Mostrando entradas con la etiqueta guerra civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra civil. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de abril de 2016

PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

   En "El País":

El último Azaña

Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


NICOLÁS AZNÁREZ


No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
Santos Juliá es historiador.

viernes, 20 de noviembre de 2015

HISTORIA. "Sin respeto por la historia". Ángel Viñas

   En "publico.es":

Sin respeto por la historia

El siguiente texto es un fragmento de la introducción escrita por Ángel Viñas en la 'Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova', que ha dedicado su número, íntegramente, a combatir la biografía de Franco escrita por el catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin y conocido hispanista, Stanley G. Payne, y el periodista Jesús Palacios Tapias.  



Serrano Suñer, Franco y Mussolini, en 1941. | Efe
BRUSELAS.- La génesis de este número es bastante simple. Franco. Una biografía personal y política es el título de la obra sobre la que gravitan los artículos que lo componen. Salió al mercado en la segunda mitad de septiembre de 2014. Con ello logró la primicia de adelantarse casi un año al XL aniversario. Los motivos presumibles serán, sin duda, varios. Más adelante aventuraré alguna conjetura. Los autores explican que habían llegado a la conclusión "de que era el mejor momento de hacer un nuevo esfuerzo de descripción y evaluación (....) Nuestros lectores podrán juzgar si aportamos aquí datos significativos para la comprensión de la época de Franco en la historia de España".

Así, pues, Stanley G. Payne y Jesús Palacios (en adelante P/P) afirman inequívocamente que su obra da a conocer algo nuevo sobre una figura "compleja y polarizada". Se basan para ello en dos supuestos: "hemos tenido acceso a un buen número de nuevas fuentes (...) hasta la abundante información procedente de nuevas fuentes primarias". Ruego al lector de estas líneas tener presentes ambas declaraciones sobre las cuales haré algunas precisiones posteriormente.
Servidor procuró adquirir tan prometedora obra tan pronto como le fue humanamente posible. Llevaba años enfrascado en un estudio sobre el comportamiento de Franco, inducido a través de la evidencia primaria relevante de época (EPRE) que había ido recopilando penosamente desde 2010 en diversos archivos, españoles y extranjeros. No extrañará que tuviese el máximo interés en conocer cuanto antes lo que nuestros distinguidos biógrafos habían escrito sobre tan señera figura histórica por si se cruzaba con mi libro en elaboración. Es algo que, en general, los historiadores profesionales suelen hacer. Hay que estar al día, tener humildad y reconocer que uno no detenta la llave del arcón en el que duermen las incógnitas y los problemas de un pasado que no siempre es fácil de desentrañar.

Reconozco sin reserva alguna que mis esperanzas no eran grandes. Años antes los mismos autores habían aprovechado una serie de conversaciones con la hija del Caudillo, hoy duquesa de Franco, para esbozar una imagen biográfica del mismo. Ni el contenido de las conversaciones ni la imagen aportaron, en mi modesta opinión, nada espectacular o novedoso.

Al aparecer, pues, una biografía en buena y debida forma, y tratándose de un segundo intento, pensé que probablemente habrían convencido a la señora duquesa de que les dejase consultar los papeles privados de su padre que no parece que sean los que están ni en los archivos oficiales españoles ni en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF).
Abrí así el libro en la ingenua creencia de que, si bien el antecedente no era demasiado
alentador, P/P podrían haber escrito en esta segunda ocasión una biografía de tono si no académico por lo menos mínimamente científico, riguroso, analítico. En todo caso algo que supusiera un avance historiográfico con respecto a la canónica obra de Paul Preston.

Confieso, sin tapujos, que mi desilusión fue total. Una rápida lectura, para ver qué es lo que del segundo producto podría incorporar a mi propio estudio sobre Franco, me hizo ver que el esfuerzo, sin duda denodado, que P/P habrán realizado no aportaba absolutamente nada con lo que enriquecer y mejorar mi análisis. Es más, a contrario sensu, a lo más que podía llegar era a verme en la necesidad de poner de relieve algunos de los más flagrantes y, a veces, grotescos errores, omisiones y falaces interpretaciones que chocaban con mi argumentación y sus soportes documentales. Para bien o para mal, esta tarea crítica la he llevado a cabo, aunque necesariamente de refilón, en un libro que se ha puesto en el mercado antes que aparezca en la red este número extraordinario.
La crítica, insisto que de refilón, no me hizo olvidar en ningún momento que la biografía escrita por P/P merecería un análisis más en profundidad. Lo que en ella figura, y lo que en ella se omite, forman un todo destinado, al menos así me pareció, a esculpir una interpretación más o menos presentable y, en el fondo, un tanto redentora del Caudillo y de su dictadura.

Por ejemplo, que P/P hagan de Franco un regeneracionista de, por así decir, última generación me dejó sin aliento. Que disminuyeran en todo lo posible el papel del Caudillo, aunque no puedan negarlo del todo, en quizá la más brutal y duradera represión multimodal que registra la historia española me repugnó profundamente. Que rellenasen centenares de páginas y no abordaran en absoluto los mecanismos de funcionamiento de la dictadura me pareció un fallo analítico imperdonable.

Que echaran salpicaduras aquí y allá, sin la menor trabazón, sobre la conexión de las políticas internas  de Franco con la evolución del entorno exterior me llenó de estupor. Que escribieran parrafadas enteras de una inanidad sobrecogedora sobre su visión del Caudillo de puertas adentro me llevó a pensar qué tipo de biógrafos pueden ser los que tan escasa curiosidad mostraban sobre la dinámica que permitió a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) hacerse con una cuantiosa fortuna por medios no demasiado éticos en un país ensangrentado por la guerra y en gran parte aterrorizado por la represión.

Su referencia al caso de Jordi Pujol colmó el vaso de mi paciencia. En definitiva en septiembre/octubre de 2014 llegué a tres conclusiones, quizá erróneas, pero de
las que no pude zafarme:

- El valor científico de la biografía escrita por tan notabilísimos y alabados autores es casi igual a cero. Como el de su libro anterior, solo que ahora envuelto en una actitud de gran pretenciosidad y en una supuesta objetividad aireada a los cuatro vientos para encubrir un trabajo banal.
- P/P probablemente lo que habrían querido es "hacer caja", aprovechándose de la cercanía del XL aniversario. Esto de por sí no es nada reprochable. ¿A quién no le gusta que sus libros se vendan cuanto más mejor? Por la caja, por la gloria o por el deseo de que los lectores conozcan sus opiniones, a lo que todo buen historiador aspira.
- Sin embargo, en este caso me pareció que lo que estaba en juego era el intento, un tanto cínico, de explotar al máximo una imagen de "gran hispanista" y ocultar oscuros, pero no borrados, antecedentes ideológicos. ¿Para qué? Verosímilmente para difundir una interpretación que vendiera bien en ciertos círculos de descendientes de quienes en España y en el extranjero siempre ayudaron a Franco.

