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jueves, 4 de febrero de 2016

LENGUA. 'Aún así' o 'aun así'. Álex Grijelmo


Álex Grijelmo

   En "El País":

“Aún así” o “aun así”

Puede ocurrir que cierre una publicación y que las erratas sigan escondidas bajo las mesas esperando al siguiente incauto

Todos los periódicos incurren cada día en algún que otro fallo ortográfico, y quizás no haya manera humana de impedirlo. Unas veces sucede por despiste de un periodista, y otras por despiste de dos o tres (pues todo texto debería ser supervisado).
Le oí a Arsenio Escolar, director del gratuito 20 minutos, contar la respuesta que le dio Manuel Saco a Fernando Lázaro Carreter en el consejo editorial del ya desaparecido El Sol, cuando el académico protestaba ante el responsable de edición por los fallos en ese diario: “Don Fernando, las erratas son las últimas que abandonan el barco”. En efecto: puede ocurrir que desaparezca una publicación y que las erratas continúen escondidas bajo sus mesas polvorientas, a la espera de asaltar a un nuevo incauto.
Pero hay maneras de reducir los desa­tinos. Una de ellas puede consistir simplemente en que los redactores más despistados se fijen en la diferencia entre “aún así” y “aun así”, casi con seguridad la mayor fuente de pifias ortográficas en la prensa.
Porque la fórmula “aún así” (con tilde en la primera palabra) viene desplazando desde hace algunos años a la locución “aun así”, que casi siempre es la que corresponde.

Y si el escribiente no se aclara, será mejor que tire por la calle de en medio y, en la duda, quite la tilde: reducirá sus errores

Veamos un truco para recordar y distinguir. El adverbio “aún” (con acento ortográfico) equivale a “todavía” (con acento también). Y el adverbio “aun” (sin la tilde) equivale a “incluso” (igualmente sin ella). Por tanto, aquí las tildes se excluyen y se arriman para facilitarnos la labor: “aun” no necesita tilde si se sustituye por una palabra que tampoco la lleva (“incluso”). Y sí precisa del acento ortográfico si se puede sustituir por un vocablo que también lo tiene (“todavía”). La locución “aun así” comparte además el valor concesivo de “a pesar de”.
Otra pista para vadear el error: los dos términos de “aun así” no se pueden intercambiar, pero cuando toque decir “aún así” podremos alterar el orden: “así aún”.
La oración “no te aprobaré aun si estudias dos meses” significa “no te aprobaré incluso si estudias dos meses” (o “a pesar de que estudies…”). Es decir: por mucho que te lo propongas no te voy a aprobar el curso de solfeo porque tienes un oído deplorable. Mientras que “no te aprobaré aún si estudias dos meses” quiere decir “no te aprobaré todavía si estudias dos meses”. Por tanto, en esta ocasión sí te aprobaré, porque tienes buen oído, pero estudia más, anda.
Y si el escribiente no se aclara con todo lo dicho, será mejor que tire por la calle de en medio y, en la duda, quite la tilde: reducirá sus errores, pues la alternativa “aún así” se emplea muy poco. Desde luego, eso no significa que esté en desuso. Podría incluirse, por ejemplo, en esta frase: “Ya han pasado 41 días desde las elecciones, y seguimos aún así: sin que se haya negociado nada”.
(Y aun así parecen todos tan tranquilos).

sábado, 23 de enero de 2016

LENGUA. "Catástrofes que dejan muertos". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Catástrofes que dejan muertos

Parece que los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla donde sólo hubiera que actualizar los datos


El abuso del verbo “dejar” como equivalente de “causar” está colonizando los titulares que dan cuenta de catástrofes. Leemos a menudo oraciones como “el terremoto dejó 26 muertos”, “el accidente dejó ocho muertos”, “la explosión deja 10 muertos”… Y cada lunes, “el fin de semana deja X muertos en las carreteras”.
Si uno escribe en un ciberbuscador esta última oración sin comillas y sin la equis, obtendrá como respuesta decenas de titulares iguales en los que solamente varía la cifra: como si los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla de palabras en la que sólo hubiera que actualizar los datos con el número de heridos y fallecidos.
La entrada del Diccionario académico correspondiente al verbo “dejar” desgrana 22 acepciones. Y ni una de ellas parece equivaler ni remotamente al verbo “causar”. Tampoco las 20 que recoge el Diccionario del Español Actual (Seco, Andrés y Ramos). Y aun en el caso de que ambas obras amparasen el uso (y creemos que no), podríamos criticar el abuso.
Los significados más usuales de “dejar” se refieren al hecho de terminar algo, o desprenderse de una persona o cosa. Se deja de fumar, se deja un trabajo, se deja un lugar, se deja al novio, se deja una herencia… Y también se permite algo (“le dejó gritar”), se obtiene un beneficio tras una acción acabada (“el negocio le deja 100.000 euros al año”) o se provoca un cambio de estado (“lo dejará perplejo”).

