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jueves, 4 de junio de 2015

PRENSA. Entrevista a Darío Villanueva, director de la RAE

   En "El País Semanal":

El director de la RAE: “Necesitamos un diccionario de nativos digitales”

Darío Villanueva busca el nuevo rumbo que debe encauzar la institución que limpia, fija y da esplendor al idioma español


Darío Villanueva, director de la Real Academia Española. / JORDI SOCÍAS

Aunque lo cuenta en ese tono medidamente sosegado, la determinación que Darío Villanueva muestra para el futuro de la Real Academia Española (RAE) no carece de ambición. Habla de refundación, de digitalización, de elaborar el primer diccionario para nativos digitales. Habla de paridad, de continuar con la lógica de las cosas en cuanto a incorporar mujeres y, por supuesto, como sus tres inmediatos antecesores, de América… Ingresó en la RAE con 57 años, cree que la institución necesita de un equilibrio de edades y un amplio espectro de saberes. Fue rector de la Universidad de Santiago de Compostela, mezcla entre sus disciplinas la pasión por la literatura y la pulsión por la semiótica, la retórica y la sociedad de la información. Astur-galaico, luce un talante de humildad determinante y una medida ambición que transborda al futuro.
Ya ha pasado casi seis meses en el cargo. ¿Con qué se ha encontrado como sorpresa? Fundamentalmente, la importancia que tiene la dimensión americana del puesto. La Real Academia Española preside la Asociación de Academias y eso significa que es la voz de todas ellas ante determinadas instancias. Por ejemplo, los Gobiernos de aquellos países que cuentan con una. Ahora somos 22, a la espera de la incorporación de la nueva institución ecuatoguineana, que se constituirá antes de final del año.
La dimensión americana es lo que más asombra a los que han ejercido este cargo en pleno siglo XXI. Pero pensaba que pese a haber sido secretario unos años y conocer a fondo las cuentas, lo que más le había sorprendido era el dinero. ¿Cómo van esos recursos? Yo conocía la situación a fondo, tenía información de primera mano. Por lo tanto, si hablamos de sorpresas, en ese sentido, ninguna.
Los antiguos directores podían haberse guardado algún secreto. No, en este caso, nada. La información era de mi dominio.
¿Cuál es esa situación? Que la RAE tiene tres fuentes de financiación: una asignación del Estado que en el momento más boyante nunca superó el 50% del total del presupuesto. En los últimos tres años, esa asignación ha decrecido un 60%, unos dos millones de euros. Otra fuente de financiación eran las obras de la Academia, diccionarios, ortografías, gramáticas y de otro tipo, incluidas las literarias. También en relación con esto nos enfrentamos a un escenario de crisis. Todos sabemos lo que está ocurriendo dentro del mundo editorial… Las ventas son muy inferiores a lo que eran 12 o 13 años antes. Por último, otra fuente de ingresos es la que procede de la Fundación Pro-Rae, en la que están metidas desde las empresas del Ibex a las comunidades autónomas y también benefactores particulares. Los rendimientos de dicha fundación también han disminuido.

Tenemos que abordar el diccionario de los nativos digitales”
Mal momento, entonces. Es una situación de crisis que compartimos con el resto de los españoles, no íbamos a permanecer al margen. Pero, en suma, la RAE no se encuentra endeudada. De la época de las vacas gordas, digamos, con una gestión muy eficaz y muy austera porque esta institución nunca fue manirrota, gozamos de unos remanentes propios para poder sortear esta etapa en la que vivimos una situación de déficit entre ingresos y gastos que asciende a unos dos millones de euros.
Pero ha dicho que las cifras de venta son muy malas. Del último Diccionario, desde octubre a esta parte, se ha vendido en España la quinta parte de ejemplares de los anteriores en el mismo periodo en el año 2001.
¿Cuánto hace que no abre usted un diccionario de papel?Lo sigo haciendo porque en las reuniones que tenemos trabajamos con un ejemplar de papel.
Sí, pero si está usted trabajando en su despacho con el ordenador…, ¿cuánto tiempo hace que no lo abre? Claro, claro que sí, es evidente. Nosotros en ese sentido no mostramos una actitud plañidera. Hicimos un simposio sobre la situación de los diccionarios en la era digital el pasado noviembre. Los editores europeos nos dijeron que el mercado de la lexicografía había experimentado un decrecimiento del 60% en los últimos años. En ese sentido, estamos contentos por haber tomado la decisión –en su momento controvertida– de digitalizar nuestro diccionario y dejarlo en línea gratuitamente. Hoy está posicionado como el más visitado, tenemos ese espacio ocupado con una cantidad de visitas espectacular que está en más de 45 millones de visitas en el mes de abril, más que en 2014, cuando tuvimos 41 millones. Rozamos los 10 millones de visitantes únicos. A través de los datos que nos proporciona Google Analytics, sabemos de dónde proceden esas consultas. Y a través de qué dispositivo se hacen. En este momento, los teléfonos inteligentes están casi a la altura de los ordenadores.
¿Los smartphones? Sí, pero yo los llamo teléfonos inteligentes.
Como también ha dicho Google Analytics… Porque es un nombre de marca, en ese caso no tiene traducción. El caso es que entre los teléfonos inteligentes y los ordenadores suman un 84%.
Dios mío, la tecnología. ¿Nos va a dar muchos disgustos lingüísticos? Tendremos que encajarlos. Lo que no toca es adoptar posturas numantinas ni apocalípticas.
¿Por dónde habría que empezar? Por el Diccionario. Para ello, aparentemente, la tarea es muy sencilla. Hace 10 años agarramos uno gutemberiano, es decir, un libro, y lo adaptamos en la Red. Ahora se trata de lo contrario.
Así que, en su caso, si hacemos un paralelismo entre aquello que Fernando Lázaro Carreter le dijo a su sucesor, Víctor García de la Concha, de que se centrara en América, a usted, su antecesor Blecua le habrá encomendado: “Darío: digitalización”. Francamente, eso es algo que yo aporté modestamente como secretario. No necesitaba que nadie me lo dijera. Soy un gran admirador de Marshall McLuhan, a mí siempre me ha fascinado vivir un cambio de paradigmas tan profundo como el presente.
¿Cuál es el nexo de McLuhan a Valle-Inclán, a quien usted también ha estudiado? O de Valle-Inclán a McLuhan… Pues fíjese, si debo elegir al escritor español que más pronto se dio cuenta de cuál iba a ser la revolución que traería consigo el cine, no solo en el ámbito del propio invento, sino también en su vertiente estética en relación con la literatura, le diré que fue Valle-Inclán. Hasta el extremo de que no se puede entender su teatro ni su narrativa desde fuera de una concepción cinematográfica.