Reproduzco mis impresiones de hace un año. No pretendo haber estado en lo cierto. Parto, sin embargo, del supuesto de que a los historiadores se nos juzga por nuestras obras y no por nuestras intenciones. A su vez, esas obras se valoran con arreglo a criterios hermenéuticos, metodológicos y heurísticos muy precisos. Para mí, tras una primera y urgente lectura, P/P suspendían en casi todos ellos.

Su afirmación de que la biografía está basada en documentación primaria y en un gran esfuerzo de acopio de la literatura relevante pertenece en buena medida al reino de la fantasía. Tal vez lo habrán anunciado con el fin de pescar incautos, que por desgracia abundan, pero no resiste la menor contrastación hecha con criterios profesionales.
La aseveración de que "casi 40 años después de su muerte, Franco y su larga dictadura aún no han quedado totalmente relegados para la Historia, sino que continúan levantando encendidas pasiones, al menos entre una parte de sus compatriotas" me hizo pensar si estaban realmente pensando en España o en, quizá, otro lugar. Porque me dio la impresión de que el gran hispanista norteamericano parecía haber olvidado el dictum de uno de los grandes literatos de su país, William Faulkner: "The past is never past. It´s not even past"

Pero la reseña crítica que pudiera hacer en alguna revista profesional o incluso en un medio de comunicación de los que también se leen en la red me pareció que no haría justicia a la obra. Si P/P no se han tomado en serio a Franco, la figura del Caudillo sí merece que se la tome muy en serio. Es lo que han hecho numerosos historiadores españoles y extranjeros, con frecuencia no aureolados con las distinciones y glorias académicas y profesionales de que hace gala el profesor Stanley G. Payne.

Conspiración y guerra

El papel de Franco como conspirador contra la República y su actuación en la guerra civil los ha abordado un discípulo y colega del tan llorado Gabriel Cardona. Juan Carlos Losada ha labrado su reputación como historiador militar, ámbito del que P/P no parecen tener demasiada idea. Su contribución es particularmente crítica de las interpretaciones de la biografía y, sin deleitarse en la considerable acumulación de errores en que la obra incurre, llega a un veredicto implacable: el valor de la misma es = cero.

Confieso estar de acuerdo con Losada. Es más, cabe reprochar a tan esforzados biógrafos que, como es habitual en su obra, no se les ocurra profundizar lo más mínimo en su más que pedestre interpretación en lo que toca a la superficialidad de los hechos. No solo no indagan en las interioridades (que ya van conociéndose de la conspiración y que algunos de los protagonistas de la época pusieron desde hace muchos años al descubierto) sino que omiten (una vez más) cualquier análisis crítico de la literatura disponible. Es difícil seguir manteniendo que hasta el último minuto Franco estuvo dubitativo (lo que, sin embargo, sería congruente con su prudencia innata y su dificultad en tomar decisiones) y que, además, quiso cumplir con su juramento de fidelidad a la República. Solo la imparable marcha hacia el estallido de la revolución izquierdista que P/P afirman que se avecinaba y la muerte violenta de Calvo Sotelo no le dejaron otra alternativa.

Naturalmente eluden indagar en las implicaciones de la instrucción reservada de Mola para el Ejército de África de finales de junio y se abstienen de explorar la prehistoria del vuelo del Dragon Rapide y su destino. Todo lo que afirman no tiene una sola referencia documental seria. Sobre el Franco en guerra se ha escrito mucho, pero nuestros autores tampoco están demasiado familiarizados con la moderna y más relevante literatura. Dado que, de nuevo, desarrollan su argumentación al nivel más elemental posible (no más elevado que el que adoptaría un alumno de tercero de grado) todo lo que huela mínimamente a análisis les es extraño. Llama la atención que para todo el período de la guerra solo haya cuatro (quiero decir, 4 y solo 4) referencias a documentos de la FNFF. Es decir que en el terreno más trabajado por la investigación empírica, que ha ido demostrando en los últimos años hasta qué punto habían quedado millares de documentos por explorar, el valor añadido de nuestros autores es o bien nulo o centrado en la tergiversación.

Algún lector pensará que estoy exagerando. Lejos de mí tal pecado. En menos de cinco páginas (pp. 242-246) P/P "despachan" el final de la guerra. Aparte de repetir como papagayos los consabidos mitos de la preponderancia comunista, del carácter lacayuno a los dictados de Moscú del Gobierno republicano y otras lindezas ni se les ocurre mencionar el canónico libro de los profesores Ángel Bahamonde y Javier Cervera (que tiene ya algunos añitos) ni, por supuesto, las investigaciones posteriores. Las referencias oblicuas a supuestas intenciones soviéticas solo tienen como fuente su imaginación. Y, si no, ¿por qué no las documentan? Porque documentarlas sí se podría. Varios historiadores han trabajado sobre documentos soviéticos. Entre ellos un norteamericano, Daniel
Kowalsky, a quien Payne dirigió su tesis doctoral (algunas malas lenguas dicen que también se aprovechó de ella). Pues bien, ¿creerá el lector que lo citan? Sería lo más normal, pero Kowalsky no figura en su larguísima relación de "nuevas" fuentes secundarias, esas que ensalzan tanto en el prólogo. Una casualidad.

Admitamos, a meros efectos dialécticos, que tal vez Payne haya reñido con él y que por
consiguiente haya caído en la fea tentación de ningunearlo. Obviamente no puedo saberlo ni me importa. Pero sí sé que Payne tampoco menciona a otro historiador, esta vez alemán, que al igual que Kowalsky y un servidor se molestó en trabajar en los archivos de Moscú. ¿Acaso no hemos descubierto entre los tres nada nuevo? Porque lo cierto que entre las obras que mencionan los admirables P/P no aparece ninguna que esté basada en la documentación soviética. El autor alemán al que me refiero se llama Frank Schauff. ¿Verá su nombre el lector en la grandiosa bibliografía que nuestros biógrafos dicen haber utilizado? Como el catedrático de Wisconsin cita, ocasionalmente, algún libro en alemán supongo que entenderá tal idioma. Ahora bien, si esto es así todavía en 2014 no se había enterado de que el libro de Schauff, disponible en español, data ya desde hace una buena porrada de años. En estas condiciones ¿cómo otorgar a P/P la menor credibilidad? Y ya, para terminar, ¿por qué no citar, al menos, el libro de los primeros autores españoles en haber trabajado en los archivos de la Komintern? Antonio Elorza es un historiador superfiable y la añorada Marta Bizcarrondo daba sopas con hondas a Payne y a Palacios en lo que atañe a interpretar la izquierda bolchevique española. Quizá es que todos estos temas les producen urticaria.

