias en la cabeza, que fermenten hasta despedir ese olor que indica que ya están listas para ser puestas en palabras.

Elvira Lindo
Por desgracia, no se puede enseñar a escribir literatura a quien no tiene talento. El talento no se enseña. Sin embargo, a quien sí lo tiene, un buen maestro le puede servir de gran ayuda. Los mejores maestros se encuentran, sin ninguna duda, en la estantería. No se puede adquirir un estilo propio si no se lee y no se imita a los grandes escritores. La admiración y la emulación a los clásicos son el principio obligado de una carrera literaria. Después, están las escuelas de escritura. Son interesantes porque ponen al alumno en contacto con personas que comparten las mismas inquietudes. Lo deseable es que el alumno encuentre a un buen maestro. El buen maestro ha de enseñar a amar la literatura sin papanatería, pero sin malograr la inocencia del alumno. Lo ideal es encontrar un buen maestro que no esté lacrado por el resentimiento. Hay maestros que quieren imponer sus manías y sus prejuicios literarios a sus alumnos. Que les inoculan el desprecio, que es el pecado más estéril de los literatos. De ellos hay que huir como de la peste. Nada mejor que el maestro que enseña a admirar, en primer término, y a analizar las dificultades de la creación. De un taller literario es posible que sólo uno o dos alumnos tengan futuro, pero por esos dos diamantes en bruto merecen la pena todas las escuelas de letras.

lunes, 19 de abril de 2010

ESCRIBIR. PRENSA CULTURAL. "Babelia": "La derrota de la página en blanco" (3): Juan Gelman, Santiago Gamboa, Matilde Asensi

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Novelistas, poetas y editores ofrecen sus consejos a todos aquellos que pretendan adentrarse en el mundo de la ficción. Leer y releer a los grandes autores clásicos y contemporáneos es la primera receta. Después, cada cual ha de buscar y elegir su propia manera de escribir.
Poco a poco, iremos reflejando esos consejos en estas entradas:

Juan Gelman
¿Consejos? Para los jóvenes poetas, ninguno. Los únicos maestros son los grandes en lengua castellana y ayudan a encontrar la propia voz. Se busca, entonces, lo mismo que ellos buscaron y hay que ir a la página en blanco virgen de todo mecanismo adquirido en una escritura anterior: cada nueva obsesión tiene su música. Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo. Decía la gran poeta rusa Marina Tsvetáieva: el poeta no vive para escribir, escribe para vivir.

Santiago Gamboa
Conviene, al inicio, imaginar una novela descomunal, pues la escritura es un proceso de pérdida: se sueña con una catedral y al final se logra una iglesia de provincia. Luego escribir de forma obsesiva, aunque no siempre "escribir" significa golpear el teclado. A veces basta con pensar intensamente en lo que se está escribiendo. Pero a veces, pues no hay que olvidar que las novelas tienen muchas páginas y alguien debe hacerlas. Y un consejo suplementario: cada día, para concentrar fuerzas, se pueden decir en voz alta estos versos: Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza. / Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme. / Prometo no ser tan "versátil" como algunos editores quisieran. / Prometo no ser nunca un escritor sin escritura. / Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento. / Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco. / Prometo también algo muy sencillo. / Repetir cada mañana esta plegaria: / "Señor, no soy ávido / sólo te pido 500 palabras".

Matilde Asensi
Antes de empezar a escribir hay que disfrutar del proceso de creación. En general, todo el mundo considera que teclear en el ordenador es, de hecho, el trabajo del/la escritor/a, que la inspiración guía mágicamente sus dedos y que la narración va saliendo mientras se escribe. Pero cuando ese momento llega, ya se han dejado atrás muchos meses (incluso años) de proceso creativo: tus personajes tienen nombres y vidas, tu argumento está completo, conoces las diferentes historias que se trenzarán a lo largo de la obra y ya has documentado la época histórica en todos sus aspectos. En realidad, la fase de creación es la más amplia e interesante; escribir, lo que se dice escribir, sólo es el final del proceso.