Darío Villanueva: "La academia se nutre del prestigio de sus miembros". / JORDI SOCÍAS
Y como estudioso del Quijote antes del cine, materia de su discurso de ingreso en la RAE, ¿no cree que la RAE tendría una buena adaptación a la pantalla? ¿Por qué? 
Es la guinda, el reconocimiento del prestigio en muchos sentidos, con poder e influencia probados dentro de la sociedad, e interesante en ese aspecto. Siempre que rejuvenezcamos un poco el reparto, porque las dos últimas incorporaciones –Clara Janés y Manuel Gutiérrez Aragón– ya han cumplido los 70 años. Pero no los anteriores, ni Aurora Egido, ni Inés Fernández-Ordóñez, ni Pedro Álvarez de Miranda. Los dos últimos, es cierto, pero ha habido académicos que entraron muy jóvenes.
El récord de Muñoz Molina sigue vigente, pero ya se remonta a 1996. En ese sentido no existe ninguna disposición tácita o expresa a favor de que en la Academia entren personas de una trayectoria muy consolidada.
¿Ocurre que al entrar, quizá porque imponga mucho la solemnidad del lugar, se les amansa un poco la fiereza?Depende de las personas. No veo que le ocurra a un Javier Marías o a un Arturo Pérez-Reverte, un José Luis Sampedro, tan ligado a movimientos juveniles… Yo no generalizaría. Quizá el problema está en la cierta pompa, no excesiva, que se vive en el acto de ingreso. La Academia se nutre del prestigio de sus miembros, que responden a ese lema: limpia, fija y da esplendor. Yo no soy de los que limpian ni dan esplendor, pero aquí estoy. Esos grandes nombres de letras probablemente den más a la institución de lo que ellos reciben.
Ahí ha sufrido un ataque de humildad galaico-asturiana. Si quiere llamarlo así…
No concuerda con su currículo. Ha sido usted muchísimas cosas ya, aparte de lo que nos ocupa: rector de la Universidad de Santiago, presidente de la Sociedad General de Literatura Comparada, de la de Teoría de Literatura, de la Sociedad Española de Semiótica, de la Twentieth Century Spanish Association of America… Sí, llevo una vida bastante cumplida. Aunque yo entré en la Academia a los 57 años, que no es una edad juvenil, pero tampoco excesivamente avanzada. Ese equilibrio es bueno, los grandes lingüistas son los que contribuyen a fijar, pero los grandes escritores e intelectuales son los que le dan el esplendor. Y en nuestra sociedad de medios, ese esplendor es absolutamente necesario. Los que no lo damos no tenemos por qué sentirnos acomplejados por eso, sino reconocer las cosas como son. Lo más sublime que se puede hacer con las palabras es la creación. Quienes disponen de ese don me resultan realmente admirables.
¿Por qué suele existir esa reserva por parte de los grandes teóricos de la literatura de no meterse en la creación? Para mí, la creación tiene técnica, oficio y algo de prodigio. Las dos primeras se aprenden; la última, no. Pero no son incompatibles.
A esas tres cualidades, ¿hay que añadir también la inconsciencia de atreverse? Sí, efectivamente, un cierto impulso vital, con mucha seguridad en uno mismo, para dar un paso porque no nos olvidemos que durante mucho tiempo los escritores fueron una especie de parias sociales, con los estigmas de muerto de hambre, una desgracia para cualquier familia que le saliera un hijo escritor cuando prometía para otras cosas.
¿Cómo se gobierna a estos señores tan suyos? Poetas, dramaturgos, novelistas, cineastas, filólogos, arquitectos, médicos, científicos, juristas, periodistas… En fin. Se les gobierna en la medida en que ellos se dejan. Esa es la clave. Una tarea que parte de la concepción humilde de donde viene la autoridad que el director de la RAE tiene. Hablo de mí, no por falsa humildad galaico-asturiana, cuando miro atrás y veo nombres de antecesores, se me encoge el ombligo. Prefiero no pensar en el parangón.
Tengo que preguntarle por la cuota femenina en la RAE. Siete mujeres de 46 integrantes no parece equilibrado. Sí, pero desde que entré, aunque ya estuviera previsto, el porcentaje de hombres y mujeres ha estado al 50%.
¿Y lo va a conservar? No es una paridad escrita ni acordada estatutariamente, pero responde a la lógica de las cosas. No hay por qué pensar que regresemos a la ilógica de una situación como la que se produjo desde la creación de la Academia hasta el ingreso de Carmen Conde en 1979. Aunque, por cierto, en la francesa, la primera mujer en entrar fue Marguerite Yourcenar, después de Carmen Conde aquí… Lo que debo decir es que las académicas son extraordinariamente activas. Una vez que se ha alcanzado la velocidad de crucero hacia el sentido común en ese ámbito, no tengo motivos para pensar que se nos vaya a torcer el camino.