Los terremotos y otros desastres matan, desuelan, destruyen, dañan. Éstos no son verbos prohibidos, sino precisos, ricos, descriptivos
De ese modo, el vendaval que deja los árboles derribados los altera (antes se hallaban de pie). Pero no es lo mismo “los dejó derribados” que “dejó derribados”; ni “nos dejó muertos a los tres” (al darnos una mala noticia) que “nos dejó tres muertos” (lo cual puede equivaler a que “tres muertos fueron dejados”. Quizás por la inundación).
Estamos acostumbrados a que el verbo “dejar” se refiera a objetos o personas a los que se pone en un sitio o de los cuales nos alejamos, y para ello hace falta haberlos tenido cerca antes. Nos suena bien que el río deje un muerto sobre la orilla, porque lo arrastraba en su corriente; pero resulta de difícil comprensión que cualquier fenómeno natural o artificial deje 20 muertos en una ciudad y 30 en otra, como si se tratara de un ser animado que los fuese desperdigando distraídamente.
Los desastres causan víctimas, provocan desolación, ocasionan la destrucción de bienes, producen daños, Es decir, matan, desuelan, destruyen, dañan. Éstos no son verbos prohibidos, sino precisos, ricos, descriptivos, y por tanto periodísticos. Sin embargo, “dejar” ocupa tan a menudo su lugar en los titulares que se ha convertido en un verbo muy pesado, incluso si fuera correcto (quién sabe). Pero sólo por variar un poco, habría que dejar de dejar tanto.

jueves, 29 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "Paradojas léxicas". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Paradojas léxicas

Cuando hay contradicciones de significado en un discurso o en un escrito, puede que alguna lógica esté fallando


El origen de muchas palabras se desvanece en nuestra memoria. Eso produce a veces efectos insospechados. Por ejemplo, decimos y pensamos “no hay tu tía” para señalar que algo no tiene remedio. En realidad, la expresión más genuina en el lenguaje escrito debe juntar esas últimas dos palabras (“no hay tutía”), pese a que el nuevo Diccionario recoge ya la separación (tu tía). Porque se llamó “tutía” (y antes “atutía”) a un antiguo ungüento compuesto con óxido de cinc y sales metálicas que aliviaba el dolor de algunas heridas.
Esa tutía que leemos a menudo como “tu tía” procede del árabe attutíyya, y su origen más remoto se halla en el sánscrito tuttha. La grafía moderna que se escribe de vez en cuando permite unas oraciones de apariencia tan ilógica como éstas: “No hay tu tía, le dijo tu primo a tu tía”.
El equipo femenino de fútbol del Atlético de Madrid eliminó el pasado jueves al Zorky de Moscú con una remontada. Y el viernes 16 de octubre dijeron en la SER a las 6.28 horas: “Machada del Atlético en féminas”. Esa “machada” de las féminas me recordó otra paradoja léxica leída en las páginas madrileñas del diario El Mundo el 3 de febrero y que hablaba sobre el suelo de la cafetería de la Facultad de Periodismo de la Complutense. Decía así: “Parte de las instalaciones están valladas por el riesgo de hundimiento del firme”.
Y esto hizo a su vez que me viniera a la cabeza el ejemplo similar que le escuché en una conferencia al escritor mexicano Juan Villoro cuando narraba su conversación en un taller de reparación de automóviles, donde el operario le dijo sobre los problemas del ventilador: “Parece que se le acabó el sin fin”.
Y otro día: "Las juntas estaban sueltas".

Tampoco debemos extrañarnos si oímos a un policía que grita mientras persigue a un delincuente: “¡Sujeten a ese sujeto!”
Así que tampoco debemos extrañarnos si oímos a un policía que grita mientras persigue a un delincuente: “¡Sujeten a ese sujeto!”.
Sabemos desde hace años que es posible perder un imperdible, que ciertos políticos populares no son muy populares (Bárcenas, Granados, Rato…) y que otros llamados convergentes han renegado de su convergencia. También hemos visto alguna Caja sin caja y nos siguen contando en televisión que un zurdo da derechazos (Nadal). Hasta se ha creado la “prisión permanente revisable”, con lo cual deducimos que será permanente mientras no se revise.
Cuando esas contradicciones léxicas se incluyen en un discurso o en un escrito, puede que alguna lógica esté fallando.
Y si el firme no es firme, si tu tía no es tu tía, si las féminas hacen machadas, si lo permanente no permanece, si la correa sin fin tiene un final…, bien se podría disculpar entonces que esto sea una columna y que, pese a tratarse de una columna, no consiga sostener realmente nada.

lunes, 22 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Verbos calificativos". Álex Grijelmo

Ál,ex Grijelmo

   En "El País":

Verbos calificativos

Una afirmación como “soy licenciado en Derecho” puede reproducirse así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”


Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos: “bueno”, “feo”, “impresentable”, “hermoso”…, o con los adverbios ( “falsamente”, “acertadamente”…, “mal”, “bien”). También existen los verbos calificativos.
Nos centraremos aquí, por razones de espacio, en los verbos del habla.
Un periodista puede escribir “el presidente de la empresa dijo que los resultados de este año serán mejores que los del anterior”. Y con el verbo “decir” no le cabrá mayor ecuanimidad, lo mismo que con sinónimos como “manifestó”, “expresó”, “enunció”…

Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos o con los adverbios 
No obstante, los redactores suben a veces un escalón al emplear verbos que dan información adicional: "El presidente de la empresa anunció que"... (pues dijo algo nuevo), o “el presidente matizó”, o “corrigió” (antes había expresado algo distinto), o "pronosticó que"... (su afirmación se adelantó a los hechos), o "insistió en que"... (porque repitió sus ideas)…
El siguiente peldaño, el tercero de nuestro relato, supone otro salto cualitativo: ya no se trata sólo de verbos que añaden información sobre lo dicho, sino que describen la manera en que fue expresado. Por ejemplo, aseguró (el hablante dio por cierto algo y lo hizo con convicción), o balbuceó (discurso entrecortado, actitud insegura), o musitó, vociferó…
En un cuarto y último escalón figuran ya los verbos que, con acierto o sin él, no sólo interpretan o describen, sino que se adentran en el espíritu de quien habla. Así ocurriría en casos como “el presidente de la empresa se ufanó de que los resultados de este año serán mejores que los del anterior” (o se jactó, o presumió, aventuró, osó decir, fantaseó…).
Ahí tenemos ya los auténticos verbos calificativos, los que incorporan dos significados: uno objetivo (alguien dijo algo) y otro subjetivo (juzgamos a quien lo dijo). De ese modo, puede ocurrir que una persona exponga en su currículo con toda sencillez “soy licenciado en Derecho” y que luego lo vea reproducido así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”.
En las últimas semanas hemos podido leer o escuchar en prensa y radio frases como éstas: “La ministra Ana Pastor se vanaglorió ayer de que su departamento licitará (…)”. “El Rey conmina a los becados de La Caixa a ayudar al resto de la sociedad”. “Renzi suplicó ayer la convocatoria de un Consejo Europeo extraordinario”.
Y quizás Pastor, el Rey o Renzi no se reconozcan en el verbo que alguien adjudicó a esas maneras de decir algo. Porque suplicar equivale a “pedir con sumisión”, conminar significa “amenazar” o “imponer”, y vanagloriarse implica “alabarse presuntuosamente”.
Vale la pena por ello prevenirse ante los verbos calificativos, que pueden ser tan discutibles, manipuladores o injustos como un adjetivo, sobre todo si se cuelan en un texto de aparente objetividad.

miércoles, 20 de mayo de 2015

PRENSA. "Todas las voces del español". Álex Grijelmo

   En "El País Semanal":

Todas las voces del español

El idioma español es la suma de las maneras de hablarlo, como dejó escrito el filólogo mexicano Antonio Alatorre. Pero ¿conocemos todas sus variedades?

La inmensidad del léxico hispano y su distribución por zonas tiene pendiente todavía un trabajo enciclopédico: el ‘Diccionario del español universal’. Algunos están ya en ello


Escena en Ciudad Juárez (México). La palabra 'desponchadora' (recauchutados) pintada en el neumático anuncia un taller mecánico. / ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))

La lengua española goza de una gran unidad, casi nadie lo pone en duda. Dos hispanohablantes de cualquiera de los países que tienen este idioma como oficial y que acaben de conocerse se entenderán sin problema, a pesar de que de vez en cuando surjan en su diálogo tres tipos de palabras conflictivas (en muy diferente grado):
1. Las que uno de los dos no reconoce como parte de su léxico pero entiende perfectamente, sobre todo porque es capaz de deducir sus cromosomas: un español no se bañará en una “pileta”, pero sabrá a qué se refiere su interlocutor argentino cuando le proponga nadar un rato en ella.
2. Aquellas otras que se desconocen por completo: ¿qué querrá decir un mexicano que se refiere a su achichincle? (ayudante de poca monta).
3. Los términos que se conocen pero no significan lo mismo en según qué sitio (huiremos del verbo que surge de inmediato, pero podemos hablar de la “polla” –apuesta– o de la “cola” –trasero–; o recordar que cuando un venezolano “exige” algo, sólo está rogándolo encarecidamente).
En cualquier caso, se trata de pequeñísimas dificultades que se suelen superar con el contexto. De todas formas, ¿no estaría bien elaborar un Diccionario internacional de la lengua española que contuviese todas las palabras del español general (las que entiende cualquier hablante) y además el término más común o mayoritario en los distintos países y, aparte, los casos en que se dan divergencias entre ellos? ¿Y podría llamarse Diccionario del español universal?

También en la prensa de EE UU en español se busca la unidad”
Pues bien, ese proyecto existe. Desde 1997, y coordinado por el prestigioso lingüista mexicano Raúl Ávila, participan en él 26 universidades de 20 naciones (en España, las universidades de Alcalá y de Almería), algunas de ellas de países que no tienen el español como lengua oficial; pero nadie sabe cuándo se podrá terminar. El proyecto va caminando, y consiste en que esos centros académicos promuevan líneas de investigación que encajen con él.
El empeño se denomina oficialmente Difusión del Español por los Medios (DIES-M), un título modesto: ante la imposibilidad de abarcar con un sentido científico el vasto mundo del idioma, los filólogos involucrados se han dedicado a analizar el vocabulario de los medios de comunicación de todos los países, para extraer sus afinidades y sus divergencias. De momento, ya han comprobado que más de un 90% del léxico forma parte del “español general” (esas palabras como mesa, silla, soñar, dormir…). Y que también se dan divergencias, por supuesto; escasas, pero que acarrean sus problemas.
Juan Villoro, escritor y periodista mexicano, recuerda una anécdota de su compatriota José Emilio Pacheco, premio Cervantes en 2009. El poeta, fallecido en 2014 a los 74 años, solía contar su experiencia en un hotel de Madrid donde nadie entendió que pidiera “un plomero para componer la llave de la tina”. Lo que necesitaba, claro, era “un fontanero para reparar el grifo de la bañera”.
“En una sola frase”, explica Villoro, “casi todas las palabras eran distintas. Sin embargo, creo que normalmente se exageran las diferencias de vocabulario que se dan entre los países hispanos, pues la confusión suele ser más divertida que la claridad”.


