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domingo, 12 de junio de 2016

PRENSA. SÁHARA OCCIDENTAL. "Escuelas en el desierto"

   En "El País":

Escuelas en el desierto

Para los niños con discapacidad de los campamentos saharauis no es fácil ir al colegio

Un grupo de profesoras ha impulsado la creación de centros especializados en su cuidado

 Sahara Occidental 7 ABR 2015  

  • Un niño juega con un avión de juguete en uno de los centros para discapacitados de los campamentos saharauis. / JAVI JULIO (NERVIOFOTO)


    "Al principio había gente que tiraba piedras al tejado de la escuela y nos llamaba locas", recuerda Fátima, directora del centro de discapacitados de Dajla, uno de los campamentos de refugiados saharauis de la provincia de Tinduf, en el desierto argelino. Este 2015 se cumplen 40 años desde la ocupación del Sahara Occidental por parte de Marruecos. Desde entonces, alrededor de 180.000 saharauis viven como refugiados en este territorio.
    Fátima no es una docente cualquiera; posee el honor de ser una de las primeras y mayores impulsoras de la educación para niños con patologías mentales y físicas en los asentamientos. Pero ella, por entonces, aún no lo sabía.  "Estudié Educación Infantil en Cuba y, al regresar a los campamentos, comencé a trabajar en una guardería". Corría 1993 y la guerra que mantenían el Frente Polisario y Marruecos había entrado en tablas hacía unos meses. Comenzaban entonces las negociaciones y pronto, el esperado referéndum y la solución al conflicto. "Pensé que estaría trabajando aquí sólo por un tiempo", confiesa mientras baja la mirada y esboza una mueca amarga.
    Mientras ajusta con sus manos una colorida melfa sobre su cabeza, mira hacia el suelo e intenta ordenar sus recuerdos. Y la sonrisa se dibuja otra vez. "Conmigo habían regresado varias amigas más que habían terminado cursos de Educación Especial y, entre las cuatro, intentamos buscar una solución para las personas con deficiencia mental que fueran más allá de lo asistencial".

    Teníamos energía, queríamos construir centros pero no sabíamos por dónde empezar
    Fátima, profesora
    Hasta entonces, los discapacitados vivían apartados o vagaban por la calle, pasando el tiempo sin hacer nada. Otros no salían de sus jaimas. Y a pesar de que algunos se matriculaban en las escuelas ordinarias, no acudían al colegio por miedo o vergüenza de sus familiares. Por aquel entonces, sólo existía un centro para discapacitados en los campamentos. Estaba en el de Smara y fue bautizado como el centro de Castro porque su creador fue un cubaraui, es decir, uno de los saharauis que fueron acogidos y educados en Cuba. "Teníamos energía, queríamos construir centros para todas las wilayas (campamentos saharauis), pero no sabíamos muy bien por dónde empezar", afirma Fátima.
    Tras hablar con varias asistentas que tenían un registro de personas con deficiencias, decidieron dar un paso más. Fátima dejó su trabajo en la guardería y se centró en la creación de estas escuelas. "Al principio nos dedicábamos a ir de jaima en jaima buscando a los chicos, hablando con sus familias... No tuvimos una gran acogida", recuerda, "aunque unas pocas accedieron".
    En estos duros inicios, cuando hay que construir desde cero la creación de las escuelas, comienza la lucha contra las supersticiones o viejos mitos. "¿Para qué quieres llevarte a mi hijo? No sabe hacer nada, no anda, se cae... Sólo mira al cielo y ríe sin sentido", espetaban algunas madres. Respuestas de este tipo ponen a prueba la determinación de estas cuatro mujeres, que no cejan en su empeño. Entonces comienza el trabajo explicando la necesidad de estar escolarizados, de juntarse con otros chicos, de hacer valer su potencial. Al principio, muchas familias se negaban a reconocer la discapacidad de sus hijos, incluso cuando éste era evidente, pues lo consideraban una vergüenza para la familia.
    "El trabajo con los parientes durará años", afirma Mamia Brahim. Mamia, como Fátima, es también directora de un centro de educación especial, en este caso en la wilaya de Auserd. Formada gracias a la ayuda de varias becas, estudia entre Argelia e Italia, de donde conserva el acento cuando intenta chapurrear algunas palabras en castellano. Yamila, como se la conoce en el centro, es una mujer de pequeña estatura pero llena de energía. Llegó siendo una niña con su familia a Tindouf en 1975, huyendo de las bombas y del napalm. El paso del tiempo le ha hecho olvidar Smara, la ciudad del Sahara Occidental donde nació, de la que afirma ya no recordar nada. "La gente no confiaba mucho en nuestro trabajo. Durante años estuvimos trabajando con las familias para que trajeran a sus hijos al centro y vieran nuestro trabajo y se concienciaran. Fueron años duros".
    Sin embargo, ese trabajo de hormiga ha dado con el tiempo sus resultados. "Hemos conseguido que las madres acudan con sus hijos o que vengan a resolver dudas o a buscar orientación cuando éstos son pequeños", afirma la profesora.
    Una vez que logran que varias familias se comprometan a llevar a sus hijos a la nueva escuela, queda por resolver el problema del espacio. "Fuimos a hablar con el gobernador explicando nuestras intenciones y se mostró receptivo: nos cedió un local para trabajar. Ya teníamos un local,  pero ni siquiera había sillas donde sentarnos", exclama entre risas Fátima. "Entonces comenzó la búsqueda de material entre las escuelas ordinarias, consiguiendo que nos cedieran mobiliario, libretas, pinturas...".
    Los refugiados saharauis dependen casi por completo de la ayuda internacional por lo que, al comienzo, la búsqueda de material se emprende dentro de los campamentos, algo que limita el éxito porque no hay muchos lugares a donde ir. "La falta de recursos se suplía con la ilusión del comienzo" sentencia Fátima.

