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viernes, 8 de enero de 2016

EDUCACIÓN. "La herencia luminosa de Francisco Giner de los Ríos"

   En "El País":

La herencia luminosa de Francisco Giner de los Ríos

La Fundación del filósofo y pedagogo español inaugura una exposición con motivo del centenario de su muerte


Francisco Giner de los Ríos, de pie, hacia el año 1900, en Torrelodones, en compañía de Manuel Bartolomé Cossío y su mujer Carmen López Cortón. / AUGURO ARCIMIS / INSTITUTO DEL PATRIMONIO CULTURAL DE ESPAÑA (EL PAÍS)

¿Qué pensaría Francisco Giner de los Ríos de una España que ha marginado los valores que él promovió de educación, ciencia y enseñanza de las humanidades? Los 400 objetos de la exposición dedicada al centenario de su muerte parecen lanzar esa pregunta. Documentos, fotografías, cuadros, cuadernos, esculturas o prendas conforman El maestro de la España moderna. Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza que se inauguró ayer en la sede de la Fundación Giner, en Madrid.
Una muestra que reivindica el valor y la vigencia de su filosofía para formar mejores ciudadanos apoyados en la cultura y en la educación. Entre las novedades figuran dos apartados inéditos: seis fotografías de Giner de los Ríos (1839-1915) hacia el año 1900. Se le ve en la cima de unas rocas mirando al horizonte, bajo unos árboles, en un puente con unos amigos, paseando en el jardín de su casa donde instaló el colegio, a orillas de un río y sentado al aire libre. Son los años de la plenitud de su proyecto de modernizar a sus conciudadanos en la libertad, la convivencia, la tolerancia y en un sistema donde el alumno aprende el valor de la educación y él mismo crea sus libros a partir de las clases recibidas. Un “Sócrates español”, como lo definió Miguel de Unamuno.
La exposición, organizada por la Fundación Francisco Giner de los Ríos ILE y Acción Cultural Española, está dividida en cinco apartados: 1, Orígenes y primera etapa del proyecto institucionista (1863-1881); 2, La construcción del proyecto institucionista (1882- 1906); 3, La plenitud (1907-1936); 4, La Guerra Civil y los exilios; y, 5, Una tradición recuperada. Un recorrido del pasado que busca impulsar el futuro y que sirve para inaugurar la nueva sede de la Fundación distinguida este año con el premio del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM).
“En esta muestra se aprecia el reencuentro de España con la modernidad. En 1914, el nivel cultural del país era muy alto, sólo alcanzado después de la Transición”, aseguró José García Velasco, comisario de la exposición. “Es una edad de plata donde se ve el esfuerzo modernizador de España”, según Elvira Marco, de Acción Cultural Española.


Giner de los Ríos, hacia el año 1900. / FUNDACIÓN FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS (EL PAÍS)
Un espíritu modernizador reconocido por José Ortega y Gasset, quien dijo que “seguir a Giner es seguir hacia adelante”.
El pedagogo malagueño murió el 18 de febrero de 1915, pero su proyecto continuó en varias instituciones. Hasta el 21 de abril de 1939, hacia el final de la Guerra Civil. Así quedó registrado en un trozo de hoja escrita a máquina y revelada en la exposición:
“Institución libre de Enseñanza. / Francisco Giner, 14. / Incautado el edificio por el Primer Cuerpo de Ejército. -F.E.T. y de las JONS para su Organización juvenil. -Núm.105. / Fecha incautación: 21 de abril de 1939”.
Líneas definitivas con las que la bota del franquismo truncó el proceso de modernización de la enseñanza.
¿Qué pensaría Giner de los Ríos al ver que un siglo después de su muerte su país no presta mucha atención a las humanidades, arrincona a la filosofía y las bellas artes en el bachillerato e invierte poco en ciencia? “La exposición pone en valor esa etapa de modernización en la que Giner fue pionero, y que se hable de la educación”, reflexiona Elvira Marco.
“Habrá que recuperar todo eso que es tan importante en la educación y en la ciencia. Él era defensor de todo ese arco de estudios que estuvieron en el epicentro y contribuyeron al desarrollo español”, recuerda Alicia Gómez-Navarro, directora de la Residencia de Estudiantes, uno de los proyectos de Giner.
“Pensaría que es necesario un pacto por la educación. Aunque él nunca lo logró. Estamos al límite de no llegar a tiempo. Ese es el desafío. Debe haber temas que estén fuera del debate, y este es uno de ellos”, reclama García Velasco.
Y Giner de los Ríos responde con la frase que abre la exposición: “Las obras lentas son duraderas. ¡Ojalá esta nación lo comprenda algún día!”.

