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martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA. "Las ruinas de Palmira". José Álvarez Junco

   En "El País":

Las ruinas de Palmira

La destrucción de las ruinas de Siria o los Budas de Afganistán forman parte de un proyecto enloquecido. Pero el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX eran ateos que creían en una promesa redentora

Las ruinas de Palmira
ENRIQUE FLORES
Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegíaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.


Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.
El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.
Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

La fe en una verdad liberadora ha provocado muchas tragedias en el mundo moderno

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.
Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.
Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Leopoldo II esclavizó y desvalijó África con una crueldad que hubiera sido impensable en su país

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).
Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.
José Álvarez Junco es historiador. Acaba de publicar Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).

viernes, 1 de abril de 2016

TERRORISMO. "La nueva normalidad". John Carlin

   En "El País":

La nueva normalidad

Cualquier día de estos habrá otro atentado en Europa y, por más que se ofrezcan explicaciones del 'fenómeno ISIS', aún quedan más claves que nadie llega a entender

Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.
FRANCE-RELIGION-EASTER-TERRORISM-SECURITY Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.  AFP

"Y ESTAMOS AQUÍ COMO EN UNA LLANURA SOMBRÍA... DONDE EJÉRCITOS IGNORANTES CHOCAN EN LA NOCHE". MATTHEW ARNOLD, POETA INGLÉS
Algo que llama la atención a aquellos que llegan a España de otros países hispanoparlantes es la frecuencia con la que los sorprendentemente malhumorados nativos recurren a la exclamación: “¡No es normal!”.
Una frase hecha en inglés, también habitual pero de relativamente nueva patente, utiliza el mismo sustantivo. La frase es “the new normal”, la nueva normalidad. La he leído tres veces en la última semana. Una fue en una carta de un amigo cuya esposa acababa de sufrir un salvaje derrame cerebral. Los médicos no sabían ni por qué había ocurrido ni hasta qué punto podría llegar a recobrar el uso del habla o de la razón; mi amigo temía que de ahora en adelante el silencio sería “the new normal”.
La segunda vez fue en el New York Times después del atentado en el que murieron más de 30 personas la semana pasada en Bruselas. El continente europeo, proponía el artículo, empezaba a vivir estos espantosos episodios de violencia como “the new normal”. La tercera vez que vi la frase, también refiriéndose a lo de Bruselas, fue en The Economist. El titular de su última portada: Europe’s new normal.
No es normal lo que está pasando —en noviembre en París, ahora en Bruselas, ¿mañana en Londres?, ¿en Madrid?, ¿quién sabe?— pero nos vamos a tener que ir acostumbrando a que lo sea. Y acostumbrarnos también a cómo nos lo cuentan los medios, que reaccionan ya a estas catástrofes casi como en piloto automático. La confusa noticia inicial; los números de víctimas que suministra la policía; el ISIS celebrando otra victoria; las declaraciones desafiantes de los políticos occidentales; las entrevistas con los supervivientes; el descubrimiento de que los terroristas suicidas habían sido unos criminales o borrachos, o drogadictos antes de convertirse a la fe; el reconocimiento por parte de las autoridades de que habían fracasado los servicios de seguridad; y, finalmente, los ríos de análisis sobre el porqué de tanta crueldad y cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Los análisis suelen partir de diferentes interpretaciones de quién tiene la culpa, seleccionada según las ideas fijas de cada cual. Aquí va una lista de cinco de las causas más frecuentemente citadas:
—Occidente en general, y Estados Unidos en particular, por las invasiones a Afganistán e Irak después de los atentados en Nueva York en 2001.