El vergonzoso tratamiento de la represión franquista

Si las patochadas relacionadas con los malvados negrinistas, comunistas y soviéticos son de antología la aportación de P/P queda a la altura del betún cuando acometen una auténtica "machada" historiográfica. La de intentar blanquear, en lo posible, uno de los "pecados capitales" que, según afirman, ennegrecen la imagen de Franco: su papel en la represión. No pueden evitar, claro es, entrar al toro pero se cuidan muy mucho de cuadrarlo. De entrada el capítulo que dedican a la represión es uno de los más cortos de la biografía (catorce páginas, de la 255 a la 269). La técnica que emplean es muy simple: por un lado practican la omisión masiva, en gran escala; por otro utilizan referencias a presuntas "autoridades" cuidadosamente seleccionadas.

No son muchas. Destacan personajes como Francisco Pilo o Julius Ruiz, profesor de la Universidad de Edimburgo. A este último P/P le caracterizan, nada menos, que como "el principal historiador de la represión de la posguerra" (pág. 693). [En este punto confieso que casi no puedo reprimir una sonrisa de conmiseración en vista de tanta ignorancia o, quizá, de tanta duplicidad].

Lo que cuenta es el efecto que nuestros distinguidos biógrafos quieren obtener. Así, al lector no informado que acuda a tan corto capítulo como fuente de información se le escapará sin duda el que el estudio de la represión franquista, de 1936 a 1975, se ha convertido en el capítulo más vibrante de la historiografía española en los últimos años. La "recuperación de la memoria histórica", unida al escándalo mayúsculo que supone la exhumación de las "fosas del olvido" (nunca expresión de este carácter fue tan ajustada a la realidad), más el hecho de que España disfrute del dudoso honor de ser el país que mayor cantidad alberga tras Cambodia, han avivado las ansias de conocer el negro pasado de muchos años de represión continuada.
No extrañará, por ello, que en este número de HISPANIA NOVA se haya realizado un esfuerzo especial para presentar a los lectores lo que a P/P no les ha pasado por la mente hacer: un resumen, dividido en tres aportaciones, de la panorámica general de la represión, desde 1936 a 1975. Sí, a 1975.

Procedemos cronológicamente. En primer lugar el Doctor José Luis Ledesma, uno de los expertos más notables de la violencia en la guerra civil, tanto franquista como republicana, sintetiza en su artículo sus objeciones a las cortas referencias que P/P dedican al tema. Ledesma publicará dentro de poco su tesis doctoral del Instituto Universitario Europeo (Florencia) pero ya antes de ello había escrito largo y tendido sobre esta temática. En todo caso, incluso el menos informado lector podrá comprobar que la vacuidad y el carácter esquivo y torticero del proceder historiográfico de P/P quedan más que demostrados en este artículo.

En segundo lugar este número ha podido contar con la contribución del profesor Francisco Moreno Gómez. Su último libro, La victoria sangrienta, me impactó de tal manera que le dediqué varios comentarios en mi blog. Moreno lleva años dedicado a la investigación de las modalidades y efectos de la represión y es una de las autoridades en la materia. No Julius Ruiz. Desde el punto de vista cronológico su artículo continúa el de Ledesma. Tras recordar algunos rasgos esenciales de la violencia franquista en la guerra civil Moreno Gómez se centra en las características de la represión multimodal, continuada, que Franco mantuvo durante los años cuarenta. ¿No hablan P/P de la importancia de "sus" fuentes?

Pues bien, leyendo este artículo lo que se pone de manifiesto es que nuestros eminentes biógrafos no tienen ni la más mínima idea de lo que significan las fuentes y la literatura existentes. Esta mera constatación debería servir para, en el plano puramente historiográfico y académico, aniquilar su obra. Punto. Finalmente el Doctor Juan José del Águila, magistrado jubilado, con una larga carrera como jurista en la dictadura, ha seguido la pista de las disposiciones y efectos del mantenimiento de la Jurisdicción de Guerra. Su obra sobre el Tribunal de Orden Público (TOP) es de auténtica referencia pero ni que decir tiene que nuestros eminentes biógrafos la ignoran cuidadosamente. Y digo cuidadosamente porque yo me fío de la afirmación de del Águila de que, en su momento, se la envió a Payne, quizá pensando en que el distinguido catedrático emérito de Wisconsin era un historiador serio.

Los tres autores ponen de relieve no solo las omisiones de P/P sino algo mucho más grave: la distorsión de los hechos, ya sean los encerrados en archivos que jamás han visitado sino, más prosaicamente, en las páginas del Boletín Oficial del Estado, muchas de ellas consultables sin problemas por internet desde Wisconsin y Madrid, a las que Palacios siempre hubiera podido complementar con cualquier ojeada al Aranzadi, disponible fácilmente en numerosas bibliotecas. Este tipo de omisiones, y la preferencia marcada hacia el señor Pilo y el Doctor Ruiz, creo que caracterizan perfectamente la obra cuyo objetivo es la desinformación y su rasgo más acusado la manipulación. Punto.

Anticonclusiones

Es muy de agradecer que P/P hayan, siguiendo la costumbre académica, sintetizado sus "hallazgos" en las páginas 623 a 650. En ocasiones son patéticas y ruego al lector que me disculpe por el reiterado uso de este adjetivo. "Ningún rey tradicional dispuso de los poderes y capacidad de "penetración" (...) que sí tuvo este fuerte dictador del siglo XX". Esto para quitarse el sombrero, la boina o, en honor de la costumbre norteamericana, la gorra de béisbol. Quizá lo mismo podría decirse de Hitler, Stalin, Mussoini, Mao Tse Tung, Ceausescu, entre otros. El argumento es rotundamente ucrónico. Ningún rey necesitaba aplicar el Führerprinzip tan a rajatabla como Franco en una situación de relativa avanzada tecnología y de moldeamiento de la opinión por la imposición de los medios de comunicación de masas. De comparar a Franco con algún rey mi preferencia iría a Fernando VII lo cual no es precisamente un timbre de gloria. Retrasó la evolución política y social española casi tanto como reinó. La caracterización sicológica de Franco que ofrecen P/P (solo tenía una limitada paranoia) es, cuando menos, discutible. Cabe añadir otros rasgos. Para mí el más importante fue su impenitente narcisismo, algo en lo que nuestros estimados autores ni siquiera reparan. Sin embargo es fácil ilustrarlo con ejemplos que naturalmente no identifican.