Fotografía tomada en Argentina, con una escultura de León Ferrari. / ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))
Ese futuro diccionario que ahora parece más bien un sueño contendrá algún día el listado de las miles y miles de palabras comunes (“cabeza”, “zapato”, “bosque”, “casa”…) y también el de las variantes con mayor número de usuarios cuando se den distintas opciones para un mismo concepto; pero se cruzará este último dato con la dispersión del vocablo (es decir, con el número de países donde se emplee, pues no se considera suficiente con ganar por cantidad de hablantes, que para eso México se bastaría en la mayor parte de los casos). Por ejemplo, entre las variantes “acera”, “vereda”, “andén”, “sendero” o “banqueta” (todas las cuales nombran lo mismo), la ganadora sería “acera”, como se dice en España y otros países. Sin embargo, tanto España como México, que suman más de 144 millones de hablantes, perderían la batalla ante las opciones “ordenador”, “computador” y “computadora”. Ganaría “computador”, que no se oye ni en México ni en España.
En España se dice “coche”. Pero “carro” en México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Perú. En Cuba usan “máquina” (también en la República Dominicana y Puerto Rico), mientras que “auto” se oye con mucha frecuencia en Argentina, Chile y Uruguay. Ahora bien, en todos esos países se conoce como equivalente general la palabra “automóvil”. Ésta sería, por tanto, la voz adecuada para un texto que aspirase a ser recibido como natural por el 100% de los hablantes, aunque sólo a un 35,5% le brote su uso en una conversación.
¿Y para qué serviría este empeño?: para que todos los fabricantes de aparatos o todos los laboratorios farmacéuticos o todos los subtituladores de películas o todos los redactores de noticias que trabajan en español con destino a un público internacional pudieran elaborar un solo manual o prospecto, o una sola traducción, un solo programa de contestación automática verbal en consultas telefónicas de vuelos o de hoteles… Eso implicaría un notable ahorro de costes y de tiempo. Y una mayor eficacia ante los hablantes de las distintas modalidades del español.
El proyecto, en resumen, pretende abarcar el estudio de las principales variantes del idioma, jerarquizadas por su grado de difusión internacional, nacional y regional a través de los medios. De tal modo, quienes fueran capaces de usar ese “español internacional” en la comunicación verían reducidas las barreras léxicas para sus proyectos, ya fueran editoriales, periodísticos o tecnológicos.


Pintadas sobre la pared del interior de una plaza de toros de León, en Guanajuato (México). /ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))
Por ejemplo, un traductor que lleve al español una novela del Paul Auster puede escribir en un momento dado la palabra “cerilla”; opción que le sonará extraña y hasta extravagante a un lector de México (quien diría “cerillo”); pero eso no ocurriría si la tradujese como “fósforo” (término usado en España y en casi toda América, y entendido por cualquier hablante). Si se pone “cerilla” en boca de un personaje de Auster, muchos hispanoamericanos pensarán que ha de tratarse por fuerza de un personaje español.
Porque, como sostiene Ávila, “los traductores parecen ignorar que también existen españolismos”. Y ese futuro diccionario habrá de marcar como tales algunos miles de esos vocablos que ahora la Academia muestra como integrantes del español general y que sin embargo sólo se usan en España: “mechero”, “bragas”, “bañador” o “cotillear”, por ejemplo.
José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia, elogia este reto de Raúl Ávila: “¡Todo lo que suponga disponer del mayor número de datos posibles referentes al léxico sea bienvenido! Siempre me ha gustado esta idea de Raúl Ávila”. Pascual entiende que el proyecto no podrá abarcar todo el ámbito del español (el léxico de cada pueblo, de cada aldea). Por ello, “la elección de un amplio corpus de la prensa es lo indicado: no sólo por la comodidad que ello supone, sino porque es el más cercano a lo coloquial, mucho más cercano que, por ejemplo, la lengua literaria”.

