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domingo, 20 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "¡Al rico archisílabo, oiga!". Aurelio Arteta

Aurelio Arteta

   En "El País":

¡Al rico archisílabo, oiga!

El gusto por alargar pomposamente las palabras sigue afectando al español

Uno piensa que los españoles no tenemos un bien más común que nuestra lengua común, el español o castellano. Despreciarlo o dejar que se malemplee y degrade nos predispone a desentendernos también de otros bienes compartidos y, por supuesto, a malentendernos entre nosotros. Cuidar las palabras permite afinar sentimientos y escoger las razones adecuadas, mientras que destrozarlas a nuestro antojo conduce a disfrazar intenciones y a trampear con menor reparo. Así que, con permiso de la Academia, volveré a referirme a esa dolencia de nuestro idioma que es la profusión de archisílabos. Ya saben, esos términos artificial y pomposamente alargados con los que pretendemos dar mayor empaque a lo dicho y ganar estatura a los ojos del otro. Aquí va la séptima entrega de esta serie iniciada hace casi veinte años.
Solo de pasada mencionemos los incubados en los círculos más pedantes del mundo publicitario y de la moda. Son esas novedosas palabras que anteponen exagerados prefijos para denotar así algo ultraexclusivo o la hiperexclusividad de un diseño, una mansión de macrolujo o una persona superpositiva. Pero lo habitual es que el grueso de los archisílabos se forme añadiendo desinencias innecesarias a un sustantivo para expresar peor lo mismo que ese sustantivo ya decía mejor y con mayor brevedad. En unos casos, el hablante se eleva a un plano de aparente abstracción que al parecer le conforta. De suerte que la ‘reflexión’ se convierte en reflexividad, el ‘gobierno’ o la ‘gobernación’ dejan paso a la gobernabilidad e incluso a la gubernamentalidad, un poema revela no tanto un tierno ‘sentimiento’ como una delicada sentimentalidad. Nuestro presidente explicó tan terne que el Banco Europeo nos concedía su multimillonario rescate sin condicionalidad alguna, esto es, ‘sin condiciones’.
Como en este país tratamos mucho más con vaporosas entidades que con ‘entes’ reales, no sufrimos una crisis de ‘empleo’, sino de empleabilidad. Ya no hay que contener el ‘gesto’, sino la gestualidad, ni despertar ‘emoción’ o ‘emotividad’, sino emocionalidad. La presencialidad suena más densa que la mera ‘presencia’, igual que el ‘óptimo’ resultado de una gestión empresarial alcanza la optimalidad. Rizando el rizo del ridículo, una revista de filosofía hablaba hace poco de contradictorialidad en lugar de ‘contradictoriedad’, lo mismo que en las peluquerías femeninas ofrecen ungüentos que dan voluminosidad —y no '’volumen’— al pelo.

