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miércoles, 17 de junio de 2015

PRENSA. "Indefensos ante la manipulación". Rafael Argullol

   En "El País":

Indefensos ante la manipulación

‘El mundo de ayer’, de Stefan Zweig, es una lección magistral de cómo los totalitarismos del siglo pasado, al provocar la demolición del vínculo entre palabra y verdad, consiguieron de paso extirpar el espíritu a los hombres


EVA VÁZQUEZ


Hace años, estando en Río de Janeiro, me empeñé en visitar Petrópolis, una ciudad situada en la sierra de Orgaos, a 60 kilómetros de la capital carioca. Tenía curiosidad por ver la ciudad que albergó la corte estival de los emperadores de Brasil, dado que siempre resulta una sorpresa ser informado de que Brasil tuvo emperadores, aunque por escaso tiempo, en el siglo XIX. Petrópolis es agradable, con un clima seco que contrasta con el de Río. Su principal patrimonio es, precisamente, el Museo Imperial. Sin embargo, tiene otro pequeño museo cuyo contenido tiene una importancia simbólica mucho mayor que el que recuerda la pompa extravagante de los fugaces emperadores. Me refiero al dedicado a Stefan Zweig, en la casa donde el escritor austriaco y su mujer Lotte se suicidaron el 22 de febrero de 1942.
En este pequeño museo advertí, por primera vez, que no había una fotografía, sino dos, sobre aquella muerte. En la que yo conocía hasta entonces los cadáveres de Stefan y Lotte se mostraban, separados, sobre una cama, con una mesilla al lado con diversos objetos: un vaso, una botella de agua, una caja de cerillas, una lámpara. En la otra fotografía, desconocida para mí, el cadáver de Lotte aparecía inclinado sobre el de Stefan, juntas las manos de ambos. Me comunicaron amablemente que la variación de la escena era la consecuencia de que la policía, tras tomar una primera fotografía, habría separado pudorosamente los cadáveres, de modo que la siguiente fotografía fue la que se hizo pública para la prensa. Pensé que en la variación de las dos imágenes se alojaba todo un mundo, y que así lo hubiese considerado el propio Zweig.
Modestamente enmarcado colgaba en una pared de la casa el llamado testamento de Stefan Zweig, un breve texto que el novelista había escrito, al parecer, el día anterior al suicidio, dirigido al juez y a la policía. En realidad era un documento tan singular que sólo podía estar dirigido al conjunto de los hombres. En la primera mitad del texto, tras advertir que dejaba la vida por propia voluntad y en plena posesión de sus facultades mentales, Zweig agradecía a los brasileños la extraordinaria hospitalidad que le habían ofrecido, al tener que huir él de Europa, acosado por el nazismo. Finalizaba: “Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma (…). Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra. Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos”.

Su obra desapareció de las estanterías, como si los nazis hubieran conseguido exterminarla
En Petrópolis entendí el resurgimiento, en los últimos decenios, de Zweig como escritor. Al igual que sucede en otros casos, su recepción había experimentado un violento zigzag. Tremendamente popular en la Europa de entreguerras, había desaparecido de las estanterías después de la segunda contienda mundial, como si los estudiantes nazis que quemaban sus libros en las plazas de Alemania hubiesen conseguido exterminarlo para siempre. Con frecuencia veíamos Veinticuatro horas de la vida de una mujer y otras novelas de Zweig en las bibliotecas de nuestros abuelos, pero en la universidad ningún profesor recomendaba a un escritor que parecía definitivamente periclitado. Pero los últimos años del siglo XX, el siglo que lo había llevado a la cima y lo había destruido, albergaron el inesperado retorno de Zweig a las librerías de los países europeos. Cuando un retorno de este tipo se produce no hay duda de que la época, con sus interrogantes, lo exige, aunque sea de manera oblicua.
Recientemente he releído El mundo de ayer; Stefan Zweig subtituló Memorias de un europeo a un libro escrito en circunstancias adversas: sin apuntes, sin archivos, sin amigos con los que compartir los recuerdos del pasado y, por encima de todo, en una situación de permanente hostigamiento traumático que, como se deduce del testamento previo al suicidio, no se amortigua ni siquiera en el amable exilio de Brasil. Es más, El mundo de ayer sirve para encontrar explicación al suicidio, aparentemente chocante, de alguien que no está enfermo, no es un fracasado y no es sentimentalmente infeliz. Sirve para encontrar explicación a lo que quizá podría ser definido como un suicidio civilizatorio, si es que tenemos —no tenemos— necesidad de definir actos como este.
Más allá de sus múltiples aciertos literarios, El mundo de ayer es una lección magistral sobre la demolición de los vínculos entre palabra y verdad. Los totalitarismos, a través de los cuales la Europa exaltada por Zweig, junto a tantos otros escritores, se había “destruido a sí misma”, ponían al descubierto que aquella demolición dejaba indefenso por completo al individuo y, en consecuencia, listo para la manipulación y la sumisión. Extirpando la verdad a las palabras se extirpaba también el espíritu a los hombres. Es posible que, en la lejana Petrópolis, Zweig, antes de suicidarse, pensara que los efectos de lo que estaba sucediendo conmoverían irreparablemente el futuro.