“Estamos no solo horrorizados, sino perplejos”, dice un exoficial de la OTAN
—El presidente Obama por no haber entrado con más fuerza en la guerra siria.
—Arabia Saudí por haber diseminado sistemáticamente por el mundo su versión wahabí (radical, agresiva, intolerante) del islam.
—Los gobiernos europeos por no haber llevado a cabo una política de integración con los musulmanes asentados en sus grandes ciudades.
—Los inmigrantes musulmanes por no haber hecho un mayor esfuerzo para asimilar la cultura y los valores europeos.
Hay más, claro. Por ejemplo, una comediante musulmana inglesa escribió hace poco en el Financial Times, perfectamente en serio, que los jóvenes y las jóvenes se incorporaban a las filas del ISIS porque ahí podían disfrutar del sexo con la bendición de Alá.
Pero la verdad es que no hay una única verdad. Todos los diagnósticos que acabo de mencionar tienen un elemento de validez; cada uno de ellos ofrece material para dar con una hipotética solución. Las dificultades son dos: que la enfermedad está demasiado avanzada como para que se pueda curar hasta que pasen muchos años; y que por más que se ofrezcan cinco, seis o siete explicaciones delfenómeno ISIS aún quedan más que nadie llega a entender.
Una extensa crítica de dos libros sobre el ISIS publicada en el New York Review of Books en agosto del año pasado, cuyo autor era un exoficial de la OTAN experto en Oriente Próximo, se tituló El misterio del ISIS. Concluyó diciendo: “No está claro que nuestra cultura sea capaz de acumular el suficiente conocimiento, rigor, imaginación o humildad para comprender el fenómeno del ISIS. Por ahora deberíamos reconocer que estamos no solo horrorizados, sino perplejos”.
Las motivaciones de los jóvenes que se suicidan con el fin de asesinar a desconocidos eluden la ciencia política o social del mismo modo que la causa y la prognosis del derrame cerebral que sufrió la esposa de mi amigo superan los conocimientos de la ciencia médica. ¿Cómo fue que dos hermanos belgas, criados en una familia conservadora musulmana, acabaron convirtiéndose primero en delincuentes que atracaban bancos y coches y, segundo, en fanáticos religiosos (si esa es la correcta definición) dispuestos a morir y matar indiscriminadamente en el aeropuerto o el metro de Bruselas? ¿Qué procesos mentales condujeron el viernes pasado a un musulmán de 32 años a apuñalar a muerte en Glasgow a otro musulmán de 40 que había escrito un mensaje en Facebook deseando una feliz Semana Santa a sus amigos cristianos?
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad
Si la mayoría de los devotos del Profeta que crecen en Europa actuaran con la misma frialdad asesina, con la misma aparente certeza de que matar por la fe es un billete al paraíso, sería más plausible el intento de dar con una explicación definitiva, pero como se trata de una grotesca e inescrutable minoría no hay manera de saber.
Como el cáncer o los derrames cerebrales, los terroristas del ISIS son —igual que sus primos de Boko Haram en Nigeria o la somalí Al Shabab— una plaga enigmática de la naturaleza que impacta en unos sí y otros no. La variante es la suerte. Puede que me toque a mí mañana en un aeropuerto o, un temor latente que intento calmar, a mi hijo que viaja todos los días en el metro al colegio. Cuando te toca, te toca.
No es normal lo que está pasando, pero nos vamos a tener que acostumbrar a que lo sea
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad, los abrumados médicos de los que disponemos para defendernos de esta plaga. Hoy, mañana, cualquier día de estos habrá otro atentado, como los hay todo el tiempo en Siria, en Afganistán o en Irak, donde el viernes un joven suicida mató a 29 personas que salían de ver un partido de fútbol. No era normal en Europa pero ahora sí que lo es.

martes, 16 de febrero de 2016

TERRORISMO. "Semillas del actual yihadismo". Juan Goytisolo

   En "El País":

Semillas del actual yihadismo

Los atropellos de los años noventa en Chechenia, Afganistan, Argelia o Bosnia y la difusión a golpe de petrodólares del fundamentalismo wahabí son el germen de los conflictos que ahora azotan a Oriente Próximo, Magreb y África subsahariana