Ese propósito de acercar las distintas variantes del idioma se parece mucho a lo que se ha llamado la busca del español neutro. Pero se llegaría a él con una base académica y científica; y no se convertiría en un idioma español de ningún sitio, sino en un idioma de todos o, al menos, de la mayoría. Un léxico común que no se piensa para las obras literarias (donde aflora la riqueza léxica peculiar de cada autor y de su entorno) y que tampoco tiene como objetivo acabar con las variedades nacionales o regionales, sino contribuir a una mayor cercanía de los pueblos hispanos cuando se quieran evitar los malentendidos en una comunicación internacional y masiva.
Los estudios parciales que ya se han ido concluyendo muestran que más del 90% del vocabulario que se usa en periódicos, emisoras y televisiones es entendido en cualquier otro país hispano. El propio Raúl Ávila abordó un estudio en 1994 sobre 430.000 palabras pronunciadas en la radio y la televisión mexicanas y concluyó que el 98,4% de los términos correspondían al español general. Por tanto, el vocabulario diferencial se quedaba en un 1,6%.
Juan Miguel Lope Blanch analizó en el año 2000 un total de 133.000 vocablos del área de Madrid correspondientes a la norma culta, y encontró que el 99,9% era vocabulario común a México. Otro de los estudios acometidos en este proyecto señala que el doblaje de la película La chaqueta metálica hecho en México habría servido perfectamente en España si nos atenemos al vocabulario (no así por el acento, claro). Por tanto, sólo se habría necesitado un trabajo de subtitulación y no dos, según el estudio que hizo el propio Raúl Ávila.
La doctoranda Luana Ferreira, neoyorquina de padres dominicanos, defendió el pasado abril en la City University de Nueva York una tesis (Densidad léxica: estudio comparativo entre la prensa hispana de Estados Unidos e Hispanoamérica) en la que se comparan tres periódicos estadounidenses en español (de Los Ángeles, Miami y Nueva York) con otros tres de la América hispana (México, Colombia y Argentina); y llega a la conclusión de que las palabras marcadas como ajenas al español general suponen menos del 1%. Según se lee en la tesis, se usan 10 anglicismos en la prensa norteamericana por cada 10.000 palabras; y el 99,8% de los vocablos escritos en los periódicos de Hispanoamérica y el 99,7% de los términos de la muestra estadounidense están registrados en el Diccionario de la Real Academia Española. A ello hay que añadir que, por ejemplo, ni “bicisenda” (Argentina), ni “carril bici” (España), ni “ciclopista” (México) figuran en el Diccionario, pero cualquier hispanohablante las entenderá cuando lleguen a sus oídos por primera vez.
“Todo esto significa”, interpreta Ávila, “que también la prensa norteamericana en español busca la unidad lingüística”.
Por ello, el filólogo mexicano expresa sin disimulos esta idea:
–Es muy importante mantener la unidad idiomática, gane quien gane y pierda quien pierda.
–¿EL PAÍS debería escribir entonces “computador” en vez de “ordenador”?
–Claro. En México perderíamos con “acera” en vez de “banqueta”, y ustedes perderían con “computador”; y nosotros también, porque decimos “computadora”. Y perderíamos ustedes y nosotros con “maní” en vez de “cacahuete” y “cacahuate”, porque “maní” se usa en más países y por más hablantes. Si usted quiere emplear un término del español internacional, diga “maní”, y diga “papa” en vez de “patata”. Pero la norma hispánica se tendrá que hacer entre todos, sin predominio de ninguno
¿Y eso no acarreará que en cada país se dejen de emplear los términos específicos o diferenciados? Se supone que no. Simplemente, se trata de crear un registro internacional para facilitar la comprensión en casos muy concretos, no de arruinar la riqueza y diversidad de nuestra lengua.
Raúl Ávila recurre a un antiguo aforismo para remachar: “Todo lo que no es universal es folclórico”.
Las conversaciones entre hispanohablantes carecen de problemas de comprensión, pero hallarán menos dificultades cuanto más culto sea su registro. Sobre todo por el gran conocimiento pasivo que tenemos de las demás variedades (quizás un español peninsular no diga ni “platicar” ni “plomero”, pero entenderá perfectamente al mexicano que use esos términos; sobre todo en una situación comunicativa determinada). Además, en gran cantidad de casos deducimos los significados al percibir esos cromosomas que se descubren dentro de las palabras (si nos hablan de una persona “confiable”, ya entendemos que es alguien de fiar).
Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, escribió en su libro Aventura del español en América: “Hace ya muchos años que se viene echando en falta un repertorio léxico del español general”. Pero también prevenía contra el empobrecimiento: “Se piensa, equivocadamente, que la buscada neutralidad se consigue simplificando la lengua, reduciendo el vocabulario a mínimos insospechados”. Al contrario, esos trabajos contribuyen a resaltar la riqueza y la variedad del idioma: un solo concepto dispone de muchas formas para ser expresado.
Sin embargo, sostiene Raúl Ávila, los medios –desde la imprenta a Internet– siempre han promovido la unidad de las lenguas. Y su estilo no influye tanto en la gente: “El estilo de los medios es uno; y el de las conversaciones, charlas o pláticas en una cantina o bar, otro. Los medios promueven la unidad, pero los individuos tienen el recurso de la variedad, de acuerdo con el contexto y sin más limitación que el uso adecuado de un vocabulario íntimo. Recordemos que en algunas circunstancias se prohíbe decir malas palabras, pero en otras se prohíbe no decirlas”.
También se puede concluir que en cuestiones como los prospectos farmacéuticos o las instrucciones para usar un extintor con eficacia más vale asegurarse de que no haya equívocos. Y además, según los expertos aquí consultados, siempre resultará útil tener codificadas las afinidades y las diversidades de la lengua, para escoger de entre ellas según el caso; y, sobre todo, para que de esa manera crezca el conocimiento de los usos alternativos de una palabra hasta que incluso se puedan asumir un día como sinónimos. Así sucede ahora en España entre “juerga” y el americanismo “farra”, tomado ya como propio.
Y aunque ese Diccionario universal del español se demore, los estudiosos de nuestro léxico creen que no hay nada que temer, ni ahora ni luego, porque la facilidad de los hablantes para conversar sin problemas en todo el ámbito del español seguirá vigente sin que nada de esto los perturbe.

sábado, 2 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "Chascarrillos gramaticales". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Chascarrillos gramaticales

La lengua se aleja a veces de la vida, y eso facilita muchas paradojas

La vida y la gramática se parecen pero no son lo mismo. Por ejemplo, una cebra mantiene su género femenino aunque se trate de un macho. Lo mismo sucede con una ballena, una ardilla o una jirafa. En cambio, el topo puede ser una hembra, igual que un moscón o un ratón.
Las palabras terminadas en o tienden a ser masculinas; y las que acaban en a, femeninas; pero existen transgenéricos: “la mano”, “el día”, “el mapa”, “la radio”, “el programa”, “el pediatra”, “el guardia”, “el atleta”, “la contralto”, “la soprano”… Y los sexos biológicos son dos; pero los géneros, tres (masculino, femenino y neutro).
Si decimos "los jueces", que es masculino, eso abarca a los jueces y a las jueces. Si decimos “la judicatura”, que es femenino, también. “La persona” representa en femenino a mujeres y hombres, mientras que “el ser humano” lo hace en masculino, con el mismo resultado.

