Rodolfo Walsh
Todos los cuentos del escritor argentino, desaparecido durante la dictadura de Videla, son publicados por la editorial VeintiSieteletras. Si queremos saber más del narrador y periodista, ver entrada de este blog, más abajo, de ayer, 21 de marzo.
Reproducimos uno de sus mejores cuentos:
ESA MUJER
El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N...
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
-Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-Dos.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.
(Fuente: ciudadseva.com)
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lunes, 22 de marzo de 2010
domingo, 21 de marzo de 2010
PRENSA. POESÍA. Rodolfo Walsh. Juan Gelman
Rodolfo Walsh ("El País")
Hoy, en "El País":
Rodolfo Walsh, la prosa del gaucho
Los cuentos completos del escritor se editan en un solo volumen
CAMILO SÁNCHEZ - Madrid - 21/03/2010
"Me pregunto qué sería / de la belleza de Rodolfo ahora / esa belleza en vuelo lento / que le iba encendiendo los ojos". Estos versos de Juan Gelman hablan del periodista y escritor Rodolfo Walsh (Choele-Choel, Argentina, 1927), desaparecido por los esbirros del dictador Videla, el 25 de marzo de 1977, tras un tiroteo en el cruce de las céntricas calles San Juan y Entre Ríos, en Buenos Aires.
Más de 30 años después, la calidad de su escritura ha sabido derrotar los escollos del tiempo. Tras la reciente publicación en España de Operación masacre y ¿Quién mató a Rosendo? (451 editores), sendos ejemplos de periodismo de investigación, se editan por primera vez en un solo tomo los cuentos completos del escritor argentino, bajo el sello de la joven editorial VeintiSieteletras.
Rodolfo Jorge Walsh escribía con la meticulosidad de un relojero suizo. Tachaba, rehacía y corregía una y mil veces buscando la síntesis en su escritura; muy alejada de lo que se escribía entonces en América Latina. "Soy lento: he tardado 15 años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima", escribía el reportero en 1968. La compilación incluye una joya poco conocida: Esa mujer, escogido hace unos años, por más de 50 escritores, como el mejor cuento del siglo XX en Argentina. Por encima de El Aleph de Borges.
El relato se ha convertido en una referencia para la crítica argentina. Escrito en 1966, cuando ya era conocido como el mejor narrador de su generación, reconstruye un suceso policial con trasfondo político. En palabras del escritor Rodrigo Fresán, el cuento es una verdadera hazaña: "La forma de destilar el relato, al estilo del mejor Henry James, una historia de fantasmas sin fantasmas, con la dicción y el ritmo de Hemingway, es magistral".
Tiene un valor añadido porque en esa etapa de su vida empieza a desentrañar aspectos de la relación entre los militares y el pueblo, "entre la realidad y la creación, en términos que ya no son los de 1957", explica el veterano periodista argentino Horacio Verbitsky.
Tanto en sus reportajes y crónicas como en los cuentos, rehuía de las certezas y gustaba escarbar en las complejidades. De los cuentos policiales de inicios de su juventud, a los que poca importancia adjudicaba al final de su vida, pasó a escribir historias relacionadas con su pasado, ambientadas en el campo argentino, donde vivió parte de su infancia. "Es interesante ver cómo transita del divertimento de las narraciones policiales a textos más serios, con investigaciones más profundas", apostilla Fresán.
El humor sutil, heredado de sus ancestros anglosajones (Poe y Bierce, entre otros); la reconstrucción prolija del habla popular (al mejor estilo de Joyce), elaborada desde una mirada culta, y la limpieza de su escritura, son características de un verdadero "maestro de la palabra, un estilista", afirma su editor en Ediciones de la Flor, Daniel Divinsky.
La de Walsh es una prosa diáfana, precisa, que tiene un ritmo interno que "permite al lector deslizarse con facilidad por el texto", explica Juan Gelman. Para Horacio Verbitsky, la obra literaria del autor de Caso Stanowsky sólo se puede medir con la de sus compatriotas Borges y Cortázar.
Tratar de separar el compromiso político y la investigación periodística de sus cuentos es tarea difícil. Para algunos estudiosos de su obra, Walsh absorbió en sus relatos de ficción los recursos periodísticos. Al igual que al sevillano Manuel Chaves Nogales y a Truman Capote, se le ha etiquetado, en alguna ocasión, como uno de los precursores del nuevo periodismo. Queda claro, sin embargo, que fue tan buen cronista como narrador.