Semillas del actual yihadismo
                                                                                    EDUARDO ESTRADA
Uno. Mis viajes de corresponsal de este periódico a Sarajevo (junio de 1993, enero de 1994 y agosto de 1995), Argelia (marzo 1994) y Chechenia (julio 1996) me procuraron una experiencia de primera mano de la incipiente fractura entre el mundo islámico y Occidente cuyas consecuencias vivimos hoy. Si el inicio del proceso de radicalización de las sociedades musulmanas se remonta a 1979 (año de la proclamación de la República Islámica de Irán tras la caída del Sha y de la desastrosa intervención soviética en Afganistán), sus manifestaciones más patentes se produjeron en la siguiente década (ascensión del FIS en Argelia, golpe de Estado que abortó su victoria electoral en 1992, y desmembramiento el mismo año de la Federación Yugoslava, que encendió la mecha de la guerra interétnica y el sitio de Sarajevo).
Por estas fechas asistí a la emergencia de los futuros movimientos yihadistas, fruto de la frustración creada por la política de no intervención de la ONU en la “limpieza étnica” en Bosnia; por las brutalidades del régimen argelino en respuesta a las del Grupo Islámico Armado (no una guerra civil sino una guerra contra los civiles por parte de ambos bandos); y el genocidio ruso en Chechenia. La radicalización previsible de las víctimas y de los correligionarios que acudían a socorrerlas venía cantada y la yihad global de Al Qaeda no me sorprendió en exceso.


Las semillas sembradas en dicha década por tales atropellos y la difusión a golpe de petrodólares del fundamentalismo wahabí iban a germinar en las zonas conflictivas de Oriente Próximo, Magreb y África subsahariana: esa guerra asimétrica de Occidente contra el terrorismo yihadista tanto en Siria, Irak, Libia, Afganistán y el Sahel como en el interior de sus propias fronteras. Conviene recordar que el horror vivido el 13-N en París lo experimentan a diario sirios, iraquíes y afganos que buscan refugio en Europa a través de Turquía y los Balcanes. La islamofobia desatada por los atentados y la llegada masiva de refugiados al interior del espacio Schengen coloniza hoy los medios informativos en unos términos que culpabilizan a los veinte y pico millones de musulmanes europeos y ahondan la fractura abierta entre estos y el resto de la población.
El Frente Nacional francés y sus equivalentes en la mayoría de Estados europeos (España es por ahora una feliz excepción) son paradójicamente aliados objetivos del Daesh en su designio de apuntar a aquellos con el dedo y de encerrarlos mentalmente en guetos en el interior de sus sociedades. De este modo, los que constituyen una ínfima minoría en el colectivo musulmán encuentran un terreno abonado para su propaganda nihilista: la de presentarse como una alternativa viable a ojos de quienes se sienten discriminados por el discurso social dominante. Retrospectivamente, verificamos que cuanto germinó en la década de los 90 del pasado siglo llama ahora a nuestras puertas y no se prevé su fin.

La crisis de los refugiados ahonda la brecha entre los inmigrantes musulmanes y el resto de la población

Dos. Cuando viajé a Chechenia en 1996 conocía en la medida de lo posible los dos siglos y pico de lucha del pueblo checheno para preservar su independencia —cinco guerras además de su deportación masiva al gulag por orden de Stalin— gracias a los libros de Baddeley, La conquista rusa del Cáucaso, Bennigsen, El sufí y el comisario, y los trabajos de Hélène Carrère d´Encausse acerca de las cofradías sufíes y su resistencia tenaz primero a la Rusia zarista y luego a la soviética, pero sobre todo por mi lectura asidua de tres grandes autores de la literatura rusa del siglo XIX: Puschkin, Lérmontov y Tolstoi. Por aquellas fechas, según pude verificar personalmente por mediación de Osmán Imáiev, ex fiscal general de la República de Chechenia, proclamada en 1991 por Dzhajar Dudáiev aprovechando el derrumbe de la URSS, y en cuyo domicilio en la aldea de Kularí me alojé pocos días antes de su desaparición definitiva por obra de los servicios de seguridad rusos, los combatientes que participaron en la ceremonia ritual sufí pertenecían a la cofradía qadirí que, como en tiempos de Shamil y de Kunta Hadji, luchaban por la independencia de su país contra su enemigo secular.
Tras el aplastamiento de la rebelión chechena por el zar Putín y el establecimiento del virreinato de su siniestro protegido Ramzán Kadírov, la guerrilla chechena se ha deslocalizado y se extiende esporádicamente por el norte del Cáucaso mientras más de cuatro mil miembros de ella, radicalizados por la represión sangrienta de la que de nuevo son objeto, se han alistado en las filas del autoproclamado califato islámico de Abu Bakr al-Bagdadi en virtud de unos sentimientos magistralmente descritos por Tolstoi en Hadji Murat en su descripción de los atropellos y barbarie de sus compatriotas en tiempos del zar Nicolás I.
Tres. Mi experiencia de Argelia, sumida también en una espiral de violencia que se cobró más de 150.000 víctimas, fue de otro orden. No había bombardeos ni línea de frente como en Sarajevo y Chechenia sino asesinatos de uno y otro bando en la capital y matanzas de civiles en las zonas cercanas a la misma. En mi recorrido por aquella no tropecé con ningún otro europeo, posible blanco de los islamistas radicales por su condición de Kafir, esto es, infiel, y lo hice fundido en el paisaje: había dejado de afeitarme diez días antes del viaje y caminaba acompañado de tres jóvenes miembros arabófonos de la Unión de Escritores que conversaban conmigo en el dialecto local en las calles de Belcourt, Bab el Oued y la Kasba, feudos del FIS (Frente Islámico de Salvación) y escenario de la llamada entonces “segunda batalla de Argel” (la primera fue contra el colonizador francés).