Europa era una cultura; no, como alardean los portavoces del presente, una marca
Y, al menos en parte, tenía razón. Nosotros, por fortuna y por el momento, vivimos muy lejos de aquel paisaje apocalíptico que se tragó el mundo de Zweig. Sin embargo, en muchos sentidos somos herederos de aquella extinción. Nuestra época ya no ha recuperado, o no ha querido recuperar, la verdad interna de la palabra. Si somos sinceros, nuestra época ya no piensa en términos de palabra o de verdad. “Dar la palabra”, un ritual sacralizado hasta hace poco, ha dejado, en apariencia, de tener significado, y en nuestra vida pública la presencia de la verdad se ha convertido en fantasmagórica, aplastada por las obesas siluetas de la rentabilidad, la eficacia, el impacto o la utilidad. En lenguaje, o la falta de lenguaje, lo dice todo: compárese el tono con el que se proclama la actual construcción europea con el que refleja Zweig en El mundo de ayer cuando hace referencia al entusiasmo con que Rilke, Valéry y tantos otros se referían a la “unidad espiritual” de Europa. Europa era una cultura; no, como alardean los portavoces del presente, una marca.
Con todo, donde el lector actual puede encontrar la mayor vibración al recorrer las páginas de Zweig es al percibir ciertos paralelismos entre los riesgos del pasado y del presente. Huérfanos de la verdad de las palabras, o incapaces de encontrarla y compartirla, también nosotros nos encontramos indefensos ante la manipulación, por más que nuestra fe tecnológica nos mantenga ensimismados. Las épocas parecen muy distantes, es cierto. En la nuestra sólo ha irrumpido una multitud de pequeños brujos que juegan con la mentira y casi todos convivimos indiferentemente con ella. Pero la falta de amor a la verdad entraña el mayor peligro: es el terreno abonado para que los grandes brujos entren en escena.
Rafael Argullol es escritor.

jueves, 5 de marzo de 2015

PRENSA. "El espejo de la intolerancia". Martín Casariego

   En "El País Semanal":

El espejo de la intolerancia

Leo que el Estado Islámico ha pretendido vender el cadáver de James Foley, el periodista estadounidense decapitado, a sus familiares


El ejecutor de James Foley.

“Hay un libro emocionante de Stefan Zweig, Castellio contra Calvino, en el que se cuenta el enfrentamiento entre los dos teólogos, el tolerante y el fanático. “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”, escribió Castellio (en traducción de Berta Vias Mahou; Acantilado). “Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe”. Y también: “Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”. Castellio murió en 1563 en Basilea, poco antes de que Calvino, su implacable perseguidor, tuviera el placer de verle en la hoguera.
Desde la lectura de ese libro, pienso que el mundo es –entre otras muchas cosas– el escenario de una eterna lucha entre la tolerancia y la intolerancia. Uno, sentado en su sillón, encontraría increíble que alguien pretendiera obligarle a pensar esto o aquello, a no hablar con quien le plazca, a taparse la cara, a no poder amar a alguien de su mismo sexo… Hasta que se levanta, mira alrededor y ve que así se ha hecho la historia del mundo, entre los que quieren ser libres y los que quieren tiranizar. Que así se está haciendo.
Leo que el Estado Islámico ha pretendido vender el cadáver de James Foley, el periodista estadounidense decapitado, a sus familiares; leo que una ceutí, hermana de un suicida, le ha seguido a Siria y se ha casado con un tal Kokito, que se exhibe en Internet con las cabezas de sus víctimas; veo –no entero– un vídeo donde un niño, aleccionado por sus mayores, ejecuta de un tiro a dos rusos; leo que proyectan en una plaza pública el vídeo llamado La alegría de los musulmanes mientras arde el piloto jordano; un niño de unos ocho años de edad contempla la pantalla sonriendo y dice a la cámara: “Le habría quemado yo mismo”; leo que en Berlín, hace unas semanas, un imán predica: “Como dijo el profeta Mahoma, si un hombre invita a su mujer a la cama y ella se niega y decide dormir, los ángeles la maldecirán hasta que despierte. A la mujer no le está permitido excusarse, ni tampoco puede impedir que su cuerpo sea utilizado para darle placer a su esposo, incluso si está menstruando”; leo que, en la misma mezquita, otro imán oraba por los judíos: “No dejes a ninguno de ellos y hazles sufrir terriblemente”; leo que en Irak los yihadistas venden a unos niños como esclavos sexuales y crucifican a otros; leo que Abderrahmane Sissako se decidió a rodar Timbuktu, película nominada a los Oscar, al leer que una pareja con dos hijos había sido lapidada en Malí por no estar casados. Y dice: “Una minoría ha tomado al islam como rehén”.

Para bien o para mal, la actualidad puede durar siglos
Y es cierto. Como lo es que la lucha contra esa minoría deben encabezarla los propios musulmanes. Solo así se evitará estigmatizar a toda una comunidad religiosa, que es la que más está sufriendo este salvaje brote de intolerancia. Algunos lo están haciendo, personas como Sissako, países como Túnez: los castellios musulmanes brindan, en ese panorama terrible, una esperanza.
A veces, cuando escribes en un periódico, piensas: ¿esto seguirá siendo actual cuando se publique? Libros como Castellio contra Calvino te hacen ver que, para bien o para mal, la actualidad puede durar siglos.

miércoles, 3 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Stefan Zweig, escritor.