Que Franco no fuese tan terrorista como Stalin y Hitler es muy de agradecer, sobre todo si el historiador se sitúa en el punto de vista de las víctimas. Pero lo fue mucho más que Mussolini. Esta última comparación no la hacen P/P. Podrían, por ejemplo, haber estimado el número de muertos implicados en el montaje y evolución de la dictadura fascista italiana hasta 1939 y compararlo con la mortandad española de la posguerra. Es una posibilidad. Otra es haber penetrado en las características, tan diferentes, de ambas sociedades. En cualquier caso no cabe escabullir el bulto diciendo simplemente que Franco "nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador".

Mussolini, es verdad, lo hizo con Ciano. No le salva tal vez pero el Duce tuvo menos
afición al gore que el africanista Franco. Por lo menos hasta muy avanzada su participación en el segundo conflicto mundial. ¿Tuvo más éxito el "Caudillo de España" que Stalin? Nuestros autores dicen que sí pero no identifican los criterios que utilizan. Hay uno muy simple que deberían haber aplicado tras empeñarse a colgar de Franco el timbre de gloria de "regeneracionista". En los años veinte la naciente Unión Soviética era un país atrasado, empobrecido, esquilmado. Tres decenios después se había convertido en una superpotencia. No puede afirmarse que no fuera un éxito. Otra cosa, naturalmente, fue el coste. En general, para un historiador que presume de comparativista como es Payne sus referencias a otras realidades históricas son o banales o distorsionadoras, al querer  examinar bajo su luz la realidad española.

¿Fue la sociedad en el tardofranquismo más feliz, potente y moderna que la que existía cuando Franco empezó su escalada hacia la cúspide? Es obvio que se había desarrollado económicamente. También lo hicieron casi todos los demás países de Europa occidental en los treinta gloriosos años después de la segunda guerra mundial, salvo Portugal y Grecia. España empezó a crecer solo a mitad de los años cincuenta pero ya llevaba tiempo haciéndolo mal y continuó en ello. En cuanto a la felicidad (concepto más bien personal que colectivo) si se tiene en cuenta que la dictadura se asentó sobre una guerra civil no cerrada y una represión sin precedente en la historia española, el aserto de P/P es discutible. Por lo que se refiere a cifras de muertos, huelgas y violencia que se registraron en los primeros años de la transición convendría que hubiesen hecho, siquiera, una mínima referencia. En todo caso, ¿cuál fue el comportamiento colectivo de los españoles en junio de 1977, en las primeras elecciones libres desde 1936? Pues estribó en sentar las bases para echar abajo todo el aparato institucional del franquismo y en dejar en la estacada a sus sucesores y ansiosos continuadores, dentro de lo posible. Franco era imperialista, afirman, "en la época de los imperialismos europeos". ¿Qué imperialismos? Los únicos existentes eran los fascistas porque la URSS bastante tenía conque la dejaran sola o le permitieran participar en la formación del valladar antifascista que la amenazaba tanto, o más, que a las democracias occidentales.

Pero eso sí, concluyen P/P, Franco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba ligado al Eje. A mí me da un poco de vergüenza llevar la contraria al distinguido historiador de Wisconsin porque él ha escrito una monografía sobre las relaciones Franco-Hitler y yo no. Sin embargo, como según la costumbre habitual tal monografía no está precisamente muy basada en fuentes primarias novedosas, he de dejar para mejor momento (quizá el año próximo) la demostración de cómo es posible avanzar en ese  ampo que aparentemente está ya tan trillado.

Lo que no entiendo es el emperramiento de Payne (y de Palacios, segundón estrecho) en seguir manteniendo que la guerra de expansión "junto a Alemania fue una tentación común a todos los dictadores europeos, fueran de derechas o de izquierdas" (p. 633). No fue, ciertamente, el caso de Oliveira Salazar. Tampoco de Stalin. Payne se empeña en lo contrario gracias a un reiterado fallo interpretativo de la dinámica que condujo al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. La literatura alemana, francesa y anglosajona que lo aclara, junto con sus pormenores, es algo que nuestro internacional autor desconoce pura y simplemente. Tampoco ha trabajado en los archivos que podrían aclarar algo su petición de principio. Los más importantes son los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. Así que no le importa nada quedarse tan satisfecho con sus invenciones.

Es muy interesante la mirífica creencia que P/P tienen en las razones que explican la escasa efectividad de la guerrilla (o maquis). Como desconocen la abundante literatura existente (solo citan en la bibliografía una obra que no utilizan para nada) no se les ocurre pensar que fue el único caso en que la resistencia militar contra la incipiente dictadura fue abandonada por las potencias democráticas en guerra (lo que no ocurrió en ningún otro caso de entre los países ocupados por los nazis).

Tampoco han perdido el tiempo indagando en las consecuencias de una política de venganza (Paul Preston) que acoquinó a la población civil ni en los estragos que causó entre los vencidos. Sin apoyo exterior, ¿cuánto podría mantenerse el maquis? Al menos los británicos ayudaron a la resistencia en Francia, Bélgica, Yugoslavia, etc. desde el primer momento. Y luego se unieron los norteamericanos.

Un historiador internacional de la talla de Payne, ¿no ha leído nada sobre el SOE o la OSS?. ¿Sobre la Résistance en Francia? ¿Sobre Vichy? ¿Cuál fue la política de los aliados respecto a la España de Franco? Convendría que, al menos, hubieran indicado algunos de sus rasgos característicos en vez de emborronar páginas sobre la ECONOMÍA. ¡Oh!, la economía... Una "dormida" para el lector casual y no abrumado por la actual crisis que es al que probablemente apuntarán P/P.

Sin embargo lo único que hacen es acentuar a troche y moche la voluntad de su héroe (p. 626) de crear una "economía productiva", !nada menos! así como las presuntas aspiraciones "regeneracionistas" de su tan alabado Caudillo. Al final resulta que a Franco ha de rescatársele por su incomparable aportación al desarrollo económico español. Pues si es así, van listos, porque este es un tema bastante bien estudiado por historiadores y economistas españoles.

Claro es que, no faltaría más, los trabajos más serios y documentados sobre la fase de autarquía y su desembocadura en el plan de estabilización y liberalización de 1959 los desconocen nuestros entendidos autores. No vamos a pedirles que ojeasen el libro de Manuel-Jesús González o los trabajos de Manuel Varela o, ¿por qué no?, los míos propios. Hasta podrían haber consultado alguna vieja edición de los manuales de Ramón Tamames. Pero, en realidad, quizá les habría venido mejor seguir el recio aforismo español del "zapatero, a tus zapatos". O, por lo menos, haber leído algo más que los cuentos de la lechera. Así, sus famosas "nuevas fuentes secundarias" se quedan en un hálito un tanto desvaído o en un autotorpedeamiento en la propia línea de flotación del argumento más reiterado para redimir a Franco. De nuevo, como siempre, manipulación.

