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domingo, 31 de enero de 2016

ARTE. HISTORIA. "El Holocausto a través de sus víctimas"

   En "El País":

El Holocausto a través de sus víctimas

Berlín exhibe por primera vez 100 obras realizadas por prisioneros de campos de concentración

'Golpeado (Mi hermano Gedalyahu)', 1941-44, de Jacob Lipschitz (1903-45).
'Golpeado (Mi hermano Gedalyahu)', 1941-44, de Jacob Lipschitz (1903-45).
El médico checo Pavel Fantl tenía 39 años cuando fue deportado en junio de 1942, junto con su madre, su esposa y su hijo, al campo de concentración nazi de Theresienstadt. En los siguientes dos años, Fantl arriesgó su vida pintando escenas del infierno que estaba viviendo y, gracias a la complicidad de algunos guardias, pudo enviar unos 80 de sus dibujos al exterior. En octubre de 1944, Fantl y su familia fueron enviados a Auschwitz. Su esposa y el pequeño fueron asesinados de inmediato, mientras que el médico y artista, que había logrado ilustrar la pesadilla, fue fusilado poco antes de que finalizara la II Guerra Mundial en 1945. En una de aquellos trabajos que se salvaron, Fantl muestra a Adolf Hitler disfrazado como un arlequín borracho y con los dedos manchados de sangre; su título es La canción se acabó.
El cuadro se puede contemplar a partir de hoy en el Museo de Historia de Berlín. Es una de las cien obras que conforman la exposición Kunst aus dem Holocaust (“Arte del Holocausto”), una muestra inédita y conmovedora que tiene la difícil y complicada tarea de confrontar de nuevo al público alemán, desde la óptica del arte, con el capítulo más oscuro de la historia reciente del país y de toda la humanidad: el Holocausto. La exposición fue inaugurada ayer por la canciller alemana Angela Merkel y entre hoy y el 3 de abril estará abierta al público.

Angustia y desesperación



Nelly Toll tenía ocho años cuando el ejército de Hitler invadió la localidad polaca de Lwów (Lviv, perteneciente a Ucrania, desde el final de la Segunda Guerra Mundial). La niña y su madre lograron escapar de la persecución contra los judíos y se escondieron en una pequeña habitación que solo abandonaron cuando el peligro de ser enviadas a un campo de concentración había desaparecido. La menor, dotada de una rara habilidad para la pintura, plasmó sus ansias de libertad dibujando paisajes, una visión que quedó reflejada en el cuadro Niñas paseando por el campo. Nelly tuvo suerte y logró sobrevivir al exterminio. Su trabajo también se puede apreciar en Kunst aus dem Holocaust.
Por primera vez, el público de Berlín puede asistir al sufrimiento, la angustia, la desesperación y el terror que vivieron las víctimas de la tiranía nazi que fueron enviadas a los campos de concentración a través de las pinturas y los dibujos que los prisioneros, y algunos perseguidos, pudieron realizar durante su calvario.
Las cien piezas de la exposición han sido prestadas por Yad Vashem, el memorial israelí de la Shoah. La mayoría presenta retratos de prisioneros, las humillaciones que sufrieron y la angustiosa sensación de impotencia y desesperación que imperó en los barracones de Auschwitz y de los otros campos de la muerte creados por los nazis para exterminar a la población judía de Europa y a quienes consideraban enemigos del régimen.
La fecha para inaugurar la antológica no ha sido elegida al azar. Anatoli Schapiro, un oficial judío del Primer Frente Ucraniano del Ejército Rojo, formaba parte de las tropas que liberaron Auschwitz el 27 de enero de 1945. Cuando entró al campo de la muerte, se enfrentó a una visión dantesca que le acompañó a lo largo del resto de su vida. “Lo primero que vi fue a un grupo de personas que estaban paradas sobre la nieve y que parecían esqueletos, vestidos con harapos y sin zapatos. Estaban tan débiles que no podían ni siquiera girar la cabeza. Les dijimos: ‘El Ejército Rojo ha llegado para liberarlos’. No nos podían creer y venían para tocarnos, para ver si era verdad”, recordó el veterano poco antes de morir.


'Una primavera' (1941), de Karl Bodek (1905-1942) y Kurt Löw (1914-1980).




La fecha de la liberación quedó grabada en la memoria colectiva germana. A partir de 1995, Alemania abre las puertas del Bundestag (la Cámara baja de su Parlamento), cada 27 de enero para rendir un emotivo homenaje a las víctimas del Holocausto. Mañana no será una excepción, pero esta vez, la solemne ceremonia oficial cobrará una nueva dimensión gracias a la exposición del Museo de Historia de la ciudad.

Alemania frente al espejo

Los organizadores justificaron la muestra como el último acto oficial para recordar el 50 aniversario del inicio de las relaciones entre Israel y Alemania. “Es muy importante para nosotros que esta exposición se presente en Berlín, porque aquí nació el Holocausto”, dijo Kai Diekmann, el editor del periódico Bild que tuvo la idea de traer la muestra a la capital alemana en 2012. “Hay que insistir una y otra vez en lo que se hizo hace ya más de 70 años en nuestro país. Esa es la importancia que tiene esta muestra”, añadió el periodista, que recibió el apoyo de Daimler Benz y del Deutsche Bank para poder mostrarle a sus compatriotas una visión hasta ahora desconocida de la tragedia.
Kunst aus dem Holocaust tiene también otro valor añadido, en el cual han insistido los organizadores, y que fue resumido por Walter Smerling, presidente de la Fundación del arte y la Cultura de Bonn, otro co-patrocinador: “Nos muestra que el arte es más poderoso que la violencia. Aunque la gran mayoría de los artistas murieron en los campos, ellos siguen vivos gracias a sus obras”.