La mayoría
de los adjetivos
calificativos
son descalificativos.
La gramática se aleja a veces de la vida, pero los términos que usa al definir sus conceptos la evocan muy a menudo. Eso facilita que hoy nos tomemos a broma sus paradojas con estos desaforismos para aficionados a los juegos lingüísticos.
♦ Una rata dura más tiempo que un rato.
♦ En la oración “el boxeador dio un puñetazo al árbitro”, el árbitro recibe directamente el puñetazo, pero es el complemento indirecto.
♦ Un problema de “sintaxis” también se da cuando no hay huelgas del transporte.
♦ Lo peor que le puede pasar a un verbo defectivo es que además sea imperfecto.
♦ Pensar no es un verbo reflexivo.
♦ Agacharse sí que es un verbo reflexivo, pero debería clasificarse como flexivo.
♦ En una oración, los elementos apuestos no tienen por qué ser muy atractivos.
♦ La gente se pregunta por qué “todo junto” se escribe separado, y “separado” se escribe todo junto. También parece raro que “exmarido” se escriba ahora todo junto cuando define a un separado.
♦ La negación de positivo es impositivo.
♦ Los pronombres demostrativos nunca han sido capaces de demostrar nada.
♦ El idioma español tiende al uso activo frente al pasivo, a diferencia de lo que ocurre ahora en la contabilidad.
♦ Los posesivos son a menudo pura ilusión. Decimos “duermo en mi casa” o “voy a mi empresa”. Pero “mi casa” es del banco. Y “mi empresa” es de… ¡anda, qué casualidad!
♦ Si usamos más los verbos imperativos para rogar, deberían llamarse rogativos.
♦ El sujeto agente no es necesariamente un guardia.
♦ En la oración “el policía detuvo al ladrón”, el sujeto es dos veces agente.
♦ En la oración “el enfermo fue operado ayer”, el sujeto es dos veces paciente.
♦ La voz pasiva es un verbo transitivo que se ha mirado al espejo.
♦ La palabra “Telefónica” no tiene prefijos.
♦ La mayoría de los adjetivos calificativos son descalificativos.
♦ En gramática, la sección de complementos no está en la sexta planta.
♦ La oración “hoy ha hecho un día muy frío y lluvioso” se construye sobre un tiempo perfecto.
♦ Los espacios vacíos de un texto están llenos de silencio.
♦ Para la ortografía, el acento es el mismo en todas las regiones.
♦ La exclamación exclama, la interrogación interroga y la interjección interjecta.
♦ Tras la reforma laboral, el prefijo ha pasado a precario.
♦ Los accidentes gramaticales son todos muy previsibles.
♦ El acusativo no depende jerárquicamente del fiscal general del Estado.
♦ Incluso el pretérito pluscuamperfecto puede tener algún defectillo.
♦ ¿Por qué copular no es un verbo copulativo?
♦ Los verbos copulativos, como ser o estar, no son los que refieren determinada actividad de los seres animados (especialmente de los muy animados), sino los que forman un predicado nominal. Eso sí, necesitan el atributo.

lunes, 2 de febrero de 2015

PRENSA. LENGUA. "Insinuaciones sin tacha". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Insinuaciones sin tacha

La coacción velada da ventajas a su autor: los jueces tendrán dificultades para condenarlo


Felícito Yanaqué se topa con un papelito en la puerta de su casa, y esa escena abre El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa. El texto del anónimo le habla sobre los riesgos de vandalismo que pueden sufrir negocios como el suyo, y le anuncia un próximo contacto en el que podrá pagar 500 dólares al mes si desea evitarse problemas.
¿Cómo debía interpretar el bueno de Felícito un texto así?: Quizá se trataba de una broma, o tal vez lo escribió un expolicía reciclado que le brindaba su protección por una cierta cantidad en dinero negro…; y también podía constituir una extorsión interminable. En cualquier caso, Felícito se hallaba ante una insinuación: el hecho de dar a entender un mensaje completo expresando solamente una parte.
Imaginemos a un tendero que recibe en su comercio la visita de una persona muy educada que le dice: “Me alegra que haya abierto una tienda de ropa enfrente de la mía. Sólo he venido a avisarle de que en este barrio hay muchos accidentes”.
La coacción velada proporciona muchas ventajas a su autor: los tribunales encontrarán dificultades para condenarlo, porque en el mensaje no se explicita extorsión alguna, y ni siquiera el receptor habrá estado seguro de su significado. Y debe ser él y sólo él quien lo complete cuando por casualidad note un leve fallo en los frenos.