lunes, 1 de junio de 2015

PRENSA. "Giner de los Ríos: un centenario poco transitado". Agustín García Simón

   En "cuartopoder.es":

Giner de los Ríos: un centenario poco transitado

| Publicado: 

Agustín García Simón *

Agustín_García_SimónCien años después de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, acontecida el 18 de febrero de 1915, su efemérides en España muestra serias reticencias y, por supuesto, ningún calor oficial. En realidad a una gran mayoría de nuestros políticos, viejos, maduros y ávidos emergentes, ni le interesa ni conoce lo mejor de nuestra Historia. Esto del pasado les parece cosa sin importancia, inútil, algo démodé, pura antigualla; aunque gustan rebozarse en los tópicos de sus peores sombras, algunos como exaltación a machamartillo; por puro masoquismo odiante, los otros. Son, como escribió Izraíl Métter en su magnífica novela La quinta esquina, ese tipo de gente “que no comprende que un hombre sin pasado es como un insecto que vive un solo día”. Así que no es tan extraño este silencio en torno al fundador de la Institución Libre de Enseñanza (1876), en absoluto, sino más bien bastante lógico y comprensible en un país donde la intransigencia, la intolerancia, el sectarismo, la ignorancia y el odio a la inteligencia y la educación verdaderamente libres siguen gozando de tan buena salud en tan variados sectores, justamente la antítesis que representó con admirable excelencia Francisco Giner de los Ríos. Manuel Azaña, para variar, ya lo advirtió con su habitual clarividencia en sus Diarios al día siguiente de su muerte: “La obra de Giner es tan considerable que hoy, cuanto existe en España de pulcritud moral lo ha creado él. Por el contrario, no se concibe un espectáculo de barbarie mayor que el que ofrecen los de la otra banda cuando hablan de este hombre. En ningún país de Europa puede darse un caso de obtusidad semejante, no se tomará en boca el nombre de un grande hombre con tan grosera ligereza como estos lo hacen”.
La última “grosera ligereza” que perpetró la otra banda se la infirió el tal José María Marco con la biografía que dedicó a Giner en 2002. “El escribiente de Aznar”, como le llama Ernesto Escapa, volvía con aquel libro por los peores fueros de nuestra derecha eterna que, en el fondo y aun en nuestros días, sigue pensando, como los nacionalistas vascos, que el liberalismo es pecado. Porque no otra cosa que liberalismo fue la expresión política del krausismo decimonónico, introducido en España por Sanz del Río y seguido fervientemente por su alumno Giner; una adaptación de la filosofía de Krause que, más allá de sus principios, estos transformaron en una actitud, en una forma de vida basada en la confianza en la razón, en el convencimiento de la perfectibilidad del ser humano, que a través de la educación pudiera rescatar al individuo de su animalidad y su barbarie. Una forma de vida donde racionalismo, educación y ética conformaban la combinación necesaria para la regeneración individual y con ella la reforma social para un mundo más habitable, más justo. El resumen consecuente de aquella iniciativa admirable, que reunió en torno a sí a los mejores hombres de la época, antes y después de La Gloriosa (1868) y el sexenio revolucionario, lo resumió el propio Giner de los Ríos: “Un despertar de la vieja modorra al murmullo del moderno pensamiento europeo y a los problemas y nuevos postulados de su filosofía”.