    La integración de los talleres

    Un turbante negro protege a Mohamed Salem Hamudi del implacable sol del desierto. Viene de Rabuni, el campamento donde se encuentran todos los ministerios de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de donde acaba de terminar una reunión. Su papel como director de los centros es coordinar sus actividades, preparar los viajes de los niños saharauis que pasan los veranos en España, cursos con cooperantes... "No hay tiempo para aburrirse" afirma divertido.
    Al entrar en la jaima, se descalza y comienza a saludar a sus primos. Se tumba en el suelo y busca acomodo con ayuda de un cojín. Ha sido un día interminable. Lembrabit, uno de sus primos, atiza unas brasas y pone a calentar agua en una tetera. En un rato comenzará el ritual del té.
    Mohamed, o Paisano, como le conocen sus vecinos tras su paso por Cuba, lleva coordinando las escuelas desde hace más de 10 años. Este saharaui con acento cubano comienza a haciendo una fotografía de la situación actual:

    Más de 200 alumnos acuden ya a las escuelas donde, además, reciben la comida del día
    "Las cosas han cambiado mucho desde aquellos primeros años. En total hay cinco centros para discapacitados y cuatro más para ciegos. Más de 200 alumnos acuden diariamente a las escuelas donde, además, reciben la comida del día", señala con orgullo. Hay más niños matriculados, pero la falta de transporte las enfermedades o la necesidad de cuidados más específicos les impide acudir, como sus compañeros, con regularidad.
    Los talleres de las escuelas cumplen una función integradora. Hay cursos de carpintería, donde los alumnos hacen puertas y ventanas, o de costura, donde las chicas cosen vestidos o banderas. Los ingresos que logran con su venta son para auto financiarse. "Por ahora no es mucho lo que conseguimos", confiesa Mohamed, "porque dependemos por completo de la ayuda internacional, pero la idea es esa". Mientras tanto, cumplen con su cometido creando sentimientos de confianza y autonomía en sus usuarios para cuando les llegue la hora de comenzar a trabajar.
    El tiempo libre escasea. Además de las actividades educativas, dentro de varias semanas se celebrará, como todos los años, el Sahara Marathon, un acontecimiento en el que también colaboran las escuelas de educación especial. En ediciones anteriores, varios de los alumnos corrieron acompañando a los atletas.
    El té comienza a hervir, y Lembrabit lo reparte lentamente entre varios vasos, volcando el líquido una y otra vez. Por un momento, se hace el silencio en la habitación. Paisano saborea su té dando pequeños sorbos. El sonido de su teléfono móvil interrumpe el descanso. Se levanta y lentamente, comienza colocarse el turbante de nuevo. Varios cooperantes acuden al campamento para realizar un curso de formación para el profesorado, y tiene que ir a buscarlos. "Cómo ves, esto es un no parar", se disculpa antes de salir. "Siempre queda trabajo por hacer".

    sábado, 9 de abril de 2016

    PRENSA. "¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?"

       En "El País":

    ¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?

    El documental 'El aula vacía' pretende ser un aldabonazo visual para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil

    Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.
    Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.