Conclusión

Al término del análisis colectivo al que se ha sometido la banal obra de P/P quedan todavía varios aspectos por rectificar. Pero el gato está servido, el tiempo es corto, los apremios profesionales muchos y el pasado ignoto guarda demasiadas cosas por descubrir. Perder el tiempo en una biografía destinada a hacer caja o a tranquilizar a los eventuales lectores de que Franco fue, realmente, un gran hombre al que la izquierda (siempre la maldita izquierda) no quiere hacer justicia es algo que resulta un tanto tedioso.

No obstante, quizá estos ensayos, que no esconden un punto de mordacidad cuando no de ironía, puedan cumplir una función útil. El catedrático de Wisconsin, tan enfrascado en sus estudios sobre la guerra civil y el franquismo y sus comparaciones internacionales, no ha tenido tiempo, me temo, de haber dedicado atención a los principios fundamentales del oficio de historiador. Quizá porque crea que en esa España corroída por la memoria histórica, izquierdismos varios y la corrupción no hay investigadores que sí se los toman en serio. Tal vez porque lo que preocupe desde hace años sea hacerse con un "paquete". Así que no estará de más recordarle algunos de esos principios. No por supuesto de nuestra propia cosecha sino de la pluma de un colega de la Universidad de Harvard de quien probablemente haya leído algo. Ha sido el editor del Journal of the Philosophy of History y del Companion to the Philosophy of History and Historiography. Uno de sus trabajos de síntesis sobre revisión historiográfica y revisionismo ha sido publicado recientemente en España.

Obsérvese que en este número quienes a él hemos contribuido no nos hemos adentrado en la polémica subyacente. Hemos preferido centrarnos en las afirmaciones y omisiones en que incurren nuestros estimados autores.

El primer principio que menciona Tucker es que los historiadores proponen un conocimiento científico falible, es decir, que está basado en la precisión, en la descripción de las evidencias, en el alcance de la capacidad explicativa, en la diligencia en la búsqueda de pruebas, en la coherencia interna, etc. Es un conocimiento que permite elegir entre varias hipótesis o teorías concurrentes. Medido por estos criterios, la metodología de P/P se cae por su propio peso.

El segundo principio es que los historiadores genuinos huyen de revisiones no científicas porque los anteriores criterios se aplican a sus propias construcciones y estas son contingentes y dependen de factores tales como el descubrimiento de nueva evidencia, la evolución teórica para tratar con ella, el discurso intersubjetivo y, en general, la apelación a métodos aceptados desde que la historiografía dejó de basarse en relatos mitológicos o literarios.

Pues bien, lo único que se me ocurre es afirmar que P/P son revisionistas no genuinos y que escriben lo que Tucker denomina "historiografía revisionista ilegítima", es decir, la apegada a valores no cognitivos sino ideológicos y políticos. Comprendo que esto pueda no gustar a muchos cuando se dirige a un historiador de la talla aceptada comúnmente de Stanley G. Payne. Pero su biografía de Franco lo demuestra abundantemente.

De todas maneras, no hay que perder la esperanza. Veremos si P/P se dignan responder a nuestras observaciones con muestras adicionales de su simpar conocimiento de fuentes primarias o, cuando menos, de otras "nuevas fuentes secundarias". Hasta entonces habrá que aplicarles el clásico quousque tandem... abutare patientia nostra.

martes, 10 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los caprichos de la suerte", novela de Pío Baroja. José-Carlos Mainer

Pío Baroja
   En "El País":

Rescoldos de la hoguera

El escritor hizo con la Guerra Civil lo que con otros conflictos: contarla a su público


Pío Baroja hizo con la Guerra Civil lo que siempre había hecho con las grandes conmociones del país que le toco vivir: contarla a su público. Lo hizo con la guerra carlista, que fue una vivencia casi intrauterina; con la desmoralización de 1898 y el nacimiento del proletariado madrileño; con el atentado de Mateo Morral y la mala simiente del terrorismo; con la Europa que sobrevivió a 1918; con la España de la República. La novela Los caprichos de la suerte es el remate de una trilogía, Las saturnales,que escribió febrilmente entre 1949 y 1951, cuando contrastó su opinión y sus recuerdos con las muchas cosas que le contaron sus contertulios, las criadas de casa y los amigos libreros. No vio nada bueno en su balance: incompetencia de los políticos, doctrinarismo en todos los partidos, turbios deseos de venganza en las masas; cerrilismo en gentes más influyentes.
Su previa exploración de la república recibió su nombre —La selva oscura— del temeroso paraje en que se encontró Dante al inicio de la Divina Comedia. Las saturnales eran las fiestas romanas del solsticio de invierno que consagraban la vuelta al desorden primitivo y al derroche, seguramente para celebrar el final del ciclo anual de los cultivos. Se celebraban con un banquete en que esclavos y amos llegaban a intercambiar sus funciones. Baroja siempre creyó que de aquella sangría suelta de 1936 sólo vendría el final de la clase media, la suya, menos culpable que ninguna de aquel desastre. De eso trata Los caprichos de la suerte: de un periodista republicano desazonado que huye a París, de una historia amorosa tardía a la que pone fin el egoísmo, de un París vivaz sobre el que ya planea la negra sombra de otra guerra y de una desesperanzada huida final a América (que Baroja tentó sin decidirse a la postre).
Ya no hay nada más de relieve en la gaveta de Itzea… Y esta última obra tiene ecos de otras: el personaje de Procopio Pagani viene de El hotel del Cisne, que es la novela de los españoles que vivieron en París la Segunda Guerra Mundial y que abrió la trilogía inacabada Días aciagos; un capítulo entero fue removido de nuestro relato para integrarse en Aquí París, y una trama parecida se había esbozado en la novela corta Los caprichos del destino, ya publicada en 1948. Restos de un naufragio, rescoldos de un fuego: “Serán ceniza, mas tendrá sentido", dijo Quevedo del fin del amor constante.

jueves, 5 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Los caprichos de la suerte', el testamento literario de Pío Baroja

   En "El País":

La publicación actual y el original de 'Los caprichos de la suerte', de Pío Baroja. / JAVIER HERNÁNDEZ

