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jueves, 23 de junio de 2016

LITERATURA. "La 'islita verde' de Juan Ramón"

   En "El Día de Córdoba":

La "islita verde" de Juan Ramón

La Fundación José Manuel Lara edita para Planeta 'Isla destinada', con textos del Nobel sobre Puerto Rico Prosas líricas, autobiográficas, críticas y satíricas dibujan su visión de este destino
ELENA LLOMPART | ACTUALIZADO 15.05.2016 - 05:00
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1. Última foto del poeta en activo, cuando fue visitado por un grupo de niños de un colegio. Le regalaron un burrito. 2. Mapa de la isla realizado en su infancia. 3. El escritor, en la vivienda que compartía con el doctor García Madrid. 4. Juan Ramón Jiménez con niños en un centro escolar. 5. Con Pau Casals y Jaime Benítez. 6. El escritor y Zenobia en 1936, a su llegada a Puerto Rico para ofrecer conferencias a mujeres.
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Aunque pase desapercibido, en la Casa-Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez, en Moguer, hay un dibujo premonitorio. Lo hizo el poeta en la escuela cuando aún era un niño: un mapa de Puerto Rico, entonces colonia española. Aunque el Nobel no lo recordara, su familia lo guardó y ahora, a color, ilustra la portada de Isla Destinada, una edición no venal realizada por la Fundación José Manuel Lara para el Grupo Planeta, con motivo de la celebración del VII Congreso Internacional de la Lengua Española en San Juan de Puerto Rico entre el 15 y el 18 del pasado marzo.

"Yo sé que estoy unido a un destino de Puerto Rico, a un destino ineludible y verdadero. Yo he venido aquí sin duda porque presiento que esta isla es la isla destinada", escribió el poeta más de 60 años después de aprender en la escuela que Puerto Rico todavía era una colonia española. Aún no podía saber que allí pasaría los últimos siete años de su vida. Pero el moguereño sintió el vínculo con la "islita verde", como se referiría más tarde a Puerto Rico, ya en su adolescencia, cuando se enamoró de Rosalina, hija del puertorriqueño Salvador Brau.

Entonces Juan Ramón tenía 15 años y estudiaba en Sevilla, donde el periodista, poeta e historiador pasó casi un año inmerso en el Archivo de Indias. Lo cuenta en el prólogo del libro la responsable de la edición, Soledad González Ródenas, que también apunta al origen puertorriqueño de la familia materna de Zenobia Camprubí.

Junto a ella llegó el poeta a San Juan por vez primera el 29 de septiembre de 1936, en plena Guerra Civil española, y estuvo un par de meses. Veintiséis años después regresarían para quedarse hasta el final de sus días. Según explica González Ródenas, Isla destinada recoge estrictamente todos los textos en los que el escritor expresa su relación con Puerto Rico ordenados cronológicamente. Algunos ya figuraban en Isla de la Simpatía De Ríos que se van, libro de poemas dedicado a Zenobia.

La primera estancia se plasma en Isla destinada bajo el título Descubrimiento, 1936. Este apartado incluye las prosas líricas redactadas entonces, las que le inspiró el viaje hacia Cuba (conjunto que tituló Trópico jeneral), los textos que escribió con motivo de su visita a los niños ciegos de Ríos Piedras, el prólogo para Verso y prosa para niños, la presentación que realizó en la Fiesta por la poesía y el niño de Puerto Rico y las reflexiones escritas entre 1941 y 1943 en las que menciona la isla y abunda sobre algunas vivencias.

La segunda estancia queda recopilada en el epígrafe titulado Segundo viaje 1951-1953, que arranca con el Prólogo muy particular compuesto para Isla de Simpatía, documentos autobiográficos, reflexiones líricas, textos en los que plantea cuestiones de carácter sociolingüístico que afectan a la isla y se mantienen agrupadas las series Intermedio jocoso (hasta ahora sólo se habían publicado en esta serie los textos Nombres, preposiciones y títulos y Gallinas y gallos, de modo que ahora se añaden La Empleomanía y otras repompolinancias descuajaringantes, y Desde mi fosa común de Río Piedras, inédito que, aunque no tiene esta indicación, por su estilo y algunas de sus expresiones casa con el resto), así como Imajinaciones puertorriqueñas. 

González agrupa en un apéndice, además, borradores inéditos facilitados por los herederos del autor. No obstante, otros inéditos están integrados en el texto. "Según el estado en que los he encontrado figuran como borradores inéditos al final del libro y en el cuerpo, siendo estos últimos los que estaban prácticamente terminados, mecanografiados incluso", señala la autora de la edición.

González Ródenas, que realizó una edición anterior, Guerra de España, con textos que ya estaban incluidos en una pequeña parte, apunta que las impresiones del poeta sobre Puerto Rico son muy distintas en ambas estancias, por lo que la cronología de la edición da buena cuenta de cómo cambiaron sus percepciones sobre la isla caribeña a lo largo de su vida.

"El propio Juan Ramón indica, sobre todo en los últimos años de su vida, las fechas en las que compone los textos, y también se puede conocer la fecha por el estado de los textos. Porque fue cambiando de caligrafía a lo largo de su vida y se nota mucho qué es lo que escribe al final por el tipo de letra, especialmente dificultosa", señala la profesora de Lengua y Literatura Castellana en el Institut Narcís Oller de Valls (Tarragona). En este sentido, la complejidad de la edición ha estado en "entender lo que pone, ya que no escribía jamás apoyado en una mesa, sino con un soporte cruzado en las piernas y, además, con el paso del tiempo se amarillean los folios, y la caligrafía suya de por sí es complicada y en los últimos años de su vida más".