El mesianismo del Daesh conserva su poder de atracción: el retorno a una pureza primigenia

El poder opaco que desde Bumedián gobierna Argelia guardaba un silencio cómplice ante los asesinatos de intelectuales y el terror impuesto ya por el GIA (Grupo Islámico Armado), ya por las escuadras parapoliciales, y expresé lo mejor que pude el desamparo de la población en la serie de artículos titulados Argelia en el vendaval. La violencia se apagó gradualmente al final de la década y hoy día tan solo grupos residuales de Al Qaeda en el Magreb islámico actúan de forma esporádica en connivencia con los yihadistas que campean en Libia y el Sahel. Pero la frustración acumulada tras tres mandatos del ahora invisible Buteflika, protagonista a pesar suyo del clásico Reinar después de morir, no invita al optimismo.
El mesianismo apocalíptico del Daesh conserva en todo el Magreb su mefítico poder de atracción: el del retorno ideal a una pureza primigenia que otorga el glorioso estatuto de mártir a quienes se sienten despreciados por los “poderes arrogantes” que rigen los Estados árabes. Los millares de yihadistas magrebíes que combaten en Siria dan testimonio de dicho incentivo y de la seducción de su escatología mirífica. Pensar que cuanto ocurrió en la década de los 90 no iba a pasarnos factura equivale a vivir en otro planeta.
Juan Goytisolo es escritor.

viernes, 5 de febrero de 2016

TERRORISMO. "El plan del Estado Islámico". Ian Bremmer

Ian Bremmer
   En "El País":

El plan del Estado Islámico

La idea de construir un imperio islámico con guerreros musulmanes cautiva a sus seguidores


¿Cómo puede sobrevivir una organización terrorista que parece haber declarado la guerra el mundo entero? En 2016, el Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), la organización terrorista mejor financiada, equipada y avanzada de la historia, quizá no conquistará nuevos territorios, pero sin duda logrará no solo sobrevivir, sino reforzar su influencia internacional. Y existen varios motivos para ello.
Sus enemigos están divididos sobre la mejor estrategia en su contra. Cuenta con el apoyo de los suníes marginados en Irak y Siria. Tiene enorme facilidad para disponer de dinero y gran dominio de la tecnología. Pero su mayor ventaja frente a grupos como Al Qaeda y los talibanes es lo que ofrece a sus seguidores: no solo la mera posibilidad de luchar contra un enemigo lejano en una larga guerra de futuro incierto, sino un plan para construir algo nuevo y tangible, un imperio islámico con fronteras trazadas por guerreros musulmanes, no por políticos occidentales.
Con cada nueva atrocidad del ISIS, se oyen en Europa y Estados Unidos promesas de derrotar directamente a sus jefes en Siria e Irak. Pero para desmantelar el ISIS es necesaria una intervención terrestre. No se les puede destruir desde el aire. Y nadie —ni estadounidenses, ni franceses, ni rusos, ni nadie más— va a aceptar el coste en sangre y dinero de una operación semejante.
Ni siquiera en el aire se ponen de acuerdo los enemigos del grupo. EE UU seguirá arrojando bombas, pero el presidente Obama no tiene intención de volver a emprender una guerra terrestre en Oriente Próximo. Rusia quiere reforzar a su aliado, El Asad, atacando a los rebeldes respaldados por EE UU y Arabia Saudí, y hace poco contra el ISIS. Turquía ataca sobre todo a los kurdos sirios, y los franceses no tienen ninguna coalición que dirigir. Los combatientes iraníes están en inferioridad, y los Estados del Golfo no poseen tropas de tierra.
En Irak, el gobierno chií no podrá vencer al ISIS mientras no ofrezca a los suníes un sitio para luchar por su futuro. Cuando EE UU apartó a Sadam Husein del poder, apartó a sus seguidores del partido Baaz. El ISIS es la única organización que les ha dado medios para vengarse y, mientras eso no se resuelva, seguirá controlando la parte suní del país.

