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lunes, 10 de febrero de 2014

PRENSA. "El fantasma del racismo recorre otra vez Europa"

Un grupo de jóvenes neonazis en República Checa desde la que se dirigieron a una barriada gitana para intentar asaltarla en junio de este año. / GUSTAV PURSCHE  (CORBIS) ("El país")

   En "El País":

El fantasma del racismo recorre otra vez Europa

Los judíos confiesan que vuelven a tener miedo. Algunos gitanos van a colegios segregados. Europa se reencuentra con el odio

 /  Ostrava / Budapest 15 DIC 2013

Todos los dirigentes europeos, sin excepción, han glosado esta semana los méritos de Nelson Mandela. Muchos han pronunciado frases brillantes y han asistido a los funerales del hombre que venció al odio racial y al apartheid. Pero justo en la Unión Europea, donde la crisis no termina, el paro afecta a 25 millones de personas y hay 80 millones de pobres, la xenofobia y el racismo no dejan de aumentar.
El viaje comienza en Ostrava (República Checa). Aquí, los niños gitanos son enviados a escuelas especiales. Algunos comparten aulas con alumnos discapacitados, otros van a colegios solo para gitanos. Muchos viven en barrios o pueblos separados del resto de la población y sin acceso a los mismos derechos. Un régimen de apartheid. Situaciones similares suceden en Hungría, donde el 90% de los gitanos están en el paro. En Polonia, donde muchos restaurantes no dejan entrar a romaníes. O en Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y Bulgaria.
Miroslav Turek, pedagogo social de la escuela Premysla Pittra, en Ostrava, se parece poco a cualquier profesor europeo medio. Tras 10 años de trabajo en una prisión y otro periodo en una casa de acogida infantil, este maestro se encarga ahora del grupo más problemático de un colegio en el que todos los alumnos son gitanos, a pesar de que el barrio acoge también a otras comunidades. Turek dice tutelar a 14 chicos de entre 13 y 15 años, aunque en la minúscula clase que regenta no se ven más de 7. “En noviembre solo hubo ocho días en que asistieran todos”. Y precisa que trabaja con los padres para minimizar las ausencias.
A simple vista, Premysla Pittra no es una escuela diferente. Un centro más de enseñanza primaria, acogedor por los trabajos infantiles que adornan sus paredes. Pero este especialista debe emplearse a fondo en lecciones ajenas al programa educativo. “Durante tres meses, por ejemplo, me he dedicado a mostrarles la importancia de traer lápices a clase”, expone con admirable serenidad. El profesor no se da por vencido. Coopera con las familias y deja claras las reglas con métodos sencillos: tarjeta verde a la primera infracción, amarilla a la segunda, y a partir de ahí, orden de quedarse en clase después de que suene el timbre.
Premysla Pittra es una escuela segregada: solo acoge a niños gitanos, en gran medida de entornos desfavorecidos que lastran sus resultados escolares. Pero aún existe una opción peor para estas familias con problemas más graves que la educación de sus hijos. Que los críos recalen en escuelas para “discapacidades mentales leves”, como las denomina el sistema. Debido a un perverso círculo vicioso, la mayoría de los que acaban allí son gitanos que no han superado la prueba de aptitud que determina en qué escuela ingresan los niños de seis años.