Otra aportación que hace esta edición, a juicio de su autora, es que se han "corregido muchas de las transcripciones que hasta ahora se habían hecho mal porque no se veían bien los textos". Así, la digitalización ha ayudado a precisar mejor, al poderse agrandar y editar el papel. Hasta hace muy pocos años se trabajaba con fotocopias en blanco y negro.

La primera impresión que Puerto Rico causó a Juan Ramón fue de sorpresa y positiva, sobre todo cuando fue a San Juan, a la capital de la isla, que le recordó a Cádiz. Soledad explica que le impactó la naturaleza, el color del cielo y del mar y el ambiente caribeño, aunque cuando llevaba allí unos días le molesta "por su excesiva exuberancia y dice que con España ya tenía bastante". Y es que, al mismo tiempo, sentía una enorme añoranza de su tierra: "Acababa de salir, había una guerra civil, estaba preocupadísimo y no sabía si podrían volver". El matrimonio atravesaba entonces una situación muy precaria en todos los sentidos y la isla por un lado le dio sorpresa y por otro agobio, ya que sentía que en ese clima no podría vivir".

Muy distinta sería la segunda visita. Llegó muy enfermo desde su exilio en Washington. El dolor por la patria perdida y la añoranza de su lengua española lo sumieron en una profunda depresión. "Para él la isla fue entonces como un bálsamo. Empezó de nuevo a hablar con los amigos que había conocido antes y entonces, cuando ya tenía otra calma, y cuando pensaba que ya no estaba allí de paso, sino que se iba a tener que quedar, se lo tomó con más resignación y empezó a disfrutar de la isla y del paisaje. Sin angustia existencial, porque pensaba que Puerto Rico sería el lugar en el que se iba a quedar, donde iba a morir", señala Soledad.

Según valora Carmen Hernández-Pinzón, representante de la Comunidad de Herederos del poeta, la vinculación de Juan Ramón con Puerto Rico es la mayor que haya podido tener ningún poeta exiliado allí, siendo el único en dedicar un libro exclusivamente a Puerto Rico. Los lazos académicos eran tan fuertes que fue el rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, quien recogió en 1956 el Nobel en Estocolmo en nombre del poeta, tres días después de fallecer Zenobia.


La sobrina nieta del poeta señala que la isla tuvo "un efecto resucitatorio" para él. Necesitaba volver a España y Zenobia, al ver que Juan Ramón se estaba muriendo de pena y de nostalgia, pensó que Puerto Rico era el destino más idóneo "porque era lo más parecido a nuestra tierra". Y eso tuvo un efecto incuestionable en el poeta, que escribió Isla de la simpatíaDe Ríos que se van y volvió a su actividad, dio clases en la universidad, ayudó a revistas literarias, las dirigía, colaboraba. Luego ya ocurrió lo de Zenobia y él se volvió a hundir en el pozo porque ella era su todo. Así, Puerto Rico es presentado como un destino inmanente que dio a Juan Ramón Jiménez la oportunidad de renacer, de volver a tener la ilusión del niño que fue, que recupera la luz perdida (él aventuraba que ya para siempre) de Moguer. Es "la nueva luz", "la isla destinada", "la infancia última", "la parada permanente" y, cómo no, "la isla de la simpatía".

domingo, 26 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Ya no puedo vivir sin ti, Juan Ramón"

   En "El País":

Ya no puedo vivir sin ti, Juan Ramón

El conmovedor diario de la escultora Marga Gil, que se enamoró en secreto del poeta y Nobel español, se publica 83 años después de quitarse la vida



Marga Gil Roësset, pintora y escultura española, en 1932. /EL PAÍS

“No lo leas ahora”. Fueron las últimas palabras que Marga Gil Roësset dijo a Juan Ramón Jiménez, en la casa del poeta en la calle Padilla, de Madrid, mientras dejaba sobre su escritorio una carpeta amarilla. Guardaba la revelación de su amor imposible por él, que la había llevado a una decisión fatal. Marga salió del despacho del escritor, fue a su taller, en el que había trabajado en los últimos meses, y destruyó todas sus esculturas, excepto un busto de Zenobia Camprubí, la esposa de su amado. “No lo leas ahora”… Abandonó el lugar para cumplir el destino que había previsto. Pasó primero por el Parque del Retiro; luego tomó un taxi hasta la casa de unos tíos en Las Rozas y allí se disparó un tiro en la sien.
Era el jueves 28 de julio de 1932. Ella tenía 24 años; él, 51. Ocho meses antes había conocido al poeta y a su esposa, con quienes entabló una sincera y afectuosa amistad. Pero en la joven pintora y escultora, a quien Juan Ramón y Zenobia llamaban “la niña”, también se desató en silencio una pasión amorosa no correspondida. Amenazadora. Hasta que ese amor colonizó toda su vida y la convirtió en tragedia.
“…Y es que…
Ya no puedo vivir sin ti
…no… ya no puedo vivir sin ti…
…tú, como sí puedes vivir sin mí
…debes vivir sin mí…”.
Ese deseo lo plasmó con su letra angulosa en una de las hojas de la carpeta que entregó a Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Las escribió en las últimas semanas de ese verano. El autor le hizo caso. “No lo leas ahora”. Un poco de sombra cubrió su corazón para siempre. Un poco de luz salió de allí para su obra poética. Ese otoño del 32, él quiso rendirle homenaje publicando el manuscrito del diario de Gil, pero no pudo. En 1936, salió casi inesperadamente al exilio por la Guerra Civil. Ochenta y tres años después del suicidio de Marga Gil y de la voluntad de Juan Ramón Jiménez (JRJ), ese deseo del poeta se convierte ahora en realidad. Se titula Marga. Edición de Juan Ramón Jiménez y está editado por la Fundación José Manuel Lara. Suma un prólogo de Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos de JRJ; un texto de Marga Clarck, sobrina de la artista, y escritos del poeta y su mujer sobre Marga Gil. Un relicario literario acompañado por facsímiles de las anotaciones de la escultora y varios de sus dibujos y fotos.