Nadie va a aceptar el coste en sangre y dinero de una operación terrestre
El ISIS y sus imitadores disponen de un gran territorio. Siria, Irak, Libia, Yemen y Afganistán son, en distintos grados, Estados fallidos. Enormes extensiones de terreno sin gobierno que proporcionan refugios y campos de entrenamiento. En el nordeste de Nigeria, el norte de Mali y la península egipcia de Sinaí, los terroristas aprenden el oficio. Y los inmensos campos de refugiados en Turquía, Jordania y Líbano son terreno fértil para el reclutamiento. Además, el ISIS tiene dinero de sobra para hacer realidad sus ambiciones. Gracias a la venta del petróleo de los pozos capturados, los rescates de secuestros, las mercancías confiscadas, los impuestos a las poblaciones locales, la ayuda de sus amigos del Golfo y el saqueo de los bancos en las ciudades iraquíes tomadas, el grupo ha acumulado unas reservas de más de mil millones de dólares. Y ha aprendido a utilizar las redes sociales y los mensajes en clave para ampliar sus tentáculos.
Pero, sobre todo, el ISIS ofrece una visión global con la que grupos como los talibanes y Al Qaeda no pueden competir. Los talibanes siguen siendo un movimiento de pastunes de Afganistán y Pakistán, con escaso atractivo fuera de allí. Al Qaeda tiene una visión apocalíptica. Y es más difícil captar seguidores con un culto a la muerte que con la promesa de un imperio que resulta creíble porque ya se ha adueñado de grandes franjas de territorio en dos países y un mensaje seductor. “En Siria e Irak, no tienes futuro. En Europa y América, te excluyen porque te odian. Ven a construir. Únete a la primera generación. Te damos la bienvenida”. Este llamamiento, que va más allá de asesinar a infieles, logra su objetivo.
¿Dónde nos lleva todo esto? En realidad, la construcción del Estado Islámico es el punto débil del ISIS. Es imposible eliminar completamente el terrorismo, porque basta un solo individuo dispuesto a morir para ampliar la dimensión internacional del grupo. Pero los numerosos enemigos del ISIS tienen poder más que suficiente para impedir que la organización cumpla su promesa de construir un Estado. Los bombardeos en Siria no han hecho más que empezar.
Mientras tanto, el ISIS —cuya influencia no puede sino crecer— guarda más sorpresas desagradables para el resto del mundo.
Ian Bremmer es presidente del Eurasia Group, consultora de riesgos políticos mundiales, y autor de Superpower: Three Choices for America’s Role in the World. Find him on Twitter @ianbremmer.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 22 de enero de 2016

CONFLICTOS INTERNACIONALES. "Detener a tiempo las guerras". Martín Ortega Carcelén

Martín Ortega Carcelén

   En "El País":

Detener a tiempo las guerras

En la era global no se puede permitir que un conflicto se deteriore como ha sucedido en Siria