Los gita

La mayoría de los checos escolarizan a sus hijos a partir de los tres años, una etapa en la que la educación no es obligatoria. Así que llegan entrenados a ese pequeño examen —con pruebas como contar hasta 10 o pequeños juegos de lógica—. Pero los gitanos suelen enfrentarse a esa evaluación con una mínima fase previa de adaptación a la escuela. Así que muchos suspenden y acaban ingresando en lo que las autoridades denominan eufemísticamente escuelas prácticas. Los datos oficiales aseguran que un 3% de los niños entran cada año en ellas, aunque rehúsan desglosar la proporción de gitanos. “No podemos almacenar los datos por raza. Sería discriminatorio”, alega Martin Stepanek, vicealcalde de Ostrava a cargo de la educación.
La segregación en las escuelas es un problema que afecta a toda Europa del Este. Y emerge como el símbolo de un mal mayor que recorre ya todo el continente: el odio a las minorías, con los gitanos, los árabes, los judíos y los negros como comunidades más perseguidas.
Al otro lado de Europa, en Holanda, Austria, Francia, Bélgica o Reino Unido, el poder político lleva algunos años tratando de convertir a las exiguas minorías gitanas en el chivo expiatorio de la crisis, o de la gestión de la crisis. Silvio Berlusconi abrió el fuego en 2008 censando y expulsando en masa a los gitanos en Italia; Nicolas Sarkozy tomó el relevo en 2010, y hoy el virus ha contagiado a los (supuestos) progresistas.
Así el apartheid económico y racial y el odio al diferente comienzan a ser una seña de identidad en muchos de los 28 países de la UE. El fenómeno inquieta a algunos observadores. Según ha escrito el filósofo francés Christian Salmon, “la política está siendo devorada por la xenofobia inherente al sistema económico neoliberal”.
En Francia y Reino Unido, las pulsiones xenófobas han llegado desde la extrema derecha hasta la cúpula del Estado. El sociólogo galo Eric Fassin explica que las diatribas del ministro del Interior, Manuel Valls, contra los romaníes “legitiman el discurso racista del Frente Nacional y tratan de hacer olvidar a los votantes que el Gobierno socialista hace la misma política económica que Sarkozy”. El Ejecutivo socialista lleva meses derribando chabolas de ciudadanos europeos (gitanos) sin realojar a sus 17.000 ocupantes —la mitad niños—, incumpliendo así la promesa electoral de François Hollande, las normas internacionales y la circular de Interior de agosto de 2012. La idea era tratar con humanidad y firmeza a las poblaciones “precarias”. Solo queda la firmeza.
En paralelo, los racistas han dado un paso al frente y han ocupado las calles, las redes sociales y los medios. La ministra de Justicia, la guyanesa Christiane Taubira, ha sido comparada con un mono por una excandidata del Frente Nacional, por una niña de 12 años en una protesta contra el matrimonio gay y por una revista de extrema derecha. Los ataques de la derecha populista contra la comunidad musulmana son ya tan corrientes que no son noticia. La novedad es que, según una reciente encuesta de la Agencia de Derechos Fundamentales, el 85% de los judíos franceses creen que el antisemitismo es un problema en su país —frente al 66% de la media europea.
El portavoz de la Unión de Estudiantes Judíos de Francia (UEJF), Elie Petit, comenta: “El discurso antisemita se ha legitimado y corre libre por las redes sociales. Es como si el lenguaje de los años treinta volviera a estar de moda. Pero lo más grave es que las ideas xenófobas calan entre los jóvenes. Un 40% de los franceses de entre 18 y 25 años se declaran dispuestos a votar a la extrema derecha en las europeas” de mayo.
En Reino Unido, la cosa parecía ir mejor. Pero hace unos días, el primer ministro, David Cameron, se subió a la ola antigitana con un artículo en Financial Times en el que anunciaba que exigirá a Europa medidas para regular la inmigración, y se refería a los “nómadas” rumanos y búlgaros diciendo que su Gobierno les negará los derechos que concede a otros inmigrantes, como las ayudas sociales para vivienda y desempleo. Eso sí, Cameron recurrió al eufemismo, al escribir que Londres deportará a los “inmigrantes europeos que pidan limosna o duerman al raso”.
En tiempos de odio al diferente, los negros viven situaciones similares a las de los gitanos y los judíos: rechazo inmediato a primera vista e identificación con los clichés que siempre los han acompañado. “Al negro se le tacha de perezoso o irracional. Y el estereotipo no desaparece ni cuando son ricos”, explica Omar Ba, responsable de la Plataforma Africana en Amberes, una próspera ciudad belga que vive su particular recelo hacia las minorías. En este caso, la base no es tanto económica como de identidad nacional: el nacionalismo flamenco endurece los criterios para acceder a ciertas prestaciones con requisitos como el conocimiento de la lengua, el holandés.
Ba alerta de que la extrema derecha se está acercando a la población media, al tiempo que los partidos mayoritarios emulan los discursos radicales. “Con la crisis, los políticos han mostrado su incapacidad. Así que, como no es fácil encontrar culpables, y la ciudadanía está frustrada, juegan la carta del extranjero. Pero hay que tener cuidado. Antes de la II Guerra Mundial había este mismo discurso”, previene este elocuente belga procedente de Senegal, que relata problemas al acceder a algunos servicios que solo se solucionan cuando aparece su esposa, belga de origen.