Una de las páginas del diario de Marga Gil Roësset. / EL PAÍS
Amor, silencio, alegría, desesperación, amor. El desconcierto se plasma en la nota que la joven dejó a Zenobia Camprubí: “Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarse es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa… a mí al menos, pues así me ha pasado… lo he sentido cuando ya era… natural… que si te dedicaras a ir únicamente con personas que no te atraen… quitarías todo peligro… pero eso es estúpido”.
Esa confesión figuraba en aquel diario extraviado tantísimos años. Desde 1939, cuando tres asaltantes —Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís— robaron la casa de JRJ mientras se hallaba en el exilio. El poeta, quien ganaría el Nobel de Literatura en 1956, siempre estuvo inquieto por el destino de esos documentos. Siempre preguntaba por ellos a su gran amigo Juan Guerrero. Lo recuerda Carmen Hernández-Pinzón, hija de Francisco, sobrino del autor de Espacio y representante de sus herederos. Parte de ellos fueron divulgados en 1997 por el diario Abc. El suicidio de Gil afectó mucho a JRJ y a su esposa. “Los dos quedaron muy abatidos, y él no quiso escribir durante un tiempo. Nunca la olvidaron”, dice Carmen.
Ese “No lo leas ahora” es un asomo al amor que revitaliza la vida y, a su vez, esteriliza a quien no es correspondido, mientras vive de migajas secretas que son el triunfo de su existencia:
“…Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan contenta…
…porque voy a tu lado”.
Ahora todos lo saben. Y ella fue más que ese feliz y fatal susurro amoroso. “Quiero que se la conozca como la genial artista que fue y sigue siendo. Muchas estudiosas y especialistas en las vanguardias del siglo XX han dedicado su tiempo a investigar su obra”, cuenta Marga Clarck. La publicación del diario le parece importante, ahora que la figura de su tía se empieza a reconocer. Confía en que sirva “para que ella pueda navegar sola porque su obra es muy potente. Y Juan Ramón quería que ella pasara a la historia como artista”.
El poeta lo sabía. Ese amor desconocido era parte feliz de su vida, aunque no lo pidiera. Era suyo, también. Un rincón de su casa lo inmortalizó. Tras la muerte de Marga, mandó hacer un aparador de roble sobre el que puso el busto de Zenobia esculpido por “la niña”. La cara del amor de su vida cincelada por la mujer que no soportó vivir sin él.

JRJ y Marga en 2015

Monumento de amor, reunirá las cartas entre JRJ y Zenobia donde, además, se ve que se refería a Marga y su hermana como “las niñas” (Residencia de Estudiantes).
Escritos de Zenobia. (Fundación José Manuel Lara).
El silencio de oro. JRJ. Incluye una treintena de textos inéditos (Linteo), con edición de José Antonio Expósito.
Exposición: Lo de Marga. Fotografías de dibujos, esculturas y pinturas de la artista; artículos de prensa que hablan de su trabajo y textos de JRJ sobre ella.

viernes, 29 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre 'Platero y yo', de Juan Ramón Jiménez. Fernando Savater

 
 Fernando Savater

  En "El País":
Mi madre fue la encargada de comprarme todos los primeros libros de mi vida, los decisivos: Chesterton, Salgari, Kipling, Julio Verne, Stevenson, Melville… los que han venido luego han sido apéndices o notas a pie de página. Mi padre propiciaba y estimulaba la adquisición de tantos tesoros pero como elección personal sólo recuerdo que me regalase un libro: Platero y yo. Un libro pequeño y fragante, de tapas azules, poco mayor que los de la colección Crisol de Aguilar que tanto me gustaban, con unas pocas ilustraciones de dibujos estilizados. No sé si era una edición completa del clásico de Juan Ramón Jiménez que hoy cumple cien años, desde luego carecía de los prólogos y notas que ahora suelen acompañarlo y quizá abrumarlo un poco. El título sí estaba completo, Platero y yo. Elegía andaluza.Yo sabía que mi padre era andaluz, pero no sabía lo que era una elegía…
Leí el libro con mi impetuosa velocidad habitual de entonces (ahora sólo leo deprisa los libros que no me gustan) y me dejó desconcertado. En el prólogo para una nueva edición que no llegó a publicarse, Juan Ramón afirma: “Yo (como el grande Cervantes a los hombres) creía y creo que a los niños no hay que darles disparates (libros de caballerías) para interesarles y emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento sencillo, profundo y claro. Y esquisito”. A mí en cambio me apasionaban entonces y también ahora los “libros de caballerías” —de los que me encanta hasta el nombre— y todos esos disparates que incluyen aventuras insólitas, intrigas, tormentas, piratas, monstruos y aullidos en la oscuridad. Y sin embargo me fascinaron las viñetas en que se cuenta la amistad del borriquillo y el poeta en el decorado cálido del pueblo andaluz, con sus chispazos de gozos elementales y de tibia desolación. A medio camino me salté páginas para llegar al momento temido de la muerte de Platero, ese disgusto inevitable que fue quizá mi primer luto familiar.
Así tropecé por fin con el estilo literario, es decir no con la manera de contar eficazmente algo en sí mismo interesante sino con la forma pura y dura (dos adjetivos que al poeta de Moguer le gustan mucho, por cierto) que despierta interés, cuente lo que cuente. Esa esquisitez, según su peculiar ortografía, en Platero y yo no implica amaneramiento alguno, porque Juan Ramón era poeta cabal también en prosa, aunque en otros he aprendido a temerla luego. “Desde niño, Platero, tuve un horror instintivo al apólogo, como a la Iglesia, a la guardia civil, a los toreros y al acordeón”: comparto sus dos primeros horrores y añado otro, sobrevenido, por los literatos que hacen pagar al lector su esfuerzo en pos de la obra maestra. Pero hoy, volviendo a ese Platero al que no visitaba desde la niñez, me asombra cuantas imágenes me dejó grabadas, como la del poeta enlutado de barba nazarena cabalgando la blandura gris del burro mientras los chiquillos le siguen gritando “¡el loco, el loco!”.
También recuerdo que Agustín García Calvo compuso un delicioso poemario con asno al fondo, titulado Al burro muerto… (Lucina).