    Hay películas que te cambian la vida. O por lo menos eso dicen. Para probar la hipótesis, de forma poco experimental, pero práctica, decidí preguntar a mis amigos si había alguna película en esta categoría. La respuesta fue un rotundo “sí”.
    A algunos la gran pantalla les enseñó a ser optimistas. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles. Quién no recuerda La vida es bella de Roberto Benigni, la historia de un padre que en un campo de concentración nazi crea un mundo de fantasía para proteger la inocencia de su hijo. La lección aprendida es que lo importante no es tanto lo que pasa sino cómo lo vives. La leyenda del indomable, con una actuación estelar de Paul Newman, nos muestra que no poseer nada puede ser bueno. Él que poco tiene que perder y puede ganar mucho. “Luke me enseñó que no hace falta demasiado para salir adelante, solo carácter”, señaló uno de mis amigos. Y añadió: “Nadie te puede derrotar sino te das por vencido”. Y una de mis encuestadas me comentó cómo cambió su forma de consumir tras ver Historias de dos ciudades.
    Otras películas te salvan la vida, literalmente. Este es el caso de Thin Blue Line. La cinta mostró que Randall Dale Adams, que estaba en el corredor de la muerte, no era un asesino. Tras la película se le hizo otro juicio y salió de la cárcel.
    En otras ocasiones, el cine ha hecho que empresas y gobiernos cambien sus políticas. ¿Se acuerdan de Super Size Me? Tras la película, McDonald’s dejó de vender los combos gigantescos. O Bowling for Columbine de Michael Moore, sobre la violencia con armas de fuego, que hizo que Kmart dejara de vender armas. O Una verdad incómoda, de Al Gore; uno de los documentales más taquilleros en la historia de EE UU que no solo contribuyó a que ganase el Premio Nobel de la Paz sino que hizo del cambio climático un tema atractivo.
    Con todos estos antecedentes, la pregunta es: ¿se podría hacer una película que nos ayude a mejorar la educación en América Latina? La necesidad es clara, en la región casi la mitad de los jóvenes no acaba la etapa secundaria. Déjenme que lo repita de nuevo. En las aulas de América Latina no están la mitad de los jóvenes que deberían estar.

    ¿Sería entonces posible mostrar de forma cautivadora, no dogmática y con pasión los retos de millones de jóvenes en lugares tan diversos como San Salvador y Montevideo para acabar la escuela, y en menos de dos horas? ¿Podríamos reclutar al mejor talento de América Latina para contar una historia universal con voces locales? ¿Tendríamos compañeros de viaje para esta aventura? La respuesta, de nuevo, fue un rotundo sí. Así nació la película El aula vacía.
    Gael García Bernal se convirtió en nuestro director creativo, y con él vinieron 11 fabulosos directores de cine que cuentan 10 diferentes historias desde una óptica muy personal. Por ejemplo, Pablo Fendrik, director de El ardor y La sangre brota, entiende muy bien la importancia de acabar la secundaria. Él no lo hizo, y sabe lo duro que puede ser la vida sin educación. A él le salvó el cine, su pasión, pero reconoce ser la excepción.
    Mariana Chenillo, desde México, retrata los obstáculos que enfrentan los jóvenes con discapacidades. En su corto Chenillo cuenta qué pasa si eres sordo en un mundo de oyentes y quieres ir a la escuela. Tras verlo, uno se queda con la duda de si el protagonista es sordo o si el sordo es el sistema escolar al no escuchar las necesidades de los jóvenes.

    Así se hizo el documental 'El aula vacía'.
    La violencia, el tema que más preocupa a los ciudadanos en América Latina, tampoco se escapó de El aula vacíaTatiana Huezo señala cómo la educación es una herramienta poderosa para prevenir la violencia. Pero la trágica paradoja es que, en algunos lugares, hasta las propias escuelas son peligrosas y eso es lo que Huezo muestra en su corto desde El Salvador. Carlos Gaviria, desde Colombia, también investiga los vínculos entre la deserción escolar, la violencia y el bullying. Y va más allá preguntándose qué rol debe jugar el sistema educativo al integrar a los jóvenes que han vivido situaciones de violencia.
    El aula vacía no busca cambiarte la vida, pero sí pretende poner su grano de arena para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil. Busca que millones de jóvenes tengan una mejor educación y pasen más tiempo en las aulas aprendiendo, formándose. Déjenme que me corrija: El aula vacía sí busca cambiar la vida. ¿Nos ayudas?
    Gador Manzano es especialista en comunicaciones del departamento de relaciones externas Banco Interamericano de Desarrollo  (BID).