Los judíos en Europa

Estudio de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE sobre las experiencias de los judíos en los ocho países de la UE —Bélgica, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Letonia, Suecia y Reino Unido— donde reside el 90% de la población judía europea.
2/3 de los judíos entrevistados consideran que el antisemitismo es un problema en sus países.
Un 76% cree que el problema se ha agravado en los cinco últimos años.
1/3 tiene miedo a sufrir una agresión física por ser judío.
Más de la mitad ha presenciado algún incidente en el que se negó, se trivializó o se minimizó el Holocausto.
El 23% dice que en alguna ocasión ha evitado asistir a actos judíos o visitar lugares judíos por miedo.
Más del 40% de los preguntados en Bélgica, Francia y Hungría indican que han pensado en emigrar.
¿Quizá se inspiran los líderes de las viejas democracias en lo que sucede en el Este de Europa? En el bloque del “capitalismo tardío” residen la mayor parte de los ocho o diez millones de europeos gitanos, y la palabra romaní se declina con tres pes: pobreza, paro y persecución. Allí, manifestar en público el odio a los gitanos —y de forma creciente a los judíos— sale cada vez más rentable.
En Eslovaquia, por ejemplo, un neofascista acaba de ganar unas elecciones regionales con un vasto programa político —como ironizó De Gaulle—: poner a los gitanos a realizar trabajos forzosos. Los comicios de Banska Bystrica han convertido en presidente de esta región, que en 1944 se levantó contra los nazis, a Marian Kotleba, que basó su campaña en dos elementos: denunciar la corrupción y acabar con el “parasitismo gitano” suprimiendo las ayudas sociales a los romaníes y enviándolos a reconstruir las carreteras. Según Peter Pollak, alto representante eslovaco para la cuestión gitana, el 40% de los romaníes del país viven en guetos, frente al 20% de hace una década.
El éxito de Kotleba retrotrae a la Europa de los años oscuros. Fundador en 2003 de un grupúsculo violento llamado Comunidad Eslovaca, Kotleba fue encarcelado varias veces por desfilar por los guetos gitanos con un uniforme igual al de la guardia del sacerdote Andrej Hlinka, la milicia clerical-fascista que lideraría monseñor Josef Tiso entre 1939 y 1945.
En Ostrava, una ciudad media de antiguo esplendor industrial donde los gitanos viven en distritos muy desfavorecidos, el apartheid escolar de los niños gitanos saltó en 2006 porque unas familias llevaron el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Este sentenció que el sistema educativo incurría en una discriminación indirecta al orientar a los chicos mayoritariamente hacia esas escuelas de menor nivel. Y obligó al Estado a indemnizar a los demandantes.
Pese al fallo, las cosas han cambiado poco. “Incluso la comunidad gitana tiene la impresión de que es peor ahora porque están más concienciados”, explica Kumar Vishwanathan, responsable de Viviendo Juntos, la ONG que lideró todo el proceso. Esta organización promueve la convivencia de “gitanos y blancos” en varias comunidades de Ostrava, con buenos resultados de integración. Renata Gaziová dirige una de ellas. “Apenas un 3% de los niños gitanos van a buenas escuelas; el resto están segregados”, explica esta romaní, que es tajante a la hora de definir qué aprenden los niños en las escuelas que se apartan del canon: “Nada. Conozco una niña de 15 años que no sabe leer ni escribir su propio nombre”, relata.
Las familias tienen difícil apartarse del destino marcado por el sistema. “Me gustaría darles a mis hijos la libertad de haber sido médicos, por ejemplo, pero ya en la escuela les dicen que no pueden. Así que yo misma le recomiendo a uno de ellos que sea cocinero. ¡Al menos yo puedo enseñarle!”, bromea Iveta Kroscenova, madre de nueve hijos, cinco de ellos matriculados en escuelas segregadas. A su lado, Jolana Smarhovycová, activista para la integración de los gitanos, explica que su hija iba a una escuela normal, pero la pusieron en una clase en la que solo había gitanos. Cuando preguntó la razón, la cambiaron. “Y entonces se convirtió en la única niña gitana de su clase. Al final nos mudamos”, explica. Su sobrino Kristián no tuvo tanta suerte. Terminó con buenas notas en una escuela para niños con dificultades de aprendizaje, pero al salir se dio cuenta de que su preparación no le permitía acceder a la educación secundaria.
Este es el círculo en el que se ven envueltos los gitanos, que suelen recorrer el mismo camino de pobreza y marginación que sus padres. El vicealcalde Stepanek se defiende: “Van a escuelas en las que solo hay gitanos por criterios de proximidad. Y en cuanto a escolarizarlos en centros especiales, son los psicólogos los que lo deciden”.
En Hungría, los gitanos están habituados a oír esas excusas y otras peores. Los datos dibujan una situación de profunda marginación. Según un colectivo de ONG, la tasa de desempleo entre el colectivo supera el 90%, mientras el paro entre la población no gitana es del 11%. Además, un 40% de los 10 millones de húngaros viven bajo el umbral de la pobreza; de ellos, casi un millón son gitanos. Pese a la violencia de esos números, la voz de la minoría romaní es casi inaudible. Aunque algunos empiezan a organizarse.
Estamos en Budapest, la capital de un país donde hace 70 años medio millón de judíos y 100.000 romaníes fueron asesinados por los nazis con la colaboración del régimen fascista del almirante Miklós Horthy. Aquí acaba de nacer el Partido Gitano de Hungría (MCP), que ya presume de tener 5.000 militantes y planea presentarse a las elecciones legislativas y europeas de 2014. Aladár Horváth, su portavoz y presidente de la Asociación para los Derechos de los Gitanos, explica que la situación de los romaníes se ha deteriorado con el Gobierno del populista Viktor Orbán: “La discriminación racial y social está institucionalizada en la Administración y es omnipresente en los medios”. A pesar de su nombre, el Partido Gitano quiere representar “a todos los pobres, porque hoy, a los ojos del poder, todo el que es pobre es gitano”, añade Horváth.