Stefan Zweig

   En "El País":

La vertiginosa épica del sentimiento

El lanzamiento de ‘Novelas’ resume las razones de por qué hay que leer o releer a Stefan Zweig

 29 ENE 2013

El pasado 22 de febrero de 2012 se cumplieron setenta años del suicidio del escritor austriaco de ascendencia judía Stefan Zweig (1881-1942); exiliado en Brasil, ingirió una fuerte dosis de veronal junto a su segunda esposa, Lotte Altmann. Ella estaba enferma, con escasa posibilidad de cura; y él, a sus sesenta años, padecía una honda depresión y el agotamiento de deambular de un país a otro, sin hogar, privado de su fabulosa biblioteca salzburguesa, y sin sosiego para trabajar. Sufría de pesimismo y angustia por el destino de la Europa que tanto había amado: en 1942 Hitler parecía invencible. Zweig no quería seguir viviendo con la perspectiva de que su viejo mundo de cultura y libertad se desmoronara llevándose consigo el humanismo de los buenos europeos, aquellas ideas que defendían los demócratas que masacraban los nazis.
Stefan Zweig era un escritor superventas cuyas obras se habían traducido a más de cincuenta idiomas. Desde 1925 ningún otro autor vendía tantos libros como él, ni siquiera el gran Thomas Mann. Había triunfado entre el público culto de la época con unos magistrales ensayos biográficos sobre algunos de sus creadores predilectos: Nietzsche, Hölderlin, Dostoyevski... lo mismo que con las insuperables biografías de Fouché, María Antonieta o María Estuardo. Zweig no aportaba datos históricos nuevos pero era capaz de transmitir sentimientos, descubrir las pasiones y los arrebatos de la personalidad, así como los giros inusitados del destino que transforman las vidas. Nadie antes que él reflejó con tanto detalle las perplejidades del corazón, los trastornos del alma de los creadores geniales o de los personajes políticos.
Además de biógrafo fue también poeta y traductor, iniciándose en estas tareas durante su acomodada juventud en la brillante Viena de los Habsburgo; conoció y admiró a grandes escritores y se enamoró de la literatura francesa, sobre todo de Balzac. También Chéjov y Tolstói fueron sus admirados maestros. Siguiendo sus estrellas, Zweig comenzó a escribir relatos y novelas; y enseguida hizo gala de un estilo inconfundible: raudo y ágil, conciso y sin concesiones a la palabrería. Tampoco tuvo que ir muy lejos para descubrir el mapa de las aventuras que deseaba contar, pues éste se circunscribía al interior del ser humano: un terreno que él consideró más ilimitado y enigmático que cualquier otro.
Zweig exploraba las pasiones de sus contemporáneos igual que hacía con la vida de las personalidades artísticas. Por ejemplo, sabía describir bien la psicología de sus personajes femeninos. Esposas seducidas o tentadas por la aventura con un extraño; muchachas llenas de anhelos inconfesables… sus novelas así lo confirman. Por lo demás, el escritor en su vida privada tenía éxito con las mujeres. Rompía corazones de vez en cuando, aunque nunca fue un despreciador ni un misógino, a la manera de su conciudadano Arthur Schniztler; se hallaba más cercano al feliz gozador que fue Casanova, a quien también dedicó una magnífica semblanza biográfica.
A finales del pasado año Acantilado lanzó un espléndido tomo que contiene una buena muestra de quién fue Zweig como novelista. El lector encontrará aquí las novelas más representativas de Zweig. Todos los títulos que se presentan son dignos de lectura, aunque destaco Ardiente secreto, La impaciencia del corazón, La embriaguez de la metamorfosis y Novela de ajedrez. Quien lea la primera de las citadas se prendará para siempre de su escritura: el balneario, el niño a solas con la madre y el seductor que se interpone entre ambos como un demonio revulsivo; el pequeño traicionado por los adultos y su venganza. ¡Una maravilla! La piedad peligrosa es un apasionante melodrama —igual que la conmovedora Carta a una desconocida— ambientado en la Viena finisecular, con un joven fatuo como protagonista que encontrará su merecido existencial por su confusión de sentimientos en medio de una dramática situación que se le escapa de las manos. Zweig sabe ser tierno con las debilidades humanas, sin que por ello se muestre menos duro con la inmadurez y la falta de compromiso de sus personajes, que son por lo general personas “normales” de aquella clase media-alta austriaca, acomodada y cosmopolita que gozaba de ciertas libertades modernas aunque viéndose aún encadenada por ominosas represiones burguesas.
En La embriaguez de la metamorfosis una simple muchachita empleada de correos tiene la oportunidad de vivir durante unos días un sueño: alojada como huésped en un caro balneario de montaña conocerá una vida de lujo y diversión para la que no está destinada; el lector gozará con ella de esa ilusión de cambio vital y también deseará que el idilio no termine nunca. Esta magnífica novela quedó interrumpida con la muerte de Zweig, igual que Clarissa; no obstante, su lectura es absorbente, pues si algo caracteriza a estas novelas —a todas— es que atrapan con su sorprendente suspense psicológico, con su vertiginosa épica de los sentimientos.
Pocos meses antes de morir, aislado en la ciudad de Petrópolis, sin libros que consultar para terminar su gran estudio sobre Balzac, Zweig leía a Montaigne —un volumen de Los ensayos que al azar había caído en sus manos— y mataba el tiempo con Lotte jugando al ajedrez. Muy productivo a pesar de su pesimismo, todavía justo antes del fin escribió su impagable libro de memorias El mundo de ayer, y también la sorprendente Novela de ajedrez, la más popular de todas las que escribió, un relato perfecto en el que mostraba su sutil repulsa hacia el nazismo: un campeón mundial de ajedrez, romo y de ideas fijas, pierde una partida ante un misterioso personaje, el Dr. B., un hombre culto machacado por la Gestapo pero que supo conservar su integridad y libertad interiores cuando a su alrededor el mundo se derrumbaba: tal fue el heroísmo de Erasmo o el de Castellio —figuras tan caras a Stefan Zweig—, y su propio heroísmo. En estos tiempos de insania política merece la pena leer y releer a Zweig y, a la vez, conocer su exitosa y trágica existencia. Esperemos que Acantilado publique pronto la imprescindible biografía escrita por D. A. Prater: Stefan Zweig. La vida de un impaciente. Zweig, demasiado humano para un tiempo de inhumanidad.