    lunes, 21 de marzo de 2016

    PRENSA CULTURAL. "Pérez Reverte y Don Quijote". Víctor Moreno

       En "nuevatribuna.es":

    Pérez Reverte y Don Quijote

    Víctor Moreno Escritor y profesor
    nuevatribuna.es | 09 Diciembre 2014 - 

    La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia
    En la feria de Guadalajara (México) de este año, el escritor Pérez Reverte ha arremetido -¡menuda novedad!-, contra los ministros de los gobiernos españoles y mexicanos, pasados y modernos, porque, en su académica opinión, “han maltratado el Quijote”. ¡Toma del frasco, Sansón Carrasco!
    Culpar a los ministros de los gobiernos españoles, que se han venido sucediendo desde Cánovas del Castillo hasta hoy, por ser responsables de la desidia lectora de la sociedad española y, en concreto, del desprecio hacia el libro de Cervantes, tiene, cuando menos, su coña marinera de secano. Dando la vuelta al calcetín de su argumento, podría concluirse que el propio Pérez Reverte, al ser uno de los autores que más leen los españoles –según su docta opinión-, tendría su particular responsabilidad por haber trasegado el gusto de los lectores, adocenándolo hasta la más bajas cotas de la exigencia lectora. Y, por tanto, de no leer el Quijote, que exige un tute a las meninge muy superior al que pide Alatriste y sus gónadas.
    Pérez Reverte sostuvo en Guadalajara que la lectura del Quijote “debe ser un estímulo para alcanzar el entusiasmo y la fe en que las cosas se pueden cambiar”. Siendo así, seguro que los dirigentes de Podemos han leído el Quijote, una y dos y hasta tres veces.
    Para el escritor cartagenero, la importancia del Quijote como “elemento educativo y civil es tan alta” que "da vergüenza que España y México sean de los seis países en los que no se ha sentido que esta obra sea de obligatoria enseñanza y de obligada lectura”. Peor aún: “los ministros ignoran qué es el Quijote, ni saben para qué sirve".
    Menos mal que disponemos de un tipo tan versado en Cervantes que lo sabe. Por eso, sorprende que no lo haya denunciado hasta ayer mismo. ¿Por qué será? Pues, ni más ni menos que al hecho de que Pérez Reverte ha publicado una adaptación de la obra de don Quijote para adolescentes, por encargo de la Real Academia.
    Hace 102 años, el Gobierno de entonces instó a la Real Academia, asistida por un catedrático y por el director de la Biblioteca Nacional, a que hiciera una adaptación del Quijote. En el tercer centenario del Quijote, en 1905, el escritor Guillaume Apollinairepropuso la promulgación de una Orden Real que obligase a alfabetizar a los españoles leyendo el Quijote. Felizmente, no se llevó a cabo semejante despropósito. Sin embargo, sí se promulgó la odiosa medida de hacer obligatoria la lectura del Quijote en las escuelas. No se sabe qué fue peor.
    Ahora, Pérez Reverte sostendrá que su adaptación es una “herramienta muy útil para que los jóvenes tengan acceso a los valores que el Quijote promueve”. Entiéndase, los valores que según Pérez Reverte promueve el Quijote, es decir, “ofrece apoyo y consuelo en estos tiempos en que se reclama justicia cuando las patrias y los sistemas están en cuestión”. No imagina uno cómo la lectura de un libro puede producir valores tan milagrosos en la sociedad, pero, si lo dice Pérez y le apoya Reverte, habrá que callarse.
    Por si fuera poco, el Quijote es “un gran patrimonio de la lengua, y la lengua es la única patria que no está puesta en cuestión. Es la única patria por la que es decoroso vivir. Todas las banderas son más o menos sospechosas. Y el Quijote es una bandera fuera de toda sospecha”. Ni el Catecismo Patriótico Español de 1939, escrito por el dominico Menéndez Reigada, lo diría mejor.
    El hecho de que la Real Academia se haya decidido por una adaptación de don Quijote en 2014 para adolescentes es un tanto paradójico. Si algo sobra, son adaptaciones quijotescas. Entre otras, figuran las llevadas a cabo por Paula López Hortas (Anaya), de Nuria Ochoa, Carlos Reviejo (SM), José María Plaza (Espasa), Concha López Narváez (Bruño), Rosa Navarro Durán (Edebé), Vicente Muñoz Puelles (Algar) José Luis Giménez Frontín (Lumen), Andrés Amorós (SM), etcétera. Quizás, el escritor Pérez Reverte considerase que ninguna de estas adaptaciones era digna a sus ojos de académico, pues no promovían los valores por los que él suspira: lengua, patria, justicia, sistema, consuelo y la bandera de El Quijote, que ya me dirán cuál es, después de las interpretaciones variopintas recibidas desde 1605.