La únic

Es la única 
Curiosamente, el ideólogo y vicepresidente del Partido Gitano no es gitano, sino judío: el aguerrido y lúcido militante antifascista Sandor Szoke. Guionista y escritor, Szoke ayuda a los gitanos a repeler los ataques de los paramilitares del partido neonazi Jobbik, la tercera fuerza política del país, que tiene 44 diputados de los 386 totales y se divierte sembrando el pánico en la comunidad romaní y agrediendo, de momento solo verbalmente, a los judíos.
Szoke cuenta que empezó a ayudar a los romaníes a afrontar a los cabezas rapadas hace seis años “porque tenía que haber algún blanco entre ellos para defenderlos”. Mientras come una trucha en el decadente café Astoria de Budapest, reconoce que fundar un partido gitano “no es la mejor idea, pero no hay otra alternativa: no hay una izquierda que les defienda, el consenso en la fobia es absoluto”.
Desde que en 1989 cayó el muro de Berlín, la situación de los gitanos tornó en desastre. “Ellos eran los únicos que vivían mejor que ahora bajo el comunismo. Como en otros países del bloque, la industria estatal sostenida artificialmente se derrumbó dejándoles sin su mayor fuente de trabajo. Muchos romaníes húngaros eran la mano de obra en esas fábricas. En aquel momento la indigencia estaba prohibida y el paro era ilegal. Si pasabas más de tres meses sin trabajar, te denunciaban por ‘parásito y fugitivo del trabajo’. Así que cuando cayó el Muro, los gitanos volvieron a ser vistos como criminales, igual que antes de la II Guerra Mundial. Hoy sigue siendo así”. Hay una segunda razón, añade Szoke. La involución democrática. “Orbán partió de los años ochenta, luego retrocedió a los sesenta y ahora vamos de cabeza hacia la sociedad durmiente, feudal y clientelista de la Hungría de 1918 a 1944, la del nacimiento del fascismo”.
La última reforma impulsada por el Gobierno es la de educación, que ha reducido en dos años, hasta los 14, la edad obligatoria de escolaridad. “La idea es brillante, copiada del comunismo: crear una fuerza de trabajo gitana de bajo coste. Ahora los obligan a vivir en pueblos partidos por la mitad: una parte gitana y otra blanca. En Budapest viven en dos guetos porque nadie les alquila apartamentos y no acceden al mercado laboral. Están como los árabes en Francia en los años setenta, fuera del sistema. Ahora, Orbán les ofrece trabajos por 120 euros al mes. Si los rechazan, les dejan tres años sin ayudas sociales y sin seguridad social”.
La inquietud es también palpable entre los judíos húngaros, la élite social y económica, que reside mayoritariamente en la capital. Todos los entrevistados en Budapest cuentan que tienen amigos y familias judías que han emigrado. Los episodios antisemitas, dicen, suceden cada vez con más asiduidad. “Todavía no nos pegan como a los gitanos, pero los ataques verbales son continuos, y hay gente que se ha ido de Budapest y otros que dudan si hacerlo”, dice Anna Szeslzer, una mujer risueña, laica y nada dramática, que fundó la escuela privada Lauder de Budapest en 1990 y se jubiló hace unos meses de la dirección del colegio. “En dos años hemos perdido 28 alumnos, una clase entera”, explica con una sonrisa amarga, “y paradójicamente ahora tenemos listas de espera, quizá porque los ataques ayudan a despertar la conciencia judía”.
El acoso y la diáspora incipiente —que algunos prefieren atribuir solo a la crisis— se entienden con un suceso reciente. Antes del verano, un destacado dirigente de Jobbik, Márton Gyöngyösi, pidió en el Parlamento que se elaboren listas de los judíos, “sobre todo los que están en el Gobierno y el Parlamento, porque suponen un riesgo para la seguridad del país”, dijo. Ahora, Gyöngyösi declina una invitación de este diario para explicarse. El Gobierno de Orbán condenó sus palabras y aseguró que toma “las más estrictas medidas contra toda forma de racismo y de comportamiento antisemita”. Pero la comunidad judía no tiene eso tan claro, dice desde Nueva York Esther Susán, una joven que ha decidido dejar su país. “Yo me he ido temporalmente, no por el antisemitismo, sino por todo lo que ha pasado en el país en los dos últimos años. No creo que tenga futuro allí, pero no solo por ser judía”. Desde Barcelona, David Stoleru, director del programa The Beit Project, que cuenta el Holocausto por colegios de toda Europa, afirma que “Hungría está emitiendo una luz roja muy intensa”.
Daniel Bodnar, presidente de la Fundación Acción y Protección (FAP), la primera asociación húngara contra el antisemitismo, no parece sentir miedo y entra en el café Astoria sonriente. Cuenta que la FAP detectó “hace año y medio” el malestar de la comunidad judía y lleva ocho meses analizando las razones. “El 99% de los ataques son verbales. Ese acoso es superior a la media europea, pero a cambio no hay ataques físicos. El 90% de los ataques proceden de la política”. “Y el mayor problema es que la justicia no actúa. Yo he denunciado 29 ataques en los últimos seis meses y solo uno ha acabado en proceso. ¿La culpa? De los fiscales y la policía. Desde 1990, en Hungría solo ha habido dos sentencias por antisemitismo”.


El líder nacionalista eslovaco Marian Kotleba cuando intentó destruir, en 2012, las chabolas del barrio gitano de una ciudad en el sur del país. / J. VAJDA (EPA)
En las sinagogas de Budapest se respira un ambiente de tensa serenidad, o de tensión resignada. Un joven rabino de Buda, Tamas Vero, cuenta que “algunas familias del barrio se han ido a Israel, y otras, a Viena y a Berlín”, y que su mujer quiere irse también “por las niñas”, porque en los libros de texto los judíos no existen y “porque dice que estamos otra vez en 1933”. El rabino intenta que su esposa no se preocupe, pero admite que los viernes se concentran jóvenes ante la sinagoga haciendo el saludo nazi: “Le digo que el capitán es el último que abandona el barco, y que no es cierto que Hungría nos odie, ¿qué puedo hacer? Pero ella tiene razón en una cosa: el Estado y Orbán no nos protegen lo suficiente. En todo caso, yo todavía paseo tranquilo por el barrio con mi kipá, aunque a ciertos sitios la llevo debajo de la gorra. Pero su primera diana son los gitanos”.
Al otro lado del Danubio, otro joven rabino, Istvan Horvath, recibe al periodista en la puerta de la Gran Sinagoga de Pest. Cuando entra al despacho, se quita la gorra y aparece la kipá. Horvath está preocupado por “la oscuridad espiritual” que aqueja a los jóvenes europeos y por la “escasa conciencia” de los judíos húngaros. “Mis padres son laicos y lo ignoran casi todo sobre el judaísmo. Como tantos que sobrevivieron al Holocausto, ocultaron su origen durante años. Mi abuela decía: ‘Somos todos iguales’. Quizá porque perdió la fe en Auschwitz. Allí murieron 28 miembros de la familia. Creo que a los nietos nos toca intentar reforzar el significado de esa identidad perdida. Y es un trabajo muy duro. Porque no es verdad que los ataques de Jobbik, que son nazis de corazón, refuercen el sentimiento de pertenencia a la comunidad judía. Al revés”.
Cuando se le pregunta si Europa está volviendo a su pasado más oscuro, el joven rabino responde: “A veces se parece a lo que pasó hace 70 años. Pero no es igual. Hoy tenemos recursos que entonces no teníamos. Aquí hay ocho o diez asociaciones judías, y está la Unión Europea”. Ya, pero a los gitanos les atacan físicamente... “Esa es la gran vergüenza. Nadie hace nada para ayudarles, incluido yo. Por eso, cuando oigo a un judío meterse con ellos, grito y lloro”.