UN CUADRO Y TRES HISTORIAS PARALELAS

'La canción es de...' (1942), de Fantl (1903-45). 

Cada uno de los cien cuadros, dibujos y gráficos que componen la exposición Arte del Holocausto, ocultan tres historias paralelas. Según Eliad Moreh-Roseberg, directora artística del memorial Yad Vashem, que contiene unas 10.000 piezas, y comisaria de la muestra que será exhibida hasta el próximo 3 de abril en Berlín, los motivos de cada obra conforman la primera historia. La segunda historia es la tragedia personal de cada artista y la última tiene que ver con la obra en sí.
“Todos los cuadros y dibujos fueron realizados entre 1939 y 1945 y 24 artistas fueron asesinados por los nazis”, dijo la curadora en Berlín. “Pero lo más importante es que todas obras están unidas por el espíritu humano. Sólo el acto de pintar era un signo de resistencia. "Cómo consiguieron los materiales para pintarlas, qué les llevó a hacerlo en esa situación, y cómo finalmente cada uno de esos cuadros sobrevivió hasta llegar a nosotros, son algunas de las preguntas que nos sugiere la exposición”, añadió la comisaria.

viernes, 23 de octubre de 2015

PRENSA. "El álbum de Himmler en España"

   En "El País Semanal":

El álbum de Himmler en España

En el otoño de 1940, antes de que Hitler y Franco se entrevistaran en Hendaya, Heinrich Himmler pasó tres días entre el País Vasco, Madrid, Toledo y Cataluña

En Montserrat buscó el Santo Grial, acudió a Las Ventas de Madrid y recorrió el Alcázar de Toledo guiado por Moscardó

‘El País Semanal’ ha tenido acceso a un cuaderno del Partido Nazi, escrito con letra gótica, que muestra las fotos de su viaje

REDACCIÓN: JESÚS RUIZ MANTILLA / VÍDEO Y FOTOGRAFÍA: ALBERT JÓDAR

En el monasterio de Montserrat buscó el Santo Grial. Dentro del Museo del Prado, a Goya y a Velázquez. No se resistió a que le brindaran una corrida de toros en Las Ventas, a base de un cartel de lujo y aderezada con su desfile de adeptos. Quiso pisar el derruido Alcázar de Toledo y El Escorial, para ser consciente quizá de lo que restaba de la grandeza de un imperio que entonces supuraba ruina moral y material…
Fueron algunas de las paradas que realizó Heinrich Himmler cuando en octubre de 1940, días antes de que Hitler y Franco acabaran de rubricar su desconfianza mutua en Hendaya, visitó España durante tres jornadas intensas. Un aclamado itinerario que quedó recogido por el entonces Partido Nazi en un álbum de fotografías al que ha tenido acceso El País Semanal. Lo recopilaron lujosamente en un volumen como de libro de caballerías medieval, con letra gótica, y es uno de los documentos que la Fundación Castañé ha cedido a la Residencia de Estudiantes de Madrid, junto a otros referentes al franquismo y la Guerra Civil.
El Reichsführer no merecía menos para la jerarquía franquista. Un tratamiento, visto con distancia, entre ridículo y estelar. Un por si acaso en pleno inicio del conflicto ­europeo, concebido como reflejo de la euforia germanófila que enfebrecía a buena parte de los vencedores de la guerra civil española. La promovida principalmente entonces por el todopoderoso Ramón Serrano Suñer, cuñadísimo y ministro de Asuntos Exteriores de Franco, que le invitó meses antes en Berlín a pasearse por España.
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Según el historiador Paul Preston, que menciona ligeramente el episodio en su biografía sobre Franco, pero lo desarrolla de manera intensa en El holocausto español (Debate), el objetivo prioritario radicaba en preparar el trascendental encuentro entre Hitler y el dictador en Hendaya. “Aunque también Serrano Suñer quiso obtener de él asesoramiento para la nueva policía secreta del régimen”.
Nada mejor para ello que acudir al gran experto en represión de Europa. Himmler se había hecho fuerte en el entorno más próximo de Hitler, gracias a sus pavorosos resultados como responsable de las SS, la Gestapo y la policía alemana desde que los nazis alcanzaron el poder, tal como refleja la monumental y detallada biografía que le dedica Peter Longerich (RBA).

A Carl Wissmann, director del hospital alemán en Madrid, Himmler le dejó una orden: que solo fueran atendidos allí compatriotas de origen ario
Había aterrizado en el meollo del círculo central hitleriano con una buena dosis de complejos, como su jefe. También con la poderosa determinación de llegar a ser en la vida algo más que un mero ingeniero agrónomo sin más empeño que sacar rendimiento a sus modestos terrenos en Baviera. La labor de este muniqués, criado en una familia católica –fe que él llega a repudiar por considerar que estaba en manos de una secta de pederastas–, chico obediente pero seriamente traumatizado por un déficit de atención paternal, fue ejemplar desde el punto de vista más retorcido y abiertamente genocida.
Desde la infancia y muy decisivamente en la adolescencia anduvo marcado por la sombra de un hermano con aura heroica en la familia como soldado en la I Guerra Mundial y un padre que lo ninguneaba. Así que ­Himmler encontró en el reverso más oscuro del terror una siniestra reivindicación de sí mismo. Y eso que cuando aterrizó en España no se había decidido aún la solución final para la aniquilación de judíos, supervisada por él y su personal de extrema confianza. Fue un trabajo para el que el Reichsführer se erigió como máximo responsable y supervisor a tiempo casi completo mientras avanzaba la guerra.
Himmler se sentía por aquella época un bulto viajero, cargado con una maleta que apilaba un inmenso poder. Seguía atentamente, y en primera línea, por toda Europa los avances de las tropas alemanas. Entre la primavera y el otoño de 1940 se reunía a diario con Hitler en los cuarteles ambulantes del Führer por el continente. Visitó Amberes, Bruselas, Róterdam, La Haya, Reims, París…
Su esposa, Marga Siegroth Boden, y sus cuatro hijos se quejaban de no verlo. Aunque por aquel entonces, como recoge el análisis de la correspondencia con su cónyuge que han publicado Michael Wildt y su descendiente Katrin Himmler en la editorial Taurus, ya había comenzado una intensa relación sentimental con Hedwig Potthast, su secretaria. “Mi liebrecilla…”.
Desde Irún se trasladó primero a San Sebastián. Allí lo sitúan las fotografías tomadas paseando por los bulevares del pleno centro, empapados de lluvia gris, e intrigado por la poderosa atracción que los orígenes del pueblo vasco ejercían sobre esa obsesiva forja de la identidad aria que pregonaban los nazis. De la ciudad guipuzcoana viajó con parada en Burgos, atraído por la cuna del Cid, y de ahí, en tren, a la capital.
Peter Besas, autor de Nazis en Madrid (Ediciones La Librería), ha descrito paso a paso la visita: “Sirvió como un gesto de amistad con el régimen franquista (y viceversa), digamos un guiño de relaciones públicas en España para el Reich con el que corresponder el gesto de Serrano Suñer en Berlín. Allí, este se había encontrado con Ribbentrop y Hitler para tratar posibles acuerdos entre ambos países”.