Nos inclinamos hacia ciertos vocablos por su mayor largura
Hay casos en que el estiramiento verbal parece deberse a un deseo irrefrenable de calcar usos del inglés. Aludimos entonces a una campaña promocional, que no ‘promotora’, a una actividad fundacional en lugar de ‘fundadora’ o bien a la graciacreacional del artista más que ‘creadora’ o ‘creativa’. ¿Y a que resulta hermoso el confusional, para aludir a lo ‘confuso’ o ‘confundente’? Algo que sea ‘operativo’ se califica hoy (perdón, a día de hoy) de operacional y unos intereses volicionales, por si no lo saben, designan intereses ‘volitivos’ o de la voluntad. Claro que a estas invenciones contribuye lo suyo que ese hablante ignore la raíz latina de los términos que emplea. Por eso olvida la ‘desinfección’ para escoger la desinfectación, la ‘interacción’ nada puede frente a la interactuación y por la misma tendencia se prefiere el infusionarse al ‘infundirse’. Las películas hay que versionarlas en lugar de ‘verterlas’ a otras lenguas y en un cartel publicitario pueden tropezarse con un movedor que no pasa de ser el ‘motor’ de toda la vida.
Recuerde el lector cuántas veces escucha desfasamiento por ‘desfase’,enmarcamiento por ‘enmarque’, mejoramiento por ‘mejora’ y decantamiento por ‘decantación’. El motivo más probable de inclinarnos hacia los primeros vocablos es su mayor largura frente a los segundos. Lo mismo ocurre con muchos delincuentes cuando les detienen: que son sometidos a un procesamiento judicial mejor que a un ‘proceso’. Pero ese lector puede también preguntarse por qué una empresa internacionalizada (‘internacional’) requiere un apoyo profesionalizado más que ‘profesional’ y, a ser posible, particularizado mejor que ‘particular’. El otro día me hablaron de un interés bancario anualizado,con el significado de ‘anual’, de una decisión política territorializada para decir ‘territorial’ y de una situación lingüística normalizada, o sea, ‘normal’. ¿A que en televisión las lluvias siempre son generalizadas y nunca ‘generales’? Pues eso.
La lista no se ha agotado, ¡qué va! Nunca hablen de un grupo ‘colaborador’ cuando pueden llamarlo colaborativo. Pero si quieren causar efecto profundo, atrévanse a prescindir del simple ‘capaz’ y acuñar el capacitivo, según promovía un reciente anuncio de tablets en la prensa. Hay archisílabos que alteran el sentido del sustantivo originario o incluso lo traicionan del todo. Quien rechaza reiteradamente algo que se le imputa no se aferra a la ‘negación’ de los hechos, sino que incurre nada menos que en negacionismo, de igual manera que la mera ‘oscuridad’ que rodea un crimen viene a tildarse de oscurantismo.
El ampuloso crecimiento de vocablos ofrece todavía numerosas ocasiones a nuestro afán de encampanarnos. Habrán notado que no hay autoridad que exprese hoy su ‘juicio’ sobre cualquier novedad acontecida, sino en todo caso una valoración, de modo parecido a como la ‘pena’ de una multa se torna una penalización. Ya no exigimos una ‘rentabilidad’ para nuestras inversiones, sino su rentabilización, y la financiarización está dejando corta a la ‘financiación’. ¿Qué pinta un ‘contraste’ al lado de una contrastación y cómo poner el ‘acento’ donde cabe una acentuación? En boca de una exministra el ‘presupuesto’ cobraba mayor prestancia si pasaba a denominarse presupuestación. Al paso que vamos, mucho me temo que las edificaciones acaben ganando en altura a los ‘edificios’.

Abruma tanta riqueza léxica cuando tanto escasea la conceptual
Una ‘división’ o ‘reparto’ de algo no puede compararse con su segmentación, la defraudación oculta un delito más turbio que el ‘fraude’, como le pasa a la repudiación frente al escueto ‘repudio’. Algunos buscan la igualización antes que la ‘igualación’, no se contentan con la ‘objetivación’ cuando pueden pronunciar objetualización, aunque tampoco dejan claro si presentan proposiciones o ‘propuestas’. El perverso placer obtenido de añadir sílabas forzadas se detecta asimismo en la desregularización que equivale a la mera ‘desregulación’, en la deteriorización como ‘deterioro’ o en la sociabilización, que es como una ‘socialización’ sólo que más prolongada. Al terrible significado de ‘exterminio’ le ha salido un competidor en la exterminación. Y algún concurso televisivo debería sortear un premio entre quienes adivinen a qué viejas palabras pretenden sustituir ahora mismo engendros como expertización, titulización o mutualización.
Los nuevos verbos puestos a nuestro alcance son legión; tienen el ligero inconveniente, eso sí, de que también son inútiles por sobrantes. Entre ellos encontramos algunos tan encantadores como audializar para ‘escuchar’ música u oficializar una misa que debe de valer para el cura mucho más que ‘oficiarla’. Súmenle ustedes el nulificar para decir ‘anular’, y el ficcionalizar para ‘ficcionar’, y el provisionar para ‘proveer’, y el potencializar para ‘potenciar’, y el narrativizar para ‘narrar’ y así hasta cansarse... Pues abruma esta extraordinaria riqueza léxica cuando tanto escasea la conceptual.
¿Qué quieren que les diga? Una vez más, la razón parece estar de parte del entrañable Chesterton: “Es indudable que la prudencia es mejor que el ingenio; pero, leyendo los extraños polisílabos de los modernos libros y revistas, parece mucho más evidente que hemos perdido el ingenio y no hemos adquirido prudencia”.
Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco.

martes, 12 de junio de 2012

PRENSA. "Dilo en archisílabos", por Aurelio Arteta

Aurelio Arteta

   En "El País":
Dilo en archisílabos
   Desearía aprender dónde radica la mayor carga informativa de los términos largos.