lunes, 28 de noviembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "La decadencia de las palabras", por Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":
La decadencia de las palabras

GUSTAVO MARTÍN GARZO 26/11/2011

   "Acojamos el tiempo tal como él nos quiere", esta es la cita de Shakespeare que Stefan Zweig elige como pórtico de su libro de memorias, El mundo de ayer; un libro en el que habla de esa generación que vivió entre las dos guerras haciendo suyo el sueño de una Europa unida por el arte y la cultura. La última generación capaz de creer en el ser humano, como se afirma en la contraportada del libro.
   ¿Es verdad esto? ¿Podemos afirmar que la crisis de la razón y de la cultura es tan grande hoy en día que ya no es posible un sentimiento así? Vivimos en un mundo convulso y complejo, lleno de flagrantes injusticias, pero no es peor que el que le tocó vivir a Stefan Zweig, y basta leer su libro para ratificarlo. Puede que exista, sin embargo, una diferencia esencial. Leyendo a los escritores de ese tiempo, se tiene la impresión de que en el nuestro hemos dejado de creer en el valor de las palabras. Stefan Zweig pertenece a un mundo que pensaba que los escritores tenían algo que decir y que, por lo general, contribuían con sus libros y artículos a mejorar las cosas; mientras que hoy día no me parece que nadie piense nada parecido.
   Zweig era un heredero de la Ilustración e, influido por el psicoanálisis, estaba convencido de que bastaba con nombrar los problemas para que estos empezaran a resolverse. Su libro está escrito en el año 1942, cuando el nazismo extiende su red fatal sobre toda Europa, y, a pesar de todos los horrores que narra, está lleno de esperanza. Es cierto que unos meses después de terminarlo se suicidará con su mujer en Brasil, pero no lo es menos que cuando tiene que elegir las palabras que van a cerrar sus memorias, y su propia existencia, elige unas que afirman el poder sagrado de la vida: "Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad".
   Es cierto, sin embargo, que muy pocas veces las palabras han valido menos que hoy. Se trata de una paradoja, puesto que cuanto más hablamos y escuchamos hablar menos parece valer lo que decimos. En nuestro tiempo, el lenguaje no solo se utiliza para ocultar la realidad, sino que nadie se hace responsable de lo que dice, por lo que ha dejado de extrañarnos que alguien pueda afirmar hoy justo lo contrario de lo que opinaba unos días atrás.
   Y es en la política y en los medios de comunicación donde estos vicios han adquirido un descaro mayor. Miguel Delibes escribió hace años que la misión del escritor era la convocatoria de la palabra, y convocar la palabra es algo más que una actividad estética, tiene un valor moral. Al hablar o escribir buscamos hacer posible un espacio de conocimiento, responsabilidad y alegre locura, un espacio de encuentro con los demás. Son las palabras las que vuelven habitable el mundo.
   Ser hombre es vivir en el lenguaje, alimentarse de palabras. Símbolo, según Covarrubias, viene de symbolum, que significa señal para reconocerse, aludiendo a una tablilla que, repartida entre dos o más personas, estos debían completar al encontrarse para identificarse entre sí. El origen de nuestro pensamiento es esa falta. O dicho de otra forma, hablamos con los demás, y les hacemos hablar, tratando de recibir de ellos lo que nos completa. No creo que hoy día muchos esperen algo así de los escritores. Se espera, a lo sumo, que amenicen las sobremesas de los políticos y de los medios de comunicación. En estos últimos años hemos asistido a una pérdida indiscutible del prestigio del universo del libro. Los cambios se han sucedido a una velocidad de vértigo, y el hombre actual apenas ha tenido tiempo para asimilarlos. No me refiero solo al hombre que podríamos considerar común. También entre el hombre culto de hoy y el de hace unas décadas hay diferencias esenciales. Hoy día, por ejemplo, sería difícil encontrar a un hombre, por muy culto que fuera, que conociera el latín y el griego, que pudiera recitar de memoria a Homero o a Virgilio, o ciertos monólogos de Shakespeare.
   Las lecturas se suceden, pero nadie parece interesado en demorarse más de la cuenta en un libro, ni en aproximarse por tanto a ese ideal de lectura que le hacía afirmar a Joyce que el libro verdadero era aquel que exigía al lector que entregara su vida a la tarea de leerlo. El lector que alimenta con su elección las listas de libros más vendidos en nada se parece a ese misterioso lector del que hablara Lezama Lima, que llega a tener para una sola lectura la presencia y esencia de todos sus días.
   Las mismas páginas de cultura de los periódicos, como hace poco denunciaba con lucidez Juan Goytisolo, cada vez se parecen más a las páginas de ocio o a las revistas del corazón, como si todo su afán fuera complacer a los que no leen en vez de a esos discretos lectores de los que hablaba Joyce. La abundancia de novedades, la inserción decidida en una cultura de la compra y el desecho, hacen incluso de esa figura improbable del lector de hoy algo bien distinto de lo que podía ser hace años. Es uno de los nombres más de ese acumulador insaciable en que se ha convertido el hombre occidental. Nunca este se ha movido más por lo que ve, lo que puede poseer de manera inmediata. "El materialismo, ha escrito Borges, dijo al hombre: hazte rico de espacio. Y el hombre olvidó su propia tarea. Su noble tarea de acumulador de tiempo. Quiero decir que el hombre se dio a la conquista de las cosas visibles. A la conquista de personas y de territorios. Así nació la falacia del progreso. Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de ser más extensa".
   La pérdida de prestigio y autoridad de la institución literaria parece indiscutible en nuestros días. Pero ¿y si esto no fuera tan malo? ¿Y si favoreciera el nacimiento de una relación distinta con los libros, aquella que por otra parte es la que siempre han tenido con ellos todos los verdaderos lectores? ¿Y si ese olvido general les estuviera favoreciendo, si favoreciera a los escritores, que olvidados de ese papel social pueden concentrarse de una forma más decisiva en su propia tarea, ocuparse tan solo de escribir mejor, de hacerlo como forma extrema de resistencia frente al mismo olvido y la muerte del pensamiento? ¿No fue visto en muchos círculos de vanguardia el éxito mismo como un signo de corrupción artística?
   En un cuento de los hermanos Grimm, Los seis cisnes, una niña tiene que coser seis camisas de anémonas y permanecer en silencio varios años para conseguir que sus hermanos, hechizados por una bruja, recuperen la forma humana. El lector debe ser como esa niña. La literatura no nos entrega un saber, sino un espacio de incertidumbre y espera. Tiene que ver con lo que no conocemos, es el reino del secreto. Como hace la niña del cuento de los hermanos Grimm al tejer en silencio sus camisas, leer es depositar en el mundo una verdad perteneciente al alma.