Escritores y conocedores de su obra coinciden en elogiar la calidad de sus cuentos: bien sea los relatos que evocan los internados irlandeses de su infancia, o Fotos, un cuento de corte más experimental. "Las narraciones de Walsh derivan su eficacia política de su maestría literaria", escribe José Emilio Pacheco en un prólogo de los años ochenta.
Rodolfo Walsh dejó la literatura a principios de los setenta. Pasó a la clandestinidad con la guerrilla de Montoneros y luego, inconforme con la cúpula de la formación insurgente, se retiró a un pueblo de provincia donde se hacía pasar por profesor de inglés (según García Márquez, Walsh tenía aspecto de "pastor protestante").
En realidad nunca dejó de escribir; como diría Ricardo Piglia en 1970, Walsh era un "adicto a la literatura". En sus diarios deja clara su intención de escribir una novela que tenía en mente. Quería que se dividiese en varios cuentos y que abarcara la historia argentina desde 1860 hasta mediados del siglo XX. El último cuento que escribió, Juan se iba por el río, fue arrebatado de su casa por los militares y a duras penas se sabe de su existencia. También dejó truncado su deseo de plantar una doble hilera de álamos plateados en su estancia rural. "Cuando el viento mueve las hojas, suenan como lluvia fina", dijo a Lilia Ferreira, su esposa, la noche del 24 de marzo del 77.
A continuación, el poema completo de Juan Gelman, con el que comenzaba la información periodística anterior:
Nota VI
me pregunto qué sería
de la belleza de rodolfo ahora/
esa belleza en vuelo lento
que le iba encendiendo ojos/
si volaría o no volaría
esta vez que nos derrotaron
por soberbios y arrepentidos/
pero tal vez sí volaría/
o volaría triste triste
corriendo el mundo con la mano
para mostrar los compañeros
que cayeron por la belleza
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Walsh
PRENSA. 21 marzo 2010
En "El País":
1. Para Serrat. Columna de Manuel Vicent.
2. ¿Fue asesinado Caravaggio? Reportaje de Miguel Mora. Un equipo rastrea el ADN del pintor en restos óseos para esclarecer su fallecimiento.
3. Rodolfo Walsh, la prosa del gaucho. Por Camilo Sánchez. Los cuentos completos del escritor se editan en un solo volumen.
4. Divorciarse a los 70 años, ¿por qué no? Reportaje de Joaquina Prades. La mayor convivencia tras la jubilación conduce a las parejas menos estables a la ruptura conyugal - La elevada esperanza de vida ha disparado las separaciones una vez cumplidos los 65.
5. "Vergüenza y remordimiento". Por Miguel Mora y Mónica Andrade. Benedicto XVI condena los abusos sexuales contra menores en Irlanda.
6. La fama en 140 caracteres. Reportaje de Verónica Calderón. La red social Twitter convierte a personas anónimas en conocidos reporteros - La celebridad puede durar 15 minutos o proporcionar recursos económicos.
7. Catarsis y curación. Artículo del escritor Rafael Argullol.
8. El juez Garzón y la elegía. Artículo de Fanny Rubio, escritora y catedrática de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid.
9. El precio más importante. Columna de Moisés Naím, sobre el cambio climático.
10. Leer. Columna del escritor Luis Manuel Ruiz.
1. Para Serrat. Columna de Manuel Vicent.
2. ¿Fue asesinado Caravaggio? Reportaje de Miguel Mora. Un equipo rastrea el ADN del pintor en restos óseos para esclarecer su fallecimiento.
3. Rodolfo Walsh, la prosa del gaucho. Por Camilo Sánchez. Los cuentos completos del escritor se editan en un solo volumen.
4. Divorciarse a los 70 años, ¿por qué no? Reportaje de Joaquina Prades. La mayor convivencia tras la jubilación conduce a las parejas menos estables a la ruptura conyugal - La elevada esperanza de vida ha disparado las separaciones una vez cumplidos los 65.
5. "Vergüenza y remordimiento". Por Miguel Mora y Mónica Andrade. Benedicto XVI condena los abusos sexuales contra menores en Irlanda.
6. La fama en 140 caracteres. Reportaje de Verónica Calderón. La red social Twitter convierte a personas anónimas en conocidos reporteros - La celebridad puede durar 15 minutos o proporcionar recursos económicos.
7. Catarsis y curación. Artículo del escritor Rafael Argullol.
8. El juez Garzón y la elegía. Artículo de Fanny Rubio, escritora y catedrática de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid.
9. El precio más importante. Columna de Moisés Naím, sobre el cambio climático.
10. Leer. Columna del escritor Luis Manuel Ruiz.
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