Aurelio Arteta 22 ABR 2012
 
   Por fin he comprendido la razón de que los académicos de la Lengua reciban el sobrenombre de “inmortales”. Se les llama así porque por ellos no pasa el tiempo o, quizá mejor, porque en nada afecta el tiempo a quienes están destinados a la vida eterna. Les han hecho falta decenios para declarar que, además de erróneo, suena fatal eso de cargos y cargas públicos/as..., que ha invadido hasta el lenguaje de los mudos. ¿Deberán transcurrir otros cuantos decenios hasta que la Academia futura confeccione un catálogo de archisílabos que conviene desterrar del habla común?
   Puestos a engrosar la colección de estas prescindibles palabras kilométricas, empecemos por el estiramiento de las que a diario se inventan las estiradas gentes de las finanzas. Los ‘frenar’, ‘desanimar’ o ‘disuadir’ se esconden hoy bajo el desincentivar y los desincentivos arrinconan a ‘frenos’ y ‘obstáculos’. Es de suponer que operacionalizar y operativizar significan volver algo operante u operativo, de suerte que operativización se acercaría a lo dicho por ese hermoso término de efectivización. A duras penas he captado que en esa jerga primarización quiere decir exportar bienes primarios, pero aún no pillo a qué se alude con el bancarizar y la bancarización.
   El afán de alargar el léxico, no tanto por el placer de alargarlo como por hacerse el interesante quien lo pronuncia, se detecta en varios vocablos prestigiosos del momento. Habrán notado que lo ‘especial’ está dejando paso a lo específico, y que los ‘especialistas’ son cada vez más los especializados en esto o lo otro. Aquí y allá se introduce el ejercitamiento o la ejercitación en lugar del ‘ejercicio’, igual que el desfasaje pretende ser el ‘desfase’. Ignorante de sus presuntas diferencias, no acierto a ver qué añaden dominancia y gobernanza (o gobernancia) a ‘dominio’ y ‘gobierno’, salvo su mayor longitud y -me temo- cierta pedantería. Nos tropezamos con el transicionar porque cae en desuso el ‘transitar’, lo mismo que el reciente ostentatorio traduce el ‘ostensivo’ o el ‘ostentoso’, según, con una sílaba más. Incrédulo ante lo sostenido por un profesor del Instituto Tecnológico de Massachusets, desearía aprender dónde radica la mayor carga informativa de los términos largos sobre los más breves. Me lo tendrían que explicar argumentativamente, claro está, no ‘argumentalmente’.
   No olvidaré dejar constancia de ese curioso gusto del español contemporáneo por lo abstracto. Baste anotar la emocionalidad, para referirse a la ‘emotividad’ o sencillamente a la ‘emoción’. Y nadie dudará de que la ‘potencialidad’ de algo sabe a poco comparada con su potenciabilidad.
   Muchos archisílabos proceden del afán de subrayar la acción que conduce a un resultado, más que el resultado mismo. Así es como se procura la homogeneización entre cosas diversas, que sería sin más su ‘homogeneidad’; hay que facilitar la visibilización de las mujeres maltratadas, no su ‘visibilidad’. Por mucho que a la izquierda abertzale le encrespe, ha de establecerse una jerarquización entre las víctimas del terrorismo, mucho mejor que su correcta ‘jerarquía’. La espectacularización no dice más que la producción de ‘espectacularidad’ y la precarización del contrato laboral sólo indica su ‘precariedad’. La empleada de una compañía teléfonica me detalló la tarificación de mis llamadas, sin duda porque le sonaba más redondo que su ‘tarifación’. Se trata de un mecanismo del que no se libran ni las impropiamente llamadas “lenguas propias”, como lo probaría la revernacularitzaciò del valencià...
   Resulta patética la rapidez con que el hablante español se ha dejado contagiar por el inglés (o por el americano) a fuerza de parir adjetivos acabados en -al. Su atractivo más probable: que tal desinencia cuenta como dos sílabas y prolonga así su pronunciación. Hasta al mismísimo ministro de Justicia se le escapó hace poco una mención de la conducta delincuencial, en lugar de ‘delictiva’. Ya no existe un hecho ‘motivador’, sino motivacional; ni un trabajo ‘aspirante’ al premio, sino aspiracional. Y, aunque no me crean, les juro que he detectado un chirriante modificacional, y un vicarial, un suposicional y con mayor frecuencia todavía otro civilizacional. Que luego se vea todo perspectivalmente será la conclusión natural de un mimetismo tan entusiasta como necio.
   Por si fuera poco, unos archisílabos se reproducen en otros afines. En la gran superficie lingüística ya pululan los monitorizar y monitorizado, pero ahora disponemos asimismo del monitorear y monitoreado, todos ellos equivalentes a ‘examinar’ o ‘evaluar’ y sus participios. Archisílabos cortos, todavía insatisfechos de su estatura, originan archisílabos más largos. Aquel posicionar, que ya se ha quedado con nosotros, engendra el reposicionar para decir ‘resituar’; otro tanto ocurre con el focalizar y la focalización, por ‘enfocar’ y ‘enfoque’, una acción que al repetirse se transforma en refocalizar y refocalización. El modesto vehicular, que entre los exquisitos suplantó a ‘transportar’ y otros, ha crecido hasta dar en vehiculizar.
   ¿Que por qué todo esto? “Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas (...), como un pulpo que suelta tinta para ocultarse”. Igual que a Orwell, también a uno le parece que el estilo inflado en el uso de la lengua es producto de la falta de sinceridad de los hablantes.
 
   Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco. Su último libro, Tantos tontos tópicos (Ariel, 2012).

sábado, 27 de noviembre de 2010

PRENSA. "En boca cerrada", por Aurelio Arteta

Aurelio Arteta
En "El País":
En boca cerrada


AURELIO ARTETA 17/11/2010

Para ocupar espacios públicos de opinión como este, uno tiene que apoyarse en varios supuestos básicos. Que de ciertas áreas de la realidad solo cabe opinión, es decir, conocimiento capaz de persuasión y no de demostración rigurosa. Que lo opinable tiene que ver en especial con la acción o conducta humana, lo mismo individual que colectiva, y se encuadra así en el territorio de la ética y la política. Que las opiniones, y gracias a las emociones que suscitan, orientan el comportamiento humano en un sentido o en otro. Que ya solo por eso nos incumbe el deber de depurar nuestros prejuicios y apuntalar argumentalmente nuestras opiniones. Pero que no todas las opiniones son de igual valor y el sujeto cree que algunas de las suyas serían más valiosas que otras vigentes y por eso se decide a exponerlas al público. Y a dar este último paso le mueve asimismo la confianza de que sabrá escribirlas con cierta eficacia y, para qué ocultarlo, también la necesidad del aplauso ajeno.
Lo extraño es que entre nosotros tantas personas a quienes les sobra el saber preciso para enriquecer la opinión pública desdeñen esta tarea. O bien consideran que entrar en este terreno rebajaría enseguida la altura de sus ideas, forzadas a acomodarse al lector ordinario, o que sus reflexiones nada iban a alterar la conciencia de sus conciudadanos. O bien dan por sentado que conviene evitar los juicios en tribunas públicas para librarse de los diversos riesgos que ello podría acarrear (y entre esos riesgos, el de que "los suyos de toda la vida" comiencen a mirarles con recelo...). Lo cierto es que se contentan con cultivar para sí o entre muy pocos un saber que por su naturaleza es para muchos. Se limitan a contemplar su objeto de estudio desde todos los ángulos, menos desde ese en el que ese objeto muestra el sufrimiento que produce y demanda entonces una acción justa. Así llegan bastantes a tomar por teoría pura lo que es un conocimiento de y para la práctica o la acción. Aristóteles ya nos enseñó que en ética "no investigamos para saber qué es la virtud, sino para hacernos buenos".
Pues bien, déjenme indicarles qué clase de académicos y qué tipo de problemas públicos -entre tantos posibles- echo más en falta en la arena pública de la opinión. Para empezar por uno mismo y sus colegas, mal se comprende que los estudiosos de la democracia dejemos pasar como si tal cosa las palabras que los últimos Sumos Pontífices o las autoridades eclesiásticas de nuestro país suelen dedicar a esta forma de gobierno. En este asunto uno duda si tales palabras encierran una penosa confusión sobre su naturaleza o una dosis notable de cinismo interesado. Siempre desde la convicción de ser los depositarios de esa Verdad que ilumina incluso las instituciones públicas, las recientes encíclicas papales reprochan a la democracia que en ella la verdad sea dictada por la mayoría o varíe según los diversos equilibrios políticos. ¿No habrá que disipar cuanto antes tamaño disparate entre los católicos de este país que acogen esa enseñanza?
Cambiemos de tercio. Salvo los mismos pedagogos y titulados afines, me parece que no hay gremio asociado a la enseñanza en cualquiera de sus escalones que no acumule muy serios reparos contra el despotismo (tan poco ilustrado) de la pedagogía instalada entre nosotros durante los últimos 30 años. A decir verdad, no conozco a nadie que no comparta las críticas de sus dictámenes o, entre sus partidarios, a alguien que sea al menos capaz de replicar estas críticas con cierto fundamento. Y, sin embargo, estos juicios denegatorios por regla general eluden el pronunciamiento público y con él un debate que podría aclarar las cosas. De manera que prosigue boyante el blablablá didáctico, la jerga curricular, la pedantería de las "habilidades" y demás técnicas del vacío. Hace ya algún tiempo que esa marea alcanzó también a la Universidad a la hora de dictar métodos, evaluar méritos y medir rendimientos. Aliada con el proceso de Bolonia, pronto se harán notar aquí sus estragos.