   Gustavo Martín Garzo es escritor.

viernes, 27 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Fouché. Retrato de un hombre político", de Stefan Zweig

Stefan Zweig

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Fouché. Retrato de un hombre político

LUIS FERNANDO MORENO CLAROS 21/05/2011

   Biografía. El gran escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), además de ser autor de magníficos relatos y novelas con el trasfondo del conflictivo mundo psicológico de las primeras décadas del siglo XX europeo, publicó insuperables semblanzas biográficas de escritores y personajes históricos. Con su claro estilo, su ingenio y su moderada erudición nos legó maravillas literarias tales como los magníficos retratos de Hölderlin, Casanova, Nietzsche, Montaigne o Erasmo, así como biografías en toda regla, como las inolvidables de María Antonieta o María Estuardo. Cualquiera de estas obras logra encandilar a los lectores, envueltos de inmediato en torbellinos de acción y perspicacia psicológica.
   El Fouché que ahora publica Acantilado en la excelente traducción de Carlos Fortea es de absorbente lectura. Zweig narra con su acostumbrado vigor las vicisitudes de aquel homo politicus por excelencia que fue el maquiavélico y correoso Joseph Fouché (1759-1820). Según Zweig, la Historia ha sido injusta con este político francés, que lo ha tildado sin más de espía y traidor sin comprender la singularidad de su maligna relevancia. Balzac fue de los pocos que reconoció su genio, y como Zweig admiraba tanto al autor de la Comedia humana, también sospechó que Fouché tendría algo de admirable. Tras meticuloso estudio de testimonios y memorias, su Fouché apareció en 1929.
   El camaleónico personaje se las trae. De furibundo jacobino, regicida y "ultracomunista" (escribió un verdadero "manifiesto comunista" antes de Marx, asegura Stefan Zweig), pasaría a ser ministro de Policía de Napoleón y, luego, ennoblecido con el título de duque de Otranto, efímero ministro de Luis XVIII. Como todo lo que escribía Stefan Zweig (que exclamaba un ¡hurra! cuando era capaz de tachar alguna línea superflua en sus escritos), su Fouché está exento de retórica, y con su estilo conciso y exultante bien podría leerse de un tirón. El lector se sumerge en el apasionante periodo de la Convención y el Directorio, con la caída en desgracia de Dantón y Robespierre -orquestadas por Fouché- para adentrarse a continuación en la intrigante atmósfera cortesana del despótico Napoleón Bonaparte. La encarnizada lucha de voluntades que sostuvieron ambos hombres fue titánica. Al final fue Fouché el taimado quien venció al abrupto Napoleón. El ministro de Policía era correoso e infatigable: seco, callado y calculador. Servil cuando hacía falta, pero siempre independiente e imprevisible en su fuero interno. Trepa, espía, chaquetero..., pero de algún modo admirable en su ausencia de dignidad y carácter, en su entera falta de idealismo y cruel pragmatismo. Zweig, como digno sucesor de Plutarco, quiso recordar el mundo a través de su apasionante retrato del "más extraño de los políticos" esa parte imperecedera y negra del alma de la política.

Fouché. Retrato de un hombre político
Stefan Zweig
Traducción de Carlos Fortea Gil
Acantilado. Barcelona, 2011
280 páginas. 20 euros
Libro electrónico: 12,50 euros

lunes, 24 de enero de 2011

CUENTO. "La estrella sobre el bosque" (y 2), de Stefan Zweig (1881-1942)

Stefan Zweig
La estrella sobre el bosque (y 2)

   Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.
   Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.
   Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.
   Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.
   Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.
   Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque... Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.
   La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.
   De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.
   Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.
   Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo... Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida... Bajo las ruedas... Muerto... En pleno campo...
   La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida...
   El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos...

domingo, 23 de enero de 2011

CUENTO. "La estrella sobre el bosque" (1), de Stefan Zweig (1881-1942)

Stefan Zweig
La estrella sobre el bosque (1)

   Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.
   Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.
   Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.
   La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: "La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho". Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.
   Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia..., horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él...
   Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.
   Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.
   Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.

martes, 14 de septiembre de 2010

LITERATURA. MÚSICA. "'La resurrección' de Händel", de Stefan Zweig. "El Mesías"

Stefan Zweig


   Según el relato de Stefan Zweig ("La resurrección de Händel", en su libro Momentos estelares de la humanidad), un 14 de septiembre de 1741, el músico terminó su oratorio "El Mesías".