Pero Giner de los Ríos y sus amigos de la Institución no sólo sacudieron, ¡y de qué forma!, la modorra de una España ruinosa, moralmente envilecida y subyugada por el integrismo católico y la carcunda política (bastaría recordar la figura ultramontana del tres veces ministro Orovio, firmante de la disposición legal que obligaba a los rectores universitarios a vigilar e impedir que se enseñasen en sus centros las doctrinas contrarias al dogma católico y las ideas dañosas o simplemente críticas con la monarquía y el régimen político incipiente de la Restauración), sino que echaron y cultivaron la semilla más fecunda que ha conocido la inteligencia, el laicismo, la moral y la educación en la España contemporánea. Dos veces separado de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la universidad de Madrid, hasta que fue repuesto en ella, finalmente, en 1881, desengañado de la experiencia del sexenio revolucionario, Giner comprendió por reflexión y experiencia propia que el Estado, la Iglesia o cualquier institución de poder no sólo podían atropellar la libertad de conciencia, de pensamiento, etc., sino también coartar determinantemente el instrumento más precioso para la regeneración del individuo y de la sociedad: la educación.
De ahí que viera en el laicismo y la independencia los instrumentos fundamentales que debían preservar la libertad del proyecto y actividades educativas que, finalmente, constituirían la Institución Libre de Enseñanza como una empresa privada, ajena a intereses de Estado, de ideologías políticas, eclesiásticas, o influencias de cualquier otra índole. Y de ahí también que Giner y su Institución sean, con mucha diferencia sobre cualquier otro intento de parecido tenor y materia, lo mejor que nos ha pasado en nuestra historia, y se eleven como el símbolo del mejor y más deseable reformismo individual y social, y de la práctica imprescindible del laicismo, que en toda sociedad civilizada delimita como principio universal la libertad y autonomía de las actividades humanas en sus respectivos campos de actuación, sin imposiciones religiosas ni políticas, etc. Porque ese era el primer y más importante paso de estos hombres, sustraerse de cualquier dependencia del Estado, no digamos de la Iglesia, que arrumbara su proyecto y su libertad. En palabras de los fundadores: “Dar el primer paso en el camino de la independencia en este orden es el fin de la Institución que aspiramos a establecer en nuestra patria”.
Con su proyecto educativo, Giner quería hacer hombres (“había que formar hombres”, decía) a los que había que enseñar a pensar y a vivir, no con una formación intelectualista, sino con una educación integral, que atendiera con esmero a todas las facultades del individuo. Mediante el llamado “método intuitivo”, La Institución desterraba toda repetición mecánica de nociones y ponía al alumno en contacto directo con la realidad en todos los aspectos, sobre los que debía observar y preguntarse como principio de aprendizaje y conocimiento. En definitiva, un método socrático que perseguía, más que instruir, una educación total, un desarrollo de la personalidad individual, “nunca más necesario -escribió Giner- que cuando ha llegado a su apogeo la idolatría de la nivelación y de las grandes masas”. Porque para este santo laico había que “preparar suelo más firme para levantar la ciudad ideal del porvenir, sólo capaz de alzarse en tierra emancipada de la más brutal servidumbre, que es la del espíritu”.
Que cien años después de su muerte, la obra y la personalidad de este hombre verdaderamente grande, no sólo no sean celebradas con entusiasmo agradecido, sino más bien ninguneadas y hasta escarnecidas, es una muestra irrefutable de que la barbarie sigue habitando con peligrosa salud entre nosotros.
(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