Darío Villanueva

Vilalba, Lugo, 1950. Se doctoró en Filología Románica (por la Universidad de Santiago de Compostela) y Española (por la Autónoma de Madrid). Ejerció como rector en la Universidad gallega (arriba, imagen de aquellos tiempos) e ingresó en la Real Academia Española en 2007 con un discurso sobre El Quijote. En 2010 fue designado secretario de esta y desde 2015 la preside. Experto en literatura, ha ahondado en el estudio de Valle-Inclán, así como en campos que tienen que ver con la semiótica y la sociedad de la información. En su labor como presidente de la Asociación de Academias de la Lengua, que reúne a 22 pertenecientes a América, España y Filipinas, se propone ahondar en la unidad del español.
¿No resulta más útil cualquier veinteañero creador de apps que un filólogo en ese nuevo rumbo hacia la digitalización?Unos y otros. Independientemente de que los filólogos y los no filólogos han asimilado perfectamente las nuevas tecnologías. Ya contamos con lingüistas como Guillermo Rojo, especialista en informática desde los años setenta. Yo lo recuerdo trabajando con fichas perforadas, viene de allá. No hay que pensar que esta es una alquimia exclusivamente accesible a los veinteañeros.
Pero mueven el mundo con su nueva mentalidad. Por eso debemos abordar ahora el diccionario de los nativos digitales.
Mal irán si en las sesiones siguen pasando páginas y no incorporan tabletas. ¿O sí?Muchos nos lo llevamos en los dispositivos. Pero el pleno es la quintaesencia del trabajo académico. Ahí discutimos cuestiones últimas o primeras sobre qué incluimos. Entre una cosa y otra queda un trabajo larguísimo en el que intervienen los académicos y quienes no lo son, el personal con que contamos. Desde los años noventa, utilizamos la tecnología a tumba abierta. El corpus del español del siglo XXI consiste en que cada año introducimos unos 25 millones de formas en las memorias de nuestros ordenadores. No de palabras, sino de realizaciones de estas en todo el mundo. Fuentes orales y escritas. Disponemos de un repertorio que está llegando a los 300 millones de formas solo desde que lo registramos. Es lo que nos sirve para debatir.
¿Dónde gravita hoy la órbita del poder del español? ¿No se muestran en América recelosos por aumentar su influencia? Hay Gobiernos que apuestan más por ese campo. El español, con un recorte del 60% en apoyo tanto a la RAE como al Cervantes, ¿no se muestra, como mínimo, rácano? Es un problema complejo. A veces detectamos por parte de los Estados poco interés en cumplir los acuerdos, aunque estos se basan en la austeridad. Lo que dices es así. Pero institucionalmente las Academias están regidas por la española gracias a un acuerdo válido desde que se formó la institución en 1951.
¿Desde entonces nadie lo ha querido cambiar? De manera formal, no.
¿Y en el ámbito conspirativo? Estoy aterrizando como presidente de la asociación de academias. Desde esa posición es desde la que tendré más información al respecto. Claro que cabe esa posibilidad, pero eso tendría que pasar por una transformación profunda de sus estatutos que requeriría prácticamente unanimidad. Y, por el momento, no creo que sea posible. Nuestra tarea presente en la asociación consiste en ejercer una política panhispánica. No todo es la demografía, no podemos dejarnos influir por el número de hablantes de los países más poblados o no. Nuestras decisiones se toman dentro de un amplio consenso, que por el momento no se ha roto. El resultado ha sido muy beneficioso. Yo creo que la unidad del idioma, que es en este momento altísima, se ha conseguido, en parte, gracias a esa labor de las Academias.
¿Qué quería ser de niño? Creo que quería ser sencillamente niño, estaba tan imbuido en ello que no pensaba en nada más.

No debe torcerse el rumbo de ingresos con paridad en la RAE”
¿Carpe diem? Viví con mucha intensidad mi infancia.
¿Y con espacio para los libros?Sí, desde luego. Tuve la suerte de que mis padres eran grandes promotores de la lectura. Recuerdo como primeros regalos importantes, aparte de la bicicleta, el balón de baloncesto o la raqueta de tenis, libros como la suscripción a la colección Crisol, a los seis o siete años.
¿Los conserva? Sí, los conservo. Los Crisol y los Crisolín, de la editorial Aguilar.
¿Junto a cuántos ejemplares en su biblioteca? Unos 30.000, en varias bibliotecas…
Eso es un sedimento para alguien especial, ¿cómo se ve usted a sí mismo? No como algo extraño. La conclusión que viene de unas premisas previamente asentadas: un niño lector, un estudiante de filología, un profesor de literatura y, ahora, un director de la RAE.
¿Un director de la RAE que lo disfruta? Enormemente, de las sesiones, de las travesuras de los académicos.
O de las batallas campales. No diría campales. Mantenemos un juego elegante, pero lo vivimos con intensidad. Es emocionante ver cómo nos enzarzamos en discusiones.
¿La última palabra que ha provocado más tensión? Selfie.
¿Qué hacemos con ella? Creo que conviene esperar un poco porque se trata de una moda reciente. Hay palabras globo, que suben con fuerza y luego se desinflan. Aunque esta ya genera sus adminículos, como palo selfie.
¿Y la que más consenso? Tableta, aunque parezca algo un poco ridículo. Como comprenderá, en eso no nos hemos herniado.

miércoles, 20 de mayo de 2015

PRENSA. "Todas las voces del español". Álex Grijelmo

   En "El País Semanal":

Todas las voces del español

El idioma español es la suma de las maneras de hablarlo, como dejó escrito el filólogo mexicano Antonio Alatorre. Pero ¿conocemos todas sus variedades?

La inmensidad del léxico hispano y su distribución por zonas tiene pendiente todavía un trabajo enciclopédico: el ‘Diccionario del español universal’. Algunos están ya en ello


Escena en Ciudad Juárez (México). La palabra 'desponchadora' (recauchutados) pintada en el neumático anuncia un taller mecánico. / ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))

La lengua española goza de una gran unidad, casi nadie lo pone en duda. Dos hispanohablantes de cualquiera de los países que tienen este idioma como oficial y que acaben de conocerse se entenderán sin problema, a pesar de que de vez en cuando surjan en su diálogo tres tipos de palabras conflictivas (en muy diferente grado):
1. Las que uno de los dos no reconoce como parte de su léxico pero entiende perfectamente, sobre todo porque es capaz de deducir sus cromosomas: un español no se bañará en una “pileta”, pero sabrá a qué se refiere su interlocutor argentino cuando le proponga nadar un rato en ella.
2. Aquellas otras que se desconocen por completo: ¿qué querrá decir un mexicano que se refiere a su achichincle? (ayudante de poca monta).
3. Los términos que se conocen pero no significan lo mismo en según qué sitio (huiremos del verbo que surge de inmediato, pero podemos hablar de la “polla” –apuesta– o de la “cola” –trasero–; o recordar que cuando un venezolano “exige” algo, sólo está rogándolo encarecidamente).
En cualquier caso, se trata de pequeñísimas dificultades que se suelen superar con el contexto. De todas formas, ¿no estaría bien elaborar un Diccionario internacional de la lengua española que contuviese todas las palabras del español general (las que entiende cualquier hablante) y además el término más común o mayoritario en los distintos países y, aparte, los casos en que se dan divergencias entre ellos? ¿Y podría llamarse Diccionario del español universal?