El europarlamentario nuevo judío: Csanád Szegedi


Csanád Szegedi. / Laszlo Balogh (Reuters)
La comunidad judía húngara y la asociación ortodoxa Chabad tienen hoy en sus filas un refuerzo que nadie esperaba: el hombre que hasta hace unos meses era el dirigente más fanático del partido neonazi Jobbik. El hombre se llamaba Csanád Szegedi, es eurodiputado y nació en 1982 en Miskolc. Szegedi ascendió en política negando los campos de exterminio. Pero hace unos meses descubrió que su abuela estuvo en Auschwitz, y Csanád se convirtió en David: el antisemita por antonomasia era judío.
“Un día me llamó por teléfono y me pidió una cita con el rabino”, recuerda Daniel Bodnar, portavoz de Chabad. “Pensé que era una provocación, porque era el más odiado del Jobbik”. ¿Y llamaba para convertirse? “No, no lo necesitaba porque su madre es judía. Solo tuvo que circuncidarse. Lo hizo, dejó el Jobbik y ahora es un eurodiputado independiente y apoya a Israel”.
Su caso, siendo extremo, es frecuente entre los judíos húngaros. Tras la muerte en las cámaras de gas de más de 500.000 miembros de la comunidad, muchos supervivientes ocultaron su condición. “Mis padres solo supieron que eran judíos en los setenta”, dice Bodnar; “como a muchísimos otros, sus padres no se lo contaron”.
“Somos el país europeo con una comunidad local de supervivientes del Holocausto más amplia, y esto explica que las tensiones sean tan fuertes. La dinámica sospechoso-víctima sigue mandando. Necesitamos una ley de memoria y una ley de perdón”, dice Bodnar.

Los gitanos en Europa

Encuestas de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), realizadas en 2011 a partir de 102.000 entrevistas personales (el 20%, a ciudadanos gitanos; el resto, a sus vecinos no gitanos) en Bulgaria, República Checa, Francia,  Los europeos de etnia gitana están excluidos de la vida económica, social y política. Comparados con los no romaníes, son más pobres, sufren más el desempleo, estudian menos años y tienen menos acceso al agua potable, al alcantarillado y a la electricidad.
Los gitanos tienen más probabilidades de sufrir enfermedades crónicas y menos acceso al sistema de salud. Las gitanas son la población menos favorecida de la UE. Las jóvenes que se casan y tienen hijos antes de los 20 años duplican la media de las no gitanas y tienen menos probabilidades de completar su educación.
La mitad de los gitanos dicen haber sentido discriminación en el último año.
El 90% de los gitanos viven por debajo de los niveles nacionales de pobreza.
Un tercio de los gitanos están en paro.
El 67% de los que trabajan tienen empleos sin cualificar o poco cualificados, frente al 16% de los no gitanos.
El 30% de los gitanos con educación universitaria están en paro, frente al 14% de los no gitanos.
El 45% vive en viviendas en las que falta al menos uno de estos elementos: cocina techada, baño, ducha o luz.
 El 40% vive en comunidades donde al menos una persona se fue a la cama con hambre una vez en el último mes.
Lívia Járóka. / THIERRY MONASSE (AFP)
Es la única eurodiputada en un hemiciclo de 766. “Si fuera proporcional a la población, tendríamos que ser al menos 21”, explica Lívia Járóka, húngara, de 39 años, que logró estudiar y escapar al sombrío destino que aguarda al pueblo romaní. Esta ha sido una buena semana para la visibilidad del colectivo en las instituciones europeas. Los Estados miembros se han comprometido a aplicar medidas de integración, la Eurocámara ha clamado contra las expulsiones ilegales y la propia Járóka ha presentado un informe que pone el acento en el segmento más vulnerable: las mujeres gitanas. Pese a todo, la situación dista mucho de mejorar.
“El principal argumento para integrarlos es económico. No introducirlos en el sistema cuesta cinco veces”, asegura la eurodiputada, con el razonamiento de que los gitanos constituyen buena parte de la fuerza laboral del Este. Mantenerlos en desempleo cuando esos países necesitarán mano de obra de aquí a unos años es absurdo, aduce.
Járóka censura la educación segregada, especialmente la prueba que les hacen a los niños para decidir si van a una escuela normal o especial. “Los gitanos tienen una gran capacidad emocional que el test no mide”. Según sus datos, el 40% de todos los niños gitanos en Europa van a escuelas segregadas.
El discurso se vuelve más benévolo al referirse a su país. Járóka, perteneciente a Fidesz —el partido del controvertido primer ministro, Viktor Orbán—, defiende la “progresiva integración” que apoya el Gobierno.