    Hay que ser tan ingenuo como torpe para pensar que uno se hará más demócrata y más ilusionado para “desfacer todo tipo de entuertos”, gracias a la lectura del Quijote. Esta torpeza didáctica conductista no es original. Carlos Fuentes consideraba que era imposible que alguien que leyera el Quijote no saliera de dicha lectura hecho un demócrata. Para ejemplo, él mismo. Nabokov y Mann consideraban, sin embargo, que El Quijote era “una enciclopedia de la crueldad”, así que lo más probable era que quien entrara en la Mancha saliese por Nueva York hecho un sádico o experto en acosos varios. Al fin y al cabo, el Quijote pasa sus aventuras padeciendo la burla cruel de los otros.
    En serio. La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia. Cada quien ha pretendido usarlo en beneficio propio. Pérez Reverte cae en la misma trampa aunque su deseo sea expresión de una supuesta buena voluntad ideológica, ética y moral, además de económica. Pero no hay doctos más imprudentes que quienes pretenden ordeñar la literatura en pro de unos valores que uno considera los mejores del mundo mundial.
    Si sirve de advertencia, recordemos que los ideólogos del fascismo y de los golpistas de 1936, explotarían el mito Quijote como legitimación ética, moral y política de sus desvaríos. Aunque la obra de Ramiro Ledesma, El Quijote y nuestro tiempo, fue publicada en 1924, Tomás Borrás la editaría en 1971, asegurando en el nuevo prólogo que “el libro de Ledesma parece anunciar el quijotismo de la Cruzada”. Y no hace falta mucha imaginación qué entuertos desfacería este Quijote fascista: la democracia y la república.
    La justificación del saltimbanqui Ernesto Giménez Caballero resulta más alarmante todavía. Su panfleto La vuelta de don Quijote se publicó en 1932. Ahí presenta al héroe manchego universal como “el libro más antinacional, peligroso, inmoral y trágico de España. El libro más desterrable de España. El libro más temible y corrosivo de España. El peor veneno de España. Libro sádico que no termina nunca de estrangularnos y dejarnos morir santamente”. Alucinante, ¿no? Sin embargo, en 1944, sostendrá que “El Quijote de Cervantes significa la cima ejemplar de la Novela: en España y en el Mundo. Es el máximo valor de la Literatura española. Y uno de los supremos en la Universal: con la Biblia, la Ilíada griega, la Eneida, de Virgilio; la Divina Comedia, de Dante; el Hamlet, de Shakespeare; el Fausto, de Goethe.
    Lo presentará como “símbolo de una nación española definida por su carácter católico e imperialista” (Lengua y Literatura de España, IV, “La Edad de Oro”, Madrid, Talleres, Tipográficos de Ernesto Giménez, 1953, reimpresión sin cambios de la edición de 1944).
    Y así se podría seguir con las opiniones de Pemán, el llamado “juglar de la Cruzada”, que elevaría el Quijote a categoría y numen de la identidad del ser español, como ya hiciera Unamuno, y que es “una identidad mística y metafísica”.
    Si alguien considera que la literatura, se llame El Quijote o Hamlet, asegura la transformación ética o moral de un individuo o de una colectividad, no es que no tenga idea de cómo funciona el acto lector, sino el mismo individuo, que este cambia cuando le interesa cambiar, no porque se lo diga Tintín o Tarzán.
    La lectura es, puede serlo, un estimulante cognitivo, emocional, ético, político y lo que uno quiera. Pero, los modos de leer afectan tanto a los objetivos como a los métodos, que, al final, dichas lecturas terminan desnaturalizadas, al ser ordeñadas por intereses espurios. Un modo de leer que somete la lectura a unos objetivos previamente determinados por intereses ajenos al lector, lo único que consigue es castrar la posibilidad de una experiencia emocional e intelectual única. Y una adaptación delQuijote, ni te cuento.

    martes, 16 de febrero de 2016

    EDUCACIÓN. "Aristóteles y las hojas del recreo". Vicente Carrión Arregui


    Rafael: La escuela de Atenas. Detalle: Aristóteles, sosteniendo la Ética a Nicómaco y señalando el mundo visible, junto a Platón que sostiene el Timeo y señala hacia arriba, hacia el Mundo de las Ideas.