Una carpeta gris anudada con dos cintas rojas guarda el testamento literario, sentimental e ideológico de Pío Baroja, que este miércoles se ha presentado en Itzea, casa de los Baroja en Bera (Navarra). Se titula Los caprichos de la suerte (Espasa). Los valores de este obra son múltiples: fue la última novela que escribió el autor donostiarra, es la última novela inédita, es la historia en la cual el escritor recrea su experiencia del comienzo de la Guerra Civil española (su detención, huida a Francia e intención de viajar a América) y con la que cierra su trilogía sobre la Guerra Civil titulada Las saturnales, compuesta por El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006), donde aparece por primera vez el personaje protagonista de esta novela inédita y acontecimiento literario.
Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se centra, esta vez, en la posguerra y los albores de la Segunda Guerra Mundial en París con tintes muy autobiográficos. Narra la travesía que emprende Luis Goyena y Elorrio, un periodista y escritor, una especie de alter egosuyo, para huir de los jirones de vida en que ha quedado convertida España. Primero hace el camino a pie de Madrid a Valencia, hasta que logra llegar a París, con el sueño de terminar en América. Pero luego, en París, aparecerá Pío Baroja, identificado como “un señor viejo del hotel Palais Royal”, que dará su opinión sobre temas como la Alemania de la época, el nazismo o Francia, y se verá su cambio de percepción frente a estas cuestiones.


Retrato de Pío Baroja, sin fecha y sin autor.
Es una novela con pasajes muy barojianos, como ese arranque donde presenta a los personajes de manera muy real y describe el paisaje desolador que él ve a medida que cruza el país. También es una novela de ideas donde en las diferentes conversaciones de los personajes, sobre todo del protagonista, Baroja deja traslucir sus teorías literarias y opiniones sobre el comunismo, lo español y los españoles, la sociedad, los pueblos de la época, el optimismo, la amistad, la mediocridad y el amor y el desamor.
“Los caprichos de la suerte siempre ha estado localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, cuenta Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor de clásicos del siglo XX como El árbol de la ciencia. Lo hace en la biblioteca que tenía Pío Baroja en el caserón de Itzea, a orillas del arroyo de Xantelerreka. La novela llegará a las librerías el 5 de noviembre.
El original de Los caprichos de la suerte tiene 276 páginas más apéndices, que en la edición de Espasa son 190 páginas más una introducción de José-Carlos Mainer. Es la tercera versión: la primera es el manuscrito perdido, la segunda es la obra mecanografiada con tinta azul y la tercera es esta misma pero con docenas de tachaduras, correcciones, añadiduras y adendas hechas de puño y letra de Pío Baroja con pluma negra. En realidad, las tres primeras páginas están escritas a mano y el resto de folios están mecanografiados de manera apaisada, que era como Baroja solía hacerlo, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. La transcripción la ha hecho Ernesto Viamonte y la edición e introducción Mainer, editor de las obras completas de Baroja, en Galaxia Gutenberg.

Diferentes ideas de Baroja en 'Los caprichos de la suerte'

Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentra algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”.
Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.
Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.
Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.
Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tiene suerte ni ley”.
Baroja escribió esta novela, y el proyecto de Las saturnales, entre 1949 y 1951, en su casa madrileña de la calle Ruiz de Alarcón, número 12. “Allí vivió su exilio interior tras la Guerra Civil que pasó fuera del país. En 1950 publicó El cantor vagabundo, luego pecó de ingenuo y presentó Miserias de la guerra que fue censurada y tal vez por ese motivo decidió no exponerse con Los caprichos de la suerte”, explica Caro-Baroja.
La novela está en Itzea porque es allí donde está todo lo concerniente a los Baroja. Una casa tapizada de unos 40.000 libros en la que los armarios no guardan ropa sino más libros. Impregnado del desencanto de la España de la guerra y posguerra, Pío Baroja solo volvió a su paraíso de Itzea de manera muy esporádica y puntual. La última vez fue en 1955, un año antes de su fallecimiento. Sus caminatas por el campo navarro las sustituyó por las del Parque del Retiro, en Madrid, cercano a su casa.
En Itzea sorprendió a Baroja el alzamiento del 18 de julio de 1936. Quedó en zona nacional. El escritor fue detenido, casi fusilado, pero al final fue puesto en libertad. El 22 de julio, con su sobrino Julio, se fue andando cinco kilómetros hasta cruzar la frontera con Francia. Luego volvería. Pero se instalaría, básicamente, en París. Esa travesía física, intelectual y espiritual es la que novela en Los caprichos de la suerte. Allí están tres de sus temas capitales: su obsesión por el conflicto español y las teorías de sus causas, la presencia de un amor frustrado y su estilo directo, claro y libre de retórica. Y un deseo: viajar a América. “Ese es el debate central de la novela, y que vive el protagonista entre viajar o quedarse”, señala Caro-Baroja.
Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.
Esta novela inédita, dice Mainer, nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París. Según Caro-Baroja no hay más inéditos de ficción. Quedan algunas semblanzas y ensayos.
Esta obra que cierra Las saturnales, en clara referencia mitológica a Saturno devorando a sus hijos, se abre con un prólogo: “Hay quien sospecha –los emborronadores de papel somos suspicaces- que el que escribió este libro, medio en serio medio en broma, fue Luis Goyena y Elorrio. Se dice que primero le dio el título de la Danza de la muerte…”.

viernes, 2 de octubre de 2015

PRENSA. HISTORIA. "Una historia de horror en Galicia"

   En "Jotdown":