San Sebastián fue la primera parada de Himmler tras su llegada a Irún.
El 20 de octubre entraba en la Estación del Norte. Gigantescas esvásticas, mezcladas con símbolos falangistas y franquistas, se adherían a las vigas y las cristaleras. Le esperaban soldados con uniforme de gala, alineados en el andén. Sonó el himno alemán y presentaron armas tras el saludo de recibimiento de Serrano Suñer, que le aguardaba en la terminal. También le recibieron el entonces embajador de su país, Eberhard von Stohrer, junto a la élite militar y del Gobierno español.
De ahí, montó en un Mercedes negro y fue trasladado al hotel Ritz a lo largo de la Gran Vía, la calle de Alcalá y un paseo del Prado ahogado por símbolos nazis y franquistas. Según Peter Besas, buena parte del viaje de Himmler a Madrid estaba concebido para adular al Caudillo y prepararle de buen ánimo con vistas al encuentro con su líder, programado para tres días después en la frontera franco-española. Lo hizo nada más instalarse en el hotel, de donde partió al poco de dejar su equipaje hasta la residencia del dictador en El Pardo.
Una vez cumplido el deber, no desdeñó el turismo. Con toros incluidos en Las Ventas. Le tenían preparado un cartel de lujo para la época: Marcial LalandaPepe Luis Vázquez y Rafael Ortega, alias Gallito, listos para la faena, pese a la amenaza constante de lluvia, ante un Himmler provisto de prismáticos. Pero el chaparrón arreció y la corrida fue suspendida en el tercer toro. El jerarca nazi no quiso abandonar la plaza sin saludar a los diestros.
Cenas tardías –algo que tampoco debía incomodar a alguien de carácter más bien noctámbulo y poco madrugador, como se desprende de su correspondencia–, aparte de otras obligadas excursiones, le esperaban en el programa. Toledo, El Escorial… El Alcázar, guiado por el propio coronel Moscardó, encargado de su defensa durante el asedio republicano. Un episodio que había sido ensalzado en Alemania mientras se produjo, atizado por la máquina propagandística de Goebbels.
Eso en cuanto a los alrededores. El itinerario madrileño fue rematado con paseos por los museos del Prado y el Arqueológico. O con visitas más informales a lugares de dominio germánico, caso del hospital alemán, dirigido por el doctor Carl Wissmann, del que Himmler se despidió con una orden muy clara: que solo fueran ­atendidos en el recinto los compatriotas de origen ario.