viernes, 20 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Giner de los Ríos: más que un maestro"

   En "El País":

Giner de los Ríos: más que un maestro

Homenaje al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, fallecido hace un siglo




  • Clases al aire libre en el Instituto-Escuela, en Madrid, hacia 1933. / FUNDACIÓN FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS (ILE)

    En el verano de 1883, durante cinco semanas, caminando o, en su modalidad más cómoda, en asiento de tren de tercera, Francisco Giner de los Ríos recorrió media España junto a alumnos y profesores de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). “Sin saberlo nosotros, íbamos buscando por estos montes, no a la serrana del Arcipreste, sino la nueva España del porvenir”, relataría posteriormente el socialista Julián Besteiro, uno de aquellos excursionistas. La ILE, un fogonazo que duró seis décadas, expandió una renovadora fe laica, que veneraba la cultura y la ciencia, sacaba los libros al monte y sacudía la pelusa del retraso con el envío de talentos al exterior y la invitación a España de quienquiera que tuviese algo notable que aportar: Marie CurieAlbert EinsteinAlexander Calder o John Dos Passos.
    Fundada en 1876 y defenestrada (y vilipendiada) tras la Guerra Civil por la dictadura, la ILE fue una de las criaturas más innovadoras alumbradas en España. Sin ella no se entiende la generación de luciérnagas que puso patas arriba la cultura española en los años treinta. “Lo iniciado por Giner de los Ríos con la ILE en 1876 sólo se pudo apreciar cabalmente 40 años después, tras su muerte”, sostiene José García-Velasco, secretario de la Fundación Giner de los Ríos, en la obra de tres volúmenes dedicada a la institución y a su fundador, publicada en 2014.
    Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915), hijo de un funcionario de Hacienda, fue un insual visionario, que no quedó atrapado en la telaraña de la teoría ni en la nostalgia del fracaso. En 1875 le apartaron de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la Universidad Central por negarse a acatar la norma que impedía las críticas a la religión católica o a la monarquía —el mismo destino que sufrió Nicolás Salmerón, también krausista y cómplice en la aventura de la ILE—. Ese mismo año Giner de los Ríos fue encarcelado en Cádiz, donde comenzó a mascar su futuro proyecto. En julio escribe: “Mi plan, para el año próximo, es abrir en Madrid dos clases privadas, a ver si puedo vivir de mi trabajo por este camino. Si se realizan algunos ofrecimientos que nos hacen, tal vez organicemos modestamente una pequeña institución de enseñanza superior libre, con una escuela de Derecho”.


    Francisco Giner de los Ríos, en El Pardo. / FUNDACIÓN FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS (ILE)
    La Institución nació al año siguiente como un electrón libre en lo institucional, “completamente ajena a todo espíritu e interés de comunidad religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando tan sólo el principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia”, según sus estatutos. Su primera vocación —universidad privada y laica, a semejanza de la Universidad Libre de Bruselas, fundada por masones belgas— no cuajó, “pero esto lejos de desanimar a Giner y sus compañeros, les llevó a adoptar la opción estratégica que 30 años después se revelaría como una inversión muy productiva”, recuerda García-Velasco. Se volcaron en la enseñanza primaria y secundaria —Antonio Machado sería uno de sus alumnos— y, sobre todo, iniciaron una estrategia de ramificación de su filosofía en una serie de organismos públicos y autónomos —el Museo Pedagógico, la Junta de Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes o el Instituto-Escuela— que contribuirían a formar brillantes científicos, intelectuales y políticos. Y aunque menos de lo que sus enemigos proclamaban, el espíritu institucionista caló en numerosos ámbitos. “Con el tiempo”, señalan los historiadores Javier Moreno Luzón y Fernando Martínez López, “las dimensiones políticas de este organismo libre tuvieron un gran alcance”. Tanto por las generaciones de intelectuales crecida bajo su paraguas como por el hecho de que sus políticas permearon las iniciativas de algunos gobiernos.
    En la misma casa donde Francisco Giner de los Ríos murió hace justo un siglo —y que acaba de ser rehabilitada tras 10 años de trabajo— se reunieron ayer para recordarle personas vinculadas a la Fundación que lleva su nombre, heredera del espíritu ILE, entre ellas Salvador Giner, Laura García-Lorca, José Manuel Sánchez Ron, Isabel de Azcárate Gómez o Nicolás Sánchez Albornoz. La actriz Ariadna Gil, cuyos abuelos se conocieron en la Residencia de Estudiantes, recitó el poema que Antonio Machado le dedicó a su antiguo profesor: “Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”.

    jueves, 19 de febrero de 2015

    POESÍA. "A don Francisco Giner de los Ríos". Antonio Machado

    Francisco Giner de los Ríos

    Ayer se cumplieron cien años de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, considerado por muchos como uno de los grandes educadores de la España contemporánea; fue el creador de la Institución Libre de Enseñanza, que estaba «disociada de los principios o intereses de toda comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, y defendía la libertad e inviolabilidad de la ciencia, y el derecho de todo maestro al ejercicio ya la transmisión independientes del conocimiento, sin interferencia de ninguna autoridad».
    