También en la prensa de EE UU en español se busca la unidad”
Pues bien, ese proyecto existe. Desde 1997, y coordinado por el prestigioso lingüista mexicano Raúl Ávila, participan en él 26 universidades de 20 naciones (en España, las universidades de Alcalá y de Almería), algunas de ellas de países que no tienen el español como lengua oficial; pero nadie sabe cuándo se podrá terminar. El proyecto va caminando, y consiste en que esos centros académicos promuevan líneas de investigación que encajen con él.
El empeño se denomina oficialmente Difusión del Español por los Medios (DIES-M), un título modesto: ante la imposibilidad de abarcar con un sentido científico el vasto mundo del idioma, los filólogos involucrados se han dedicado a analizar el vocabulario de los medios de comunicación de todos los países, para extraer sus afinidades y sus divergencias. De momento, ya han comprobado que más de un 90% del léxico forma parte del “español general” (esas palabras como mesa, silla, soñar, dormir…). Y que también se dan divergencias, por supuesto; escasas, pero que acarrean sus problemas.
Juan Villoro, escritor y periodista mexicano, recuerda una anécdota de su compatriota José Emilio Pacheco, premio Cervantes en 2009. El poeta, fallecido en 2014 a los 74 años, solía contar su experiencia en un hotel de Madrid donde nadie entendió que pidiera “un plomero para componer la llave de la tina”. Lo que necesitaba, claro, era “un fontanero para reparar el grifo de la bañera”.
“En una sola frase”, explica Villoro, “casi todas las palabras eran distintas. Sin embargo, creo que normalmente se exageran las diferencias de vocabulario que se dan entre los países hispanos, pues la confusión suele ser más divertida que la claridad”.


Fotografía tomada en Argentina, con una escultura de León Ferrari. / ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))
Ese futuro diccionario que ahora parece más bien un sueño contendrá algún día el listado de las miles y miles de palabras comunes (“cabeza”, “zapato”, “bosque”, “casa”…) y también el de las variantes con mayor número de usuarios cuando se den distintas opciones para un mismo concepto; pero se cruzará este último dato con la dispersión del vocablo (es decir, con el número de países donde se emplee, pues no se considera suficiente con ganar por cantidad de hablantes, que para eso México se bastaría en la mayor parte de los casos). Por ejemplo, entre las variantes “acera”, “vereda”, “andén”, “sendero” o “banqueta” (todas las cuales nombran lo mismo), la ganadora sería “acera”, como se dice en España y otros países. Sin embargo, tanto España como México, que suman más de 144 millones de hablantes, perderían la batalla ante las opciones “ordenador”, “computador” y “computadora”. Ganaría “computador”, que no se oye ni en México ni en España.
En España se dice “coche”. Pero “carro” en México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Perú. En Cuba usan “máquina” (también en la República Dominicana y Puerto Rico), mientras que “auto” se oye con mucha frecuencia en Argentina, Chile y Uruguay. Ahora bien, en todos esos países se conoce como equivalente general la palabra “automóvil”. Ésta sería, por tanto, la voz adecuada para un texto que aspirase a ser recibido como natural por el 100% de los hablantes, aunque sólo a un 35,5% le brote su uso en una conversación.
¿Y para qué serviría este empeño?: para que todos los fabricantes de aparatos o todos los laboratorios farmacéuticos o todos los subtituladores de películas o todos los redactores de noticias que trabajan en español con destino a un público internacional pudieran elaborar un solo manual o prospecto, o una sola traducción, un solo programa de contestación automática verbal en consultas telefónicas de vuelos o de hoteles… Eso implicaría un notable ahorro de costes y de tiempo. Y una mayor eficacia ante los hablantes de las distintas modalidades del español.
El proyecto, en resumen, pretende abarcar el estudio de las principales variantes del idioma, jerarquizadas por su grado de difusión internacional, nacional y regional a través de los medios. De tal modo, quienes fueran capaces de usar ese “español internacional” en la comunicación verían reducidas las barreras léxicas para sus proyectos, ya fueran editoriales, periodísticos o tecnológicos.


Pintadas sobre la pared del interior de una plaza de toros de León, en Guanajuato (México). /ALEX WEBB (MAGNUM (CONTACTO))
Por ejemplo, un traductor que lleve al español una novela del Paul Auster puede escribir en un momento dado la palabra “cerilla”; opción que le sonará extraña y hasta extravagante a un lector de México (quien diría “cerillo”); pero eso no ocurriría si la tradujese como “fósforo” (término usado en España y en casi toda América, y entendido por cualquier hablante). Si se pone “cerilla” en boca de un personaje de Auster, muchos hispanoamericanos pensarán que ha de tratarse por fuerza de un personaje español.
Porque, como sostiene Ávila, “los traductores parecen ignorar que también existen españolismos”. Y ese futuro diccionario habrá de marcar como tales algunos miles de esos vocablos que ahora la Academia muestra como integrantes del español general y que sin embargo sólo se usan en España: “mechero”, “bragas”, “bañador” o “cotillear”, por ejemplo.
José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia, elogia este reto de Raúl Ávila: “¡Todo lo que suponga disponer del mayor número de datos posibles referentes al léxico sea bienvenido! Siempre me ha gustado esta idea de Raúl Ávila”. Pascual entiende que el proyecto no podrá abarcar todo el ámbito del español (el léxico de cada pueblo, de cada aldea). Por ello, “la elección de un amplio corpus de la prensa es lo indicado: no sólo por la comodidad que ello supone, sino porque es el más cercano a lo coloquial, mucho más cercano que, por ejemplo, la lengua literaria”.