Jordi Catasus, entonces monaguillo del monasterio de El Escorial, fue testigo del acontecimiento. / ALBERT JÓDAR
Wissmann era uno de los más destacados representantes entre los alemanes con residencia en Madrid. Según Besas, la estructura germánica contaba con una bien engrasada organización, perfectamente trabada en pleno auge nazi. “La eficacia de su propaganda ejercía una gran influencia sobre la prensa española. Múltiples dependencias repartidas por toda la ciudad les servían de base. Estas abarcaban desde una agencia de viajes hasta un centro cultural. Contaban con una gran provisión de películas alemanas en los cines, un colegio y publicaciones populares en castellano con grandes tiradas y distribución. Esencialmente, los alemanes tenían bien atados todos los sectores. De hecho, cuando llegó el nuevo embajador estadounidense, Carlton Hayes, durante el primer periodo del franquismo, quedó atónito al comprobar que existían anexos nazis por toda la capital”.
No les faltaban sus buenos apoyos oficiales y la ventaja de contar con influencias determinantes en las altas esferas. Pese a que Franco no se mostrara muy efusivo, sino más bien receloso y abiertamente desconfiado de los alemanes, Serrano Suñer los mantuvo contentos. Desde luego, los jerarcas destacados en España contaban con gran autonomía, según Peter Besas. “Los tres embajadores, sobre todo Eberhard von Stohrer; el jefe de propaganda, Hans Lazar, y el jefe de la Gestapo en Madrid, Paul Winzer, se movían sin apenas trabas. Fueron apoyados sobre todo por el cuñado del dictador, pero también por la familia Primo de Rivera”. Primero por parte de Miguel, que ayudó en el intento de raptar al duque de Windsor cuando estaba en Portugal, y también por medio de Pilar, jefa de la Sección Femenina. “Al final de la II Guerra Mundial, esta mujer ayudó a varios criminales nazis a escapar hacia Latinoamérica”.
Durante su rápida visita por Madrid y a lo largo de las conversaciones con Serrano Suñer, Himmler quedó bastante impresionado ante la escala de la represión de los franquistas en la posguerra. “Le sorprendió su magnitud”, comenta Paul Preston. “Las cárceles rebosantes de detenidos, las ejecuciones silenciosas de prisioneros anónimos a la orden del día. No le pareció práctico. Veía más utilidad en incorporar a los represaliados al nuevo orden que aniquilarlos”.
Según Preston, una de las prioridades del gran gendarme del nazismo era estrechar más lazos entre la Gestapo y los aparatos españoles. “La función de enlace quedó a cargo de Paul Winzer, que aparte de responsable de la Gestapo, oficial de las SS y agregado de seguridad de la embajada en Madrid había participado en el entrenamiento de la policía franquista al final de la guerra”, comenta el historiador. Como resultado del acuerdo, se concedieron mayores facilidades a los alemanes para perseguir enemigos del III Reich en territorio español.
Del centro mesetario, Himmler se trasladó después a Barcelona. Los caminos de Serrano Suñer y el suyo se separaron en Madrid. El español acompañó a Franco rumbo a Hendaya, pero el Reichsführer partió hacia Cataluña con vistas a satisfacer otra obsesión: Montserrat. ¿El Grial…?
Himmler compartía la doctrina wagneriana en torno a la montaña sagrada. El compositor de Parsifal, según la leyenda de muchos adeptos, se inspiró en ella para beber de las fuentes que dan lugar a su última ópera. Se han escrito ríos de tinta acerca de la evidente identificación del monasterio catalán con el templo de Montsalvat, uno de los cruciales escenarios de la obra. Entre Wagner y los nazis persistió la obsesión de convertir en ario a Jesucristo, y así, al parecer, lo dejó dicho Himmler ante los monjes benedictinos que custodian el lugar.
Quizá por eso, su visita causó tan mala impresión en quienes se encargaron de recibirlo por orden directa de Franco. Allí estaba el padre Ripol, al frente de la comitiva, el 23 de octubre de 1940, que en varias entrevistas lo recordaba como un tipo muy maleducado. El abad Marcet se negó a salir por considerarlo un perseguidor cruento para los compañeros de su orden en Alemania. Himmler llegaba al monasterio con la urgencia de que le condujeran a través de pasadizos y subterráneos hacia donde custodiaran la reliquia. Pero no pudo satisfacer sus deseos.

Según un testigo, “Himmler tenía un discurso extraña mezcla de charlatanería marcial, cotorreo de taberna y profecías de sermoneador de secta”
Por entonces, un niño de ocho años, hoy con 83, fue testigo del acontecimiento. Permanecía en las primeras filas. Atento y vestido de monaguillo. Se trata de Jordi Catasus, hijo de los dueños del restaurante que había en el lugar de peregrinaje y que actualmente ejerce de guía en medio de ese destino para turistas incluido de manera preferente en las guías internacionales. “Yo entendía y hablaba alemán, mi niñera lo era y me había enseñado el idioma”, recuerda.
Tampoco olvida cómo Himmler trató de convencer a los monjes de que la Moreneta, pese a su color de piel, ocultaba en la finura de sus facciones rasgos claramente arios. Ni de su obsesión, corroborada por todo tipo de crónicas, estudios y literaturas fantásticas posteriores por el cáliz que iba determinado a rescatar para así dotar al nazismo de poderes mágicos y extraterrenales con los que ganar la guerra y dominar el mundo. Ese tipo de delirios se gastaban. En el caso de Himmler, tomados muy en serio a base de estructuras e instituciones creadas para investigar todo tipo de creencias ocultistas, como la Ahnenerbe.
Salió de vacío. Durante años, Himmler había conformado una ideología con atisbos de fe, aderezada entre lecturas nigromantes y restos revertidos de un cristianismo básico con el ascua llevada a su sardina. Longerich ha tratado de aproximarse en su biografía a los mimbres de doctrina que quiso fabricarse en pro de la supremacía aria con fe en su ­divinidad, Waralda. Anticristianos se declaraban. Pero ateos, ni por asomo. Al menos ­había que creer en esas supersticiones de leyenda pagana que se empeñaban en recuperar a toda costa. 
Albert Krebs, un funcionario nazi de Hamburgo que le escuchó frecuentemente divagar y al que Longerich cita, resumía su capacidad intelectual en estos términos: “Su discurso era una extraña mezcla de charlatanería marcial, cotorreo de taberna ­pequeñoburguesa y profecías de sermoneador de secta”.
No en vano, estaba dispuesto a recorrer el mundo en busca de este tipo de reliquias. Montserrat supuso un chasco evidente en sus intenciones. A las pocas horas regresó a Berlín.

jueves, 7 de mayo de 2015

PRENSA. "Francisco Boix, los ojos de Mauthausen"

   En "El País":

Francisco Boix, los ojos de Mauthausen

Las imágenes robadas por un grupo de presos españoles acreditó en Nuremberg las atrocidades nazis en el campo de concentración


Construcción de un muro en Mauthausen a comienzos de 1941. En primer término, dos deportados españoles / MUSEU D’HISTÒRIA DE CATALUNYA

En el infierno se pasaba algo más que frío en invierno. El 5 de mayo de 1945 acabó lo que parecía eterno. Aquella fortaleza de granito donde se había azuzado el infierno cada minuto, cada hora, cada día, durante cerca de siete años, abrió sus puertas. Dentro había vivos y muertos sin que entre unos y otros hubiese notables diferencias de aspecto. En Mauthausen, y la densa red de subcampos que gestionó, murieron la mitad de las casi 200.000 personas que los nazis encerraron desde el 8 de agosto de 1938, cinco meses después de que Hitler anexionase Austria –su patria original- al Tercer Reich.
Hace 70 años, los soldados americanos que cruzaron el portón se encontraron cadáveres amontonados y esqueletos andantes. También presos con energía suficiente para derribar el águila nazi que presidía la entrada y colgar una pancarta de bienvenida políglota con el lema Españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras. Uno de aquellos presos, con boina, sonrisa y un brazalete en inglés que le identificaba como reportero de guerra, disparaba una Leica ora al júbilo ora al espanto. Era Francisco Boix (Barcelona, 1920-París, 1951), fotógrafo, comunista y, a la postre, los ojos de la historia.