miércoles, 28 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. "La musa inventada de Juan Ramón"

   En "El País":

La musa inventada de Juan Ramón

El poeta se enamoró y dedicó una de sus mejores elegías a una mujer creada por dos admiradores peruanos que querían mantener relación epistolar con el Nobel


Juan Ramón, visto por Sciammarella.
Se llamaba Georgina Hübner. Y pudo haber existido o no. Pero lo que es seguro es que Juan Ramón Jiménez se enamoró de ella por carta durante el verano de 1904 y le dedicó una de sus creaciones más brillantes, la elegía Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima, contenido en su poemario Laberinto (1913): “¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches / el encanto lejano de mis ardientes voces / cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa / sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?”. Georgina fue el nombre elegido por dos admiradores peruanos del autor, Carlos Rodríguez Hübner y José Gálvez Barrenechea, obsesionados por engatusar al maestro y mantener con él una correspondencia.
Un siglo después, el joven escritor Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) debuta en la novela recreando esta historia en El cielo de Lima (Salto de página). Una historia con muchos vacíos que han estimulado a este autor: “Ahí está el oficio del escritor, en llenar esos vacíos con literatura. Porque de esto se sabe poco. Solo se conservan cinco cartas: las dos primeras que manda Georgina y la primera respuesta de Juan Ramón y la última de Georgina y un fragmento de la última de Juan Ramón”. El motivo de esta correspondencia, amén del ego que pudieran tener los dos jóvenes, era bastante banal, como indica José Antonio Expósito, experto y editor del autor: “Sus libros no llegaban a Perú, así que la idea de estos muchachos, amén de enamorar al maestro, era conseguir las copias de su admirado escritor”.

Dedicó a su ficticia amada ‘Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima’
Lo que está claro para los eruditos es la importancia del episodio en la vida artística y literaria del Nobel. Expósito indica que “este episodio muestra a un Juan Ramón Jiménez que ya busca a un ideal de mujer distinto a los romances que había tenido. Una mujer ideal, sensible, cultivada que a él le llenase. En cuanto leyó unas cartas tan finas y cultas quedó prendado”. Hasta el punto de dedicarle ese poema que Expósito señala como “una de las elegías más bellas de la historia en castellano”. Y esto pasó un año antes de la recaída de salud de Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881- San Juan de Puerto Rico, 1958) en 1905, con su vuelta al Moguer natal e inclinaciones al suicidio. Pero superada esa fase, estalló su etapa de mayor esplendor creativo entre 1905 y 1920, que dejó obras como Baladas de primavera (1907),La soledad sonora (1911) o Platero y yo (1912).
Bárcena ha aprovechado este contexto para urdir su novela. Ha estudiado la tesis del quien descubrió esta historia en España, Antonio Oliver Belmás (Cartagena, 1903-1968), poeta, crítico e historiador que primero publicó un artículo en la revista Destino en los años 50 y luego lo desarrolló: “Oliver entrevistó al trío, Carlos Rodríguez, José Gálvez y Juan Ramón Jiménez. Y las versiones entre ellos no casaban en sus detalles. Aunque sí admitían haber cogido el nombre de la prima de Carlos y haberse inspirado en ella algo, porque les parecía una mujer guapa. Pero otras versiones desmienten que existiera”. Expósito afirma que la opinión general entre los eruditos de Jiménez sobre este tema es que Georgina Hübner efectivamente existió, y que sirvió de inspiración sin saberlo para que se llevara en su nombre esta farsa. La anécdota ha sido comentada, con mayor o menor amplitud, por sus principales biógrafos como Gabriela Palau o Antonio Campoamor.