       En "El País":

    Aristóteles y las hojas del recreo

    La educación filosófica, artística y literaria es imprescindible

    Vicente Carrión Arregui   4 febrero 2016

    Aunque no soy futbolero, en aras de una mejor convivencia escolar colaboro con las actividades deportivas del recreo porque me parece preferible que los alumnos peguen patadas y manotazos al balón a que se los den entre ellos. Además, así me familiarizo con los chavales de la ESO ya que, si nuestros próximos representantes políticos no detienen la aplicación de la LOMCE, los profesores de Filosofía nos veremos desplazados del bachillerato y trataremos de cubrir horarios impartiendo “Valores éticos” a quienes no se apunten a Religión Católica. No es que se nos vayan a caer los anillos por ello, ojo —en mi opinión, cuanto más niños, mayor inclinación filosófica tenemos los humanos—, pero es lamentable que sustraigamos al conjunto de nuestros jóvenes la reflexión crítica asociada a las humanidades.


    OTRO ARTÍCULO DEL AUTOR



    Pero dejémonos de lamentaciones y volvamos al patio. El otro día había tal cantidad de hojas acumuladas ante una de las porterías que me pareció temerario empezar el partido, por lo que propuse a los chavales que las intentáramos sacar del campo empujándolas con los pies. Me puse a ello y cuando conseguí que unos cuantos alumnos me secundaran comprendí que la juerga consistía en tirármelas a mí ante los divertidos comentarios de los consabidos mirones. Molesto, suspendí el partido y me dirigí al interior del instituto. Con la ayuda del equipo directivo localizamos unos rastrillos y unas bolsas de basura con los que reintenté organizar la recogida.
    Para mi sorpresa, apenas un alumno de entre muchas decenas se ofreció a ayudar de buen grado. Los demás miraban, se reían, decían que menganito quería ayudar y se sorprendían cuando les pedía colaboración, como si fuera una humillación inaceptable agacharse y meter las hojas húmedas en sus bolsas. Sólo cuando les amenazaba con algún tipo de sanción o perjuicio a quienes, además de no colaborar, se chanceaban de la situación, fui consiguiendo una cierta respuesta. Lentamente algunos chavales más se fueron implicando por sí mismos. Eso sí, a poco que me descuidara, el palo del rastrillo acababa en la cabeza de alguien, las bolsas medio llenas volvían a volcarse o las hojas re invadían el campo... Pensarán que exagero, pero no crean. Volví a clase con un sentimiento penoso: no solo por la poca participación sino por la tristeza de sospechar que la mayoría de la gente, en el patio como en la sociedad, cree sentirse mejor cuando no colabora que cuando sí.
    Justo lo contrario de lo que me tocaba explicar sobre Aristóteles unos minutos después. Por último año, todos los alumnos de 2º de Bachillerato han de dedicar un tiempo a las reflexiones del estagirita sobre la sociedad, ya saben, la preeminencia de lo colectivo, la búsqueda de la felicidad, el bien común, la subordinación de la ética a la política, la satisfacción derivada de hacer las cosas bien, en fin, nada que ver con lo que acababa de vivir en el patio. ¿Será por esto que quitan la Historia de la Filosofía, porque lo que decían esos señores ya no sirve de nada en este mundo en que vivimos tan ensimismados en nuestras cuitas particulares? ¡Qué desazón!

    Los profesores de Filosofía no somos una parte accidental del sistema educativo

    Les confesaré que me sentía un imbécil intentando explicar lo del holismo, el organicismo, la phronesis o la politeiasin referirme a las dichosas hojas. ¿Acaso la Política de Aristóteles no se caracteriza por su carácter pragmático, en contraste con el utopismo de su maestro Platón? Como habíamos dedicado alguna clase previa a la amistad según la Ética a Nicómaco, utilicé una de sus frases: “Cuando los hombres se aman unos a otros no es necesaria la justicia”, para lanzar algunas cuestiones al vuelo: ¿puede funcionar la recogida de hojas sin amenazas, leyes ni normas (justicia), exclusivamente por la satisfacción de participar de algo que a todos nos beneficia? ¿Son los ciudadanos más felices cuando se sienten parte activa de su comunidad y disfrutan del trabajo bien hecho o, por el contrario, la felicidad mayor estriba en la habilidad para escaquearse y burlarse del trabajo ajeno? ¿Lo que valía en la Grecia antigua sigue siendo válido en lo sustancial o hemos mutado? ¿Para bien o para mal?
    No sé muy bien si son preguntas éticas o dianoéticas pero sí que me parecen necesarias, por mucho que a Aristóteles le expulsen de los currículos. Los profesores de Filosofía, desde donde nos dejen, no somos una parte accesoria o accidental dentro del sistema educativo, porque la educación cívica y política de las próximas generaciones es más urgente que nunca vistos los desafíos que nos depara la convivencia intercultural. Desde la tarima o desde el recreo, no importa —uno sospecha que lo aparentemente irrelevante a veces es lo principal—, estamos obligados a recordar a la sociedad que la educación filosófica, artística y literaria es imprescindible para no resignarnos a que nuestros hijos sean de los que se quedan mirando mientras los demás se mojan las manos para que ellos puedan seguir jugando.
    Vicente Carrión Arregui es profesor de Filosofía en el IES Fray Pedro de Urbina de Miranda de Ebro, Burgos.