Francisco Boix, poco después de la liberación de Mauthausen, con cámara al cuello y brazalete de reportero. / : MUSEU D’HISTÒRIA DE CATALUNYA
Gracias a él hay imágenes de las primeras horas en Mauthausen tras la huida de los nazis, incluida la secuencia del agónico interrogatorio al komandant del campo, Franz Ziereis, herido tras ser capturado el 23 de mayo de 1945. Pero la gran contribución de Boix fue un robo. En colaboración con otros prisioneros españoles y la austriaca Anna Pointner, salvaron de la destrucción negativos que acreditarían al mundo que el infierno existía y era peor que la muerte, a decir del superviviente Lope Massaguer en sus memorias: “Olíamos a muerte, pensábamos constantemente en la muerte y convivíamos con la muerte. La temíamos mucho menos que al dolor o a las humillaciones, era nuestra compañera, nuestra amiga, y a veces, nuestra única posibilidad de escapar”.
En El fotógrafo del horror (RBA), el historiador Benito Bermejo reconstruye la historia de Boix y su hazaña. Ya lo hizo en 2002 cuando salió la primera versión de la obra. En esta segunda reedición se ha incorporado material nuevo como las fotos que tomó durante la Guerra Civil española, que han aflorado en los últimos años, además de un prólogo donde Javier Cercas reparte su admiración entre Boix (“la viva estampa del héroe”) y Bermejo (“un historiador ejemplar”). “No creo que a lo largo de mi vida vaya a tener muchas ocasiones de prologar un libro escrito por un personaje de una de mis novelas”, ironiza el escritor, que convirtió a Bermejo en uno de los protagonistas de El impostor.
Francisco Boix fue uno de los testigos españoles que pudo contar lo que vio durante su cautiverio en Mauthausen, donde alguien contabilizó hasta 35 maneras distintas de morir. De los 7.000 deportados republicanos –prisioneros de guerra capturados en el frente francés, que no recibieron el trato de tales-, fueron asesinados el 65%. La mayoría en el campo de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen, entre 1941 y 1942. A partir de ese año, la mortalidad decreció en parte, según Bermejo, porque la lógica de explotación laboral se impuso a la del exterminio.


El cadáver de un prisionero de guerra ruso sobre el recinto electrificado de Mauthausen.
Aprovechando su trabajo en el laboratorio fotográfico, Boix burló la orden de Berlín, emitida tras la derrota de Stalingrado, de eliminar todo el material gráfico que recogía la vida –y la muerte- en la red de campos de concentración austriacos. Ante el tribunal de Nuremberg, afirmó que había ocultado 20.000 negativos (un tercio de los disparados), con el apoyo de otros presos españoles, aunque solo un millar ha salido a la luz. La operación clandestina se culminó con éxito en el otoño de 1944, cuando los deportados del Kommando Poschacher aprovecharon sus salidas al exterior –trabajaban para una empresa austriaca, que hoy es la propietaria de algunas siniestras instalaciones del campo de Gusen- sacaron las fotos del campo y se las facilitaron a Anna Pointner, vecina de Mauthausen, que las escondió en un muro. Junto a la casa, un pequeño memorial rinde tributo a la valentía de la mujer, que se desmarcó de las conductas de otros vecinos, que participaron en la cacería de presos fugados del campo.
Tras la liberación aliada, Boix aireó las imágenes en publicaciones como Regards “por la magnífica actitud de esta revista durante la guerra de España” y en libros sobre el campo, como el publicado por Paul Tillard. En 1946 se proyectaron en el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg y en la sección de crímenes de guerra del Ejército de EE UU en Dachau. Ante los tribunales Boix detalló una sucesión de espantos, como la historia de Bonarewitz, un carpintero austriaco evadido al que los nazis obligaron a participar en una farsa que recreaba su fuga en una caja. El espectáculo se desarrolló ante 10.000 presos, un cartel sarcástico (“Todos los pájaros están de vuelta”) y una orquesta gitana, obligada a tocar una polka mientras Bonarewitz avanza hacia su horca.
El fotógrafo español salvó las fotos pero no se libró de las secuelas de su cautiverio. En 1951 falleció en París. En esos seis años de libertad viajó de un sitio a otro como reportero de L’HumanitéRegards o Ce Soir. Siguió militando en el Partido Comunista. Retrató a Pasionaria y a Picasso. Cubrió el Tour de Francia. Y escribió sus memorias. De ellas solo se conserva su título: Spaniaker, el mote desdeñoso que aludía a los presos españoles de Mauthausen.

lunes, 9 de marzo de 2015

PRENSA. "El miedo que nunca muere"

   En "El Día de Córdoba":
UNA VÍCTIMA DEL HOLOCAUSTO JUDÍO VIVE EN ALGECIRAS

El miedo que nunca muere

La única judía superviviente de Auschwitz que reside en Andalucía cuenta por primera vez su dramática experiencia en los campos de concentración nazis.
M. MUÑOZ FOSSATI, CÁDIZ | ACTUALIZADO 01.03.2015 
zoom
Lilianne muestra la foto que le hicieron un mes después de ser liberada. / Fito Carreto

Lilianne Cohen no se llama Lilianne. Pero el gran miedo que le nació al ser recluida junto a su madre en el campo de concentración nazi de Auschwitz aún le vive hoy en su casa de Algeciras junto a la Plaza Alta, en donde esta mujer de ascendencia turca sefardí, venida al mundo en Italia y casada en Ceuta, vive desde hace más de 50 años. Tan inmortal es este miedo como para que la única superviviente judía de ese infierno que reside en Andalucía prefiera todavía no dar su verdadero nombre y elegir el que siempre le gustó tener. Y eso que están a punto de cumplirse, el próximo abril, 70 años de su liberación, ya en el campo de Mathausen, por los soldados americanos. "No por mí, no, ya no; es por mis hijos y por mis nietos, aún temo por ellos", se excusa cuando ruega que no se vea su rostro en las fotografías.