Juan Gómez Bárcena recrea la historia en su primera novela
El romance Georgina-Juan Ramon tuvo un súbito y trágico final. El escritor envió una carta avisando de que tomaría el próximo barco para Perú para conocerla. Asustados, Gálvez y Rodríguez Hübner enviaron un telegrama con un mensaje sucinto y definitivo: infórmese a Juan Ramon Jiménez de que Georgina Hübner ha muerto. El viaje quedó truncado. “Pero fue un anticipo de lo que ocurrió años después con Zenobia Camprubí”, indica Expósito. “Cuando su madre decidió alejarlo de él y llevársela a Estados Unidos para casarla con un abogado de Harvard, Juan Ramón cruzó el océano tras su amor”. Solo que esta vez la amada sí existía.
La novela se detiene en el descubrimiento de esos versos elegíacos contenidos en Laberinto (2013), con los dos amigos firmando, ya en la madurez, lo más grande que habían hecho en sus vidas. A fin de cuentas, Bárcena ha aprovechado la anécdota para hablar “de lo ilusorio del amor”. “De cómo imaginamos a quien queremos amar como un molde y luego se lo ponemos a alguien que nos agrada”. Pero la historia llegó más lejos: “Juan Ramón no quiso aceptar durante mucho tiempo que le habían mentido”, revela Expósito. “Cuando se supo la mentira, se metieron mucho con él por haberse enamorado de un sueño. Hacia el final de su vida, lo aceptó y llegó a revisar el poema para reflejar la amargura de haber sido engañado [incluido en el libroLeyenda (Visor Libros)]”. Pero en esa primera versión, su amor por aquella delicada admiradora peruana, enfermiza y cultivada, se advierte en cada verso: “Yo no sé cómo eras / ¿morena?, ¿casta?, triste? ¡Sólo sé que mi pena / parece una mujer cual tú, que está sentada, / llorando, sollozando, al lado de mi alma!”.

viernes, 11 de abril de 2014

POESÍA. "La trasparencia, Dios, la trasparencia". Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Juan Ramón Jiménez

La trasparencia, Dios, la trasparencia.


Dios del venir, te siento entre mis manos, 
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otros, la de todos
con la forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.

Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios la transparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en el uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

jueves, 10 de abril de 2014

POESÍA. "El nombre conseguido de los nombres". Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Juan Ramón Jiménez

EL NOMBRE CONSEGUIDO DE LOS NOMBRES 
Si yo, por ti, he creado un mundo para ti, 
dios, tú tenías seguro que venir a él, 
y tú has venido a él, a mí seguro, 
porque mi mundo todo era mi esperanza. 

Yo he acumulado mi esperanza 
en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito; 
a todo yo le había puesto nombre 
y tú has tomado el puesto 
de toda esta nombradía. 

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento, 
como la llama se detiene en ascua roja 
con resplandor de aire inflamado azul, 
en el ascua de mi perpetuo estar y ser; 
ahora yo soy ya mi mar paralizado, 
el mar que yo decía, mas no duro, 
paralizado en olas de conciencia en luz 
y vivas hacia arriba todas, hacia arriba. 

Todos los nombres que yo puse 
al universo que por ti me recreaba yo, 
se me están convirtiendo en uno y en un dios. 

El dios que es siempre al fin, 
el dios creado y recreado y recreado 
por gracia y sin esfuerzo. 
El Dios. El nombre conseguido de los nombres. 

miércoles, 9 de abril de 2014

POESÍA. "En lo desnudo de este hermoso fondo". Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Juan Ramón Jiménez

EN LO DESNUDO DE ESTE HERMOSO FONDO
 Quiero quedarme aquí, no quiero irme 
a ningún otro sitio.
                           Todos los paraísos
(que me dijeron) en que tú hablabas,
se me han desvanecido en mis ensueños
porque me comprendí mejor este en que vivo,
ya centro abierto en flor de lo supremo.
 Verdor de primavera de mi atmósfera,
¿qué luz podrá sacar de otro verdor 
una armonía de totalidad más limpia,
una gloria más grande y fiel de fuera y dentro?
 Esta fue y es y será siempre
la verdad:
Tú oído, visto, comprendido en este paraíso mío,
tú de verdad venido a mí
en lo desnudo de este hermoso fondo.

   De Dios deseado y deseante

martes, 8 de abril de 2014

POESÍA. "Partimos de Dios...". Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Juan Ramón Jiménez

 Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.

       El dios con minúscula,
el dios bajo cielo,
el cielo que es mar,
sobre aire que es cielo,
¡entre aire y marcielo,
y que es pleamar, y que es pleacielo!

        El dios deseante,
el dios deseado,
¡el dios deseado y deseante!—
me trae este Dios,
un dios Dios tan DIOS,
¡un dios: DIOS DIOS DIOS!
… que al cabo de todos los cabos,
que al borde de todos los bordes
un día encontramos.

       Cada vez más suelto, y más desasido;
cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces la puerta se abre… y ¡más libertad!

       Estoy pasando la cuerda,
cuerda que tú me has tendido,
Dios mío, mi dios, ¡Dios mío!
¡Dios mío, no soples, Dios!

       Siento la inminencia del dios Dios,
del Dios con mayúscula,
el que nos enseñaron cuando niños
y no aprendimos
.
¡Dios se me cierne en apretura de aire!

       ¡Se me está viniendo Dios
en inminencia de alma!
       ¡Se me está acercando Dios
en inminencia de amor!
       ¡Se me está llegando Dios
en inminencia de Dios!

lunes, 7 de abril de 2014

POESÍA. "Que se ve ser". Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Juan Ramón Jiménez

QUE SE VE SER
En la mañana oscura,
una luz que no sé de dónde viene,
que no se ve venir, que se ve ser
fuente total, invade lo completo.