     Podemos leer a continuación el comienzo de dicha historia:
Aquella tarde del 13 de abril de 1737 estaba el criado de Jorge Federico Händel entregado a la más singular de las ocupaciones ante la abierta ventana del piso bajo de la casa de Brook Street, en Londres. Acababa de descubrir con disgusto que se le había terminado el tabaco, y aunque le hubiera bastado cruzar dos calles para hacerse con nueva picadura en la tabaquería de su amiga Dolly, no se atrevía a salir de casa por miedo a la irascibilidad de su dueño y señor. Jorge Federico Händel había vuelto del ensayo presa de tremenda furia, con el rostro congestionado, abultadísimas las arterias temporales junto a las sienes. Cuando entró, cerró la puerta violentamente, y ahora iba y venía por sus habitaciones del primer piso de un modo tan descompuesto que hacía temblar el techo del entresuelo. Ciertamente, en tales momentos no era prudente descuidar el servicio. Por eso, en lugar de lanzar bocanadas de humo, de haber tenido tabaco, el criado se entretuvo en hacer pompas de jabón. Después de preparar debidamente un recipiente para el caso, se complacía en echar a la calle los irisados globitos. Los transeúntes se paraban y los pinchaban con el bastón traviesamente, reían y saludaban al autor del entretenimiento, pero no se extrañaban, puesto que todo podía esperarse de aquella casa de Brook Street: allí atronaba el clavicordio en plena noche, y se oía gritar y sollozar a las cantantes cuando el violento alemán las hacía objeto de tremendas amenazas, por haber dado una nota demasiado alta o excesivamente baja. En fin, hacía tiempo que los vecinos de Grosvenor Square consideraban aquella casa de Brook Street, 25, como un verdadero manicomio. El sirviente continuaba tranquilamente lanzando sus pompas. Cada vez iban siendo mayores, más transparentes, subían más y más alto, incluso una llegó a sobrepasar el primer piso de enfrente. De pronto se sobresaltó, pues toda la casa se había conmovido por efecto de un golpe sordo. Vibraron los cristales, moviéronse las cortinas. Todo indicaba que algo muy pesado se había derrumbado en el piso superior. El criado subió inmediatamente y se dirigió a toda prisa al estudio del maestro. El sillón estaba vacío y la habitación también. Se disponía ya a entrar en el dormitorio cuando descubrió a Händel que yacía inmóvil en el suelo con los ojos abiertos, como muerto. Paralizado por el susto, el criado percibió un ahogado estertor entre unos gemidos cada vez más débiles. "Está agonizando", pensó el pobre hombre, presa de inmensa pena, y, arrodillándose, intentó auxiliar a su amo. Poco después apareció Cristóbal Schmidt, el amanuense del maestro, que se hallaba en el piso bajo copiando unas arias y a quien sobresaltó también la brusca caída del maestro. Entre los dos consiguieron levantar aquel voluminoso cuerpo, cuyos brazos pendían inertes, como los de un difunto.
-Desnúdale -ordenó Schmidt al criado-. Yo iré a buscar al médico. No dejes de ir rociándolo con agua hasta que logres reanimarle. Salió Cristóbal Schmidt sin ponerse siquiera la chaqueta y echó a correr, sin perder un instante, por Brook Street en dirección a Bond Street, haciendo señas a todos los coches que pasaban, sin que nadie se fijase en aquel hombre en mangas de camisa. Por fin se detuvo uno de ellos. El cochero de lord Chandos había reconocido a Schmidt, quien, prescindiendo de toda etiqueta, abrió precipitadamente la portezuela, gritando:
-¡Händel se está muriendo! -Schmidt sabía que el aristócrata que iba en el interior del carruaje era uno de los mejores protectores del querido maestro y un gran amante de la música. Luego añadió: -Voy por el médico.
Lord Chandos le invitó en seguida a subir, el cochero fustigó los caballos y se dirigieron a buscar al doctor Jenkins, que en su despacho de Fleet Street estaba ocupado en analizar un frasco de orina. Inmediatamente, el doctor se trasladó en compañía de Schmidt a Brook Street en su ligero cochecillo.
-Las ocupaciones y los disgustos tienen la culpa de lo que pasa -se lamentaba el sirviente durante el trayecto-. Esos malditos cantantes, esos criticastros, toda esa gentuza asquerosa le están matando a disgustos. Este año escribió cuatro óperas para salvar el teatro, pero ellos se escudan en las mujeres y en la Corte. Ese maldito italiano, ese mico aullador, los trae locos. ¡Oh, cuánto daño han hecho a nuestro Händel! Todos sus ahorros, diez mil libras, los ha invertido en esa empresa, y ahora le acosan despiadadamente con pagarés, sin dejarle un momento de respiro. Nadie compuso jamás obras tan sublimes, nunca hombre alguno demostró tanta abnegación, pero tantas cosas juntas llegan a matar incluso a un gigante. ¡Qué grande, qué genial es nuestro maestro! El doctor Jenkins, frío y reservado, escuchaba toda aquella perorata. Cuando llegaron a la casa, antes de entrar en ella dio una chupada a su pipa y sacudió el resto de tabaco que quedaba en ella.
-¿Qué edad tiene? -preguntó de pronto.
-Cincuenta y dos años -contestó Schmidt.
-Mala edad. Ha trabajado como un toro; por otra parte, también es fuerte como un toro. En fin, veremos lo que tiene y lo que puede hacerse. El criado sostuvo una palangana. Cristóbal Schmidt levantó un brazo al maestro y el médico pinchó la vena. Brotó al instante un chorro de sangre roja, caliente, y al propio tiempo salió un suspiro de los labios del enfermo. Händel respiró profundamente y abrió los ojos, unos ojos que indicaban cansancio, extrañeza, insconciencia, sin expresión alguna, y que carecían de su brillo habitual.
El médico le vendó el brazo. No quedaba gran cosa más que hacer. Se disponía ya a levantarse cuando se dio cuenta de que los labios del enfermo se movían. Se aproximó al paciente y percibió en un susurro, como un suspiro, lo que Händel decía:
-Todo..., todo se acabó para mí... No tengo fuerzas..., no quiero vivir sin fuerzas.
El doctor Jenkins se inclinó profundamente sobre él y advirtió que uno de los ojos, el derecho, le miraba fijamente, mientras el otro se movía de un modo normal. Intentó levantarle el brazo derecho, pero cayó inerte. Luego le levantó el izquierdo, que permaneció levantado. Al doctor Jenkins le bastaron aquellos indicios: sabía ya lo que quería saber.
Cuando hubo salido de la habitación, Schmidt le siguió hasta la escalera, asustado, demudado.
-¿Qué tiene? -preguntó con ansiedad.
-Se trata de una apoplejía. El lado derecho está paralizado.
-¿Se curará? -preguntó Schmidt, desolado.
El doctor tomó ceremoniosamente una dosis de rapé. No le gustaba aquella clase de preguntas.
-Quizá. Todo es posible -fue su lacónica respuesta.
-¿Y quedará paralítico?
-Probablemente, si no ocurre un milagro.
Pero Schmidt, dominado por un amor profundo a su maestro, no dejaba de preguntar:
-¿Y podrá..., podrá al menos volver a trabajar? ¡Él no puede vivir sin hacer algo, sin componer las maravillas que le dicta su inspiración!
El doctor se hallaba ya en la escalera.
-Eso, jamás -dijo quedamente-. Quizá podamos conservar al hombre. Al músico lo hemos perdido. El ataque ha afectado el cerebro.
Schmidt le miró fijamente, trasluciendo su rostro tal desesperación, que conmovió al médico.
-Lo dicho -repitió-: si no ocurre un milagro... Yo aún no he visto ninguno.