Una historia de horror en Galicia

Publicado por 
Fotografía: Gabriel González (CC)
Fotografía: Gabriel González (CC)
Así como a veces la literatura no precisa de historia, la historia no siempre precisa de literatura.
Doña Severina, de ochenta y cinco años, es la primera de las personas del pueblo que accede a contarme cómo recuerda ella la muerte de Raúl en 1949. El cura de la parroquia me había facilitado dos días antes y a través de un familiar los teléfonos y direcciones de los más ancianos, pero la mayoría de ellos no se sienten cómodos ante la posibilidad de figurar en un reportaje. Si hay dos temas tabú en la Galicia rural son los incendios forestales y las siniestras historias de posguerra. Doña Severina, que me recibe en el zaguán de su casa y toma asiento junto a la galería que da al camino, ejerce orgullosa de rompehielos. «Todavía cuesta hablar en público sobre los fuxidos —explica mientras me sirve una copa de un licor de hierbas que ella misma elabora—. Tenga en cuenta que en estos pueblos se conocían todos. No es como ahora. Los de una familia se casaban con los de otra y por tanto eran los propios primos, cuñados y vecinos los que denunciaban e incluso ayudaban a la Guardia Civil a sacar a la gente de sus casas. Todavía hoy muchos no se hablan e incluso se marchan del bar si entran los otros. Y eso que son parientes».
Una mujer más joven, convocada por la anfitriona, saluda desde el zaguán y se sienta con nosotros junto a la galería. No me dice su nombre. Escucha con atención la historia de cómo los miembros de una determinada familia, durante las fiestas del pueblo, se colocan todos los años en uno de los extremos del campo de la orquesta para no tener que cruzarse con los de otro clan concreto. En su opinión, los motivos de aquellas delaciones de posguerra tenían muy poco que ver con una cuestión de fidelidad a la militancia o de intransigencia ideológica. Mantiene que en realidad solían ser viejas disputas familiares y no convicciones políticas las que subyacían a la inquina existente entre unos y otros. Doña Severina discrepa, y aunque el analfabetismo de la época y la coyuntura demográfica y sociocultural de una población gallega rural entonces muy compartimentada y endogámica son argumentos que refuerzan la postura de su interlocutora, insiste en la polarización resultante del desenlace de la Guerra Civil: «Recuerdo que a mi padre lo metieron varias veces en el calabozo. Cuando volvía a casa solía permanecer callado, nunca nos contaba nada. Poco después detuvieron a mi tío, su hermano, y jamás lo volvimos a ver. Nos dijeron que había fallecido en una cárcel de Salamanca. Esa clase de cosas no suceden por una simple venganza de alguien del pueblo. Cuántas veces se ejecutaba a gente en el Alto de Curros. Era el castigo de los vencedores sobre los vencidos».
Raúl pertenecía al segundo bando. Visitando el cementerio, un pariente lejano me cuenta que regresó al pueblo poco después de finalizar la guerra. Había huido en el 37, empujado por el avance de las tropas sublevadas —Galicia formó parte muy pronto de la zona nacional—, cuando rondaba los veinte años y el ideario comunista. «Dicen que un sacerdote amigo de la familia, don Carlos, lo ayudó a salir de Galicia vestido de mujer, pero nunca se supo dónde había ido», murmura mientras señala un ciprés cercano en cuya copa se decía que pasaba las noches durante las últimas semanas, cuando ya estaba acorralado. «Son tonterías. Anda que no había bosque suficiente para esconderse como para venir a hacerlo al cementerio, al lado del pueblo». Es probable que nunca llegase a abandonar España para integrarse en el maquis francés, como se comentaba entonces. Tal vez jamás salió de Galicia. Algunos dicen que en realidad se refugió en una cueva y sobrevivió gracias a la ayuda clandestina de los más cercanos. Cuando volvió al pueblo permaneció dos o tres años en casa de sus padres, conviviendo con los vecinos con absoluta normalidad. De él cuentan que era buena persona, muy risueño y de trato amable, «lo que pasa es que pensaba diferente». Doña Severina explica que las cosas empezaron a ponerse feas cuando varios de los miembros de su familia fueron detenidos. «Yo era entonces una niña, pero a veces bailaba con él en las fiestas y lo veía por las tardes en el bar. Era un chico muy cercano y simpático. Cuando empezaron a llevarse a los suyos dejó de hacer vida con la gente del pueblo, hasta que un día desapareció». Nadie recuerda las fechas con exactitud, pero sospecho que la huida debió de coincidir con el auge ofensivo de la Federación de Guerrillas de León-Galicia y la represión posterior a la derrota en el valle de Arán en 1944, en la operación Reconquista de España. Muchos de los derrotados se exiliaron en Francia y en Marruecos, y el resto se ocultó en los montes y los bosques de la geografía española. De ahí que la denominación «maquis» se impusiese en la terminología popular a la de «huidos», tanto por asociación a la guerrilla francesa de resistencia, en la que muchos habían militado, como por la conexión semántica de las expresiones francesa e italiana «prende le maquis» y «buttarsi alla macchia» con la española «echarse al monte», que en los tres casos hacían referencia a una misma realidad.
Raúl no tardó en buscar amparo en un grupo de fuxidos —así eran conocidos en Galicia— liderados por un guerrillero llamado Mario «que tenía fama de revolucionario». La mujer que nos acompaña en la galería de doña Severina cuenta que en su casa se hablaba mucho de él. «Nunca le hicieron daño a nadie. Todo el mundo sabía que se ocultaban en los bosques de los alrededores y a veces en los corrillos escuchabas historias sobre ellos entre susurros. Los niños les tenían miedo, pero lo único que hacían cuando bajaban al pueblo era molestar a los que alguna vez habían detenido o encarcelado a sus familiares. Había un juez con muy mala leche y un alcalde, Pepe “do Sacristán”, que eran muy crueles con los delatados, y se había corrido el rumor de que una noche Mario había matado al alcalde, pero eso en realidad nunca sucedió». Doña Severina interrumpe para afear el comentario de nuestra acompañante y centrar el tema con severidad: «Estamos hablando de Raúl, no de Mario». Un hijo de Severina llega en ese momento y la conversación es desviada a propósito hacia lugares comunes y escenarios más amables.