sábado, 24 de septiembre de 2011

PRENSA. "El loco de Oslo", por Samí Naïr

Samí Naïr

   En "El País":
El loco de Oslo

SAMI NAÏR 30/07/2011

   El odio extravía; mata cuando cae en manos de individuos psíquicamente perturbados, como es el caso de la horrible masacre ocurrida en Noruega. Otrora afiliado al partido de extrema derecha curiosamente llamado "Partido del Progreso", el asesino es hoy condenado por ese mismo partido. ¿Pero es ello suficiente para disculpar a la ideología que ha hecho posible un acto semejante? No pasa ni un día sin que en alguna parte de esta Europa que da en todas partes lecciones de derechos humanos al mundo asistamos a agresiones, ataques, persecuciones contra los extranjeros, los "no comunitarios", aquellos cuya presencia, por una razón u otra, parece ilegítima a ojos de poblaciones europeas cada vez más desestabilizadas por la terrible crisis económica y social actual.
   El aumento de una extrema derecha racista, xenófoba, cada vez más decidida a utilizar la violencia para hacer prevalecer su ideología, se ha vuelto una realidad en Europa. Eco espeluznante, en verdad, de los años treinta del siglo XX. Y sabemos cómo acabó aquello. Creíamos que aquella extrema derecha había desaparecido para siempre después de la II Guerra Mundial; la vimos sin embargo reaparecer a partir de los años ochenta, primero en Francia, luego, poco a poco, en todas partes de Europa. La crisis económica, que hace estragos desde la puesta en marcha de la construcción liberal de Europa, es la razón principal, de fondo, del aumento de esa extrema derecha. Unas sociedades que estaban acostumbradas a asegurar el empleo y la estabilidad profesional a las más amplias capas de la población se han visto desarmadas ante los estragos del liberalismo económico defendido tanto por la derecha como por la izquierda social-liberal en Europa. La crisis de confianza ideológica que derivó de él condujo a las clases populares a alejarse de los partidos tradicionales. En Francia, en Italia, en Bélgica, en Holanda, en todos los países del norte de Europa han visto así grupúsculos minoritarios de extrema derecha recuperar a esas capas y transformarse en partidos electoralmente decisivos. Su apoyo, directo o indirecto, se convierte cada vez más en una condición de gobernabilidad de las democracias.
   Los partidos tradicionales, en vez de oponerse frontalmente a esos partidos extremistas, de declararles la guerra ideológica, de combatirlos con unas políticas sociales integradoras, se inclinan en realidad ante ellos; condenan moralmente los actos y palabras de la extrema derecha, pero no hacen nada para luchar contra las causas profundas del "malestar europeo" que beneficia a esa extrema derecha. La cruda verdad es que derecha e izquierda son responsables del paso del "bienestar social" al malestar identitario. Esos partidos han aceptado como una evidencia natural el liberalismo económico, se han convertido en sus vectores dóciles. La extrema derecha ha dado la vuelta a esta situación social en el tema identitario, en el de los valores, en el de la raza y la nación. Y ni la derecha conservadora ni la izquierda liberal pueden responder a este cambio ideológico, porque no quieren comprender que la causa reside en la inseguridad social y profesional, y la pauperización provocadas por las políticas económicas que ellas defienden. La señora Merkel acusa al "multiculturalismo" de querer desestabilizar las identidades nacionales, cuando es la desestabilización social, económica, profesional, promovida por el Gobierno que ella dirige, la que provoca los choques identitarios y culturales entre los distintos grupos sociales. Transformamos a conciencia unos problemas sociales en problemas identitarios, de la misma manera que en ciertos países musulmanes se explica el desempleo por el no respeto a los versículos del Corán. Estas son las manipulaciones que preparan el terreno para el extremismo ideológico.
   No saldremos de esta crisis con votos piadosos o simplemente apelando a los valores morales. Hay que combatir ideológicamente a la extrema derecha en todas partes, convertir en penalmente condenable la xenofobia, el racismo, el antisemitismo, pero también hay que acabar con esa economía basada en la lucha de todos contra todos, en el desempleo, en la destrucción del interés general. El jefe del Gobierno noruego ha respondido a ese ataque monstruoso reclamando más tolerancia, más libertad, más solidaridad. Tiene razón. ¡Pero que desconfíe! Convertiremos la tolerancia, la libertad, la solidaridad, en evidentes para todo el mundo cuando hayamos reinstaurado una sociedad del empleo, de la seguridad profesional, de la identidad común para todos. El acto del loco de Oslo no es un accidente aislado. Es posible que sea la señal anunciadora de tiempos turbulentos por venir.

miércoles, 24 de agosto de 2011

PRENSA. "El horror de Noruega y la libertad de expresión", por Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":
El horror de Noruega y la libertad de expresión
TIMOTHY GARTON ASH 01/08/2011