No debemos condenar la insinuación en todas sus concreciones, sin embargo. A veces incluso se acude a ella como fórmula seductora
En esos casos, el emisor espera que el destinatario digiera el texto recibido, que el miedo piense por él y que decida cambiar de barrio sin decírselo a nadie, sabedor de que difícilmente se condenará por amenazas a quien profirió aquellas frases. Porque también cabe lo contrario: que una palabra inocente se perciba como agresiva: La fiscalía abrió diligencias el 13 de enero contra el presidente de Sortu, Hasier Arraiz, quien había pedido dar “jaque mate” a la Guardia Civil. Sin embargo, ahí la amenaza de las balas parece ya lejana, por fortuna. (Pero cuántas veces fue próxima).
Hace unos meses, se implantó en los tribunales de justicia de una comunidad española un sistema de burocracia sin papeles, ceñida por tanto a los medios electrónicos y destinada a agilizar todos los trámites y comunicaciones. De inmediato, los sindicatos Comisiones Obreras y CSIF hicieron saber sus posturas. El primero de ellos señalaba: “No entendemos que se nos pidan sacrificios adicionales a los trabajadores en cuanto a colaborar en una experiencia piloto que indudablemente supondrá unas dificultades añadidas a nuestro quehacer diario sin un gesto compensatorio por parte de la comunidad autónoma. (…) La colaboración en una experiencia piloto no debe imponerse, pues ello traería consecuencias poco satisfactorias (…). Entendemos que todo esto debe ponerse en valor por parte de la comunidad autónoma para compensarnos de la mejor manera posible, lo que redundará en un cambio menos traumático y más satisfactorio”.
Por su parte, un dirigente de CSIF indicaba en una carta personal remitida al consejero de Justicia: “Espero y deseo que todos colaboremos en este proyecto, ya que, de lo contrario, será muy difícil de acometer. Créeme cuando te digo que es necesario e imprescindible ese gesto. De lo contrario tendremos muchos problemas (…). Mañana antes de la una tengo que tener una alternativa. Un abrazo”.
Se hace difícil suponer que el manejo de documentos informáticos en vez de sellos y pólizas vaya a dificultar el trabajo; y por eso nos inclinamos a imaginar que el destinatario dedujo más bien un boicoteo, canjeable por cierto gasto. Ahora bien, sin que pueda reprochar palabra alguna.
No debemos condenar la insinuación en todas sus concreciones, sin embargo. A veces incluso se acude a ella como fórmula seductora para proponer algo atrevido, por lo civil o por lo pirata (“¿quieres que mañana desayunemos juntos?”). Pero esta arma de la retórica constituye en otras aplicaciones la forma más ventajista de la amenaza, sobre todo si los jueces no pueden ir más allá de las palabras expresadas. Y así las víctimas se sienten indefensas, como Felícito Yanaqué, como el consejero de Justicia, rumiando a solas una decisión.

sábado, 10 de enero de 2015

PRENSA. LENGUA. "Lo peor ha pasado', pero sigue ahí". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

“Lo peor ha pasado”, pero sigue ahí

Toda trampa de lenguaje alberga una parte de verdad, a fin de resultar creíble

 26 ENE 2014

“Lo peor ya ha pasado”, nos dicen. Y esa frase parte de ver la crisis como un bloque que avanza o retrocede, que sube o baja, cuando solo se trata de la suma de unas fracciones dispersas, desconectadas y desiguales que no se mueven de forma homogénea. La declaración se proyecta sobre el presente o el pretérito, en vez de hacia el futuro. Porque la situación de la gente no ha cambiado. Simplemente, ahora surgen datos que hacen pensar en que quizás cambie más adelante, aunque no para todos.
Toda trampa de lenguaje alberga una parte de verdad, a fin de resultar creíble, y recoge palabras que evocan algo positivo para esconder con ellas lo perjudicial.
Cada mes oímos que han disminuido los muertos en las carreteras. Y no descienden: aumentan. Si hasta ese día se habían anotado 200 fallecidos, pongamos por caso, en esa noticia se añadían 20 más. Y aunque las víctimas sumaran 10 menos que en el periodo anterior, pasaban a ser 220. Por tanto, no desciende el número de muertos como puede descender algún día el número de pobres. Los pobres dejan de serlo, pero los fallecidos no.

La declaración se proyecta
sobre el presente o el pretérito,
en vez de hacia el futuro
En estos datos se produce, sí, un descenso cierto en la comparación, que ofrece una parte de verdad. Ninguna víctima volvía a la vida para que así descendiese el número de fallecidos, pero la expresión “menos muertos” obra su efecto subliminal.
“Los ajustes han terminado”, se anuncia también. Y Rajoy dice ser consciente (entrevistado el lunes en Antena 3) de los problemas que “han tenido” los españoles. Y se usa el pretérito en ambos verbos: “han terminado”, “han tenido”. Sin embargo, ajustes y problemas continúan vigentes. como continúan muertos los difuntos. Simplemente, parece que no se “ajustará” más.
Hasta hace poco se decía que “el paro ha aumentado menos que en el periodo anterior”. Y la palabra “menos” ejercía ahí asimismo su papel seductor. Porque, a pesar de ese “menos”, había “más” paro, como había “más” muertos en las carreteras.
Ahora sucede que la economía mejora, y unos datos creíbles lo muestran. Esa parte de verdad conduce a proclamar que “lo peor ha pasado”. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría se extraña incluso del conflicto en Burgos: “Todos los indicadores ven una recuperación económica que no sé si casa mucho con las protestas sociales”. Y tal mensaje lo reciben los casi seis millones de parados, o los pensionistas que han perdido capacidad de compra y además albergan a media familia en casa.
Quien fue expulsado de su hogar habrá vivido el peor instante al producirse el desahucio, pero su hoy no es mejor, no puede pensar que lo peor ha pasado por el hecho de que ya transcurriera el acto traumático, puesto que en lo peor continúa. Sería ridículo decirle a alguien a quien amputaron un brazo: “Tranquilo, lo peor ha pasado”. No, lo peor está aún ahí: no tiene brazo.
Millares de empresas que cerraron se mantienen inactivas. No han empezado a activarse un poquito porque “lo peor ha pasado”. Continúan en lo peor: cerradas. Millones de personas que se quedaron sin empleo no han empezado a trabajar una hora un día, y dos el siguiente, y tres más tarde. Los que vieron evaporadas sus inversiones no van recuperando paulatinamente aquel dinero. Ni lo peor es pasado para ellos ni el presente mejora. Lo peor no se desvanece tras haber empezado a ocurrir.
Más de 680.000 familias siguen sin recibir ningún ingreso. El emigrante que vivió el trance de tomar el tren o el avión pasó un mal trago que no por superado dejó de alejarlo de su familia y de su tierra. Los 20.000 alumnos de bachillerato que perdieron la beca no podrán recuperar nunca el tiempo derrochado. Niños sin libros y en algunos casos con hambre, o sin las proteínas necesarias para su crecimiento normal. Instalados todavía en “lo peor”.
Se puede comprender que alguien pronuncie las palabras mágicas “lo peor ha pasado” a fin de infundir optimismo. Pero tal vez muchísimos ciudadanos no las consideren afortunadas y experimenten un gran desasosiego al comprobar que, en efecto, para los datos del Gobierno “lo peor ha pasado” y para ellos todo sigue igual.