       Don Antonio Machado le escribió esta elegía:
    
    A don Francisco Giner de los Ríos
    
     Como se fue el maestro,
    la luz de esta mañana
    me dijo: Van tres días
    que mi hermano Francisco no trabaja.
    ¿Murió? . . . Sólo sabemos
    que se nos fue por una senda clara,
    diciéndonos: Hacedme
    un duelo de labores y esperanzas.
    Sed buenos y no más, sed lo que he sido
    entre vosotros: alma.
    Vivid, la vida sigue,
    los muertos mueren y las sombras pasan;
    lleva quien deja y vive el que ha vivido.
    ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
    Y hacia otra luz más pura
    partió el hermano de la luz del alba,
    del sol de los talleres,
    el viejo alegre de la vida santa.
    . . . Oh, sí, llevad, amigos,
    su cuerpo a la montaña,
    a los azules montes
    del ancho Guadarrama.
    Allí hay barrancos hondos
    de pinos verdes donde el viento canta.
    Su corazón repose
    bajo una encina casta,
    en tierra de tomillos, donde juegan
    mariposas doradas . . .
    Allí el maestro un día
    soñaba un nuevo florecer de España.
    
                                          Baeza, 21 febrero 1915.

    PRENSA CULTURAL. "Nota sobre el centenario de la muerte de Giner"

    Francisco Giner de los Ríos

       En "El País":

    Nota sobre el centenario de la muerte de Giner

    Fue hombre de su tiempo, de nuestro tiempo y del tiempo futuro


    Cuenta Fernando de los Ríos, en su texto "Escuela y despensa (homenaje a Costa)" recogido en sus Escritos breves, que una noche de 1910, durante una cena con su tío Giner y el discípulo de éste Joaquín Costa fue testigo, a propósito de una poesía que describía la España del siglo XVII, del siguiente diálogo entre ellos:
    - Giner -le dijo Costa a don Francisco -, esa es España.
    Y Giner le contestó:
    - No Joaquín, así fue España. España es ya otra.
    - Giner, hace falta un hombre.
    - Joaquín, lo que se necesita es un pueblo.
    La búsqueda de ese pueblo lleva a Giner a crearlo, o a recrearlo. Es la razón última de su proyecto educativo. Giner pretende un pueblo educado en armonía con la naturaleza y preparado para la convivencia. Educarlo, que no instruirlo por medio de la tradicional enseñanza que se ocupaba (y preocupaba) sólo por la memorización de lo que otros pensaban, ajena a toda reflexión propia. Inculcarle el valor de la tolerancia y los principios que fundamentan el avance de la civilización. Dar el protagonismo al alumno. ¿Cómo hacerlo? Giner encuentra la respuesta en la pedagogía, que transforma y revoluciona. Algunos de esos alumnos, imbuidos de tan nobles convicciones, serán años después capaces de hacer suyos los problemas de los demás y antepondrán los intereses colectivos a los propios.
    En la primera planta del antiguo edificio de la Institución estaba, en una pared y enmarcada, la elegía que Antonio Machado dedicó a su maestro Giner hace ahora cien años, donde decía:

    Pretende un pueblo educado en armonía con la naturaleza y preparado para la convivencia
    “Allí el maestro un día soñaba un nuevo florecer de España”
    Aquel hombre bueno y poeta sabio que en su Autobiografía recordaba: “Me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza y conservo un gran amor a mis maestros”. Aquel hombre bueno y poeta sabio que, en La Voz de España, el 14 de abril de 1937 recordaba, en la efeméride republicana, que “unos cuantos hombres honrados, (…), tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el porvenir”. Muchos de ellos formados gracias al proyecto educativo que impulsó Giner y dio cauce la Institución Libre de Enseñanza.
    Giner fue hombre de su tiempo, de nuestro tiempo y del tiempo futuro. La modernidad de las ideas de Giner hace inevitable el hallazgo de rasgos comunes con actuales renovadores de la educación. En La educación encierra un tesoro, parece como si Delors escribiese la continuación de los últimos textos de Giner. El aprendizaje del alumno no trata solo de sumar conocimientos sino de su aplicación, como también de que los jóvenes aprendan a vivir juntos, y encuentren su propio camino en la vida por medio del ejercicio del pensamiento. También el ilustre profesor de la New York University Ken Bain decía en 2007 que “los buenos profesores no aspiran meramente a que sus estudiantes hagan bien sus exámenes, sino a producir una influencia duradera e importante en la manera en que piensan, actúan y sienten”.
    Algo que, asimismo y con sus palabras, decía Giner.
    Francisco Michavila es director de la Cátedra UNESCO de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid y Patrono de la Fundación Francisco Giner de los Ríos [Institución Libre de Enseñanza].