Un ser de luz, que es todo y sólo luz,
luz vividora y luz vivificante;
una conciencia diamantina en dios,
un dios en ascua blanca,
que sustenta, que incita y que decide
en la mañana oscura.

jueves, 20 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Un siglo con Platero

   En "El País":

Un siglo con el burro gris

Las editoriales lanzan nuevas ediciones de 'Platero y yo' de Juan Ramón Jiménez, el poeta que hace 100 años dio a conocer el mundo de Moguer


'Platero y yo' con ilustraciones de Thomas Docherty. / ANAYA
“Platero es un burro pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero...”. Estas palabras publicadas hace un siglo en  Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881-San Juan, Puerto Rico, 1958), forman parte de la literatura universal. Es uno de los libros que mayor número de traducciones se han realizado en estos últimos cien años. después de La Biblia y El QuijoteLa Fundación Juan Ramón Jiménez ha preparado para 2014 un centenar de actividades entre las que se incluye la publicación de una nueva edición de Platero y yo. El ejemplar no saldrá a la venta, se repartirá gratuitamente entre todos aquellos ciudadanos que acudan a lo largo de este año a Moguer, el lugar de nacimiento de nacimiento del poeta y donde se encuentra la Fundación Zenobia, dedicada al estudio y la investigación en todo lo relativo al escritor. Será una edición especial, según los responsables de la Fundación, en la que se seguirán los criterios estéticos y tipográficos que marcó el autor de la obra. También se podrá escuchar una reproducción sonora del capítulo La púa, leído por Zenobia Camprubí, esposa del poeta.
Influenciado por Rubén Darío y los simbolistas franceses, Juan Ramón Jiménez contó en ese libro centenario la amistad entre un burro y un poeta.  El autor hace una exaltación de la naturaleza, y presenta al hombre en contacto y armonía con su entorno, a través de un lenguaje repleto de símbolos y metáforas. Platero y yo  pertenece a la primera de las tres etapas en las que los expertos en la obra del poeta estructuran su trabajo. En ese libro destacan las precisas descripciones del paisaje, los sentimientos vagos, la melancolía, la música,  el color, los recuerdos y ensueños amorosos y la muerte.


'Platero y yo' contado por Concha López Narváez con ilustraciones de Ximena Maier
La profesora de Filología  y adaptadora de clásicos para ediciones infantil y juvenil Rosa Navarro Durán es un ardua defensora de la lectura de los clásicos en todas las edades para poder adquirir una cultura sobre la que asentarse en la edad adulta. ¿Porqué hace estas adaptaciones? "En un intento de que no desaparezcan. Los clásicos son un patrimonio que poseemos. Si dejan de leerse las nuevas generaciones terminarán olvidándose de ellos. Hay libros que con 13 o 14 años todavía no se pueden leer porque los jóvenes no los entenderían, pero si deben conocer su existencia". Navarro puntualiza que está descubriendo en la Universidad e incluso jóvenes que ya han acabado la carrera que desconocen la existencia de libros que deberían haber formado parte de su cultura. "Es impensable que los franceses o los británicos desconozcan a sus clásicos". En el libro adaptado para la editorial Edebé con ilustraciones del artista Francesc Rovira, la filóloga se ha salido fuera del texto para no usurpar la voz del poeta.Juan Ramón Jiménez y su Platero es "una adaptación fuel al texto. No añado nada de mi cosecha. He seleccionado una serie de capítulos para que el lector disfrute y goce de la naturaleza. El poeta muestra un friso pictórico de la naturaleza con descripciones maravillosas del paso de las estaciones". 
Michael P. Predmore, especialista en la obra de Juan Ramón, ofrece en el volumen de Cátedra un texto cuidado de la edición alargada (1917), cuatro apéndices y un estudio de esta obra clave de la literatura contemporánea. En Anaya Juvenil, han publicado una edición con motivo del centenario con ilustraciones de Thomas Docherty.  Platero y los niños (Bruño) es un trabajo de adaptación de Mercedes Figuerola e ilustrado por Juan Ramón Alonso.Sus autores explican que " se trata de un álbum, basado en el libro de Platero y yo, en el que un narrador imaginario cuenta su infancia en Moguer, cuando paseaba con Platero por el pueblo. Con un lenguaje muy poético y cercano a los niños, se recrean los episodios más significativos de la obra de Juan Ramón Jiménez". Además en este año se publica una edición de Platero y yo(Editorial 33) con ilustraciones de los humoristas gráficos Patxi e Idígoras


'Platero y yo' de Juan Ramón Jiménez con ilustraciones de Thomas Docherty. /ANAYA
La primera publicación de Platero y yose realizó en 1914 por la editorial La Lectura. En aquella ocasión se publicaron 63 de los 138 capítulos de los que consta la obra. Tal y como recoge la Fundación Juan Ramón Jiménez, el nobel tardó siete años es escribirlo. La primera edición se publicó en 1914 con el título Elegía Andaluza y la completa en 1917. La primera estaba destinada a formar parte de la colección Biblioteca de la Juventud. Al autor no le gustó la edición porque “estaba descuidada y no le gustaron las ilustraciones”. Tampoco le entusiasmaba el título y planteó otros alternativos como Platero residente, Platero, Primer Platero, Otra vida de Platero, Último Platero. Y asegura en algunos escritos  ninguna de las páginas de esa obra, escrita a los 24 años, no le llevó más de 10 minutos.
La obra del poeta, según el director de la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez  Antonio Ramírez Almansa, "supone el comienzo de la luz y el color en la literatura. Con ella se pone fin a los negros de Goya, a los grises de Zuloaga y comienza una nueva configuración que va a inspirar luego a las Generaciones del 14 y del 27 y, en definitiva, a la poesía absolutamente intemporal que ofrece la prosa lírica de Juan Ramón Jiménez”.