    sábado, 13 de febrero de 2016

    EDUCACIÓN. "Un país mal-educado"

       En "revistamercurio" (enero, 2016):

    Un país mal-educado

    AROA MORENO  |  MERCURIO 177 · TEMAS - ENERO 2016

    ¿Es cierto que los estudiantes salen cada vez peor preparados de la escuela? Hagamos memoria y análisis a través de los libros para analizar sus logros y fracasos
    © Astromujoff
    © ASTROMUJOFF
    Cuál es el mayor bien y la mayor riqueza que puede tener un hombre ante los demás hombres? La educación”. Esta frase abre el libro Cartilla Moderna de Urbanidad (E.D.T., Barcelona, 1929) en su versión para niños, repetida en la versión para niñas. Pero no nos engañemos, eran los manuales que se utilizaban en la escuela en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, sexistas, religiosos y clasistas. ¿Qué ha pasado con la educación desde entonces?
    En 1926 se publica en la editorial Magisterio Español Viaje por las escuelas de España,reeditado en 2006 por la Junta de Castilla y León, una serie de artículos escritos por el periodista Luis Bello. En aquel momento, un millón de niños no estaban escolarizados en España y la tasa de analfabetismo se situaba en torno al 43% de la población: “Mesitas rotas, bancos cojos, tinteros mellados, polvo, manchas de humedad… No es amable ni grata la escuela de hoy”.
    De todas las reformas que emprendería la Segunda República a partir de 1931, la estrella fue la enseñanza. Una escuela pública, obligatoria, laica, mixta e inspirada en la solidaridad humana. Un periodo fructífero e intenso.
    Nuestra escuela, en lugar de ser un espacio para el aprendizaje de procedimientos y técnicas repetitivas e infalibles, debe prepararse para formar a hombres y mujeres con un pensamiento crítico e independienteLa educación, como la poesía, esa arma cargada de futuro, ha resultado una herramienta útil para los diferentes gobiernos y desgobiernos. Los maestros de la Segunda República fueron duramente represaliados y enviados al exilio, y su escuela, como se conoció entonces, destruida. Ya en la posguerra, la educación adquiere un carácter nacional-católico partiendo de las ideas de José Antonio Primo de Rivera. Obligatoria, gratuita y separada, de nuevo, por sexos.
    La evolución de la educación en España ha sufrido demasiados vaivenes. Nunca se ha conseguido un verdadero pacto de Estado. Sostiene el filósofo y pedagogo José Antonio Marina en su último libro, Despertad al diplodocus (Ariel, 2015), que hay que reclamar a los partidos su programa educativo y los plazos para cumplirlo. En poco tiempo, con fondos similares a los previos a los recortes, podríamos situar nuestra educación a la altura de las mejores de Europa. Marina recuerda que en España todos los menores están escolarizados y que tenemos más de 650.000 docentes pero que, aun así, somos incapaces de educar. ¿A qué se debe esta mediocridad?
    Para repasar el devenir de la educación en nuestro país, analizando las doctrinas y las prácticas pedagógicas, y a la vez la razón de ser y los modos de vida de cada etapa, desde la tradición romana hasta el siglo XX, es interesante acudir al ensayo del profesor Alfonso Capitán Díaz, Breve historia de la educación en España (Alianza, 2002).
    “Des-educados”
    Si uno de los grandes intelectuales del siglo XX, Noam Chomsky, acierta cuando afirma, en su libro La (des)educación (Austral, 2012), que la educación es responsable de formar estudiantes que asuman “ensanchar los horizontes de la democracia y de la ciudadanía, construyendo un mundo menos discriminatorio, más democrático, menos deshumanizado y más justo”, habría que revisar las bases de la nuestra para hallar las razones que la han llevado a una completa desintelectualización.
    Según los resultados de los informes internacionales estamos asistiendo en los últimos años a un declive abrupto de la instrucción, fruto de los cambios curriculares improvisados y los recortes presupuestarios. La educación de nuestro país, la universal que por derecho constitucional desde 1978 deben recibir todos los menores de dieciséis años, ha sido víctima desde hace tiempo de un formidable desprecio.
    Revisando la educación hoy
    La catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona, Victoria Camps, premio Espasa de Ensayo, afirma en su último libro, Creer en la educación (Península, 2015), que el problema fundamental es la falta de fe: “Se ha perdido el norte, se ha caído en la indefinición y se ha olvidado el objetivo fundamental: la formación de la personalidad. Urge volver a valores como el respeto, la convivencia, el esfuerzo, la equidad o la utilización razonable de la libertad”.
    En su ensayo Heducación se escribe sin hache (Debate, 2014), el profesor Ángel Santamaría analiza las diferentes reformas, nunca consensuadas, que prometen arreglarlo todo, para quedar al albur de los cambios políticos.
    En Cuestión de educación (Debate, 2015), la periodista Inés García-Albi se aparta de las visiones catastrofistas y niega eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Cada época debe educar a sus estudiantes para el mundo que les ha tocado en suerte, por eso insta a reflexionar sobre la pregunta de si estamos educando a nuestros hijos para el mundo en el que viven y vivirán. “En España —escribe García-Albi— aún no tenemos claro el modelo educativo que queremos y seguimos con discusiones ideológicas que nada tienen que ver con resultados académicos y el avance hacia una sociedad del conocimiento”.