Ese mismo temor, que muchos no podemos comprender, es el que ha hecho que no haya querido nunca contar públicamente su terrible y verdadera historia. "No me gusta -dice- no me fío, Algeciras es muy chico y en España y en el mundo aún hay sentimiento antijudío". Hasta ahora, día en que su marido Samuel dice que se ha producido "un milagro".

Enseña para la fotografía el número que le tatuaron sus captores al ingresar a su prisión: el 5528, con la A de Auschwitz delante. "Mi madre tenía el 5527, uno anterior. Me lo hicieron aquí porque fuimos los últimos en llegar. Los primeros lo tenían en la parte de atrás del brazo", cuenta mientras se señala el tatuaje, ya algo borroso. "A mis hijos, cuando eran pequeños y me preguntaban qué era esto les decía que era el teléfono de un novio italiano que tuve, que me lo hice para no olvidarme ¿Qué les iba a contar tan chicos? Luego ya su padre se encargó de decirles todo".

Lilianne nació en Milán y vivía en la ciudad de Nimes cuando fue apresada. Por eso ahora su acento sorprende con una mezcla de dejes italianos, andaluces y franceses que le dan una atractiva elegancia a su porte de ojos azules, sujetado en un bastón sobre el que apoya sus 88 años cuando nos abre la puerta. Una imagen de fuerza que explica, tal vez, su asombrosa supervivencia.

En aquella Francia ocupada de los años 40, no recuerda haber tenido miedo a pesar de que la persecución, ni haber llevado cosida a su ropa la estrella de David amarilla: "No teníamos miedo porque nosotros éramos turcos, y no estábamos en guerra con Alemania. Pero un francés, al que después mi madre denunció cuando volvimos del campo, nos vendió por dinero. Tenía 14 o 15 años, y recuerdo que venía del colegio y ví muchisíma gente en un caminito delante de casa, y yo preguntaba qué pasa, qué pasa. Y me decían, no entres, no entres en casa, y yo decía por qué no voy a entrar: porque está la Gestapo. Yo dije donde está mi madre estoy yo. Entré y me cogieron a mí también. Es que si yo no entraba, mi madre estaría sola, y yo no podía consentir eso. Mi padre entonces estaba en Tánger".

Era primavera de 1944 y a Lilianne y su madre, Sara, las tuvieron una semana encerradas en la sede de la Gestapo en Nimes. "Después nos llevaron a Marsella, a la prisión de Les Baumettes, en la que había muchos judíos, y toda clase de presos, pero buena gente, la verdad". Comenzaba en Marsella más de un año de horrible cautiverio salpicado no obstante de golpes de suerte que le ayudaron a sobrevivir, y que atribuye a que "sin duda hay un Dios o tengo un ángel, porque a mí me salvaron mucha gente, de muchas cosas. Por ejemplo, venían los comandantes alemanes, de vez en cuando, a ver si cogían a una mujer para... pasar el tiempo, usted me entiende ¿no? y como yo era la más joven, dijeron ¡esta, esta!, pero la directora dijo 'no, esta está con pulmonía, está mala, está para morir'. Así que me rechazaron. Cuando se fueron, ella me dijo 'te he salvado la vida', y es verdad, si no yo no sé dónde estaría..."

A los pocos días los trasladaron a un pueblo al lado de París: "Llegamos a un tren y había muchísima gente, niños, viejos, jóvenes, de todo... me acuerdo de una pareja de recién casados que estaban allí, los pobres, el viaje que hicieron de novios...". La descripción del trayecto hasta Auschwitz recuerda a las películas más duras sobre el Holocausto judío, con vagones de carga llenos: "Fue un día entero o día y medio de viaje, sin nada de comer, en un vagón de los que sirven para trasladar caballos, no se crea usted que íbamos sentados, no había sitio, como mucho en el suelo". Era el último tren de judíos que salió de Francia, y en él viajaron miles como Lilianne, y como ella engañados e ignorantes de su destino: "Nos dijeron vais a ir a un campo, a trabajar la tierra... mentira".

La escena que vivió después de que el tren traspasara la siniestra puerta de Auschwitz-Birkenau, bajo el letrero cruelmente irónico que decía 'El trabajo os hará libres', y una vez que el gentío cautivo culminara su nuevo éxodo, quiebra por primera vez la voz de Lilianne, incapaz de reprimir el llanto: "Después de bajar del tren empezaron a separarnos, los hombres por un lado, las mujeres por otro... y a los niños los cogían para llevárselos, y las madres llorando... eso fue lo peor... Porque en los campos no había niños -asegura cuando recupera el habla-. Cuando veo la película esa del pijama de rayas ¡mentira! allí no había niños, todo eso es mentira, ni niños ni viejos. Los separaban en cuanto llegaban y se los llevaban a las cámaras de gas, por eso cuando veo esas películas digo que es mentira".