Ítem más. Son legión los historiadores, sociólogos, filólogos o antropólogos locales que se han prestado a lo largo de todo este tiempo de nacionalismo obligatorio a recuperar las señas de identidad de sus respectivas regiones o directamente a su construcción nacional. Han fingido hacer ciencia cuando hacían política, y una política injustificable. De la historia han deducido presuntos derechos históricos, lo mismo que de la toponimia de su tierra han derivado políticas lingüísticas o del folclore en extinción derechos culturales. Pero ahí están también -unos más, otros menos- los que han consentido esos desafueros, pese a disponer de razones para ponerlos en la picota. Conozco a historiadores sabedores de falsas historias que, al no ser desmentidas, han acabado consagrando hitos nacionalistas creídos a pies juntillas; a sociólogos que se avergüenzan de la calidad de tantos sondeos cuyos increíbles resultados sustentan incuestionables derechos lingüísticos..., pero que tampoco chistan. Temen que su carrera profesional y hasta su sosiego personal saldrían malparados en cuanto asomaran la nariz fuera de sus clases universitarias.
Aún está caliente la sentencia sobre el Estatut catalán como para olvidarnos de que antes y después abundaron los comentarios despectivos y hasta amenazantes. Uno de los argumentos más voceados ha sido el de que el Tribunal Constitucional no debía recortar lo más mínimo de un proyecto de reforma estatutaria que había recibido los debidos plácets democráticos. Fue entonces cuando se notó la ausencia de filósofos jurídicos y constitucionalistas, siquiera de los contrarios a aquel argumento, que hubieran enseñado lo que el ciudadano común y políticos no tan comunes seguramente ignoran. En pocas palabras, que como la mera regla de la mayoría puede adoptar decisiones enfrentadas a los principios constitucionales de libertad e igualdad ciudadanas, una revisión judicial del máximo rango se encargará de reponer esos derechos conculcados. Como en tantos otros países, los redactores de nuestra Constitución establecieron que una institución minoritaria podría prevalecer sobre algunas decisiones mayoritarias..., justamente para asegurar entre nosotros la pervivencia del orden democrático. No consta que Cataluña quedara exenta de este cuidado constitucional.
Pero habrá que poner por ahora punto final. No se extrañen si incluyo en esta lista a los fonólogos, esos especialistas en los sonidos y entonación de nuestra lengua común. Lo entenderán a poco que reparen en el tono que han impuesto durante las tres últimas décadas los locutores sin rostro de las noticias en TV (pero también las azafatas de los vuelos e innumerables telefonistas) y lo comparen con el que todos empleamos en la vida diaria. Ha nacido una nueva entonación del español, exclusiva de aquellos profesionales, y nadie parece incomodarse por ello. Le dediqué un artículo en este mismo lugar en 1988 (Darse tono) que no tuvo más eco que el silencio. Que los signos de puntuación -con los ritmos y pausas que marcan- confieren su sentido a lo relatado, que no cabe improvisar altibajos musicales a voluntad y en cualquier lugar de la frase leída, todo ello se ha vuelto normas arcaicas. Mientras los demás hablamos, ellos "locutan", que es un modo de mostrarnos que están por encima del hablante ordinario. Y, puesto que tan horrísono sonsonete no ha podido pasar desapercibido a los oídos de fonólogos o académicos de la Lengua, ¿cómo es que alguno de ellos no levanta su autorizada voz para acabar con esas otras voces que desentonan?
Y así sucesivamente.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad Politécnica de Valencia y autor de Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente (Alianza, 2010).