domingo, 14 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL, "Quiero declarar inaugurado este acto". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":
LA PUNTA DE LA LENGUA

Quiero declarar inaugurado este acto

El uso político del verbo “querer” con la idea de 'hacer' o de 'ordenar' nos proporciona algunas pistas

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El lenguaje político sugiere mucho acerca de la clase dirigente que nos gobierna. Escribía José Antonio Marina (Elogio y refutación del ingenio,1996) que las palabras tienen su propio inconsciente y, por tanto, se pueden psicoanalizar también.
Quienes emplean el discurso del poder se expresan con determinados movimientos convulsos del lenguaje que ellos mismos no controlan, un tic oratorio que los pone en el pedestal y los libera de tensión.
Esto se representa con frecuencia en un insistente uso del verbo “querer” con el sentido de tener una voluntad. Los demás mortales quieren muchas cosas (anhelan, desean, pretenden), pero entre su impulso y la consecución del logro median a menudo trechos que no tienen la capacidad de recorrer o que les suponen un gran sacrificio: tal vez el ahorro de años o meses, tal vez el estudio concienzudo. “Quiero comprarme una casa”, “quiero regalarle un televisor a mi madre”, “quiero encontrar trabajo”, “quiero estudiar una carrera”. Este verbo se remite comúnmente al esfuerzo que se interpone entre la voluntad y el éxito.
La misma palabra “voluntad” se transforma: significa una intención y, a la vez, la tenacidad precisa para que aquella se ejecute; y así debemos tener voluntad para lograr lo que buscamos; y una persona sin voluntad no es quien no desea algo, sino quien no pone el esfuerzo necesario.

Qué distinta la frase
“quiero un parque en este
barrio” si la dicen
un vecino o un concejal
Cómo se aleja de todo eso la "voluntad política". En su lenguaje peculiar, los políticos saben que todo se ejecuta de inmediato cuando se da una “voluntad política” en quien tiene el poder: los obstáculos se disuelven como una pastilla efervescente y se genera una fuerza que evita cualquier ardor de estómago. Las pólizas, los interventores, los trámites, los impedimentos tienden a hacerse invisibles si la voluntad política se activa desde el lugar adecuado.
Y esto se manifiesta luego en las palabras, pues para un poderoso el verbo “querer” está en el terreno del hacer al decir; mientras que para los demás forma parte del decir para hacer. Nadie le suelta a un amigo “quiero expresarte mi agradecimiento”, sino que simplemente le decimos “gracias”. Y si alguien proclama “quiero un parque en este barrio” no está decidiendo, sino suplicando. Qué distinta esa misma frase en los labios de un concejal.
El lenguaje político está repleto del verbo “querer”, pero con la idea dentro de él de hacer, de decidir, de ordenar.
Esos insistentes desvíos respecto del lenguaje común nos dan siempre pistas.
Proclaman los personajes públicos: “Quiero felicitarles”, “quiero reconocer y agradecer”, “quiero transmitiros mi determinación de continuar estimulando la convivencia”… Y “quiero anunciarles” equivale a “les anuncio”, y “quiero declarar inaugurado este acto” equivale a “queda inaugurado”… Ahí se va viendo que querer significa para ellos, sobre todo, hacer.

Ese “quiero”, expresado casi siempre en un acto público, viene de lejos. Ya en el siglo XV escribían los reyes “nos plaze que” para mandar algo. Carlos III de Navarra usa varias veces la expresión “queremos e nos plaze” al redactar su testamento. Y más adelante identifica los dos verbos: “Ordenamos et queremos que de las rentas, provechos et hemolumentos…”. Fernando el Católico acude también al “queremos e nos plaze” para otorgar bienes y navíos en 1488. Los documentos del Tratado de Tordesillas (1494) muestran numerosos “otrosí queremos”, o “queremos e otorgamos”, y también un “porque mi merced e voluntad es (…) que se guarde y se cumpla”.
Casi todos los vocablos tienen su recorrido histórico, pero no solemos darnos cuenta de hasta qué punto las palabras y sus caminos pueden separarnos: si entre el “quiero” de un ciudadano y el logro de su anhelo Media un tramo largo, apenas se aprecia distancia psicológica entre estos “quiero” tan repetidos por los poderosos y la ejecución de lo expresado.
Quizá por ello abunde ese verbo en el lenguaje del poder, y quizá por ello algunos otros lo copien para sí: porque las palabras tal vez les ayuden a identificar en su corazón los deseos con la realidad.