 O bien Europa exporta estabilidad o termina importando inestabilidad. Olvidamos este principio, dormitamos en los laureles, cuando alguna crisis en el vecindario envía una marea de refugiados que nos despierta del plácido sueño. Además, olvidamos que exportar estabilidad es más barato y rentable en el largo plazo. La inestabilidad conduce a situaciones que se escapan de las manos. Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá la llegada de refugiados a Europa o cuál será el coste de la lucha contra el terrorismo instigado por el ISIS. A pesar de esto, seguimos dejando que las situaciones internacionales empeoren, para curar a la desesperada cuando ya nada se puede prevenir.
Aceptando que los primeros perjudicados por la guerra civil son los mismos sirios y en segundo lugar los países adyacentes, Europa está sintiendo los efectos de aquella guerra. Su influencia negativa nos llega aquí atenuada, pero su impacto sobre la región es peor. Está por ver si las tensiones actuales provocan otros conflictos, o si la rehabilitación de Siria, una tarea que llevará mucho tiempo, dinero y esfuerzos, debe hacerse al precio de su integridad territorial. Rediseñar fronteras es una perspectiva que deberíamos rechazar en todo caso porque supone abrir cajas de Pandora difíciles de cerrar.
No debemos autoinculparnos por la guerra civil en Siria. Ahora bien, es importante reconocer algunos errores del pasado y aprender las lecciones para el futuro. Con perspectiva histórica, la guerra comenzada en 2011 es impropia del siglo XXI, y los europeos pecamos durante años de pasividad irresponsable. No iniciamos la guerra ni la atizamos, pero asistimos impasibles a su degradación hasta límites inhumanos y peligrosos, sabiendo que estaba demasiado cerca y afectaba a millones de ciudadanos inocentes. Todas las proclamaciones europeas en favor de la paz internacional y de los derechos humanos se vieron puestas en tela de juicio mientras andábamos demasiado preocupados con asuntos internos.
En el tablero sirio, Turquía jugó sus piezas, Arabia Saudí las suyas, Rusia defendió sus intereses y a Bachar el Asad, e Irán apoyó también al régimen a través de Hezbolah. Por supuesto, algunas facciones iraquíes no iban a quedarse fuera y se lanzaron igualmente a la melée. Estados Unidos observó desde cierta distancia el desbarajuste y solo reaccionó en serio cuando el Gobierno sirio usó armas químicas, lo que condujo a la resolución 2118 del Consejo de Seguridad de 2013. Una gota de agua en el infierno. Los europeos no quisimos enterarnos de lo que estaba pasando, como si la guerra estuviera ocurriendo en un planeta distinto. Solo demasiado tarde estamos apoyando los esfuerzos de la comunidad internacional representados en la conferencia de Viena y la planeada en Ginebra.
Si alguien piensa que un contendiente ha ganado la partida en Siria, se equivoca. Hoy las victorias militares son pírricas; los ciudadanos sirios son la medida del combate y estos han perdido miserablemente. El país está roto, con al menos cuatro fuerzas que controlan militarmente el territorio. Ahora nos hemos centrado en la lucha contra la facción más salvaje. El problema de suprimir a los yihadistas del ISIS es que están a caballo entre Siria e Irak. Su poder actual entronca con el desmantelamiento del ejército iraquí en 2003, una decisión desafortunada como ha reconocido Tony Blair. Acabar con el impacto del ISIS requiere nuevos acuerdos regionales que incluyan la estabilización de Irak y de Siria. Más que conferencias puntuales necesitamos un pacto regional de gran alcance sostenido por los actores globales.
Si alguna lección hay que sacar del contagio sirio, es que las guerras deben detenerse a tiempo. En la etapa global es intolerable que permitamos un conflicto deteriorarse de ese modo. Y para ello es preciso una acción exterior, tanto europea como estatal, más atenta a la realidad y más decidida a implicarse cuando sea necesario. Los europeos quizá no tenemos todos los medios, pero debemos jugar un papel de conciencia global y movilizar a otros actores. Esto se aplica no solo a las instituciones europeas sino también al Gobierno nacional. En la reciente campaña electoral, las cuestiones internacionales han brillado por su ausencia, como si España fuera una fortaleza rodeada de murallas. No hay castillo, no hay murallas. Estamos sometidos a los vientos, al calor y al frío que vienen del exterior.
Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.
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