miércoles, 19 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Fragmentos de la autobiografía "Vida", de Juan Ramón Jiménez

   En "Babelia":

“Decidieron que ellos eran los ‘hombres’ y yo una señorita, una niña, Miss Poesía”

Dolido con los poetas de la generación del 27, meticuloso en el trabajo y orgulloso de su obra. Así es el Juan Ramón Jiménez que se autorretrata en estos inéditos de 'Vida'


Esquema manuscrito de Juan Ramón Jiménez para su autobiografía, 'Vida'.
Orden de trabajo diario
Levantarme a las 9.
Desayuno, baño, arreglo mental y de casa, paseo; hasta las ll.
Trabajo en mi obra propia; hasta las 2 y ½.
Comida, descanso breve, periódicos del día y atrasados (de 6 a 8); hasta las 5.
De 5 a 7: un día, traducción y su imprenta; otro, envío de libros y arreglo biblioteca.
Paseo a las 7 y ½ (Retiro, visitas, librerías, calles, etc.)
Cena a las 9 y ½. Idiomas y lectura; hasta las 12.
Los jueves por la tarde, después de los periódicos, paquetes a mi madre y hermano.
Los domingos: por la mañana, cartas; por la tarde, cartas a mi madre y hermano

Putas
Mis amigos solían ir en Huelva, en Sevilla, en Madrid, a las casas de putas. La vida de Sevilla tenía en su diario ese nocturno. Yo no sentía la menor emoción por aquellas muchachas más o menos jóvenes, rubias o morenas, que me besaban y me preguntaban cuándo iría a verlas. Porque yo estaba fascinado por unos ojos verdes de la hermana de un amigo, el brazo mate de la tiple italiana, la ecuyere del circo. Todo lo imposible o lo improbable.
Caí algunas veces por no ser menos ante ellas y ello, ante ellos con ellas y ellas con ellos. Yo pensaba y creía que todas aquellas muchachas tenían una sensibilidad secreta que nadie había tocado.
Y si, por acompañar a mis amigos, iba, buscaba la muchacha más triste, más delicada y hablaba con ella de su casa, de su pueblo, de su vida. Algunas me dieron, en la sombra, un beso amigo, cariñoso, desinteresado.
(…) Lo escabroso (y ciertos amores) aún anteriores a 1916, lo escribiré pero no lo publicaré ahora sino póstumamente. Respeto a Zenobia.

El místico y los pícaros
Yo no iba a casas de putas, no decía “carajo”, “coño”, palabras gordas, como dicen los “hombres”, no andaba “necesariamente”, con toreros ni cupletistas.
En vista de esto yo estorbaba a los pícaros, yo era, decían, un místico, y decidieron que ellos eran los “hombres” y yo una señorita, una niña, Miss Poesía, etc. Y para ponerse ellos en su sitio, lo intentaron todo, caricatura soez, copla baja, para echarme abajo lo mío.
Les di ejemplo de dignidad y se reían. Por eso Salinas, Guillén, (Lorca), Alberti y —¡ay!— Bergamín se volvieron y volvieron a los otros contra mí.
Los más hipócritas de ellos decidieron que yo era un puritano, peor todavía que un místico. La cuestión era, como en el nazismo, justificar su conveniencia; y decidieron que la picaresca era más española. Y todos juntos ya, se pasaron, lugar de su vocación y su destino, a la picaresca.
Ellos querían vitorear. En realidad estaban haciendo conmigo una farsa de solución. Yo representaba “el espíritu”, decían, y claro, conmigo no se podía contar para “ciertas cosas” con que ellos necesitaban contar y recontar.

El cine
(…) El cine (mudo) con el jesto solo y misterioso está muy cerca de lo inefable.
Muerte de Mamá Pura
(1 de septiembre de 1928)

1
Se había puesto muy delgada y parecía más alta. La raíz se le había caído. Recordaba, de nuevo, el retrato de cuando era joven hecho en Cádiz.
La mamá Pura que yo había conocido mejor, desde sus cuarenta a sus sesenta años, se desvanecía, y quedaba la de su última vejez, menos conocida por mí, unida a la de su juventud según el retrato de Cádiz.
Todavía le gustaba el perfecto arreglo, como decía ella. Nada de melindres, pero bien arreglada.
Yo le dije que sabía que cuando era ella joven la jente se asomaba para verla pasar.
Sonrió hacia dentro, hacia lo que le quedaba de existencia, y[SUSPENSIVOS]…[/SUSPENSIVOS]:
—¿Quién te ha dicho a ti eso?
Y luego, con una ironía entre triste y bondadosa, mirándose lo que ya le quedaba:
—“Date tono, Trinidad; ya me lo voy dando, mamá”.
—¡Bendito sea Dios!
Y se reía porque no quería llorar.