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    Echar a Marx del instituto
    La LOGSE, la LOE y la LOMCE son las siglas de las tres reformas de la educación aprobadas en democracia. La última de ellas, la LOMCE, reduce la asignatura de filosofía de forma sustancial en los programas, donde pasa de ser una materia obligatoria a optativa, lo mismo que pasó con el latín, que de formar parte del currículo de Secundaria tuvo que convertirse en una posibilidad llamada Cultura Clásica. Actualmente, un estudiante puede acabar a los 16 años sin saber nada acerca de los fundamentos que estructuran el pensamiento occidental, desde Aristóteles hasta Marx.
    El escritor Antonio Muñoz Molina abordaba de alguna forma esta cuestión en un artículo publicado en el diario El País en octubre de 2015, afirmando que la supresión de la filosofía de la enseñanza no quiere decir que se haya favorecido el conocimiento científico: “El analfabetismo unánime sigue siendo la gran ambición de la clase dirigente y de la clase política en España”.
    El filósofo, político y profesor universitario italiano Massimo Cacciari afirma en su último libro, Labirinto filosofico (Adelphi, 2015), que Europa está masacrando las humanidades de acuerdo con la premisa “lo pasado, pasado está”. Pero, según sostiene Cacciari, el pasado forma parte de cualquier proyecto de futuro. Al marginar la filosofía y las humanidades, Europa se está destruyendo a sí misma.
    El filósofo José Luis Pardo, Premio Nacional de Ensayo por su libro La regla del juego (Galaxia Gutenberg, 2004), alerta en un artículo titulado “La dudosa modernización de la educación superior”, de la banalización de las humanidades: “Así como las ciencias han de adaptarse a la nueva lógica del mercado global, las letras han de conformarse a la nueva lógica del mercado político (no menos global) de las identidades culturales: las filologías, la historia (incluida la del arte), la filosofía, la antropología cultural o la sociología encontrarán su porvenir en su desmembración en una colección de preferencias privadas que convertirán, pongamos por caso, a Stendhal o a Aristóteles en emblemas de una determinada identidad cultural, religiosa, sexual o lingüística”.
    Escribía el lógico, filósofo y escritor Bertrand Russell, en su libro Sobre educación (Austral, 2013), que los educadores, más que cualquier otro profesional, son los guardianes de la civilización y la educación debe ser la raíz del progreso de la misma. Nuestra escuela, en lugar de ser un espacio para el aprendizaje de procedimientos y técnicas repetitivas e infalibles, debe prepararse para formar a hombres y mujeres con un pensamiento crítico e independiente, que razonan sobre todo lo que se oculta tras las explicaciones que les dan y que buscan otros mundos posibles.