    PRENSA CULTURAL. EDUCACIÓN. Francisco Giner de los Ríos. "El maestro de la educación interior". Francisco J. Laporta

       En "El País":

    El maestro de la educación interior

    Francisco Giner de los Ríos dedicó su alma a convencer a los españoles de que podían ser un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Para la Institución Libre de Enseñanza, la vida debía ser vista como una obra de arte

     

  • ENRIQUE FLORES

     Es muy difícil acostumbrarse a carecer del calor de aquella llama viva”. Así escribía José Castillejo, alma de la Junta para Ampliación de Estudios, el 20 de febrero de 1915 tras haber acompañado al cementerio civil de Madrid los restos de don Francisco Giner de los Ríos en un sudario blanco y rodeados de romero, cantueso y mejorana del Pardo, sus pequeñas amigas del monte. Una consternación profunda se apoderó de todos. De los de siempre (Azcárate, Cossio, Rubio, Jiménez Frau), pero también de los grandes del 98, como Azorín, Unamuno o Machado, y de los jóvenes europeístas del 14, como Ortega, Azaña o Fernando de los Ríos. Unas violetas de Emilia Pardo Bazán, y quizás unas flores traídas por Juan Ramón acompañaban también, junto al pesar de los poetas nuevos, a la sencilla comitiva.
    Todos quedaron como suspendidos en una honda sensación de orfandad. Por esperada que fuera, la muerte de Giner dejó a la cultura española sin aliento, sin calor, sin luz. Aquel hombre incomparable había sido su más importante referencia moral durante medio siglo. Y la más decisiva incitación educativa de la España contemporánea. Con un sereno gesto histórico, con pasión pero con paciencia, sin ceremonias ni grandilocuencias vacías, que tanto despreciaba, había dicho suavemente su gran verdad a todos los maestros hambrientos y desasistidos de España: que el oficio de educar era la más importante empresa nacional. Una lección que aún nos sigue repitiendo desde entonces y que tenemos que aprender de nuevo una y otra vez.
    En su pequeña escuela de la calle del Obelisco, la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, había tomado sobre sí la tarea de enseñar a los españoles a ser dueños de sí mismos. Para ello tuvo que luchar denodadamente contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas. Lo hizo durante toda su vida, con un sentido profundo de su deber civil y una resolución inquebrantable. Y con un gran respeto por todos. Tenía una viva conciencia de que la Institución era observada y cuestionada, y que no iba a permitírsele el más mínimo error, pero tenía también palabras de gratitud para quienes la hostigaban y perseguían porque también eso era estímulo para el cuidado y la mejora.