Ahora, un fragmento del oratorio -el "¡Aleluya!":

viernes, 23 de julio de 2010

ARTE. PINTURA. HISTORIA. LITERATURA. "La conquista de Bizancio" (fragmento), de Stefan Zweig (1881-1942). Cuadro: "Entrada de Mehmet II en Constantinopla" (1876), por Jean-Joseph Benjamin-Constant (1845-1902)

Stefan Zweig
Así comienza "La conquista de Bizancio", perteneciente a la obra Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig:

El 5 de febrero de 1451 trajo un mensajero secreto al hijo mayor del sultán Murad, el joven Mohamet, que a la sazón contaba 21 años y se encontraba en el Asia Menor, la noticia de que había fallecido su padre. Sin decir a sus ministros y consejeros una sola palabra, monta el prín­cipe, tan astuto como enérgico, el mejor de sus caballos, hace al magnífico corcel cruzar las ciento veinte millas hasta el Bósforo y se embarca de inmediato para Gallípoli, en la costa europea. Sólo allí revela a los más fieles la muer­te de su padre, junta un ejército seleccionado para poder evitar cualquier otra pretensión al trono, y lo con­duce a Adrianópolis, donde, en efecto, es reconocido sin oposición como soberano del imperio otomano. Su primer acto de gobierno demuestra ya su cruel energía. Para alejar de antemano a todo rival de su misma sangre, hace ahogar a su hermano menor en el baño, y acto seguido -también eso reveló su viveza y salvajismo previso­res- hace pasar de la vida a la muerte, detrás del asesinado, al asesino que había contratado para el crimen.
La noticia de que al juicioso Murad había seguido el joven Mohamet, apasionado y ambicioso, como sultán de los turcos, llena a Bizancio de horror. Pues por cientos de espías sábese que ese codicioso monarca había jurado que se adue­ñaría de la que fue capital del mundo y que, no obstante su juventud, pasa los días y las noches en consideraciones estra­tégicas de ese su plan vital; pero al mismo tiempo coinciden todos los informes en destacar las condiciones militares y di­plomáticas extraordinarias del nuevo padichah. Mohamet es simultáneamente piadoso y cruel, apasionado y traidor, hom­bre culto y amante del arte, que lee las obras de César y las biografías de los romanos ilustres en latín, y al mismo tiempo un bárbaro que derra­ma la sangre como agua. Este hombre, con los finos ojos melancólicos y la aguda nariz de papagayo, se manifiesta ccomo un trabajador incansable, soldado temerario y diplomático sin escrúpulos, y todas estas fuerzas convergen sobre la misma idea: superar ampliamente los hechos logrados por su abuelo Bayaceto y su padre Murad, que por vez primera habían enseñado a Europa la superio­ridad militar de la nueva nación turca. Se sabe y se siente que su primera acción tendrá por objetivo a Bizancio, esa última y magnífica joya que quedaba de la corona imperial de Constantino y Justiniano.