   Podemos ignorar la yihad, pero no podemos evitar las consecuencias de ignorar la yihad". Esa fue la primera reacción de la bloguera antiislámica estadounidense Pamela Geller tras la noticia de los atentados terroristas en Noruega, y en su página web, Atlas Shrugs (Atlas se encoge de hombros), colocó el enlace a un vídeo anterior de una manifestación a favor de Hamás en Oslo. Cuando nos enteramos de que el asesino de masas no era un terrorista islámico sino un terrorista antiislámico, cuyo manifiesto de 1.500 páginas estaba lleno de citas de escritores como ella, Geller se encogió de hombros como Atlas: "Es un maldito asesino. Punto. Es responsable de sus actos. Él y solo él. No ha habido nada de ideología".
   "Nadie ha explicado ni puede explicar qué tienen que ver las supuestas opiniones antiyihad de este individuo con el hecho de que haya asesinado a unos niños", protestó Robert Spencer, de Jihad Watch, otro bloguero al que Breivik citaba y elogiaba. A los "luchadores de la libertad" como él mismo, decía Spencer, no había que meterlos en ese mismo saco.
   Bruce Bawer, un estadounidense residente en Oslo que escribió una jeremiada sobre la toma de Europa (Eurabia) por parte de los musulmanes, se mostró más considerado. Tras tomar nota de que, en su manifiesto de los Neocaballeros Templarios, Anders Behring Breivik "cita de forma elogiosa y con detalle mi trabajo y menciona mi nombre 22 veces", Bawer reflexiona, con una desolación que le honra: "Es escalofriante pensar que esas notas que yo había escrito para el blog en mi hogar del oeste de Oslo a lo largo de los dos últimos años las estaba leyendo y copiando un futuro asesino en su hogar del oeste de Oslo".
   ¿Qué relación hay, pues, entre sus palabras y los actos cometidos por Breivik? ¿Qué consecuencias debe tener para la forma de tratar a unos escritores a los que este asesino de masas citaba en términos tan elogiosos?
   En primer lugar, las personas como Geller y Spencer, y mucho menos Bawer, más atento, no son responsables de lo que hizo Breivik. Es un error tan grande declararles cómplices de asesinato de masas como proclamar que los escritores musulmanes no violentos (aunque a veces autoritarios y extremistas) son cómplices de los terroristas musulmanes que atentaron en Nueva York, Londres y Madrid. Dado que ellos llevan muchos años haciendo precisamente eso, sería tentador sentir cierta pizca de satisfacción al ver que a Geller y compañía les ha salido el tiro por la culata. Pero no debemos actuar como ellos. No son cómplices. Punto.
   Sin embargo, si es ridículo sugerir que no existe ninguna relación entre la ideología islamista y el terrorismo islamista, también lo es decir que no hay ninguna conexión entre la visión alarmista de la islamización de Europa que difunden estos autores y lo que Breivik creía estar haciendo. ¿"Nada de ideología"? Por supuesto que sí. Una parte importante del manifiesto de Breivik es una evidente repetición -con frecuentes citas sacadas y recortadas de Internet- de las historias de horror que escriben sobre Eurabia, tan debilitada por el veneno del multiculturalismo y otras enfermedades izquierdistas que se somete sin lucha a una situación de dimitud bajo la supremacía musulmana. Su mente, claramente desequilibrada (otra cosa es que esté loco en sentido legal), salta de ahí a la conclusión de que el 'Caballero Justiciero' (él mismo), en su soledad, debe dar un toque de atención heroico y brutal que despierte a esta sociedad debilitada, una señal aguda, como explicó a los investigadores noruegos.
   ¿Qué hay que hacer con esas palabras tan inflamatorias? Una respuesta, muy popular en algunos sectores de la izquierda europea, es: "¡Prohibirlas!". Si la idea engendró el hecho, impidamos la idea. Habría que añadir una nueva serie de términos y sentimientos ofensivos y extremistas a la ya larga lista de palabras dentro del "discurso de odio" que son procesables en uno u otro país de Europa. Hace unos años, la entonces ministra de justicia alemana, Brigitte Zypries, logró que la UE aprobara una "decisión marco" para la multiplicación paneuropea de esos tabúes; por suerte, no se ha llevado a la práctica todo lo que ella pretendía.
   Por suerte, digo, porque es una vía equivocada. No va a hacer desaparecer esas ideas, solo hacer que pasen a la clandestinidad, donde se enconarán y se harán más venenosas. Congelará el debate legítimo sobre temas importantes: la inmigración, la naturaleza del islam, los hechos históricos. Dará a gente tan repugnante como David Irving la oportunidad de proclamarse mártires de la libertad de expresión. Llevará a los tribunales a personas fantasiosas como Samina Malik -una vendedora de 23 años procesada en Reino Unido por escribir unos pésimos versos en los que glorificaba el martirio y los asesinatos de los yihadistas-, pero no a los hombres que de verdad ejercen la violencia.
   Contra la incitación directa a la violencia debe caer, siempre y en todas partes, todo el peso de la ley. Los textos ideológicos que alimentaron la locura de Breivik, en mi opinión, no cruzaron esa línea. Permitir la manifestación de las fantasías militantes de los extremistas, tanto islamistas como antiislámicos, es el precio que pagamos por tener libertad de expresión en una sociedad abierta.
   ¿Quiere eso decir que no hay que darles respuesta? Por supuesto que no. Precisamente porque el precio de prohibir esas palabras es demasiado alto, y de todas formas sería imposible hacerlo en la era de Internet, es por lo que debemos hacerles frente en combate abierto. Un campo de batalla fundamental es la política, y los políticos de los grandes partidos europeos, viendo el éxito electoral de los partidos populistas y xenófobos, están dedicándose a apaciguar, en vez de levantar la voz contra los mitos extremistas. Otro terreno es el de los medios llamados convencionales. En un país como Noruega -y en Reino Unido-, la radiotelevisión pública y la prensa de calidad responsable son la garantía de que, aunque se difundan opiniones radicales, los peligrosos mitos que proponen estén acompañados de datos, reflexión y sentido común. Para quienes aún leen y escuchan esos medios, claro está.
   ¿Pero qué sucede cuando uno se informa a través de los periódicos sensacionalistas y demagogos, como los que tanto le gustan a Rupert Murdoch? ¿O en una cadena de televisión que siempre es sectaria, como las de Silvio Berlusconi en Italia o 'Fox News' (también de Murdoch) en Estados Unidos? La noche de los asesinatos de Oslo, la presentadora invitada en el programa de 'Fox News' The O'Reilly Factor, Laura Ingraham, informó de "dos atentados mortales en Noruega, que parecen ser obra, una vez más, de extremistas musulmanes". Después de contar lo que se sabía de los ataques, continuó: "Mientras tanto, en Nueva York, los musulmanes que desean construir la mezquita en la Zona Cero han logrado una victoria legal...". Malditos musulmanes, que ponen bombas en Oslo y mezquitas en Nueva York.
   ¿Y si uno obtiene sus informaciones de lo que ocurre en el mundo, sobre todo, a través de Internet? El caso de Breivik vuelve a mostrar que la red es un recurso fantástico para quienes quieren buscar con la mente abierta. En solo unas horas, se obtiene una cantidad de información para la que antes hacían falta semanas e incluso seguramente un viaje al país en cuestión. Ahora bien, cada vez existen más pruebas de que el funcionamiento de Internet puede contribuir también a cerrar las mentes, reforzar los prejuicios y alimentar las teorías de la conspiración.
   En Internet es demasiado fácil encontrar a las otras 1.000 personas que comparten tus opiniones pervertidas. Y entonces entras en una espiral viciosa de pensamiento de grupo que refuerza el peor tipo de ideología: una visión del mundo sistemática y coherente que está totalmente alejada de la cotidianeidad humana. El manifiesto de Breivik, con sus interminables citas sacadas de la Red, es ejemplo perfecto de ese proceso.
   No hay soluciones fáciles. "¡Prohibidlo!" es la respuesta equivocada. El verdadero reto es descubrir cómo aprovechar al máximo la extraordinaria capacidad de Internet para abrir las mentes y reducir al mínimo su tendencia a cerrarlas.

   Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

sábado, 23 de octubre de 2010

PRENSA. 23 octubre 2010

En "El País":

1. En arte casi todo vale. Reportaje de Tereixa Constenla. La censura parcial a la exposición de Larry Clark en París reabre el debate sobre los límites de la creación - Las fronteras se desplazan de la mano de la moral.

2. El silencio de los animales. Artículo del escritor Gustavo Martín Garzo.

3. Barbarie con rostro humano. Artículo de Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo. La oleada de rechazo del inmigrante en Europa es hoy la principal amenaza para su legado cristiano. El miedo al extranjero empieza a impregnar también el antaño tolerante multiculturalismo liberal.

4. La batalla de Francia. Columna de Samí Naïr.

5. Un novelista dedicado a enseñar. Reportaje de Santiago Belausteguigoitia. Eliacer Cansino gana el 'Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil'.

martes, 16 de marzo de 2010

PRENSA. 16 marzo 2010

En "El País":

1. Disparates. Columna de Rosa Montero.

2. "Vivimos el presente absoluto". Entrevista al escritor Antonio Tabucchi. Por J. M. Martí Font.

3. ¿Lengua propia o apropiada? Columna de Fernando Savater.

4. Cuando el niño sabe más que yo. Reportaje de J. A. Aunión. El desconocimiento lleva a muchos padres a sobreproteger o espiar a los hijos en la Red. Hay espacios de intimidad que sólo deberían saltarse en casos extremos.

5. Delirios xenófobos. Artículo de Carles Casajuana, diplomático y escritor; es embajador de España en Reino Unido. Su último libro es El último hombre que hablaba catalán.

6. El cascabel al gato. Artículo de Manuel Sanchis i Marco, profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València.

7. Rebelión en la granja. Artículo de Fernando Savater. La civilización humana se basa en el maltrato de los animales. La polémica sobre los toros no revela acercamiento a la naturaleza, sino el predominio humanista de la compasión y la hipocresía.

8. Una papelera amenaza el lago Baikal. Por Pilar Bonet. El primer ministro ruso permite los vertidos de una fábrica para reducir el paro.

domingo, 1 de febrero de 2009

PRENSA. "XENOFOBIA EN ITALIA"

Dos reportajes que tratan el problema de la xenofobia en Italia, cuyo gobierno se ha movilizado sobre todo contra los gitanos y los rumanos.

El primero -"Condenada a ser condenada"- lo puedes leer aquí.

El segundo -"La cacería ha comenzado"-, en este enlace.