"Para empezar, al entrar te desvestían, te cortaban el pelo al ras, y te ponían el pijama de rayas con un pantalón, una camiseta y ya; y unos 'sabots' ¿cómo se dice en español?, alpargatas, no, ojalá; estos que son de madera ¿zuecos? ¡Eso! nada más, sin nada, con un frío que teníamos ... A mí ya me dieron un bofetón de entrada porque no me quería desnudar. Yo tenía 15 años, cómo me iba a desnudar allí". Los malos recuerdos de Lilianne brotan a saltos: "Dormíamos en literas, cuatro o cinco o seis en cada cama, que no podías ni darte la vuelta; por las noches nos duchaban con agua fría, nos daban de comer una cazuela de sopa una vez al día, y un trocito muy pequeño de pan. Éramos esqueletos andantes, todo el mundo igual, y encima nos daban mucho bromuro para que no pensáramos en nada, para dormirnos. La mala alimentación y el bromuro hacía que ninguna de las que estábamos allí tuviéramos la regla".

El hambre permanente empujaba a todas a robar: "Por la noche, a la hora de dormir, mucha gente, yo la primera, íbamos a robar pan a los otros, así muy despacito, claro, porque había que comer; y eso que si te cogían ibas derecha al crematorio, ¡cuánta gente fue!". En medio de ese peligro apareció de nuevo el ángel de Lilianne: "Una vez que yo había robado pan y lo llevaba escondido, vino una alemana a hacer un cacheo, y ahí yo ya me dije ya está, ya me cogieron, no voy a ver más a mi madre ni a mi padre, me van a matar... pero empezó a registrarme y ¡no encontró nada! Sin embargo, cuando salí, allí estaba el pan, bajo la ropa. Algo extraordinario. No era mi hora".

La vida que tuvieron allí consistía en trabajar, "llevando tierra de un sitio a otro", desde las cinco de la mañana, ("nos levantaban con el látigo") hasta las cinco de la tarde, hora en que sonaba la campana, "y si no trabajabas a su gusto te pegaban golpes. A mí me dieron una vez uno que me hizo una herida en la pierna y me llevó al hospital ¡porque tenían hospital, mira tú cómo eran! Si estabas malo te hospitalizaban, pero si estabas demasiado mal te mandaban al crematorio. A causa de esa herida no podía andar, pero el propio Himmler (dirigente nazi coordinador y cerebro de la red de campos de concentración y exterminio) hizo una vez una inspección al hospital. Y la doctora, creo que era una rusa prisionera, me dijo que aunque me doliera mucho caminara normal, y me dio una pastilla para que aguantara. Así pude pasar la inspección, salvándome de nuevo".

Pero el peligro de ir al crematorio era constante. Las selecciones eran periódicas. "Si veían que estabas muy mala te condenaban. Y la mitad no pudieron resistir. Si tenías alguna enfermedad normal, como un resfriado, estaban los médicos y el hospital". El periodista ha leído que al menos en la clínica se estaba mejor, porque no había obligación de trabajar, pero la interna número 5528 desmiente su impresión con una realidad más rotunda: "¿Mejor? ¡no! porque entonces no sabías si vendría alguien a decirte que te ibas al crematorio. Siempre dependía todo de tu suerte".

Lilianne y su madre estuvieron dos veces a punto de pasar a la cámara de gas y las dos veces actuó su ángel. "Allí no te decían a dónde ibas, te sacaban a gritos ¡fuera, fuera! ¡raus, raus! y te hacían esperar, pero los alemanes son cuadriculados, y tenían un cupo para cada vez. Si tenían pensado matar a noventa, la noventa y uno se quedaba fuera, si pensaban en 100, la 101 se salvaba. En las dos ocasiones en que nos sacaron, nos quedamos fuera por muy poco".

En el campo todos los días eran iguales. Resulta difícil imaginarse qué pensamientos recorrían las mentes de tanto condenado a morir más tarde o más temprano. "Una vez estábamos allí, éramos como sonámbulos -aclara Lilianne-, no pensabas en nada malo ni bueno, andábamos como drogados, como tontas con el bromuro. Cuando se hablaba, sólo se hablaba de tonterías, sí, de comida, de cuándo íbamos a salir, pero sin ningún sentimiento, no se hablaba de cosas normales, yo creo que no sabíamos lo que estábamos diciendo, yo podía ver un muerto, lo pisaba y seguía andando".

Nadie preguntaba para qué las tenían allí. No se hablaba de esperanza. "Dicen que es lo último que se pierde, pero en realidad es que no sabíamos qué pasaría el día de mañana. Porque a las cinco de la mañana nos ponían a todos en fila, nos contaban cincuenta mil veces, con un frío que hacía... Todo eso bajo la atenta mirada de los kapos, prisioneros que ejercían de vigilantes. "Eran los más antiguos, los primeros que cogieron que eran polacos. Estos sí que eran malos, eran también judíos y sin embargo nos pegaban; por esto es que a los polacos no los puedo ver".

¿Sería posible que en aquel infierno hubiera momentos buenos? "Momentos buenos ninguno. A veces nos imaginábamos cuándo nos iríamos a casa y luego pensábamos, sí,claro a casa..." ¿Sería posible hacer amigos? "Puff ¿amigos? Compañeros, si quieres. Una vez que estás allí, no hay amigos ni se quiere a nadie. Las únicas éramos mi madre y yo" ¿Sufrieron intentos de abusos las mujeres? "Sí, con lo guapa que éramos, como esqueletos vivientes..." ¿Nunca intentaron escapar? "¿Cómo? ¡no! ¡te mataban!"