También -aunque ya aparece en otra entrada de este blog- reproducimos el cuadro de Jean-Joseph Benjamin-Constant que recrea la entrada del sultán en la derrotada Bizancio:

jueves, 24 de junio de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): "Fouché", de Stefan Zweig (1881-1942)

Stefan Zweig
Fouché, el genio tenebroso
CAPÍTULO PRIMERO
ASCENSO
(1759‑1793)

El 31 de mayo de 1759 nace José Fouché ‑¡todavía le falta mucho para ser Duque de Otranto!‑ en el puerto de Nantes. Marineros y mercaderes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero bien pronto se vio que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba. ¿Qué hacer, pues, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendas sustanciosas se quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército, un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al más humilde en su reino invisible. Como el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y profesor. A los veinte años adquiere en esta Orden ‑que desde la expulsión de los jesuitas prevalece en toda Francia‑ la educación católica, honores y cargo. Un cargo pobre, sin mucha esperanza de ascenso; pero siempre una escuela en la que él mismo aprende a la vez que enseña. Podría llegar más alto: ser fraile un día, tal vez obispo o Eminencia, si profesara. Pero, cosa típica en José Fouché: ya en el escalón inicial, en el primero y más bajo de su carrera, resalta un rasgo característico de su personalidad: la antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo. Viste el habito de clérigo, está tonsurado, comparte la vida monacal de los demás Padres espirituales, y durante diez años de oratoriano en nada se diferencia, ni exterior ni interiormente, de un sacerdote. Pero no toma las órdenes mayores, no hace voto; como en todas las situaciones de su vida, déjase abierta la retirada, la posibilidad de variación y cambio. A la Iglesia se da temporalmente y no por entero, lo mismo que más tarde al Consulado, al Imperio o al Reino. Ni siquiera con Dios se compromete José Fouché a ser fiel para siempre.
Durante diez años, de los veinte a los treinta, anda este pálido y reservado semisacerdote por claustros y refectorios silenciosos. Da clase en Niort, Saumur, Vendôme, París, pero casi no siente el cambio de lugar, pues la vida de un profesor de seminario se desarrolla igual en todas partes: pobre, silenciosa e insignificante, lo mismo en una ciudad que en otra, siempre tras muros callados, siempre apartado de la vida. Veinte, treinta, cuarenta discípulos, a los que enseña latín, matemáticas y física; muchachos pálidos, vestidos de negro, a los que lleva a misa y a los que vigila en el dormitorio. Lectura solitaria en libros científicos, comidas pobres y sueldos mezquinos. Una existencia conventual, humilde. Anquilosados, irreales, al margen del tiempo y del espacio, estériles y humillantes, parecen estos diez años silenciosos y sombríos de la vida de Fouché. Sin embargo, aprende durante ellos lo que ha de ser, más tarde, infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano. Si este hombre, aun en los momentos de mayor pasión de su vida, llega a dominar hasta el último músculo de su cara; si es imposible percibir una agitación de ira, de amargura, de emoción en su faz inmóvil, como emparedada en silencio; si con la misma voz apagada sabe pronunciar lo cotidiano y lo terrible, y si puede cruzar con el mismo paso sigiloso los aposentos del Emperador y la frenética Asamblea Popular, ello se debe a la disciplina incomparable de dominio sobre sí mismo aprendida en los años de religión; a su voluntad domada en los ejercicios de Loyola, y a su expresión educada en las discusiones de la retórica eclesiástica secular. Tal es el aprendizaje de Fouché antes de poner el pie sobre el podio de la escena mundial. Quizá no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la revolución francesa: Talleyrand, Sieyes y Fouché, salieran de la escuela de la Iglesia, maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo lastre religioso pone un sello especial a sus caracteres ‑por lo demás contradictorios‑, dándoles en los minutos decisivos cierto parecido. A esto reúne Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia interior extraordinaria contra el lujo, la fastuosidad y el arte sutil de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.
Tras muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica. Durante años enteros sólo puede actuar invisiblemente en el círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa tempestad social que inunda hasta los muros mismos del convento. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones. Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la época: las primeras aeronaves ‑los montgolfiers‑ y los grandiosos inventos en el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo extraño llamado de los "Rosatis", una especie de "Schlaraffia", en la que los intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos. José Fouché, el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, pues sabe mucho sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión, escucha, por ejemplo, cómo recita un capitán de ingenieros llamado Lázaro Carnot versos satíricos, compuestos por él mismo, o atiende al florido discurso que pronuncia el pálido abogado, de delgados labios, Maximiliano de Robespierre (entonces aún daba importancia a su nobleza) en honor de los "Rosatis". Aún disfruta la provincia de los últimos soplos del Dixhuitième filosofante. Reposadamente escribe el señor de Robespierre, en vez de sentencias de muerte, graciosos versos; el médico suizo Marat, en vez de crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en algún rincón de provincia se afana el pequeño teniente Bonaparte por imitar al Werther con una novela. Las tempestades están todavía invisibles tras el horizonte.
Parece un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de trocarse en parentesco, pues Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura de este noviazgo en todas las mesas. Por qué se deshacen al fin estas relaciones no se ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que más tarde lucharon a vida o muerte. Entonces nada saben aún de jacobinismo y de rencor, al contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado José Fouché quien presta al anémico abogado las monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un traje nuevo. Es simbólico el que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para luego ser él también quien en el momento decisivo traicione y derribe por la espalda al amigo de antaño.