Ese propósito de acercar las distintas variantes del idioma se parece mucho a lo que se ha llamado la busca del español neutro. Pero se llegaría a él con una base académica y científica; y no se convertiría en un idioma español de ningún sitio, sino en un idioma de todos o, al menos, de la mayoría. Un léxico común que no se piensa para las obras literarias (donde aflora la riqueza léxica peculiar de cada autor y de su entorno) y que tampoco tiene como objetivo acabar con las variedades nacionales o regionales, sino contribuir a una mayor cercanía de los pueblos hispanos cuando se quieran evitar los malentendidos en una comunicación internacional y masiva.
Los estudios parciales que ya se han ido concluyendo muestran que más del 90% del vocabulario que se usa en periódicos, emisoras y televisiones es entendido en cualquier otro país hispano. El propio Raúl Ávila abordó un estudio en 1994 sobre 430.000 palabras pronunciadas en la radio y la televisión mexicanas y concluyó que el 98,4% de los términos correspondían al español general. Por tanto, el vocabulario diferencial se quedaba en un 1,6%.
Juan Miguel Lope Blanch analizó en el año 2000 un total de 133.000 vocablos del área de Madrid correspondientes a la norma culta, y encontró que el 99,9% era vocabulario común a México. Otro de los estudios acometidos en este proyecto señala que el doblaje de la película La chaqueta metálica hecho en México habría servido perfectamente en España si nos atenemos al vocabulario (no así por el acento, claro). Por tanto, sólo se habría necesitado un trabajo de subtitulación y no dos, según el estudio que hizo el propio Raúl Ávila.
La doctoranda Luana Ferreira, neoyorquina de padres dominicanos, defendió el pasado abril en la City University de Nueva York una tesis (Densidad léxica: estudio comparativo entre la prensa hispana de Estados Unidos e Hispanoamérica) en la que se comparan tres periódicos estadounidenses en español (de Los Ángeles, Miami y Nueva York) con otros tres de la América hispana (México, Colombia y Argentina); y llega a la conclusión de que las palabras marcadas como ajenas al español general suponen menos del 1%. Según se lee en la tesis, se usan 10 anglicismos en la prensa norteamericana por cada 10.000 palabras; y el 99,8% de los vocablos escritos en los periódicos de Hispanoamérica y el 99,7% de los términos de la muestra estadounidense están registrados en el Diccionario de la Real Academia Española. A ello hay que añadir que, por ejemplo, ni “bicisenda” (Argentina), ni “carril bici” (España), ni “ciclopista” (México) figuran en el Diccionario, pero cualquier hispanohablante las entenderá cuando lleguen a sus oídos por primera vez.
“Todo esto significa”, interpreta Ávila, “que también la prensa norteamericana en español busca la unidad lingüística”.
Por ello, el filólogo mexicano expresa sin disimulos esta idea:
–Es muy importante mantener la unidad idiomática, gane quien gane y pierda quien pierda.
–¿EL PAÍS debería escribir entonces “computador” en vez de “ordenador”?
–Claro. En México perderíamos con “acera” en vez de “banqueta”, y ustedes perderían con “computador”; y nosotros también, porque decimos “computadora”. Y perderíamos ustedes y nosotros con “maní” en vez de “cacahuete” y “cacahuate”, porque “maní” se usa en más países y por más hablantes. Si usted quiere emplear un término del español internacional, diga “maní”, y diga “papa” en vez de “patata”. Pero la norma hispánica se tendrá que hacer entre todos, sin predominio de ninguno
¿Y eso no acarreará que en cada país se dejen de emplear los términos específicos o diferenciados? Se supone que no. Simplemente, se trata de crear un registro internacional para facilitar la comprensión en casos muy concretos, no de arruinar la riqueza y diversidad de nuestra lengua.
Raúl Ávila recurre a un antiguo aforismo para remachar: “Todo lo que no es universal es folclórico”.
Las conversaciones entre hispanohablantes carecen de problemas de comprensión, pero hallarán menos dificultades cuanto más culto sea su registro. Sobre todo por el gran conocimiento pasivo que tenemos de las demás variedades (quizás un español peninsular no diga ni “platicar” ni “plomero”, pero entenderá perfectamente al mexicano que use esos términos; sobre todo en una situación comunicativa determinada). Además, en gran cantidad de casos deducimos los significados al percibir esos cromosomas que se descubren dentro de las palabras (si nos hablan de una persona “confiable”, ya entendemos que es alguien de fiar).
Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, escribió en su libro Aventura del español en América: “Hace ya muchos años que se viene echando en falta un repertorio léxico del español general”. Pero también prevenía contra el empobrecimiento: “Se piensa, equivocadamente, que la buscada neutralidad se consigue simplificando la lengua, reduciendo el vocabulario a mínimos insospechados”. Al contrario, esos trabajos contribuyen a resaltar la riqueza y la variedad del idioma: un solo concepto dispone de muchas formas para ser expresado.
Sin embargo, sostiene Raúl Ávila, los medios –desde la imprenta a Internet– siempre han promovido la unidad de las lenguas. Y su estilo no influye tanto en la gente: “El estilo de los medios es uno; y el de las conversaciones, charlas o pláticas en una cantina o bar, otro. Los medios promueven la unidad, pero los individuos tienen el recurso de la variedad, de acuerdo con el contexto y sin más limitación que el uso adecuado de un vocabulario íntimo. Recordemos que en algunas circunstancias se prohíbe decir malas palabras, pero en otras se prohíbe no decirlas”.
También se puede concluir que en cuestiones como los prospectos farmacéuticos o las instrucciones para usar un extintor con eficacia más vale asegurarse de que no haya equívocos. Y además, según los expertos aquí consultados, siempre resultará útil tener codificadas las afinidades y las diversidades de la lengua, para escoger de entre ellas según el caso; y, sobre todo, para que de esa manera crezca el conocimiento de los usos alternativos de una palabra hasta que incluso se puedan asumir un día como sinónimos. Así sucede ahora en España entre “juerga” y el americanismo “farra”, tomado ya como propio.
Y aunque ese Diccionario universal del español se demore, los estudiosos de nuestro léxico creen que no hay nada que temer, ni ahora ni luego, porque la facilidad de los hablantes para conversar sin problemas en todo el ámbito del español seguirá vigente sin que nada de esto los perturbe.

PRENSA. Sobre el idioma español. Juan Villoro

   En "El País Semanal":

Chingando a toda pastilla

Mi abuela yucateca usaba palabras mayas, le decía 'tuch' al ombligo y 'xix' a las migajas. Nos entusiasmaba la posibilidad de ser incomprensibles


Una mujer sentada delante de una pared con pintadas, en una calle de Tarija, Bolivia. /FERDINANDO SCIANNA (MAGNUM (CONTACTO))