Pero el infierno que Primo Levi describió en Si esto es un hombre y sobre el que dijo que eliminaba cualquier rasgo de humanidad resultó ser un terrible purgatorio del que algunos afortunados pudieron salir. El avance de las tropas rusas por el frente del Este al final de la Segunda Guerra Mundial era también el avance de esa esperanza tan esquiva. Los alemanes iban desalojando campos de trabajo y trasladando a sus debilitados internos hacia el Oeste, en lo que se conocería después como 'marchas de la muerte' porque la mayoría de los presos fallecieron en el camino. Los enfermos fueron abandonados en las clínicas de los campos, como ocurrió con Sara, mientras su hija Lilianne era llevada en trenes sucesivamente a los de Dachau, Bergen Belsen y finalmente Mathausen. Era la primera vez que madre e hija se separaban en todo su cautiverio.

"Cogí muchos trenes -rememora-, y cuando llegué a Mathausen, de los cien que viajaban en el vagón sólo me salvé yo. Alguien abrió el portón y dijo 'todos han muerto', pero yo grité desde el suelo 'no no, yo estoy viva', je suis ici, estoy aquí', y pasó una cosa más rara... alguien, no sé si alemán o español o francés me cogió y me puso en una carretilla, y cuando quise volverme para darle las gracias, ya había desaparecido. A lo mejor el que me cogió fue ese ángel". A los pocos días llegaron las tropas estadounidenses. Era abril de 1945. "Yo vi llegar un coche de noche y me dije 'dios mío, otra vez los alemanes que me van a llevar', pero no, eran los americanos, que me envolvieron en una manta y me llevaron al hospital". De Mathausen, un campo con muchísimos presos españoles, conserva Lilianne un recuerdo muy especial, una medalla de Santa Rita que le dio un prisionero republicano para que la protegiese. La guarda tan bien que fue incapaz de encontrarla durante la entrevista. "Ahora voy a estar toda la noche sin dormir buscando la medalla, ya verás", lamentaba.

El esqueleto andante que era Lilianne posó para una foto que es la que aparece en este reportaje. Pesaba todavía 19 kilos un mes después de su liberación. "Y eso que ya me hartaba de comer", cuenta. Siguieron muchos días de confusión y recuperación. "Yo estaba segura de que mi madre había muerto en Auschwitz, y no sabía si mi padre seguía vivo en Tánger. Me preguntaron a dónde quería ir, y yo respondí en seguida que a París, donde recordaba que vivía la madre de una amiga mía, Madame Combay. En París, la primera cosa que vi, nada más bajar del avión, fue a un chico con un montón de pan, y cogí a este niño (llora de nuevo)... el pan, era la obsesión, tener pan. Poco después, ya en un cuarto estupendo que me preparó madame Combay, yo dormía con el pan agarrado, y la chica interna me decía 'no te preocupes, que no te lo van a robar', pero yo no podía soltarlo. Esa obsesión todavía me dura en cierta forma".

Entonces Lilianne fue noticia, se trataba de la superviviente francesa más joven del exterminio nazi, y mucha gente iba a visitarla, algunos querían adoptarla. La noticia de su liberación y la de su madre apareció en el periódico La Depéche de Tánger el 18 de julio de 1945. El padre pudo por fin celebrar el reencuentro de su familia, repartiendo comida a los pobres en Tánger, viajando a Francia en un avión de la Cruz Roja y llevando 40 kilos de comida para las dos, ya de vuelta en Nimes. Pero antes, la hija tuvo que pasar por el calvario emocional de volver a ser persona. "Yo era una persona nula cuando salí, me decían que estaba sola en el mundo, veía a la gente llorando a mi alrededor y no me importaba. Hasta que un médico estuvo una noche entera hablándome y por fin estallé, lloré y esa fue mi salvación".

Salvada, pero con memoria. Lilianne no puede olvidar todo aquello: "No se puede olvidar" afirma rotunda, mientras su marido recuerda que sólo una vez se ha despertado de noche gritando ¡los alemanes, la Gestapo! Tampoco ha querido volver, como sí han hecho otros supervivientes, a Auschwitz: "¿Volver, para qué? ¿para ver todo aquello, las fotos, los zapatitos de los niños...? -vuelve a llorar-. Sí he estado en el memorial Yad Vashem de Tel Aviv, y fue terrible, me pusieron en un cuartito donde se sentaban los niños -vuelve a llorar- ... he visto tantas cosas... por eso cuando nacieron mis niños los abrazaba tan fuerte, y después igual, y mi familia me decía 'siempre estás igual con los niños'... Cuando ya me casé con Samuel, la primera preocupación era cómo iban a salir los niños, porque con tanto bromuro... Pero ahora tengo tres hijos maravillosos".

La Lilianne que no se llama Lilianne sigue teniendo miedo, después de 70 años, y se mueve entre la esperanza de que Dios no permita que se repita un Holocausto y el temor a que suceda de nuevo: "No creo que vuelva a pasar, pero digo que si ocurre cojo a mis hijos y los tiro por la ventana, como vi yo que hacían en Francia, antes de que los cogieran. Tú pasas, tú ríes pero cuando estás sola ves que aún tienes miedo y piensas dios mío ¿y si pasa otra vez?".

Por eso responde rotunda cuando se le pregunta si ve bien que se mantenga el testimonio de los campos y los memoriales: "¡Sí! para que la gente vea lo que pasó". ¿Y usted cree que los alemanes lo sabían? "Yo creo que sí, a lo mejor los más chicos no, y puede que muchos se opusieran, pero yo a los alemanes no les he podido perdonar. Después he conocido a muchos, y he visto cómo han llorado cuando les enseñaba el número, pero no puedo, no puedo... no sé, algo tienen contra nosotros".

El periódico de Tánger que recogía la noticia de la vuelta a la vida de Lilianne y su madre se preguntaba en 1945: "¿Qué castigo se puede infligir a los criminales de guerra, a los grandes y los pequeños, para hacerles expiar tamañas infamias?" Pero ella se hace otras preguntas: "Todavía yo, muchas veces, cuando cojo un libro o veo imágenes de aquella época me acuerdo del campo y pienso ¿era yo realmente aquella, no sería otra?".