    Enseñó que la integridad moral es el señorío sobre sí mismo que surge de convicciones profundas
    Giner de los Ríos había nacido en Ronda en 1839 y recaló en Madrid a hacer sus estudios del doctorado en la década de los sesenta. Allí encontró a sus maestros Julián Sanz del Río y Fernando de Castro, a cuyo lado reposa todavía hoy. La filosofía krausista que estos habían introducido en la Universidad española fue el prisma por el que miró la realidad española. En ella aprendió la tolerancia religiosa, el culto a la razón y a la ciencia, la integridad moral y el liberalismo político genuino (no el meramente exterior y postizo). Pero con estos pertrechos no se encajaba bien en la Universidad de la época, vigilada hasta la asfixia por el dogmatismo intransigente de los católicos. Esa manía tan nuestra de exigir juramentos a los profesores, sobre esta o aquella constitución, le llevó dos veces a ser expulsado de su cátedra. Simplemente pensaba que no debía hacerlo y no estaba dispuesto a hacer componendas con su propia conciencia. Al no ceder, puso en pie en España junto a sus maestros la primera piedra de esa libertad de cátedra que hemos tardado cien años más en poder disfrutar.
    Giner experimentó una profunda decepción ante la conducta política de la juventud liberal durante el sexenio revolucionario (1868-1873). Sus palabras, que también nos hieren hoy, son el mejor comentario: “¿Qué hicieron los hombres nuevos? ¿Qué ha hecho la juventud? ¡Qué ha hecho! Respondan por nosotros el desencanto del espíritu público, el indiferente apartamiento de todas las clases, la sorda desesperación de todos los oprimidos, la hostilidad creciente de todos los instintos generosos. Ha afirmado principios en la legislación y violado esos principios en la práctica; ha proclamado la libertad y ejercido la tiranía; ha consignado la igualdad y erigido en ley universal el privilegio; ha pedido lealtad y vive en el perjurio; ha abominado de todas las vetustas iniquidades y sólo de ellas se alimenta”.
    Para quien sepa leer, poco hay que añadir. Desalentado, expulsado de nuevo de la Universidad por negarse a jurar nada ni aceptar textos oficiales, se perfila en su ánimo la convicción de que sólo la educación “interior” de los pueblos (como él la llama) es eficaz para promover las reformas y los cambios que la sociedad necesita, aunque nunca parece querer. Ni medidas políticas, ni pronunciamientos, ni revoluciones. Oigámosle otra vez algunos años después, tras el desastre del 98: “En los días críticos en que se acentúan el tedio, la vergüenza, el remordimiento de esta vida actual de las clases directoras, es más cómodo para muchos pedir alborotados a gritos ‘una revolución’, ‘un gobierno’, ‘un hombre’, cualquier cosa, que dar en voz baja el alma entera para contribuir a crear lo único que nos hace falta: un pueblo adulto”.

    Tuvo que luchar contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas
    Un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Por eso entregó Giner en voz baja su alma entera. Y la expresión más cabal de esa entrega fue la Institución Libre de Enseñanza. Con ella se vino a saber entre nosotros que la implantación memorística de textos y letanías no era educar, sino a lo sumo instruir, y de mala manera. Que para aprender era necesario pensar ante las cosas mismas, activamente, tratando de descifrar su disposición y su razón de ser. Se supo también que la integridad moral no tenía nada que ver con reglamentos externos, y premios y castigos; era más bien una suerte de señorío sobre sí mismo que surgía de convicciones profundas.
    Que la catequesis religiosa debería desaparecer de la escuela, pues no hacía sino adelantar las diferencias que dividen a los seres humanos, ignorando la raíz común de humanidad que los une a todos. Que una creencia religiosa impuesta coactivamente traiciona la propia religión y profana las mentes vulnerables de los niños. Que las conquistas de la ciencia expresan el camino del ser humano hacia la verdad, la única verdad que hay que respetar por encima de tradiciones, prejuicios y supersticiones. Que estudiar para examinarse una y otra vez es necio y dañino, pues mina la salud sin descubrir al niño el goce del estudio y el descubrimiento. O que las niñas (estamos en 1876, no se olvide) deben educarse no sólo como los niños, sino con los niños, porque establecer una división artificial en la escuela no sólo es una discriminación errónea, sino una solemne estupidez. Y tantas otras cosas.
    Para Giner de los Ríos había que transmitir en la educación la idea de que la propia vida ha de ser vista como una obra de arte, como la realización libre y capaz de las ideas que cada uno se forja en el espíritu, la plasmación de un proyecto personal. En eso consistía ser dueño de uno mismo. Y a eso se entregó en la Institución Libre de Enseñanza. Desde ahí irradió a todo el país con una brillantez y una profundidad que todavía hoy nos causan asombro y apenas hemos sido capaces de asumir. Esas entre otras son las razones que hoy, cien años después, nos llevan con unas flores al cementerio civil.
    Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.