Mi padre nació en Barcelona, mi madre en Yucatán y yo en Ciudad de México. “La lengua común que nos separa”, dice un conocido refrán para referirse a los países que hablan español. Crecí con tres nombres para las mismas cosas. En nuestra versión lingüística de la Sagrada Familia, el padre, la madre y el niño usábamos tres palabraspara el color de mi mochila: marrón, atabacado o café.
Naturalmente, había una jerarquía de los idiomas. Nuestro hábitat reproducía las aventuras del español en el mapamundi: mi padre hablaba con la autoridad de quien tiene “denominación de origen” y además es profesor; mi madre se las arreglaba para adaptar eso a las necesidades de la casa, y yo hablaba como podía. La Real Academia, las voces de provincia y el influjo de la calle se mezclaban en la mesa, con distintos grados de aceptación. Mi padre –que usaba la prestigiosa palabra “peonza” en vez de la vernácula “trompo”– ejercía los derechos de quien ocupa la cabecera y me censuraba por exclamar “¡chin!”. Esta expresión me parecía simpática, parecida al “glug-glug” con que se ahogaban las caricaturas. Como buen filósofo, mi padre me reprendía con explicaciones: “No uses ese apócope”. Durante años pensé que “apócope” era una injuria. Tardé mucho en saber que “chin” era una abreviatura del verbo más popular de México: “chingar”.
Disponer de modismos diferentes nos hacía sentir originales. Mi abuela yucateca usaba palabras mayas, le decía tuch al ombligo y xixa las migajas. Nos entusiasmaba la posibilidad de ser incomprensibles. No éramos ricos, pero hablábamos raro. Por desgracia, los demás nos acababan entendiendo. No teníamos el lenguaje cifrado de los espías, la dramática tara de Babel o la alucinada elocuencia de los chiflados. Éramos comprensibles; es decir, banales.
He encontrado esa pasión por el lenguaje privado en tertulias con amigos hispanohablantes donde cada quien trata de ser único y hermético. Buscamos demostrar que en nuestros países nada se dice del mismo modo, hasta que descubrimos que llevamos horas hablando sin problemas de la dificultad de entendernos.
La verdad, es casi imposible que los variados herederos de Cervantes practiquen el selectivo privilegio de no entenderse. Un millón de palabras diferentes nos conducen a malentendidos y transitorias fugas de significado, pero cuando creemos estar en una selva oscura, volvemos al ordenado jardín de la lengua compartida.

Un millón de palabras diferentes nos conducen a malentendidos, pero cuando creemos estar en una selva oscura, volvemos al ordenado jardín de la lengua compartida
Las diferencias existen, claro está. A veces jugamos a exagerarlas y otras a ignorarlas por completo. Me parece enriquecedor que en España se use el vosotros, se distinga la pronunciación de la “ce” y la “zeta” de la “ese”, y que el lenguaje se renueve con expresiones contraculturales como “a toda pastilla”, prueba de que la velocidad es adictiva.
Escribir desde América Latina supone un trato peculiar con los vocablos. Existen lenguas anteriores (el guaraní, el quechua, el náhuatl); en consecuencia, somos nativos en un lenguaje adquirido. La relación con las palabras es más frágil cuando ahí detrás hay otras palabras.
Expresiones españolas tan frecuentes como “que te lo digo yo” o “las cosas como son” carecen de fortuna en América Latina, porque la realidad y el lenguaje no siempre se hablan de tú. Cuesta trabajo ser literal en culturas donde las palabras fueron instrumento de dominación. Aprenderlas llevó a una apropiación peculiar, donde alterar el idioma significaba resistir.
La colonia vio nacer un español lleno de valores entendidos, alusiones indirectas, mezclas híbridas con las lenguas originarias. Inevitablemente, también aquí “las cosas son”, pero sobran maneras de decirlo y escribir adquiere cierta condición exploratoria. Esto fomenta la incertidumbre, pero también la creatividad y aun el disparate (recordemos el humor voluntario de Cantinflas para hablar sin sentido y el humor involuntario de los políticos, que declaran para ocultar los hechos).
Una de las mayores conquistas de la Academia Mexicana de la Lengua fue que se aceptara el uso de la palabra “españolismo”. También Castilla puede caer en excesos de regionalismo.
España tiene inmensos traductores (baste mencionar a Javier Marías y su Tristram Shandy o José María Micó y su Orlando furioso), pero son tantos los libros que ahí se traducen que con frecuencia parten de la hipótesis, más atribuible al desdén que a sueños imperiales, de que los españolismos son cosmopolitas. Fuera de la Península, resulta absurdo que un teniente del imperio austrohúngaro creado por Arthur Schnitzler diga que un hombre fornido es un “tío cachas” o que un rubicundo personaje de J. M. Coetzee tenga “michelines”.
Hay casos en verdad descomunales, como el de la novela de Don Winslow El poder del perro, ubicada en la frontera entre México y Estados Unidos, y donde los agentes de la migra y los sicarios hablan como personajes de una narcozarzuela, improbable Verbena de la Paloma con cocaína. En una obra tan dialogada como esa, que se adentra en los bajos fondos, los regionalismos son válidos. Lo extraño es que no se acuda a los de la zona, que no pertenecen a una tribu exigua, sino al país con más hispanohablantes del planeta.
Como en la mesa de mi infancia, España ha ocupado la cabecera del idioma, pero la suerte de los platillos se ha decidido en diversos sitios. Me parece sintomático que el escritor de habla hispana con mayor influencia en los últimos años sea Roberto Bolaño. Sus detectives salvajes combinan localismos de todos los países. Con desenfado, uno de sus personajes mexicanos dice “guardabarros” por “salpicaderas” sin perder carta de identidad.
Muchos años después de enterarme de que “chin” es apócope de “chingar” –es decir, “joder”–, el español continúa su promiscuo y fecundo intercambio de vocablos. Aunque es prestigioso suponer que no nos comprendemos y que cada uno de nosotros habla un lenguaje propio, tarde o temprano entendemos los caprichos de un idioma que se la pasa chingando a toda pastilla.

domingo, 8 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. IDIOMA. "Siete palabras que debemos erradicar del castellano en 2015"

   En "El País":

Siete palabras que debemos erradicar del castellano en 2015

Si para el año que entra nos libramos de granos lingüísticos como 'petarlo', 'bizarro', 'gentrificación', ya iremos mejor que en 2014

Además de ser el año del caballo, según el horóscopo chino, 2014 también ha sido el del culo –verbigracia de Kim Kardashian e Iggy Azalea- y el del amor/odio a las listas. Luego no hay mejor ni más coherente forma de rendirle homenaje que con un inventario.
En este caso, uno de palabras que merecen el mismo destino que el año saliente: su extinción irreversible. Montar un Change.org para exigir su eliminación del diccionario de la Real Academia de la Lengua resultaría un tanto exagerado (y agotador), pero, al menos, su uso y abuso merece cierta reflexión en estas semanas de balance vital:

Lo auténticamente terrible es oír a miembros de la generación EGB pronunciar estos palabros con impostada despreocupación, como si la hubiesen escrito mil veces en sus cuadernillos Rubio
Gentrificación. Sin duda una de las palabra cuya utilización se ha extendido cual gripe aviar durante 2013 y 2014. Asevera la Wikipedia que se trata de un término originario del inglés gentrification, y define el proceso de transformación por el que la población original de un barrio deteriorado es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo a la vez que se renueva. Ya saben, el barrio madrileño de Chueca se gentrificó cuando aún no habíamos oído hablar de esa palabra. Williamsburg, en Brooklyn, convirtió el concepto en algo cool (a por ese terminejo también deberíamos ir pronto), y como buen producto hípster (ídem) pasó a ser lo peor en el mismo momento en el que el gran público lo asumió como algo deseable. Decir que tu distrito se está gentrificando equivale a decir que tiene una plaga de chinches (a veces, como en el madrileño Lavapiés, pueden pasar las dos cosas a la vez). Pero lo auténticamente terrible es oír a miembros de la generación EGB pronunciar este palabro con impostada despreocupación, como si la hubiesen escrito mil veces en sus cuadernillos Rubio, y buscar cualquier excusa para colarla en una conversación. Lo sentimos: aunque digas tres veces gentrificación delante de un espejo no volverás a la veintena ni te convertirás en el dueño de un panadería artesanal en Estocolmo. Esto no va así. Pero entendemos que no existe, de momento, ninguna palabra para sustituirla.
Bizarro. Desde la críticas de música más pretenciosas hasta las conversaciones que comienzan en la barra de bares pseudomodernos y pretenden terminar en camas flanqueadas por pilas de libros a modo de mesilla de noche, el término bizarro ha sido mal empleado desde hace un lustro. Según la RAE es "algo o alguien valiente" o, en su segunda acepción, "generoso, lúcido o espléndido". Algo bizarro no es algo raro. Ese es su significado en inglés, no en castellano. “Tío, dice que le gusta Víctor Manuel, qué bizarro”. Desde luego confesarlo lo es, pero en su primera acepción. Hay personas que sostienen que da igual, que valiente es sinónimo de raro. Ellos sí que lo son.

Existen preciosas palabras en castellano para sustituirlas: fecha límite, formulario y en cuanto puedas
Deadlinecall sheetasap (deas soon as possible). John Waters dijo, “si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles”. Bien, pues si recibes un correo de alguien en el que se utilicen alguno o todos estos términos (y es muy probable que suceda si trabajas en el mundo de la publicidad, el márketing, la moda o la economía), tampoco lo hagas. Existen preciosas palabras en castellano para sustituirlas: fecha límite, formulario y tan pronto como puedas, respectivamente.
Empoderación. El diccionario panhispático de dudas habla de este concepto. Explica que es un calco del inglés to empower y que ya existía en español como variante desusada de apoderar. Como con los pantalones a cintura alta y los petos, algunos sienten que hay cosas que nunca deberían volver a ponerse de moda. Sí, es cierto, que conceptos como “la empoderación de la mujer” resultan mucho más largos de expresar con otras palabras (La ganancia de poder por parte de las mujeres), pero en esta vida la funcionalidad no lo es todo. Si no vestiríamos todos sacos o monos y utilizaríamos el lenguaje binario.
Emprendurismo, emprendedurismo y emprendeduría. Antes decíamos montar un negocio, pero hoy sucede lo mismo que con la palabra empresario: el concepto está cargado de connotaciones negativas. En el subconsciente colectivo, el empresario es un explotador laboral y avaricioso que vive en una casa enorme, mientras que al emprendedor se le presupone cierto grado de creatividad, buenas intenciones y, si es hombre, una barba bien espesa. Si pones en marcha una empresa de lanas eres un empresario; si la lana es orgánica y, además, dedicas parte de tu capacidad fabril a elaborar abrigos para bebés foca entonces eres un emprendedor. Sea como fuere la palabra adecuada para referirse a tu actividad es emprendimiento. Ya lo dice la Fundación del español urgente, Fundéu, son traducciones inadecuadas de la palabra inglesa entrepreneurship, por lo que se recomienda emplear emprendimiento, que ya figura en el avance de la vigésima tercera edición del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española, con los significados de "acción y efecto de emprender (acometer una obra)" y "cualidad de emprendedor".

Nadie puede negar que petar se trata de un verbo muy versátil dentro del lenguaje coloquial, con usos que van desde el campo semántico del éxito al sexual
Petar. Nadie puede negar que se trata de un verbo muy versátil dentro del lenguaje coloquial, con usos que van desde el campo semántico del éxito al sexual. De hecho, se ha utilizado tan profusamente y con tan variados significados, que está a punto de no significar nada. Según la RAE, es sinónimo de agradar y golpear el suelo. Quizá haya llegado el momento de guardarla en el mismo cajón lingüístico que chachi y guay.
Reu y presu. Los Zipi y Zape de la jerga laboral. El director de la RAE, José Manuel Blecua, reconoció en la presentación de la última edición del diccionario que los académicos debatieron “hasta el final” la incorporación de finde, como sinónimo, obviamente, de fin de semana. No pudo ser y, quizá, sea mejor así. Porque la aceptación de un diminutivo como equivalente a la palabra completa puede abrir una puerta inquietante. Si usted trabaja en una empresa, estará harto de oír hablar de reus y presus. Términos que algunos osan plasmar en correos electrónicos oficiales ¿De verdad hay alguien que ande tan falto de tiempo y saliva que el ahorro de cuatro y seis letras respectivamente (reunión, presupuesto) le suponga un avance? Si no parece profesional ni maduro pedirse prime para elegir los turnos de vacaciones, tampoco lo es pasar un presu.
Y un añadido: Tener sexo. Sí, sabemos que no es una palabras, sino dos. Un concepto que tiene otros tantos problemas. Primero, todos tenemos sexo (femenino o masculino. Los hay que incluso tienen ambos). Segundo: Es cierto que en inglés se dice to have sex (literalmente, tener sexo), pero no es una expresión empleada de forma tan usual en Estados Unidos como nos quieren convencer las sitcom y sus horribles, horribles doblajes al español. En los países hispanohablantes tenemos nuestras propias expresiones para referirnos al acto sexual: practicar sexo, practicar el coito y todo un catálogo de verbos que se acerca en volumen al de palabras que manejan los esquimales para referirse a la nieve. Con tan vasto y rico vocabulario ¿por qué importar un concepto impreciso? ¿Nos parece menos escabroso, menos descriptivo? ¿Qué se supone que implica tener sexo? Dejemos de hablar como en las series y empecemos a hablar como en la vida real. Si alguien te dice que quiere "tener sexo contigo" di no. Por militancia y porque no sabes exactamente qué te está ofreciendo.

jueves, 26 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "¡Doctor, por fin le entiendo!"

   En "El País":

"¡Doctor, por fin le entiendo!"