En el pueblo cuentan que Mario fue capturado y asesinado. También otros fueron «sacados de sus casas» y su destino era la cárcel o la ejecución. Ante la represión, Raúl y uno de sus compañeros se quedaron solos en el monte. Su pariente me lleva hasta una casa en ruinas que antaño perteneció al cura. Está al lado de la iglesia y en su parte posterior, pegado a la casa, hay un viejo cobertizo. «Cuando los buscaban en el monte venían a esconderse aquí. La casa ya estaba abandonada entonces porque el cura, al que llamaban “o Rizo”, vivía en otra parroquia. Los domingos por la mañana decía una misa en cada pueblo, y Raúl y el otro chico aprovechaban que esto estaba deshabitado para refugiarse en el cobertizo». Doña Severina corrobora la historia y recuerda en voz alta la vez en que se los encontró en el bosque, el mismo año que Raúl falleció: «En aquella época no era como ahora, que para coger leña en el monte tienes que pedir permisos y comprársela a su dueño porque todo el mundo se entera de quién ha sido y casi parece un crimen. Entonces, cuando llegaba el invierno, cualquier vecino hacía lo que fuese necesario para no pasar frío. Y si eso suponía coger leña que no era tuya, la cogías. Una tarde, antes de anochecer, mi hermana pequeña y yo salimos a buscar algunos troncos en el bosque. Fuimos hasta una arboleda que está en un cerro muy alto que todos llaman “o diestro”, y al llegar escuchamos cómo alguien removía con el pie unas hojas en el suelo, no sé si para advertirnos a nosotras de que no siguiésemos adelante o para avisar a quien fuese de nuestra llegada. Mi hermana pequeña no se daba cuenta de lo que pasaba y quería continuar, pero enseguida la detuve y le dije que teníamos que dar media vuelta. Raúl apareció entonces de entre unos árboles para cortarnos el paso. Se acercó a mí y me dijo que entrásemos en la arboleda a coger leña, que ellos se iban. Me quedé paralizada. Le contesté que daba lo mismo, que nosotras nos marchábamos, pero insistió. Dijo que eran ellos los que se iban y que cogiésemos toda la leña que necesitásemos. Cuando volvimos a casa fuimos corriendo a contarles a nuestros padres lo sucedido, y entonces mi padre nos llevó a otra habitación, se sentó delante de nosotras, y nos dijo que no podíamos hablar con nadie sobre lo que había pasado. Que jamás comentásemos nada sobre aquello y que nunca más lo quería volver a escuchar. Dijo: “No queremos atraer más problemas al pueblo”. Y aquello se me quedó grabado. Tenía la misma mirada que cuando volvía del calabozo, antes de que se llevasen a mi tío a Salamanca».
Fotografía: Gabriel González (CC)
Fotografía: Gabriel González (CC)
Otra mujer, de nombre Marisol, me cuenta la trampa en la que algunos meses más tarde cayó Raúl. Al llegar a su casa y comenzar a conversar le comento lo mucho que me sorprende la precisión con que detalla el relato. No es difícil calcular a ojo que por aquel entonces sería una recién nacida. Me explica que es una historia que en su familia se ha venido contando desde que era niña y que resulta difícil de olvidar. Terminaré coincidiendo con ella. La localización y captura de los guerrilleros se había convertido a finales de la década de los cuarenta en una de las prioridades del franquismo y su búsqueda se había intensificado. El Partido Comunista de España, que había perdido toda esperanza de contar con apoyos internacionales en su lucha contra el régimen, decide poner fin a la asistencia táctica y logística de las guerrillas y adopta una nueva estrategia en un intento de contrarrestar el descreimiento de la población y la escasa operatividad de los comandos. En otras palabras, los pocos fuxidos que todavía permanecían en el monte gallego se quedaron solos. Raúl y su compañero carecían de recursos y se veían cada vez más asediados en una situación de resistencia ficticia que ya no tenía sentido. La única salida, descartadas la muerte y el exilio, era la amnistía. «En Galicia la guerra fue diferente —comienza diciendo Marisol—. En muchas partes del territorio apenas se sintió. Pero sí se sintieron los fusilamientos y las ejecuciones controladas durante la posguerra. Raúl y el otro chico estaban cansados de ocultarse durante años y de sentirse traicionados por los que hasta entonces defendían sus mismos ideales —se refiere, imagino, a Santiago Carrillo y el PCE—, así que cuando se vieron sitiados optaron por pactar». La autoridad municipal se sirvió de la madre y el hermano de Raúl para trasladar a los dos huidos el mensaje de que se desplazasen hasta un pueblo vecino, donde en una cabaña se reunirían con responsables civiles del Ayuntamiento para tratar de negociar un acuerdo. Raúl y su compañero aceptaron, abandonaron el bosque y, sin llamar la atención, acudieron al lugar convenido en la fecha y la hora que se les había indicado. El hermano y la madre de Raúl aguardaban fuera mientras los dos chicos esperaban a sus interlocutores en la cabaña. Quien apareció, sin embargo, fue la Guardia Civil.
El escenario era el peor de los posibles. Habían caído en la emboscada y sabían que si los detenían serían ejecutados. «La Guardia Civil amenazaba desde fuera con hacer daño a la madre y el hermano de Raúl si no se entregaban. Él y su compañero se pusieron muy nerviosos y comenzaron a disparar». Raúl comprendió que no había acuerdo posible para ellos, y aunque no quería que su familia sufriese percance alguno, tampoco estaba dispuesto a aceptar el deshonor de ser fusilado por el enemigo tras una rendición que con toda seguridad identificaba como un acto de cobardía. «Se desató un tiroteo —continúa Marisol— en el que el compañero de Raúl fue alcanzado y falleció en el acto. Para Raúl tuvo que ser terrible verlo morir a su lado, encerrados entre aquellas paredes. No había escapatoria y al verse acorralado, como cualquier hombre en una situación límite, tomó una decisión extrema». Resistir habría supuesto arriesgar la integridad de su madre y su hermano, al otro lado de las balas. Rendirse era renunciar a sus convicciones y a su identidad, muriendo sin dignidad ante un pelotón de fusilamiento. Los disparos cesaron al advertir que el ataque desde el interior de la cabaña se había detenido. Segundos después se escuchó una detonación. Tras el asalto, los guardias encontraron los cadáveres de los dos chicos en el suelo. Raúl se había introducido la pistola en la boca y había apretado el gatillo.
Al día siguiente les dieron sepultura. Fueron enterrados fuera del cementerio en un último acto de desprecio y humillación, algo que no era del todo infrecuente en el caso de los huidos ejecutados. Nadie recuerda haber asistido al funeral, si es que lo hubo. Paseando con el familiar de Raúl que me había explicado su huida con veinte años y cómo tras la guerra había regresado al pueblo con la ingenua esperanza de llevar una vida normal, este me muestra las lápidas que señalan la tumba de los dos chicos. «Décadas más tarde se decidió ampliar el camposanto por razón de espacio, y sus restos quedaron dentro de los muros. El destino tiene estas cosas». Doña Severina me invita a visitar su jardín y me regala una botella de licor de hierbas casero. Da igual fingir que no puedo aceptar su obsequio. Es una mujer tenaz. «El hermano de Raúl nunca se perdonó haber caído en el engaño —comenta justo antes de despedirnos—. Lo único que pretendía era que su hermano pudiese regresar al pueblo. Y en su situación cualquiera se habría agarrado a un clavo ardiendo. Pero le atormentaba pensar que había sido él quien lo había conducido a la boca del lobo. A las pocas semanas apareció muerto. Nunca supimos muy bien cómo sucedió. Sencillamente, le pudo la culpabilidad. Supongo que por eso a nadie le gusta hablar de este tema. No es más que una historia de horror».
Fotografía: Javier Cobo (CC)
Fotografía: Javier Cobo (CC)
Regreso al coche y el pueblo me parece distinto. Los árboles, las casas, el río, todo parece cuchichear a mis espaldas. A lo largo del día el paisaje ha ido adquiriendo un aspecto siniestro, como si algo oculto me dirigiese la mirada. Como si el sistema detectase un intruso. Lo que por la mañana era un lugar apacible ahora da la impresión de enmascarar algo perverso. Más allá de la vista. Quizá en el aire o en el subsuelo. Pienso en qué otros relatos sombríos se esconden en aquellos prados, bajo aquellas piedras. Y pienso que por ahora prefiero no saberlo.