2
Todos hablaban alto, acostumbrados a oírle y a querer decir lo suyo, con esa algarabía que hacen en Moguer para hablar. Yo, que en estos últimos años la había visto tan poco, los hacía callar y le decía:
—Diga usted, madre.
—Mi madre tenía locura por las flores, cuando se estaba muriendo la pobre deliraba con las flores; las flores, los olores, los olores de las flores. Yo le llené de flores la caja.
De pronto variaba la conversación:
—¡Qué buena estás tú!; le dijo a mi mujer.
—Mamá Pura, ¿a que no se acuerda de cómo me llamo?
—¡Qué cosas tienes! ¿No me voy a acordar?
Y no se acordaba.
—De modo que… no me voy a acordar ¡Vaya!
Entonces el niño, desde el cuarto de al lado:
—¡Tía Zenobia!
Y ella lo miró con unos ojazos sonrientes, que, de pronto, tuvieron los cuarenta años que tenía cuando murió la madre del niño:
—¡Tunantillo! Con una mirada…
Miraba al niño sin madre, envolviéndolo como con toda su vida futura que iba a quitar de su lado. Pero nada de sentimentalismo.
Y como nada se le escapaba:
—Hijo, tienes un pernil más largo que otro. A mí me gustan las cosas perfectas.
El niño se iba riendo, pero se arreglaba el pantalón. Y se le ponía enfrente, mirándola. Ella le sonreía y no le decía nada.
Luego:
—A mí me gusta educar así a mis hijos. Con una mirada[SUSPENSIVOS]…[/SUSPENSIVOS] Así hay que educar a los niños.
Y se volvía a hablar de las flores.

3
Mi madre despertó de su sopor del láudano, alzó los ojos a la puerta y nos llamó:
—¿No os sentáis aquí un ratito conmigo?
Los altos estaban rodeados del fino sol salado de la primera tarde de setiembre. Nos sentamos con mi madre.
Por la alta ventana se veía la pimienta del patio de junio, y en su cima, dentro y fuera de la habitación donde mi madre se apagaba, musiqueaba tiernamente un fino pajarillo.
Mi madre nos miraba con una cara de bendición y unos ojos desde lo eterno desconocido:
—¡Qué pena, hijos, haberos conocido toda la vida y tener que… desaparecer!
Luego:
—Ya no debierais iros nunca. ¡Qué alegría más grande! Esto debería ser eterno…
Y se traía en su espresión su paraíso celestial, como queriendo trasladárnoslo a esta vida.
—Mamá, volveremos muchas veces, muchas…
—Sí, ustedes vendrán, pero yo… ya…
Nunca decía la palabra fatal. No quería entregarse al sentimentalismo. Y, como avergonzada, se ponía en lo más corriente:
—¿Qué tendré yo en esta boca?
Y como el niño, su nieto sin madre, su hijo menor, se hubiese subido en el escalón de la puerta sobre su padre, me decía:
—¿Has visto qué alto? Casi como su padre.
Y, al momento, mirando al suelo, y con una sonrisa un instante diaria y normal:
—“Y te conozco, Orozco” —de su refranero habitual exasperado en los últimos días.
Y otra vez:
—Ésta es la despedida... ¡Qué hijos tengo!
Es verdad —y qué alegría da esto— que todos la queríamos mucho y que sus últimos días tuvieron la felicidad de una cálida puesta de sol de invierno.
Se hizo por ella todo lo conveniente porque siempre el esceso va contra lo natural.
—¡Qué hijos todos!
—Tiene usted, mamá, los hijos que se merece...
—Eso ustedes lo sabrán...
Y se sumió en lo confuso de que sólo le sacó el nivel de la muerte.

y 4
Trasparente, cera fría, ahí va Mamá Pura, toda envuelta en jazmines, a tu amor nuevo… Tú la esperas con tu barbita crecida en tu cara momificada.
Yo hubiera querido enterrarla a mi gusto. Pero nunca se sabe lo que se hace en estos casos. Sí, yo hubiese mandado hacer la fosa más ancha y más alta, mi padre y mi madre hubiesen estado los dos juntos y en la misma dirección, y no tan hondos. Pero mandé hacerla de tres metros de honda y uno de ancho, de modo que mi padre mira al Sur y mi madre al Norte. Claro que así mira para acá, para Madrid, para mí… La tumba quiero hacerla con arte y materiales de Moguer. Ladrillo y cal, hierro forjado, macetas con jeranios rosas, enredaderas… Y, a la cabecera, el ciprés de Fuentepiña.
La inscripción, ésta, escueta:
VÍCTOR Y PURA
***
A veces, en algún jesto mío, en alguna manera de hacer yo las cosas, mi tía, mi hermano, mi sobrina, dicen que parece que están viendo a mi madre… —¡Igualito!—, dicen.
Yo sonrío, en un sonreír completo y hacia dentro, satisfecho, feliz. Así, me digo, teniendo a mi madre dentro de mí, como antes me tuvo a mí ella, no podré perderla nunca.

El martirio de escribir
30 años de mis 45 los he pasado en el martirio de escribir, con la voluptuosa exactitud que en cada edad me ha exijido mi más o menos activa conciencia, mis sentimientos, fantasías y pensamientos —como si no hubiera sido bastante y más, para mí, el egoísmo de poseerlos plenamente, y como si la poesía escrita le importase a alguien.

La vida. Vivir
Es frecuente que los que escriben sobre mí, digo, contra mí, me echen en cara que no he vivido. Recuerdo las líneas de Stendhal en Roma: “Un día hermoso he visto la puesta de sol desde San Pedro”, etc. Pues cosas así son las que yo hago a diario: amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, toros o prostitutas no por (…), sino porque no me gustan. Si X prefiere el café a la música, yo prefiero el (…) a la casa de putas. ¿Esa es la vida?
Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava.
Estoy contento del trabajo de mi vida
Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No soy yo quien me jacto por mí; sino yo que he castigado, sacrificado, exaltado, al otro yo que ha realizado tal obra.
Y, ahora, muerte, ven por mis huesos. Ahora, siglos, venid contra mi Poesía.