Para que sepa de qué le hablan cuando le dan un diagnóstico, aclaramos el significado de prefijos y sufijos del lenguaje médico. Fuera jeroglíficos


Puede que a muchos nos falte cultura médica. Pero en un gran número de ocasiones los especialistas recurren a términos que para la mayoría de los mortales resultan completamente incomprensibles. Vamos a facilitarle la vida. Para empezar, una sencilla aclaración: los términos médicos y anatómicos se articulan en cuatro partes: raíz, que es la palabra principal (como cefal en encefalograma); prefijo, con lo que comienza (en en encefalograma); sufijo, con lo que termina (grama); y una vocal que une dos raíces o una raíz a un sufijo. Usualmente es la “o” (como en encefalograma) o la “i”. A continuación recopilamos prefijos y sufijos habituales en las consultas y explicamos su significado. Para no tener que acudir al doctor Google…
 A-, AN-. Dos de los prefijos más usados en medicina (y en el lenguaje común) son los negativos a- o an-. Provienen del griego y significa “sin” o “no”. Conocerlos nos ayudará a entender el significado de términos como “anestesia”, si sabemos que aisteis es sensación. Si se acompaña del sufijo algesia, que significa sensibilidad al dolor, comprenderemos lo que significa “analgésico”. O si recurrimos a la raíz bios, entenderemos pronto qué es un “antibiótico”.
ANDRO-. Toda palabra que lleve en su composición andro se refiere al varón. Proviene de la declinación griega aner, andros, que significa hombre. Y así, si logo es estudio, el “andrólogo” es el especialista que estudia al varón. De la misma manera que si gynae, gynaikós es mujer, el “ginecólogo” es el experto en ellas. ¿Y qué pasa con el término “andrógeno”? El sufijo -geno proviene de gennao, un verbo que significa engendrar y se aplica para decir que tiene capacidad de producir algo (“piogénico” quiere decir que produce pus, y “carcinógeno” que provoca cáncer). “Andrógeno”, por tanto, se emplea sobre todo para hablar de la producción de hormonas del hombre. No hay que confundirlo con “andrógino”, que se forma con gynae y no con geno y se refiere a un organismo que tiene características femeninas y masculinas a la vez.
DIS-. Proviene del griego dys que significa malo, dificultoso, doloroso o alterado. Así, si plasia es formación, displasia será una formación dolorosa; discromía, una alteración del color; disfunción quiere decir “función alterada”; y disnea añade pneum al prefijo, que quiere decir aire, por lo que significa dificultad para respirar.

Prefijos y sufijos a menudo vienen del griego y suelen dejar muy claro de qué se trata: exceso o carencia de algo, inflamación, desgaste...
HEMI-, HAIMA-. Es interesante cuando hablamos de migraña, ese dolor de cabeza pulsátil, a veces invalidante, que ataca en muchas ocasiones solo a una parte de la cabeza. Aunque pensemos que es nuestra sangre la que va a explotar en nuestra cabeza, nada tiene que ver con ella. La palabra migraña proviene del prefijo hemi, que significa mitad, y cráneo, que viene del griego kraníon, diminutivo de cabeza. Y nada tiene que ver con haima, el prefijo griego que significa sangre y que sí encontramos en enfermedades como la leucemia, que desglosamos en leuk que significa blanco y hemia, sangre. O sea: sangre blanca, sin glóbulos rojos. O con anemia: literalmente “sin sangre”, aunque en realidad se refiera a una ausencia o escasez de glóbulos rojos.
-ITIS, -OSIS. Son dos sufijos que indican el estado, la enfermedad o el problema que atañe al órgano, estructura o articulación al que se añade. Estos sufijos tienen una gran importancia porque son indicativos de una situación real. Siempre que en medicina una palabra termine en -itis indica que existe una inflamación o una infección; mientras que si termina en -osis se refiere a una degeneración o desgaste, una condición anormal, un desorden. Por eso, el reumatismo que asociamos a la edad, que suele acompañar a la vejez y se produce por el uso o abuso de la articulación se llama artrosis. A su inflamación, en cambio, la llamamos artritis, igual que la de bronquios se dice bronquitis, laringitis a la de laringe, otitis a la infección inflamatoria de oído o conjuntivitis a la de la capa conjuntiva (membrana mucosa) de los ojos. Cianosis, en cambio, significará azulado (cian) por causa del frío o falta de oxígeno.
HYPER-, HYPO-. Son dos prefijos esenciales: indican un exceso o defecto de algo. Y estarán de acuerdo con que no es lo mismo tener “hiperglucemia” (exceso de azúcar) que “hipoglucemia” (una carencia)… Para que quede claro: hyper significa por encima de, más allá de; e hypo, por debajo de, corto de.
-ECTOMíA, -OSTOMíA, -OTOMíA. Estos sufijos interesan a la hora de entender qué es esa intervención que nos anuncian que nos van a realizar… Ectomia indica un proceso quirúrgico que retira algo, usualmente de dentro del cuerpo. Por ejemplo: apendicectomía es la retirada quirúrgica del apéndice. Una intervención que acabe por ostomia indicará que se realiza un agujero, habitualmente para dejarlo abierto. A través de una gastrostomía se introduce una sonda de alimentación en el estómago. Otomia, en cambio, es una apertura temporal, como la que se hace en una traqueotomía.
LIPO-. Un prefijo que cada vez nos encontramos más a menudo. Lipo significa grasa. Por eso, cuando los médicos se refieren a sustancias grasas hablan de “lípidos”. Y cuando en los centros de estética promocionan un tratamiento lipolítico lo que quieren que contrate es un procedimiento que destruye la grasa (lysis significa destrucción). No se asuste si en la consulta le diagnostican con un lipoma. El sufijo -oma significa tumor, crecimiento anormal. Si fuera unido a la raíz carci-, acabarían de diagnosticarle un cáncer. Pero el lipoma es un tumor benigno.
Con estas lecciones, si le decimos que fleb o flebo indica vena, sabrá lo que quiere decir flebitis, flebotomía y flebosclerosis, ¿verdad? Por si acaso, en orden: inflamación de la vena, incisión en una vena y endurecimiento patológico de las venas (aunque también se utiliza para denominar un tratamiento contra varices que consiste en cicatrizar la vena).
Para terminar, dos términos que se utilizan con profusión y que pueden asustar: “idiopático” o “esencial”, tan solo quieren decir que ignora su origen. Y si topos significa lugar , “atópico” quiere decir simplemente fuera de lugar.